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31
mar
12

Partiendo de la base

Partiendo de la base de que

A diario

Tienes que vértelas con

Hoteles para mascotas,

Concursos de belleza infantil,

Un arco iris político monocromático,

Las fauces del pitbull de tu vecino

A un palmo de tu entrepierna

En el ascensor,

La cola del supermercado,

La cola del DNI,

La del paro,

La del parking

Y la del carné de conducir,

Organismos internacionales

Ordenándote cómo vivir,

En qué gastar o no tu dinero,

Cada vez menos cabinas y

Cada vez menos buzones y

Cada vez menos perros callejeros

Y más mendigos en cajeros,

La correspondencia del banco,

El canal de telequiromancia

Que sintoniza la Sra. X al

Otro

Lado del tabique,

Esa gotera que vuelve a aflorar

Sobre la enésima capa de pintura,

Historias de amor

Muertas antes de nacer,

La nostalgia del futuro,

El remordimiento del pasado…

Es obvio que el mundo

Reúne méritos de sobra

Para la declaración de ruina.

Pero si te elevas un poco,

Solo un poco sobre la base

Y agudizas la vista

Encontrarás

PEQUEÑOS detalles,

Auténticos milagros

sucediendo entre el estiércol.

Una flor luminosa

En el alcorque de un

Naranjo borde,

Una jarra escarchada

Atrapando cerveza y luz solar,

La feliz lentitud de la respiración

Del gato tumbado al sol

En la azotea,

El final infinito

De un cuento de Carver,

Hierba recién cortada,

Dos caballos recortados

En negro contra las nubes del Sur,

Luces sin motivo en el cielo,

El amor contra pronóstico

En medio del estruendo de

Una cadena de montaje,

La luna metalizando

El agua de un mar tan tranquilo

Que parece de plata fundida.

Y luego el sol

Y otra vez la luna

Y de nuevo el sol.

20
dic
11

2011

El farmacéutico me miró de arriba a abajo. Suelen hacerlo cuando es la primera vez. Eché de menos a la señora de siempre. Era agradable. Vieja y regordeta y de aspecto bonachón. Inofensiva. Y se sabía mi nombre. En cambio el tipo que había ahora detrás del mostrador rezumaba la hostilidad habitual de casi todo el mundo. Parecía estar de mala hostia. El conflicto farmacéutico ocupaba telediarios y periódicos, pero la causa de la agresividad de ese tío era muy diferente. Inherente a su persona. Podía apreciarse en la forma en que movía las manos mientras me envolvía los antidepresivos. Soy bueno para ese tipo de análisis, aunque nadie se los tome en serio. Me pregunté si sería su hijo. El heredero del negocio familiar. El hijo de la amable gordinflona que me preguntaba qué tal me iban las cosas. Me pregunté si acaso ella habría muerto o estaría disfrutando de su jubilación a bordo de un crucero por el Caribe. Quise elegir la respuesta, pero no lo conseguí. El caso es que al final el tipo acabó de empaquetarme las pastillas y me dijo cuánto era mirándome a los ojos fijamente y con superioridad. No fue solo una sensación; le leí la mente. Lo juro. Pude leer literalmente el centro de su cerebro. Y lo que allí ponía eran cosas como Me das pena, qué suerte no ser yo el tarado, algo habrás hecho para estar así, eres un pobre pringado. Eso es lo que leí en el interior de su cabeza, textualmente pero sin tildes, detalle que me gustó porque demostraba que al menos para algo mi sesera está más preparada que la suya. Mi médico dice que eso es imposible, que nadie es capaz de saber lo que piensan los demás, que así no vamos bien, que tengo que dejar de imaginarme esas cosas. Me manda deberes semanales. Que pase toda la tarde en unos grandes almacenes, que me arriesgue a subir en el ascensor con el gilipollas del sexto. Luego tengo que escribirle la experiencia en un bloc de notas. Nunca le satisface mi redacción. Nunca supero la prueba. Es incapaz de entender que quiera evitar al del sexto precisamente porque es un cretino. Lo que mi médico quiere, por alguna razón incomprensible para mí, es que interactúe con él. Así que hace ya meses que me invento las historias. Supongo que no cuelan, porque el cabrón no me reduce ni un miligramo la dosis de química. Supongo, también, que cree que lo hace por mi bien. Sea como sea, eso no importa en este momento. Lo que estaba diciendo es que cuando salí de la farmacia con la caja envuelta en papel de estraza (siguen utilizándolo para determinados medicamentos) en la mano, se desencadenó la tragedia. Un autobús dobló la esquina a toda velocidad justo en el momento en que un perro salido de la nada invadía la calzada. Se oyó un quejido agudísimo, un par de viandantes volvieron la cabeza fugazmente y en un instante todo volvió a la normalidad. Yo en cambio, contra todo pronóstico (nunca me han gustado los animales), corrí hacia el perro como impulsado por un instinto animal. Se arrastraba penosamente buscando el refugio del bordillo. Cuando me acuclillé a su lado vi que tenía una pata rota, pero no dejaba de ser un milagro que aquella mole mecánica no lo hubiera matado. Miré en dirección al bus que se alejaba. El 11. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Imaginé al 12 embistiéndome sin previo aviso por la espalda, como acababa de hacer su predecesor. Había que largarse de allí. Así que cogí al perro en brazos y me puse en camino hacia el veterinario. El perro no apartaba la mirada de mis pupilas. No leí en su cerebro nada desagradable. Tan solo quince o veinte pasos después ya había decidido quedármelo.

06
dic
11

Reconstrucción

Estaba intentando escribir. Ayer por la tarde. No fluía y las horas caían. Me di por vencido. Fui a la estantería en busca de algo que leer. No había nada virgen, así que escogí lo más remoto. Cuentos de Jack London. Leí por encima unos cuantos. Intentaba dar con algo duro, algo fuerte. Y sí, había pasajes profundos. Pero pocos. El problema de siempre con Jack, en mi opinión: esa manía de explayarse más en el sufrimiento de los perros que tiran de trineo que en el del hombre que los flagela intentando huir del silencio blanco. En fin, después de veinte minutos decidí devolver el libro a su sitio. Pero, claro, los demás habían intentado ocupar su lugar y no había manera de encajarlo. También es posible que la estantería fuera vieja o de mala calidad. Ambas cosas, me temo. El caso es que empujé y empujé. Al final los listones laterales cedieron, y con ellos cada uno de los estantes. Mi pequeña colección se vino abajo, entre madera tronchada, serrín y clavos oxidados. Los libros quedaron desparramados entre mis pies. Pensé que debería barrer más a menudo mientras me invadía una tristeza lenta. Una especie de culpa. La sensación de que tendría que haber sabido que aquel momento llegaría. El momento del derrumbe. Dudé durante unos instantes. La alternativa era poner algo de música y tirarme en la cama con la esperanza de quedarme dormido el mayor número de horas posible, o reparar el desastre. Es decir, recoger los libros y meterlos en una de esas cajas de plástico, poliuretano o lo que sea en que normalmente se guarda la ropa de invierno en verano y viceversa. Al menos eso hago yo. Pero lo cierto es que me pareció un final lamentable para mi biblioteca. Me conozco, así que sabía muy bien que si guardaba los libros en esa caja y los deslizaba bajo la cama pasaría mucho tiempo hasta que volviera a sacarlos de allí. Opté por improvisar. Eran casi las ocho. Con suerte la carpintería de la esquina estaría abierta. Cogí una regla, tomé medidas apresuradamente y bajé a comprar madera y clavos. De vuelta en casa empecé a clavar tablones. También con prisa, casi con ansia, como si de la solución de ese accidente doméstico dependiera la solución de otras muchas cosas más importantes. Para mi asombro acabé el trabajo en menos de media hora. Colgué mi obra en la pared y me quedé un buen rato contemplándola. Podía sentir como algo muy parecido al orgullo se expandía dentro de mí. La estantería parecía resistente, parecía bien hecha. Aguantó sin problemas los libros que le puse encima. Sí, podía decirse que era un buen trabajo. Y oír mi propia voz diciendo sin titubear esas palabras me hizo sentir decididamente bien. Aproveché esa sensación para bajar a dar una vuelta. Tal vez reconciliarme con el mundo. Había oscurecido casi por completo. El cielo era de un intenso azul marino. Soplaba una fría brisa del este. La gente volvía a sus casas desde sus trabajos, desde los bares, los hospitales o después de pasarla Inspección Técnica de Vehículos. Y en sus caras no se observaba el menor atisbo de la satisfacción que yo sentía en ese momento. De modo que, claro, mi bienestar se prolongó un poco más. Solo un poco. Tal vez un par de minutos. Lo justo para dar la vuelta a la manzana y regresar a casa. En el ascensor, mirándome directamente a los ojos, esa fantástica sensación se diluyó con la misma rapidez con la que había surgido. Ya no quedaba ni rastro de ella cuando me senté ante el ordenador para intentar acabar la historia que había dejado atascada. Solamente su recuerdo. Y la esperanza de volver a experimentarla haciendo bien algo un poco más difícil que construir una estantería.

19
oct
11

Perplejidad

El luto mundial por la muerte de Steve Jobs. Que llamen debate al mismo toma y daca entre los dos candidatos de siempre. La sonrisa telefónica que finge desvivirse por mis problemas de conexión desde un call-center situado en Ecuador. El policía que me mira fijamente desde su coche patrulla cuando se detiene junto a mí en un semáforo. El panel electrónico de la parada del autobús, 3, 2, 1 minuto, brillantemente mentiroso. La exasperante lentitud de las escaleras de los centros comerciales. El e-mail de 50 líneas de un amigo contándome sus supuestos problemas y que solo dedica la mitad de la última a preguntarme cortésmente cómo estoy. La cruel inoportunidad de los sms’s de mi compañía telefónica. Los cementerios. Los cementerios para mascotas. Los gimnasios junto a soláriums junto a tiendas de complementos nutricionales o herbolarios. El hombre-anuncio al borde de la calzada frente a un Domino Pizza. El encargado que le dice al hombre-anuncio del Domino Pizza que se ponga unos metros por delante de la tienda para que los conductores tengan tiempo de detenerse. La devoción por el trabajo, cualquier trabajo. Los perros con jersey. La llamada de la casera molestándose en molestarme por un recibo de 15 euros. Los 40 canales de la TDT. Mis canas. El deterioro no solo físico de las mujeres a las que alguna vez quise. La cuesta abajo, en general. Las ONG’s creadas para salvar a sus miembros de sus propias vidas convenciéndoles de que viajando a Somalia y sonriendo en una foto junto a un niño han hecho mucho por el Cuerno de África. El jubilado que escupe una flema verde justo cuando se va a cruzar conmigo. Los tatuajes de caracteres japoneses en los brazos de proletarios mediterráneos. El griterío de las fans tras las vallas de los conciertos y los campos de fútbol. La repentina fiebre por las bicicletas. La fascinación de ciertos sectores de la intelligentsia por el cine camboyano. Cometer la temeridad de leer de madrugada el relato ganador del último concurso al que me presenté. Lo políticamente correcto. La razón absoluta de la mayoría. La autosatisfacción por su dominio del bricolaje del segundo marido de mi hermana, aún peor que el anterior. El idioma en que de repente hablan amigos que parecían eternos. La vital importancia del Ikea de Murcia. Las catas de vino y los cursos de cocina vegetariana. La equiparación a la baja. El todo vale. Los artistas becados que van de élite a mi costa. Tener que hacer el esfuerzo consciente de beber solo dos cervezas para no acabar bebiendo bastantes más de tres. Yo. Y morirme de repente con la sensación de no haber entendido nada. Supongo que por eso hoy he llamado perplejidad a lo que me producen todas esas cosas. Otro día lo llamaría asco. La mayoría de las veces simplemente pánico.

20
sep
11

Reflejos

Debe de estar bien.

El sol bautizando playas doradas y casas de madera con vallas blancas

al pie de los restos cristalinos de la marea nocturna.

Un poco más atrás praderas verdes de aromas flotantes.

Y luego, más adentro, mucho más, por encima de los árboles enrojecidos,

montañas tan perfectas como las que dibujaría un niño

y una carretera que discurre a lo largo de ellas,

oscurísima y reluciente por el rocío.

Supongo que es posible.

Yo lo veo llegar tumbado en una cama que no huele a nada,

los pliegues de las sábanas trazando mapas absurdos, falsos en mi piel.

Empieza como un tenue resplandor,

una luz cetrina que crece y crece

como una mancha líquida en el revés de la cortina.

Y enseguida una porción del disco se deja ver

durante dos o tres minutos

a través del hueco existente entre dos edificios lejanos.

En ese momento aproximadamente tres docenas de rayos

se cuelan por los respiraderos de la persiana llenando

la habitación de barrotes horizontales de fuego flotante,

y es entonces cuando en esta parte de esta parte del mundo

uno ya puede anunciar oficialmente que ha nacido un nuevo día.

Luego, a lo largo de la mañana y de la tarde, pasan algunas cosas.

Incluso aunque sea domingo.

Sony, por ejemplo. Parece estar enfermo. Lleva días

tirado

en la alfombra del salón.

Casi no come. No hay forma de sacarlo a la calle.

A eso de las 12:30 dice: Deberíamos llevarlo al veterinario.

Reprimo un bufido

y me agacho

junto al animal con verdadero interés

Por vez primera en todo el fin de semana.

Le levanto la cabeza. Me devuelve la mirada más triste del mundo.

Vale, le digo.

Conducimos en silencio por la ciudad semivacía, el perro

tendido

sobre la manta a cuadros que recubre el asiento de atrás.

Ni un ladrido,

ni un sonido. Quizá haya muerto.

Lo llevo en brazos cuando entramos en la clínica.

El hombre dice Buenos días y de pronto Sony resucita.

Levanta las orejas y salta al suelo agitando la cola.

Le lame la mano al doctor, si es que un veterinario lo es.

Aun así le pedimos que lo examine.

Todo está en orden. Este animal está fuerte como un roble, dice.

Nos cuesta un rato conseguir que el perro acceda a volver

Con nosotros.

Ladra y aúlla como un niño robado de los brazos de su madre,

o al revés.

En el coche vuelve a quedarse callado, abatido, medio muerto.

La cosa sigue igual en el ascensor, que sube lento y entre crujidos metálicos

hacia nuestro querido quinto piso.

No quiero hacerlo pero lo hago.

Miro los ojos del perro, miro los ojos de ella.

Cansancio, tedio, tristeza.

Y el espejo a mi izquierda, de cuerpo entero,

esperando el momento de devolverme la mirada.

09
ago
11

Como animales

La conocía desde hacía casi dos años. Nunca habíamos intimado gran cosa; unas cervezas un par de tardes aquel verano, poco más. Ese septiembre se volvió a Madrid. Y con el tiempo la luz con la que había irrumpido fue reduciéndose hasta el pálido resplandor de unos cuantos píxeles formando su nombre en mi lista de contactos de facebook. No era mi deseo, ni mucho menos, pero así suelen ocurrir las cosas. Con todo, reconozco que me resistía a dejar que su brillo, real o no, se extinguiera por completo.

Un brillo bastante anodino, por otra parte. Al menos para mí, quiero decir, para lo que yo esperaba de alguien a quien no sabes muy bien por qué, quizá simple necesidad de esperanza, incluyes en una categoría especial, por encima del tedio reinante. Me refiero, por ejemplo y la verdad es que fundamentalmente, a que todo lo que colgaba en su muro eran vídeos y artículos sobre mascotas abandonadas, maltratadas o asesinadas, si es que esto último es jurídica, semántica y moralmente posible. Cada día cinco o seis noticias nuevas sobre el mismo tema, idénticas a las del día anterior. Hoy Pluto necesitaba con urgencia nuestra ayuda: un cepo le había amputado la patita delantera derecha mientras jugaba en el campo; sus amos, literalmente unos desalmados hijos de puta, no se querían hacer cargo del pobre animal lisiado y lo habían dejado en no sé qué asociación protectora, pero sus amiguitos del refugio, cito de modo literal de nuevo, no lo estaban aceptando muy bien; era de vital importancia encontrar una buena persona que lo adoptara y le hiciera muchos mimitos, también literalmente. Ayer había sido Chispa. Mañana sería el turno de Rocky o Charlotte.

No exagero: cada noche escrutaba su muro en busca de algo que me sorprendiera, algo que me permitiera seguir pensando en ella como alguien capaz de inspirarme. Nunca encontraba nada no relacionado con la bondad del reino animal. Todo, siempre, giraba en torno a ese tipo de cosas. Puede decirse que su vida virtual la definía como una concienciada y concienzuda luchadora por los derechos de los animales. Toda una activista. El hecho de que más de una vez escribiera, al pie de la foto de un lince atropellado o de un buitre leonado colgando electrocutado de un cable de alta tensión, que le importaba más la vida de su gato Freeze que la de su vecino no dejaba lugar a dudas. Aun así, creo que ya he dicho que no sé a ciencia cierta por qué, yo la quería desde la primera vez que la vi. Y no se me pasaba.

Por eso de vez en cuando, sin ningún cargo de conciencia, le ponía el pulgar hacia arriba en cualquiera de esos vídeos que nunca me molestaba en abrir. Ella solía responder de inmediato con alguna proclama grandilocuente tipo Todos somos hijos de la gran Madre o El mar no tiene dueño; nada ni nadie puede conquistarlo. Lo que tú digas, pensaba yo, y ponía otro Me gusta a su comentario.

Un domingo de aburrimiento extremo como cualquier otro la vi online en el chat y decidí decirle hola. Tardó treinta y tres minutos en devolverme el saludo. Bueno, en realidad no me saludó. Dijo Perdona que haya tardado tanto, es que estaba llorando. De repente, como en una epifanía que me sentí obligado a aprovechar, me vino a la cabeza lo que había visto en las noticias de las tres. Supongo que has visto lo de la matanza de focas, le dije, jodidos canadienses. Acerté. Ella pareció recobrar fuerzas al otro lado de la conexión. Sí, dijo, habría que clavarles el piolet en la cabeza a esos cabrones. Esos animalitos no hacen daño a nadie; su único crimen es tener esa piel tan preciosa. Para entonces yo ya había abierto y consultaba una web sobre el tema. Quería parecer un experto. Así que le comenté que no solo les interesa el pelaje de las white coats, que también las evisceran para extraer su aceite y que a los machos les cortan el pene porque muchos asiáticos creen que tiene propiedades afrodisíacas. No me digas eso, por favor, dijo ella. La ventana del chat no reveló nada más durante unos cuantos minutos. Al fin me preguntó: ¿De verdad te interesa este tema? No quise mentir más de la cuenta. Opté por la ambigüedad. Sí, me interesan estos temas en cierto modo, me resulta desconcertante todo lo que se monta a su alrededor, aunque la verdad es que no es mi principal preocupación, le respondí. ¿Y cuál es tu principal preocupación? Inicié tres proyectos de respuesta diferentes. Pensé en hablarle del hambre, de la represión, de la guerra. Lugares comunes que nunca fallan cuando los expones ante personas de determinado perfil. Pero las tres veces borré lo que había empezado a escribir. El bienestar, sí, el bienestar general y particular, acabé diciéndole, y lo cierto es que pensé que no era del todo falso, sobre todo en lo que se refería a la última palabra.

Por la razón que fuera, le gustó lo que dije. Después de dos horas de charla sobre delfines, osos pardos, cóndores y demás me dio su dirección y su teléfono y me invitó a ir a pasar unos días con ella. Acepté. Los dos teníamos tiempo libre. Yo acababa de quedarme en el paro y ella tampoco tenía obligaciones y horarios que obedecer, no dio más detalles. Así que a las 07:00 del día siguiente subía a un auto-res. Dejé la mochila en el portaequipajes y me senté en el asiento 22, ventanilla. El 21 estaba ocupado por una mujer de edad indeterminable con obesidad mórbida que hacía un ruido parecido a un gruñido cada vez que respiraba. Hice todo lo posible por no pisarla. Cuando me hube sentado me dijo algo acerca de sus tobillos. Los miré. Parecían cualquier cosa menos dos tobillos. Luego le miré a la cara. Me vino a la mente un bloque de plastilina. Lo siento, le dije, y era cierto. Ella dibujó una sonrisa en el fondo de su gruesa dermis. Creo que se la devolví. Me caía bien. Todo lo bien que te puede caer una persona que viaja a tu lado en el bus. Quizá un poco mejor por aquello de que las personas estéticamente débiles suelen despertar la simpatía de las personas moralmente débiles. Aun así, me puse el mp-3 después de comprobar que el volumen no estuviera tan alto que pudiera oírlo el resto de pasajeros. Siempre me ha hecho sentir incómodo que la gente sepa lo que escucho, lo que leo, lo que pienso. Bueno, empecé a repasar mentalmente lo que había metido en mi bolsa. Tenía la sensación de que se me olvidaba algo. Cepillo de dientes, unas tijeritas para la barba, un ejemplar atrasado del National Geographic cuyo único fin era dotar de cierta profundidad a mi personaje, y ropa para un par de días. Llevaba todo lo necesario, sí, creía que sí. Pero escuchando el Windfall de Son Volt y observando el amanecer naranja sobre los campos de arroz al otro lado del cristal me pregunté si tal vez debería haber sido más previsor. Quizá mi visita se alargara más de lo planeado, por qué no. Supongo que lo que en realidad lamentaba era no haber sido capaz de ser más optimista. Supongo, a fin de cuentas, que no sabía qué pensar acerca de la invitación que me había hecho. Qué quería de mí, si aquello a fin de cuentas no acabaría siendo otra putada, etcétera. Por el rabillo del ojo vi que la mujer de mi izquierda sacaba una caja de bombones de un hueco imposible entre su vientre y su brazo. Me la tendió después de meterse en la boca el más grande de todos. No gracias, le dije. Volví a girarme hacia el mundo exterior y subí un poco el volumen, previsoramente, esta vez sí. Un escuadrón de trece patos ganaba altura en un cielo ya de un azul indudable. Me pareció bonito. Su aleteo sincronizado, sus destellos plateados cuando las alas formaban determinado ángulo. La magia duró lo que suele durar: un momento. Al instante pensé que con toda probabilidad esos trece cerebros diminutos sabían adónde se dirigían mucho mejor que yo. Y deseé quedarme dormido hasta llegar a Madrid. No lo logré.

Paramos en un pueblo de Cuenca, no recuerdo su nombre. En realidad paramos en un área de servicio. El diminuto pueblo al que pertenecía quedaba a lo lejos, en una especie de hondonada de polvo amarillento. Conté tres árboles en el paisaje, muy separados entre sí. La torre de la iglesia era lo único que destacaba en el conglomerado de edificaciones grises. Y ni siquiera tenía cigüeña. Mientras me acababa la coca-cola, protegiéndome la vista con la mano a modo de visera, pensé que lo único que podría justificar la supervivencia de aquel lugar tan feo y desolado sería que en él hubiera sucedido alguna de esas matanzas que se recogen en las crónicas de la España negra. Sangre derramada. Cuentas pendientes. Asuntos con los que sus habitantes pudieran obsesionarse, odiarse unos a otros, hacerse estúpidamente fuertes en su obstinación terrenal. Este es mi sitio, no el tuyo. Nada que no fuera eso explicaría que aquel pueblo triste permaneciera en los mapas. En la Tierra.

Me entraron ganas de mear. Mientras me dirigía a los lavabos vi que se me adelantaban tres hombres que viajaban en mi autobús. El más joven debía de tener unos sesenta. Cojeaba, pero era el que más rápido andaba de los tres. Dos rodales de sudor descendían desde sus sobacos hasta la mitad de los costados. Llevaba la camisa metida por dentro. Escupió sonoramente junto a la puerta justo antes de entrar. Uno de los que le seguían pisó el gargajo, creo que accidentalmente. El otro, calvo y con una gran verruga en el cogote, se bajó la cremallera justo antes de desaparecer al otro lado de la puerta. Decidí no mear con ellos. Decidí no mear donde ellos. Me metí entre dos autobuses y empecé a llenar de mí la botella de coca-cola. Mientras lo hacía vi una mancha de sangre y pelo en el neumático trasero derecho del que quedaba a mi izquierda. Un perro, supuse. Lo que quedaba de un perro idiota que nunca supo muy bien de dónde venía ni adónde iba, ni siquiera dónde estaba en el momento en que un monstruo de doce toneladas y matrícula rumana le pasaba por encima. La vida, sin duda, era muy rara. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Me sacudí las últimas gotas, puse el tapón a la botella y la dejé sobre el asfalto caliente.

De vuelta en el autobús volví a circundar a mi vecina de asiento y me dejé caer en el mío. De pronto me sentía cansado. Sudaba frío y me temblaban las manos. El temor de estar volviéndome loco me asaltaba otra vez después de muchos meses. Incluso había llegado a creer que lo tenía superado. La mujer me dijo que estaba pálido, me preguntó si me encontraba bien. Perfectamente, le dije. Me alegro, replicó, ¿un bombón? Pues sí, por qué no. La cara se le iluminó como solo se le ilumina al fanático de una secta cuando capta a un pobre pringado para su causa. Me alegró hacerla feliz. Seguí su recomendación y cogí el que tenía forma de corazón. Me lo metí de lleno en la boca. Sabía que también eso le alegraría. Un mejunje denso se derramó sobre mi lengua en cuanto lo mordí. No estaba ni bueno ni malo, así que intenté convencerme de que me gustaba. Hay quien dice que la sugestión es el camino hacia la felicidad, el bienestar, el éxito. Esa gente lo suele llamar confianza en uno mismo. Decidir que un dulce te gusta bien podría ser el primer paso para gustarse a uno mismo. Eso me dije antes de volver a encender el mp-3. Y, milagrosamente, debí de dormirme poco después, porque me despertó la mano de la gorda en mi hombro, sacudiéndome con más fuerza de la que incluso mirándole las muñecas cabría suponer, diciéndome que ya habíamos llegado. Reprimí un insulto. Conseguí decirle gracias. Ella me dijo que lo pasara bien.

Pásalo bien, pásalo bien, pásalo bien. No era un mal deseo, si es que era un deseo. Ni un mal consejo. Tampoco era un mal objetivo que marcarse. Lo repetía mentalmente  como un mantra mientras el taxi me llevaba a casa de mi amiga o lo que coño fuera. La muchedumbre de la estación de autobuses, tan vociferante, tan rápida y precisa en sus movimientos de aquí para allá, tan segura de la plataforma correcta, de su origen, su destino, su rumbo, me había desorientado hasta el punto de no verme capaz de coger el metro. Cuando el taxista empezó a mirarme a través del retrovisor me lamenté de mi decisión. Desconté cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero… el hombre se puso a hablar. En diez minutos hizo un itinerario perfecto conectando puntos tan heterogéneos como Cristiano Ronaldo, Zapatero, una casita a la orilla del mediterráneo, lo buena que estaba una guiri que esperaba la luz verde en un semáforo y el matrimonio homosexual. Creo que no dije una palabra en todo el trayecto. Lo que sí que hice fue vomitar el brandy del bombón y algunas cosas grumosas más sobre la alfombrilla de su Ford Focus. Un charco viscoso se formó entre mis pies. Tenía forma de corazón, perfecto, como lo dibujaría un niño pequeño que no supiera todavía que nada es perfecto. Lo toqué con el dedo para confirmar que aquella maravilla realmente había salido de mí. Y una punzada gélida me atravesó las costillas. El taxista me dijo que le pagara y me obligó a bajarme.

Por suerte o desgracia no faltaba mucho para la casa de mi amiga. Zigzagueé unos minutos por un entramado de calles estrechas. Aquel barrio se parecía mucho al casco antiguo de mi ciudad, donde yo vivía. Las mismas fincas destartaladas, las mismas putas viejas en las esquinas, los mismos geranios inútiles en los balcones corroídos, como una tirita en el muñón sanguinolento de alguien que acaba de perder su pierna. Todo allí se parecía demasiado a lo que llevaba toda la vida viendo. Y un agotamiento extremo se instaló en mis pulmones, en mis piernas, en el centro exacto de mi entrecejo. Me detuve a descansar en un banco de madera que había a la sombra de un árbol idéntico al que me resguardaba del sol las tardes de domingo vacías, muertas de mi ciudad. Entonces vi que estaba frente al final de mi viaje. Un azulejo agrietado azul marino con el número 45 en blanco coronaba el portal que había ante mí. Miré hacia arriba. La puerta 4 debía de ser la que correspondía a esa ventana del segundo piso. Las hojas pintadas de blanco, un molinillo de colores girando lentamente movido por la brisa, un par de helechos enormes. Y siete gatos asomando la cabeza a través de los barrotes de hierro negro, mirándome con sus ojos verdes, preciosos, inteligentes. Y dentro, lo supe claramente sin necesidad de verlo, siete pequeñas camas para ellos, latas de atún en todos los armarios de la cocina, y latas de sardinas, y hasta latas de caviar, y en la pared principal del salón la foto de dos por dos metros de una orca emergiendo majestuosa del mar o de un orangután de expresión sabia sentado en medio de la espesura. Y panfletos reivindicativos por todas partes, y una banderita de PETA, y una camiseta de ¿Nuclear? No gracias. Y un montón de cosas mucho más importantes olvidadas con la excusa de una causa tan noble. Y sobre todo yo ante su puerta probablemente roja, sobre la cara sonriente de una vaca impresa en su felpudo, concentrado en que mis ojos marrones le parecieran al menos la mitad de listos y bonitos que los de sus gatos cuando ella me abriera la puerta.

No llegué a llamar. Ni siquiera entré en su edificio. Me quedé un rato mirando a los gatos ahí arriba, sintiendo envidia y pena por ellos al mismo tiempo. Vivían mejor que cualquier gato, pero no sabían que eran gatos. Luego volví a la estación y cogí un bus de regreso. Al llegar a casa le dije hola a mi perro. Le llené el viejo cuenco de Dog Chow marca blanca de Mercadona. Pensé en llamar a la señora de al lado y decirle que no hacía falta que se encargara de mi perro estos días, que ya estaba en casa. Pero no me apetecía hablar con nadie. Mañana. Me eché en la cama vestido y respiré hondo con la vista clavada en el techo, intentando poner cosas en orden. Le di una discreta patada a Perro cuando intentó subirse a mi cama. Lo quería y lo quiero, pero al fin y al cabo solo es un perro. Luego me levanté y empecé a deshacer la maleta. Caí en la cuenta de que por la mañana se me había olvidado coger los condones. Y eso me hizo sentirme más listo que todos sus gatos juntos.

11
jun
11

Otra lección

Salí a pasear a mi perro y me encontré con él.

Resplandecía. Era una visión cegadora.

Las fachadas parecían aún más viejas a su lado. Casi a punto de derrumbarse.

Irradiaba una luz total que hacía palidecer

la pintura metalizada de los coches

y las manzanas verdes de esa frutería de ahí

y el mismísimo sol poniente

y el pelo teñido de las señoras que volvían de la compra

con el tedio hinchando sus ojeras.

Me dijo que todo le iba de maravilla. Que lo había conseguido.

Que había trabajado mucho y se lo merecía. Que si te esfuerzas acabas lográndolo.

Que soñaba con esto desde niño. Que los deseos se cumplen.

Que la gente que antes le negaba el saludo ahora le invitaba a copas carísimas.

Que al fin había triunfado y que solo

me lo iba a decir

una vez:

todo está

en tus manos.

Mi perro flexionó las patas traseras y se quedó ahí,

mirándolo hipnotizado.

Casi escuchando. Ni siquiera movía el rabo.

Yo le contesté Gracias, tío, lo tendré en cuenta.

Y desvié la vista hacia el hombre de la esquina

tumbado entre cartones y periódicos.

Incluso a veinte metros de distancia se podía percibir su olor

a vino barato

y calcetines apelmazados

y costras de roña y tristeza incrustadas en las ingles.

Un olor que me llegaba

con la misma potencia

que el resplandor dorado que emitía el éxito de mi amigo.

Un hedor que seguro no tenía nada que ver

con el perfume que una vez había envuelto sus sueños infantiles.

Y me pregunté por qué había de suponerse que aquel hombre no había luchado

lo bastante fuerte,

lo bastante duro,

lo bastante bien por ser feliz.

Noté cómo la pena empezaba a expandirse dentro de mí,

así que me despedí apresuradamente

de mi amigo

y de su radiación tóxica

y eché a andar hacia cualquier parte.

Cuando escuché a mi espalda las pisadas esponjosas de mi perro,

me sentí

un poco

mejor.

21
may
11

Jornada de reflexión

El sol cae a plomo. El aire quema un poco más de lo que debería. Por aquí primavera = verano. Ni siquiera las estaciones lo tienen claro; incluso el clima se confunde. Pero tampoco eso me ayuda a sentirme menos imbécil.

Mejor dejarlo estar.

Me pongo en modo Consumo Mínimo: ando despacio, respiro lo menos posible y dejo que mis pensamientos jugueteen por su cuenta. Perros torpes que husmean y husmean y nunca dan con el hueso.

Mejor pasar.

Un traqueteo creciente se me acerca por la espalda. Dos chavales me adelantan en monopatín y el tracatrac a ras de pavimento cambia de frecuencia. Efecto Doppler bajo la luz cegadora de las 4 p.m. cuando me sueltan Aparta, coño y los veo alejarse hacia un futuro en el que trabajarán para pagarme el subsidio. Soy incapaz de determinar su edad, y eso me hace demasiado consciente de la mía: me estoy haciendo viejo.

Mejor no pensarlo más de la cuenta.

Por el asfalto pasa un coche vertiendo al tiempo y al espacio decibelios y decibelios de reguetón. El conductor parece orgulloso de ello. Me pregunto si los 4.000 millones de años de historia del planeta se merecen esto. Y me cuesta encontrar una respuesta políticamente correcta. Lo mismo me ocurre cuando un momento después lo que pasa es una furgoneta adornada con banderas, megáfonos y una docena de fotos pegadas a las ventanillas y a la chapa. El busto en dos dimensiones del candidato. Se ha quitado la corbata para el posado pero sigue teniendo esa cara, ese aspecto. Inofensivo, anodino. El prototipo de vecino con el que podrías subir en ascensor cinco, diez, mil pisos sin sentir la menor necesidad de decir nada. Un aire muy cercano a la estupidez. Y sin embargo las encuestas dicen que será el jefe otros cuatro años más. No entiendo nada. Y sé que por mucho que piense voy a seguir sin comprender.

Mejor no reflexionar.

En el siguiente semáforo un anciano escuálido se deshidrata mientras aprovecha los treinta segundos de disco rojo para pedir una moneda a los conductores que miran hacia otro lado desde el interior de la nube fresca de sus aires acondicionados. En la acera de enfrente la pared lateral de un kiosco congela la amplia sonrisa del líder da la oposición. Mira el mundo desde la misma lejanía que todos los de su especie. En sus pupilas satinadas hay más de lo mismo: una nada absoluta que le reportará cientos de miles de votos.

Mejor no pensar en ello.

Además, hoy es la última jornada dela Liga. Unos pocos millonarios se darán patadas para evitar el descenso y millones de parados se irán a dormir felices o desgraciados en función de los goles que marque su equipo. Y seguramente esa alegría o esa tristeza, ese mal ganar o ese mal perder serán lo que determine su voto mañana.

Y antes de darnos cuenta se desmantelarán las acampadas y todos nos despertaremos soñando con conseguir a buen precio y sin encadenarnos más de treinta años nuestra propia burbuja de ladrillo.

09
mar
11

Rumbo a casa

Rondas los cuarenta. Pero eso podría ser más o menos llevadero. Lo que realmente te jode es que jamás pensaste que tu barriga pudiera acercarse tantotantotanto al volante de tu monovolumen. Más que el puto atasco de todas las tardes… Más que tu trabajo de mierda, que tu coche de mierda, que tu hipoteca de mierda… Mucho más que haberte convertido en una de esas personas normales con vidas aparentemente tranquilas, el principal motivo de tu mala hostia es esa barriga que te desborda el cinturón y hace que el polo PdH parezca relleno de gelatina. Es normal que así sea: se debe a que siempre viaja contigo y a que lo natural es odiar lo más cercano. Y ese pedazo de carne colgante que no puedes quitarte de encima es lo más cercano que tienes. Eres tú.

Por eso en lugar de aporrear el salpicadero quizá deberías probar a castigarte el estómago. Puede que en vez de maldecirla por haber dicho sin preguntarte que este fin de semana iréis a esa parrillada en el chalé de su hermana debieras preguntarte por el verdadero origen de toda esta mierda. Pero al fin y al cabo ella es como tu barriga: siempre está ahí, no hay manera de hacerla desaparecer. Ella también, a fin de cuentas, forma ya parte de ti. Solo que tiene una voz más fina, huele algo mejor y en ocasiones incluso se mueve autónomamente. Pero no este domingo. El próximo domingo será tu quinta extremidad. O tú serás la suya, qué importa. El caso es que este domingo no podrás quedarte en la cama hasta que te dé la gana y luego bajar a tomarte un par de cervezas al bar de la esquina y hablar un rato de fútbol. En lugar de eso pasarás el día tragando de mala gana los chorizos típicos del pueblo de tus cuñados. Él se te acercará en un momento dado y te llevará al garaje para que veas su nuevo coche. Y justo después te preguntará qué tal te va en el trabajo y escurrirás el bulto a sabiendas de que hace ya mucho tiempo que se nota demasiado que lo haces. Entonces buscarás un poco de paz echándote en una de esas tumbonas de mimbre que tantotantotanto le gustan a tu mujer. Y antes de fingir que te has quedado dormido abrirás una cerveza helada de importación que habrás cogido del supercongelador que tienen en la cocina. Pero será oírse el sshupps y materializarse tu mujer a tu lado, que se reclinará hasta poner los labios a la altura de tu oreja y te dirá bajito pero no lo bastante bajito que no te pases con la bebida. Y luego te dará una palmadita en la barriga. Esa barriga pesada como un ancla que te mantiene varado en un sitio al que no recuerdas haber querido llegar nunca.

Como este puto atasco de todas las tardes. Además hoy el tráfico avanza aún más lento que de costumbre. Más tiempo del habitual para mirar a tu alrededor por mucho que no quieras. Qué otra cosa se puede hacer en un embotellamiento. Oír la radio y mirar por la ventanilla. Toda esa gente. Cientos de situaciones calcadas a la tuya. Mínimas variaciones de una misma realidad. Lo sabes. Observas los ceños fruncidos y las mandíbulas apretadas, y lo sabes. Por eso te da igual lo que piensen al verte lanzar el móvil contra el salpicadero. Seguro que todos ellos han hecho, están haciendo o van a hacer en lo que queda de día una llamada similar. Una llamada para desahogarse un poco. Una llamada injusta, sí, pero necesaria. Lo malo es que ella no te coge el teléfono. Te la imaginas en la peluquería, leyendo esas revistas de mierda y criticándote con la peluquera. Entonces a través de los cristales de los coches de delante aparecen unos resplandores naranjas y azules. Se reflejan en los techos metalizados y en los guardarraíles que te señalan el buen camino. Bajas la ventanilla y te llega el sonido de sirenas y los pitos de los agentes de tráfico. Algún imbécil se ha comido al de delante. Al poco la marabunta rodante empieza a hacerse a la izquierda de la calzada. Te ves arrastrado por la corriente y sientes que así ha sido y será siempre. Y unos metros más allá empiezas a vislumbrar el escenario de lo que ha pasado. Un volkswagen  rojo empotrado contra el culo de un trailer. Se lo ha comido pero bien. La mitad delantera del coche ha desaparecido bajo el container. Eso o se ha replegado hasta no ocupar más que unos cuantos centímetros. Un Volkwagen rojo y viejo. Matrícula 9?2? CV. Y ese tapacubos tirado en medio de la calzada como un diminuto ovni siniestro. Totalmente manchado de grasa y aceite, pero estás seguro de que idéntico a los que hace trece años fuisteis a comprar juntos para darle un toque más moderno al Polo que os acababais de comprar. Y a través del hueco informe que se abre donde debía estar la puerta trasera izquierda el trasnochado tapizado de pata de gallo, desgarrado, la espuma color crema asomando aquí y allí. Exactamente igual que quedó la última vez que fuisteis a una de esas jodidas barbacoas familiares y el perro de tu cuñado se dedicó a entrenar sus mandíbulas en él.

No sientes ganas de vomitar. No tienes ganas de llorar. No sabes lo que sientes. Tal vez la aterradora sospecha de que todo el dolor, la angustia, la tristeza y la frustración de los que tanto te quejas no son nada comparado con lo que te espera en cuanto apagues el contacto, abras la puerta y te abras paso entre el tráfico hacia la tumba de tu mujer. Absurdamente te planteas qué le vas a decir al primer poli que te salga el paso. ¿La que está ahí es mi mujer, agente, como en las películas malas?

Estás abriendo la puerta cuando te suena el móvil. En la pantalla pone que es ella pero no puede ser. Lo coges y su voz te dice Cariño pero no puede ser su voz. Entonces te dice:

-Oye, acuérdate de revisar el agua y el aceite, que ya sabes que el domingo nos vamos a casa de mi hermana.

-No te preocupes –contestas con una voz que es como si oyeras desde fuera, como si fuera de otro.

-Bueno, te dejo, que me van a poner las mechas.

Y cuelga. Y cuelgas. Y notas una humedad creciente en la barriga. Miras hacia abajo y, como en un plano cenital, ves caer tus propias lágrimas sobre el polo que te pones los viernes para ir a trabajar. También ellas te parecen las de algún otro. Al fin y al cabo estás llorando, y no sabes muy bien por qué. 

31
ene
11

En potencia

Creedme: lo del coche no es ninguna tontería.

Verlo brillar justo ahí y no saber si irse en él a cualquier parte o quedarse contemplándolo. Transformarlo en realidad o limitarse a cuidarlo. Conservarlo intacto, perfecto. Acariciarlo como se acaricia la potencialidad de las posibilidades. Tal vez encerarlo los domingos por la mañana aquí mismo, en la gasolinera, mientras decenas de familias paran a repostar combustible para seguir con sus vidas con ciertas garantías de progreso.

Así que apuro el cigarrillo y me planteo todo esto mientras los rodillos arrastran poco a poco mi coche hacia el sol pálido del invierno. Un perro sin collar se acerca con desgana trotona al surtidor número 3. Olisquea algo en su base. Por un momento se diría que va a levantar la pata pero no lo hace. Lo que levanta es la cabeza para mirar en dirección a mí. Puede que un perro me viniera bien. Calor animal. Pero enseguida comprendo que incluso sus ojos estúpidos me traspasan, que en realidad solo observan algo a mi espalda. Tengo la tentación de girarme, pero me contengo. Aguanto la mirada del perro con la esperanza de que me dedique algún gesto de reconocimiento, aunque sea de simple curiosidad. Entonces sacude el lomo y prosigue su camino hacia la nada con la misma indolencia con la que llegó. Y yo no hago otra cosa que seguir su escualidez con la mirada mientras me hundo más y más en mis dudas.

Por eso es posible que no caiga en la cuenta de la existencia de ese tipo hasta su quinto o sexto bocinazo. Asomado por la ventanilla de un todoterreno rojo hace gestos apremiantes con su rechoncho brazo izquierdo desde el otro extremo del túnel de lavado. Tardo unos segundos en percatarme de que van dirigidos a mí. Los segundos necesarios para darle la última calada al cigarro y para que el hombre decida bajarse del coche, dar unos pasos hacia mí y soltarme ¿Qué cojones haces? Muévelo de una puta vez. Observar que lleva el botón de los vaqueros desabrochado me llena de una repentina desolación. Y el hecho de que el triángulo de carne que queda a la vista entre sus pantalones y el primer botón de la camisa me recuerde a la textura rugosa y peluda de las cortezas de cerdo no ayuda precisamente a que me sienta mejor. Acércate más, pienso. Atrévete, atrévete, atrévete, me repito, y muevo los dedos dentro de mi bolsillo en busca de la llave más afilada. Quiero que desaparezca de mi vista. Le deseo la muerte. Como si fuera lo más natural del mundo, tal vez lo sea, deseo matarlo o al menos que se desplome ahí mismo. Que todo el colesterol de su cuerpo porcino se vuelva de pronto más inteligente y decida acumularse en el mismo punto de su sistema arterial.

Pero como el ritmo y la gravedad y todo lo aprendido empujan y empujan, en lugar de prolongar el desafío a ver si hay suerte la lógica se impone como en un fogonazo del inconsciente y casi sin darme cuenta me subo a mi Ibiza y arranco procurando no pensar demasiado en lo difícil que es elegir, por no hablar de elegir y acertar. De modo que meto primera deseando que esta vez la prisa y la corriente me lleven por el buen camino. Al fin y al cabo, supongo que lo recordaréis, me he tomado el día libre y dispongo de unas cuantas horas más de lo normal para equivocarme, rectificar y volver a fallar.

 

Que trabajar es una mierda lo sabe todo el mundo. Está claro que de vez en cuando tienes que tratar con gente que te dice que trabajar es necesario para mantenerte dentro del perímetro aceptado como natural y seguro por eso que llaman sociedad. Incluso hay quien emplea palabras como positivo, enriquecedor, digno o ennoblecedor para referirse a la jodienda de trabajar. Normalmente se trata de personas que han conseguido ser ese uno entre un millón que por alguna razón incomprensible siempre ha tenido muy claro su plan vital, y que además han conseguido ser ese uno entre mil millones que han alcanzado lo que siempre han deseado alcanzar en el terreno laboral. En la vida, por resumirlo. Pero, bueno, esa selecta minoría me la trae bastante floja. Por lo general se trata de profesionales liberales sin remordimientos a la hora de dar codazos en los dientes a cualquiera que se atreva a rivalizar con ellos en su carrera profesional o bien ejemplares de esa especie hedionda autodenominada El/La Artista que consideran que pintar un cuadro puede cambiar el mundo, y encima esperan que la humanidad entera se lo agradezca. En fin, gente que no sabe lo que es la vida real.

 

Pero, bueno, esto de empezar un extraño día libre lavando el coche por primera vez en años me ha despertado imágenes casi olvidadas. También es posible que haya lavado el coche porque por las noches me sobrevienen determinadas visiones, pero eso sería asunto del loquero al que nunca volveré. Sea como sea, tengo un buen recuerdo relacionado con un túnel de lavado. Unos diez años. Mi padre, mi hermano y yo dentro de un Opel Corsa atravesando despacio el torbellino azul y amarillo. Los tres callados mirando a través del cristal más próximo. Cada uno dedicado a sí mismo y a la vez a los demás. Un instante de comunicación no verbal al cubo. Como dentro de una burbuja de jabón industrial, espuma y colores giratorios, lejos de la tensión y los gritos y cosas por el estilo, imaginad lo que os dé la gana. En fin, un lugar seguro y tranquilo. Un oasis momentáneo. Un minuto de serenidad. Hasta el ruido de las cerdas al golpear la chapa me viene a la mente como algo agradable, acogedor.

Y quizá por eso me pongo a pensar en mi padre.

 

Después de aquel túnel de lavado las cosas siguieron su curso habitual durante demasiados años y con muy pocas burbujas en las que esconderse. Quiero decir que el paso del tiempo fue acentuado hasta la ruina el deterioro de lo importante, y lo cierto es que cuando se dio la situación de que la empresa donde trabajaba mi padre se fue a pique no le dediqué la menor preocupación a la nueva realidad. Obra del distanciamiento, imagino. Pero el caso es que mi padre tuvo que buscar soluciones y desde hace un par de años trabaja de camarero en un hotel de lujo de lunes a viernes en un pueblo costero que hay doscientos kilómetros hacia el sur. Justo hacia donde me doy cuenta de que estoy dirigiéndome. Nunca he ido a verlo desde que está allí. Me limito a comer con él los sábados en eso que llaman “casa de mis padres”, aceptar sin excepción, por supuesto, el dinero que me ofrece cuando mi madre no ronda cerca, y luego sin siquiera tomar el café desaparezco del mapa hasta la semana siguiente. Y así las cosas van más o menos bien. Ni tan solo le llamo por teléfono. Y ahora, mientras conduzco hacia el sur, esa certeza empieza a hacerme sentir mal. Eso de preferir sin excepción gastar mis últimos céntimos de saldo en llamar a alguna de esas que no me importan para ver si tomamos unas cervezas y acabamos follando en lugar de marcar el número de mi padre y preguntarle cómo está. Joder… Creo que la explicación reside en el miedo a los silencios. Y en el miedo a las palabras. Él acabaría la conversación mandándome un beso, un abrazo, lo que fuera, y no sé si sabría devolvérselo.

 

Me pongo nervioso y paro en un área de servicio. La cafetería está llena de gente. Me resulta raro. Un lunes a media mañana y tanta gente en movimiento. Tomándose un descanso con café y bollos, sí, pero en movimiento. Me siento en un taburete y le digo a la camarera que me ponga un orujo de hierbas con la esperanza de que un control de carreteras e impida llegar a mi destino. La tipa no me oye o finge no oírme. Probablemente esto último porque está escribiendo un sms de espaldas a la ventanita en la pared por la que con una frecuencia tiránica se asoma el cocinero, también jefe a juzgar por el modo en el que mira el bar. Está bastante bien. Me refiero a la chica, claro. Así que decido tocarle un poco los cojones. Levanto la voz de manera considerable y repito mi pedido. Ella gira un poco el cuello y me dedica una cara de perdonavidas. Pero al instante se le ablanda el gesto y viene directa hacia mí con la que a lo mejor es la mejor de sus sonrisas. Me asusto un poco, me yergo en el taburete. Me dice:

-¿Nos conocemos de algo?

-Creo que no.

-Sí, sí… Yo a ti te conozco.

Otra loca, pienso. Digo:

-Seguro que no. El orujo, por favor.

-Tú eres amigo de Equis.

Sí, lo era. Le digo:

-No conozco a ningún Equis. El orujo.

-¡Claro que sí! Una noche hará cosa de un año en no sé dónde. Tu colega se lió con mi amiga Jeni y tú al final pasaste de mí.

Ya caigo. Le digo:

-Oye, por favor, ya te he dicho que no nos conocemos, y tengo prisa.

Entonces la chica se inclina un poco sobre la barra. Sujetador rojo. Más que previsible teniendo en cuenta su rubio de bote. Se acerca más y más, baja el tono y con una sonrisa que ya no es la mejor que tiene sino otra muy diferente me dice:

-Pues cuando quieras acabamos lo que empezamos.

Vale, no tengo explicación racional para lo que grito a continuación:

-Mi orujo, cojones. Mi orujo o te juro que monto tal follón que te echan a la puta calle ahora mismo, zorra.

 

Como supongo que es natural, soy yo el que está al sol del área de servicio diez segundos después. Pensando en todo lo que ocurre y se escapa de mi control a lo largo de cualquier día. A lo largo de mi vida. Y mientras contemplo los camiones estacionados y las colillas en el suelo y ese autobús escolar que vete a saber adónde lleva de excursión a niños que quizá no estén vivos mañana, comprendo que da igual. Que está bien que las cosas se compliquen, se frustren, que nunca lleguen a materializarse de modo tan perfecto como en la cabeza. Mejor salir de aquí con la idea de que podría haberme follado a la camarera en el almacén o en el lavabo o entre esos pinos grises de ahí, antes que haberlo hecho. Mejor pillar el cambio de sentido y conducir de vuelta a casa con la sensación de que mi padre seguirá haciendo gala de su mala hostia entre los ricachones a los que sirve que llegar al hotel y verlo de aquí para allá con una bandeja en la mano y dándole las gracias por nada a todo cristo. Pese a lo que diga Carlito Brigante, mejor seguir pensando que por mucho tiempo que pase, la gente no pierde fuerza. Y que vas a tener que quererla como es. Aunque nunca se lo digas.




new!!

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