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09
jul
10

Especies en extinción

Casi dos años después vuelvo a ver todos esos pájaros en el árbol de cerca de mi trabajo. No sé si alguien se acuerda. Yo sí. Recuerdo que entonces era invierno porque las ramas estaban peladas y eran de color ceniza. Esta vez me ha resultado más difícil verlos entre las hojas verdes. De hecho los he descubierto por pura casualidad. Al pasar debajo del árbol he pensado que no sería extraño que me cayera una cagada. Y claro, no he podido evitar mirar hacia arriba. Ahí estaban: treinta o cuarenta loros pequeños o periquitos enormes camuflados a la perfección en las entrañas de un modesto ejemplo de vegetación urbana, como boinas verdes en una operación secreta. Distribuidos en formación casi militar. En silencio absoluto. Con los ojos muy abiertos y muy redondos y muy negros, mirándome desde su trono vegetal. Había algo inquietante en su actitud. No en plan Hitchcock ni nada por el estilo. Quiero decir que en ningún momento he temido ser despellejado a picotazos. Más bien me ha parecido que la oscura liquidez de sus miradas escondía una sabiduría con la que me era imposible competir. En fin, no sé si es que los encargados del zoo les dejan darse una vuelta por la ciudad una vez al año si se portan bien y se comen todo el alpiste. O tal vez estuvieran de paso, en plena migración. Eso espero, pero no tengo muy claro si los loros, cotorras o lo que sea están capacitados para cruzar países enteros en busca de mejor clima. Lo más probable es que se hayan escapado del aviario privado de cualquier rico y estén escondiéndose de algún gato callejero, me he dicho. Le he preguntado su opinión a una anciana que se ha puesto a mirarlos conmigo pero desde el lado opuesto del árbol. O estaba sorda o no ha considerado necesario contestarme. Se ha quedado un rato ahí, con la cabeza levantada de forma que acentuaba la escasez de carne y músculo de su garganta. Todo era piel arrugada y tendones nudosos. Luego ha levantado los brazos en dirección a las ramas y los ha agitado de un modo grotesco. Me ha alegrado observar que ni uno de los pájaros agitaba una sola pluma. Aunque sólo sea por eso ha valido la pena ser amonestado por llegar dos minutos tarde a la oficina.

 

 

La décimo tercera llamada que atiendo ilumina mi jornada como si el mismísimo Dios se hubiera puesto en contacto conmigo. Al principio me parece tan vulgar como las demás: un hombre con voz apurada solicita hablar con mi jefe para ver si pueden llegar a un acuerdo. Igual que el resto, le debe pasta al banco para el que trabajamos. Por su acento deduzco que debe de ser de origen africano. Me imagino un amanecer azul y frío y a un negro transportando a otros negros a los campos de naranjas en una furgoneta Nissan Trade de segunda mano para cuya compra el hombre que ahora me llama se embarcó en un crédito. Seguramente un crédito más que asequible si no fuera por el hecho de que cada día le pagan un poco menos por cada kilo que recoge. Y si no fuera también por el hecho de que su mujer Fátima ya va por el tercer bombo.

He adquirido el hábito de crearle una biografía a todo el que llama para sobrellevar un poco mejor el tedio y el asco que me produce este sitio. Así consigo, además, empatizar ligeramente con mi interlocutor de turno, no colgarle el teléfono, tratarle casi como a un ser humano.

Siguiendo el protocolo de la empresa lo primero que hago es pedirle que me dé su número de teléfono. Nos lo explicaron muy bien en el curso de formación: se trata de tenerlos localizados por si se corta la llamada o por si en el último momento el tío se lo piensa mejor y decide que aún no ha llegado la hora de pagar a los cabrones del banco. El caso es que me lo da. Entonces le pregunto su nombre.

-Jackson Ojo Divine.

Eso es lo que entiendo, pero sin duda debe tratarse de un error.

-Perdón, ¿ha dicho Ojo Divine?

-Sí.

-Pero… ¿Ojo de ojo y Divine de… divine?

-Eso es.

Y empieza a deletreármelo como buenamente puede. Le dejo llegar hasta la e sin salir de mi asombro. Qué nombre más de puta madre. Luego le digo:

-Oiga, ¿sabe qué? No se preocupe demasiado por el préstamo. Voy a tocar un par de teclas del ordenador y los de recobros no le molestarán hasta dentro de unos seis meses.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Supongo que el hombre está tentado de colgar y quitarse por un tiempo el problema de la mente. Pero algo le hace desconfiar y me dice si puedo mandarle por escrito lo que acabo de comentarle.

-Naturalmente, Sr. Ojo Divine.

Me lo agradece varias veces y me da un número de fax. Es de un locutorio, me dice.

Cojo uno de los formularios, lo relleno con sus datos y escribo: “Conforme a la conversación telefónica mantenida con usted en el día de la fecha, su deuda queda aplazada por 6 meses, sin intereses a su cargo, debido a la concurrencia de las circunstancias previstas en el epígrafe J3 del Reglamento de Gestión Interna de esta entidad”. Y añado: “No se preocupe, Sr. Ojo, es lo menos que puedo hacer: con o sin razón ahora mismo en mi cerebro Dios es negro y tiene deudas con los bancos. Teniendo en cuenta que yo soy un simple mortal, no me va tan mal”.

 

 

Y es que a veces está bien dejarse arrastrar por un arrebato de fe en lo sobrenatural. Porque como dijo algún sabio menos sabio que el gran Giro, quien tiene esta frase como mandamiento vital en su facebook: “Hay dos maneras de ser feliz en este mundo: una es ser idiota y la otra es hacérselo”. Así que no tiene nada de malo entrar en trance místico, reprimir todo instinto violento y fingir normalidad, educación y hasta estúpida simpatía cuando el de todas las mañanas entra por la puerta del bar y se toma la libertad de saludarme con una palmada en la espalda mientras se sienta en el taburete de al lado. Podría optar por ponerme de mala leche. Al fin y al cabo este lapso entre las 8:45 y las 8:55 es el último del que voy a poder disfrutar a mis anchas desde que entre al trabajo hasta que salga. Me gustaría dedicarlo a leer la sección de sucesos del periódico o rebuscar entre las páginas a la caza de alguna columna políticamente incorrecta. Podría incluso contar los boquerones que hay en esa bandeja del expositor. Podría y seguramente debería hacer cualquier cosa que me sirviera para reunir las fuerzas con las que afrontar lo que me espera o incluso cualquier cosa que me sirviera para olvidarme de la necesidad de reunir esas fuerzas. Pedir un orujo de hierbas. Hablar del Mundial con el dueño del local. Ese Ozil es un fenómeno, qué malos son los árbitros, que la chupe Maradona. Debatir conmigo mismo si la camarera sigue en la treintena o está aún un poco más lejos de ese momento de su vida en que debió de ser una chica realmente guapa. Pero en lugar de eso dejo que mi vecino de banqueta sienta que monopoliza mi atención. Hace tiempo me dijo que es limpiador en el colegio de la esquina y que todos los días acaba con la cabeza “hecha un bombo por los chiquillos”. En realidad me lo dice todos los días, y hoy también. Quizá por eso me parece un dato indudable y atemporal que no me siento capaz de valorar positiva o negativamente. Porque aunque los chiquillos le abomben la cabeza es obvio que es feliz con su trabajo. Es más: es obvio que es una persona feliz. Con sus camisetas falsificadas de Mickey Mouse y sus pantalones cortos, con sus canas de cuarentón y su reloj de plástico del Valencia C.F., con sus constantes referencias a unos sobrinos que jamás conoceré, con su cociente borderline, con esos toquecitos que me da en el codo para que le haga caso cuando ya no puedo más y vuelvo la vista hacia la calle para saber que sigo vivo. Con todo eso, es feliz. Se nota en su espléndida sonrisa y en la manera sin complejos ni prejuicios en que saluda a la gente que no conoce de nada. Y aún lo es más si le miro a los ojos cuando me habla con pasión de la vomitona de bollycao que tuvo que limpiar ayer en los servicios de quinto de primaria. Y supongo que yo también.

 

 

Nada que ver con el otro día. Cogí la bici y me puse a pedalear. Acabé en ese parque enorme en el que desembocan todas las calles de esta ciudad. Más que un parque es una gran franja de gravilla y polvo con algún que otro árbol raquítico sobreviviendo a duras penas aquí y allá. Un paisaje ideal para morir de un golpe de calor y tener tu minuto de gloria en el telediario de las 3 de la tarde, el que ven los veraneantes mientras comen ensaladilla con los pies aún llenos de arena. Pero como estaba vegetando en casa haciéndome preguntas cuya respuesta no me apetecía confirmar, sudando como un cerdo por eso y por los 35 grados que marcaba el termómetro de la pared que algún inquilino anterior se dejó en casa y sopesando la posibilidad de cerrar las ventanas, abrir el gas y hacerlo de una puta vez, decidí coger la BH oxidada y darle cierto sentido a mi transpiración y a mis fantasías suicidas. Eran las cinco de la tarde y ahí estaba yo, inclinado sobre el manillar incandescente y dándole a los pedales como si no hubiera mañana. El sol me machacaba los riñones con golpes casi físicos, con toda la fuerza con la que caen las cosas desde ciento cincuenta millones de kilómetros de altura. Pero seguí y seguí pedaleando. El sudor cayéndome a chorros por la cara y por los brazos y la sal formando rodales crecientes en las sobaqueras de mi camiseta negra. Hubo un instante infinitesimal en que sentí que la sangre se obstruía en mi carótida como si dudara entre seguir oxigenándome el cerebro o hacerlo fosfatina con un coágulo justo y necesario. Elevé a los cielos una breve pero creo que bastante conmovedora plegaria para que la naturaleza y las teorías evolutivas y de adaptación al medio y hasta el mismísimo San Darwin decidieran con total libertad sobre mi supervivencia y enseguida volví a notar el flujo acelerado pero constante palpitando en mis sienes. Cosa que me desconcertó hasta tal punto que me costó unos cuantos segundos percatarme de la presencia junto a mí de otro ciclista que me miraba y sonreía enseñando unos dientes simiescos entre los que destacaba por méritos propios el colmillo izquierdo, anormalmente mayor que los demás y afilado como la uña de un guitarrista gitano.

-Te echo una carrera –dijo.

De repente me retrotraje en el tiempo unas dos décadas, lo necesario para ubicarme en la última ocasión en que alguien me había dicho esa frase. El retador de mi recuerdo era un conocido del barrio con el que durante mi infancia y adolescencia cultivé una animadversión sin sentido en la que no había vuelto a pensar hasta este momento. Ni siquiera el día que me enteré de que se había decapitado contra un guardarraíl en un accidente de moto le dediqué otro pensamiento que el indispensable para procesar esa información y olvidarla de inmediato. En cambio ahora el desafío del desconocido resucitaba con todo lujo de detalles la derrota que de niño me había infligido aquel muerto. No era poca cosa teniendo en cuenta que desde aquel día esa humillante sensación parecía haberse instalado cómodamente en mi vida.

-¿Hasta dónde, chulo? ¡¿Hasta dónde?! –le grité entre toses y jadeando al tipo de la dentadura espeluznante, cuya sonrisa desapareció sin dejar rastro tras vacilar brevemente ante mi agresividad. Con todo, se rehizo y dijo:

-No sé… ¿Hasta aquella fuente?

-¡Vale! –y arranqué a traición levantándome del sillín rajado y dejando caer todo mi peso sobre el pedal derecho.

Era asombroso sentir la sangre inflando mis olvidados cuádriceps. Había en ello algo épico. Algo digno de que el mejor de los poetas de suburbio compusiera en mi honor la más bella de las odas. En resumen: estaba seguro de que ganaría a aquel tipejo. Estaba pletórico. Me parecía volar sobre la gravilla. Casi lloro de emoción al imaginar la frenética polvareda que sin duda mi rueda trasera debía estar lanzando a la atmósfera a toda velocidad. Pero justo al tiempo de comprobar que el de la boca horrenda me daba alcance sin aparente esfuerzo comprendí que los lagrimones calientes que me resbalaban por las mejillas estaban compuestos a partes iguales de sudor y polvo. Una mezcla frustrante sobremanera y todavía más irritante. En definitiva, me estaba quedando ciego por momentos. Pero por mis huevos que el colmillitos no va a derrotarme tan fácilmente, me dije. Si piensa que voy a frenar sólo por que no veo ni la rueda delantera lo lleva claro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Teniendo en cuenta mi velocidad y peso sólo puedo atropellar mortalmente a un niño demasiado joven para tenerle aprecio a su vida o a un viejo demasiado viejo para lo mismo. ¡Así que a la mierda! Apreté los dientes y aceleré cuanto pude en dirección a una meta tan borrosa como todas las demás. No sé cuánto tiempo estuve corriendo a ciegas, pero en ninguno de esos segundos sentí el menor miedo. Mi integridad física me preocupaba mucho menos que ganarles la carrera a mis fantasmas. Por eso cuando noté que la rueda delantera se quedaba enganchada en algo y una agradable sensación de ingravidez en la boca del estómago me indicó que estaba volando por las aires sólo recé para que el accidente se estuviera produciendo una vez traspasada triunfalmente la línea de llegada.

Tras dar una vuelta de campana aterricé de espaldas sobre un montículo de arenilla que, como después observé, estaban utilizando unos obreros para construir unos urinarios públicos. Me quedé allí un buen rato, recuperando la visión y la respiración. También, lo confieso, temía afrontar la realidad, saber si había ganado o no. Cuando ya conseguía distinguir el azul descolorido del cielo, casi blanco por el calor, una voz me habló.

-Chico –una voz femenina-. Chico, ¿estás bien?

El sol quedaba eclipsado justo detrás de su cabeza, convirtiéndola a la vista en una maraña de pelos naranjas que ardían en llamas fluctuantes. Me pregunté si sería pelirroja o se trataba de un simple efecto óptico.

-Sí, creo que sí.

-Menuda hostia te has dado, colega.

Como el resplandor me abrasaba las retinas, ya bastante escocidas por la sal y la tierra, bajé la mirada. Fue entonces cuando vi que la mujer, chica o lo que fuera la voz que me estaba hablando tenía las rodillas juntas. De tijera, como suele decirse. Y, claro, sentí una punzada en la tripa o en las costillas, no sé. Lo que quiero decir es que me acordé de ella. Y hablé desde mi posición yacente:

-¿Sabes qué? Me gustan tus rodillas.

La silueta se quedó callada unos segundos. Luego dijo:

-No es verdad; son horribles.

Y yo le expliqué que no.

-No, no lo son. Tú crees que lo son. Siempre creéis que lo son. Pero no es verdad. Son muy bonitas, te lo digo yo.

La buena samaritana se fue sin decir adiós y yo me quedé allí tirado sobre la arena. Recordando. Imaginando. Pensando por dónde y con quién caminarían ahora aquellas rodillas juntas a cuyo lado caminé durante tantos años. Y, por supuesto, me olvidé por completo del asunto de la carrera, de mi probable nueva derrota, de la criatura dentuda y de lo mucho que me dolían los riñones.

Pese a todo el daño y por alguna razón que no pude explicarme, sonreí mirando hacia el azul requemado, que empezaba a vibrar, deshacerse y rodar licuado desde mis ojos.

 

 

En el fondo creo que es lo más inteligente que se puede hacer. Lo más decente. Intentar llevarlo bien. O al menos lo mejor posible. Sonreír sin llamar la atención. Sin hacer ruido. Sin que los músculos de la cara te castiguen con dolores y temblores por forzarlos a estirarse falsamente. Sonreír para ti mismo, como refugio y autodefensa. Como bálsamo y como coraza contra todo lo que te llueva. Como cuando vas por la calle y atraviesas un miserable jardín sembrado de bolsas de pipas y chicles fosilizados y pasas junto a un banco y te viene a la nariz una nube tóxica que huele a orín reseco y colonia a granel. Y te giras y ahí están los dos viejos sentados en el banco. Cogidos de la mano, arrugados y encogidos y como apunto de replegarse del todo sobre sí mismos y extinguirse definitivamente. Untándose de sol con esa cara de felicidad que sólo puede ponerse cuando se sabe que lo bueno va a durar muy poco. Intento meterme en sus cerebros. ¿Se querrán o sencillamente es que es mejor esperar el Armagedón agarrado a alguien? Qué más da es la única respuesta que me viene a la cabeza mientras una bandada de pájaros muy verdes y muy amarillos pasa volando cincuenta metros por encima de la humanidad entera.

01
jul
10

Los sueños sueños son, y por la mañana más

Anoche dormía en la calina de mi habitación y soñaba que volvía a ser pequeño. Tan pequeño que jugaba y no tenía en la cabeza nada más que lo que tenía en las manos. Unos cuantos clics de playmobil o puede que todavía famobil. Y un par de Masters del Universo. He-man y un chino tan musculoso como el primero pero mucho más moreno y con una mano de imitación de metal dorado colocada siempre al más puro estilo karateka, como si esperara que alguien le pusiera un ladrillo delante para partirlo de un golpe seco y dar sentido así a su nacimiento artificial. En mi sueño los juguetes me pesaban en las manos justo lo que desde mis treinta años recordaba que pesaban al estar despierto teniendo nueve o diez, y mi niño onírico se asombraba fugazmente de tener esas diferentes perspectivas sobre un mismo hecho y no saber por qué. Pero en mi sueño yo era listo y no me preguntaba demasiado las cosas. Simplemente dejaba que ocurrieran y optaba sabiamente por seguir jugando con los muñecos. Hacía que se pelearan entre ellos en un rincón del suelo de la salita de mis padres, que dormido volvía a ser también la mía. Los pequeños clics se lanzaban sobre sus gigantescos enemigos como poseídos por una fuerza muy superior a la que cabía en sus cuerpecillos. Como si estuvieran drogados o movidos por un ansia de venganza y sangre que ocultaban a la perfección tras sus amplias sonrisas de media luna. A pesar de no tener articulaciones hundían sus rodillas y sus codos en los abdominales superdefinidos de los Masters y les rompían todas las costillas porque yo hacía ruido de huesos fracturados con la boca. Tras la pelea, cuando los dos titanes ya no eran capaces ni de mover un dedo y los clics supervivientes lanzaban rabiosos gritos de victoria, recogía solemnemente los restos de vencedores y vencidos, los transportaba entre mis manos y mis antebrazos al cuarto de baño, cerraba la puerta con el culo, los depositaba juntos en la pila del lavabo y los empapaba en alcohol 96º. Luego me sacaba una caja de cerillas del bolsillo de los pantalones cortos y los guerreros se convertían en una bola de fuego azul lento y silencioso que incendiaba la sensación de victoria y la sensación de derrota y me hacía pensar que todo era posible y que nada era definitivo. De pequeño me gustaba mirar ese fuego, cómo fluía, cómo recorría la piel sintética de los soldados cubriéndola de una espuma multicolor de burbujas y cráteres palpitantes. Me encantaba mirarlo, sí, hasta que el humo plastificado se hacía demasiado denso y me entraba miedo de que mis padres me sorprendieran jugando con fuego. Entonces dejaba correr el grifo y la dignísima pira funeraria se convertía de un plumazo en un simple montón de plástico medio quemado made in Taiwan.

Por eso no me extrañó despertar al mundo sofocante de mi cuarto justo en ese momento de mi sueño, cuando lo profundo y lo simbólico había terminado ya. Cuando lo único que quedaba de mi recreación era una mancha negra escurriéndose por el desagüe de mi mente y un mareante olor a pvc carbonizado girando en forma de volutas tóxicas en los remolinos de mis fosas nasales.

Me quedé un rato en la cama saboreando lo que había visualizado. Me había gustado la experiencia. Supuse que era lógico, supuse que a todo el mundo le gustaría volver a ser un niño. No por el tópico ese de que la infancia es una etapa llena de amor y felicidad. La verdadera explicación del dulce sabor de boca que me había dejado ese sueño, puede que muy evidente desde hacía años para quien quisiera haberla visto, vino a mí como un rayo luminoso y cruel desde la penumbra que rodeaba mi cuerpo sudado: cuando eres un crío estás a tiempo de elegirlo todo, e incluso de desechar mil veces lo elegido y volver a probar suerte. Si decides ganar o perder, si quemas tus juguetes favoritos, no deja de haber un mañana para solucionarlo o para que alguien lo solucione por ti.

Un rayo cruel porque, claro, el reverso de tal revelación de duermevela constituía también el reverso de esa dulzura, y de un modo instintivo o al menos poco racional empecé a desear no haber tenido ese sueño. No quería añorar la seguridad y las posibilidades de futuro de un pasado que ahora, a oscuras y asfixiado de calor en la habitación más abrasadora de un piso de alquiler y compartido, resultaba evidente que no se había convertido en presente del modo deseado. No había ninguna necesidad de desvelarse dándole vueltas a fracasos irreparables. No, no tenía ni putas ganas de respirar ese olor a cosas muertas e incineradas que me había traído conmigo de mi viaje al inconsciente, pero no podía quitármelo de encima, de dentro, de debajo de las sábanas. De todas partes. Me froté la nariz con el dorso de la mano y cambié de posición sobre la cama con la intención de enterrar la pituitaria en la almohada y atontarla con el olor aséptico de mi suavizante marca blanca. Fue entonces cuando me di cuenta.

El ventilador, podía oírlo, seguía girando a ritmo normal sobre la silla en que lo había depositado antes de apagar la luz e intentar dormirme. Lo inusual era que el cable que lo unía al enchufe de la pared ardía con un tenue resplandor eléctrico a lo largo del suelo. No iluminaba gran cosa, ni hacía el menor ruido. Era como una culebra sigilosa cuya lengua chisporroteaba traicionera allí donde el cable se había pelado iniciando el incendio. Eso pensé: que una bestia de medio metro ajena a la fauna de este mundo se había colado en mi casa con la sola finalidad de acabar conmigo mientras dormía. Y me puse nervioso. Me levanté deprisa, creo, pero sentí muy torpes mis movimientos. Y en un instante que me pareció un año entero me acerqué a la toma de la pared y arranqué el enchufe. Durante esos escasos segundos me invadió un montón de veces la certeza de que por alguna extraña razón que no era capaz siquiera de entender pero que me resultaba irrebatible, la electricidad se iba a extender a la velocidad de la luz por el suelo o por las paredes o por el aire para partirme en dos como a uno de esos capullos que salen en Impacto TV o en la web de Rotten, ésos a los que un buen día les atravesó un rayo mientras jugaban al golf o plantaban una sombrilla en la playa bajo una legión de nubes negras y rugientes. Sólo que yo no llevaba encima un driver de titanio ni estaba respirando salitre marino, joder. Yo sólo me había propuesto dormir un par de horas y seguir con mi modesta vida cuando abriera los ojos. Por eso, por su injusta ridiculez, me asustó todavía más la perspectiva efímeramente inexorable de que a la mañana siguiente, al darse cuenta de que no salía para irme a trabajar, mi compañero de piso abriría la puerta y me encontraría calcinado en el suelo, humeando por los ojos y por las axilas y con la licra de los calzoncillos fundida y confundida con mis genitales. Así es, de verdad: aunque parezca una tontería, por un momento estuve absolutamente convencido de que iba a morir electrocutado o quemado o asfixiado o todo a la vez en mitad de una noche tan vulgar o especial para el resto de habitantes de La Tierra como ellos mismos se hubieran ocupado de merecer.

Supongo que por eso, cuando logré templar los nervios, desconectar el ventilador y comprobé que no me sucedía nada mortal, me sentí como un niño al despertar de una pesadilla habitada por monstruos. Relajado, ligero, liberado. Me sentí casi feliz. Mientras contemplaba languidecer las llamas rojizas que aún ardían en el cable negro como estrellas en extinción, remotas e inofensivas, experimenté aquella sensación infantil casi olvidada. La de haber superado un problema y tener por delante un mañana sobre el que nada de lo ocurrido esa noche tendría la mínima repercusión. Un mañana que podría ser un punto cero sólo con que así lo deseara yo. Lleno de posibilidades, de gente, de cosas, de ratos que aprovechar aunque sólo fuera por el hecho de haber sobrevivido a un incendio que había descubierto antes de convertirse en mi incineradora. Y esos agradables pensamientos estuvieron conmigo hasta que volví a dormirme, profundamente y sin maldecir el calor ni el olor a chamusquina que se adhería a mis pulmones.

Lo malo es que hoy no he oído el despertador a la primera y mientras corría de aquí para allá lavándome los dientes, haciendo el café e imaginando la repugnante cara que pondría mi jefe por mi retraso no he encontrado el momento para recordar todo lo que aprendí anoche. Y mucho menos para ponerlo en práctica.

He salido de casa a toda prisa, he bajado la escalera de tres en tres, he pisado la calle ya sudado, he sido el primer cliente del estanco de aquí al lado y me he subido en el coche rezando para no encontrar demasiado tráfico, para no retrasar aún más mi llegada a ese trabajo que tanto asco me produce. Y he tenido suerte. He tenido suerte incluso a la hora de encontrar donde aparcar, lo cual me ha servido para establecer una nueva plusmarca personal en el único deporte que practico: atravesar la ciudad de punta a punta en mi Astra de diez años: 13:33 minutos. Todo un récord.

Además, en lugar de atravesar la avenida de la oficina por el paso de peatones he decidido optimizar tiempo y distancia y cruzarla por la parte más cercana a donde me encontraba. Era un buen momento. No venía nadie. El típico agujero que se produce en el tráfico como consecuencia de los márgenes de seguridad con que interactúan los semáforos se abría ante mí caritativo, predispuesto a facilitarme el camino. Así que he aprovechado para lanzarme al asfalto sin darme cuenta de que antes de la calzada había uno de esos carriles color ocre. Y no era precisamente el carril-bici. Era el que utiliza el bus para ahorrarse embotellamientos y hacer más eficiente el servicio de transporte urbano. No me he dado cuenta hasta que un bocinazo que bien podría haber sido el sonido de las mismísimas trompetas del infierno me ha sacudido de pies a cabeza casi físicamente, como si una supermano me zarandeara con la intención de descoyuntarme todos los huesos. Sólo me ha dado tiempo a ver de reojo cómo una silueta cúbica de color rojo sangre se agrandaba y se agrandaba en la periferia izquierda de mi campo de visión. No me ha sido difícil imaginar cómo se aplastaría mi hombro zurdo de un momento a otro. Cómo se achataría mi cráneo en cuanto las toneladas de metal municipal impactaran contra mí. He pensado en sandías reventadas y en una lata de coca-cola plegada sobre sí misma en el arcén de una autopista. Pero no: la mole ha conseguido frenar a unos centímetros de mí sin más consecuencias que el apiñamiento de viajeros en la parte delantera del vehículo, que rápidamente y con gran despliegue de aspavientos se han unido a la indignación del conductor, que salpicaba de saliva el parabrisas insultándome y amenazándome y que parecía querer matarme por no haberme matado.

Yo, la verdad, no le he prestado mucha atención. El calor que proyectaba sobre mi cara la chapa del bus y el modo en que el sol se reflejaba en el metal la acaparaban toda. Era precioso. Ni el sol de California se le podría comparar. Hipnótico y contra natura allí, arrancando destellos imposibles al logo de Renault. Incluso me ha costado más de la cuenta hacerme a un lado y dejar que el 41 y su conductor y las demás vidas que en él viajaban siguieran su destino. Estaba como en trance. Y así sigo. Dos conatos de muerte en tan sólo unas horas. Tiene que ser una señal. Es la conclusión a la que he llegado. La razón que he encontrado para intentar invertir mejor mi tiempo, volverme a casa y escribir esta sarta de gilipolleces que vienen a querer decir que no es tan difícil proponerse ser feliz.

24
jun
10

Coge el teléfono y llama

En cuanto suene el despertador coge el teléfono y llama. No te preocupes por el tono soñoliento de tu voz. Es el mismo que el que tendría una persona resfriada, y sólo tú sabes que no lo estás. Vale, carraspea un poco si te quedas más tranquilo. Pero no impostes la voz, no tosas, no te tapes la nariz; la farsa se notaría más. No sobreactúes. No actúes siquiera. Limítate a ser tú y sólo tú por una vez. De manera que deja de dudar y llama. Diles que hoy no irás a trabajar. Invéntate cualquier cosa sobre la marcha; servirá; no son tan listos como les gusta hacerte creer. ¿Qué van a decirte? ¿Qué estás mintiendo? Verás como no, verás como no se atreven. Te dirán que no te preocupes y que te mejores y en cuanto cuelgues te desearán la muerte por haberles dado los buenos días regalándoles un porcentaje extra de trabajo. Que se jodan. Hazles caso sólo en lo primero: no te preocupes, mejórate. Porque aunque no estés enfermo necesitas mejorarte como el que más, y lo sabes. Y nada mejor que tomarse un respiro para depurar la mayor cantidad posible de la mierda que has acumulado dentro durante años. Suéltala poco a poco, ya sabes: nada de prisa, nada de ansia: tienes todo el día por delante. Aprovecha para hacer las cosas que el ritmo hostil de tu vida te impide hacer normalmente. Acércate a la ventana y observa el exterior. Comprueba que el aire que os mantiene medio vivos a ti y a otros diez millones de ciudadanos está tan contaminado como siempre. Pero comprueba también que por alguna razón hoy no te importa. Porque hoy es uno de esos días que hacía tanto que no vivías. Hoy has roto la rutina y te sientes fuerte con respecto a lo de fuera. Mañana será otro día, pero hoy es hoy. Así que exprímelo al máximo. Respira hondo. Acódate en la repisa disfrutando de esa rara sensación de no tener nada urgente que hacer. Ráscate los huevos largo y tendido sin tener la impresión de que al hacerlo estás malgastando los preciosos segundos que deberías dedicarle a tomarte de un trago el café. Luego hincha los pulmones, a tope, hasta que te duelan todos los espacios intercostales, mantén el aire ahí un momento, como si fuera algo valiosísimo de lo que no quieres desprenderte, y luego suéltalo despacio mientras levantas la cara hacia el cielo. Y dedica un instante más de lo habitual, aunque sólo sea un instante más que cero instantes, a intentar encontrar un calificativo que precise el significado del color azul que va cobrando intensidad ahí arriba. Porque sí, está despejado pero el sol no te ciega porque es lo bastante pronto para que todavía quede detrás de las azoteas desconchadas, las antenas dobladas y los futuristas repetidores telefónicos de los edificios de alrededor. Y lo más importante, recuerda: no tienes prisa. Sigue mirando hacia arriba hasta que las cervicales te empiecen a crujir. No te asustes si ocurre enseguida; es normal. Lo que debe inquietarte es haber dejado pasar tanto tiempo sin pedirle a tu cuerpo otra cosa que teclear informes ante un ordenador o vender filtros de agua de casa en casa o lo que sea que hagas de ocho a ocho. Por eso, déjalo estar cuando se te agarrote el cuello; tampoco es cuestión de causarte una contractura que arruine tu día libre. Así que, con independencia de haber encontrado o no el adjetivo idóneo para describir la luz que cae de las alturas, es momento de dejarlo estar y pasar a otra cosa. Al fin y al cabo eso carece de importancia, no son más que palabras. Lo que de verdad cuenta es que ese resplandor, ese aire y esa temperatura exteriores te parecen, por muy vulgares que seguramente sean en términos objetivos, los de un día especial. Por ejemplo como los que envuelven el momento en que se ve por primera vez el mar. O mejor como la atmósfera del momento en que se enseña por primera vez el mar a un niño pequeño rebozado de protector solar, que se asusta y se alegra al mismo tiempo y que llora y ríe poniendo caras casi idénticas y que chapotea frenético cada vez que una ola tan minúscula como incomprensible le alcanza las rodillas obligándole a replantearse su mundo entero. Por qué ha pasado su corta vida a remojo en una bañera de plástico, qué otras maravillas le regalarán sus padres si algún día vuelven a encontrar tiempo para meterlo en el asiento trasero del coche y conducir hasta un poco más allá del centro comercial. Ésa es la perspectiva que no debes perder: que hoy es uno de esos días distintos para bien. Por predisposición, por necesidad, por puro placer. Por seguir el consejo del agente Cooper y hacerte un regalo a ti mismo. Por qué no, en definitiva. Y una vez aceptada la validez de esa premisa inicial fíjala en la mente y protégela con uñas y dientes de los múltiples ataques a los que se verá sometida de manera constante y desde ya. Desconfía de las trivialidades cotidianas. No olvides que en más de una ocasión sentirte bien te ha provocado un devastador efecto secundario: la relajación de tus defensas contra los incidentes en apariencia anodinos que siembran las horas y que, como demuestran muchos estudios y experimentos llevados a cabo en las principales potencias mundiales, tienen un poder de destrucción tan violento e irreparable como el de la mina anti-persona más sofisticada. Por ello es vital que no bajes la guardia si en tu afán de limpiar tu mundo, por poner un ejemplo, te tomas la molestia de acercarte a la oficina bancaria de la esquina y hacer cola para pedirle a quien se encuentre detrás de la ventanilla que por favor proceda a darte de baja del sórdido servicio (cuya contratación ni siquiera recuerdas haber ordenado) por el que ayer recibiste un sms firmado por el Presidente del Banco de Santander felicitándote cordialmente el cumpleaños. No pierdas los nervios en caso de que, casi con total seguridad, el empleado de turno intente convencerte desde detrás de su cristal y su cara llena de dientes blancos de que sigas suscrito a tan emotiva y bienintencionada prestación. Muy al contrario, mientras leas el manojo de impresos rosas, verdes y amarillos cuyo cumplimiento te exigirán para proceder a la tramitación de tan sencilla anulación, debes pensar, repitiéndotelo mentalmente a modo de mantra si lo consideras conveniente, que al otro lado de la cristalera la luz, el aire y la temperatura siguen siendo los de un día especial. Un día lleno de oportunidades que cazar al vuelo, un día digno de ser estrujado hasta el último segundo. Certeza real o ficticia que, si te concentras y lo haces bien, mantendrás a salvo de las dudas y los miedos inherentes al ser humano en general o a algunos seres humanos en particular pese a que los spaghetti se te vuelvan a quemar en el fondo del cazo. Pese a que al mear tomes conciencia de que la taza del váter hace tiempo que olvidó su blancura para volverse del color del sarro de los viejos. Pese a que el único correo electrónico que llegue a tu bandeja de entrada sea uno de infojobs solicitando interesados en atender el teléfono a media jornada en una línea especializada en predecir el futuro. Y si mientras masticas pasta ennegrecida, o te sacudes las últimas gotas, o pulsas otra vez la pestaña del correo por si acaso, si mientras haces ésas u otras cosas intuyes que no, que la energía con la que despertaste empieza a escaparse hacia el mismo lugar imposible del que vino, deja lo que tengas entre manos y sal de donde estés. Ten claro que lo peor que puedes hacer si empiezas a flaquear es permanecer solo. Si te quedas ahí acabarás tumbado en la cama escuchando las canciones que siempre escuchas cuando notas que te estás viniendo abajo. Ésas que jamás han logrado mantenerte a flote. Las que siguen sonando cuando el hambre o las náuseas se vuelven imposibles de ignorar y te levantas de la cama con cuidado de no volcar el cenicero o las latas medio vacías. De eso nada. Sal a la calle, reclínate sobre el capó soleado de algún coche y recárgate un poco de energía aunque sólo sea para corroborar que no has perdido la capacidad de sudar. Y entra en el primer negocio que encuentres abierto. Cómprate cualquier cosa. Unas zapatillas, medio kilo de patatas. Lo que sea. Dale las gracias efusivamente al dependiente, incluso intenta abrazarlo de repente, como si jamás en tu vida te hubieran atendido tan bien. Y si ni por ésas te sonríe excúsale pensando que quizá su hija de doce años esté acariciándose la escasa pelusa que le queda en el cráneo mientras adelgaza y adelgaza y se muere de cáncer entre las sábanas ásperas de la cama de un hospital. Da igual si es verdad o mentira. Lo único importante es que consigas convencerte de que es verdad. Eso te hará sentir levemente más afortunado, más vivo. Te dará el impulso suficiente para decidir que al fin ha llegado el día en que eres capaz de llamarla y quedar con ella. Al fin y al cabo, no te engañes, es bastante probable que esto que te pasa tenga que ver con ella. Y no puedes seguir posponiendo el momento. Afróntalo de una vez. Quiere que haya normalidad entre vosotros. Quiere que os llevéis bien. Que haya buen rollo. Quiere poder decir “voy a tomarme un café con un amigo” cuando quede contigo, un par de veces al año. Y en el fondo sabes que es muy normal que desee esa paz anodina y aburrida. Sí, es normal y hasta es bueno, y lo sabes tan bien que te sientes bastante sucio por no haber correspondido a sus deseos durante todo este tiempo. Por eso concentra en un par de movimientos todo lo que de positivo queda dentro de ti: saca el móvil del bolsillo y marca su número. Aleja el auricular de tu oreja unos centímetros; evita escuchar nada más que las palabras que te dirija. Nada de exponerse a percibir sonidos desconcertantes detrás de su voz: risas, música, el tono grave de un tipo, el ruido de alguien que friega tazas de café en la cocina. No, eso está de más. Cíñete a mantener con ella una conversación rápida y bastante sencilla. Pregúntale cómo está y corta su respuesta cuando empiece a dar demasiados detalles. Proponle ir a dar una vuelta. No dudes sobre la conveniencia de seguir adelante con tu último y definitivo ritual purificador del día cuando ella sugiera que os veáis en la heladería de siempre. Si asocias la dulzura de un helado al recuerdo de una vez hace años en que ella te dijo que no eras más que un crío y que siempre lo serías, haz lo posible por obviarlo. Y haz lo mismo con el recuerdo de otra vez y otra y otras en que te dijo lo mismo. Ve hasta donde dejaste el coche anoche, deja la bolsa en el asiento del copiloto, arranca y pon rumbo a esa heladería de barrio. Cuando estés por las inmediaciones acuérdate de poner la radio. Algo de música de ésa que sabes que le gusta, por si acaso ella te ve pasar. No te preguntes si sus gustos musicales habrán cambiado tanto como sus gustos en materia de estética masculina; sobre eso no tienes la información suficiente para responder. No te vengas abajo si tardas en encontrar sitio para aparcar. Es probable que en esa recta final te tiente la posibilidad de pisar el acelerador y alejarte de allí quemando ruedas y cagándote en la puta. No lo hagas; mañana te arrepentirías. Además, quién sabe: imagina por un momento que te recibe de un modo muy diferente al que te temes. Imagina que te dice que te quiere un montón y que no puede vivir sin ti. Sin riesgo no hay gloria: tienes que aparcar ahí mismo, en doble fila, y cruzar el parque que te separa de la terraza donde ya crees vislumbrar su pelo rojo y sus gafas de sol. Procura acercarte a ella caminando con aire despreocupado. Vale, ahora que te ha visto y te saluda con la mano y te sonríe te resulta más difícil andar con naturalidad. Tienes la impresión de que tus piernas han decidido desacompasar sus movimientos, como si cada una precisara una orden individualizada para seguir en marcha. No te preocupes: simplemente estás nervioso. Relájate. Tu paso es normal y tu aspecto también. Eres una persona normal haciendo algo tan normal como reunirse después de mucho tiempo con la persona a la que quiere pero que ya no le quiere; tampoco es para tanto. ¿Ves? Ya has llegado. Sécate con disimulo las manos en el pantalón, sonríe sin que te tiemblen las comisuras y salúdala con un Hola, qué tal estás. Dale un beso en la mejilla. Cuidado con la inercia: nada de dos. Sólo un beso. Que se dé cuenta de que no eres uno de sus nuevos amigos ni su actual suegro. Que sea consciente de que sigue habiendo cierta especialidad en vuestro trato y que al menos quieres conservar ese pequeño éxito. Después empieza a hablar. Así, muy bien, qué quieres tomar, cómo va el trabajo, si ya se ha sacado el carnet de conducir. Y mientras te contesta quita los puñeteros codos de la mesa y échate hacia atrás en la silla para que vea que no tienes ninguna necesidad de estar lo más cerca posible de ella. Saborea tu helado de chocolate y plantéate fugazmente cómo es posible querer a alguien cuyo sabor favorito es la avellana. No te olvides de preguntarle por su perro y frunce el ceño en señal de preocupación cuando te informe solemnemente de que al pobre le tuvieron que operar de apendicitis hace un par de meses. Y a partir de ahí pónselo fácil y sé tú el que saque el tema en cuestión. Dile que sientes haberte comportado como un imbécil y que te encantaría mantener una relación sana y amistosa con ella. Puede que al pronunciar esas palabras algo se te rompa por dentro. Puede, incluso, que te sorprenda lo fácil que ha sido. Hasta es posible que te alegres de verdad al percibir la felicidad que le genera tu nuevo talante. Además, ya habrá tiempo para nuevas estrategias. De momento no la cagues y correspóndele con sinceridad muscular cuando ella premie tu buena actitud con un abrazo, y cómete la cucharada de avellana helada que te ofrezca evitando pensar en la lengua de un caballo que agacha el morro ante un simple azucarillo. Disfruta del momento, incluso. Por fin un poco de paz y armonía, tan verdaderas o falsas como las de cualquiera. Sí, disfrútalas. Y sobre todo no dejes de hacerlo si da el caso de que ella te diga que ayer el nuevo le pidió que se fuera a vivir con él. Puede que sea un poco difícil, pero que no se te borre de la cara esa expresión tranquila que hacía tanto que tus facciones no conseguían reflejar. Concéntrate. Ahora sí: actúa. Sobreactúa. Ni pestañees cuando recrees con todo lujo de detalles la cajita de terciopelo azul Tahití con ribetes de hilo dorado trazando una constelación de estrellas en que ella te diga que el tipo le ofreció una copia de las llaves de su casa. No parpadees cuando te diga que le hace mucha ilusión. No, haz todo lo que creas necesario pero no tires por la borda todo este esfuerzo. Intenta contagiarte de la milésima parte de la alegría que irradian esos niños que juegan al fútbol ahí en el parque. Contempla la despreocupación con que esos gorriones del tendido eléctrico rotan sus cabezas trescientos sesenta grados como si todo cuanto les rodea fuera precioso y digno de su ávida atención. Y si eso no basta sumérgete dentro de ti y saca fuerzas de órganos vitales cuya existencia ni siquiera conocías. Desciende hasta tu mismísimo nivel celular y exprime un buen puñado de ellas hasta notar en las manos la humedad de una sustancia brillante que bajo ningún concepto debes confundir con tu asqueroso sudor aunque no sea más que eso. Y esta vez, al menos esta vez, deséale que todo le vaya muy bien, que sea muy feliz o algo por el estilo para dar cumplimiento al happy end que mandan los cánones. Luego, de vuelta en tu coche y tras retirar el boletín de una multa del parabrisas, ya tendrás tiempo para otras reacciones. Lanzar una a una el medio kilo de patatas contra los transeúntes o regalarle tus zapatillas a un paralítico. Cosas así.

21
jun
10

El viaje

Su padre era metódico, organizado y, sobre todo, puntual. Por eso le extrañó que en el último momento, cuando ya habían desayunado y cargado el maletero, le pidiera que esperara un momento, que tenía que ir al baño. Vale, una necesidad física es una necesidad física, y hasta la persona más cuadriculada antepone su satisfacción al simple hecho de cumplir el horario previsto. Pero incluso teniendo eso claro le sorprendió que su padre la dejara un par de minutos en la acera para vaciarse a última hora la vejiga. Pensar en la palabra vejiga le hizo pensar en la palabra uretra y ésta, por una vía bastante directa, la llevó a la palabra polla. Y un instante después estaba imaginándose a su padre meando, con todo lujo de detalles. Se sintió incómoda. Sacudió un poco la cabeza y miró hacia la puerta de casa. Seguía entornada y el débil resplandor que bajaba desde el cuarto de baño del piso de arriba rellenaba el hueco de un color entre amarillo y ocre que le resultó casi irreal a esas horas, las cuatro y treinta y uno de la mañana según su móvil. Igual que le pareció extraño el sonido burbujeante del chorro de orina de su padre, nítido a pesar de las paredes que se interponían entre el mismo y sus oídos. Un chorro que parecía precipitarse a intervalos cortos y rápidos en el agua de la taza, como si expulsar aquellos residuos le supusiera un gran esfuerzo al propietario del pene, que, otra vez, volvió a visualizar con sobrecogedor realismo. Tiene que ser cosa de la próstata, se dijo para poner cierta frialdad científica a los absurdos pensamientos que le pasaban por la cabeza. Y le maravilló la posibilidad de haber prestado tanta atención a la lección sobre el aparato genital masculino que había medio escuchado en clase la semana pasada mientras, en su mesa de la última fila, grababa con compás su inicial y la de ella a ambos lados de una equis.

Volvió a iluminar la pantalla de su teléfono y ni siquiera el último de los dígitos que componían la hora exacta había mutado. Resopló. No era sólo que no le apeteciera en absoluto pasar el día entero codo con codo con su padre. Al fin y al cabo vivía con él y estaba acostumbrada a soportar su presencia con aparente indiferencia. O con una hostilidad indemostrable, que viene a ser lo mismo que lo anterior cuando se tiene dieciséis años. Además, aunque era cierto que hacía por lo menos tres años que no salía de caza con su padre y que ella habría aplazado gustosamente la jornada otros tres más, el plan en sí no le disgustaba tanto en lo que no tenía que ver irremediablemente con él. Un poco de sol, un poco de aire puro, esas cosas que dicen los fanáticos de la vida sana, entre los que incluía a su padre. Y a la menor ocasión se las apañaría para escabullirse y pasar la mayor cantidad de horas posible fumando el mayor número posible de porros subida en alguna rama, sin preocuparse por una vez de que él olisqueara el humo. Para acabar de fortalecer su ánimo pensó que si trepaba lo suficiente podría recibir una mínima señal de cobertura gracias a la que comprobar si su novia la había llamado o escrito algún sms para hacerle más fácil el día.

Eso era lo que hacía de aquella excursión padre-hija un panorama tan poco atractivo. Estaba convencida de que él aprovecharía un altísimo porcentaje de los minutos del día para volver a poner en duda el amor que ambas se tenían. Le diría por enésima vez que a su edad era imposible estar segura de lo que sentía, que aquello acabaría cayendo por su propio peso, que no se creara una fama de la que después seguro se arrepentiría.

Oyó voces calle arriba y enseguida un par de sombras salieron de detrás de una esquina. Caminaban en dirección a ella dando traspiés y hablaban alto y se reían, y cuando pasaron debajo del cono pálido de una farola comprobó que eran dos chicos del pueblo de al lado que iban a su mismo instituto. Supuso que vendrían de la fiesta de la que había oído hablar durante toda la semana. Ninguna de las dos había sido invitada, y ambas se habían enorgullecido de ello. Les gustaba tener el mundo en contra, por lo menos a ella. Sentía que así su unión se reforzaba, se volvía casi épica. Cuando los chicos la vieron aminoraron el paso y se callaron un momento. Luego cuchichearon algo que no pudo oír y rompieron a reír de manera frenética, casi teatral. Ella estaba decidida a mantenerles la mirada sin ni siquiera contestar al saludo que le dirigieran. Ensayó mentalmente la cara más despectiva y desafiante con la que corresponder a la mención expresa o tácita a su condición sexual que sin duda le iban a dedicar. ¿Dónde está tu novia? o ¿Por qué no habéis venido a la fiesta…? Había muchas parejas. Pero en lugar de eso, cuando pasaron junto a ella manchando el aire de un aroma denso y dulzón le hicieron un comentario muy gráfico y muy poco irónico sobre el tamaño de sus tetas que la descolocó por completo. Tanto que instintivamente bajó la mirada hacia su pecho. En ese momento su padre apareció en la puerta de casa. Los dos chicos volvieron a estallar en carcajadas y salieron corriendo hasta un ciclomotor que había aparcado unos metros más allá. Sus risas todavía se oían por encima del ruido del escape cuando la luz roja se desvaneció en la oscuridad dejando atrás un rastro de olor a semen y alcohol. Y ella deseó que su padre no hubiera escuchado nada. Que el azar no le hubiera dado pie para empezar su asqueroso discurso ya, a las cuatro y treinta y dos de la madrugada.

Por si acaso nada más subir al asiento del copiloto se provocó un bostezo que le quedó bastante convincente y se encogió de cara a la ventanilla en una forma parecida a la posición fetal. Su padre le pasó la mano por el pelo y le preguntó si tenía frío, y ella se replegó un poco más y le contestó que estaban en junio. Y luego se hizo la dormida mientras al otro lado del cristal pasaban árboles negros y campos negros y alguna que otra casa casi igual de negra. Hasta que se quedó dormida.

Recuperó la consciencia con la voz de un locutor radiofónico que leía el boletín informativo de las ocho.

-Buenos días otra vez –le dijo su padre-. Hemos acertado; han dicho que vamos a tener buen tiempo por aquí.

Ella se preguntó cómo sabía que se había despertado pero durante un par de minutos no dijo nada al respecto ni al respecto de ninguna otra cosa. Se concentró en asumir la perspectiva de tener que interactuar mínimamente con él y, bostezando de verdad, se enderezó en el asiento.

-¿Falta mucho? –preguntó al fin aunque sabía que no.

Recordaba aquel paisaje. Recordaba aquel paisaje años atrás a la misma hora del día, tan cegador como ahora. El sol bajo y grande formando enormes lagos de luz y enormes charcos de sombra entre las montañas. Los chopos más altos de cuantos flanqueaban un pequeño arroyo allá abajo aprovechándose los primeros de toda esa energía dorada ascendente que encendía la parte superior de sus copas verdes y blancas. El embalse tan azul oscuro como el cielo todavía en parte nocturno, que ya se vislumbraba tres o cuatro curvas más adelante. Sólo faltaba su madre volviéndose para mirarla sonriente desde el asiento que ahora ocupaba ella. O volviéndose enfadada. Estando, respirando. Viva, al fin y al cabo.

-En cinco minutos llegamos.

La chica tardó un rato en continuar la conversación, pero al final lo hizo.

-Buenos días otra vez –dijo, y bajó la ventanilla.

El viento la despeinó su pelo corto y le secó los ojos y le metió por la nariz una mezcla de olores verdes y de tufo a asfalto y de polvo viejo acumulado en la tapicería, y todo ello hizo que se sintiera ligeramente mejor. Más insignificante, menos culpable. Algo así como la mejor versión posible de sí misma después de reconocerse como víctima o simple producto del azar. Por lo que entendió que no tenía mucho sentido regodearse en las dificultades de su diminuta vida. ¿Para qué buscar más problemas? ¿Por qué no darle al hombre que manejaba el volante tarareando una canción irreconocible la oportunidad de tener una relación normal con su hija? Se metió la mano en el bolsillo derecho de sus bermudas y desconectó el móvil.

Abandonaron la carretera y avanzaron por un camino de tierra muy oscura y apelmazada, sin levantar la menor nube. Detuvieron el coche cinco kilómetros monte adentro, en una pequeña explanada sembrada de minúsculas flores blancas y lilas y amarillas idénticas en su forma. Al abrir la puerta, justo antes de poner el pie en ese frondoso jardín, la chica se dijo que iba a ser imposible salir de allí sin pisar y matar cientos de plantas que ni siquiera eran conscientes de su presencia.

-Da pena aplastarlas, ¿verdad? –dijo su padre.

Sí –miró hacia atrás y vio los dos surcos de muerte multicolor que habían trazado las ruedas del coche-. Pero ya hemos aplastado un buen montón.

Y ambos salieron del coche y sacaron la escopeta y los demás trastos del maletero y anduvieron de aquí para allá sin pensar ni un segundo más en lo que moría a sus pies.

Cuando lo tuvieron todo preparado se sentaron en un pequeño montículo de piedra y se comieron entre los dos una lata de mejillones. No hablaron mucho, y cuando se dijeron algo no alcanzaron ni de lejos la fluidez que seguramente ambos habrían deseado, pero por alguna razón ella empezó a relajarse paulatinamente. Había algo en la manera en que su padre la miraba cuando se pasaban el palillo que le hizo estar casi segura de que esta vez no iba a ser sometida a un lavado de cerebro. Ni sus párpados ni sus cejas revelaban signos de tensión. Tampoco su boca parecía a punto de explotar en un reproche. Más bien su cara entera se contraía en una muy discreta expresión de pena o vergüenza. O de pena y vergüenza. Una expresión de derrota que la tranquilizó.

Así fue. Pasaron casi doce horas juntos, sin posibilidad de escapar el uno del otro si las cosas empezaban a ponerse feas, y en ningún momento sintió la necesidad de poner tierra de por medio. Ni siquiera se acordó del costo que llevaba escondido en el calcetín. Recorrieron uno al lado del otro cualquier sendero de los alrededores del campamento base, por estrecho y empinado que fuera. Sudaron juntos. Vio cómo su padre disparaba cuatro escopetazos con la intención de cobrarse sendas perdices, y cómo los fallaba todos. Tras uno de ellos tuvo que sujetar el arma y se quemó levemente el pulgar al cogerla por descuido por la parte baja del cañón. Y a eso de las seis de la tarde emprendieron el camino a casa.

En el coche hablaron vagamente de las clases, de la conveniencia de que estudiara un poco más. Si acababa bien el curso a lo mejor podría acudir al siguiente subida en una moto, y ella se ilusionó como la cría que era.

Luego, a pesar de que ninguno de los dos tenía hambre, pararon en un bar de carretera y pidieron dos copas de helado de chocolate. Podría haber sido la guinda a una jornada de reconciliación. Pero estar sentados cara a cara resultaba más difícil que caminar por el monte pendiente de que algún ejemplar de la escasa fauna se moviera detrás de un arbusto. Por eso la chica se apresuró en comerse su helado. Todo había ido bien; no había por qué estropearlo ahora. El padre, en cambio, ni lo tocó. Estaba como abstraído. Ni siquiera se giró cuando un grupo de hombres que jugaban al billar al fondo del local empezaron a discutir y a amenazarse de muerte unos a otros. Ni siquiera comentó algo al respecto. Permaneció inmóvil frente a su hija, mirándola con unos ojos absortos que en ciertos momentos, estaba segura, pasaban, se ralentizaban y hasta se detenían sobre su pecho, revelando sentimientos muy lejanos a la vergüenza y la tristeza que habían trasmitido en el campo.

Ella acercó la copa hacia sí, lentamente, como movida por un instinto recién descubierto pero a la vez lo bastante utilizado como para hacerle tener claro que era mejor no darse por enterada de ciertas cosas. Entonces su padre salió de su repentino trance y se levantó de manera torpe y apresurada.

-Acábate eso pronto. Voy al servicio y nos vamos.

-Vale.

Y mientras observaba cómo el hombre que la había engendrado se hacía cada vez más pequeño alejándose hacia el aseo algo cedió de manera casi sonora en su interior y se recordó a sí misma en otro cuarto de baño. El de su casa, tal y como iba a encontrarlo al llegar a excepción de las cortinas de las ducha, que habían renovado hacía poco. En el espejo sucio de ese recuerdo su padre aparecía mucho más joven y grande que ahora. Y ella era mucho más pequeña, tanto que no era capaz de correr rápido, ni de pegar fuerte, ni de pronunciar sin equivocarse palabras como uretra, pene o polla. Pero la niña del reflejo conocía sus significantes a la perfección.

Miró el chocolate medio derretido que se espesaba al fondo de la copa. Pensó que si no hacía algo rápido e irreversible la textura pringosa de esos restos podía ser muy parecida a la que tuvieran muchos de los ratos de vida que le quedaba por delante. Luego contempló la quemadura de su dedo. Y le entristeció que careciera de sentido. Y calculó en tiempo, distancia y fuerzas cuánto la separaba del maletero del coche.

08
jun
10

John Paul Young tiene razón

Sábado, 17:30. Demasiado calor y casi dos semanas sin salir de casa. Es algo en lo que no conviene pensar más de la cuenta. Se traga una pastilla y se tira en la cama.

Abre los ojos boca arriba aferrado a un almohadón. Mira el reloj. 21:41. Más de dos semanas sin salir de casa. Algo en lo que no conviene pensar nada. Por otra parte, nadie le obliga. Ha sido una decisión personal y, en la medida de lo posible, bien meditada. Así quiere que sea, en definitiva. No puede arrepentirse tan pronto. No puede avergonzarse a sí mismo tan pronto, una vez más.

Tiene que aguantar.

Tres metros por encima de la penumbra que le aplasta contra el colchón el techo podría ser de un blanco deslumbrante o estar sucio por culpa del tabaco y sus respiraciones. Y ni lo uno ni lo otro modificaría en nada el transcurso de las cosas.

Todo le resulta tan gratuito que a veces, cuando se deja llevar y pierde el control y hace cosas horribles, intenta consolarse con la idea de que tampoco sus actos tienen la menor repercusión. Ni para él ni para nadie.

Se levanta, se pone las gafas y anda de aquí para allá por la casa sin encender las luces. Pero no es suficiente. El resplandor anaranjado de las farolas se cuela por todas partes definiendo las siluetas de los objetos junto a los que pasa y que está cansado de ver. Para solucionarlo se acerca a la ventana del salón dispuesto a bajar la persiana cuanto sea necesario. Desde la calle llegan risas. Risas jóvenes. Y no tan jóvenes. Pero todas comparten el tono alegre de una despreocupación que roza lo pueril. Y aunque está seguro de que ahí abajo no encontrará nada que le cause el menor bien no logra reprimirse y echa un vistazo.

Por suerte o por desgracia vive en una de las zonas de la ciudad que la juventud ha elegido como centro estratégico de sus operaciones de ocio nocturno. Decenas de personas en clara actitud lúdica se mueven por las aceras con aparente soltura. Como si éste fuera un buen lugar en que vivir. Cruzan la calzada distraídamente y los faros de los coches les iluminan en su alegría durante un segundo. Como si éste fuera un buen lugar en que morir. Lo que está claro es que de un modo u otro están en lo cierto. Lo apuestan casi todo al rojo y lo apuestan casi todo al negro, y siempre ganan.

El caso es que calle arriba y calle abajo entran y salen de los bares riendo y llenan el aire de ruido hablando en voz muy alta. Como si todo el mundo debiera oír y compartir los motivos de su felicidad de fin de semana. O pseudofelicidad. O simple expansión. Lo que sea. Tal vez nada más que una vía fácil de escape. Una forma de huida. Porque quizá no estén igual de contentos el lunes por la mañana, sin alcohol de por medio ni nadie al lado riéndoles las gracias. Nadie al lado, en general.

Quién sabe: puede que las vidas de los de ahí abajo sean todos los días tan plenas y dignas de ser vividas como parecen en este momento.

Porque ahora mismo la diversión callejera le resulta más evidente que otras noches. Más tangible y pesada. Casi la percibe elevarse desde el asfalto recalentado. Desprenderse de los chicles rosas pegados en las aceras y ascender burlona hacia él como un gas que sus pulmones no están preparados para respirar.

Puede que tenga que ver con la llegada del auténtico buen tiempo, se dice.

El calor se ha instalado definitivamente, y todo lo que ello implica para él desde hace unos cuantos veranos. De hecho cada año lo lleva peor. Esa sensación de aproximarse peligrosamente a algo parecido a un punto de cocción neuronal. El sentir que el mundo entero alrededor, con todas sus personas, animales y cosas, se calienta y derrite poco a poco, volviéndose todavía más extraño e intocable.

Justo como los seres que se mueven en la calle. Especialmente como ellas. Todas ellas. La temperatura sube unos cuantos grados y ellas multiplican hasta casi el infinito los centímetros de piel desnuda que lucen al salir a pasear o comprar el pan. Hombros, piernas y escotes inalcanzables que de forma misteriosa consiguen mantenerse limpios y secos y perfumados pese a la luz y el aire calientes que puedan envolverlos.

Él, en cambio, suda. Son casi las diez de la noche y no puede dejar de sudar como un cerdo. Por alguna razón tiene más calor ahí, medio asomado a la ventana, respirando el aire urbano, contemplando el falso millón de oportunidades que se supone ofrece el mundo exterior. Tras echarle un último vistazo obligado por una voz que a lo mejor es su conciencia busca refugio en la penumbra del interior de la casa. Se deja caer en el sofá y siente cierto asco de sí mismo al notar cómo la ropa resudada se le adhiere a la entrepierna y a las axilas. Sin incorporarse del todo se desnuda con torpeza. El eskay marrón chocolate del sofá resalta la palidez de su piel. Y la palidez de su piel resalta los pelos negros de su considerable barriga, apelmazados en grotescos mechones húmedos. Podría ser la tripa de un animal tonto y feo, piensa, de ésos que aguardan apacibles en la fila hasta que el matarife los deja secos con su pistola eléctrica. En un sentido vago, así es como se siente en relación a todo lo que se encuentra al otro lado de las paredes de su casa. Confuso, engañado. En un estado constante de desorientación hasta que la vida le propina un puñetazo con cualquiera de sus brazos-faceta y le hace tener un poco más claro que el único sitio que le ofrece una seguridad relativa es su piso. Y dentro de su piso, su dormitorio. Y dentro de su dormitorio, su cama.

Sí, está convencido. Hizo bien en comprar las provisiones. Latas de conservas y bebida embotellada para unos cuantos meses. Quizá años. Lo necesario para convertir su casa en un refugio, por fin.

Un lugar impenetrable para las miradas de asco y las voces desdeñosas que está harto de recibir. Un sitio donde poder disfrutar del amor.

 

Se levanta del sofá. Sus pies semiplanos hacen plap plap sobre el gres mientras recorre el pasillo en dirección a la cocina. Al pasar frente a la puerta de su cuarto se detiene. Duda un momento. Al final se decide a entrar. Aparta con una leve patada el montón de ropa sucia que hay en el suelo, se huele rápidamente los sobacos y se arrodilla para echar una mirada bajo la cama. Siempre siente una punzada de miedo en ese instante de comprobación. Si ella también le dejara no podría soportarlo. Pero no: todo está en orden: sigue ahí, envuelta en un plástico transparente y con esa pinta de cadáver, de momia. Los brazos aplastados, el pecho hundido, el pelo de cualquier manera. De no ser por esos enormes ojos azules tan abiertos, hasta su cara sería la de una muerta.

-Hola –dice la chica.

-Ho… Hola –responde él. No puede evitar ponerse nervioso cada vez que habla con ella. La quiere tanto.

-Pensaba que esta noche ya no vendrías.

-¿Por qué dices eso? Sabes que no nos hemos separado ni una noche desde que nos conocimos.

-Es verdad, perdona.

Silencio.

-Ni siquiera cuando mi madre tuvo que quedarse a dormir…

-Es que temía que te hubieras cansado de mí –confiesa al cabo ella, con encantadora timidez.

-Eso nunca pasará, puedes estar segura.

-Te quiero.

-Yo también te quiero.

Se miran unos segundos sin decir nada. Luego él se tiende en el suelo y se arrastra hasta introducir el torso bajo la cama. Huele a polvo y a plástico y a lápiz de labios rancio. Pero no se está mal. El suelo está frío Lo único que cuenta es que a medida que se acerca a ella aprecia cómo sus ojos son de un azul imposible, sobrehumano. Y se pregunta si no se habrá enamorado de una especie de diosa.

-¿Qué tal si te saco de ahí? –susurra al oído de la chica, apartándole de la cara unos cuantas greñas resecas.

-Sí, por favor.

La agarra de uno de sus escuálidos bíceps y tira de ella. Con cuidado. Con amor, para ser precisos. No pesa nada. Con una sola mano y sin el menor esfuerzo la tumba en la cama, boca arriba. No puede evitar sentir cierta tristeza al verla en ese estado cadavérico. Siempre le pasa. Y ella lo nota:

-Ya sabes que no me gusta que me veas así –habla como enfurruñada, con un deje casi infantil en la voz-.

-Lo siento.

-Anda, lléname cuanto antes.

Él, obediente, se levanta, abre el armario y saca una pequeña caja rectangular. Extrae de ella algo parecido a un hinchador de colchoneta de playa. Sí, seguramente también podría servir para inflar flotadores o ruedas de bicicleta, pero eso es para otra gente, y es mejor no planteárselo siquiera.

Se tumba de lado junto a la chica y le inserta la boca del bombín en la válvula que tiene en la nuca. Y empieza a bombear al mismo ritmo que ella va creciendo poco a poco. Sus extremidades ganan en consistencia y en el pecho se le levantan dos enormes montículos. Y él siente algo que se parece mucho al amor al verla llenarse de aire. De vida.

Cuando termina tapona la válvula con el doble cierre de seguridad. Sistema antiaplastamiento efectivo hasta 150kg, leyó en el folleto que encontró la primera vez que abrió la caja. Pero eso ya no importa. Sólo son datos, información fría.

Ahora lo que importa es que esa caja que llegó un día desde Taiwan trajo consigo un amor mucho más puro y correspondido del que jamás habría creído poder experimentar.

Y eso es lo que piensa mientras se tumba encima de ella y se hunde en sus azulísimos ojos sobreimpresos, poniendo años luz de distancia con todo lo que pueda estar pasando en el mundo de afuera.

Sólo sale de su trance cuando la chica dice:

-No me gusta hacerlo sin protección, ya lo sabes.

-Lo siento, tienes razón –y alarga el brazo hasta la mesilla de noche para sacar del cajón un par de parches de ésos con los que se reparan las colchonetas de playa, las ruedas de las bicis y un montón de cosas por el estilo, de las que se estropean a diario.

11
jun
08

A golpes

Sufro narcolepsia.

Eso es lo que han diagnosticado los médicos que me han visto: Sufre/Padece usted de narcolepsia. Y todos lo dicen con una voz neutra. Hablan de sufrir y padecer sin poner la cara y el tono apropiados. Hablan de ello como se habla del tiempo en un ascensor.

Yo, cuando tengo un día alegre, prefiero pensar que tengo el don de quedarme dormido en cualquier parte. A veces es un regalo desvanecerse, dejar de ver y pensar.

Cuando no estoy optimista, sencillamente asumo que soy un muerto viviente.

Y no está tan mal.

Cuando te desplomas en medio de la calle y tu cabeza choca contra el suelo, la gente se asusta. Hace un ruido bastante impresionante. Se asustan porque son, por ejemplo, las doce del mediodía de un día radiante de primavera y una persona se muere justo delante de sus narices. Se asustan porque piensan automáticamente en infartos, tumores y aneurismas. Y el día ya no es tan perfecto. Ni la primavera. Ni sus mejores planes para hoy. Les has jodido, les has contaminado, les has preocupado. Porque sus cerebros piensan Joder, podría haber sido yo. Y se vuelven responsables en un solo instante. No importa que el médico te diga que debes dejar de fumar, ni que los paquetes de tabaco hablen mal de sí mismos en llamativas letras negras sobre fondo blanco. No hay nada como presenciar la muerte en directo y a tu lado de un desconocido para empezar a cuestionarte tus hábitos de vida. Para hacer propósito de enmienda. Para reformarse.

Supongo que cuando oyes el crac de un cráneo contra el pavimento piensas lo horrible que sería que ese cráneo fuera el tuyo. O el de alguien de quienes te importan.

Así que no está tan mal esto de la narcolepsia. Cumple una función social. Soy algo así como un mesías. Pero no busco reconocimiento, ni agradecimiento, ni altares en mi honor: soy un mesías discreto. Seguiré cayéndome de cabeza en el asfalto, en la grava o en el mármol. Nuevas cicatrices cubrirán las antiguas. Quizá un nuevo golpe en la nariz vuelva a poner en su sitio mi tabique nasal.

Porque si una fractura abierta sirve para que algún testigo casual se convierta en una persona un poco mejor, habrá valido la pena.

Llevo una cámara colgada del cuello. Siempre.

La he forrado de una gruesa capa de goma-espuma. Lo de la goma-espuma lo aprendí de mi madre.

Cuando me despierto en cualquier parte lo primero que hago es comprobar si se ha roto con la caída. Me preocupo mucho por su integridad. Ella es mi único apóstol.

Los ataques de sueño son muy repentinos.

Empiezan con un cosquilleo en las plantas de los pies. Después sientes que las piernas y los brazos te pesan toneladas y tiran de ti hacia el centro de la tierra. Enseguida la vista se te nubla y los oídos te zumban. Y un instante después ya no estás en este mundo. Te has dormido solo en tu casa o te has muerto en plena calle ante decenas de testigos casuales.

Desde que notas el picor en los pies hasta que te duermes o te mueres no deben de pasar más de tres segundos.

Yo ya he aprendido a aprovechar ese tiempo al máximo. Antes de caerme me fijo en los privilegiados que van a tener la suerte de asistir a mi muerte y mi resurrección. Intento determinar cuál de ellos será especialmente iluminado por mi descenso a las tinieblas. Ya casi nunca fallo. Es intuición. Instinto.

Entonces, si aún te quedan fuerzas, es muy importante mirar a esa persona. Y es todavía más importante que esa persona te mire. Que cuando tú te desplomes tenga la certeza absoluta de que su imagen es lo último que has visto antes de morirte.

Se trata de crear un vínculo entre este mundo y el otro.

Para ser exactos, se trata de crear un vínculo entre tu mundo que aparentemente se acaba y el suyo, que tiene la oportunidad de continuar. Y de ser mejor.

Puede que todo sea mentira. Puede que en realidad no te hayas muerto mirándole, pero podría haber sido así. En todo caso, él o ella lo han percibido así. Y hay que aprovechar esa confusión.

Esa persona ve cómo te vas a otro lugar o a ningún sitio. Ve cómo te despides de esto a través de ella.

Y es necesario que sienta muy adentro el peso de esa responsabilidad. Tiene que sentir miedo y alegría al mismo tiempo. Podría haber sido él quien muriera hoy, pero está vivo.

Recuerdo bien el día en que me confirmaron que había sido elegido.

Que yo era el uno entre mil.

Supongo que decir que era una mañana radiante de primavera quedará bien… un contrapunto.

La verdad es que sí, que hacía un bonito día, luminoso, ni frío ni calor, jardines floreciendo, pájaros cantando, gente tomando la primera dosis de sol real después del invierno. Antes de entrar en la consulta me tomé un café en una terraza. Me sentía bien.

Dentro de la consulta, el doctor me dijo que efectivamente, que las pruebas habían confirmado lo que se deducía de los síntomas. Que yo era el uno entre mil.

Llevaba ya un tiempo sintiéndome cansado. Lo atribuía al cansancio rutinario, a que siempre he sido descuidado con mi salud. No me consideraba más enfermo que cualquier otra persona.

Pero el doctor dijo que era algo más serio que todo eso. Pronunció la palabra narcolepsia y automáticamente yo me sentí como un bicho raro. Un espécimen de laboratorio, un caso de documental. Un enfermo.

Y supongo que afuera la mañana siguió siendo objetivamente agradable, pero cuando salí de nuevo a la calle ya no me fijé en eso.

Desde que mi enfermedad fue designada con una palabra técnica, desde que el primero de una larga lista de médicos me entregó un folleto informativo en el que se me daban consejos para llevar una vida lo más normal posible, fue como si todo ese cansancio que llevaba soportando más o menos bien se elevara a la enésima potencia. Me hundí en la butaca de piel. Incluso una enfermera tuvo que acompañarme a la calle.

Los meses siguientes los pasé encerrado, durmiendo casi todo el tiempo, claro.

Existen muchos tipos de narcolepsia.

El mío se caracteriza por lo súbito de los ataques.

Otras personas, en cambio, viven en un estado constante de somnolencia. No llegan a perder por completo el control de su sistema nervioso. Pero tampoco están nunca absolutamente despiertos. No pueden concentrarse del todo pero nunca están del todo ausentes. Tengo entendido que es como vivir en una nube. Si existe un punto en el que conviven el sueño y la vigilia, ahí es donde estos tipos pasan su tiempo. Es como estar siempre colocado, escuché decir a alguien una vez. Y lo cierto es que ésa es la impresión que me daban esa clase de narcolépticos. Podías verlos en las reuniones de la Asociación, con sus ojos vacíos mirando un punto indeterminado de la sala, un punto que a veces era yo pero que igual podría ser un elefante asiático ejecutando un asombroso número circense: la expresión de su cara no habría cambiado lo más mínimo. Podías verlos con la boca medio abierta, agarrados siempre al familiar que los acompañaba. A veces hablaban como borrachos. A veces alguno de ellos conseguía articular alguna frase con su lengua de trapo en la que se deshacía la enésima pastilla que había ingerido aquel día.

Hace tiempo que dejé de asistir a las reuniones pero apuesto a que ellos siguen yendo allí arrastrados por la ciega fe en la medicina de alguno de sus familiares.

Atiborrados de pastillas que sólo les sirven para aumentar su producción salival. Empachados a base de píldoras de todos los colores del arco iris que les queman el cerebro. A pesar de no retener ni una de las palabras que puedan pronunciar los expertos asistentes a las conferencias trimestrales, ellos estarán sentados babeando en el hombro de papá o mamá.

Mi caso es distinto. Puedo pasar días sin ataques. He llegado a estar una semana sin sufrirlos. Durante esos períodos asintomáticos soy una persona normal. Una persona normal sin trabajo, sin amigos y sin facilidad para las relaciones interpersonales, claro. Mi enfermedad hace muy difícil la vida social.

Pero encontré la manera de solucionarlo.

Al principio, durante un tiempo, usé chichonera. Cuando salía a la calle me ponía uno de esos cascos que usan los ciclistas. En realidad, llevaba ese casco a todas horas. Cuando me levantaba del sofá para ir a mear, me lo ponía. Me lo dieron en la Asociación, junto con unas coderas y unas rodilleras. Complementos de skater para gente enferma. Era un casco de fibra de carbono o algo así, naranja y amarillo. La gente intenta colorear tu vida cuando supone que estás mal, deprimido, triste. Padeces narcolepsia, a partir de ahora vas a pasar buena parte de tu tiempo en el suelo, ya sea en una floreada pradera o en unos aseos públicos… Así que, ya sabes, ponte una chichonera chillona y quizá todo vaya mejor.

Vivía en casa de mis padres.

Mi madre forró los bordes de todos los muebles de goma-espuma. Yo me dormía en cualquier lado y ella no dormía obsesionada con la idea de enmoquetar todo el suelo de la casa. Pero no teníamos dinero para hacerlo. De todas formas, ahora entiendo que fue mejor que no lo hiciera. Fue en mi casa donde empecé a perder el miedo al dolor y el miedo a morirme.

No es la autoconservación lo que te hace fuerte.

Si tienes miedo, no va a desaparecer escondiéndote.

Si tienes miedo a desplomarte de repente sobre la mesita de cristal de tu salón, si te asusta pensar qué clase de heridas te produciría semejante impacto, no lo vas a superar envolviendo la mesa en goma-espuma.

No es la autoconservación lo que te hace fuerte.

Me dije: sé inteligente: cura tus heridas después de hacértelas, no antes. Cuantas más veces caigas, cuantas más veces te hieras, menos te dolerá. Menos te asustará.

Y todo fue más fácil a partir del día en que me abrí la cabeza por primera vez.

Comprendí mi poder.

Ahora mi vida social es gratificante.

A menudo, como ahora, me tumbo en la cama y contemplo el techo y las paredes de mi habitación. Ya no me molesta tanto estar tumbado. Todas esas caras allí arriba dan sentido a mi vida. Las doscientas trece fotografías clavadas en el yeso muestran doscientas trece caras que me sonríen desde el cielo de mi habitación. Todas y cada una de ellas sonríe, y se nota que lo hacen sinceramente. Es lo menos que pueden hacer. Es cierto, dan sentido a mi vida, pero primero yo di sentido a las suyas.

El día que me abrí la cabeza por primera vez, fue por accidente.

Hacía seis meses que me habían diagnosticado mi “mal”. Así se refería mi madre al asunto. Hoy lo pienso y me asombra haber sido capaz de mantener mi cuerpo intacto durante medio año. Me asombra y me irrita: todo esto, esta gran obra, podría haber empezado medio año antes, pero fui un cobarde.

Estaba tumbado en el sofá y decidí incorporarme. Es difícil para un narcoléptico estar tumbado. Es como hacer voluntariamente aquello a lo que estás condenado. Es como si alguien que por alguna extraña razón fuera paralítico sólo la mitad del día, decidiera pasar la otra mitad sentado.

El día que me abrí la cabeza por vez primera, estaba tumbado. A oscuras. Intentaba dormir, hacer aquello para lo que la naturaleza me había dotado. Pero no lo conseguía; quería dormirme y era imposible.

Me puse nervioso y me incorporé. Sentado en el sofá con la cabeza entre mis manos, entonces, sufrí un ataque. Y caí de cara contra el suelo.

Cuando volví en mí tenía un pedacito de diente clavado en el labio superior. Lo supe porque, todavía medio en sueños y obedeciendo al impulso natural de aplicar saliva en las heridas, la punta de mi lengua se deslizó por el recién creado agujero de mi dentadura y palpó el cortante trocito de marfil incrustado en la carne. Incluso antes de abrir los ojos ya podía percibir el sabor salado de la sangre y me parecía estar tumbado sobre algo cálido y húmedo. Me levanté y pude ver que la hemorragia era abundante. En el suelo había un charco perfectamente redondo en el que caían y caían nuevas gotas y chorretones. Escupí: el pedazo de diente también cayó y se hundió en la mancha roja.

Todo esto me pareció llamativo, muy digno de atención, así que no reparé en mi nariz rota hasta que pasaron unos minutos y el dolor empezó a aumentar. Me miré en el espejo del cuarto de baño, iluminado asépticamente por los halógenos blancos que lo enmarcaban, y me quedé fascinado:

Tenía el tabique nasal desviado bastantes grados hacia la izquierda y unas moraduras empezaban a extenderse alrededor de los ojos como relámpagos en cámara lenta.

La sangre me pintaba la cara y la ropa de un intenso color rojo que era mate y oscuro en las zonas secas, y brillante allí donde la sangre seguía siendo líquida y resbaladiza.

Mi aspecto era infinitamente más saludable que mi palidez habitual. El rojo, el violeta, el azul en mi cara… Los colores de la sangre en sus diferentes formas emergiendo de mis orificios o aflorando a mi cara. En cualquier caso, saliéndome de dentro. La prueba evidente de que yo, para bien o para mal, aún estaba vivo.

Por primera vez en medio año recordé que yo era una persona.

Sonreí ampliamente porque me sentí bien. El diente roto se reflejó en el espejo. El hueco oscuro hacía que el resto de mi dentadura pareciera más blanca, que las piezas aún intactas parecieran perfectas. Sonreí un poco más.

A mi madre, en cambio, no pareció agradarle mi nuevo aspecto. Yo debía de estar tan absorto ante mi flamante look, que no la oí entrar en casa. Ni siquiera escuché el grito ayayay que, sin duda, tuvo que soltar al ver la nueva tonalidad del suelo del salón. Pero cuando abrió la puerta del cuarto de baño sí que vi la expresión de su cara, la manera en la que se le desencajó la boca y el modo en que sus ojos se partieron como platos sin soltar una sola lágrima. El rostro de mi madre, por vez primera desde hacía mucho tiempo, transmitía algo diferente a pena, tristeza, dolor y resignación. En aquel momento no supe leer con exactitud el significado de lo que se intuía en sus arrugas, en sus pupilas y en sus canas, pero sí entendí que era algo mucho mejor que la pena, la tristeza, el dolor y la resignación.

Lo que vi en ella era algo que nunca imaginé que podría volver a despertar en nadie: una mezcla de admiración y miedo.

Algo parecido al respeto.

Decidí prescindir del casco y seguir investigando.

Así empezó todo esto.

Por ejemplo, mi ficha número 60 corresponde a una mujer de mediana edad.

Nuestro encuentro se produjo en la parada del autobús nocturno 5. Era muy de madrugada y no había nadie más que nosotros. Nadie pasaba cerca, y estoy convencido de que la mujer temió que yo fuera un atracador, un violador o algo peor. Aferraba el bolso de polipiel en su regazo. Me miraba de reojo cada cinco segundos. Creo que le asustaban mis por entonces escasas cicatrices. Si me viera hoy…

En realidad, lo que más llamaba la atención es que llevaba una bolsa de la que sobresalían un par de zuecos de limpiadora. Y, sobre todo, que se le notaba hasta los huevos de coger el bus de madrugada.

El caso es que aquella noche yo había salido de mi casa sin rumbo específico. Acabé en aquel barrio como podía haber acabado en cualquier otro. Recuerdo que me encontraba ligeramente abatido: durante horas había deambulado por calles concurridas, buscando adeptos, pero el sueño no me había derribado. Así que aquella mujer era mi última oportunidad de redención. Lo pensé, y automáticamente intente liberarme de aquella idea, pues la experiencia me había demostrado sobradamente que mis muertes no se eligen, que se producen sin norma ni criterio, y que si me obsesiono con el deseo de dormirme/morirme en un lugar y momento determinados, nunca lo consigo.

Sin embargo, en aquella ocasión, mientras me enfurecía más y más conmigo mismo y con la jornada perdida y la perspectiva de volver a casa sin una nueva instantánea, sentí el hormigueo, el peso y en un instante el golpe como a cámara lenta del sueño oscureció todavía un poco más la ciudad.

Desperté boca arriba sobre el suelo humedecido por el rocío, con las estrellas intentando hacerse ver por encima de las farolas y la mujer abofeteándome, cada vez más fuerte, al tiempo que pedía ayuda médica a través de su teléfono móvil. Su mano, la que me tocaba, estaba fría, pero había calor en sus ojos. Calor humano. Para ella, el momento en que yo me había puesto enfermo, en que yo había dejado de respirar y de ver, mi muerte, había servido para transformarme de un delincuente nocturno en una persona merecedora de socorro, cariño, atención desinteresada.

Y se había quedado allí a mi lado, lamentado mi sufrimiento. Y agradecida. Sobre todo agradecida. Su día ya no sería tan cotidiano. Ya no le preocupaba llegar tarde a su trabajo de mierda. Un suceso inesperado y como de otro mundo le había hecho ver la verdadera importancia de las cosas, la intrascendencia de unas y la insondable complejidad de otras.

Me incorporé, le hice una foto y me largué cojeando.

Así que, no sé, si no tienes nada mejor que hacer desencadena tu muerte, en público, como una antigua ceremonia.

Sírvete del miedo que inspira para difundir la vida en toda su intensidad.

Anticípate a la tragedia. No la esperes: ve en su busca y, si puedes, búrlala y regresa precioso de entre sus zarpas. Ensangrentado. Desdentado. Perfecto.

Sacrifícate por los demás. Sacrifícate en el sentido más puro de la palabra. Hazles ver la suerte que tienen ellos, los que no están hechos polvo.

No se trata de ser un mártir. Más bien, un animador social. Como uno de esos payasos que recorren los hospitales infantiles, pero más elegante.

Sí, es algo parecido a un voluntariado social. Pero más directo, más inmediato. Sin intermediarios. Sin cuotas mensuales ni cartas de agradecimiento en tu buzón. Tu único reconocimiento: cientos de polaroids clavadas en la pared.

Sonrisas suspendidas en el aire.

Largas noches acompañado de felices rostros extraños.




new!!

Iván Rojo Tales

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