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22
abr
12

Memes intr-antisistema

Media tarde.

El domingo pasado cambiaron la hora.

60 minutos más de luz al día.

Estaría bien aprovecharlos.

El sol baña las fachadas

Y las naranjas bordes

De los árboles

Y los hombros de las chicas

En tirantes.

Las alas de las moscas

Enjambradas

Alrededor de un contenedor

Sin recoger

Reflejan el sol.

Un cd-espantapájaros

Centellea en el balcón del quinto.

Un niño pasa comiendo

Un helado amarillo limón.

Todo está envuelto en un

Resplandor dorado.

Al menos eso

Me parece a mí.

¿Esperanza?

¿Fe?

¿Autoengaño?

También la terraza de la esquina

Y la que hay un poco más

Abajo.

Todas las mesas ocupadas.

Gente vieja y gente joven,

El pasado y el futuro

Bronceándose como lo que somos,

Criaturas casuales

Al amparo de una

Estrella benévola,

Por el momento.

Pero sin saberlo.

Algunos se remangan,

Otros se repantigan en su asiento.

Gafas de sol y cerveza.

Sí, el aire envuelto en una especie de

Espuma

Dorada.

Un chaval pasa a mi lado

Hablando por el móvil.

Dice que hace un día

Estupeeendo

para ir a la manifestación.

Después cenarán humus en casa de Lluvia.

Es posible que diga Luna.

Qué más da.

Sigue hablando por el iPhone.

La tertulia política de los jueves,

Ya sabes…

Apúntate, tío,

Cuantos más

Mejor.

Yo sigo

Andando

Deseando

Que la voz al otro lado de la línea

Le haya contestado

Vete a tomar por culo.

Deseando que un haz

De rayos gamma

Lo reduzca a

Fosfatina

A él,

A Luna/Lluvia,

A sus amigos y enemigos

-los mismos a fin de cuentas-…

En definitiva a todos esos

Que se creen

Legitimados

Para salvarme

La vida

A su modo.

Sigo

Andando

Pensando

Que eso de

Cuantos más

Mejor

Es

Sin duda

La mentira mejor implantada

De la historia de la Humanidad.

Si Larra levantara la cabeza

Volvería a volársela

A los cinco segundos.

Un día a la semana para

Debatir con amigos mientras bebes vino caro.

Y, claro, tienes que ir.

Un día al año para

Protestar contra quien lleva pisándote toda la vida.

Y, claro, tienes que hacerte oír.

Un día de tu vida para

Sentirte un revolucionario dentro de los márgenes delimitados para revolucionarte.

Y, claro, debes aprovecharlo.

Y más ahora que

Acaban de regalarte

Una hora de sol.

No llueve, no hace frío.

Es el día ideal.

Mañana ya ficharás

Y le lamerás el culo al jefe.

Mañana, igual que el que vota

Lo contrario que tú

-lo mismo a fin de cuentas-,

 Ya consultarás el saldo

De tu cuenta en el banco,

El verdadero culpable.

Pero no sacarás la pasta,

Eso seguro.

Seguirás

Haciendo girar

La rueda

Desde dentro,

Desde muy dentro,

Desde tan adentro como te dejen.

Y darás las gracias

Por ello.

Y no notarás el menor peso

Sobre tu conciencia

Porque no será

El Día

Señalado para notarlo.

11
jun
11

Otra lección

Salí a pasear a mi perro y me encontré con él.

Resplandecía. Era una visión cegadora.

Las fachadas parecían aún más viejas a su lado. Casi a punto de derrumbarse.

Irradiaba una luz total que hacía palidecer

la pintura metalizada de los coches

y las manzanas verdes de esa frutería de ahí

y el mismísimo sol poniente

y el pelo teñido de las señoras que volvían de la compra

con el tedio hinchando sus ojeras.

Me dijo que todo le iba de maravilla. Que lo había conseguido.

Que había trabajado mucho y se lo merecía. Que si te esfuerzas acabas lográndolo.

Que soñaba con esto desde niño. Que los deseos se cumplen.

Que la gente que antes le negaba el saludo ahora le invitaba a copas carísimas.

Que al fin había triunfado y que solo

me lo iba a decir

una vez:

todo está

en tus manos.

Mi perro flexionó las patas traseras y se quedó ahí,

mirándolo hipnotizado.

Casi escuchando. Ni siquiera movía el rabo.

Yo le contesté Gracias, tío, lo tendré en cuenta.

Y desvié la vista hacia el hombre de la esquina

tumbado entre cartones y periódicos.

Incluso a veinte metros de distancia se podía percibir su olor

a vino barato

y calcetines apelmazados

y costras de roña y tristeza incrustadas en las ingles.

Un olor que me llegaba

con la misma potencia

que el resplandor dorado que emitía el éxito de mi amigo.

Un hedor que seguro no tenía nada que ver

con el perfume que una vez había envuelto sus sueños infantiles.

Y me pregunté por qué había de suponerse que aquel hombre no había luchado

lo bastante fuerte,

lo bastante duro,

lo bastante bien por ser feliz.

Noté cómo la pena empezaba a expandirse dentro de mí,

así que me despedí apresuradamente

de mi amigo

y de su radiación tóxica

y eché a andar hacia cualquier parte.

Cuando escuché a mi espalda las pisadas esponjosas de mi perro,

me sentí

un poco

mejor.

16
ene
11

Coyuntura (des-)

Un hombre a la orilla del mar.

En realidad no hay nada alrededor que permita asegurar que lo que tiene delante sea el mar, entendido en general, y mucho menos cierto mar en particular. La arena que pisa bien podría ser la de un lago o un estuario. Incluso podría ser la arena industrial de una de esas playas artificiales que llevan décadas funcionando durante los veranos de las ciudades de interior más calurosas del avanzado Japón. Porque no hay conchas vacías semiocultas en ella, ni envases de plástico corroídos, ni manojos de algas mojadas pero resecas, ni brillantes cadáveres de medusa. Y tampoco se ve un alma alrededor, cosa que descarta casi por completo que se trate de una de las mencionadas playas creadas por la tecnología nipona. Por otra parte, el agua está muy tranquila: las diminutas olas que acarician los tobillos del hombre ni siquiera generan espuma. Una balsa de aceite, como suele decirse. Lo cual, si el quid de la cuestión radicara en extraer una conclusión acerca de la naturaleza de la extensión acuática que el hombre tiene ante sí, probablemente haría que la mayor parte de expertos consultados al respecto se decantara por sostener que el hombre se encuentra a la orilla de un lago, laguna, puede que un pantano, incluso. Sin embargo, lo cierto es que el nombre que le demos a la masa de agua es irrelevante. Lo que cuenta es lo que pasa, ¿no?

Y lo que pasa es que hay un hombre en una playa. De pie. Protegiéndose los ojos con la mano izquierda. Mirando al horizonte. Nada más que agua. Azul y llena de reflejos blancos tan cegadores como el sol de verano que le quema la calva. Se le irrita la mirada. El calor, la luz, el sudor… Y otras cosas. El panorama vibra y se ondula en sus retinas y el miedo le recorre el espinazo. Puede que si tuviera pelo las cosas fueran diferentes, piensa. Tiene el impulso de pasarse la mano por el cuero cabelludo para acrecentar a sabiendas su nostalgia absurda, su autocompasión. Pero al instante se siente ridículo y se reprime. Antes lo tenía. Pelo. Bastante decente. Tanto que nunca pensó que acabaría calvo. Que acabaría así, a la orilla del… digamos mar. Ni siquiera cuando el lavabo empezó a llenarse de cabellos mañana tras mañana. O puede que lo pensara y no le importara lo más mínimo. Antes las cosas iban bien y nada parecía indicar que lo que le pasa a todo el mundo, el perder pelo, el envejecer, el notar flaquear las fuerzas pudiera llegar a suponer un problema. Y mucho menos la posibilidad de no poder pagar las letras del piso, de ser despedido, de levantarse todos los días y ducharse y ponerse la corbata y salir de casa como si todo siguiera siendo igual que siempre, igual que hace… ¿cuánto…? ¿Nueve meses ya?

Y lo peor es que ahora en la televisión hablan y hablan del rescate de los bancos, de las aseguradoras, de todo tipo de entidades financieras. Hablan sin cesar del rescate del país entero. Hasta su mujer se lo ha dicho hace un rato. Ha levantado la vista del periódico y le ha dicho que las autoridades económicas de la Unión Europea se han decidido a intervenir. Por fin nos van a rescatar, ha dicho, y luego ha doblado el periódico, se lo ha puesto bajo el cogote y se ha quedado dormida sobre la toalla, en medio del silencio, bajo el sol abrasador, roncando suavemente, como si lo que acabara de leer fuera algo tan inofensivo como un pasaje de una novela de ciencia-ficción. ¿Rescatar?, ¿a quién?, ¿a nosotros?, es un poco tarde para eso, se ha dicho el hombre. Y se ha quedando mirándola durante unos minutos, bastantes minutos, con atención, poniendo todo de su parte para ver en ella a la mujer con la que se casó hace diez años, como suele decirse en las películas. No lo ha conseguido. Incluso su hijo le ha resultado difícil de reconocer ahí acuclillado en la arena dándole la espalda. Esos hombros sonrosados a pesar de la crema protectora, esa torpeza con la que intentaba levantar un castillo de arena y esas cervicales frágiles, capaces de romperse con la más mínima presión podrían ser los de cualquier niño de seis años, ha pensado el hombre con una frialdad inquietante, como si una parte de su cerebro acabara de decidir poner distancia con todo, independizarse de la sangre y los recuerdos y otros vínculos en teoría inquebrantables. Y le ha invadido una sensación de desamparo absoluto que le ha hecho pensar en cosas repugnantes. Ha pretendido librarse de ella dándose un baño. Ha nadado rápido rápido hasta la boya naranja. Ha intentado varias veces agarrarse a ella y flotar un rato, solo un rato sin esforzar sus músculos, su cerebro. Pero el tacto resbaladizo del plástico ha acrecentado su ansiedad. De repente ha tomado la bocanada de aire más grande que haya tomado en su vida y se ha zambullido decidido a tocar el fondo con las manos, con la cara, a enterrarse ahí abajo y dejar marchar todo. Por un momento el descenso progresivo de la temperatura del agua y el zumbido de las atmósferas presionando en sus oídos le ha hecho sentir algo parecido a la calma. Y la serenidad se ha roto en cuanto ha caído en la cuenta del tiempo que hace que no está en paz. Así que ha emergido a la superficie, a lo de siempre, tan desorientado como se había hundido y con lo que ha creído identificar como un principio de ataque de pánico.

De vuelta en la orilla el hombre ha sentido la necesidad apremiante de jugar a las raquetas con su hijo. De jugar a cualquier cosa con él, en realidad. Pero el niño se ha cansado al cabo de pocos golpes y ahora ambos están plantados frente al mar cogidos de la mano, con las olitas masajeándoles los tobillos, protegiéndose los ojos con las manos ahuecadas, con demasiado tiempo y espacio y calor demencial para pensar. A su espalda los ronquidos de la mujer desafían y ganan a la brisa. Llegan demasiado nítidos a los oídos del hombre. Demasiado relajados y confiados, como el ronroneo de un gato amodorrado al calor de una chimenea. Demasiado egoístas. Y el hombre siente una fuerte punzada en el torso, en alguna parte difícil de concretar de su torso pero que desde luego está mucho más cerca de las tripas que del corazón. Y no encuentra otra posibilidad de mitigar el dolor que secarse los ojos húmedos con el pulgar y el índice y tirar suavemente de la mano de su hijo en dirección al agua mientras le dice Ya es hora de que aprendas a hacer el muerto.

 

[De camino a casa pincharon. Agachado en el arcén hurgando en el reventón en forma de estrella del neumático, el hombre supo que todo se arreglaría de un modo u otro. Tres gaviotas cruzaron el cielo amoratado del atardecer sin prestar la menor atención a la escena y continuaron su vuelo hacia el vertedero municipal]

21
nov
10

La otra ventanilla. Lo otro en general.

Tres años seguidos.

La tercera vez que tengo que hacer este paripé.

El banco está más o menos concurrido. La gente ingresa o extrae dinero de sus cuentas. Se agachan hasta poner la cara a la altura del hueco de la ventanilla y mencionan en tono intrascendente cantidades que me permitirían  intentar ser un poco más feliz durante dos semanas, dos meses, dos días, un tiempo, algo es algo.

Pero yo no entiendo de números. No puedo permitírmelo. Y no he venido para eso.

Solo estoy aquí para –volver a- pedir que no me envíen un sms felicitándome el cumpleaños. De paso aprovechan para publicitarse, está claro, pero no es eso lo que me toca los cojones. Es la felicitación en sí, que se tomen la libertad de interferir en mi vida privada. Que se arroguen ese derecho, que digan ser mis amigos. Que una macroempresa finja preocuparse por mí.

Tendrían que ver mi casa. Mi habitación. La suciedad que forra mi cuarto de baño. Las cosas que me pasan por la cabeza en cuanto me descuido. Que, por ejemplo, cumplir años, envejecer, vivir puede llegar a resultarte inmoral. Si supieran todo eso quizá se pensaran mejor en quién invertir su presupuesto para campañas de captación y fidelización.

Pienso en decírselo ALTO y CLARO mientras me pongo a la cola sin pedir la vez. Pero me invade un cansancio casi tan profundo como mi tristeza cuando calculo el tiempo que voy a perder solucionando esta gilipollez. El tiempo que he perdido, pierdo y perderé, en general.

Alguien me toca el hombro y vuelvo al mundo físico de fronteras adhesivas de Espere aquí su turno, cristales blindados y expositores florecidos de folletos verdes que no invitan a mantener la esperanza. Es un anciano con boina y pantalones de pana gruesa. No puedo evitar pensar que estaría mejor dando de comer a los patos que nunca he visto en el estanque maloliente del parque. Sin embargo me pregunta cómo funciona ese trasto para poner al día la libreta de ahorros. Le digo que no tengo ni idea. Pone cara de no creerme. Se lo juro por dios pero su expresión indica que sigue catalogándome como un joven irrespetuoso y egoísta. Casi sin darme cuenta cojo su cartilla y la meto en la única ranura del aparato susceptible de ser penetrada. Supongo que no lo hago bien porque la cosa empieza a zumbar y traquetear y la libreta se queda a medio tragar o escupir. El viejo me mira. Ya no hay desdén en sus ojos; los inunda algo parecido al terror lento e incrédulo de quien se siente perdido. Es un niño arrugado y con manchas de vejez llamando a gritos a su madre en medio de un centro comercial. No entiendo nada. Me planteo soltarle un vengativo Ya se lo dije. Pero la cola avanza y me alejo un paso del anciano y de su estúpido problema.

Un par de metros más adelante la hilera humana se bifurca en dos cauces idénticos pero con destinos bien diferentes. Uno conduce a una ventanilla tras la cual reina una chica de unos veinticinco cuyo rostro roza el 9’5 sobre 10. La otra fila muere frente a un cajero que intenta despistar a la calvicie embadurnándose sus cuatro pelos con medio kilo de gomina y estirándolos de manera que cubran la mayor superficie de cráneo posible. Un rotundo fracaso. Además tiene ojos de pez y tal vez por eso la flacidez de su papada le hace a uno pensar en un filete de panga. No tengo la menor duda de en qué dirección me arrastrará la corriente.

Efectivamente. Tras un cuarto de hora en que lo único reseñable que sucede es que en determinado momento la cajera del reverso del destino se levanta para coger unos impresos amarillos de una estantería y constato que no sólo su cara es digna de veneración, desemboco en la charca gris del bancario-pez. Digo Buenos días, tomo aire y voy a soltarle todo lo que he planeado pero mirándome por un centésima de segundo con una caída de ojos cargada de desprecio me interrumpe con un Un momento, por favor y se pone a teclear algo en el ordenador. 30 segundos. 60. 90. Le odio. Y más aún cuando, justo en el instante en que parece dispuesto a atenderme, un empleado sin duda jerárquicamente superior a él sale de un despacho interior, le dice algo al jodido hombre-panga y éste le contesta Sí, señor, vuelve a pedirme que le disculpe y se zambulle de nuevo en el resplandor mortecino de su monitor.

No hay esperanza, me digo, ni un miserable anfibio humano me toma en serio. Y decido que lo mejor va a ser volver a casa y salir de ella lo menos posible. Ya intentaré resolver este asunto el año que viene. Si sigo vivo las cosas serán exactamente igual que hoy, de eso no hay duda. La misma vulgaridad, la misma frustración. Irrelevancia, incapacidad. Prácticamente inexistencia. Una antivida entre antividas.

Así que estoy a punto de largarme sin decir nada cuando el hombre de la pecera abre un cajón para guardar unos papeles y veo dentro uno de esos viejos bolígrafos. De esos que al usarlos parecen un boli normal pero que si los pones boca abajo dejan al descubierto la silueta de una mujer desnuda. Lo sé porque es idéntico al que aquella tarde encontré en un bolsillo de la mochila de mi hermano pequeño cuando la Guardia Civil nos devolvió por fin sus cosas. Y, claro, ya no me parece tan servil, ni tan feo, ni tan cabrón. Ya no puedo odiarle. ¿Cuántos años tendrá Pangaman? Unos cuarenta y cinco, por ejemplo. Mi hermano tenía dieciséis. Aún no era gordo ni calvo, aunque se dejó un tercio del cuero cabelludo sobre el asfalto. Aún no se había visto en la circunstancia de pasar sus días tras un cristal blindado pero también muy transparente aguantando mis impertinencias y las de gente peor o mejor.

Señor, ¿está bien?, le pregunto que en qué puedo ayudarle, me dice.

En nada. Pero no se lo digo, sólo lo pienso.

01
jul
10

Los sueños sueños son, y por la mañana más

Anoche dormía en la calina de mi habitación y soñaba que volvía a ser pequeño. Tan pequeño que jugaba y no tenía en la cabeza nada más que lo que tenía en las manos. Unos cuantos clics de playmobil o puede que todavía famobil. Y un par de Masters del Universo. He-man y un chino tan musculoso como el primero pero mucho más moreno y con una mano de imitación de metal dorado colocada siempre al más puro estilo karateka, como si esperara que alguien le pusiera un ladrillo delante para partirlo de un golpe seco y dar sentido así a su nacimiento artificial. En mi sueño los juguetes me pesaban en las manos justo lo que desde mis treinta años recordaba que pesaban al estar despierto teniendo nueve o diez, y mi niño onírico se asombraba fugazmente de tener esas diferentes perspectivas sobre un mismo hecho y no saber por qué. Pero en mi sueño yo era listo y no me preguntaba demasiado las cosas. Simplemente dejaba que ocurrieran y optaba sabiamente por seguir jugando con los muñecos. Hacía que se pelearan entre ellos en un rincón del suelo de la salita de mis padres, que dormido volvía a ser también la mía. Los pequeños clics se lanzaban sobre sus gigantescos enemigos como poseídos por una fuerza muy superior a la que cabía en sus cuerpecillos. Como si estuvieran drogados o movidos por un ansia de venganza y sangre que ocultaban a la perfección tras sus amplias sonrisas de media luna. A pesar de no tener articulaciones hundían sus rodillas y sus codos en los abdominales superdefinidos de los Masters y les rompían todas las costillas porque yo hacía ruido de huesos fracturados con la boca. Tras la pelea, cuando los dos titanes ya no eran capaces ni de mover un dedo y los clics supervivientes lanzaban rabiosos gritos de victoria, recogía solemnemente los restos de vencedores y vencidos, los transportaba entre mis manos y mis antebrazos al cuarto de baño, cerraba la puerta con el culo, los depositaba juntos en la pila del lavabo y los empapaba en alcohol 96º. Luego me sacaba una caja de cerillas del bolsillo de los pantalones cortos y los guerreros se convertían en una bola de fuego azul lento y silencioso que incendiaba la sensación de victoria y la sensación de derrota y me hacía pensar que todo era posible y que nada era definitivo. De pequeño me gustaba mirar ese fuego, cómo fluía, cómo recorría la piel sintética de los soldados cubriéndola de una espuma multicolor de burbujas y cráteres palpitantes. Me encantaba mirarlo, sí, hasta que el humo plastificado se hacía demasiado denso y me entraba miedo de que mis padres me sorprendieran jugando con fuego. Entonces dejaba correr el grifo y la dignísima pira funeraria se convertía de un plumazo en un simple montón de plástico medio quemado made in Taiwan.

Por eso no me extrañó despertar al mundo sofocante de mi cuarto justo en ese momento de mi sueño, cuando lo profundo y lo simbólico había terminado ya. Cuando lo único que quedaba de mi recreación era una mancha negra escurriéndose por el desagüe de mi mente y un mareante olor a pvc carbonizado girando en forma de volutas tóxicas en los remolinos de mis fosas nasales.

Me quedé un rato en la cama saboreando lo que había visualizado. Me había gustado la experiencia. Supuse que era lógico, supuse que a todo el mundo le gustaría volver a ser un niño. No por el tópico ese de que la infancia es una etapa llena de amor y felicidad. La verdadera explicación del dulce sabor de boca que me había dejado ese sueño, puede que muy evidente desde hacía años para quien quisiera haberla visto, vino a mí como un rayo luminoso y cruel desde la penumbra que rodeaba mi cuerpo sudado: cuando eres un crío estás a tiempo de elegirlo todo, e incluso de desechar mil veces lo elegido y volver a probar suerte. Si decides ganar o perder, si quemas tus juguetes favoritos, no deja de haber un mañana para solucionarlo o para que alguien lo solucione por ti.

Un rayo cruel porque, claro, el reverso de tal revelación de duermevela constituía también el reverso de esa dulzura, y de un modo instintivo o al menos poco racional empecé a desear no haber tenido ese sueño. No quería añorar la seguridad y las posibilidades de futuro de un pasado que ahora, a oscuras y asfixiado de calor en la habitación más abrasadora de un piso de alquiler y compartido, resultaba evidente que no se había convertido en presente del modo deseado. No había ninguna necesidad de desvelarse dándole vueltas a fracasos irreparables. No, no tenía ni putas ganas de respirar ese olor a cosas muertas e incineradas que me había traído conmigo de mi viaje al inconsciente, pero no podía quitármelo de encima, de dentro, de debajo de las sábanas. De todas partes. Me froté la nariz con el dorso de la mano y cambié de posición sobre la cama con la intención de enterrar la pituitaria en la almohada y atontarla con el olor aséptico de mi suavizante marca blanca. Fue entonces cuando me di cuenta.

El ventilador, podía oírlo, seguía girando a ritmo normal sobre la silla en que lo había depositado antes de apagar la luz e intentar dormirme. Lo inusual era que el cable que lo unía al enchufe de la pared ardía con un tenue resplandor eléctrico a lo largo del suelo. No iluminaba gran cosa, ni hacía el menor ruido. Era como una culebra sigilosa cuya lengua chisporroteaba traicionera allí donde el cable se había pelado iniciando el incendio. Eso pensé: que una bestia de medio metro ajena a la fauna de este mundo se había colado en mi casa con la sola finalidad de acabar conmigo mientras dormía. Y me puse nervioso. Me levanté deprisa, creo, pero sentí muy torpes mis movimientos. Y en un instante que me pareció un año entero me acerqué a la toma de la pared y arranqué el enchufe. Durante esos escasos segundos me invadió un montón de veces la certeza de que por alguna extraña razón que no era capaz siquiera de entender pero que me resultaba irrebatible, la electricidad se iba a extender a la velocidad de la luz por el suelo o por las paredes o por el aire para partirme en dos como a uno de esos capullos que salen en Impacto TV o en la web de Rotten, ésos a los que un buen día les atravesó un rayo mientras jugaban al golf o plantaban una sombrilla en la playa bajo una legión de nubes negras y rugientes. Sólo que yo no llevaba encima un driver de titanio ni estaba respirando salitre marino, joder. Yo sólo me había propuesto dormir un par de horas y seguir con mi modesta vida cuando abriera los ojos. Por eso, por su injusta ridiculez, me asustó todavía más la perspectiva efímeramente inexorable de que a la mañana siguiente, al darse cuenta de que no salía para irme a trabajar, mi compañero de piso abriría la puerta y me encontraría calcinado en el suelo, humeando por los ojos y por las axilas y con la licra de los calzoncillos fundida y confundida con mis genitales. Así es, de verdad: aunque parezca una tontería, por un momento estuve absolutamente convencido de que iba a morir electrocutado o quemado o asfixiado o todo a la vez en mitad de una noche tan vulgar o especial para el resto de habitantes de La Tierra como ellos mismos se hubieran ocupado de merecer.

Supongo que por eso, cuando logré templar los nervios, desconectar el ventilador y comprobé que no me sucedía nada mortal, me sentí como un niño al despertar de una pesadilla habitada por monstruos. Relajado, ligero, liberado. Me sentí casi feliz. Mientras contemplaba languidecer las llamas rojizas que aún ardían en el cable negro como estrellas en extinción, remotas e inofensivas, experimenté aquella sensación infantil casi olvidada. La de haber superado un problema y tener por delante un mañana sobre el que nada de lo ocurrido esa noche tendría la mínima repercusión. Un mañana que podría ser un punto cero sólo con que así lo deseara yo. Lleno de posibilidades, de gente, de cosas, de ratos que aprovechar aunque sólo fuera por el hecho de haber sobrevivido a un incendio que había descubierto antes de convertirse en mi incineradora. Y esos agradables pensamientos estuvieron conmigo hasta que volví a dormirme, profundamente y sin maldecir el calor ni el olor a chamusquina que se adhería a mis pulmones.

Lo malo es que hoy no he oído el despertador a la primera y mientras corría de aquí para allá lavándome los dientes, haciendo el café e imaginando la repugnante cara que pondría mi jefe por mi retraso no he encontrado el momento para recordar todo lo que aprendí anoche. Y mucho menos para ponerlo en práctica.

He salido de casa a toda prisa, he bajado la escalera de tres en tres, he pisado la calle ya sudado, he sido el primer cliente del estanco de aquí al lado y me he subido en el coche rezando para no encontrar demasiado tráfico, para no retrasar aún más mi llegada a ese trabajo que tanto asco me produce. Y he tenido suerte. He tenido suerte incluso a la hora de encontrar donde aparcar, lo cual me ha servido para establecer una nueva plusmarca personal en el único deporte que practico: atravesar la ciudad de punta a punta en mi Astra de diez años: 13:33 minutos. Todo un récord.

Además, en lugar de atravesar la avenida de la oficina por el paso de peatones he decidido optimizar tiempo y distancia y cruzarla por la parte más cercana a donde me encontraba. Era un buen momento. No venía nadie. El típico agujero que se produce en el tráfico como consecuencia de los márgenes de seguridad con que interactúan los semáforos se abría ante mí caritativo, predispuesto a facilitarme el camino. Así que he aprovechado para lanzarme al asfalto sin darme cuenta de que antes de la calzada había uno de esos carriles color ocre. Y no era precisamente el carril-bici. Era el que utiliza el bus para ahorrarse embotellamientos y hacer más eficiente el servicio de transporte urbano. No me he dado cuenta hasta que un bocinazo que bien podría haber sido el sonido de las mismísimas trompetas del infierno me ha sacudido de pies a cabeza casi físicamente, como si una supermano me zarandeara con la intención de descoyuntarme todos los huesos. Sólo me ha dado tiempo a ver de reojo cómo una silueta cúbica de color rojo sangre se agrandaba y se agrandaba en la periferia izquierda de mi campo de visión. No me ha sido difícil imaginar cómo se aplastaría mi hombro zurdo de un momento a otro. Cómo se achataría mi cráneo en cuanto las toneladas de metal municipal impactaran contra mí. He pensado en sandías reventadas y en una lata de coca-cola plegada sobre sí misma en el arcén de una autopista. Pero no: la mole ha conseguido frenar a unos centímetros de mí sin más consecuencias que el apiñamiento de viajeros en la parte delantera del vehículo, que rápidamente y con gran despliegue de aspavientos se han unido a la indignación del conductor, que salpicaba de saliva el parabrisas insultándome y amenazándome y que parecía querer matarme por no haberme matado.

Yo, la verdad, no le he prestado mucha atención. El calor que proyectaba sobre mi cara la chapa del bus y el modo en que el sol se reflejaba en el metal la acaparaban toda. Era precioso. Ni el sol de California se le podría comparar. Hipnótico y contra natura allí, arrancando destellos imposibles al logo de Renault. Incluso me ha costado más de la cuenta hacerme a un lado y dejar que el 41 y su conductor y las demás vidas que en él viajaban siguieran su destino. Estaba como en trance. Y así sigo. Dos conatos de muerte en tan sólo unas horas. Tiene que ser una señal. Es la conclusión a la que he llegado. La razón que he encontrado para intentar invertir mejor mi tiempo, volverme a casa y escribir esta sarta de gilipolleces que vienen a querer decir que no es tan difícil proponerse ser feliz.

24
jun
10

Coge el teléfono y llama

En cuanto suene el despertador coge el teléfono y llama. No te preocupes por el tono soñoliento de tu voz. Es el mismo que el que tendría una persona resfriada, y sólo tú sabes que no lo estás. Vale, carraspea un poco si te quedas más tranquilo. Pero no impostes la voz, no tosas, no te tapes la nariz; la farsa se notaría más. No sobreactúes. No actúes siquiera. Limítate a ser tú y sólo tú por una vez. De manera que deja de dudar y llama. Diles que hoy no irás a trabajar. Invéntate cualquier cosa sobre la marcha; servirá; no son tan listos como les gusta hacerte creer. ¿Qué van a decirte? ¿Qué estás mintiendo? Verás como no, verás como no se atreven. Te dirán que no te preocupes y que te mejores y en cuanto cuelgues te desearán la muerte por haberles dado los buenos días regalándoles un porcentaje extra de trabajo. Que se jodan. Hazles caso sólo en lo primero: no te preocupes, mejórate. Porque aunque no estés enfermo necesitas mejorarte como el que más, y lo sabes. Y nada mejor que tomarse un respiro para depurar la mayor cantidad posible de la mierda que has acumulado dentro durante años. Suéltala poco a poco, ya sabes: nada de prisa, nada de ansia: tienes todo el día por delante. Aprovecha para hacer las cosas que el ritmo hostil de tu vida te impide hacer normalmente. Acércate a la ventana y observa el exterior. Comprueba que el aire que os mantiene medio vivos a ti y a otros diez millones de ciudadanos está tan contaminado como siempre. Pero comprueba también que por alguna razón hoy no te importa. Porque hoy es uno de esos días que hacía tanto que no vivías. Hoy has roto la rutina y te sientes fuerte con respecto a lo de fuera. Mañana será otro día, pero hoy es hoy. Así que exprímelo al máximo. Respira hondo. Acódate en la repisa disfrutando de esa rara sensación de no tener nada urgente que hacer. Ráscate los huevos largo y tendido sin tener la impresión de que al hacerlo estás malgastando los preciosos segundos que deberías dedicarle a tomarte de un trago el café. Luego hincha los pulmones, a tope, hasta que te duelan todos los espacios intercostales, mantén el aire ahí un momento, como si fuera algo valiosísimo de lo que no quieres desprenderte, y luego suéltalo despacio mientras levantas la cara hacia el cielo. Y dedica un instante más de lo habitual, aunque sólo sea un instante más que cero instantes, a intentar encontrar un calificativo que precise el significado del color azul que va cobrando intensidad ahí arriba. Porque sí, está despejado pero el sol no te ciega porque es lo bastante pronto para que todavía quede detrás de las azoteas desconchadas, las antenas dobladas y los futuristas repetidores telefónicos de los edificios de alrededor. Y lo más importante, recuerda: no tienes prisa. Sigue mirando hacia arriba hasta que las cervicales te empiecen a crujir. No te asustes si ocurre enseguida; es normal. Lo que debe inquietarte es haber dejado pasar tanto tiempo sin pedirle a tu cuerpo otra cosa que teclear informes ante un ordenador o vender filtros de agua de casa en casa o lo que sea que hagas de ocho a ocho. Por eso, déjalo estar cuando se te agarrote el cuello; tampoco es cuestión de causarte una contractura que arruine tu día libre. Así que, con independencia de haber encontrado o no el adjetivo idóneo para describir la luz que cae de las alturas, es momento de dejarlo estar y pasar a otra cosa. Al fin y al cabo eso carece de importancia, no son más que palabras. Lo que de verdad cuenta es que ese resplandor, ese aire y esa temperatura exteriores te parecen, por muy vulgares que seguramente sean en términos objetivos, los de un día especial. Por ejemplo como los que envuelven el momento en que se ve por primera vez el mar. O mejor como la atmósfera del momento en que se enseña por primera vez el mar a un niño pequeño rebozado de protector solar, que se asusta y se alegra al mismo tiempo y que llora y ríe poniendo caras casi idénticas y que chapotea frenético cada vez que una ola tan minúscula como incomprensible le alcanza las rodillas obligándole a replantearse su mundo entero. Por qué ha pasado su corta vida a remojo en una bañera de plástico, qué otras maravillas le regalarán sus padres si algún día vuelven a encontrar tiempo para meterlo en el asiento trasero del coche y conducir hasta un poco más allá del centro comercial. Ésa es la perspectiva que no debes perder: que hoy es uno de esos días distintos para bien. Por predisposición, por necesidad, por puro placer. Por seguir el consejo del agente Cooper y hacerte un regalo a ti mismo. Por qué no, en definitiva. Y una vez aceptada la validez de esa premisa inicial fíjala en la mente y protégela con uñas y dientes de los múltiples ataques a los que se verá sometida de manera constante y desde ya. Desconfía de las trivialidades cotidianas. No olvides que en más de una ocasión sentirte bien te ha provocado un devastador efecto secundario: la relajación de tus defensas contra los incidentes en apariencia anodinos que siembran las horas y que, como demuestran muchos estudios y experimentos llevados a cabo en las principales potencias mundiales, tienen un poder de destrucción tan violento e irreparable como el de la mina anti-persona más sofisticada. Por ello es vital que no bajes la guardia si en tu afán de limpiar tu mundo, por poner un ejemplo, te tomas la molestia de acercarte a la oficina bancaria de la esquina y hacer cola para pedirle a quien se encuentre detrás de la ventanilla que por favor proceda a darte de baja del sórdido servicio (cuya contratación ni siquiera recuerdas haber ordenado) por el que ayer recibiste un sms firmado por el Presidente del Banco de Santander felicitándote cordialmente el cumpleaños. No pierdas los nervios en caso de que, casi con total seguridad, el empleado de turno intente convencerte desde detrás de su cristal y su cara llena de dientes blancos de que sigas suscrito a tan emotiva y bienintencionada prestación. Muy al contrario, mientras leas el manojo de impresos rosas, verdes y amarillos cuyo cumplimiento te exigirán para proceder a la tramitación de tan sencilla anulación, debes pensar, repitiéndotelo mentalmente a modo de mantra si lo consideras conveniente, que al otro lado de la cristalera la luz, el aire y la temperatura siguen siendo los de un día especial. Un día lleno de oportunidades que cazar al vuelo, un día digno de ser estrujado hasta el último segundo. Certeza real o ficticia que, si te concentras y lo haces bien, mantendrás a salvo de las dudas y los miedos inherentes al ser humano en general o a algunos seres humanos en particular pese a que los spaghetti se te vuelvan a quemar en el fondo del cazo. Pese a que al mear tomes conciencia de que la taza del váter hace tiempo que olvidó su blancura para volverse del color del sarro de los viejos. Pese a que el único correo electrónico que llegue a tu bandeja de entrada sea uno de infojobs solicitando interesados en atender el teléfono a media jornada en una línea especializada en predecir el futuro. Y si mientras masticas pasta ennegrecida, o te sacudes las últimas gotas, o pulsas otra vez la pestaña del correo por si acaso, si mientras haces ésas u otras cosas intuyes que no, que la energía con la que despertaste empieza a escaparse hacia el mismo lugar imposible del que vino, deja lo que tengas entre manos y sal de donde estés. Ten claro que lo peor que puedes hacer si empiezas a flaquear es permanecer solo. Si te quedas ahí acabarás tumbado en la cama escuchando las canciones que siempre escuchas cuando notas que te estás viniendo abajo. Ésas que jamás han logrado mantenerte a flote. Las que siguen sonando cuando el hambre o las náuseas se vuelven imposibles de ignorar y te levantas de la cama con cuidado de no volcar el cenicero o las latas medio vacías. De eso nada. Sal a la calle, reclínate sobre el capó soleado de algún coche y recárgate un poco de energía aunque sólo sea para corroborar que no has perdido la capacidad de sudar. Y entra en el primer negocio que encuentres abierto. Cómprate cualquier cosa. Unas zapatillas, medio kilo de patatas. Lo que sea. Dale las gracias efusivamente al dependiente, incluso intenta abrazarlo de repente, como si jamás en tu vida te hubieran atendido tan bien. Y si ni por ésas te sonríe excúsale pensando que quizá su hija de doce años esté acariciándose la escasa pelusa que le queda en el cráneo mientras adelgaza y adelgaza y se muere de cáncer entre las sábanas ásperas de la cama de un hospital. Da igual si es verdad o mentira. Lo único importante es que consigas convencerte de que es verdad. Eso te hará sentir levemente más afortunado, más vivo. Te dará el impulso suficiente para decidir que al fin ha llegado el día en que eres capaz de llamarla y quedar con ella. Al fin y al cabo, no te engañes, es bastante probable que esto que te pasa tenga que ver con ella. Y no puedes seguir posponiendo el momento. Afróntalo de una vez. Quiere que haya normalidad entre vosotros. Quiere que os llevéis bien. Que haya buen rollo. Quiere poder decir “voy a tomarme un café con un amigo” cuando quede contigo, un par de veces al año. Y en el fondo sabes que es muy normal que desee esa paz anodina y aburrida. Sí, es normal y hasta es bueno, y lo sabes tan bien que te sientes bastante sucio por no haber correspondido a sus deseos durante todo este tiempo. Por eso concentra en un par de movimientos todo lo que de positivo queda dentro de ti: saca el móvil del bolsillo y marca su número. Aleja el auricular de tu oreja unos centímetros; evita escuchar nada más que las palabras que te dirija. Nada de exponerse a percibir sonidos desconcertantes detrás de su voz: risas, música, el tono grave de un tipo, el ruido de alguien que friega tazas de café en la cocina. No, eso está de más. Cíñete a mantener con ella una conversación rápida y bastante sencilla. Pregúntale cómo está y corta su respuesta cuando empiece a dar demasiados detalles. Proponle ir a dar una vuelta. No dudes sobre la conveniencia de seguir adelante con tu último y definitivo ritual purificador del día cuando ella sugiera que os veáis en la heladería de siempre. Si asocias la dulzura de un helado al recuerdo de una vez hace años en que ella te dijo que no eras más que un crío y que siempre lo serías, haz lo posible por obviarlo. Y haz lo mismo con el recuerdo de otra vez y otra y otras en que te dijo lo mismo. Ve hasta donde dejaste el coche anoche, deja la bolsa en el asiento del copiloto, arranca y pon rumbo a esa heladería de barrio. Cuando estés por las inmediaciones acuérdate de poner la radio. Algo de música de ésa que sabes que le gusta, por si acaso ella te ve pasar. No te preguntes si sus gustos musicales habrán cambiado tanto como sus gustos en materia de estética masculina; sobre eso no tienes la información suficiente para responder. No te vengas abajo si tardas en encontrar sitio para aparcar. Es probable que en esa recta final te tiente la posibilidad de pisar el acelerador y alejarte de allí quemando ruedas y cagándote en la puta. No lo hagas; mañana te arrepentirías. Además, quién sabe: imagina por un momento que te recibe de un modo muy diferente al que te temes. Imagina que te dice que te quiere un montón y que no puede vivir sin ti. Sin riesgo no hay gloria: tienes que aparcar ahí mismo, en doble fila, y cruzar el parque que te separa de la terraza donde ya crees vislumbrar su pelo rojo y sus gafas de sol. Procura acercarte a ella caminando con aire despreocupado. Vale, ahora que te ha visto y te saluda con la mano y te sonríe te resulta más difícil andar con naturalidad. Tienes la impresión de que tus piernas han decidido desacompasar sus movimientos, como si cada una precisara una orden individualizada para seguir en marcha. No te preocupes: simplemente estás nervioso. Relájate. Tu paso es normal y tu aspecto también. Eres una persona normal haciendo algo tan normal como reunirse después de mucho tiempo con la persona a la que quiere pero que ya no le quiere; tampoco es para tanto. ¿Ves? Ya has llegado. Sécate con disimulo las manos en el pantalón, sonríe sin que te tiemblen las comisuras y salúdala con un Hola, qué tal estás. Dale un beso en la mejilla. Cuidado con la inercia: nada de dos. Sólo un beso. Que se dé cuenta de que no eres uno de sus nuevos amigos ni su actual suegro. Que sea consciente de que sigue habiendo cierta especialidad en vuestro trato y que al menos quieres conservar ese pequeño éxito. Después empieza a hablar. Así, muy bien, qué quieres tomar, cómo va el trabajo, si ya se ha sacado el carnet de conducir. Y mientras te contesta quita los puñeteros codos de la mesa y échate hacia atrás en la silla para que vea que no tienes ninguna necesidad de estar lo más cerca posible de ella. Saborea tu helado de chocolate y plantéate fugazmente cómo es posible querer a alguien cuyo sabor favorito es la avellana. No te olvides de preguntarle por su perro y frunce el ceño en señal de preocupación cuando te informe solemnemente de que al pobre le tuvieron que operar de apendicitis hace un par de meses. Y a partir de ahí pónselo fácil y sé tú el que saque el tema en cuestión. Dile que sientes haberte comportado como un imbécil y que te encantaría mantener una relación sana y amistosa con ella. Puede que al pronunciar esas palabras algo se te rompa por dentro. Puede, incluso, que te sorprenda lo fácil que ha sido. Hasta es posible que te alegres de verdad al percibir la felicidad que le genera tu nuevo talante. Además, ya habrá tiempo para nuevas estrategias. De momento no la cagues y correspóndele con sinceridad muscular cuando ella premie tu buena actitud con un abrazo, y cómete la cucharada de avellana helada que te ofrezca evitando pensar en la lengua de un caballo que agacha el morro ante un simple azucarillo. Disfruta del momento, incluso. Por fin un poco de paz y armonía, tan verdaderas o falsas como las de cualquiera. Sí, disfrútalas. Y sobre todo no dejes de hacerlo si da el caso de que ella te diga que ayer el nuevo le pidió que se fuera a vivir con él. Puede que sea un poco difícil, pero que no se te borre de la cara esa expresión tranquila que hacía tanto que tus facciones no conseguían reflejar. Concéntrate. Ahora sí: actúa. Sobreactúa. Ni pestañees cuando recrees con todo lujo de detalles la cajita de terciopelo azul Tahití con ribetes de hilo dorado trazando una constelación de estrellas en que ella te diga que el tipo le ofreció una copia de las llaves de su casa. No parpadees cuando te diga que le hace mucha ilusión. No, haz todo lo que creas necesario pero no tires por la borda todo este esfuerzo. Intenta contagiarte de la milésima parte de la alegría que irradian esos niños que juegan al fútbol ahí en el parque. Contempla la despreocupación con que esos gorriones del tendido eléctrico rotan sus cabezas trescientos sesenta grados como si todo cuanto les rodea fuera precioso y digno de su ávida atención. Y si eso no basta sumérgete dentro de ti y saca fuerzas de órganos vitales cuya existencia ni siquiera conocías. Desciende hasta tu mismísimo nivel celular y exprime un buen puñado de ellas hasta notar en las manos la humedad de una sustancia brillante que bajo ningún concepto debes confundir con tu asqueroso sudor aunque no sea más que eso. Y esta vez, al menos esta vez, deséale que todo le vaya muy bien, que sea muy feliz o algo por el estilo para dar cumplimiento al happy end que mandan los cánones. Luego, de vuelta en tu coche y tras retirar el boletín de una multa del parabrisas, ya tendrás tiempo para otras reacciones. Lanzar una a una el medio kilo de patatas contra los transeúntes o regalarle tus zapatillas a un paralítico. Cosas así.

02
abr
10

El ciclo de la vida animal

Conduzco despacio, buscando sitio para aparcar. Es un domingo y voy a un concierto y me siento raro porque lo normal es que los domingos me limite a vegetar, intentar convencerme de que voy a cuidar un poco más mi cuerpo y hacer balance involuntario pero inevitable de un montón de cosas que se me escapan los demás días. Todo eso que se pierde cuando el ruido es constante y hay un destino obligatorio para cada movimiento y horarios que cumplir y tráfico pesado por las calzadas de la ciudad.

Pero ahora la calle está despejada. Algunos pasean a sus perros pero en general la gente empieza a abrir los snacks que se comerá viendo el partido de las nueve o hace cosas por el estilo al otro lado de las ventanas iluminadas. Supongo. Definitivamente, eso de adelantar una hora todos los relojes del hemisferio para disminuir el despilfarro de energía no funciona. Anoche mismo tuvo lugar el cambio de hora y la novedad de que sean las ocho y media y el sol todavía relampaguee en las antenas de los edificios más altos no consigue apagar más que un puñado de bombillas domésticas en la manzana, en el barrio, en la ciudad y en todo el continente. Las de unos pocos absolutamente concienciados de la gravedad del cambio climático. Fundamentalistas del ecologismo extremo que probablemente protegerán del frío a sus mascotas con mantas eléctricas. Supongo.

El caso es que la ciudad vertical se muestra tan iluminada como siempre. Pero aquí abajo las farolas no se han encendido y mi coche recorre la penumbra creciente de la calle a través de una nebulosa grisácea que gana en densidad a medida que el viento aumenta ahí afuera. El aire lleno de diminutas cosas de colores fríos en aparente suspensión. Hojas secas, palitos, pelusas desvaídas, cadáveres de insectos  y todo un universo de partículas flotantes que se desprenden de las acacias que la bordean y parecen explotar en mil colores cuando enciendo los faros.

Encender las luces del coche también contribuye a la muerte del planeta. Supongo. Seguro que causa un incremento de la emisión a la atmósfera de alguna sustancia invisible de nombre impronunciable. Pero en este momento eso me importa menos que cero. En realidad siempre me ha importado y me temo que siempre me importará menos que cero. De eso que se preocupen quienes no tengan nada más inmediatamente inquietante y doloroso atravesándoles el cerebro, impidiéndoles pensar con claridad, ver con claridad, bloqueando cada una de sus acciones como un puto virus informático. No voy a decir la causa de ese apuñalamiento mental. Menos unos privilegiados, cada cual tiene la suya o las suyas. Puede tratarse de un tumor inoperable en los mismos sesos, los propios o los de alguien que te importa más que el común de los mortales. Puede tratarse de un desahucio inminente. Puede tratarse de que violen a tu hija o de ver cómo el avión en el que acaba de despegar tu familia se convierte en una bola de fuego cuando aún estás diciéndoles adiós con la mano tras unos cristales sucios. O puede que se trate de cosas más mundanas. El paro, la soledad, la frustración. O coger el mismo autobús todas las mañanas, saber que en la siguiente parada va a subir una señora gorda con tres verrugas en el cuello y que en la otra se bajará el anciano del bastón para ir a cuidar a su nieto mientras sus padres trabajan. Puede ser algo tan simple y tan complejo a la vez como la sensación de sentirse perdido. Mil cosas. Por eso no voy a decir ninguna y por eso me siento un poco mejor teniendo como guía ficticio pero reconfortante el haz de luz que sale del morro del coche. No alumbra demasiado lejos, es cierto. Y, por supuesto, no alcanza a iluminar lo que me gustaría ver con nitidez de una vez. Al fin y al cabo, nadie es capaz de ver el futuro. Supongo. Pero mejor proyectar un resplandor sobre unos pocos metros que dejar que la oscuridad te invada por completo hasta físicamente. O no.

Sea como sea, quizá debería regular la altura de los faros. Lo que ocurre es que hasta este momento nunca he sentido la necesidad o simple deseo de hacerlo, por lo que es probable que si ahora empezara a manipular los botones y palancas del salpicadero acabara por tocar algo indebido y las cosas, como de costumbre, virarán un poco más a peor. Puede que hasta se apagaran las luces y nunca más se encendieran. Eso pienso. En fin, estupideces a las que uno se aferra para no arriesgar. Además, me acabo de encender un cigarrillo y tengo las manos ocupadas. Gilipolleces a las que uno se aferra para poder seguir echándole la culpa de todo a cualquier factor exógeno.

No hay ni un solo sitio donde aparcar en la calle del concierto ni en la paralela ni en la perpendicular ni en sus bocacalles. Voy alejándome de mi destino, expandiendo la espiral rodante de mi búsqueda. Y acabo en una zona a la que no tenía previsto llegar. Doblo una esquina y casi por sorpresa me encuentro en la calle del colegio del que salí hace casi veinte años. No es un buen sitio por el que pasar un domingo, un día tan propenso al análisis y la reflexión y la autocrítica. Pero no hay más remedio: la calzada es de un solo sentido y no hay ninguna travesía por la que pueda escapar. Así que, puesto que no hay solución, rebusco algún resto de dignidad en mi interior, me miento diciéndome que soy un poco más valiente de lo que soy y decido echarle un buen vistazo a esa fachada. En realidad, no siento miedo ni nada parecido ante la visión del lugar. No es que dentro de ese edificio que empieza a ensancharse a la derecha de mi campo de visión conforme avanzo hacia el punto de fuga de la calle ocurriera algo insoportable. Más bien es lo contrario: representa un tiempo en el que todo era posible todavía. Con lo cual, lo que siento es nostalgia. Supongo. Un eufemismo como otro cualquiera con el que referirse a la tristeza.

Paso por delante de la gran puerta de madera color marrón chocolate. Salvo por el hecho de que en la imagen mental que hasta ahora tenía de ella aparecía bañada por el sol y el chocolate era de una tonalidad más clara, está exactamente igual que cuando la atravesaba cinco días a la semana. El mismo aspecto basto, tosco. Y aunque no pueda tocarla me basta con la mirada para saber que tiene el tacto rasposo y polvoriento que notaba de pequeño al empujarla cada vez que llegaba tarde. El tacto de las ruinas, como si fuera el vestigio de una época de la que no debería quedar ninguno.

Hablando de restos arqueológicos, reduzco la velocidad todavía un poco más y me fijo en el escudo que corona la entrada del colegio. He oído decir que es el único de toda la provincia que aún conserva el emblema franquista. El águila, las flechas, el plus ultra y todo ese rollo en relieve de cemento armado, cubierto de huevazos y manchas de pintura de todos los colores. Igual la democracia no es el mejor sistema, pero desde luego es el más colorista. Y eso está bien. Supongo.

Acelero un poco pensando cuánto tiempo me durará la incómoda sensación que siempre me deja retrotraerme a cosas muertas. Unos metros más adelante tres palomas picotean el asfalto en busca de comida o basura. Como de costumbre, me pregunto si levantarán el vuelo a tiempo. Siempre lo hacen. Da igual que, como ahora, desaparezcan de tu vista bajo el morro del coche. Siempre se las apañan para salir volando. Pero esta vez noto cómo la rueda delantera izquierda coge un pequeño bache y a través del retrovisor sólo veo el aleteo de dos palomas.

Sin ninguna preocupación, sin necesidad de hacerlo, sino más bien por la simple curiosidad de saber si mi intuición es cierta, me echo a un lado y salgo del coche. El tercer pájaro está en medio de la calzada, con la mitad posterior de su cuerpo aplastada, casi fundida con el pavimento. No hay mucha sangre. La muerte es más bien negra y mugrienta. Plumas blancas cubiertas de alquitrán y un ala sucia que todavía se mueve espasmódicamente durante unos segundos. Un instante después es sólo el viento lo que agita el cadáver.

Me agacho y lo miro de cerca. Un pájaro feo. No siento asco ni pena. Un pájaro inútil destinado a cagarse en los hombros de la gente y transmitir enfermedades. Nada que ver con el símbolo de la paz y del amor que me enseñaron a ver en él en ese edificio de ahí. Como todo lo demás. De manera que, sí, está mejor muerto. El pasado, lo perdido y todo lo que jamás alcanzarás es mejor darlo por muerto. Y por un momento casi me siento orgulloso de haber aplastado a la paloma, de creerme capaz de mirar hacia adelante y seguir como si tal cosa con mi vida.

Pero cuando me levanto hay una chica a mi lado. Bastante guapa. Mira la paloma, me mira a mí. Mira la paloma y vuelve a mirarme a mí. Hay una expresión de dolor sincero en sus ojos. Me pregunta, como asustada:

-¿Has sido tú?

-No –le contesto-. Pobrecita…

Y pienso que pagaría por tener la habilidad de llorar a voluntad.

05
jun
09

Todo está conectado

Dejé de ir a trabajar una mañana como cualquier otra. No fue algo premeditado. Había pasado un mes y creía o quería creer que estaba un poco mejor. Que todo estaba un poco mejor. Así que volvía a esperar el bus en la parada igual que tantas veces. Pero cuando vi el 8 acercarse rojo muy rojo y enorme no tuve valor para meterme en sus tripas. De pronto las imaginé oscurísimas y silenciosas y forradas de imitación de seda verde oliva o granate. Siniestras. Ahora supongo que en el fondo sabía que aquélla no era una mañana como cualquier otra. Y también supongo que me resistía a aceptarlo. Quería que la vida y sus cosas siguieran su curso habitual como si nada. Volver al trabajo y ver a los compañeros y al camarero del bar donde almorzaba con el resto de la cuadrilla. Hundir de nuevo la cabeza en los ruidos de la fábrica y de lo de fuera de la fábrica y dejar de oírme a mí y a mí. Atender a las voces familiares o de cualquiera que se cruza en la calle diciendo alguna estupidez o lo más sabio jamás pronunciado. Percibir los olores y los colores. Reaccionar ante las preocupaciones del mundo de siempre. Recordar las fechas significativas. Alegrarme cuando mi equipo ganara. Intentar cambiar de vida jugando a la primitiva. Molestarme en mirar el buzón al regresar a casa. Prestar atención al pronóstico del tiempo. Comprender otra vez el sentido y la utilidad de las luces de los semáforos. Dar los buenos días a mi familia. Limpiar la taza del váter. Quería volver a hacer todas esas cosas que te diferencian de los animales o de los muertos. Pero me quedé inmóvil bajo la marquesina y dejé que el autobús pasara de largo mientras yo recitaba por primera vez en mi vida una oración o al menos lo más parecido a una oración que me cruzó por la cabeza. Recordé el entierro. Recordé todos los entierros a los que había asistido. Y pasó ante mis ojos una película llena de fotogramas llenos de apergaminados labios de curas pronunciando palabras de consuelo que sin embargo sólo consiguieron darme miedo y pena y ganas de vomitar o de cortarme las venas. Y aun así repetí esas frases mágicas mentalmente viendo alejarse el 8. Sintiéndome en deuda con él. Sintiendo que le debía la vida. Sacando de algún sitio la esperanza de que de verdad tuvieran el poder de levantar a Lázaro. Pero el bus desapareció al doblar la esquina sin que nada hubiera cambiado. Y supe que el 8 se había ido para siempre. Que ya no volvería. Ni daría lugar al 9 y al 10 y etcétera. Y que aquélla no era una mañana como cualquiera. Que era la primera de mi nueva vida. Sucedáneo de vida. Una nueva era horrible y cargada de dolor y que por supuesto se haría demasiado larga. Un simulacro de existencia en el que el 8 sería un símbolo maldito. La hora a la que sería imposible dormirse o despertarse. No poder volver a ver la peli de Fellini. La nota que el otro crío que ya siempre sería sólo el otro crío no me podría traer nunca escrita en un examen para que se la firmara. Porque El Crío que monopoliza mi pensamiento se murió a los ocho. Un domingo mientras yo veía el fútbol por la tele. Así que ahí en la parada como un gilipollas supe que también iba a tener que odiar a los futbolistas que lucieran ese número y el fútbol en su conjunto. Desde las superestrellas del balón hasta los niños que cosen para Nike en el sudeste asiático. Y el rastro que montan los domingos en el centro. Las parrilladas en el campo. Los suplementos dominicales. Y las tiendas que fingen preocuparse por ti poniendo carteles indicando que abren ese puto día y todos los festivos. Odiar a muerte la pasta italiana y a Berlusconi y cualquier cosa, persona y animal relacionada con ese país. Porque estábamos empezando a preparar los tallarines. Aún éramos cuatro en la cocina. El telefonillo sonó. Alguien insignificante pero cuya muerte deseo con todas mis fuerzas se había ido a pasar el domingo a su caseta de campo y nos traía naranjas o melocotones o alguna de esas cosas dulces de colores que ya no puedo probar. Dijo que tenía el coche aparcado en doble fila así que ella y el otro crío bajaron a recoger el detalle. Y yo me acerqué al comedor para ver los últimos minutos del partido. Se nos olvidó. Son cosas que pasan, supongo. Cosas que pasan que no deberían pasar. Se nos olvidó durante medio minuto y fue tiempo más que suficiente para que el agua hirviendo en el cazo acabara sobre la pequeña cabeza. Gritó un momento. Luego ya no pudo. Tenía la cara derretida y su boca ya no era una boca. Los labios pegados el uno al otro. Fundidos. Derretidos. Como el resto de su cara. Y ese cráneo desollado que parecía una manzana asada absurdamente recubirta de tallarines incandescentes. También detesto las manzanas asadas, claro. Y las ferias ambulantes llenas de luces y música y otros niños divirtiéndose. También los odio. Todo está conectado.

24
abr
09

Pobre gente

Era mi primer día en el paro y me vi sin saber muy bien qué hacer con todas esas horas de libertad. Tantos años de lo mismo, horarios, oficinas y almacenes, para qué negarlo, habían conseguido alienarme. Estaba alejado del mundo. Hasta de la vida, qué coño. Se puede decir que era uno de esos tipos que no saben vivir sin que alguien les dé una orden y les felicite o reprenda por lo bien o lo mal que la cumplen. Estaba en la fila, en el turno, en la pura cadena. Supongo que era un imbécil. Sé que era un imbécil. De hecho, ya por entonces era perfectamente consciente de hasta qué punto me había convertido en un puto sirviente plácido y agradecido, pero no me importaba. Valoraba sobremanera el hecho de firmar mi nómina a fin de mes y me deleitaba comprobar por internet que mi cuenta corriente había crecido unos cuantos euros. La tranquilidad que eso me daba tenía un valor incalculable. Los números crecientes, las cosas que podía comprarme en el centro comercial. Me gustaba ponerme la corbata ante el espejo del recibidor por las mañanas las temporadas en que trabajaba de oficinista. Hasta me gustaba limpiarme los zapatos, joder. Y cuando la ETT me ofrecía un trabajo de peón disfrutaba enfundándome el mono, los guantes o las botas con supersuela de supergoma. Las noches de fiesta me gustaba rociarme de perfumes caros y hablar con mis amigos de los altavoces que pensaba instalar en mi coche. Pero de pronto llegó mi primer día en el paro. Y, claro, mi organismo estaba acostumbrado a madrugar. Así que no eran ni las ocho y ya estaba dando vueltas por la habitación. Todavía en pijama hice la cama, vacié y lavé el cenicero y quité el polvo acumulado en los rodapiés. Todo ello con la sensación de estar perdiendo el tiempo en cosas tan irrelevantes. Con la sensación de estar haciendo el gilipollas. Mientras barría y fregaba pensé lo que estarían haciendo entonces las gentes de bien. Los que seguían en la rueda. Y empecé a sentirme mal. Poco a poco, cada vez peor. Como un si un tumor de los que tardan media vida en comerte el cerebro se estuviera atracando del mío con prisa. Con ansia. Igual que un niño gordo ante su tarta de cumpleaños. Antes de darme cuenta estaba empapado en sudor. Me metí en la ducha. Me vino bien. Supongo que dejé de transpirar. Y, como siempre, el agua caliente me adormiló un poco ahí de pie en pelotas bajo la alcachofa. Agité la cabeza de un lado a otro para despejarme. Todo el cuerpo, en realidad, como hacen los perros mojados. Pero entonces me dije que no había razón para mantenerse despierto. No me esperaban en el trabajo. No me esperaban en ningún sitio. Tal sentencia me entristeció al principio. La sensación de frustración, de pura inutilidad se expandió en mi cuerpo hasta aplastarme los pulmones contra las costillas. No podía respirar y por un momento me imaginé desmayándome, desplomándome como un saco de algo muerto o medio muerto y desnucándome silenciosa y discretamente contra la repisa del champú H&S y el gel Nivea. Fue la última vez que sentí pena de mí mismo. Porque de algún modo conseguí expandir mis bronquios y aferrarme a los azulejos, a las líneas que los separan o hasta a la mismísima pintura esmaltada que los decoraba con ridículas florecitas. Y me mantuve en pie. Y al poco empecé a encontrarme mejor. No sé, mi cerebro encontró una vía por la que escapar del miedo. Pensé, en un instante de luz pura, que podía disfrutar de la ducha y el vapor y el burbujeante rumor de la catarata de agua sin estar pendiente del reloj. Lo pensé y, como por un milagro, no cambié de opinión al segundo siguiente. No se impuso ninguna suerte de sentido común, de lógica, de responsabilidad. Ninguna de esas convenciones de mierda adquiridas o innatas se puso a graznar en mi cabeza. Por fin. No escuché la plegaria por mi futuro de mi decente madre, ni el consejo condescendiente de mi amigo triunfador y respetable, ni la queja camuflada de mi novia. Por fin. Sólo hubo silencio, un gran vacío dentro de mí. Pero no ese vacío arrasado y caótico que queda después de un terremoto o un saqueo, cuando la gente lo ha perdido todo. No ése que te hace acertar cuando presagias la inminente exclamación de lamentos y alaridos de pena y terror. Éste era un silencio nuevo, como el que zumba en tus oídos cuando entras en una luminosa casa nueva que decorarás a tu gusto y en la que sabes que podrás hacer lo que te dé la gana con tu vida. Era un silencio perfecto, como una puta sinfonía de ideas tranquilas y sin interferencias. Así que me dejé llevar por el sopor bajo la maravillosa ducha-placenta y a juzgar por cómo recuperé la consciencia creo que soñé con hermosas y atentas mujeres. Encontré que mi cuerpo estaba alegre de cintura para abajo. Y la mente relajada mientras me secaba y me vestía. Me sentía laxo, suelto. Ligero. Nuevo. Me asombraba cada uno de mis movimientos. Quiero decir que el simple acto de subir una cremallera o atarme los zapatos era un descubrimiento sublime. Era ver moverse por primera vez las manos de tu hijo. Sus pies. ¡Y eran los míos! Intenté potenciar mi creciente bienestar fumándome un cigarro en el balcón. Y lo conseguí. El sol alumbraba tibio y el ruido que ascendía desde la calle era como un arrullo. Dos hombres de diferente raza descargaban el camión parado frente al supermercado de abajo. Chorreaban el mismo sudor espeso ya de buena mañana. De sus frentes manaba el mismo vapor metálico, salado. Las regaba la misma sangre del Gran y Único Pobre Hombre Moderno al que hay que respetar porque ya tiene bastante con lo que tiene. Al que hay que respetar porque si no fuera por él las estanterías de tu carnicería, de tu pescadería, de tu boutique de moda, de tu puta vida entera estarían vacías y tu tragedia diaria, ésa a la que ni ayer ni hoy ni mañana prestas la menor atención, de pronto se haría totalmente insoportable. Eso fue lo que pensé acodado en mi barandilla. Creo, de hecho, que las palabras que se encadenaron en mi cabeza siguieron exactamente el orden que he expuesto. Y me sentí iluminado. Me sentí el auténtico Mesías de todos los tiempos y todos los mundos. Y a pesar de la náusea que la Verdad provocaba en mi estómago matinal, a pesar de que cada músculo de mi cuerpo me dolió por culpa de tal revelación y a pesar de que en ese preciso momento supe con total certeza que jamás dejaría de estar triste, lo di por bueno. Porque igualmente supe que ya nadie podría engañarme. Me había bastado un día, una mañana, la primera hora la mañana de un día sin atascos, prisas, café atragantado, máquina de fichar, compañeros, supervisores, supervisores de supervisores, putos jefes peores que yo y sonrisas obedientes para entender que la vida podía ser otra cosa de lo que había sido la mía. La vida podía ser seguir observándola, simplemente. Ahí abajo algunos niños rezagados corrían hacia el colegio de la esquina mascando chicle. Ahora que era casi un dios podía olerlo desde las alturas. Y unas cuantas señoras pasaron bajo mi atalaya arrastrando sus carros de la compra con cogotes, nucas y líneas de hombros que me parecieron resignados, casi tristes. Igual que las caras que no les podía ver. Pobre gente. Entonces me saqué la polla y decidí bautizarlos a todos.

12
abr
09

Pedazos

El sol aún está muy bajo. Ni siquiera ha rebasado la fría capa de nubes/niebla matinal tan típica de esta parte del mundo. La tiñe de naranja desde abajo, en tonalidades que decrecen en intensidad desde el mar hacia el interior. Hacia donde nos dirigimos. Un pueblo de los alrededores de la ciudad costera en que los tres vivimos. Los tres que ocupamos la miníscula cabina de la camioneta en que viajamos. Trabajamos. Según la ficha técnica del vehículo, es un camión. Pero seguro que el encargado de determinar a efectos de mercado lo que es un camión y lo que es una camioneta no se pasa unas cuantas horas al día encerrado en este cubículo con estos dos tipos, desbordándolo de carne, sudores, olores y sentimientos fluctuantes en función del clima, el sueño o el grado de consciencia existencial que uno tenga. Así que le pongo al trasto el nombre que me da la gana: camioneta, por ejemplo. O carromato, o coche fúnebre, según de qué humor esté cuando alguien me pregunta a qué me dedico.

Voy pegado a la ventanilla del copiloto. Aplastado contra ella por el enorme corpachón de mi compañero, el otro peón, por decirlo de algún modo. Mi jefe es el que conduce. Dice que no nos deja el volante porque asumir el riesgo de una colisión con víctimas mortales o amputaciones para las que no hay ortopedia que valga forma parte de sus responsabilidades como patrón y contratista. Habla así, lo juro. En fin, eso argumenta. Pero lo que ocurre es, simplemente, que le gusta sentirse al mando. En cualquier caso, me alegro de que sea imbécil, porque detesto conducir casi tanto como notar que el sudor de la bola de sebo de mi izquierda me va impregnando el codo, el antebrazo, la camiseta y las costillas. Me sabe mal llamarle así; es un buen hombre. Lleva en la cartera un desplegable con fotos de carné de su mujer, una señora con permanente de un imposible color granate y, a juzgar por sus mofletes, de las mismas dimensiones que él. Se nota que la quiere por cómo limpia la cartera, soplándola suavemente y pasando con cuidado sus enormes pulgares por la piel cuarteada, las veces que se le cae al suelo. Porque al pobre todo se le cae al suelo. Su cartera, los muebles rotos, los escombros. Todo. Es el fuerte de la cuadrilla. El animal, digamos. Y, como ocurre con cualquier animal, la destreza de sus zarpas no es algo que determine su valía. A nosotros nos es útil para alzar alguna viga que nos corte el paso o para derribar las puertas atrancadas. Además, es el clásico empleado que dice demasiado a menudo Ahora mismo y que no pide aumentos de sueldo. Todo lo cual hace que su supervivencia en la empresa sea mucho más probable que la mía. Ya digo: me cae bien, en cualquier caso.

Al menos bastante mejor que mi jefe. Aparte de conducir, le encanta que le llamemos así, Jefe. Algo que me resulta realmente complicado y que intento evitar recurriendo a fórmulas de apelación más primarias cuando me tengo que dirigir a él. Empiezo las frases con un Oiga o un Disculpe. Palabras por el estilo, siempre respetuosas. Al fin y al cabo, el tipo podría ser mi padre. De hecho, la condescendencia con que nos trata hace muy fácil establecer ese paralelismo. Fumas demasiado, suele decirme sin tener ningún porqué (siempre lo hago al aire libre), a veces incluso cuando me he estado controlando y no me he encendido más que cinco o seis cigarrillos durante la mañana. Ahora mismo me fumaría uno. Tengo el estómago vacío y a lo mejor me marearía un poco. Me distanciaría. Es lo que pienso mientras observo cómo los inmensos arrozales pasan casi totalmente verdes ahí afuera. Casi, porque debe de hacer un poco de viento y las espigas forman aquí y allá fugaces ondulaciones de blanco cuando sus hojas encaran el envés hacia el sol. Es bonito. Eso pienso. Y que el aire tiene que oler bien allá en medio, entre el arroz, a pesar del agua estancada y de las acequias turbias que surcan con precisión quirúrgica los latifundios. Lástima que en la lista de demostraciones de rango del jefe se encuentre la de no permitirnos bajar las ventanillas. La gasolina la pago yo, sentencia siempre al respecto. Por eso ni me molesto en pedírselo. No me apetece en absoluto escuchar otra de sus frases lapidarias. Y me despido del verde y el agua alzando la vista hacia el cable telefónico que flanquea la carretera y sigo con la mirada la curva que describe de un poste a otro y a otro y a otro. Kilómetros y kilómetros de tendido telefónico en perfecta línea recta, de zumbido de combustión del gasoil bajo el asiento y de sudor ajeno empapándome por dentro y por fuera. Y de nada más. Hasta que un ruido atrae mi atención hacia el parabrisas y me hace pasar los cinco o diez minutos siguientes observando cómo el aire a ciento veinte por hora va secando los restos viscosos de un abejorro, una libélula o un saltamontes. No sé. Hay un ala translúcida pegada al manchurrón, pero no entiendo de insectos no humanos.

Entonces cogemos una salida y me doy cuenta de que los arrozales han quedado atrás hace rato. La tierra sigue siendo igual de plana en este lugar, pero se ha vuelto dura y parda y el único verde que hay a la vista es el cetrino de un grupo de árboles polvorientos a unos doscientos metros detrás del bar-rte. en el que parece que vamos a desayunar. De vez en cuando el jefe tiene un detalle de éstos. Nos invita, a cargo de la empresa, a un café y a una tostada de aceite y sal antes de empezar la jornada. Dice que el cuerpo humano no necesita más para poner en total funcionamiento sus sistemas. Que eso de los huevos fritos y el bacon son frivolidades anglosajonas a las que nuestra genética no responde. Total, que si nos salimos de su menú, si queremos un simple zumo de naranja, lo tenemos que pagar nosotros. Cosa que nunca hago porque, la verdad, hace bastante tiempo que mi dieta es lo que menos me preocupa y, además, beber un zumo o un café posponen exactamente por igual el momento de llegar al trabajo. De manera que me ahorro el euro y le doy las gracias al jefe por el café. El gordo también se lo agradece, sólo que un poco más rastreramente porque añade que está muy bueno, como si fuera el mismísimo jefe quien nos hubiera preparado un Blue Mountain en la mejor cafetera del mundo, pagada de su bolsillo. Y mientras les oigo sorber el café me caliento las manos con la taza y a través de los ventanales del bar miro los destellos del sol en las lunas de los coches que se alejan por la autovía. Probablemente en algunos de ellos gente feliz se dirige hacia sitios felices. Supongo que también nosotros podríamos haber sido así, como esa gente hipotética que pasa de largo de este área de servicio en coches de todos los colores y cilindradas. Pero no lo conseguimos. Y me pregunto que pensará de mí ahora. Si estará pensando en mí en este preciso instante. O si lo hará durante un solo segundo a lo largo del eterno día que acaba de empezar.

Una elevación en el tono de la conversación de la mesa de al lado me distrae lo suficiente como para no tener que responderme. Dos hombres con traje y corbata discuten de fútbol.

-Va, no me jodas -dice uno, limpiándose con la servilleta la harinilla de ensaimada que lleva pegada a la barbilla-. Reconoce que los árbitros siempre favorecen al Madrid.

-Ni de coña -le replica el otro, con prepotencia-, lo que pasa es que sois unos llorones.

-¿Llorones? ¿Llorones? No me… -entonces se calla de repente, con los ojos clavados en algún punto detrás de su compañero-. ¡Mira, mira! -le dice, señalando con la barbilla.

Y el amigo se vuelve y lo que ve es que una camarera deja a la vista el elástico de su tanga al agacharse a recoger del suelo un tenedor sucio. Me doy cuenta de que también el jefe y el bueno del gordo están mirando a la chica. Me doy cuenta, de hecho, de que buena parte de los hombres del local han disparado por un instante sus fantasías por la simple visión centesimal de un pedazo de tela íntima. Y me digo que claro, que es algo natural, que no hay nada de malo, que obedece a instintos básicos. Y que, qué coño, igual no es tan grave lo que hice, que no obedecía a un plan preconcebido y que no tendría por qué ser irreparable. Pero el consuelo se desvanece rápidamente al reparar en las risitas ahogadas de los clientes, en sus codazos, en las miradas de pringosa complicidad que se lanzan entre sí hombres que lo único que tienen en común es el bar en el que han parado a desayunar.

-¿Vas a comerte la tostada? -me pregunta mi colega gordo.

Le digo que no con la cabeza y le acerco el plato empujándolo con el dedo índice. Y por un momento pienso que lo que en realidad debería contestarle es que su sobrepeso resulta cada día más difícil de soportar cuando lo sufres empotrado contra la puerta de la camioneta y que estaría bien que controlase un poco su colesterol y sus grasas saturadas si no quiere dejar viuda a su queridísima y grandísima mujer, o que le abandone el día menos pensado. Pero descarto la idea de inmediato porque el pobre hombre parece realmente satisfecho de sí mismo mientras hace desaparecer la tostada con tan sólo dos bocados. Parece ajeno al día que nos espera, invulnerable a lo que pueda decirle el jefe si llega a hacer algo mal en el trabajo e invulnerable a cualquier tragedia planetaria de la que informen en el telediario de la noche. Comer y volver a casa con esa persona le es suficiente para no perder su aire bonachón y tranquilo. Y a lo mejor, yo qué sé, está bien que así sea. Para qué más. Al menos aquí y ahora pienso que me gustaría espolsarme las migas de la camisa con la misma naturalidad que él.

Lo bueno de este trabajo es que puedes ir preparado para lo que te vas a encontrar. Basta con leer la prensa con asiduidad o ver los programas de sucesos. Normalmente se trata sólo de recoger muebles viejos y frigoríficos averiados en los que el arrendatario de un piso meó o cagó antes de ser desahuciado. O de vacíar la casa de una pobre abuela cuyos hijos han decidido que estaría mucho mejor en una residencia. Nada complicado, en fin: descolgar crucifijos, bajar lavadoras por las escaleras, llegar a saber por qué punto se dobla exactamente un sofá-cama de cualquier marca y modelo. Pero a veces ese contacto que tiene el jefe en no sé qué departamento de la policía, creo, nos llama para algún trabajo especial y de confianza. Y entonces es conveniente tener a mano un periódico de la víspera y echarle un vistazo. Porque cuando eso ocurre, cuando llama el amigo del jefe, la camioneta nos lleva a un lugar como el de hoy.

Un chalé en lo alto de una colina pequeña y despellejada y envuelta en arena flotante, como el paisaje que ves extenderse hacia todas partes en cuanto empiezas a subir por la carretera mal asfaltada que conduce a la puerta de la parcela. Una de esas casas alzadas en lugares imposibles por su accesibilidad y su entorno que en ocasiones uno ve allí arriba o allí abajo, entre zarzas o explanadas de grava, cuando circula por la autopista. Seguramente el tipo que decidió construirse aquí su casa pensaba que esto acabaría siendo una zona residencial de lujo; no hay otra explicación. De hecho, más que una casa esto es una mansión. En el jardín hay más césped que en un campo de fútbol. Hay césped por todas partes. Hay piscina para adultos y piscina para seres de estatura inferior al metro. Hay una barbacoa y un horno bereber. Hay una puta pista de pádel allá, en la parte trasera de la casa. Hay un cobertizo de aspecto acogedor, muy rústico, donde probablemente los dos críos de los dueños habrían acabado practicando alguna clase de sexo si su padre no hubiera decidido levantar el mármol del suelo y perforar con un picahielos la canalización del gas en el mismo epicentro de la casa. Y encenderse un puro al cabo de unos minutos.

Así que lo que vamos a encontrar en cuanto atravesemos el hueco que queda donde antes estuvo la puerta acorazada de nogal y apliques de teca que el gordo ya está cargando en la camioneta es hollín en las paredes, persianas derretidas y camas infantiles convertidas en ataudes carbonizados. Cosas así. Piezas de la cubertería de plata proyectadas como dardos de lujo, clavadas de modo inverosímil en los azulejos de la cocina. La taza del váter, casi intacta, en la terraza del piso superior. Y seguro que cuando intentemos transportar entre los tres el gigantesco armario del salón se le abrirá una portezuela y caerán al suelo un par de álbumes fotográficos. O un souvenir traído de El Caribe. Hasta un par de cartas del banco. Cualquier cosa que demuestre que allí hubo vida antes de la muerte.

Y no sé los otros, pero yo me sentiré mal. Y no veré el momento de alejarme de allí. Desearé estar en casa. Estar Durmiendo en casa, en realidad, gracias al Orfidal y otras magias por el estilo. Porque sé que cuando llegue ante mi puerta, introduzca la llave en la cerradura, la gire y empuje, lo que se abrirá ante mí será algo parecido a lo que veo durante mi jornada laboral. Cosas abandonadas. Trastos viejos, rotos en medio de demasiado silencio y demasiada oscuridad. Cadáveres de cosas que dejé morir poco o poco y que luego ella abandonó aquí, en las paredes, en los cajones, en el buzón… en casa, al largarse.




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