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03
nov
11

Todos los santos

Si lo reduzco a lo mínimo es 1 de noviembre. La gente se acuerda de los que se fueron. Sacan brillo a sus zapatos y les compran un ramo de flores muertas a la puerta del cementerio. Todo eso. Luego se toman una caña y unas bravas en el bar de enfrente. Todo eso. Al fin y al cabo el día de todos los santos es como un domingo gigantesco, profundísimo, de contundencia letal. Y en realidad no me apetece nada sacar el taxi. Me gustaría quedarme en casa y, no sé, empezar la última maqueta que me he comprado. Una abadía románica. Sant Joan de Caselles, siglo XII, Andorra (creo, el folleto informativo no es muy detallado y está en sueco, creo también). Ni siquiera estoy seguro de que sea una abadía; no es muy grande; tal vez no pase de ermita. Pero son 2.900 piezas y si las traduces a minutos obtienes un buen montón de horas ocupadas. 53,70 euros más que bien invertidos, gastos de envío incluidos. Sí, estaría bien poner un poco de música y llegar a levantar aunque solo fuera una pared de la iglesia. Exacto: como Eggers pero en pequeño. Y tal vez encontrar en la perfección de su arquitectura de juguete la inspiración necesaria para buscar en la agenda del móvil el número adecuado, marcarlo y pasar el día de los muertos en el cine, viendo cualquier peli, buena o mala, sintiéndose un poco vivo.

Lo que pasa es que, claro, hay que pagar. Las maquetas, la casa, la comida, los suministros, los vicios. Y por otra parte es bastante probable que la hipotética llamada acabara sin respuesta tras ocho o nueve tonos. Así que dan las siete y ya estoy al volante. El frío ha llegado. Desde el interior del coche es como un enemigo sigiloso esperando su ocasión aplastado contra la cara externa del cristal. Empañándolo, arañándolo con pequeñas esquirlas de hielo cuando activo el limpiaparabrisas. Acaba de empezar a llover, débilmente. Menos trabajo para hoy, sin duda, pero en el fondo me resulta una buena noticia.

Cada mañana sin excepción me digo que fue mala idea continuar con el taxi. Debería haberse ido a la tumba con mi padre. Supongo que esa es mi opinión al respecto a cualquier hora y en cualquier lugar, pero se revela con implacable contundencia cuando salgo del garaje de buena mañana y tomo la V-40 en dirección a la ciudad, que cobra poco a poco forma y color conforme se impone el amanecer. Es increíble que no conozca a ninguna de las 800.000 personas que viven en sus tripas. Bueno, a dos o tres. Pero esas no se subirían a mi taxi.

Supongo que no tengo nada que reprocharme. Ocurrió de repente, como es lo habitual. Un buen día te levantas, suena el teléfono y un desconocido te dice que tu padre ya no va a pagarte los estudios ni el techo ni las lentejas. Al día siguiente estás en lo alto de un pequeño monte en la otra punta del país. Ese era su deseo, te había dicho mientras te daba el pésame alguien que parecía conocerle bastante bien. Y, claro, qué vas a hacer sino irte hasta allí y mirar cómo el viento se lleva torpemente sus cenizas mientras tomas conciencia de tu nueva vida, mientras empiezas a comprender lo jodido que le tuvo que ser encargarse de ti solo, mientras echas de menos más que nunca a la madre que no conociste. Por otra parte, vale, tienes veinte años, todo podría ser aún más trágico, pero no eres más que un crío y no tienes ni puta idea de qué hacer con tu vida. Optas por lo fácil. Por lo que te parece más fácil. En realidad optas por lo inmediato, lo que estás acostumbrado a ver. Y como te dan facilidades para subrogarte en su licencia y todo lo que tienes que hacer es estudiarte un poco el callejero, la cosa está clara. Ahora, quince años después, todavía lo estaría más; raro es el coche que hoy en día no disponga de GPS. El mío no es la excepción.

Sigue lloviendo cuando paro frente al bar donde desayuno. Las gotas se clavan como agujas en el dorso de mis manos. Hace un frío de cojones. Hay tres colegas de profesión en la barra. Dos de ellos me saludan con un leve movimiento de cabeza al verme entrar. Hago lo propio. El otro opta por fingir que no se ha dado cuenta de mi presencia. Una vez le oí decir Pero ese de qué va, se cree mejor que nosotros. No sé, gilipolleces. El caso es que mejor así. No, no me gusta lo que hago. No me gusta tener que limpiar el coche tres veces por semana, sintonizar la radio a gusto del cliente, soportar conversaciones que ni me van ni me vienen. Y seguro que a mis tres colegas tampoco. Así que no, no me creo mejor que nadie. Simplemente nunca he sabido disimular. Supongo que por eso mismo me tomo el café de un trago y vuelvo al taxi.

Gran Vía es un buen sitio para recoger clientes un día como hoy. Gente con pasta que prefiere ahorrarse tener que dar vueltas y vueltas alrededor del cementerio en busca de un hueco. Gente con pasta que prefiere ahorrarse el euro del gorrilla. Lo que pasa es que todavía es un poco temprano y no hay mucho movimiento. De hecho casi no hay ni competencia. Dentro de tan solo media hora la cosa se animará. Me detengo frente a otro bar con la intención de meterme y hacer un poco de tiempo. No he apagado el motor cuando se abre la portezuela trasera derecha y una mujer se sube al taxi. Una mujer mayor, apenas a un lustro de la ancianidad, perfectamente enlutada. La clásica esposa devota de familia bien/muy bien. Tal vez sea por la lluvia que lo salpica pero su bolso centellea como si se tratara de charol. Sus pendientes también brillan, igual que el broche que luce en la solapa del abrigo. Elegante, sin duda, muy elegante. Y en algún momento muy lejano en su vida tuvo que ser bastante guapa. Me pregunto si mi madre habría llegado a ser una anciana así de haber tenido ocasión de envejecer. A juzgar por las escasas fotos parece que no. A juzgar por lo que parió, es obvio que no.

Me da los buenos días, se los devuelvo y cuando estoy a punto de preguntarle por puro protocolo adónde vamos es ella la que habla. Que si puedo llevarla a Villar de Hogueras. El dinero no es problema, añade enseguida, fije usted el precio que le parezca. Sobra decir que no tengo ni puta idea de dónde está eso. La mujer no ayuda demasiado. De repente parece sumirse en una especie de narcolepsia, en un estado de agotamiento extremo. Apoya la cabeza contra la ventanilla y hunde la barbilla en su pecho. Los ojos se le mueven deprisa detrás de los párpados cerrados. Tal vez debería preguntarle si se encuentra bien pero lo que hago es buscar en el GPS. Provincia de Soria. 382 kilómetros. Casi 800. Me lo pienso durante unos momentos. La mujer respira cada vez más profundamente. Se diría que se ha dormido. Al final decido aceptar. Una buena paliza, pero sacaré más que dando vueltas por la ciudad durante doce horas. Y la mujer tiene pinta de ser una buena pasajera. Callada, discreta, a lo suyo. Me giro y le doy dos golpecitos en el hombro. No hay reacción. La zarandeo ligeramente. Entreabre los ojos. Al verme se sobresalta un poco. Se remueve sobre el tapizado de eskai y aferra el bolso que lleva en el regazo. Le indico el precio. Ya le he dicho que el dinero no es problema, me dice. Y cierra los ojos y vuelve a reclinarse sobre la puerta, los dedos huesudos todavía apretando con fuerza su bolso.

El viaje no tiene nada de particular. Tráfico tranquilo, ni rastro de retenciones. La gente estirará el puente hasta última hora del día. La lluvia nos acompaña todo el tiempo. Ni un atisbo de cielo azul. Al contrario, es como si avanzáramos hacia el centro de la borrasca de la que hablaban ayer en las noticias. Las nubes cada vez más densas, negras y grandes. Como montañas. Me gusta. El ruido de las ruedas sobre el asfalto mojado. Ni un bocinazo, ni un insulto. No necesito poner la radio para que las voces se superpongan a nada. Solo yo y la viuda durmiente atrás. Es casi como estar solo, como estar en un viaje de placer. Sí, me gusta. Hasta que caigo en la cuenta del tiempo que hacía que no salía de la ciudad. Ni siquiera soy capaz de calcularlo. Un trueno explota realmente cerca. La viuda sale de su letargo por primera vez desde que nos pusimos en camino. Queda mucho, pregunta con voz pastosa. Por el retrovisor observo que se está recolocando la dentadura. Quizá sea más vieja de lo que me había parecido. Unos pocos kilómetros, contesto. Muy bien, verá el cementerio desde la carretera; es un camino de tierra; espero que no esté muy embarrado; cójalo.

Veinte minutos después enfilamos el camino. Ningún problema, el firme está en buenas condiciones. Me dispongo a detenerme a las puertas del cementerio cuando la mujer me dice que continúe. ¿Adónde? Siga, son solo un par de kilómetros. Fuera llueve cada vez más fuerte. Las montañas que nos rodean ahora son de verdad, de tierra roja. Regueros de agua sucia se deslizan por sus laderas. Me imagino arrastrado por una avenida. No sé si esto es buena idea, le digo a la anciana. Por favor, ya estamos llegando, ya estamos, es aquí mismo, replica ella. Me detengo sin apagar el motor. Espéreme aquí, me dice, será un momento. Y abre la portezuela y sale a la intemperie. Se adentra en la hierba enfangada que flanquea el camino. Los zapatos se le hunden en el barro, los tobillos se le hunden en el barro. Es casi milagroso que una mujer de esa edad conserve la vertical en tales condiciones. La veo alejarse bajo la lluvia incesante, perplejo. Unas decenas de metros más allá, desdibujada por la cortina de agua pero lo bastante cerca como para poder apreciar sus movimientos, se detiene bajo un árbol. El tronco y las ramas peladas parecen muy blancos en contraste con el cielo plomizo y el luto de sus ropas. Entonces se arrodilla y saca del bolso algo que centellea en el aire a pesar de la poca luz cuando golpea con ello el suelo una y otra vez. Se me eriza el pelo. Un escalofrío lento y profundo que se prolonga durante todo el minuto que la mujer dedica a apuñalar la tierra con una furia impropia de su edad.

De vuelta a la ciudad no cruzamos ni una palabra. Igual que a la ida, dormita durante casi todo el trayecto. Únicamente cuando la dejo en la dirección que me indica y me paga lo convenido me mira a los ojos y me dice Nunca le gustaron los cementerios; al menos eso se lo concedí; a veces me arrepiento; era un auténtico cabrón. Y sale del taxi dejando un montón de fragmentos de barro reseco sobre el tapizado. Pero creo que voy a pasar de limpiarlo.

16
ene
11

Coyuntura (des-)

Un hombre a la orilla del mar.

En realidad no hay nada alrededor que permita asegurar que lo que tiene delante sea el mar, entendido en general, y mucho menos cierto mar en particular. La arena que pisa bien podría ser la de un lago o un estuario. Incluso podría ser la arena industrial de una de esas playas artificiales que llevan décadas funcionando durante los veranos de las ciudades de interior más calurosas del avanzado Japón. Porque no hay conchas vacías semiocultas en ella, ni envases de plástico corroídos, ni manojos de algas mojadas pero resecas, ni brillantes cadáveres de medusa. Y tampoco se ve un alma alrededor, cosa que descarta casi por completo que se trate de una de las mencionadas playas creadas por la tecnología nipona. Por otra parte, el agua está muy tranquila: las diminutas olas que acarician los tobillos del hombre ni siquiera generan espuma. Una balsa de aceite, como suele decirse. Lo cual, si el quid de la cuestión radicara en extraer una conclusión acerca de la naturaleza de la extensión acuática que el hombre tiene ante sí, probablemente haría que la mayor parte de expertos consultados al respecto se decantara por sostener que el hombre se encuentra a la orilla de un lago, laguna, puede que un pantano, incluso. Sin embargo, lo cierto es que el nombre que le demos a la masa de agua es irrelevante. Lo que cuenta es lo que pasa, ¿no?

Y lo que pasa es que hay un hombre en una playa. De pie. Protegiéndose los ojos con la mano izquierda. Mirando al horizonte. Nada más que agua. Azul y llena de reflejos blancos tan cegadores como el sol de verano que le quema la calva. Se le irrita la mirada. El calor, la luz, el sudor… Y otras cosas. El panorama vibra y se ondula en sus retinas y el miedo le recorre el espinazo. Puede que si tuviera pelo las cosas fueran diferentes, piensa. Tiene el impulso de pasarse la mano por el cuero cabelludo para acrecentar a sabiendas su nostalgia absurda, su autocompasión. Pero al instante se siente ridículo y se reprime. Antes lo tenía. Pelo. Bastante decente. Tanto que nunca pensó que acabaría calvo. Que acabaría así, a la orilla del… digamos mar. Ni siquiera cuando el lavabo empezó a llenarse de cabellos mañana tras mañana. O puede que lo pensara y no le importara lo más mínimo. Antes las cosas iban bien y nada parecía indicar que lo que le pasa a todo el mundo, el perder pelo, el envejecer, el notar flaquear las fuerzas pudiera llegar a suponer un problema. Y mucho menos la posibilidad de no poder pagar las letras del piso, de ser despedido, de levantarse todos los días y ducharse y ponerse la corbata y salir de casa como si todo siguiera siendo igual que siempre, igual que hace… ¿cuánto…? ¿Nueve meses ya?

Y lo peor es que ahora en la televisión hablan y hablan del rescate de los bancos, de las aseguradoras, de todo tipo de entidades financieras. Hablan sin cesar del rescate del país entero. Hasta su mujer se lo ha dicho hace un rato. Ha levantado la vista del periódico y le ha dicho que las autoridades económicas de la Unión Europea se han decidido a intervenir. Por fin nos van a rescatar, ha dicho, y luego ha doblado el periódico, se lo ha puesto bajo el cogote y se ha quedado dormida sobre la toalla, en medio del silencio, bajo el sol abrasador, roncando suavemente, como si lo que acabara de leer fuera algo tan inofensivo como un pasaje de una novela de ciencia-ficción. ¿Rescatar?, ¿a quién?, ¿a nosotros?, es un poco tarde para eso, se ha dicho el hombre. Y se ha quedando mirándola durante unos minutos, bastantes minutos, con atención, poniendo todo de su parte para ver en ella a la mujer con la que se casó hace diez años, como suele decirse en las películas. No lo ha conseguido. Incluso su hijo le ha resultado difícil de reconocer ahí acuclillado en la arena dándole la espalda. Esos hombros sonrosados a pesar de la crema protectora, esa torpeza con la que intentaba levantar un castillo de arena y esas cervicales frágiles, capaces de romperse con la más mínima presión podrían ser los de cualquier niño de seis años, ha pensado el hombre con una frialdad inquietante, como si una parte de su cerebro acabara de decidir poner distancia con todo, independizarse de la sangre y los recuerdos y otros vínculos en teoría inquebrantables. Y le ha invadido una sensación de desamparo absoluto que le ha hecho pensar en cosas repugnantes. Ha pretendido librarse de ella dándose un baño. Ha nadado rápido rápido hasta la boya naranja. Ha intentado varias veces agarrarse a ella y flotar un rato, solo un rato sin esforzar sus músculos, su cerebro. Pero el tacto resbaladizo del plástico ha acrecentado su ansiedad. De repente ha tomado la bocanada de aire más grande que haya tomado en su vida y se ha zambullido decidido a tocar el fondo con las manos, con la cara, a enterrarse ahí abajo y dejar marchar todo. Por un momento el descenso progresivo de la temperatura del agua y el zumbido de las atmósferas presionando en sus oídos le ha hecho sentir algo parecido a la calma. Y la serenidad se ha roto en cuanto ha caído en la cuenta del tiempo que hace que no está en paz. Así que ha emergido a la superficie, a lo de siempre, tan desorientado como se había hundido y con lo que ha creído identificar como un principio de ataque de pánico.

De vuelta en la orilla el hombre ha sentido la necesidad apremiante de jugar a las raquetas con su hijo. De jugar a cualquier cosa con él, en realidad. Pero el niño se ha cansado al cabo de pocos golpes y ahora ambos están plantados frente al mar cogidos de la mano, con las olitas masajeándoles los tobillos, protegiéndose los ojos con las manos ahuecadas, con demasiado tiempo y espacio y calor demencial para pensar. A su espalda los ronquidos de la mujer desafían y ganan a la brisa. Llegan demasiado nítidos a los oídos del hombre. Demasiado relajados y confiados, como el ronroneo de un gato amodorrado al calor de una chimenea. Demasiado egoístas. Y el hombre siente una fuerte punzada en el torso, en alguna parte difícil de concretar de su torso pero que desde luego está mucho más cerca de las tripas que del corazón. Y no encuentra otra posibilidad de mitigar el dolor que secarse los ojos húmedos con el pulgar y el índice y tirar suavemente de la mano de su hijo en dirección al agua mientras le dice Ya es hora de que aprendas a hacer el muerto.

 

[De camino a casa pincharon. Agachado en el arcén hurgando en el reventón en forma de estrella del neumático, el hombre supo que todo se arreglaría de un modo u otro. Tres gaviotas cruzaron el cielo amoratado del atardecer sin prestar la menor atención a la escena y continuaron su vuelo hacia el vertedero municipal]

17
nov
10

Terrible mascota

Al final me he hecho amigo del indigente alcohólico del banco de la esquina. Sabía desde el primer momento que acabaría ocurriendo. Sencillamente porque siempre me ocurre. Al fin y al cabo, es la consecuencia natural de decirle buenos días o buenas noches a una persona día tras día. Es lo que suele pasar cuando alguien te pide un cigarro de vez en cuando y os ponéis a charlar del tiempo o del gobierno. La amistad surge, por ejemplo, cuando invitas a alguna que otra cerveza en el bar de aquí abajo. Por qué iba a ser diferente cuando el otro es un homeless. Pero, bueno, todo el mundo sabe que las situaciones cotidianas que acabo de mencionar no generan sino pequeñas amistades, frágiles, malformadas, que caen en el olvido sin remedio cuando apuras la colilla o el vaso y te encaminas de nuevo hacia la rutina que te espera, que siempre te espera. En cambio, mi relación con el indigente, cuyo nombre ni siquiera sé, es estrecha y resistente desde hace ya un buen tiempo, y se debe a que cierto día conseguimos romper la barrera de la mera educación y entrar en verdadero contacto.

Aquel cierto día son las 19:59 y estoy en la oficina mirando la esquina inferior derecha de la pantalla del ordenador. Como siempre a las 19:59, como siempre a las 19, no sé, 22. Pero aquel cierto día no son las 19:31: ya son las 19:59 y noto los cuádriceps tensos porque tengo tantas ganas de salir de allí que mi culo ni siquiera toca la silla. De manera que estoy en pleno esfuerzo final, a punto de traspasar la meta de todos los días, cuando la puerta se abre, una voz dice ¡Eh! y por el rabillo del ojo vislumbro un OVNI azulado surcando el espacio aéreo de mi despacho en dirección a mí. Me asusto y me protejo la cabeza con las manos hasta que el artefacto pierde la N al aterrizar en forma de carpeta –azul- sobre mi mesa. Un terror intuitivo se apodera de mí cuando veo al jefe apoyado en el quicio de la puerta. No puedo pensar ni percibir con claridad pero me parece que dice algo parecido a:

-Fernández, el análisis de riesgo financiero de este expediente. Para ya.

No puede ser verdad. Tartamudeo:

-¿Cómo?

-Fernández, el análisis de riesgo financiero de este expediente. Para ya.

Sí, es verdad. Una mezcla de sensaciones: cansancio extremo, sequedad de boca, transpiración fría, malestar general, ganas de vomitar, visión borrosa. Me llevo a los ojos el pulgar y el índice de la mano derecha. Todo sigue igual cuando los retiro. Seguro de no lograrlo, intento que mi voz suene firme. Digna, por lo menos. Digo:

-Lo siento, jefe, ya son las 20:00 y tengo cosas inaplazables que hacer.

El hijoputa sonríe como lo haría una rata si pudiera sonreír y dice:

-¿Inaplazables? Lo único inaplazable es lo que le acabo de pedir. Vamos, Fernández, un poco de compromiso con la causa.

Mezcla de sentimientos: tristeza, frustración, fracaso, desdicha, indignación. Pero también asunción, bastante de resignación servil y maloliente. No queda otra. Preguntarle acerca de la causa a que se refiere no conduciría a nada. Aunque milagrosamente consiguiera reaccionar de forma decente ante la situación no obtendría nada que no fuera un problema mayor al día siguiente, manifestado en forma de alevosa sobrecarga laboral, informe de actitud negativa en el desempeño de mis funciones elevado al superior del superior de un superior, aislamiento, mala fama, rumorología tóxica. Así que me jodo y hundo la vista, la cabeza y buena parte de mi vida en la carpeta mientras oigo como el engendro se aleja reptando pasillo abajo y los pelos se me ponen de punta por su culpa o por la mía.

Lo peor es que aquel cierto día lo que intento decirle a mi jefe no es mentira, no es una vulgar excusa. Aquel cierto día sí tengo cosas inaplazables que hacer. Es jueves, lo cual significa que mañana a las 20:30 llamaré al timbre de mi ex mujer y me veré obligado a escuchar sin la menor muestra de repugnancia la melodía de Qué será, será resonando en el interior de la casa. Como si allí dentro viviera en una nube de felicidad absoluta una Doris Day madre perfecta, hay que joderse. El caso es que hace dos semanas la grotesca novedad me pilló con la guardia baja y cuando abrió la puerta y vio mi expresión pensé que la pelea ya estaba servida. Le dije:

-Por favor, dime que acabo de tener una alucinación acústica. Dime que esa empalagosa aberración no es idea suya.

Pero no respondió. Ni siquiera cuando añadí:

-Al menos permíteme pensar que no me dejaste por un retrasado mental.

Como es habitual en los que se creen ganadores, no se dignó a entrar en mi cinismo. Únicamente ladeó la cabeza, asintió con gesto cansino y ciñó los labios como una madre cuando intenta hacerle entender a su hijo que ya está bien de tonterías. Paciencia, eso fue todo lo que me dedicó. Me soportó. Lo sentí sin la menor duda y con una buena punzada de dolor: de pie uno frente a otro mientras oíamos cómo en algún lugar de la casa nuestro hijo se despedía de su padre de entre semana, ella se limitó a tolerar mi presencia sobre su felpudo, también nuevo. Sólo le faltó mirar el reloj. Dijo algo sobre mis ojeras, sí, pero preferí no abrir la boca; la habría mandado a la mierda.

Aquel cierto día, sin embargo, estoy decidido a hacer lo que sea para no tener que tragarme mañana un desplante similar al de hace quince días. Mañana todos verán que digan lo que digan por ahí soy un tipo de fiar, un buen padre y un ser humano mucho mejor que esas dos subcriaturas que durante veintiséis días al mes se dedican a poner al crío en mi contra. Y en realidad no es tan complicado. Si algo bueno tiene este puto régimen de visitas es que dos semanas suelen ser tiempo más que suficiente para cumplir cualquier promesa que se te ocurra hacerle a tu hijo para que se quede con un buen recuerdo tuyo hasta la próxima vez. Así que vale, he apurado demasiado pero si el hijoputa no hubiera decidido joderme un poco más la vida con este encargo de última hora entre 20:00 y 21:00 habría tenido tiempo de acercarme a la tienda de animales y cumplir mi palabra. Y al día siguiente me habría plantado ante el terrorífico timbre con el cachorro de fox terrier de pelo duro que había apalabrado por teléfono con el de la tienda correteando alrededor de mis pies. Blanco con manchas de color pardo, de pelo duro, orejas perfectamente triangulares y una especie de perilla simpatiquísima. Absolutamente adorable. Ideal para restregárselo por las narices a los dos. Pero ya no hay tiempo. La tienda ha cerrado y así seguirá mañana cuando entre a trabajar y por la tarde tendré que elegir entre ir a por el perro deprisa y corriendo al salir de la oficina o ser puntual a la hora de pasar a recoger al niño. Y seguro que ella estaría encantada de que me retrasara y poder decirme desde el umbral de su mundo feliz Estas no son horas, tu hijo ya está durmiendo.

Teniendo en cuenta todo esto, supongo que es normal que mientras conduzco rumbo a mi piso de divorciado me cague en la hostia una y otra y otra vez y la imaginación se me dispare hacia rincones oscuros en los que mutilo despacio a mi jefe y a unas cuantas personas (o lo que sean) más. No vuelvo al mundo real, más o menos igual de oscuro que el que se despliega dentro de mi cerebro, hasta que bajo del coche, enfilo mi calle y distingo al borracho mugroso en su banco particular. Por alguna razón su visión me reconforta. Por alguna razón es un jodido eufemismo: me reconforta porque es la personificación de la frase consoladora Siempre hay alguien que está peor. Y enseguida me avergüenzo de mí mismo. Seguramente por intentar borrar ese pensamiento cometo un error garrafal. Cuando como era previsible el homeless me saluda como a un igual yo le devuelvo el gesto sin detenerme y añado una acción impresentable. Sin el menor motivo objetivo para hacerlo le lanzo el paquete de cigarrillos. El hombre agarra el tabaco con un rápido movimiento. En un primer momento, fugaz, su mirada denota sorpresa. Enseguida desaparece para dejar espacio a un pozo de humillación. Tocar fondo no es vivir en la calle, tocar fondo no es que te abandonen. Y siento que él siente que los dos metros escasos que recorre la cajetilla marcan una distancia abismal entre nosotros. Tocar fondo no tiene nada que ver con que ni dios se acuerde de ti. Tocar fondo es no poder pagarte ni los vicios, no poder autodestruirte con cierta dignidad. Es lo que oigo pronunciar a esos labios sucios que no se mueven ni un milímetro. Aparto la vista triste, derrotado, asqueado, consciente por completo de que mi vida no es más que una sucesión ininterrumpida de errores.

Y así llego al portal, sintiéndome un gilipollas sin parangón. Dos vecinas de voces jóvenes hablan en el zaguán. Paso junto a ellas en silencio y mirándome las puntas de los zapatos. Ni siquiera me interesa comprobar si alguna de ellas está buena. Incluso me cuesta caer en la cuenta de que la criatura peluda que me olfatea los camales es un fox terrier idéntico al que le prometí a mi hijo la última vez que me dejaron verlo. Pero cuando lo hago todo ocurre muy rápido. Lo agarro por el hocico para que no ladre y un minuto después estoy en mi casa con el animal. Un golpe de suerte, me digo. Aunque la sensación de triunfo dura poco. Es otra idea la que va creciendo en mi cabeza. Una manera de empezar a hacer las cosas bien, de intentar poner cierto orden en mi vida empezando por lo más cercano. Y me doy cuenta de que lo más cercano, lo más parecido a un ser querido que hay en mi mundo es el indigente de la esquina. Así que vuelvo a cerrar el hocico del fox terrier. Y esta vez no dejo de hacerlo hasta que estoy seguro de que ha dejado de respirar. Luego, con una habilidad que ignoraba poseer, lo despellejo, lo troceo y lo pongo a cocer. Meto en el horno las patatas que usaremos como guarnición y bajo a invitar a cenar a mi amigo. Lo hago de manera natural, como si nos conociéramos de toda la vida. Y parece que me sale bien porque no hace la menor mención a mi meada fuera de tiesto. Al contrario, acepta gustoso la invitación incluso después de informarle de la naturaleza del menú. Dice:

-Cojonudo. Estoy harto de ese chucho. En cuanto llega un poco de frío sus dueños lo llevan por ahí con jersey, como si fuera una persona.

Digo:

-Razón de más, entonces.

Dice:

-Permíteme que yo ponga el Don simón.

09
jul
10

Especies en extinción

Casi dos años después vuelvo a ver todos esos pájaros en el árbol de cerca de mi trabajo. No sé si alguien se acuerda. Yo sí. Recuerdo que entonces era invierno porque las ramas estaban peladas y eran de color ceniza. Esta vez me ha resultado más difícil verlos entre las hojas verdes. De hecho los he descubierto por pura casualidad. Al pasar debajo del árbol he pensado que no sería extraño que me cayera una cagada. Y claro, no he podido evitar mirar hacia arriba. Ahí estaban: treinta o cuarenta loros pequeños o periquitos enormes camuflados a la perfección en las entrañas de un modesto ejemplo de vegetación urbana, como boinas verdes en una operación secreta. Distribuidos en formación casi militar. En silencio absoluto. Con los ojos muy abiertos y muy redondos y muy negros, mirándome desde su trono vegetal. Había algo inquietante en su actitud. No en plan Hitchcock ni nada por el estilo. Quiero decir que en ningún momento he temido ser despellejado a picotazos. Más bien me ha parecido que la oscura liquidez de sus miradas escondía una sabiduría con la que me era imposible competir. En fin, no sé si es que los encargados del zoo les dejan darse una vuelta por la ciudad una vez al año si se portan bien y se comen todo el alpiste. O tal vez estuvieran de paso, en plena migración. Eso espero, pero no tengo muy claro si los loros, cotorras o lo que sea están capacitados para cruzar países enteros en busca de mejor clima. Lo más probable es que se hayan escapado del aviario privado de cualquier rico y estén escondiéndose de algún gato callejero, me he dicho. Le he preguntado su opinión a una anciana que se ha puesto a mirarlos conmigo pero desde el lado opuesto del árbol. O estaba sorda o no ha considerado necesario contestarme. Se ha quedado un rato ahí, con la cabeza levantada de forma que acentuaba la escasez de carne y músculo de su garganta. Todo era piel arrugada y tendones nudosos. Luego ha levantado los brazos en dirección a las ramas y los ha agitado de un modo grotesco. Me ha alegrado observar que ni uno de los pájaros agitaba una sola pluma. Aunque sólo sea por eso ha valido la pena ser amonestado por llegar dos minutos tarde a la oficina.

 

 

La décimo tercera llamada que atiendo ilumina mi jornada como si el mismísimo Dios se hubiera puesto en contacto conmigo. Al principio me parece tan vulgar como las demás: un hombre con voz apurada solicita hablar con mi jefe para ver si pueden llegar a un acuerdo. Igual que el resto, le debe pasta al banco para el que trabajamos. Por su acento deduzco que debe de ser de origen africano. Me imagino un amanecer azul y frío y a un negro transportando a otros negros a los campos de naranjas en una furgoneta Nissan Trade de segunda mano para cuya compra el hombre que ahora me llama se embarcó en un crédito. Seguramente un crédito más que asequible si no fuera por el hecho de que cada día le pagan un poco menos por cada kilo que recoge. Y si no fuera también por el hecho de que su mujer Fátima ya va por el tercer bombo.

He adquirido el hábito de crearle una biografía a todo el que llama para sobrellevar un poco mejor el tedio y el asco que me produce este sitio. Así consigo, además, empatizar ligeramente con mi interlocutor de turno, no colgarle el teléfono, tratarle casi como a un ser humano.

Siguiendo el protocolo de la empresa lo primero que hago es pedirle que me dé su número de teléfono. Nos lo explicaron muy bien en el curso de formación: se trata de tenerlos localizados por si se corta la llamada o por si en el último momento el tío se lo piensa mejor y decide que aún no ha llegado la hora de pagar a los cabrones del banco. El caso es que me lo da. Entonces le pregunto su nombre.

-Jackson Ojo Divine.

Eso es lo que entiendo, pero sin duda debe tratarse de un error.

-Perdón, ¿ha dicho Ojo Divine?

-Sí.

-Pero… ¿Ojo de ojo y Divine de… divine?

-Eso es.

Y empieza a deletreármelo como buenamente puede. Le dejo llegar hasta la e sin salir de mi asombro. Qué nombre más de puta madre. Luego le digo:

-Oiga, ¿sabe qué? No se preocupe demasiado por el préstamo. Voy a tocar un par de teclas del ordenador y los de recobros no le molestarán hasta dentro de unos seis meses.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Supongo que el hombre está tentado de colgar y quitarse por un tiempo el problema de la mente. Pero algo le hace desconfiar y me dice si puedo mandarle por escrito lo que acabo de comentarle.

-Naturalmente, Sr. Ojo Divine.

Me lo agradece varias veces y me da un número de fax. Es de un locutorio, me dice.

Cojo uno de los formularios, lo relleno con sus datos y escribo: “Conforme a la conversación telefónica mantenida con usted en el día de la fecha, su deuda queda aplazada por 6 meses, sin intereses a su cargo, debido a la concurrencia de las circunstancias previstas en el epígrafe J3 del Reglamento de Gestión Interna de esta entidad”. Y añado: “No se preocupe, Sr. Ojo, es lo menos que puedo hacer: con o sin razón ahora mismo en mi cerebro Dios es negro y tiene deudas con los bancos. Teniendo en cuenta que yo soy un simple mortal, no me va tan mal”.

 

 

Y es que a veces está bien dejarse arrastrar por un arrebato de fe en lo sobrenatural. Porque como dijo algún sabio menos sabio que el gran Giro, quien tiene esta frase como mandamiento vital en su facebook: “Hay dos maneras de ser feliz en este mundo: una es ser idiota y la otra es hacérselo”. Así que no tiene nada de malo entrar en trance místico, reprimir todo instinto violento y fingir normalidad, educación y hasta estúpida simpatía cuando el de todas las mañanas entra por la puerta del bar y se toma la libertad de saludarme con una palmada en la espalda mientras se sienta en el taburete de al lado. Podría optar por ponerme de mala leche. Al fin y al cabo este lapso entre las 8:45 y las 8:55 es el último del que voy a poder disfrutar a mis anchas desde que entre al trabajo hasta que salga. Me gustaría dedicarlo a leer la sección de sucesos del periódico o rebuscar entre las páginas a la caza de alguna columna políticamente incorrecta. Podría incluso contar los boquerones que hay en esa bandeja del expositor. Podría y seguramente debería hacer cualquier cosa que me sirviera para reunir las fuerzas con las que afrontar lo que me espera o incluso cualquier cosa que me sirviera para olvidarme de la necesidad de reunir esas fuerzas. Pedir un orujo de hierbas. Hablar del Mundial con el dueño del local. Ese Ozil es un fenómeno, qué malos son los árbitros, que la chupe Maradona. Debatir conmigo mismo si la camarera sigue en la treintena o está aún un poco más lejos de ese momento de su vida en que debió de ser una chica realmente guapa. Pero en lugar de eso dejo que mi vecino de banqueta sienta que monopoliza mi atención. Hace tiempo me dijo que es limpiador en el colegio de la esquina y que todos los días acaba con la cabeza “hecha un bombo por los chiquillos”. En realidad me lo dice todos los días, y hoy también. Quizá por eso me parece un dato indudable y atemporal que no me siento capaz de valorar positiva o negativamente. Porque aunque los chiquillos le abomben la cabeza es obvio que es feliz con su trabajo. Es más: es obvio que es una persona feliz. Con sus camisetas falsificadas de Mickey Mouse y sus pantalones cortos, con sus canas de cuarentón y su reloj de plástico del Valencia C.F., con sus constantes referencias a unos sobrinos que jamás conoceré, con su cociente borderline, con esos toquecitos que me da en el codo para que le haga caso cuando ya no puedo más y vuelvo la vista hacia la calle para saber que sigo vivo. Con todo eso, es feliz. Se nota en su espléndida sonrisa y en la manera sin complejos ni prejuicios en que saluda a la gente que no conoce de nada. Y aún lo es más si le miro a los ojos cuando me habla con pasión de la vomitona de bollycao que tuvo que limpiar ayer en los servicios de quinto de primaria. Y supongo que yo también.

 

 

Nada que ver con el otro día. Cogí la bici y me puse a pedalear. Acabé en ese parque enorme en el que desembocan todas las calles de esta ciudad. Más que un parque es una gran franja de gravilla y polvo con algún que otro árbol raquítico sobreviviendo a duras penas aquí y allá. Un paisaje ideal para morir de un golpe de calor y tener tu minuto de gloria en el telediario de las 3 de la tarde, el que ven los veraneantes mientras comen ensaladilla con los pies aún llenos de arena. Pero como estaba vegetando en casa haciéndome preguntas cuya respuesta no me apetecía confirmar, sudando como un cerdo por eso y por los 35 grados que marcaba el termómetro de la pared que algún inquilino anterior se dejó en casa y sopesando la posibilidad de cerrar las ventanas, abrir el gas y hacerlo de una puta vez, decidí coger la BH oxidada y darle cierto sentido a mi transpiración y a mis fantasías suicidas. Eran las cinco de la tarde y ahí estaba yo, inclinado sobre el manillar incandescente y dándole a los pedales como si no hubiera mañana. El sol me machacaba los riñones con golpes casi físicos, con toda la fuerza con la que caen las cosas desde ciento cincuenta millones de kilómetros de altura. Pero seguí y seguí pedaleando. El sudor cayéndome a chorros por la cara y por los brazos y la sal formando rodales crecientes en las sobaqueras de mi camiseta negra. Hubo un instante infinitesimal en que sentí que la sangre se obstruía en mi carótida como si dudara entre seguir oxigenándome el cerebro o hacerlo fosfatina con un coágulo justo y necesario. Elevé a los cielos una breve pero creo que bastante conmovedora plegaria para que la naturaleza y las teorías evolutivas y de adaptación al medio y hasta el mismísimo San Darwin decidieran con total libertad sobre mi supervivencia y enseguida volví a notar el flujo acelerado pero constante palpitando en mis sienes. Cosa que me desconcertó hasta tal punto que me costó unos cuantos segundos percatarme de la presencia junto a mí de otro ciclista que me miraba y sonreía enseñando unos dientes simiescos entre los que destacaba por méritos propios el colmillo izquierdo, anormalmente mayor que los demás y afilado como la uña de un guitarrista gitano.

-Te echo una carrera –dijo.

De repente me retrotraje en el tiempo unas dos décadas, lo necesario para ubicarme en la última ocasión en que alguien me había dicho esa frase. El retador de mi recuerdo era un conocido del barrio con el que durante mi infancia y adolescencia cultivé una animadversión sin sentido en la que no había vuelto a pensar hasta este momento. Ni siquiera el día que me enteré de que se había decapitado contra un guardarraíl en un accidente de moto le dediqué otro pensamiento que el indispensable para procesar esa información y olvidarla de inmediato. En cambio ahora el desafío del desconocido resucitaba con todo lujo de detalles la derrota que de niño me había infligido aquel muerto. No era poca cosa teniendo en cuenta que desde aquel día esa humillante sensación parecía haberse instalado cómodamente en mi vida.

-¿Hasta dónde, chulo? ¡¿Hasta dónde?! –le grité entre toses y jadeando al tipo de la dentadura espeluznante, cuya sonrisa desapareció sin dejar rastro tras vacilar brevemente ante mi agresividad. Con todo, se rehizo y dijo:

-No sé… ¿Hasta aquella fuente?

-¡Vale! –y arranqué a traición levantándome del sillín rajado y dejando caer todo mi peso sobre el pedal derecho.

Era asombroso sentir la sangre inflando mis olvidados cuádriceps. Había en ello algo épico. Algo digno de que el mejor de los poetas de suburbio compusiera en mi honor la más bella de las odas. En resumen: estaba seguro de que ganaría a aquel tipejo. Estaba pletórico. Me parecía volar sobre la gravilla. Casi lloro de emoción al imaginar la frenética polvareda que sin duda mi rueda trasera debía estar lanzando a la atmósfera a toda velocidad. Pero justo al tiempo de comprobar que el de la boca horrenda me daba alcance sin aparente esfuerzo comprendí que los lagrimones calientes que me resbalaban por las mejillas estaban compuestos a partes iguales de sudor y polvo. Una mezcla frustrante sobremanera y todavía más irritante. En definitiva, me estaba quedando ciego por momentos. Pero por mis huevos que el colmillitos no va a derrotarme tan fácilmente, me dije. Si piensa que voy a frenar sólo por que no veo ni la rueda delantera lo lleva claro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Teniendo en cuenta mi velocidad y peso sólo puedo atropellar mortalmente a un niño demasiado joven para tenerle aprecio a su vida o a un viejo demasiado viejo para lo mismo. ¡Así que a la mierda! Apreté los dientes y aceleré cuanto pude en dirección a una meta tan borrosa como todas las demás. No sé cuánto tiempo estuve corriendo a ciegas, pero en ninguno de esos segundos sentí el menor miedo. Mi integridad física me preocupaba mucho menos que ganarles la carrera a mis fantasmas. Por eso cuando noté que la rueda delantera se quedaba enganchada en algo y una agradable sensación de ingravidez en la boca del estómago me indicó que estaba volando por las aires sólo recé para que el accidente se estuviera produciendo una vez traspasada triunfalmente la línea de llegada.

Tras dar una vuelta de campana aterricé de espaldas sobre un montículo de arenilla que, como después observé, estaban utilizando unos obreros para construir unos urinarios públicos. Me quedé allí un buen rato, recuperando la visión y la respiración. También, lo confieso, temía afrontar la realidad, saber si había ganado o no. Cuando ya conseguía distinguir el azul descolorido del cielo, casi blanco por el calor, una voz me habló.

-Chico –una voz femenina-. Chico, ¿estás bien?

El sol quedaba eclipsado justo detrás de su cabeza, convirtiéndola a la vista en una maraña de pelos naranjas que ardían en llamas fluctuantes. Me pregunté si sería pelirroja o se trataba de un simple efecto óptico.

-Sí, creo que sí.

-Menuda hostia te has dado, colega.

Como el resplandor me abrasaba las retinas, ya bastante escocidas por la sal y la tierra, bajé la mirada. Fue entonces cuando vi que la mujer, chica o lo que fuera la voz que me estaba hablando tenía las rodillas juntas. De tijera, como suele decirse. Y, claro, sentí una punzada en la tripa o en las costillas, no sé. Lo que quiero decir es que me acordé de ella. Y hablé desde mi posición yacente:

-¿Sabes qué? Me gustan tus rodillas.

La silueta se quedó callada unos segundos. Luego dijo:

-No es verdad; son horribles.

Y yo le expliqué que no.

-No, no lo son. Tú crees que lo son. Siempre creéis que lo son. Pero no es verdad. Son muy bonitas, te lo digo yo.

La buena samaritana se fue sin decir adiós y yo me quedé allí tirado sobre la arena. Recordando. Imaginando. Pensando por dónde y con quién caminarían ahora aquellas rodillas juntas a cuyo lado caminé durante tantos años. Y, por supuesto, me olvidé por completo del asunto de la carrera, de mi probable nueva derrota, de la criatura dentuda y de lo mucho que me dolían los riñones.

Pese a todo el daño y por alguna razón que no pude explicarme, sonreí mirando hacia el azul requemado, que empezaba a vibrar, deshacerse y rodar licuado desde mis ojos.

 

 

En el fondo creo que es lo más inteligente que se puede hacer. Lo más decente. Intentar llevarlo bien. O al menos lo mejor posible. Sonreír sin llamar la atención. Sin hacer ruido. Sin que los músculos de la cara te castiguen con dolores y temblores por forzarlos a estirarse falsamente. Sonreír para ti mismo, como refugio y autodefensa. Como bálsamo y como coraza contra todo lo que te llueva. Como cuando vas por la calle y atraviesas un miserable jardín sembrado de bolsas de pipas y chicles fosilizados y pasas junto a un banco y te viene a la nariz una nube tóxica que huele a orín reseco y colonia a granel. Y te giras y ahí están los dos viejos sentados en el banco. Cogidos de la mano, arrugados y encogidos y como apunto de replegarse del todo sobre sí mismos y extinguirse definitivamente. Untándose de sol con esa cara de felicidad que sólo puede ponerse cuando se sabe que lo bueno va a durar muy poco. Intento meterme en sus cerebros. ¿Se querrán o sencillamente es que es mejor esperar el Armagedón agarrado a alguien? Qué más da es la única respuesta que me viene a la cabeza mientras una bandada de pájaros muy verdes y muy amarillos pasa volando cincuenta metros por encima de la humanidad entera.

08
jun
10

John Paul Young tiene razón

Sábado, 17:30. Demasiado calor y casi dos semanas sin salir de casa. Es algo en lo que no conviene pensar más de la cuenta. Se traga una pastilla y se tira en la cama.

Abre los ojos boca arriba aferrado a un almohadón. Mira el reloj. 21:41. Más de dos semanas sin salir de casa. Algo en lo que no conviene pensar nada. Por otra parte, nadie le obliga. Ha sido una decisión personal y, en la medida de lo posible, bien meditada. Así quiere que sea, en definitiva. No puede arrepentirse tan pronto. No puede avergonzarse a sí mismo tan pronto, una vez más.

Tiene que aguantar.

Tres metros por encima de la penumbra que le aplasta contra el colchón el techo podría ser de un blanco deslumbrante o estar sucio por culpa del tabaco y sus respiraciones. Y ni lo uno ni lo otro modificaría en nada el transcurso de las cosas.

Todo le resulta tan gratuito que a veces, cuando se deja llevar y pierde el control y hace cosas horribles, intenta consolarse con la idea de que tampoco sus actos tienen la menor repercusión. Ni para él ni para nadie.

Se levanta, se pone las gafas y anda de aquí para allá por la casa sin encender las luces. Pero no es suficiente. El resplandor anaranjado de las farolas se cuela por todas partes definiendo las siluetas de los objetos junto a los que pasa y que está cansado de ver. Para solucionarlo se acerca a la ventana del salón dispuesto a bajar la persiana cuanto sea necesario. Desde la calle llegan risas. Risas jóvenes. Y no tan jóvenes. Pero todas comparten el tono alegre de una despreocupación que roza lo pueril. Y aunque está seguro de que ahí abajo no encontrará nada que le cause el menor bien no logra reprimirse y echa un vistazo.

Por suerte o por desgracia vive en una de las zonas de la ciudad que la juventud ha elegido como centro estratégico de sus operaciones de ocio nocturno. Decenas de personas en clara actitud lúdica se mueven por las aceras con aparente soltura. Como si éste fuera un buen lugar en que vivir. Cruzan la calzada distraídamente y los faros de los coches les iluminan en su alegría durante un segundo. Como si éste fuera un buen lugar en que morir. Lo que está claro es que de un modo u otro están en lo cierto. Lo apuestan casi todo al rojo y lo apuestan casi todo al negro, y siempre ganan.

El caso es que calle arriba y calle abajo entran y salen de los bares riendo y llenan el aire de ruido hablando en voz muy alta. Como si todo el mundo debiera oír y compartir los motivos de su felicidad de fin de semana. O pseudofelicidad. O simple expansión. Lo que sea. Tal vez nada más que una vía fácil de escape. Una forma de huida. Porque quizá no estén igual de contentos el lunes por la mañana, sin alcohol de por medio ni nadie al lado riéndoles las gracias. Nadie al lado, en general.

Quién sabe: puede que las vidas de los de ahí abajo sean todos los días tan plenas y dignas de ser vividas como parecen en este momento.

Porque ahora mismo la diversión callejera le resulta más evidente que otras noches. Más tangible y pesada. Casi la percibe elevarse desde el asfalto recalentado. Desprenderse de los chicles rosas pegados en las aceras y ascender burlona hacia él como un gas que sus pulmones no están preparados para respirar.

Puede que tenga que ver con la llegada del auténtico buen tiempo, se dice.

El calor se ha instalado definitivamente, y todo lo que ello implica para él desde hace unos cuantos veranos. De hecho cada año lo lleva peor. Esa sensación de aproximarse peligrosamente a algo parecido a un punto de cocción neuronal. El sentir que el mundo entero alrededor, con todas sus personas, animales y cosas, se calienta y derrite poco a poco, volviéndose todavía más extraño e intocable.

Justo como los seres que se mueven en la calle. Especialmente como ellas. Todas ellas. La temperatura sube unos cuantos grados y ellas multiplican hasta casi el infinito los centímetros de piel desnuda que lucen al salir a pasear o comprar el pan. Hombros, piernas y escotes inalcanzables que de forma misteriosa consiguen mantenerse limpios y secos y perfumados pese a la luz y el aire calientes que puedan envolverlos.

Él, en cambio, suda. Son casi las diez de la noche y no puede dejar de sudar como un cerdo. Por alguna razón tiene más calor ahí, medio asomado a la ventana, respirando el aire urbano, contemplando el falso millón de oportunidades que se supone ofrece el mundo exterior. Tras echarle un último vistazo obligado por una voz que a lo mejor es su conciencia busca refugio en la penumbra del interior de la casa. Se deja caer en el sofá y siente cierto asco de sí mismo al notar cómo la ropa resudada se le adhiere a la entrepierna y a las axilas. Sin incorporarse del todo se desnuda con torpeza. El eskay marrón chocolate del sofá resalta la palidez de su piel. Y la palidez de su piel resalta los pelos negros de su considerable barriga, apelmazados en grotescos mechones húmedos. Podría ser la tripa de un animal tonto y feo, piensa, de ésos que aguardan apacibles en la fila hasta que el matarife los deja secos con su pistola eléctrica. En un sentido vago, así es como se siente en relación a todo lo que se encuentra al otro lado de las paredes de su casa. Confuso, engañado. En un estado constante de desorientación hasta que la vida le propina un puñetazo con cualquiera de sus brazos-faceta y le hace tener un poco más claro que el único sitio que le ofrece una seguridad relativa es su piso. Y dentro de su piso, su dormitorio. Y dentro de su dormitorio, su cama.

Sí, está convencido. Hizo bien en comprar las provisiones. Latas de conservas y bebida embotellada para unos cuantos meses. Quizá años. Lo necesario para convertir su casa en un refugio, por fin.

Un lugar impenetrable para las miradas de asco y las voces desdeñosas que está harto de recibir. Un sitio donde poder disfrutar del amor.

 

Se levanta del sofá. Sus pies semiplanos hacen plap plap sobre el gres mientras recorre el pasillo en dirección a la cocina. Al pasar frente a la puerta de su cuarto se detiene. Duda un momento. Al final se decide a entrar. Aparta con una leve patada el montón de ropa sucia que hay en el suelo, se huele rápidamente los sobacos y se arrodilla para echar una mirada bajo la cama. Siempre siente una punzada de miedo en ese instante de comprobación. Si ella también le dejara no podría soportarlo. Pero no: todo está en orden: sigue ahí, envuelta en un plástico transparente y con esa pinta de cadáver, de momia. Los brazos aplastados, el pecho hundido, el pelo de cualquier manera. De no ser por esos enormes ojos azules tan abiertos, hasta su cara sería la de una muerta.

-Hola –dice la chica.

-Ho… Hola –responde él. No puede evitar ponerse nervioso cada vez que habla con ella. La quiere tanto.

-Pensaba que esta noche ya no vendrías.

-¿Por qué dices eso? Sabes que no nos hemos separado ni una noche desde que nos conocimos.

-Es verdad, perdona.

Silencio.

-Ni siquiera cuando mi madre tuvo que quedarse a dormir…

-Es que temía que te hubieras cansado de mí –confiesa al cabo ella, con encantadora timidez.

-Eso nunca pasará, puedes estar segura.

-Te quiero.

-Yo también te quiero.

Se miran unos segundos sin decir nada. Luego él se tiende en el suelo y se arrastra hasta introducir el torso bajo la cama. Huele a polvo y a plástico y a lápiz de labios rancio. Pero no se está mal. El suelo está frío Lo único que cuenta es que a medida que se acerca a ella aprecia cómo sus ojos son de un azul imposible, sobrehumano. Y se pregunta si no se habrá enamorado de una especie de diosa.

-¿Qué tal si te saco de ahí? –susurra al oído de la chica, apartándole de la cara unos cuantas greñas resecas.

-Sí, por favor.

La agarra de uno de sus escuálidos bíceps y tira de ella. Con cuidado. Con amor, para ser precisos. No pesa nada. Con una sola mano y sin el menor esfuerzo la tumba en la cama, boca arriba. No puede evitar sentir cierta tristeza al verla en ese estado cadavérico. Siempre le pasa. Y ella lo nota:

-Ya sabes que no me gusta que me veas así –habla como enfurruñada, con un deje casi infantil en la voz-.

-Lo siento.

-Anda, lléname cuanto antes.

Él, obediente, se levanta, abre el armario y saca una pequeña caja rectangular. Extrae de ella algo parecido a un hinchador de colchoneta de playa. Sí, seguramente también podría servir para inflar flotadores o ruedas de bicicleta, pero eso es para otra gente, y es mejor no planteárselo siquiera.

Se tumba de lado junto a la chica y le inserta la boca del bombín en la válvula que tiene en la nuca. Y empieza a bombear al mismo ritmo que ella va creciendo poco a poco. Sus extremidades ganan en consistencia y en el pecho se le levantan dos enormes montículos. Y él siente algo que se parece mucho al amor al verla llenarse de aire. De vida.

Cuando termina tapona la válvula con el doble cierre de seguridad. Sistema antiaplastamiento efectivo hasta 150kg, leyó en el folleto que encontró la primera vez que abrió la caja. Pero eso ya no importa. Sólo son datos, información fría.

Ahora lo que importa es que esa caja que llegó un día desde Taiwan trajo consigo un amor mucho más puro y correspondido del que jamás habría creído poder experimentar.

Y eso es lo que piensa mientras se tumba encima de ella y se hunde en sus azulísimos ojos sobreimpresos, poniendo años luz de distancia con todo lo que pueda estar pasando en el mundo de afuera.

Sólo sale de su trance cuando la chica dice:

-No me gusta hacerlo sin protección, ya lo sabes.

-Lo siento, tienes razón –y alarga el brazo hasta la mesilla de noche para sacar del cajón un par de parches de ésos con los que se reparan las colchonetas de playa, las ruedas de las bicis y un montón de cosas por el estilo, de las que se estropean a diario.

07
oct
09

Sexo duro

Vino un amigo a casa y se sentó en el sofá. Durante un rato se dedicó a mirar la tele cambiando de canal una y otra y otra vez. Supuse que eso iba a ser todo, como siempre, hasta que se cansara de nadanadanada y decidiera dejarme solo de nuevo. Supuse que eso iba a ser todo: intercambiar esas frases que ya hemos pronunciado mil veces mientras vemos la basura que sale por la tele. Así que le ofrecí la cerveza de costumbre. Yo tenía el estómago hecho una mierda y no le acompañé. Me dediqué a observar con una sobriedad descorazonadora cómo un chef japonés inmensamente gordo intentaba vendernos un supercuchillo de cocina. Al principió lo aborrecí y lo odié a muerte y deseé en silencio que se cortara las venas de repente y que mi día adquiriera así un nuevo color. Pero como casi todos somos horribles al poco tiempo empezó a hipnotizarme la habilidad de sus dedos rechonchos para rebanar en finísimas tajadas desde kiwis hasta tornillos. Y ya me planteaba hasta qué punto mi vida sería más plena si me hiciera con uno de esos cuchillos cuando mi amigo dijo que ese miércoles tendríamos una cita. Con su amiga no sé quién, creo que en ningún momento llegué a memorizar su nombre, y una amiga de Noséquién. Vale, le respondí. Ya te llamaré para darte los detalles, dijo él. Apuró su cerveza y cogió cuatro más “para el camino”. En realidad su camino no era tan largo, tres manzanas calle arriba, pero al fin y al cabo me había ofrecido un plan; no me pareció demasiado mal que a cambio asaltara mi nevera.
El teléfono sonó la tarde del miércoles siguiente. Mi amigo me dijo que esa noche iríamos al cine los cuatro. Bueno, era el día del espectador, de modo que si la cosa no salía bien no tendría que lamentar haber malgastado demasiado dinero. Me resultó decepcionante que esa reflexión fuera la primera que me pasara por la cabeza porque nunca he sido tacaño, más bien al contrario. Pero cuando no hay pasta, no hay pasta, y asumí como natural que también mi vertiente miserable saliera a la luz. Otras llevaban ya un tiempo haciéndolo. La incompetente, la carente de autoestima, la frustrada y algunas más por el estilo. Y cuando justo antes de despedirse y colgar mi amigo añadió Por cierto, la tuya tiene cuarenta y dos años tampoco me sorprendió que mi yo cómodo y facilón y sin escrúpulos se abriera camino hasta la superficie. No sé, quise pensar, hay mujeres de 42 (el dato era una cifra muy clara en mi cerebro, un dígito, un número relativamente alto pero que al mismo tiempo significaba un peldaño más en la cuesta abajo del deterioro físico) que aún están buenas. Además, ese día no había Champions ni tenía nada nuevo que leer y la nevera estaba bajo mínimos. No tenía nada mejor que hacer que probar suerte una vez más.
Como suele pasarme llegué antes de la hora convenida. Supongo que soy un ansioso o que me aburro bastante o que simplemente quiero que las decepciones pasen cuanto antes. El caso es que me aposté a la entrada del multicine y los vi aparecer a los tres al otro extremo de la calle. A unos cien metros. Tiempo y distancia más que suficientes para experimentar mil impresiones diferentes acerca de las mujeres que acompañaban a mi amigo. Ninguna de ellas parecía estar muy bien. Pero tampoco muy mal. Una tenía un largo pelo moreno. La otra era claramente rubia de bote a pesar de mi miopía. Deseé que no me tocara la barbie y giré la cabeza en dirección opuesta a ellos para hacerme un poco el interesante, despreocupado, superguay. Tuve suerte. Cuando llegaron frente a mí mi amigo nos presentó de tal modo que quedó claro cómo había planificado el reparto del pastel. Me habría dado igual que fuera exactamente al revés. Ambas eran dos cuarentonas, ni guapas ni feas. Simplemente dos cuarentonas que intentaban disimularlo vistiéndose con ropa pensada para mujeres mucho más jóvenes y con la agenda vacía de planes siquiera un poco más interesantes que el que suponíamos mi amigo y yo. Así que, ya digo, me habría dado igual, pero la morena era mi cita, pseudocita, pasatiempo o como se le quisiera llamar al asunto. Y yo era el suyo. Se llamaba Sara y la otra, pues eso, Noséquién.
Sacamos entradas para una película igual de mala que las que se proyectaban en el resto de salas. Y sin esforzarnos demasiado por fingir espontaneidad nos sentamos por parejas y hablamos por parejas de los mismos lugares comunes de siempre. Supongo que es hasta normal, que es lo que hay que hacer en tales circunstancias, pero me sentí ridículo. Como de adolescente, cuando todos los amigos íbamos al cine y siempre intentabas caer al lado de la chica más guapa del grupo como el que no quiere la cosa. Lo consiguieras o no, te invadía una cierta vergüenza. El hecho de percibir que tu treta se había notado demasiado. Pues ahora, quince años después, volvía a tener esa incómoda sensación. Y un ridículo más lento pero mucho más denso y difícil de digerir que el de la juventud me enrojecía y me hacía revolverme en la butaca y plantearme lo mal que debía de ir mi vida para aceptar participar en estúpidas citas a ciegas. No tenía ninguna necesidad de estar allí, hablándole por obligación a una extraña de mi trabajo de mierda o de mi pisucho de alquiler y oyendo de su boca cosas por el estilo. Oliendo la moqueta rancia del cine a la espera de que las luces se apagaran y la pantalla se encendiera y todo fuera más fácil y silencioso. Mirando sin ganas de hacerlo el exceso de maquillaje de mi cita que sin embargo no lograba ocultar la mantecosa porosidad de su cutis. Mirando y escuchando a alguien cuya vida o muerte me importaba aún menos que la de cualquier persona protagonista de un suceso del periódico, como supuse que también ella concluiría sobre mí si se detuviera un momento a pensarlo. Así que quería creer que no tenía ninguna necesidad de todo aquello. Pero si había que ser igual de honesto conmigo que con el resto del mundo, lo único cierto era que, necesaria o innecesariamente, allí estaba.
Al fin empezó la película y pasamos las dos horas siguientes viendo una de esas historias de amor que sólo acaban más o menos bien en Hollywood. La obra de algún guionista loco que se empeñaba en hacerte tragar que tras cada esquina la vida desplegaba ante tu cara un gigantesco abanico de posibilidades emocionantes y enriquecedoras. Dediqué gran parte del metraje a imaginar cómo quedaríamos los cuatro contemplados en la penumbra de la sala por ojos ajenos, por los ojos de alguien que conociera lo que yo conocía de nuestras realidades, mucho sobre la mía y la de mi amigo y poco pero más que suficiente sobre la de Sara y Noséquién. Me imaginé nuestras caras. Nuestras expresiones. Una imagen patética que sólo podría suavizarse si al final de la noche acababa imponiéndose cierta lógica natural. Algo que hiciera que toda aquella pantomima cobrara algún sentido.
Por eso cuando salimos del cine estaba decidido a ir directamente al grano y ni el aire frío que soplaba ni la tristeza que siempre me transmiten las calles recién lavadas por los servicios municipales debilitaron mi convicción. Durante la breve conversación pre-proyección había sabido que Sara vivía muy cerca de donde estábamos y sugerí que estaría bien que nos invitara a tomar algo en su casa para hablar y conocernos todos un poco mejor. Resultó más fácil de lo que había supuesto. Mi amigo y Noséquién tenían planes por su cuenta. Mejor. Y Sara ni dio su visto bueno a mi propuesta ni todo lo contrario. Simplemente se despidió de los otros dos, me miró y echó a andar. Y yo a su lado. No hablamos demasiado durante los cinco minutos que duró nuestro trayecto. Tampoco nos tomamos nada cuando llegamos a su piso. En cuanto cerró la puerta nos enzarzamos en una especie de lucha torpe y ansiosa hasta caer sobre su cama. Y luego todo fue sexo duro. Por la prisa desganada, por la sensación de trámite, por la laxitud de nuestros cuerpos decadentes. Los románticos dirían que la razón era la ausencia absoluta de amor. Pero se equivocarían. Fue sexo duro, simple y tristemente, por la certeza compartida de que, en el fondo, no había atisbo de voluntad en nuestros actos. Por la certeza de que éramos dos personas que en ningún momento habían querido acabar juntas desnudas en la cama de aquella habitación. Y de que todo había sido producto de algún automatismo para huir de nuestras respectivas soledades.
Supongo que por eso a la mañana siguiente me encontraba profundamente frustrado mientras me vestía. No necesitaba acercarme a la ventana para saber que era la luz de un día igual que todos los anteriores lo que entraba por ella. Lo que hice fue ir al cuarto de baño. Sin querer, lo juro, me vi en el espejo. Tampoco allí encontré nada nuevo. Pero ni por ésas, ni porque ella fuera una década más vieja que yo, ni por intuir que fingía seguir durmiendo, ni por la seguridad de que nuestras vidas nunca iban a mejorar gran cosa, me olvidé de dejarle apuntado mi teléfono en un trozo de papel higiénico.

22
sep
09

Cita con gorro verde

Llegó unos minutos antes de lo previsto. Se sentó en el escalón de cemento que bordeaba el estanque de los patos. Así habían quedado. Desde donde estaba podía ver el campo de fútbol unos cientos de metros más allá. El lugar en el que dentro de un rato disfrutaría de un espectáculo deportivo mientras en la otra punta de la ciudad ocurrían cosas sucias. Es lo que estaba pensando cuando las torres de iluminación fueron encendiéndose una a una hasta envolver el estadio en una nube de luz parecida a un hongo nuclear. Llevaba puesto un gorro verde. Eso también estaba hablado. Lo había comprado un rato antes, de camino a la cita. Le había dicho al dependiente de la tienda que quería un gorro verde. De lana, de punto, impermeable, tal vez con orejeras, con una borla en lo alto… Es lo que había querido saber el vendedor.

-Simplemente un gorro verde, me importa una mierda de qué esté hecho -había contestado.

-Como quiera.

Pero se arrepentía. Finalmente se había llevado uno de lana y era otoño y el otoño siempre era suave en esa ciudad. Y ahora se sentía ridículo y más pringoso de lo habitual sentado al borde del estanque viendo a toda esa gente en pantalón corto y manga corta haciendo footing por el parque. Era gente sana, radiadores de bienestar que por razones incomprensibles se sentían de maravilla dedicando un rato a mantener la línea después de una jornada laboral tan asquerosa como la de todo el mundo. Le bastaba con fijarse en sus expresiones esforzadas pero realizadas para darse cuenta de ello. Personas tan sanas y tan armoniosas que, a pesar de tener cuatro extremidades y dos ojos en la cara, de repente le parecían totalmente ajenas a él. Casi como de otra especie animal. Porque, por ejemplo, ellos miraban el reloj para controlar su ritmo de carrera, su ritmo cardíaco, la distancia recorrida, las calorías quemadas y otras cosas así de saludables; y él lo miraba cada treinta segundos calculando el tiempo que le faltaba para convirtirse en un monstruo.

Así que se sentía a años luz del equilibrio y la paz que notaba en cuantos se movían a su alrededor. Y todo por culpa del puto García. Un hombre vulgar con un nombre vulgar que había conseguido llevarle hasta donde se encontraba, esperando a un desconocido al borde del estanque de los patos, con miedo y con vergüenza y con el culo mojado. Se sentía, sí, ridículo, pero también malvado, o más bien siniestro, puede que hasta peligroso. Él, que nunca se había planteado que tal vez fuera una mala persona… Ahora no encontraba la palabra precisa para aunar todas las sensaciones que le pasaban por la cabeza, justo bajo su gorro absurdo y extemporáneo, al observar a todos los que pasaban a su lado correteando o saltando y sin otra preocupación en sus vidas que la de mantenerse en forma. Los odiaba. Odiaba la placidez que desprendían, su insultante despreocupación. Porque él sabía muy bien que nadie con problemas de verdad pierde tiempo en comprarse, ponerse y después lavar y planchar y volver a ponerse ropa deportiva para ensuciarla otra vez al día siguiente. Cuando estás realmente jodido no importa la barriga ni el pelo que se cae. Eso pensó, y le pareció que podría quedar bien en la página de un libro o en un sobrecito de azúcar. Pero en seguida dejó de divagar y volvió a lo importante. Y lo importante era que odiaba a todos esos corredores que hacían jruash jruash al trotar por la gravilla del parque y a los pseudoatletas que estiraban los abductores apoyándose en el respaldo de los bancos. Y que odiaba a muerte a los que practicaban la postura del loto en el césped buscando encauzar, equilibrar o potenciar su chi. Y, sobre todo, que ese odio daba un salto de calidad, intensidad y profundidad y se convertía en algo insoportable y aterrador -algo que le desgarraba la boca del estómago y le comprimía los pulmones y hacía que sus dientes mordieran hasta la sangre su labio inferior- cuando las miraba a ellas. A todas esas mujeres, jóvenes, maduras, algunas aún casi niñas, decididamente viejas otras, que pasaban sudando dentro de sus shorts ceñidos. Cuando las miraba y no podía evitar compararlas con la suya. Todas vencían la balanza hacia su lado. Todas, hasta las que eran más feas, más viejas, más gordas. Desde la primera hasta la última se imponían en la comparación por la sencilla razón de que no eran ella.

Y todo por culpa de García. Había llegado a la oficina sólo un par de meses atrás y ya se creía el puto amo. Peor aún: ya era el puto amo. Porque era el que le había quitado el ascenso por el que había trabajado durante diez años. El que ahora se iba de copas con el jefe después del trabajo. El que de golpe había acaparado las miradas de las secretarias trepas que antes se le insuanaban a él. El que ahora le tocaba los cojones cada tarde justo antes de salir de la empresa pidiéndole informes que estuvieran listos a primera hora de la mañana siguiente. Pero, por encima de todas las cosas, era el motivo de que ella se quejara continuamente. Por no poder barnizar las puertas. Por no hacer ese viaje de fin de semana a la playa. Por las constantes averías del coche. Y porque estaba segura de que en casa de García las puertas y las ventanas brillaban cegadoramente bajo su capa de laca protectora, lo cual hacía que su llegada a casa el domingo por la noche después de coger su flamante coche e irse a pasar un par de días en la costa fuera increíblemente agradable.

Siguió esperando sentado, prácticamente sin mover un músculo, con la mano derecha metida en el bolsillo de la americana. Estaba muy quieto, pero sudaba igual o más que los atletas urbanos que iban y venían. Percibía el líquido condensándose en sus sienes. Jodido gorro, pensó. Pero en realidad sabía que la razón era que estaba nervioso. El crujido que emitió el sobre que llevaba en el bolsillo al arrugarse bajo la presión de sus dedos resudados se lo corroboró. Tengo que tranquilizarme, se dijo, todo va a salir bien. Mañana recuperaré el control de mi vida. Y empezaré de nuevo. Una nueva oportunidad para alcanzar el lugar que merezco. Quizá esta vez no fracase. No, no la cagaré esta vez. Y se repitió Todo va a salir bien, todo va a salir bien hasta que reparó en que llevaba unos segundos diciéndolo en voz alta. Cuatro o cinco tipos pasaron a su lado vestidos con camisetas de fútbol y se le quedaron mirando. Tenían pinta de estúpidos, pero le asustó la posibilidad de que alguno de ellos no lo fuera del todo. Le asustó que un imbécil que salía a la calle con el uniforme y la bufanda de su equipo pudiera llegar a ser el responsable de que acabara en la cárcel. Que le reconociera cuando sin duda su foto saliera en los periódicos o en esos programas de tragedias y como buen ciudadano acudiera a la poli a decir Ya sabe, probablemente sea una tontería, el tipo no estaba haciendo nada malo ahí, en el estanque de los patos, pero repetía como ido que todo iba a salir bien y, no sé, no me dio buena espina. De manera que sonrió a los forofos como un gilipollas más y estuvo a punto de decirles Ánimo, chicos, que hoy machacamos a esos cabrones. Y eso que a él ni siquiera le gustaba demasiado el fútbol. Simplemente iba de vez en cuando a algún partido. A los partidos importantes. Por salir un rato de casa, más que nada. Y el partido de esa noche era de Champions. Una buena oportunidad para poner en marcha el plan. Tendría coartada para un par de horas. Lo único que tenía que hacer era sentarse en las gradas y procurar que alguno de los espectadores se quedara con su cara. Derramarle en los pantalones un poco de Coca-Cola, confundirse premeditadamente de asiento, quizá hasta provocar algún pequeño enfrentamiento. No parecía muy difícil. Además, si llegaba el momento en que alguien necesitara algo más que las declaraciones de unos cuantos testigos seguro que en el estadio tenían un buen montón de cámaras que le habrían grabado entrando, saliendo, meando o celebrando un gol. No, no tenía de qué preocuparse, se dijo mientras se quitaba el gorro y lo dejaba un momento en el cemento para arreglarse el pelo húmedo y apelmazado.

-Aunque ahora no lo llevas puesto, supongo que tú eres el del gorro verde -dijo entonces una voz a su lado.

Era una voz suave, muy joven, al igual que el hombre al que vio cuando levantó la vista con el corazón a punto de estallarle. Por alguna razón había imaginado que el sicario con quien le habían puesto en contacto sería un tipo de aspecto feroz. Alguien terrorífico que hacía cosas terroríficas. Pero lo que tenía ante sí era un chaval enclenque, casi un crío, sin atisbo de barba, a quien no le pegaban en absoluto el traje negro y la corbata fina con los que le habían dicho que siempre acudía a sus citas. Influencia de las películas de matones, pensó pero no se atrevió a decir. Y, además, le importaba una mierda. Sólo quería que fuese discreto y efectivo, y aquella noche de borrachera en aquel bar de aquella ciudad del norte le habían asegurado que no encontraría a nadie mejor para hacer el trabajo aunque se empeñara en recorrer el país de punta a punta.

-Sí, soy yo -contestó levantándose, intentando parecer tranquilo pero poniéndose el gorro con manos temblorosas.

-No lo alarguemos más de lo necesario.

-Muy bien.

Sacó el sobre del bolsillo y se lo tendió al chaval mientras echaba una mirada claramente asustada alrededor.

-Tranquilízate -le dijo el asesino con una voz que ya no parecía tan suave.

-Lo siento, tienes razón. Ahí tienes el dinero, cuéntalo si quieres -dijo con la extraña sensación de saber que de ahora en adelante esa frase le erizaría el pelo cuando la oyera en una película. – También está la copia de la llave. ¿Qué harás luego con ella? Tírala a una alcantarilla, fúndela, no sé, quizá…

-Te he dicho que te tranquilices. No voy a contar el dinero porque si intentas joderme iré a por ti y lo recuperaré con creces. Eso y saber poner la cara apropiada si te toca hablar con la prensa o cuando asistas al entierro es lo único que tiene que preocuparte ahora.

Y eso fue todo lo que se dijeron. El chaval se fue con el sobre en la mano. Andaba despacio, con la cabeza ligeramente levantada. Como quien pasea disfrutando de una buena noche. Y él se quedó allí, viéndole alejarse. Luego tiró el gorro al estanque y contempló cómo se hundía. Pensó en su mujer y en sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de casa. Pensó en García y en su mujer y sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de su casa. Y supuso que hasta esa noche sus vidas, al fin y al cabo, no habían sido tan diferentes. Y luego entró en el estadio y vio ganar a su equipo, contra todo pronóstico.

12
abr
09

Pedazos

El sol aún está muy bajo. Ni siquiera ha rebasado la fría capa de nubes/niebla matinal tan típica de esta parte del mundo. La tiñe de naranja desde abajo, en tonalidades que decrecen en intensidad desde el mar hacia el interior. Hacia donde nos dirigimos. Un pueblo de los alrededores de la ciudad costera en que los tres vivimos. Los tres que ocupamos la miníscula cabina de la camioneta en que viajamos. Trabajamos. Según la ficha técnica del vehículo, es un camión. Pero seguro que el encargado de determinar a efectos de mercado lo que es un camión y lo que es una camioneta no se pasa unas cuantas horas al día encerrado en este cubículo con estos dos tipos, desbordándolo de carne, sudores, olores y sentimientos fluctuantes en función del clima, el sueño o el grado de consciencia existencial que uno tenga. Así que le pongo al trasto el nombre que me da la gana: camioneta, por ejemplo. O carromato, o coche fúnebre, según de qué humor esté cuando alguien me pregunta a qué me dedico.

Voy pegado a la ventanilla del copiloto. Aplastado contra ella por el enorme corpachón de mi compañero, el otro peón, por decirlo de algún modo. Mi jefe es el que conduce. Dice que no nos deja el volante porque asumir el riesgo de una colisión con víctimas mortales o amputaciones para las que no hay ortopedia que valga forma parte de sus responsabilidades como patrón y contratista. Habla así, lo juro. En fin, eso argumenta. Pero lo que ocurre es, simplemente, que le gusta sentirse al mando. En cualquier caso, me alegro de que sea imbécil, porque detesto conducir casi tanto como notar que el sudor de la bola de sebo de mi izquierda me va impregnando el codo, el antebrazo, la camiseta y las costillas. Me sabe mal llamarle así; es un buen hombre. Lleva en la cartera un desplegable con fotos de carné de su mujer, una señora con permanente de un imposible color granate y, a juzgar por sus mofletes, de las mismas dimensiones que él. Se nota que la quiere por cómo limpia la cartera, soplándola suavemente y pasando con cuidado sus enormes pulgares por la piel cuarteada, las veces que se le cae al suelo. Porque al pobre todo se le cae al suelo. Su cartera, los muebles rotos, los escombros. Todo. Es el fuerte de la cuadrilla. El animal, digamos. Y, como ocurre con cualquier animal, la destreza de sus zarpas no es algo que determine su valía. A nosotros nos es útil para alzar alguna viga que nos corte el paso o para derribar las puertas atrancadas. Además, es el clásico empleado que dice demasiado a menudo Ahora mismo y que no pide aumentos de sueldo. Todo lo cual hace que su supervivencia en la empresa sea mucho más probable que la mía. Ya digo: me cae bien, en cualquier caso.

Al menos bastante mejor que mi jefe. Aparte de conducir, le encanta que le llamemos así, Jefe. Algo que me resulta realmente complicado y que intento evitar recurriendo a fórmulas de apelación más primarias cuando me tengo que dirigir a él. Empiezo las frases con un Oiga o un Disculpe. Palabras por el estilo, siempre respetuosas. Al fin y al cabo, el tipo podría ser mi padre. De hecho, la condescendencia con que nos trata hace muy fácil establecer ese paralelismo. Fumas demasiado, suele decirme sin tener ningún porqué (siempre lo hago al aire libre), a veces incluso cuando me he estado controlando y no me he encendido más que cinco o seis cigarrillos durante la mañana. Ahora mismo me fumaría uno. Tengo el estómago vacío y a lo mejor me marearía un poco. Me distanciaría. Es lo que pienso mientras observo cómo los inmensos arrozales pasan casi totalmente verdes ahí afuera. Casi, porque debe de hacer un poco de viento y las espigas forman aquí y allá fugaces ondulaciones de blanco cuando sus hojas encaran el envés hacia el sol. Es bonito. Eso pienso. Y que el aire tiene que oler bien allá en medio, entre el arroz, a pesar del agua estancada y de las acequias turbias que surcan con precisión quirúrgica los latifundios. Lástima que en la lista de demostraciones de rango del jefe se encuentre la de no permitirnos bajar las ventanillas. La gasolina la pago yo, sentencia siempre al respecto. Por eso ni me molesto en pedírselo. No me apetece en absoluto escuchar otra de sus frases lapidarias. Y me despido del verde y el agua alzando la vista hacia el cable telefónico que flanquea la carretera y sigo con la mirada la curva que describe de un poste a otro y a otro y a otro. Kilómetros y kilómetros de tendido telefónico en perfecta línea recta, de zumbido de combustión del gasoil bajo el asiento y de sudor ajeno empapándome por dentro y por fuera. Y de nada más. Hasta que un ruido atrae mi atención hacia el parabrisas y me hace pasar los cinco o diez minutos siguientes observando cómo el aire a ciento veinte por hora va secando los restos viscosos de un abejorro, una libélula o un saltamontes. No sé. Hay un ala translúcida pegada al manchurrón, pero no entiendo de insectos no humanos.

Entonces cogemos una salida y me doy cuenta de que los arrozales han quedado atrás hace rato. La tierra sigue siendo igual de plana en este lugar, pero se ha vuelto dura y parda y el único verde que hay a la vista es el cetrino de un grupo de árboles polvorientos a unos doscientos metros detrás del bar-rte. en el que parece que vamos a desayunar. De vez en cuando el jefe tiene un detalle de éstos. Nos invita, a cargo de la empresa, a un café y a una tostada de aceite y sal antes de empezar la jornada. Dice que el cuerpo humano no necesita más para poner en total funcionamiento sus sistemas. Que eso de los huevos fritos y el bacon son frivolidades anglosajonas a las que nuestra genética no responde. Total, que si nos salimos de su menú, si queremos un simple zumo de naranja, lo tenemos que pagar nosotros. Cosa que nunca hago porque, la verdad, hace bastante tiempo que mi dieta es lo que menos me preocupa y, además, beber un zumo o un café posponen exactamente por igual el momento de llegar al trabajo. De manera que me ahorro el euro y le doy las gracias al jefe por el café. El gordo también se lo agradece, sólo que un poco más rastreramente porque añade que está muy bueno, como si fuera el mismísimo jefe quien nos hubiera preparado un Blue Mountain en la mejor cafetera del mundo, pagada de su bolsillo. Y mientras les oigo sorber el café me caliento las manos con la taza y a través de los ventanales del bar miro los destellos del sol en las lunas de los coches que se alejan por la autovía. Probablemente en algunos de ellos gente feliz se dirige hacia sitios felices. Supongo que también nosotros podríamos haber sido así, como esa gente hipotética que pasa de largo de este área de servicio en coches de todos los colores y cilindradas. Pero no lo conseguimos. Y me pregunto que pensará de mí ahora. Si estará pensando en mí en este preciso instante. O si lo hará durante un solo segundo a lo largo del eterno día que acaba de empezar.

Una elevación en el tono de la conversación de la mesa de al lado me distrae lo suficiente como para no tener que responderme. Dos hombres con traje y corbata discuten de fútbol.

-Va, no me jodas -dice uno, limpiándose con la servilleta la harinilla de ensaimada que lleva pegada a la barbilla-. Reconoce que los árbitros siempre favorecen al Madrid.

-Ni de coña -le replica el otro, con prepotencia-, lo que pasa es que sois unos llorones.

-¿Llorones? ¿Llorones? No me… -entonces se calla de repente, con los ojos clavados en algún punto detrás de su compañero-. ¡Mira, mira! -le dice, señalando con la barbilla.

Y el amigo se vuelve y lo que ve es que una camarera deja a la vista el elástico de su tanga al agacharse a recoger del suelo un tenedor sucio. Me doy cuenta de que también el jefe y el bueno del gordo están mirando a la chica. Me doy cuenta, de hecho, de que buena parte de los hombres del local han disparado por un instante sus fantasías por la simple visión centesimal de un pedazo de tela íntima. Y me digo que claro, que es algo natural, que no hay nada de malo, que obedece a instintos básicos. Y que, qué coño, igual no es tan grave lo que hice, que no obedecía a un plan preconcebido y que no tendría por qué ser irreparable. Pero el consuelo se desvanece rápidamente al reparar en las risitas ahogadas de los clientes, en sus codazos, en las miradas de pringosa complicidad que se lanzan entre sí hombres que lo único que tienen en común es el bar en el que han parado a desayunar.

-¿Vas a comerte la tostada? -me pregunta mi colega gordo.

Le digo que no con la cabeza y le acerco el plato empujándolo con el dedo índice. Y por un momento pienso que lo que en realidad debería contestarle es que su sobrepeso resulta cada día más difícil de soportar cuando lo sufres empotrado contra la puerta de la camioneta y que estaría bien que controlase un poco su colesterol y sus grasas saturadas si no quiere dejar viuda a su queridísima y grandísima mujer, o que le abandone el día menos pensado. Pero descarto la idea de inmediato porque el pobre hombre parece realmente satisfecho de sí mismo mientras hace desaparecer la tostada con tan sólo dos bocados. Parece ajeno al día que nos espera, invulnerable a lo que pueda decirle el jefe si llega a hacer algo mal en el trabajo e invulnerable a cualquier tragedia planetaria de la que informen en el telediario de la noche. Comer y volver a casa con esa persona le es suficiente para no perder su aire bonachón y tranquilo. Y a lo mejor, yo qué sé, está bien que así sea. Para qué más. Al menos aquí y ahora pienso que me gustaría espolsarme las migas de la camisa con la misma naturalidad que él.

Lo bueno de este trabajo es que puedes ir preparado para lo que te vas a encontrar. Basta con leer la prensa con asiduidad o ver los programas de sucesos. Normalmente se trata sólo de recoger muebles viejos y frigoríficos averiados en los que el arrendatario de un piso meó o cagó antes de ser desahuciado. O de vacíar la casa de una pobre abuela cuyos hijos han decidido que estaría mucho mejor en una residencia. Nada complicado, en fin: descolgar crucifijos, bajar lavadoras por las escaleras, llegar a saber por qué punto se dobla exactamente un sofá-cama de cualquier marca y modelo. Pero a veces ese contacto que tiene el jefe en no sé qué departamento de la policía, creo, nos llama para algún trabajo especial y de confianza. Y entonces es conveniente tener a mano un periódico de la víspera y echarle un vistazo. Porque cuando eso ocurre, cuando llama el amigo del jefe, la camioneta nos lleva a un lugar como el de hoy.

Un chalé en lo alto de una colina pequeña y despellejada y envuelta en arena flotante, como el paisaje que ves extenderse hacia todas partes en cuanto empiezas a subir por la carretera mal asfaltada que conduce a la puerta de la parcela. Una de esas casas alzadas en lugares imposibles por su accesibilidad y su entorno que en ocasiones uno ve allí arriba o allí abajo, entre zarzas o explanadas de grava, cuando circula por la autopista. Seguramente el tipo que decidió construirse aquí su casa pensaba que esto acabaría siendo una zona residencial de lujo; no hay otra explicación. De hecho, más que una casa esto es una mansión. En el jardín hay más césped que en un campo de fútbol. Hay césped por todas partes. Hay piscina para adultos y piscina para seres de estatura inferior al metro. Hay una barbacoa y un horno bereber. Hay una puta pista de pádel allá, en la parte trasera de la casa. Hay un cobertizo de aspecto acogedor, muy rústico, donde probablemente los dos críos de los dueños habrían acabado practicando alguna clase de sexo si su padre no hubiera decidido levantar el mármol del suelo y perforar con un picahielos la canalización del gas en el mismo epicentro de la casa. Y encenderse un puro al cabo de unos minutos.

Así que lo que vamos a encontrar en cuanto atravesemos el hueco que queda donde antes estuvo la puerta acorazada de nogal y apliques de teca que el gordo ya está cargando en la camioneta es hollín en las paredes, persianas derretidas y camas infantiles convertidas en ataudes carbonizados. Cosas así. Piezas de la cubertería de plata proyectadas como dardos de lujo, clavadas de modo inverosímil en los azulejos de la cocina. La taza del váter, casi intacta, en la terraza del piso superior. Y seguro que cuando intentemos transportar entre los tres el gigantesco armario del salón se le abrirá una portezuela y caerán al suelo un par de álbumes fotográficos. O un souvenir traído de El Caribe. Hasta un par de cartas del banco. Cualquier cosa que demuestre que allí hubo vida antes de la muerte.

Y no sé los otros, pero yo me sentiré mal. Y no veré el momento de alejarme de allí. Desearé estar en casa. Estar Durmiendo en casa, en realidad, gracias al Orfidal y otras magias por el estilo. Porque sé que cuando llegue ante mi puerta, introduzca la llave en la cerradura, la gire y empuje, lo que se abrirá ante mí será algo parecido a lo que veo durante mi jornada laboral. Cosas abandonadas. Trastos viejos, rotos en medio de demasiado silencio y demasiada oscuridad. Cadáveres de cosas que dejé morir poco o poco y que luego ella abandonó aquí, en las paredes, en los cajones, en el buzón… en casa, al largarse.

06
abr
09

Humo

El otro día decido dejar de fumar. Suelo hacerlo justo cuando acaba el fin de semana, cuando el ruido cesa y me oigo más a mí mismo. Me oigo tanto, fiu-pss-shh-jrumpf, que me es imposible obviar lo difícil que me resulta respirar. Hace tiempo que no es un acto reflejo. Me exige un esfuerzo consciente. Extenuante, exasperante. Es como una señal de alerta permanentemente activa en mi cerebro, emitiendo su bip-bip de emergencia en una frecuencia ultra o infrarreal. Porque aunque tamborilee con los dedos en la barra, le pida un cortado a la camarera, me fije en la caspa que recubre sus hombros y mis sentidos también capten el pis reseco del viejo que está sentado en el taburete de mi izquierda, algo que a fuerza de costumbre se ha convertido en otro más de mis instintos calcula con precisión mis bocanadas de aire para que las agujas no se me claven en los costados y en el pecho y en la espalda. Y determina el punto exacto hasta el que puedo extender el brazo derecho para coger el café, porque el hombro me duele como si lo tuviera dislocado. Igual es eso. O que he cogido un poco de frío. Pero es que hace unos días leí en internet un artículo sobre el Síndrome de la Vena Cava y me asusté un poco. Porque aunque estar en este bar de mierda de barrio de mierda a las seis de la mañana no sea gran cosa supongo que es mejor que estar muerto. Porque, para decirlo claro, soy tan cobarde como el resto y quiero arrastrarme por aquí un tiempo más. Es lo que pienso mientras veo cómo el domingo amanece con destellos de luz turbia en las antenas y en la pintura impermeable de los pasos de cebra. Tres empleados del servicio de recogida de basuras entran en el bar y durante un instante lo llenan todo de un increíble amarillo fosforescente. Es bonito. Me distraigo un segundo. Alguien vestido así puede ser cualquier cosa. Se me ocurren mil posibilidades y eligo una. Y el dolor no desaparece, pero se atenúa. Pero enseguida uno de ellos se acerca a la barra y pide en mi idioma y con voz humana dos litros de cerveza y bocadillos grasientos para almorzar o comer o cenar o lo que sea que les toque en función de su horario laboral. Y la ilusión de que un escuadrón extraterrestre haya parado a abastecerse en mi bar de todos los sábados-domingos se desvanece a la vez que un punzón invisible me atraviesa rápido y sin sangre de lado a lado. Debo tener más cuidado. Los tres hombres parecen un par de décadas mayores que yo. Deberían preocuparse por su colesterol, tal y como enseña -de paso- ese anuncio en el que una pareja homosexual discute al respecto mientras friega los platos, pero ya tienen los mentones chorreando tocino y parecen completamente felices a pesar de padecer sobrepeso y tener desperdicios orgánicos pegados a los camales. Me pregunto si cuando tenga su edad cuidaré mi dieta. Me pregunto si seré feliz entonces. Aunque las respuestas que me vienen dejan de tener importancia cuando me pregunto si alcanzaré su edad. Pido otro cortado y lo remuevo largo rato en el sentido de las agujas del reloj y después en el contrario. Luego doy un sorbo y ocupo las manos convirtiendo en bolas diminutas y muy prietas un buen montón de servilletas de papel. Ya no sé dónde ponerlas. Entonces el hermano y hermano de la camarera y dueña del bar sale por la pequeña puerta que conecta el fondo del local con su almacén, cargado con una caja de tónica schweppes demasiado recubierta de polvo como para ser parte de un lote dentro de su plazo de consumición. Me alegro de verle; a la velocidad que se desplaza tardará un minuto largo en recorrer los escasos diez metros que lo separan del mostrador. Y, como tantas otras veces, mantendrá parte de mi atención ocupada durante ese tiempo. Creo que se llama Paco. O Pepe. Un nombre así. Lo conozco desde que a principios de los noventa instalaron aquí una máquina de pinball. Venía con mis amigos. Un buen montón de chavales sin nada en común aparte de amistad. Quiero creer que amistad. Ahora no sé dónde está ninguno de ellos. Puede que me haya perdido algún bautizo o algún entierro. El caso es que en aquella época el tipo aún caminaba como una persona normal. Únicamente tenía unos cuantos tics faciales que divertían el tiempo de los que esperaban su turno para jugar. Ahora se mueve a pasos tan cortos que no pueden llamarse pasos y las extremidades y la cabeza le tiemblan como si una calambrazo constante le recorriera la espina dorsal. Su hijo, de unos veinte, ya ha empezado a manifestar los síntomas de la enfermedad y hace ya unos cuantos meses, tal vez más de un año, que no lo he visto por aquí. La última madrugada que coincidí con él se le cayó al suelo media docena de huevos y se escabulló ya con cierta torpeza tras la cortinita que da acceso a la cocina. Todos los presentes le oímos llorar bajito, imaginado al menos yo las cucarachas que estaría viendo emerger del sumidero a través de sus ojos licuados. Probablemente hasta le acompañó alguna rata gris en su tristeza. Pero nadie dijo nada. Nadie hizo más que seguir con lo que hacía, ya fuera apurar un sol y sombra o intentar llevarse el bote de la tragaperras. Ni siquiera su madre. Ella y las demás mujeres de la familia no padecen el mal o no lo han desarrollado, pero es fácil darse cuenta de que son tan desgraciadas como ellos. Quizá más. Y quizá precisamente por eso a la camarera le importe una mierda llevar el pelo sucio, no se ponga antiojeras y le dé igual combinar el azul marino con el negro. Me cae bien esta mujer, pienso al pedirle el tercer café y reparar en los sabañones de sus manos. Me gusta y me tranquiliza en cierto modo que su cara parezca atraída hacia el centro de La Tierra por un peso irresistible, que esté en consonancia con la caída libre que intuyo que es su vida. Que no haya en ella cabida para un solo movimiento muscular dedicado a falsear la contundencia de su situación. Me gusta pero también pienso que nunca se lo diré porque se la traerá floja y con razón. Así que dejo de observar sus rasgos derretidos y uso mis dedos durante minutos y minutos para enfriar mi taza a base de darle vueltas. Sin embargo, la fuerza de mi adicción empieza a imponerse sobre mis técnicas de autoayuda/autoengaño, y antes de darme cuenta estoy diciéndole a la mujer que me dé cambio. Estoy a punto de pedírselo a su hermano tullido, simplemente para dilatar unos instantes el enésimo fracaso de mi voluntad. Pero la comodidad y la prisa y la indiferencia hacen que me decante por lo rápido y lo fácil. Y me planto ante la máquina de tabaco sin el menor remordimiento. Introduzco por la ranura dos euros con sesenta céntimos mientras miro a través de la cristalera del bar, a través de sus berberechos y paellas chillonamente pintados sobre el vidrio, a través de los conos de extraños colores que crea el alba al mezclarse con la luz naranja de las farolas de la calle y sobre todo a través de mis pupilas descreídas. En la acera de enfrente la propaganda de la marquesina del autobús anuncia una feria de diseño que se celebrará la semana que viene en la capital del país. Y una familia se sube al coche rumbo al apartamento de la playa o al chalé de la montaña. Parecen contentos pese a lo temprano de la hora. Parecen cosas de otra galaxia vistas desde aquí. Me parecen cuentos bonitos, como los que ganan concursos. Por suerte un pinchazo intercostal me trae de vuelta. Al humo. Al ruido. A todo eso.

14
ene
09

Gran nevada

[Nunca nevaba en esa ciudad. Estaba demasiado cerca del mar y sus aires templados.

Un día de aguanieve cada diez o quince años, como mucho. Pero los viejos decían que una noche de febrero de 1946 sí que había caído de verdad. Que a primera hora de la mañana siguiente había al menos dos dedos de nieve cubriendo las calles y los tejados. Y que, claro, el paisaje se fundió mucho antes de que el sol llegara a lo más alto.

En fin, nunca nevaba en La Ciudad.

 

 

Fragmento del libro La Toxicología (La Toxicologie), de René Fabre. Editorial Oikos-tau, 1971 (en adelante, La Toxicología):

 

Estadística general de suicidios (Departamento del Sena, 1927-51)

                           Total       Hombres     Mujeres     Asfixia     Veneno

 

          1927       1.628        1.069            559             170              69

          1937        2.533       1.461           1.072          397            442

          1947        1.473          663               840           983            116

          1951         3.297       1.559           1.738        1.174           692

 

 

[Por eso a Prisco no dejaba de sorprenderle el tiempo que hacía últimamente. Al despertarse por la mañana, después de hacer una esfuerzo cada día mayor para salir de la cama, subía la persiana y se quedaba hipnotizado un buen rato mirando el irresoluble misterio que ocurría al otro lado de la ventana, en su barrio, en Periferia Sur. El tiempo pasando ante sus ojos. Los dos tiempos. Uno caía del cielo lenta pero incesantemente. El otro simplemente transcurría al ritmo habitual, el que alguien había establecido siglos atrás al inventar los segundos y su tic tac tic tac. Y se perdía para siempre con cada latido o respiración.

 

 

Última anotación en el diario personal de Prisco (Sin fecha. Por contraste de datos, se calcula que corresponde, aproximadamente, a mediados de abril del año en curso):

 

Lo más extraño de todo es que nadie parece preocupado por lo que está ocurriendo. Eso es lo que no me quito de la cabeza. La gente sigue andando, respirando, viviendo como si nada. Si ahora mismo me asomara a la ventana vería decenas y decenas de personas yendo o viniendo con total normalidad bajo este absurdo diluvio. Algunas en manga corta, muchas con gafas de sol…

Eso es… lo que de verdad me da miedo: que no sientan el frío.

 

 

[No llegaba a ser nieve. Lo que bajaba desde el cielo no eran copos. Ni siquiera diminutos cristales hexagonales de hielo. Era más bien como una continua llovizna translúcida que no mojaba, ni pesaba, ni se acumulaba sobre las cosas. Era aún menos que caspa, algo insignificante que desaparecía nada más tocar cualquier superficie. Pero hacía días que aquello no dejaba de llover. Miles y miles de briznas de algo indefinido atravesaban de arriba a abajo el campo de visión de Prisco cada vez que se asomaba a la ventana o salía de casa por el motivo que fuera.

 

 

Fragmento de La Toxicología:

 

Agentes tóxicos desencadenantes de enfermedades profesionales que dan derecho a indemnización, declaradas en Dinamarca (1952)

 

Plomo y sus sales 302

Mercurio y sus sales 9

Benceno 173

Fósforo 2

Cemento 1.256

Derivados clorados del etileno 118

Rayos X 13

Cromo y derivados 167

Aminas aromáticas 106

Brea 46

Estreptomicina y derivados 23

 

TOTAL 3.267

 

 

Declaración de Dolores Calurana, estanquera del barrio de Periferia Sur, al inspector de policía Juan García.

 

La verdad es que al principio no percibí en él nada fuera de lo normal. Venía casi todas las tardes. Compraba un paquete de Fortuna, y se iba. Pero de un par de meses a esta parte empezó a hacer cosas raras. La primera vez que fui consciente de que aquel chaval me ponía los pelos de punta sería a finales de enero o principios de febrero. Disculpe, pero no sabría decírselo con mayor precisión. Como de costumbre, me compró un paquete y se fue. Pero antes de medio minuto volvió a entrar en mi estanco para comprar otro. Le pregunté si quería otro Fortuna y se quedó en silencio un buen rato, mirándome como sin verme. Muchos segundos, demasiados, ya me entiende, todo muy raro. Al final me contestó que le daba igual la marca, que le bastaba con que los cigarrillos estuvieran bien cargados de nicotina y alquitrán y monóxido de carbono y benzinonosequé. Bien, le dije, y me giré hacia la estantería para coger rápidamente cualquier american blend, vendérselo y que el chaval se largara cuanto antes. Se lo aseguro: el tal Prisco, así dice usted que se llamaba, ¿no?, me estaba inquietando bastante. Pues eso, mientras cogía el paquete del estante el chico añadió que mejor le diera tres más, de la marca que yo quisiera. Le dejé sobre el mostrador dos paquetes de Marlboro y uno de Lucky, me acuerdo perfectamente. Aceptó los Marlboro pero, no sé por qué, rechazó el Lucky farfullando algo que no entendí. Se lo cambié por un Camel. Pagó y se largó sin decir adiós. Ése fue el día en que el chaval empezó a ponerme nerviosa. Siguió viniendo por aquí casi a diario. Compraba un montón de cajetillas, cuando digo un montón quiero decir cinco o seis o diez, y al cabo de un par de días volvía a por otra remesa. Cuando me entregaba el dinero me fijaba en sus dedos: eran cada vez más amarillos. Igual que el borde de su labio superior.

 

 

[Aquella lluvia absurda ganaba poco a poco en intensidad. Los filamentos eran cada día más tangibles que los que habían caído el anterior. Seguían siendo diminutos pero ya no parecían entidades microscópicas casi totalmente transparentes y sólo visibles por un loco o un aparato de laboratorio. Ahora tenían corporeidad. Y cuando Prisco se veía obligado a salir de casa -para arreglar unos asuntos en el banco, por ejemplo-, podía percibir el levísimo pero gélido roce de incontables partículas extrañas sobre la piel. Igual que cualquiera nota en su piel la oleada de arenilla que lo forra todo cuando un coche pasa por un camino polvoriento. Igual que un fumador empedernido, como Prisco, se da cuenta al instante de que una pizca de ceniza le ha caído sobre el dorso de la mano. Por minúscula que sea. Con esa precisión notaba Prisco cómo, en cuanto se encontraba a la intemperie, se enredaban en su vello corporal miles de átomos de aquella rara sustancia. Pero eso, el simple contacto con su epidermis, era todo lo que podía analizar al respecto. Los corpúsculos carecían de cualquier otra cualidad física más allá de su ligerísimo peso helado y el tenue telón descendente con que difuminaban la visión de Prisco.

 

 

Anotación en el diario personal de Prisco. 12 de marzo:

 

A pesar de los riesgos laborales de cualquier empleo… o quizá gracias a ellos… todo sería más fácil si trabajara. Todo. Me refiero a trabajar en sentido tradicional, con un jefe asqueroso y una incómoda silla giratoria y un bote lleno de bolis mordisqueados. Rodeado de tóners nocivos y con conjuntivitis por culpa del ordenador. Por ejemplo. Me refiero a saturar de alquitrán tus bronquios asfaltando autopistas, por poner otro ejemplo, y no tener que dejarse un montón de pasta comprándola en estancos o máquinas de bar. O contraer rinitis crónica por inhalar cada día gasolina al llenarles el depósito a otros en una estación de servicio. Quiero decir que aguantar ese tipo de mierda tiene que simplificar las cosas. Acabar el día cansado de tragar basura ajena en vez de harto de revolverte en la propia. Diversificar la inquina. Irte a dormir odiando algo que está más allá de lo que tienes dentro. Tener un motivo distinto a tu propio ser para lo bueno y para lo malo. Disponer cotidianamente de un referente exógeno perjudicial para, fundamentalmente, estar seguro de quién eres y dónde estás. Y de quién quieres ser y dónde te gustaría estar.

 

 

Parte meteorológico publicado en la página-web meteortoday.com. 17 de marzo:

 

El anticiclón continúa instalado frente a la vertiente oriental del país. Hoy de nuevo brillará el sol sobre La Ciudad y sus alrededores. Además, el viento de poniente elevará las temperaturas hasta los 24º desde mediada la mañana. Ligero descenso térmico al caer la noche. Riesgo de precipitaciones: 0%.

 

 

 

Último sms recibido en el móvil de Prisco. Emisor: 0034698765432. Fecha: 25 de marzo, 09:01 horas (Transcripción litera del texto):

 

¡¡Felicidades, Don Prisco!! Desde El Banco del Este le deseamos lo mejor en el día de su 30º cumpleaños. Quedamos a su entera disposición para cualquier cosa que necesite. Recuerde que nuestra sucursal más próxima a su domicilio está ubicada en La Ciudad, C/ Mayor, s/n. ; )

 

 

 

[Puede que su adicción se acentuara con el inicio de lo que él llamaba "lluvias". Pero que esto sea o no así carece de relevancia. Quizá la explicación sea todavía más irracional. O perfectamente lógica, por el contrario. El caso es que más allá de la ciencia, en el mundo real, llega un momento en que es imposible atribuir un efecto a una sola causa. Lo que cuenta aquí es que Prisco llevaba semanas, tal vez meses, fumando mucho más de lo habitual. Tal vez la llovizna de la que habla en su cuaderno fuera ceniza en suspensión -aunque el informe policial no menciona esta posibilidad-. Fumaba un cigarrillo detrás de otro desde que se despertaba hasta que el sueño por fin lo atrapaba, siempre de madrugada. Es normal que sus viajes al estanco fueran el principal motivo por el que salía a la calle. Al regresar a casa después de uno de tantos, llevaba dos libros en la mano. Escogió uno de ellos porque su lomo era de color negro, y empezó a leerlo.

 

  

Anotación en el diario personal de Prisco. 25 de marzo:

 

Esta mañana he cancelado mi cuenta bancaria. Tenía unos céntimos de saldo a mi favor. Restos de una vida anterior que ya ni siquiera puedo recordar como propia. Me he negado a que me los devolvieran. Me resultaba humillante extender la mano para que ese cajero anodino depositara en ella un par de monedas de cobre. Luego lo he lamentado; me han faltado diez céntimos para poder comprarme la dosis. Y creo que he tocado fondo.

 

[Y no hay más datos con los que explicar que Prisco no se levantara un día, que lo encontraran sucio y frío en su habitación. Un libro viejo, un diario difícil de entender y los testimonios de algunas personas que ni siquiera lo conocieron. Nada más que confusión y desorientación. Pero bueno, así es la vida.




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