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27
jul
11

Feliz cumpleaños

Estás cansado. El simple hecho de buscar el móvil en los bolsillos se te hace un mundo. Además no importa gran cosa la hora que sea. Algo más de las 12, supones, porque se oyen fuegos artificiales en algún lugar, ni muy lejos ni muy cerca. Más bien lejos; por el ventanuco esmaltado en blanco impoluto del cuarto de baño no entra ningún resplandor. Te preguntas cómo es posible mantener tan limpio algo tan fácil de ensuciarse. Pero al fijarte en los destellos que emiten el lavabo y el inodoro comprendes que ese es un misterio que no estás en condiciones de resolver. Así que diriges la mirada hacia el espejo y piensas si esa palidez es tuya o te la regala su cromado y que sí, que deben de ser las 12 y pico porque todo el mundo sabe que los fuegos artificiales suelen dispararse a medianoche. Al menos en esta parte del planeta, le dices a tu reflejo. Aunque hace mucho tiempo viste palmeras de fuego verdes y rojas a la orilla de un río francés y te parece recordar que la noche acababa de caer. Le/te señalas con el dedo y preguntas ¿Te acuerdas? Divagas. Mantienes la mirada a tus pupilas invertidas y sigues divagando. A veces es difícil parar. De hecho cada vez te cuesta más. Sacas la lengua, observas el interior de tus párpados inferiores y piensas que a tu edad tu padre ya tenía dos hijos. Tú eras y eres el mayor. Tu hermana pequeña es propietaria del espejo, del cuarto de baño y de todo el chalé en el que estás celebrando tu cumpleaños. Es propietaria hasta de la mayor parte de los invitados. Al llegar solo has sido capaz de identificar media docena de caras. Qué más da, que presuma de casa ante sus amigos y conocidos. Se la veía feliz yendo de un lado a otro del jardín preguntándole a la gente qué tal lo estaba pasando. A ti no te ha dicho eso. Te ha dado en la mejilla un beso tan helado como su martíni y su mirada y te ha sugerido que te dieras una ducha. Pero, bueno, a quién le importa estar de más en su propia fiesta de cumpleaños. Para empezar puede que todo sean imaginaciones tuyas. Y además ya lo celebraste anoche y durante buena parte de hoy. De otra forma, con otra gente. Tal vez por eso estás escrutándote en el espejo. Te preguntas si se te nota demasiado que aún vas hasta las cejas. Un destello de lucidez te hace concluir que el mero hecho de preguntártelo ya es de por sí una mala respuesta. Pero no puedes seguir escondido mucho más rato. Ya han llamado a la puerta dos invitados. Voces desconocidas que se han encontrado con la versión más firme de la tuya que has sabido fingir desde el otro lado de la madera de roble: ocupado. Y, quién sabe, puede que haya algún enfermo de próstata pasándolo mal ahí fuera. En fin, es hora de salir. Abres el grifo y ahuecas las manos bajo el chorro. De ahí a la cara. Una, dos, tres veces. No te encuentras mucho mejor. Ni siquiera cuando te mojas la nuca y un par de regueros fríos como la muerte resbalan por tu espalda afilando tu dolor de cabeza, haciéndote sentir que sigues vivo. Pero no queda otra: es hora de salir. Te despides en silencio de tu reflejo. Reprimes una arcada. Y mientras descorres el pestillo de la puerta trazas mentalmente la ruta más rápida y segura para alcanzar el aire fresco del jardín. El cielo abierto. Esa tumbona verde-frontón que al llegar has visto junto a la piscina. Intentas relajarte. No tiene por qué ser tan difícil, te dices. Solamente se trata de tirar del pomo y echar a andar por el parqué del pasillo. Recorrerlo con la vista en el suelo, como si las vetas del wengue fueran señales de dirección. Prestarles toda tu atención para evitar las caras de sorna despectiva de quienesquiera que estén aguardando su turno para usar el retrete. Y para evitar que la visión de las geometrías de diseño enmarcadas en las paredes te mareen más si cabe. No entiendes una mierda de arte moderno. Hasta donde crees conocer a tu hermana ella tampoco. Pero determinados rincones de la casa parecen un puto museo. Y luego desembocar en el inmenso salón. Rezar para que tu cuñado y un par de tipos muy parecidos a él no reparen en ti cuando pasas por detrás del sofá en el que están repantigados viendo el Masters de Augusta mientras hablan de cosas tan diferentes o similares como el IBEX 35 y recorrer las islas griegas en un velero de 40 metros de eslora diseñado por Sparkman & Stephens. Estar a punto de lograr escabullirte pero caer en la tentación de detenerte un segundo para ver si queda alguna lata en el bol lleno de cubitos que hay sobre la mesa. Ni una. Y tropezar con una pata de la mesa y que decenas de cosas de cristal tintineen al unísono y a un volumen perfectamente audible a pesar de los estallidos e pólvora que siguen resonando afuera. Escuchar a tu espalda el roce de los vaqueros Calvin Klein de los tres clones contra el terso cuero del sofá cuando se giran para descubrirte. Y sentir que no tienes fuerzas para lo que viene a continuación. Que te pregunten con sonrisa de vendedor qué tal te va mientras su mirada es la de quien no espera obtener ninguna respuesta digna de ser retenida en la mente más de un segundo porque a un buen vendedor de éxito solo le interesas en la medida en que puedas ayudarle a acrecentarlo y es más que obvio que tú no les sirves para eso. Quizá por contraste les intereses durante un minuto de aburrimiento, eso puede ser, como el niño enclenque y torpe de la clase es utilizado por el popular de turno para serlo aún más, pero ya está. Así que lo mejor será que intentes tranquilizarte pensando que todo terminará en sesenta segundos, puede que un poco más, que pasarás de pie ante el triunvirato sedente, hablando de lugares comunes, frases de ascensor, diciéndoles concentrado en no balbucear que las cosas marchan bien, gracias, mientras notas cómo su mente colectiva penetra en tus ojos inyectados y dicta la sentencia esperada, la de siempre, esa que nunca se pronunciará de viva voz en tu presencia pero que existe y se impone sobre ti sin necesidad de que nadie la publique. Y al fin pretender distraerlos señalando la pantalla verde de un millón de pulgadas con un gesto de barbilla quizá demasiado desesperado y preguntar quién va ganando. Y que ellos se miren entre sí y comenten algo acerca del número de hoyos que todavía faltan para saber eso. Esperar durante otros cuantos momentos eternos a que se giren de nuevo hacia la pantalla y uno de ellos diga algo sobre un hotel de cinco estrellas luxor en pleno corazón de África. Es el indicador de que los tres han regresado a la dimensión a la que pertenecen, de que ya no existes para ellos. Y respirar hondo y soltar el aire muy despacio, casi suspirando, casi agradeciendo su anterior condescendencia y su indiferencia actual. Agradeciendo que ninguno de ellos te retenga un segundo más allí al caer en la cuenta de que no te ha felicitado. Atravesar el gran ventanal y salir al jardín. Ni rastro de los fuegos en el cielo. Pero al menos notarás el césped bajo tus pies, ayudándote a amortiguar el peso. Una sensación agradable pero fugaz. En cuanto eches a andar sobre la hierba, entre antorchas de bambú y música jazz, a través del aroma a barbacoa, dará paso a un hormigueo que te subirá haciendo eses por la parte interior de las piernas hasta detenerse en tus vértebras lumbares. Es probable que sientas un leve cosquilleo que podría ser hasta agradable si no fuera porque al mismo tiempo percibirás cómo un líquido denso empieza a derramarse en el interior de tu estómago y tu cerebro. Pensarás que quizá esta vez te hayas pasado. Y puede que imagines que la sangre se está ralentizando hasta límites imposibles en tus venas. Que tu corazón es una esponja carcomida empapada en tal cantidad de chapapote que es incapaz de seguir drenándolo. Mirar hacia abajo y ver cómo te tiemblan las manos no te ayudará a serenarte. Seguramente, por instinto, las levantarás hasta la altura de tus ojos y cerrarás los puños en un intento de recuperar el control sobre ti mismo. No servirá de nada. Y te sorprenderás resignándote a ello. Te sorprenderás sacando a relucir un instinto social que creías perdido y que te hará esconderlas en los bolsillos para no llamar aún más la atención. Llegados a este punto, tan cerca de la meta, no te quedará otra opción que seguir adelante. Evitar mirar hacia esa mesa bajo el pino más grande donde tu madre bebe ponche con esos ojos opacos asomando por encima de la copa, clavados en ti. Evitar echar de menos a tu padre, que no te entendía pero te quería y murió demasiado pronto. Desechar con o sin razón la idea de que quizá esos putos estallidos que nadie más busca en el cielo son la primera señal de que definitivamente algo se ha jodido dentro de tu cabeza. Esquivar a un treinteañero de calva reluciente, tu primo segundo, crees, cuando aparece ante ti e intenta darte un abrazo absurdo. No caer en la tentación de retorcerles el cuello a los dos gemelos mayores de tu hermana por mucho que te disparen con las pistolas de agua, por muchas patadas que te den en la espinilla. Simplemente has de concentrarte en seguir, seguir, seguir. Ni siquiera te detengas cuando la otra niña de la casa, la que te cae bien, a la que le caes bien, venga corriendo hacia ti con una sonrisa y te ponga en tu mano dormida una pequeña cajita deseándote feliz cumpleaños. Quizá añada algo extraño, algo como que siempre tienes cara de que te duela la cabeza. O eso creerás escuchar por encima o por debajo de los estruendos sin luz. No cometas el error de decirle Gracias, guapa y agitar su pelo de cinco años. Podría ser una trampa. Todo lo que has de hacer es seguir andando y, con un poco de suerte, pasar desapercibido para todo el mundo. Si lo haces bien se te concederá el premio. Poder respirar unos minutos el olor de los pinos o lo que sea que decidieron plantar en esta parcela sin tener que hablar de nada. Sin pensar en nada. Sin comentarios a tu espalda ni sonrisas pintadas danzando frente a tu cara. Y al fin dar con la tumbona libre a la orilla de la piscina en forma de haba con todas esas luces en el fondo. Echarte, sentir la lona amoldándose a tu cuerpo, con el líquido resplandor azul eléctrico ascendiendo y brillando sobre ti, sobre todo, como una aurora boreal. Fantasear durante un instante con que se trata de un ovni sumergido esperando el momento para salir volando y sacarte de allí. Imaginar que si fueras capaz de volar lo bastante alto la piscina parecería el riñón de un androide del siglo XXIII, de un elegante azul pálido y frío y silencioso y limpio y eficaz. Y quedarte dormido por fin en la tumbona después de, quizá, ver los fuegos ardiendo en mil colores perfectos y cegadores entre las copas oscuras de unos árboles allá, a medio camino siempre a medio camino del horizonte, dándole cierto sentido a las explosiones que no cesan. Y eso es todo. No tiene por qué ser tan difícil, te dices. Solamente se trata de tirar del pomo y echar a andar por el parqué del pasillo. Y entonces te despiertas. O empiezas a despertarte, porque lo cierto es que tardas unos minutos en saber dónde estás. La lona áspera de la tumbona te ayuda a ubicarte. Y el tufo denso a carne abrasada. Y el jazz de rigor en toda reunión selecta. Y el resplandor de las antorchas creando sombras danzarinas en el suelo, en los árboles, en el seto que delimita esta propiedad privada de la del resto del mundo. Y sobre todo ese coro de voces que parlotea a tu espalda. Sabes que vas a tener que acercarte a la reunión de conocidos y extraños. Y también sabes que para hacerlo con unas mínimas garantías necesitas una cerveza. Te levantas con esfuerzo de la tumbona dispuesto a coger un par de latas del pozal que milagrosamente hay un par de metros más allá. Al incorporarte algo rueda por tu barriga y cae al suelo. Una cajita de madera cerrada con un lazo rosa. Empiezas a recordar de verdad. A plantearte cuánto tiempo llevas dormido. Te agachas y la recoges. No pesa nada. La agitas junto a tu oreja. Suena a plástico entrechocando con arena. Al fin lo abres. Un par de nolotiles ruedan por la madera. No sabes si reírte o llorar, pero lo que importa es que el pecho se te llena de una enorme gratitud hacia tu sobrina. Hacia su sabiduría imposible. Hacia su comprensión. Necesitas darle un abrazo de inmediato y explicarle que a veces no te duele la cabeza y que seguro que dentro de poco ya no te dolerá ni en los peores días. La buscas barriendo deprisa el jardín con la mirada. Y se te eriza la nuca cuando por el rabillo del ojo ves a contraluz esa silueta hundida en el fondo de la piscina. Te lanzas al agua. Buceas. Añades un poco de sal al cloro. Y cuando llegas a ella chocas contra algo duro y te ves tirando con todas tus fuerzas del brazo de una pesadísima sirenita de piedra probablemente comprada en la sección de jardín de Ikea. Bueno, seguramente en un sitio más selecto. Y ahí abajo, mirando frente a frente a la estatua como un auténtico imbécil, entre miles de burbujas de oxígeno perdiéndose para siempre, comprendes que nunca has sido tan feliz como en ese preciso instante. Y te importan una mierda las caras de estupor que te reciben cuando emerges. En primera fila hay una, más pequeña que el resto, que sencillamente se limita a reír. De la manera más nítida y pura que jamás has escuchado. Porque sí, siguen resonando las explosiones, pero ahora las ves brillar y apagarse y brillar en el cielo. Justo encima de su risa. Bañándolo todo de luz.

27
ene
11

La felicidad de las hormigas

Es probable que sea lo menos importante de todo pero me levanto, me meto en la ducha y me sobreviene esa sensación de estar a punto de recordar algo. Luego lo pienso mejor y me doy cuenta de que más bien es justo lo contrario: la sensación de estar a punto de olvidar definitivamente algo. Me exprimo la cabeza goteante y solo consigo rescatar que anoche se me ocurrieron tres historias mientras daba vueltas en la cama. Y me acuerdo de que me parecieron buenas. Las vi claro a las tres. De principio a fin. Muy nítido lo que le ocurriría/no le ocurriría al personaje y muy sorprendente su desenlace/no desenlace. Y quiero dejar claro que cuando digo sorprendente bien podría decir repetitivo, optimista, descorazonador o lo que me saliera de los cojones. El caso es que el agua me va desentumeciendo el cuerpo pero ni por asomo hace lo propio con mi mente. Porque no me vienen, no me vienen esos tres putos cuentos perfectos. Bueno, digamos decentes, que ya es bastante. Y lo cierto es que eso suele ocurrir (-me) a última hora de la noche, cuando las oportunidades de lo que fue hoy se han esfumado y las ideas lentas intentan colarse en el orden del día siguiente. Me refiero a que se me ocurran historias mientras lucho contra el insomnio unas veces y contra la somnolencia otras. Y sobre todo me refiero a que esas historias siempre siempre me parezcan mejores que las que nacen cuando el sol brilla ahí arriba, cuando el trabajo absorbe tu tiempo y cuando la gente prosigue con sus vidas, tan activas o no, tan llenas de obligaciones y placeres y tristezas y demás mierdas o no, pero siempre tan adaptadas y adaptables y aceptadas y aceptables. Lo malo es que, igualmente sin excepción, no encuentro fuerzas para levantarme de la cama y tomar siquiera unas breves notas, apuntes, como queráis llamar a la planificación. Siempre me digo mañana, mañana las recordaré y las escribiré y mataré de un tiro tres fantasmas. No son muchos, pero son muchos más que ninguno. Pero al día siguiente no hay forma de llevarlo a cabo. De un modo u otro acaba ocurriendo lo de hoy o lo de otro hoy muy parecido. Es decir, por ejemplo estar bajo el agua caliente limpiándome/despejándome para otras veinticuatro horas de batalla, intentar recordar, cerrar fuerte fuerte los ojos y notar la sangre comprimida dentro de los párpados y la espuma del champú colándose quién sabe cómo y no ver ni rastro de los buenos relatos que se me ocurrieron hace tan solo unas horas. No ver más que lo que parecen diminutas estrellas rojas, verdes y azules de hemoglobina y PH neutro danzando en lo más hondo de mis cuencas oculares.

Total, que no, no recuerdo lo que en principio quería escribir, y sí, todo este rollo es para decir simplemente eso. Qué coño, puedo permitírmelo. Pese a lo que digan los datos, las estadísticas, los concursos, las visitas y la inmensa mayoría de la gente, a estas alturas puedo permitirme hacer trampas. Y que le den a Sensini.

Por eso sigo y decido que hoy no voy a ir al trabajo. Me aclararé los ojos, me aclararé todo un poco y llamaré y diré que estoy enfermo, que tengo la gripe A, cualquier cosa. O ni eso; al fin y al cabo lo que hago en la oficina no son más que gilipolleces.

Luego, no sé, digamos que me tomo un café de pie en la cocina, sin prisa. Aprecio nuevos matices en su sabor mientras el sol forma un rectángulo tibio sobre los restos de café que he esparcido al abrir el paquete, y pienso en hormigas. Pienso en la felicidad de seis mil millones de hormigas y en lo poco que se diferencia de la nuestra. Servicio, construcción, acumulación. El zumbido de la nevera de fondo crea un patrón en mi cabeza. Me maravilla que sea la primera vez que reparo en su frecuencia, en su tono, en el repiqueteo metálico que emite cada seis segundos. Todo, TODO es cuestión de tiempo y atención, y prestárselo/-la al ruido del frigorífico no es intrínsecamente más inútil que invertirlo/-la en saber el minuto exacto en que el 89 pasa por la parada más cercana a tu casa.

Y luego por ejemplo me conecto al facebook y pierdo el tiempo que he decidido ganar hoy cotilleando como un gilipollas aquí y allá. Nada, nada y más nada hasta que entro por inercia en un perfil recurrente y leo que la última chica que me dijo No se cayó el otro día por las escaleras de una discoteca. Su estado dice Magulladuras, cortes, esguince, vergüenza. Me imagino la caída. El golpe de la rótula izquierda contra el listón metálico que bordea el escalón, la muñeca doblada antinaturalmente, la ridícula contusión en el coxis. Y de inmediato me siento un poco mejor. Entonces la visualizo en el suelo, las medias rotas y su palidez manchada por la pringosa mezcla oscura de polvo de zapatos y alcoholes derramados. Y de inmediato me siento mal por sentirme mejor. Pero no puedo domar ese leve bienestar que crece y crece dentro de mí hasta ya no poder calificarse de leve. Además, solo tiene veinticinco años. Como suele decirse, aún es de goma. Cree que siempre tiene razón, cree que nunca se equivoca, pero aún es de goma.

Así que, qué coño, ¿por qué no dar rienda suelta a esta pequeña satisfacción? Pese a lo que diga ella, los otros y mi balance de éxitos y fracasos, creo que a estas alturas puedo permitirme ser un poco hijo de puta. Quizá así todo empiece a ir mejor.

Y salgo a la calle con esa fe oscura oxigenando mis pulmones. El sol no es gran cosa hoy tampoco, pero tengo un día entero por delante para malgastarlo en lo que yo decida. Sin ir más lejos, hace años que no lavo el coche. Me apetece fumar (si nadie me ve) bajo este sol vulgar a la espera de ver salir el coche del túnel de lavado. Quiero verlo blanco, blanco de verdad. Deslumbrante y con los neumáticos de un negro perfecto. Me apetece mucho estar allí de pie y por un momento pensar en ponerme al volante y largarme a cualquier parte. Pensarlo. Solo pensarlo. Hacerlo es lo de menos. Demasiados factores externos.

28
oct
10

After 5

Ayer tarde estoy aburrido revolviendo en mi absurda cartera, tickets de objetos que ya llenan los vertederos, descuentos de discotecas clausuradas, la foto de alguien muerto o algo por el estilo, y me doy cuenta de que ayer me caducó el D.N.I. Como no tengo nada mejor que hacer salgo de casa dispuesto a obtener el retrato de mi yo actual. Estamos a fin de mes y me pregunto si lo que llevo me alcanzará para las fotos pero me olvido de ese posible inconveniente nada más pisar la calle. El frío ha llegado. Mi moqueo instantáneo da fe de ello. El frío ha llegado por fin y, como siempre, trae consigo la belleza. La gente se tapa más, la gente es más bonita. La gente es menos gente. Todo el mundo anda deprisa con el cuello replegado entre las clavículas, escondido en el centro cálido de las solapas de chaquetas y cazadoras. Pienso en tortugas mutantes, enormes y bípedas. Y me siento mejor; las tortugas no hablan; el riesgo de cruzarme con algún vecino o conocido que decida darme conversación se ve reducido considerablemente. Así que paseo tranquilo rumbo al estudio fotográfico de dos calles más allá agradeciéndole al movimiento de translación el aire helado que me convierte las tetillas en diamantes afiladísimos. Frente a la puerta de Mercadona me cruzo con una anciana a la que se le cae una bolsa. Tres manzanas ruedan por el suelo. Los huevos, alguno de ellos por lo menos, quedan maltrechos dentro de la caja babeante. No me detengo. Supero el obstáculo con un grácil salto, y por alguna razón tal movimiento me hace tomar conciencia después de mucho tiempo de que sigo siendo un ser humano. Y algo que está a mitad de camino entre la alegría y la fiebre me calienta las sienes. La sensación dura poco, no obstante. Alguien dice algo a mi espalda. Más bien lo grita. Creo que va dirigido a mí. Lo que tengo claro es que esa voz no ha podido brotar de la escuálida garganta de la vieja. Demasiado potente, demasiada testosterona en el tono. Deduzco que algún buen samaritano, probablemente tan a gusto con sus valores morales como con sus músculos, ha visto la tragedia y ha intervenido raudo y veloz para reestablecer el orden, para ayudar a la anciana a seguir con su vida y, de paso, intenta darme una lección. Hago oídos sordos. Si me girara y descubriera que una aberrante tortuga parlante se ha atrevido a dirigirme la palabra no tendría más remedio que sacar el cúter del bolsillo y clavárselo en el corazón. Y no, no es plan… De manera que me contento con desenvainar la hoja lo justo para hacerme un pequeño corte en la yema del dedo gordo. Mi propia tibieza goteando en el bolsillo me hace sentir relativamente vivo de nuevo. Hoy puede ser un gran día, me digo, aunque a mi alrededor nada parezca indicarlo. No cae confeti de los balcones ni el cometa Halley rutila en el cielo. Y la gente que pasa a mi lado no molesta demasiado, es cierto, es más bonita que ayer, pero también es verdad que no parece importarles una mierda lo que yo opine al respecto. Entro en el estudio y una mujer me da las buenas tardes desde detrás de una caja registradora enorme que la oculta por completo a mi visión. Entonces se mueve y veo sus ojos chinos y su sonrisa china. Por un momento creo que he entrado en el eurochollo de al lado. Me da la impresión de que ella percibe mi desconcierto, de que sus ojos se achinan un poco más y de que la sonrisa huye de sus labios hasta quedar reducida a una levísima inclinación ascendente de su comisura derecha. Me entristece pensar que ella pueda haber supuesto que mi perplejidad, por otra parte moderada y en modo alguno malintencionada, se debe a motivos racistas o a alguna otra falla ética. Me entristece en lo más profundo pensar que uno ni siquiera pueda asombrarse de las cosas que ve en el mundo normal sin verse en la obligación de explicarse continuamente. Me siento abatido en el taburete. La sangre se enfría en el vientre de mi bolsillo y me replanteo mi teoría acerca de la llegada del invierno. La china me dice que sonría. Mi culo aplasta la cartera que llevo en el bolsillo de atrás, llena de cosas viejas. Fotos, tickets, el DNI que me hice hace cinco años y en el que tampoco aparezco sonriente, una carta convertida en papel de fumar escrita en tinta violeta degradada hasta el rosa. Y cinco miserables euros emitidos en 2005. Todo, absolutamente todo, sigue igual después de un lustro. Ya no me interesa ver mi cara actual. ¿Sonríe?, le pregunto. Sonríe, me contesta. Lo hago casi imperceptiblemente, imitando la mueca de sus comisuras, cuando leo el cartel en el que dice que las fotos de carné cuestan 3’75. Y ¡flash!

15
oct
10

Una noche normal

La noche que maté a mi amigo era una como otra cualquiera. Recuerdo muy bien el momento en que lo dijo. Su voz me llegó como un rayo láser de esos que se usan para reanimar a los criogenizados. En cierto modo fue como si también yo saliera de un estado de letargo en el que no recordaba haber caído. Y no tuve más remedio que matarlo. Acabábamos de cenar. Él estaba dentro de su flamante bola gigante. Era uno de esos programas vívidos. No puedo explicar de qué trataba. Pero no porque no recuerde lo que vi la última vez que eché un vistazo a la esfera líquida que nos habían instalado hacía poco en el piso que compartíamos. Simplemente no supe darle sentido a lo que contemplé. Quizá no lo tenía. Mi amigo nadaba en el centro de la bola. Nadaba entre delfines extintos devueltos a la vida por unas horas sólo para que él acabara con ellos justo al final del programa. Tenía pasta. Sus padres tenían pasta. Yo me beneficiaba de algunos de los regalos que le hacían. Pero a su jodida esfera no me dejaba ni acercarme. Además el muy cabrón había instalado un código de seguridad genético. Y de los buenos. Mis intentos con su cepillo de dientes y con su esponja no sirvieron de nada. El caso es que lo vi justo en ese momento. Nadaba y salía del agua y se encaramaba a una especie de embarcadero. Sobre uno de los maderos había una caja de aluminio que relucía al sol más que el mismo mar. Entonces sacaba de ella una pistola paralizadora y les disparaba a todos. Creo que eran cuatro o cinco. Las criaturas quedaban flotando de costado. Observé que la piel que quedaba fuera del agua se secaba rápidamente. Reconozco que no pude evitar maravillarme ante el nivel de detallismo que los desarrolladores habían alcanzado en los últimos meses. Luego mi amigo extraía otra pistola de la caja. Más grande. Casi un pequeño cañón de protones. Imponente incluso para los tiempos que corren. Creo que lo llaman Desintegrador de Proceso Lento. Y uno por uno iba aplicándoselo a los delfines. Empezando siempre por la cola. Los animales no paraban de emitir unos ridículos chasquidos a medida que el trasto los iba desollando. Pero, joder, cuando la cosa pasaba a mayores los ruidos se convertían en auténticos gritos. Alaridos casi humanos, lo juro. Seguían vivos cuando el rayo ya les había volatilizado más de la mitad del cuerpo. Y ni sangre ni nada asqueroso. Lo único que quedaba en el agua era una especie de espuma blanca que burbujeaba durante unos segundos y desaparecía. Dejé de prestar atención a su jueguecito cuando se disponía a aniquilar al tercer ejemplar. Los delfines y los caballos y todas las bestias antiguas siempre me la han traído floja. Me acerqué a la ventana. Y recuerdo que pensé que todo seguía en su sitio. El eje de coordenadas era el mismo de siempre. La verticalidad y la horizontalidad del mundo no habían cambiado. Los reflectores de la torre vigía del distrito zigzaguearon fugazmente sobre la fachada del rascacielos de enfrente. El zumbido de las turbinas generadoras de oxígeno puro me molestaba tan poco como de costumbre. Y millones y millones de luces LED-XXV centelleaban en la cara visible de la luna. Cada tres segundos un nuevo spot. Cada tres segundos una nueva combinación de colores iluminaba las nubes de vapor grandes como países que desprendían las prospecciones que se desarrollaban en la cara oculta. Era una noche normal. Así que no creo que se pueda hablar de enajenación mental transitoria. Y si es que sí me da igual. No tengo pensado acogerme a una patraña por el estilo si llega el momento de explicarse ante el Consejo de Sabios. Sería como tirarlo todo por la borda. No debió decir lo que dijo. Y punto.

24
sep
10

aa

Creía que era cosa de cine. Un giro dramático de guión. O moralina facilona de publicidad. Pedagogía para retrasados. Pero tengo que reconocer que a veces pasa en el mundo de la gente de carne y hueso. Me ha ocurrido, en la carne y en el hueso.

 

-He acabado un sudoku nivel medio en poco más de tres minutos. Entre las 11:48 y las 11:51 a.m., encerrado en los servicios del trabajo, sentado sobre la tapa, respirando Pato WC a pulmón lleno, sin la menor intención de satisfacer ninguna necesidad fisiológica.

-Por fin han cambiado el hilo musical del ascensor. Hoy sonaba algo a lo que no he conseguido poner título pero que estoy seguro de haber oído en alguna parte. De hecho me parece que era una de esas canciones cantadas por una rubia idéntica a su máxima rival en el estrellato pop que durante un período de uno o dos meses se escuchan en todas partes. La melodía, el ritmo y la voz de la composición eran pura mierda. Así que no es que la cosa haya mejorado demasiado, pero al menos ya no tendré que viajar ocho pisos hacia la oficina escuchando las notas mediocremente épicas de Enya; hacían de la subida algo aún más grotesco.

-A eso de las nueve de la noche he reunido la suficiente fuerza de espíritu para recorrer un par de manzanas hasta ese chino de neones azules. Las aceras estaban cubiertas por una fina capa de humedad. Tenues reflejos multicolor esparcidos por el suelo y un giro frío en el aire. El otoño está a la vuelta de la esquina. Me ha gustado ver a unos cuantos peatones arrebujándose en sus chaquetas; me daban ganas de abrazarlos. He pedido ternera con bambú y setas chinas y un poco de pan de gambas. Y un par de rollitos por si de vuelta a casa se producía algún milagro. He dejado propina. A tenor de lo uno y lo otro deduzco que conservo cierta fe en la humanidad.

 

Las 08:01. Tampoco hoy mi jefe decide empezar a ser un buen tío y poner en práctica la sana costumbre de llamar a la puerta antes de entrar en una habitación. O en un despacho, como es el caso. Cosa que repercute de manera considerablemente negativa en mi salud. Su voz enlatada dice Buenos días a mi espalda y el corazón se me acelera en un instante hasta rozar el colapso. Acierto a devolverle el saludo a duras penas, pues casi todo mi cerebro sobrexcitado se pone a pensar en esas gacelas de la tele. Corriendo delante del guepardo. Cortando el aire. Volando sobre la sabana a zancadas prodigiosas. Cada vez que reponen ese documental me hundo en el sofá y rezo para que logren escapar de las fauces, de las garras. Lo merecen. Lo merecen aunque sólo sea por su manera de darse a la fuga, tan elegante, sin emitir el menor berrido. Pero justo cuando parece que con un solo dribling más lo conseguirán su organismo decide que el volumen de sangre que el corazón bombea y bombea no es suficiente para oxigenar su musculatura. Y zas: lo que era la maravillosa visión de un grácil herbívoro burlando a la muerte de repente se convierte en el espectáculo grotesco de un cuadrúpedo cataléptico que se deja masticar las tripas sin hacer otra cosa que parpadear para que las moscas no le chupen los ojos medio muertos. En eso pienso cuando el jefe toma forma a mi lado como venido del más allá y me pregunta por la cuenta de pérdidas y ganancias de no sé qué empresa del grupo. En gacelas asustadas. Así me siento. Con el corazón obstruyéndome la garganta.

 

-La nueva cajera del supermercado de la esquina tiene las tetas más grandes que su predecesora.

-Hoy el tabaco no ha subido de precio.

-El mandamás supremo de la multinacional para la que trabajo es más feo que yo. Y más viejo. Las fotos en prensa no dejan lugar a dudas. Y, lo que es mejor, puede que en sus vacaciones recorriendo el Orinoco decidiera remojar su torso vacuno en un tibio remanso de aguas cristalinas. A salvo de cocodrilos y pirañas pero sin caer en la cuenta de que allí habitan desde hace eras unos pececillos delgados a los que no les hace puñetera gracia que invadan su hábitat. Unos pececillos delgados como alfileres que se te meten por la uretra, se anclan a las paredes gracias a unas espinas afiladísimas y te plantan en la polla el futuro entero de su sórdida especie. Cuatro o cinco mil huevos microscópicos incubándose y eclosionando en tus entrañas más sagradas. Intenta mear eso.

 

Y al día siguiente o cualquier otro día son las 08:04 y el jefe vuelve a darme un susto de muerte. Putas gacelas de ojos gigantes lagrimeando cobardía. Hoy quiere saber, como si la misma vida le fuera en ello, si he enviado un mail a xxxxx (ininteligible). Lo tengo a medio metro de distancia. El olor mezclado, adulterado de su after-shave y su chicle de mentol y sus sempiternos rodales de sudor se me mete por la nariz como una tuneladora hasta la base de mis sesos. Y gracias a la luz cenital de los fluorescentes puedo observar con absoluta nitidez cómo diminutos meteoritos de saliva son expulsados de su boca a cada sílaba y caen sobre mi mesa, mis papeles, mi camisa. Sobre mí. Pero oigo su voz a lo lejos, como si me hablara desde detrás de un cristal blindado. Obviamente, no lo sé. Igual de obviamente, le contesto que sí. Para que se vaya, para que me deje en paz, para que se lleve a otro lado su olor corporal, sus babas y sus órdenes. Mientras lo veo salir de mi despacho y alejarse trazando una trayectoria imprevisible entre el laberinto de cubículos me lo imagino yéndose a dormir frotándose las manos por la perspectiva de amargarme la vida nada más llegar a la oficina de buena mañana. Me pregunto si no será un sádico que me ha elegido como destinatario de su maldad innata. Y luego me pregunto por qué no consigo acostumbrarme a esto y punto.

 

Lejos de los números de la empresa, sigo trabajando por objetivos. Cada noche hago mi balance particular. No consigo dormirme hasta que encuentro o me invento por lo menos un par de datos reconfortantes entre la mierda imperante. Por ejemplo:

-Primer párrafo de la página 122 del libro que tengo esta noche sobre la mesita: “De regreso en La Roche-sur-Yon, compré un cuchillo de cocina en el Uniprix; empezaba a tener un esbozo de plan. El domingo fue inexistente; el lunes especialmente sombrío”. Qué cabrón… Una absoluta genialidad.

-Creo que le he gustado a una chica en el metro. Me ha costado darme cuenta; la falta de costumbre, la sorpresa. Pero al final he optado por concederme el beneficio de la duda. Estas cosas se notan, me he dicho. Me lanzaba miradas furtivas desde detrás del periódico gratuito que sostenía entre las manos. Bizqueaba sin remisión del ojo izquierdo. He pasado algunos momentos de estupor. Incluso de pánico, para ser sincero. Pero he sabido gestionarlo con relativa solvencia. Además de notarse, estas cosas son normales, me he dicho para tranquilizarme. O lo eran, por lo menos. El caso es que le he devuelto las miradas procurando canalizar hacia mis facciones mis reservas de energía vital. Procurando parecer un ser humano seguro de sí mismo. Pero no ha sucedido nada digno de mención, de manera que he salido del vagón pensando que tal vez ella me miraba y remiraba sólo porque yo contemplaba hipnotizado su descarado ojo estrábico.

-Poco antes de anochecer he subido a la azotea. No ponían nada digerible en la tele. Hay una vecina recogiendo sus sábanas. Temo que arruine mi breve escapada. Mi tercer clavo ardiente del día. Pero no me importuna demasiado; desaparece rápidamente con una palangana llena de ropa negra bajo el brazo. Su prudente mutis me alegra tanto que incluso correspondo a su despedida. Adiós, adiós. Ojalá sea feliz, he pensado, ojalá le vaya bien. Siempre me ha parecido una buena persona pero nunca se lo he dicho ni se lo diré; no es más que una vecina. Luego me enciendo un cigarro, me acodo en la barandilla y me lo fumo mirando el cielo rojo. Los tejados rojos, los cristales rojos, las antenas como metal licuado desafiando a la gravedad, y un par de aviones ahí arriba, brillando diminutos, igual que proyectiles en llamas a cámara superlenta. Un paisaje bastante bonito. Que dura muy poco. Cuando la oscuridad se lo come todo tiro la colilla al vacío. La chispa empequeñece y empequeñece hasta desintegrarse contra el pavimento sin dejar ni rastro, como si nunca hubiera calentado ni iluminado.

Acabado mi balance, como norma general, consigo dormir unas horas.

 

Durante uno de mis muchos tiempos muertos entre jornada y jornada paso por delante de una perfumería y el olor que sale por la puerta es el peor de todos los posibles. Se me revuelve el estómago y sudo un poco por las sienes pero consigo no detenerme. Continúo por la acera y llego a una tienda de animales. Seguramente por desalojar de mi cerebro lo que se acaba de instalar en él decido comprarme un perro. La dependienta me pregunta qué preferencias tengo. Eso sería muy largo de responder, así que me limito a decir que me da igual, que la única mascota que he tenido en mi vida fue un periquito verde, que sólo quiero un poco de compañía doméstica. Me callo que de eso hace unos veinte años y que aún a veces sueño con él, con la poca atención que le presté, con que ni siquiera llegué a ponerle nombre, con lo que le hice en las patas, y también me callo que quizá haya llegado a un momento en que todo mi ser me impulsa a tener algo a lo que cuidar.

Salgo de la tienda con un caniche enano inmaculado en una mano y una bolsa de comida para perros en la otra. No sé lo que me da más asco.

En casa compruebo que esto de responsabilizarse de un ser vivo es una auténtica jodienda. Me parece increíble que una criatura de escasos dos kilos de peso pueda generar tanta inmundicia. Hay pelos por todas partes. Hay orines por todas partes. Me pregunto a quién le puedo regalar un caniche enano blanco como la luna y con cara de ser la encarnación de la ternura. A nadie, no tengo muchos amigos. A ella podría interesarle. Le encantaban los perros; tal vez respecto a eso no haya cambiado. Aunque nunca se sabe… Mírame a mí: siempre he detestado a los chuchos y aquí estoy, acuclillado en la cocina poniéndole un plato de leche delante del hocico a mi flamante perro de pedigrí.

Lo que no me da la gana hacer es bautizarlo. Luego todo se muere o se acaba o se va y lo único que se queda dando vueltas en tu mente es un nombre o un perfume o cosas así, de ésas que es imposible borrar.

 

La realidad aumenta un grado en hostilidad cuando me doy cuenta de que mi tronco de Brasil ha desaparecido. Lo tenía en el centro de la minúscula terraza interior a la que da el ventanuco de mi despacho. Quizá decir terraza sea excesivo; no sé, un oscuro deslunado, un cuadrado de dos por dos metros cuya finalidad principal es impedir que las pinzas que se les caen a los vecinos de los pisos superiores alcancen el centro de la Tierra. Y también ser un hogar más que digno para mi querido tronco de Brasil. Aire más o menos puro (para una simple planta, claro). Y la incesante lluvia de esta ciudad jamás lograría anegar su terruño; imposible atravesar las decenas de plásticos azulones que cubren los tendederos todos los días del año y que hacen flap flap flarrrp sin cesar. ¡Contaminación acústica en el entorno laboral! Nunca me he quejado, por supuesto.

El caso es que como todos los viernes justo antes de disfrutar de mi permiso de cuarenta y ocho horas me dispongo a darle a mi compañera vegetal su dosis semanal de agua (ver cualquier manual de jardinería o poner en Google “tronco brasil cómo regar) y no encuentro más que la huella astillada de la maceta sobre el terrazo. Me atraviesa un escalofrío: ahora sí que estoy solo del todo. Es como si de pronto la moqueta que recubre los pasillos oliera más a sintético. Es como si el zumbido del ordenador aumentara de intensidad hasta transformarse en la turbina de un boeing 747. Es como si alcanzar el final de la siguiente semana sin tener el incentivo de dar de beber a mi sedienta planta sudamericana fuera un reto inabarcable. Joder, no molestaba a nadie. Alguien, no sé exactamente quién, pasa por el pasillo y se detiene en el umbral de mi puerta. Me dice que hay una plaga de pulgones en el edificio. Hasta el jefe se ha deshecho de su cactus. Y se va. Hijos de puta. Tal vez debería comprarme un perro.

 

-Decido permitirme un lujo. En los chinos de al lado del estanco compro una bolsita de sales de baño, aunque también podrían ser y a lo mejor son piedras de jardín zen. Tenía la esperanza de que el agua se llenara de espuma y de aromas frutales y que mi yo emergente fuera una versión muy mejorada del yo que acabo de hundir en la bañera. Una leve pátina irisada sobre la superficie, eso es todo. Pero el agua está caliente y los azulejos se recubren de vapor y me pongo a garabatear con el dedo figuras geométricas y luego letras y luego números y entonces me doy cuenta de que he olvidado su número de teléfono. Una sustancia ardiente me abraza las costillas, las comprime un instante hasta cortarme la respiración, y enseguida deja de hacer presa en mi pecho. Relajación. Tranquilidad. Alivio, en puridad. Exhalo una gran bocanada de aire caliente y de muchas más cosas que se esfuman en medio de la neblina cálida. Cara y perfume y casi todo lo demás siguen indelebles, es verdad. Pero, bueno, algo es algo.

-Recibo un e-mail de mi madre. De hecho, recibo el primer e-mail que mi madre ha escrito en su vida. Le insistí en lo del ordenador; la llamada de las diez de la noche me resultaba cada día más difícil de sobrellevar. Nada nuevo que contar, coño. Nada bonito, mamá, nada especial. Hola hijo, empieza, y no puedo evitar pensar en la coma que se ha dejado por el camino. Por lo demás, el mensaje es cariñoso y me resulta sumamente reconfortante tenerlo guardado en la carpeta de mensajes recibidos, entre uno que me comunica mi enésimo fracaso en un concurso y otro que me insta a comprar un artilugio espeluznante que alargará mi pene dos o tres centímetros. Así que lo leo diez o doce veces seguidas (el de mi madre, se entiende), vigilando que el cabrón no aparezca por la espalda y a traición. Me pregunta si como bien, si duermo bien. Cuando le conteste le diré que sí. Me pide que disculpe las faltas de ortografía. Joder. Creo que lo que más me gusta es que me dice que ha conocido a un señor. Me hace gracia leer la palabra señor referida a un hombre que, según parece, la lleva a bailar salsa los martes por la noche. Sea como sea me alegro por ella, que es lo que cuenta.

-Ya lo he dicho: pensaba que era cosa de cine, un giro dramático de guión, o moralina facilona de publicidad. Pedagogía para retrasados. Pero tengo que reconocer que a veces pasa en el mundo de la gente de carne y hueso. Me ha ocurrido, en la carne y en el hueso. Y en la sangre.

Acabo de tomarme un sopinstant y estoy probando suerte por tercera vez entre los no sé cuántos canales de la TDT. Entonces suena el móvil y son las diez y me digo que lo del ordenador no va a servir de nada, que mi madre es de la vieja escuela. Pero el número que leo en la pantalla me es totalmente desconocido. Una equivocación, márketing telefónico, algún medio amigo… Una equivocación, en cualquier caso. Pero supongo que aún conservo ciertos rasgos humanos porque no puedo evitar descolgar con la humillante esperanza de que sea ella la que se esté equivocando después de más de un año. Evidentemente no lo es. Una voz masculina grave pero amable me pregunta si yo soy yo. Le digo que sí. Por un momento pienso que alguien del departamento de recursos humanos ha decidido ahorrarse redactar la carta de despido y, la verdad, no me asusto gran cosa. Por un momento pienso que la espirometría que me hicieron el otro día ha salido mucho peor de lo que me esperaba, y tampoco sudo demasiado. Sí, podría tratarse de esto último. El tono estudiadamente sereno de la voz indica que mi interlocutor es un hombre acostumbrado a dar malas noticias. Me imagino a un doctor con un afeitado perfecto y raya al lado explicándole a una mujer en la flor de la vida el tamaño, densidad y peso aproximado del tumor que tiene en el pecho izquierdo. Con rostro serio pero animoso. Con el brillo programado del sucedáneo de fe centelleando en sus pupilas. Intentando transmitirle fuerza y coraje porque así le dijeron el primer día de prácticas que hay que anunciarles la muerte a los enfermos y, además, no cuesta nada. Casi acierto.

Se ve que el tipo no acabó medicina pero dentro de lo que cabe no le fue tan mal. Ahora toma café en un cuartito mirando La Ruleta de la Fortuna en una tele de catorce pulgadas dispuesto a subirse a la ambulancia en cuanto una nonagenaria solitaria se haga añicos la cadera contra el gres frío del baño o alguien se deje la vida a jirones a lo largo de cien metros de asfalto. Y justo por eso me telefonea. Un hombre que según su carné de conducir se llama… qué importa el nombre, mejor olvidarlo… se ha empotrado contra el culo de un camión hormigonera. Cuando consiguen excarcelarlo se hacen con su móvil y resulta que no sólo pasa en la tele, que el tipo lleva memorizado mi nombre en la agenda, precedido de un par de aes. Nos lo llevamos a tal hospital, dice. Y cuelga.

No quiero ir pero voy. Voy enseguida. Pasa por delante de mí en una camilla, a toda velocidad, envuelto en cables, sondas y ocho o diez manos de médicos. Muchas veces me había preguntado si lo reconocería en caso de cruzármelo por la calle. Ya no me cabe duda, mierda. Después de dos décadas distingo a la perfección su nariz aguileña y sus cejas rectas debajo de toda esa hinchazón sanguinolenta. Son las mías. Mierda.

Me quedo mirando cómo lo empujan a lo largo del pasillo hasta que desaparece detrás de una de esas puertas de hoja doble tan típicas de los hospitales. Ahí va mi padre, camino a su segunda muerte. Y no sé lo que siento al respecto. Pero no tengo mucho tiempo para analizarlo. Una mujer me coge por el codo y me dice que mi padre ha perdido mucha sangre, muchísima, y que si estoy dispuesto a conectarme a su brazo.

Y ahora estoy sentado en la sala de espera con un bocadillo de sobrasada en la mano. Esperando a que me digan algo sobre el estado del extraño al que acabo de regalarle ciertas posibilidades de supervivencia. Haciendo entre inminentes huérfanos, viudas y viudos el balance del día que suelo hacer a oscuras en mi cama.

Y no creo que esta noche pueda pegar ojo.

 

Me han dicho que escribo muy a menudo sobre mi jefe, mi oficina, mi trabajo.

Para ser exacto, me han dicho que escribo demasiado a menudo sobre ello.

Estoy de acuerdo en parte con el mensaje implícito: abre tu mente, tío, mira el lado bueno, hay temas más interesantes, más bonitos, más seductores, más todo. Vale, sí. Pero sólo en potencia. En el plano de lo real, con la sola excepción de mi añorado tronco de Brasil, las maravillas de la naturaleza no tienen protagonismo en mi vida. Y lo mismo pasa con el resto de grandes temas literarios. La dolorosa búsqueda del amor verdadero, el dilema moral planteado por las ansias de venganza o el más sublime proceso de redención. Todo eso no pinta nada aquí.

Y además: qué le voy a hacer si me sale de los cojones escribir que hoy es un día como cualquier otro y mi jefe se materializa a mi lado, chasquea los dedos junto a mi oreja y dice:

-¡Eh!, te estoy hablando, ¿me oyes?

Esta vez, no sé por qué, no pienso en gacelas. Sólo pienso que no estoy pensando en gacelas, lo cual me hace sentir un poco confuso. Antes de reaccionar de modo perceptible a sus palabras entreabro un ojo y miro la hora en el ordenador. 08:06. La pantalla fluctúa al otro lado de la acuosidad somnolienta de mi pupila. A escasos veinte centímetros de mi vulgar iris mediterráneo el resplandor azul cian del fondo de escritorio de Windows es una pared líquida en milagroso equilibrio. Un tsunami pequeño pero mortal a punto de descargar sobre mí.

Me dan ganas de contestarle que después de tantos años ya debería saber que a estas horas no soy capaz de oírle a él ni a nadie. Y hoy todavía menos. Pero consigo encauzar ese deseo hacia metas más prudentes: recomponer mi postura corporal hasta alcanzar una forma un poco más parecida a la que exhibiría un trabajador diligente. Así que lentamente descruzo los brazos sobre la mesa y retiro de ellos mi cabeza. Fugazmente siento la necesidad de decirle a mi jefe lo cansado que estoy. Me gustaría decirle:

-Lo siento, jefe, no he pegado ojo; ha sido la peor noche de mi vida.

Y me encantaría que él me contestara:

-No te preocupes, todos tenemos días malos. –Y que luego me pusiera una mano en el hombro y dijera-: Sigue durmiendo, te lo has ganado, no te molesto más.

De repente me doy cuenta de que, en definitiva y aunque sólo fuera por un momento, me gustaría que fuera mi padre. Hace cinco años que nos conocemos y me dobla la edad; no tendría por qué ser tan raro. Pero lo es.

Por eso no digo nada. Me incorporo despacio, tomándome el tiempo necesario para poder fabricar una cara adecuada para enfrentarme con ciertas garantías a ese rictus disciplinario con el que sin duda él me está esperando ahí de pie. Medio metro por encima de mí. Ahí arriba, en las alturas. En el selecto mundo de la responsabilidad y los horarios y la imagen y el éxito en las comisiones por objetivos.

A juzgar por lo que me suelta creo que no lo consigo. Me temo que no consigo transmitirle arrepentimiento, vergüenza, pesadumbre, sumisión. Me suelta, abriendo al máximo los párpados:

-¿Estabas dormido?

Sigue con las cejas enarcadas casi hasta donde le nace el pelo -la calva- mientras espera mi respuesta. No sé qué decirle, la verdad. Tal vez por no alargar la duración de su presencia cerca de mí elijo la verdad. Le digo:

-Sí, pero…

-Nada de peros –me interrumpe-. Ya está bien. He pasado por alto tus constantes retrasos, el incumplimiento de los plazos de entrega y tus deficiencias en cuanto a vestimenta… Mira esas arrugas, esos puños… Pero se acabó -. Y sentencia-: Esta vez voy a tener que elevar un informe.

Y es entonces cuando noto que algo hace crack dentro de mí. De pronto me invade una lucidez tan extrema que da miedo y placer al mismo tiempo. Ha tenido que pasar un lustro. Un lustro tragando mierda de ocho a seis, o tal vez una vida entera, pero al fin veo claro. No es por la amenaza de dar parte a nuestros superiores; me complace comprobar que en un instante cualquier represalia o mecanismo sancionador laboral me la trae floja. Lo que no puedo consentir más es que no se me permita hablar de humano a humano. Quiero exponerle mi pero y tengo derecho a hacerlo. Mi pero, legítimo y comprensible y digno de ser escuchado. Mi pero con mayúsculas. Sí, quiero que sucumba al poder justificador de mi PERO supremo y que luego se arrastre ante mí para pedirme perdón como la rata que es. Y no, no, no, no: bajo ningún concepto quiero que sea mi padre. Mi padre es un zombi, un muerto viviente. Un no muerto. ¡Un vampiro!

Así que me levanto sin preocuparme de la expresión que puedan reflejar mis facciones y supongo que hablo cómo nunca antes lo había hecho porque con un simple Siéntese consigo que me obedezca. Quizá también haya influido un poco el modo en que lo he cogido por el codo, ejerciendo la presión justa para dar entender que en ese contacto físico había más parte de mandato que de confianza. Y, vale, a lo mejor ha tenido algo que ver el hecho de haber desenfundado el cúter en el pequeño espacio existente entre nuestras camisas más o menos blancas. Qué importa. El caso es que ahora es su grasiento culo viejo el que calienta mi silla. Ahora es él quien ve el mundo desde abajo y, como suele ocurrir cuando alguien te habla desde las alturas, levanta su cabeza para mirarme. La boca le queda entreabierta, revelando sin compasión una expresión de estupidez babeante. Sólo junta los labios cuando traga saliva. Entonces su papada vibra como asquerosa gelatina color carne y, joder, yo vibro de emoción. Como supongo que suele ocurrir cuando le hablas a alguien desde arriba.

Sea como sea, no he llegado a este punto para recrearme, para machacarle, para cobrarme viejas cuentas. No soy de ésos. Tan sólo quiero que me escuche. Así que le digo:

-Tranquilo.

Y luego le digo:

-Lo único que Te pido son un par de minutos de atención. De atención sincera.

Vale, dice él. Y supongo que cae en la cuenta de que es una contestación muy pobre dado el recién instaurado orden jerárquico porque enseguida dice:

-Te escucho. De verdad que te escucho.

Es curioso, pienso: cinco años advirtiéndome que corrija mi tendencia a tutear a todo el mundo, incluido él, y sólo hacía falta sostener un cúter en la mano sin motivo aparente para solucionar el asunto. En fin…

Ahora mismo en algún lugar de la ciudad nace un niño y sus padres están seguros de que llegará a ser ministro o estrella del fútbol.

La vida sigue.

05
ago
10

Viva el verano

No sé si es culpa del calor pero me cuesta dios y ayuda escribir en verano. Más exactamente en vacaciones. Me siento aquí y ni una de las ideas que anoche me parecían buenas o al menos aceptables consigue estirarse en la pantalla. Porque casi siempre vienen de noche, cuando estás a punto de dormirte. Supongo que es porque a esa hora, en la frontera entre los dos mundos, uno tiene la guardia baja y cualquier cosa parece superar los filtros de la lógica, la vis narrativa y hasta el talento más vulgar. Pero el caso es que al día siguiente me levanto, repaso mis historias bajo la lluvia helada de la ducha y me siento bien al comprobar que lo único que se ha escurrido por el desagüe es el sudor reseco. Que todo lo demás sigue ahí dentro, tan claro como anoche, dispuesto a que lo utilice. Entonces me hago un café y me lo traigo al ordenador, y empiezo a teclear. Pero al momento estoy borrándolo y enseguida reempiezo y vuelvo a borrar y así una y otra vez hasta que me cago en mi vida y elimino definitivamente el archivo y me voy a dar una vuelta a la manzana o me pongo una peli que ya he visto o me tiro en el sofá imaginando dónde me iría si pudiera permitirme un viaje de verdad.

A veces pienso que la razón de este estancamiento es que en vacaciones la parte de mí que me obliga a perder el tiempo escribiendo echa en falta su dosis diaria de mierda como si fuera una droga de la que se nutriera para mantenerse alerta frente a lo que se mueve alrededor. Y creo que mi suposición no va desencaminada. Con dosis de mierda me refiero a los horarios esclavizantes, las formalidades sociales, la capacidad para ensanchar las tragaderas ante el descomunal caudal de estupidez de mis jefes. La prisa. Sentirse solo. El silencio del móvil únicamente roto por los mensajes publicitarios de Vodafone. Sorprenderte a ti mismo yendo a última hora del día a comprarte unos pantalones para tener una novedad que estrenar por la mañana. La escasez de tiempo que invertir en uno mismo o malgastar en uno mismo. En fin, todo eso que de manera casi inconsciente te obliga a exprimir los pocos ratos en que puedes encontrarte contigo.

De manera que puede que esté mal, es verdad, que lo bueno, bonito e incluso barato fuera tener todo un arsenal de gilipolleces que contar y olvidar. Ir llenando el blog. Preocuparse por mantener un ritmo constante de visitas. No sé, escribir inofensivos cuentos infantiles o historias de amor inmortal o haikus pretenciosos. Centrarme en eso que llaman literatura juvenil o en la novela rosa y andar por ahí diciendo que soy escritor. Imagino que así todo sería mejor y más fácil. Pero por suerte o por desgracia no puedo.

Y empiezo a ir de mal en peor a medida que acumulo días en blanco. Se me genera una especie de estrés diferente al que me acompaña cuando la vida es la habitual que va creciendo y creciendo hasta que en el momento más insospechado, mientras me compro el desodorante o le doy cincuenta céntimos al mendigo de la esquina, ese agobio desaparece de golpe para dar lugar a algo parecido al desencanto. Un sentimiento de vacío que hace que los veinte días que me quedan de vacaciones parezcan una rutina tan narcoléptica como la de siempre. Una megadosis de mierda densa y apestosa de altísima calidad ideal para bucear en ella tan a gusto y a salvo como si flotaras en líquido amniótico y ver lo que se pesca a dentelladas.

 

Así que, no sé, pongamos que te sumerges en la vida virtual de los demás, que al fin y al cabo es el recurso más inmediato, discreto y seguro del que valerse. Amigos, conocidos, primos lejanos. También personas cuya vida o muerte te resulta indiferente. Y gente a la que te quieres follar sin esforzarte demasiado o gente que se te quiere follar sin esforzarse demasiado. Gente facebook, por resumir. Y lees que una chica ha escrito que anoche de madrugada recibió un sms desde una cabina. Explica que estaba escrito en inglés y que le dio mucho miedo porque decía: Hacer tesoros con lengua engañosa es vanidad fugitiva de quienes buscan la muerte (Proverbios 21:6 BJ2). Y le comentas que te parece genial, que eso es un mensaje y lo demás son tonterías. Y ni siquiera te preocupas de comprobar si ella te replica con un jaja porque apostarías tu mano y la conservarías a que ella va a replicarte con un jaja y alguna frase tan anodina como la tuya. Y ahí acaba la ficción de interacción, de comunicación. Alargarla sería indecoroso; las reglas que rigen el mundo internáutico son muy estrictas al respecto: frases cortas, nada de estirar la goma porque se romperá y te golpeará con fuerza en todo el ojo. Así que no puedes hacer nada más que olvidarte del asunto y dejar que el verano siga su curso hasta que una nueva chorrada te dé pie a intercambiar unas palabras muertas con algún otro de tus absurdos contactos. Pero si lo piensas un poco concluyes que hasta pagarías por recibir un sms de ese tipo en plena noche. Por que esa historia abandonara la pantalla y cobrara vida en tu teléfono a las cuatro de la mañana. Probablemente el mensaje de un bromista aún más aburrido que tú, pero que podrías convertir en la amenaza de un psicópata buscado por la Interpol que por alguna razón incomprensible te ha seleccionado como su siguiente víctima. Un motivo más que digno para apreciar un poco más tu pequeña existencia al recorrer la casa con miedo de que alguien salga de detrás de una puerta con un cuchillo de caza en la mano, anhelando la luz del nuevo día.

 

Pero acabas durmiéndote y despertándote sin recibir amenazas de muerte ni nada que te haga sentirte vivo en el sentido en que quieres sentirlo. El nuevo día es luminoso, sí, pero en la forma en que lo es el foco de quirófano que alumbra tumores y órganos enfermos: objetivo, analítico, quirúrgico. Cruel en la precisión con que te revela la precariedad de las cosas, las personas, los colores. Tu exterior y tu interior.

 

Por eso aún no son las nueve y ya estás conduciendo por la ciudad cuando ni siquiera te gusta conducir. Pero qué vas a hacer… hay pocas alternativas aparte de engañarte pensando que si quieres puedes alejarte, irte, desaparecer trazando círculos concéntricos alrededor de tu vórtice inevitable.

El sol está bajo pero ya quema y se refleja en las pantorrillas rojísimas de un grupo de extranjeros que cruzan por el paso de cebra. Pones el aire acondicionado y piensas cómo serán sus vidas en Noruega. Qué les parecerá lo que están viendo. Por qué consideran que esa fachada merece tres o cuatro fotos. Y no eres capaz de responderte nada tranquilizador, nada que te lleve a concluir que si vivieras en la otra punta del mundo la realidad sería mejor.

Por suerte unos golpecitos en la ventanilla te apartan por un momento de la espiral. Un hombre de rasgos asiáticos te ofrece un par de paquetes de kleenex luciendo una deslumbrante sonrisa. No, gracias. Un ambientador aroma pachuli. No, gracias. Un puñado de mecheros. Tampoco, gracias. Luego te pide un cigarro llevándose el índice y el corazón a los labios. En contraste con la mugre de sus uñas sus dientes adquieren una blancura casi imposible. Bajas la ventanilla, se lo das y la subes de nuevo. Y vuelves a cuestionarte cosas mientras lo observas alejarse por el retrovisor hacia los coches que ahí detrás del tuyo dispuesto estoicamente a recibir tres o cuatro negativas más. ¿Este tío no sería más feliz ordeñando cabras en alguna ladera del Himalaya? ¿Qué pasa por la mente de alguien para dejarlo todo y ganarse la vida derritiéndose como un chicle sobre el asfalto de una ciudad de la que seguramente nunca en su vida había oído hablar? Y sobre todo: ¿por qué coño sonríe constantemente?

Tampoco esta vez encuentras respuestas más o menos fiables a las preguntas, pero te hace sentir bien el hecho de experimentar un sentimiento parecido a la admiración mientras ves al inmigrante empequeñecer en el espejo. Al menos ese hombre, si un día alguien se molesta en preguntarle algo más que el precio del papel de fumar, tendrá algo interesante que contestar. Que contar.

 

De eso se trata, a fin de cuentas, de no quedarse callado. Hablar, actuar, moverse. No ser un sumidero sin fondo. Compartir, comunicarse. Ser más o menos humano.

Todas las mañanas a las siete un loro o algo por el estilo canta/grazna/grita en algún punto de los alrededores más inmediatos durante exactamente trece minutos. Un chillido rasposo de seis segundos de duración cada dieciocho. Entra nítido por la ventana, como una cuchilla sonora trepanándote el cerebro. Un despertador de cojones que además suena muy cerca. Y todos los días me levanto de la cama como un gilipollas, cojo de la mesita la pistola de aire comprimido que después de mucho rebuscar encontré en la caja del scalextric que hay en el armario del que fue mi cuarto en casa de mis padres, me asomo y busco el origen de los gritos. Llevo así dos meses y todavía no he dado con el bicho. Ni rastro. Estoy casi seguro de que viene del edificio de enfrente. Un barrio viejo, la fachada opuesta a no más de siete metros. Si conservo una mínima parte de la puntería que tenía cuando de pequeño me llevaban a la feria el pájaro tiene los días contados. Pero para eso tengo que localizar al hijoputa. Debe de quedar oculto tras alguna barandilla. He hecho guardia durante horas tras la persiana  a la espera de que alguien salga al balcón y se ponga a hablar con una especie de amigo imaginario. O levante una jaula para darle unos besitos en el pico a su maldita mascota. Pero de momento nada de nada. Así que todo este asunto sólo me ha servido para averiguar que la parejita del tercero B pasa droga de diez a dos y que recién levantada la del cuarto A no está tan buena como cuando la ves comprando el pan. Ni de coña.

 

Hablando de chicles y de semáforos, el otro día, puede que el mismo día que el del vendedor pakistaní, mi camino tropezó con el de una mujer-chicle. Estaba esperando que se pusiera en verde y se detuvo a mi lado una scooter pilotada por eso, una mujer-chicle. Probablemente mujer sea una palabra demasiado grandilocuente para definir al ser en cuestión. No sé, digamos que era una entidad de sexo femenino, por lo menos en apariencia, vestida de rosa desde las medias hasta los guantes de piel, que supongo usaba para no estropearse la manicura, me juego la vida a que también rosa. No creo que sea necesario decir de qué color eran el ciclomotor y el casco. Y supongo que a nadie le sorprenderá leer que su pelo era más amarillo que el que desarrollaba Goku al convertirse en superguerrero. Mascaba chicle, tenía la piel ultrabronceada, muy cercana a la tonalidad naranja ladrillo, y llevaba unas Ray-Ban rollo Harry El Sucio que le cubrían aproximadamente el noventa por cien de la superficie de la cara. Con todo, lo que más me sobrecogió, creo que hasta el punto de forzarme una mueca, fue la pegatina de una barbie que lucía en el carenado. Ella debió verme porque sin dejar de mascar me dedicó un insulto que pude leer claramente en sus labios. Creo que nunca antes había sentido tantas ganas de matar a alguien. Pensé seriamente qué pasaría si diera un volantazo y me la llevara por delante. Sé que no tiene mucho sentido, pero quería convertir su rosa en rojo. Por alguna razón estaba y estoy convencido de que aquel ser no tenía ninguna cualidad humana, y de que sin embargo su vida era y es mucho más digna que la mía.

 

Es muy peligroso entrar en determinados estados. Lo pensaba mientras ordenaba los frascos de especias por orden alfabético.

01
jul
10

Los sueños sueños son, y por la mañana más

Anoche dormía en la calina de mi habitación y soñaba que volvía a ser pequeño. Tan pequeño que jugaba y no tenía en la cabeza nada más que lo que tenía en las manos. Unos cuantos clics de playmobil o puede que todavía famobil. Y un par de Masters del Universo. He-man y un chino tan musculoso como el primero pero mucho más moreno y con una mano de imitación de metal dorado colocada siempre al más puro estilo karateka, como si esperara que alguien le pusiera un ladrillo delante para partirlo de un golpe seco y dar sentido así a su nacimiento artificial. En mi sueño los juguetes me pesaban en las manos justo lo que desde mis treinta años recordaba que pesaban al estar despierto teniendo nueve o diez, y mi niño onírico se asombraba fugazmente de tener esas diferentes perspectivas sobre un mismo hecho y no saber por qué. Pero en mi sueño yo era listo y no me preguntaba demasiado las cosas. Simplemente dejaba que ocurrieran y optaba sabiamente por seguir jugando con los muñecos. Hacía que se pelearan entre ellos en un rincón del suelo de la salita de mis padres, que dormido volvía a ser también la mía. Los pequeños clics se lanzaban sobre sus gigantescos enemigos como poseídos por una fuerza muy superior a la que cabía en sus cuerpecillos. Como si estuvieran drogados o movidos por un ansia de venganza y sangre que ocultaban a la perfección tras sus amplias sonrisas de media luna. A pesar de no tener articulaciones hundían sus rodillas y sus codos en los abdominales superdefinidos de los Masters y les rompían todas las costillas porque yo hacía ruido de huesos fracturados con la boca. Tras la pelea, cuando los dos titanes ya no eran capaces ni de mover un dedo y los clics supervivientes lanzaban rabiosos gritos de victoria, recogía solemnemente los restos de vencedores y vencidos, los transportaba entre mis manos y mis antebrazos al cuarto de baño, cerraba la puerta con el culo, los depositaba juntos en la pila del lavabo y los empapaba en alcohol 96º. Luego me sacaba una caja de cerillas del bolsillo de los pantalones cortos y los guerreros se convertían en una bola de fuego azul lento y silencioso que incendiaba la sensación de victoria y la sensación de derrota y me hacía pensar que todo era posible y que nada era definitivo. De pequeño me gustaba mirar ese fuego, cómo fluía, cómo recorría la piel sintética de los soldados cubriéndola de una espuma multicolor de burbujas y cráteres palpitantes. Me encantaba mirarlo, sí, hasta que el humo plastificado se hacía demasiado denso y me entraba miedo de que mis padres me sorprendieran jugando con fuego. Entonces dejaba correr el grifo y la dignísima pira funeraria se convertía de un plumazo en un simple montón de plástico medio quemado made in Taiwan.

Por eso no me extrañó despertar al mundo sofocante de mi cuarto justo en ese momento de mi sueño, cuando lo profundo y lo simbólico había terminado ya. Cuando lo único que quedaba de mi recreación era una mancha negra escurriéndose por el desagüe de mi mente y un mareante olor a pvc carbonizado girando en forma de volutas tóxicas en los remolinos de mis fosas nasales.

Me quedé un rato en la cama saboreando lo que había visualizado. Me había gustado la experiencia. Supuse que era lógico, supuse que a todo el mundo le gustaría volver a ser un niño. No por el tópico ese de que la infancia es una etapa llena de amor y felicidad. La verdadera explicación del dulce sabor de boca que me había dejado ese sueño, puede que muy evidente desde hacía años para quien quisiera haberla visto, vino a mí como un rayo luminoso y cruel desde la penumbra que rodeaba mi cuerpo sudado: cuando eres un crío estás a tiempo de elegirlo todo, e incluso de desechar mil veces lo elegido y volver a probar suerte. Si decides ganar o perder, si quemas tus juguetes favoritos, no deja de haber un mañana para solucionarlo o para que alguien lo solucione por ti.

Un rayo cruel porque, claro, el reverso de tal revelación de duermevela constituía también el reverso de esa dulzura, y de un modo instintivo o al menos poco racional empecé a desear no haber tenido ese sueño. No quería añorar la seguridad y las posibilidades de futuro de un pasado que ahora, a oscuras y asfixiado de calor en la habitación más abrasadora de un piso de alquiler y compartido, resultaba evidente que no se había convertido en presente del modo deseado. No había ninguna necesidad de desvelarse dándole vueltas a fracasos irreparables. No, no tenía ni putas ganas de respirar ese olor a cosas muertas e incineradas que me había traído conmigo de mi viaje al inconsciente, pero no podía quitármelo de encima, de dentro, de debajo de las sábanas. De todas partes. Me froté la nariz con el dorso de la mano y cambié de posición sobre la cama con la intención de enterrar la pituitaria en la almohada y atontarla con el olor aséptico de mi suavizante marca blanca. Fue entonces cuando me di cuenta.

El ventilador, podía oírlo, seguía girando a ritmo normal sobre la silla en que lo había depositado antes de apagar la luz e intentar dormirme. Lo inusual era que el cable que lo unía al enchufe de la pared ardía con un tenue resplandor eléctrico a lo largo del suelo. No iluminaba gran cosa, ni hacía el menor ruido. Era como una culebra sigilosa cuya lengua chisporroteaba traicionera allí donde el cable se había pelado iniciando el incendio. Eso pensé: que una bestia de medio metro ajena a la fauna de este mundo se había colado en mi casa con la sola finalidad de acabar conmigo mientras dormía. Y me puse nervioso. Me levanté deprisa, creo, pero sentí muy torpes mis movimientos. Y en un instante que me pareció un año entero me acerqué a la toma de la pared y arranqué el enchufe. Durante esos escasos segundos me invadió un montón de veces la certeza de que por alguna extraña razón que no era capaz siquiera de entender pero que me resultaba irrebatible, la electricidad se iba a extender a la velocidad de la luz por el suelo o por las paredes o por el aire para partirme en dos como a uno de esos capullos que salen en Impacto TV o en la web de Rotten, ésos a los que un buen día les atravesó un rayo mientras jugaban al golf o plantaban una sombrilla en la playa bajo una legión de nubes negras y rugientes. Sólo que yo no llevaba encima un driver de titanio ni estaba respirando salitre marino, joder. Yo sólo me había propuesto dormir un par de horas y seguir con mi modesta vida cuando abriera los ojos. Por eso, por su injusta ridiculez, me asustó todavía más la perspectiva efímeramente inexorable de que a la mañana siguiente, al darse cuenta de que no salía para irme a trabajar, mi compañero de piso abriría la puerta y me encontraría calcinado en el suelo, humeando por los ojos y por las axilas y con la licra de los calzoncillos fundida y confundida con mis genitales. Así es, de verdad: aunque parezca una tontería, por un momento estuve absolutamente convencido de que iba a morir electrocutado o quemado o asfixiado o todo a la vez en mitad de una noche tan vulgar o especial para el resto de habitantes de La Tierra como ellos mismos se hubieran ocupado de merecer.

Supongo que por eso, cuando logré templar los nervios, desconectar el ventilador y comprobé que no me sucedía nada mortal, me sentí como un niño al despertar de una pesadilla habitada por monstruos. Relajado, ligero, liberado. Me sentí casi feliz. Mientras contemplaba languidecer las llamas rojizas que aún ardían en el cable negro como estrellas en extinción, remotas e inofensivas, experimenté aquella sensación infantil casi olvidada. La de haber superado un problema y tener por delante un mañana sobre el que nada de lo ocurrido esa noche tendría la mínima repercusión. Un mañana que podría ser un punto cero sólo con que así lo deseara yo. Lleno de posibilidades, de gente, de cosas, de ratos que aprovechar aunque sólo fuera por el hecho de haber sobrevivido a un incendio que había descubierto antes de convertirse en mi incineradora. Y esos agradables pensamientos estuvieron conmigo hasta que volví a dormirme, profundamente y sin maldecir el calor ni el olor a chamusquina que se adhería a mis pulmones.

Lo malo es que hoy no he oído el despertador a la primera y mientras corría de aquí para allá lavándome los dientes, haciendo el café e imaginando la repugnante cara que pondría mi jefe por mi retraso no he encontrado el momento para recordar todo lo que aprendí anoche. Y mucho menos para ponerlo en práctica.

He salido de casa a toda prisa, he bajado la escalera de tres en tres, he pisado la calle ya sudado, he sido el primer cliente del estanco de aquí al lado y me he subido en el coche rezando para no encontrar demasiado tráfico, para no retrasar aún más mi llegada a ese trabajo que tanto asco me produce. Y he tenido suerte. He tenido suerte incluso a la hora de encontrar donde aparcar, lo cual me ha servido para establecer una nueva plusmarca personal en el único deporte que practico: atravesar la ciudad de punta a punta en mi Astra de diez años: 13:33 minutos. Todo un récord.

Además, en lugar de atravesar la avenida de la oficina por el paso de peatones he decidido optimizar tiempo y distancia y cruzarla por la parte más cercana a donde me encontraba. Era un buen momento. No venía nadie. El típico agujero que se produce en el tráfico como consecuencia de los márgenes de seguridad con que interactúan los semáforos se abría ante mí caritativo, predispuesto a facilitarme el camino. Así que he aprovechado para lanzarme al asfalto sin darme cuenta de que antes de la calzada había uno de esos carriles color ocre. Y no era precisamente el carril-bici. Era el que utiliza el bus para ahorrarse embotellamientos y hacer más eficiente el servicio de transporte urbano. No me he dado cuenta hasta que un bocinazo que bien podría haber sido el sonido de las mismísimas trompetas del infierno me ha sacudido de pies a cabeza casi físicamente, como si una supermano me zarandeara con la intención de descoyuntarme todos los huesos. Sólo me ha dado tiempo a ver de reojo cómo una silueta cúbica de color rojo sangre se agrandaba y se agrandaba en la periferia izquierda de mi campo de visión. No me ha sido difícil imaginar cómo se aplastaría mi hombro zurdo de un momento a otro. Cómo se achataría mi cráneo en cuanto las toneladas de metal municipal impactaran contra mí. He pensado en sandías reventadas y en una lata de coca-cola plegada sobre sí misma en el arcén de una autopista. Pero no: la mole ha conseguido frenar a unos centímetros de mí sin más consecuencias que el apiñamiento de viajeros en la parte delantera del vehículo, que rápidamente y con gran despliegue de aspavientos se han unido a la indignación del conductor, que salpicaba de saliva el parabrisas insultándome y amenazándome y que parecía querer matarme por no haberme matado.

Yo, la verdad, no le he prestado mucha atención. El calor que proyectaba sobre mi cara la chapa del bus y el modo en que el sol se reflejaba en el metal la acaparaban toda. Era precioso. Ni el sol de California se le podría comparar. Hipnótico y contra natura allí, arrancando destellos imposibles al logo de Renault. Incluso me ha costado más de la cuenta hacerme a un lado y dejar que el 41 y su conductor y las demás vidas que en él viajaban siguieran su destino. Estaba como en trance. Y así sigo. Dos conatos de muerte en tan sólo unas horas. Tiene que ser una señal. Es la conclusión a la que he llegado. La razón que he encontrado para intentar invertir mejor mi tiempo, volverme a casa y escribir esta sarta de gilipolleces que vienen a querer decir que no es tan difícil proponerse ser feliz.

13
abr
10

Hacer las cosas bien

Nada más entrar en el edificio veo al jefe de mantenimiento de mi oficina recorriendo el vestíbulo en dirección a mí. Me pongo nervioso al instante. Dudas. Me planteo volver a decírselo. Me planteo qué y cómo me contestará él si lo hago. Y me planteo que pensará de mí si tampoco hoy le digo nada. No quiero que se convenza de que soy aún más cobarde de lo que sospecha. Pero tampoco quiero buscarme un problema con una bestia de cien kilos acostumbrada a arreglar tuberías a martillazos. Dudas, nada nuevo. Si no lo había hecho ya, descarto la idea de hablar con él cuando reparo en su manera despreocupada de andar. Desprende una seguridad con la que no puedo competir. Recorre el hall del edificio como si fuera el dueño y señor de cuanto le rodea. El rey de esta selva de cemento y cristal. Confianza, ésa es la clave, me dice una voz muy parecida a la mía desde algún lugar de mi cerebro. El operario no hace el menor esfuerzo por evitarme. Camina tranquilo hacia mí. Con un montón de herramientas tintineando en su cinturón de piel vuelta. Pienso en hierro, pienso en acero. En puntas de estrella y en pinzas ranuradas. Pienso en heridas graves y en sangre muy roja. El hombre sigue acercándose. Aguanta mis fugaces miradas hasta obligarme a clavarlas en el gres desgastado. Y yo siento cómo me voy encogiendo más y más a cada metro que se acorta la distancia que nos separa. Una sensación casi física de insignificancia que de pronto me hace consciente de que el traje me viene demasiado grande y me impulsa a subirme las gafas, caídas siempre hasta mitad de nariz. Un vano intento de no parecer un completo estúpido. Si esto fuera la secuencia de un documental de naturaleza salvaje todos los televidentes tendrían claro quién sería el depredador y quién la presa. Eso pienso. Todos y cada uno de ellos apostarían por el triunfo del animal con mono azul y grasa debajo de las uñas.

Poco antes de que nuestros pasos se crucen me saluda con un ligero movimiento de cabeza y sin detenerse mira la bufanda que llevo en la mano. Luego intercambia una mirada cómplice con el tipo de Control de Acceso y ambos se sonríen más de la cuenta. Mucho más de la cuenta, y sin ningún disimulo. Dos sonrisas maliciosas: lo más parecido a un Buenos días que me va a dedicar esta mañana de lunes. Al dejar atrás las burlas calculo cuántos pasos me quedan para alcanzar el ascensor y procuro darlos lo más rápido posible. Por suerte llego a la puerta cuando ésta se abre para dejar salir a media docena de oficinistas. Evacuan el espacio en no más de tres segundos, pero es tiempo más que suficiente para impacientarme. Porque noto un peso creciente, para el que no encuentro otro nombre que Vergüenza, acumulándose sobre mis hombros. Así que me impaciento y maldigo la norma de Antes de entrar dejen salir que hay escrita en un cartel en la pared de imitación de mármol. Ya dentro del ascensor aprieto el número 13 y mientras espero a que la puerta me esconda finjo leer el protocolo de procedimiento en caso de incendio que hay sobre el panel de pulsadores, sólo para evitar mirar hacia el vestíbulo y recibir alguna otra humillación. Por fin a salvo, intento calmarme. Doy gracias por estar solo en el ascensor y respiro profundamente. Ojalá el trayecto durara todo el día. Un viaje ascendente hasta mucho más arriba de la planta 13. Hasta alcanzar una atmósfera limpia. Oxígeno puro y regenerador. Aquí dentro el aire huele a after shave, a café aguado de máquina, a un montón de perfumes dulzones y a friegasuelos. Una miscelánea nauseabunda, vale, pero mucho más agradable que el hedor que desprende el concepto que tengo de mí mismo.

 

Mi despacho, mi oficina dentro de la superoficina, es un cubículo de dos por dos metros justo al final del pasillo de linóleo. Las paredes no son paredes, salvo la que forma parte de la fachada. Las otras tres son “tabiques extensibles/plegables”. Al menos eso es lo que pone en la pegatina publicitaria que hay en la base de uno de ellos. Una serie de planchas de plástico encajadas entre un riel incrustado en el techo y otro en el suelo. La pegatina también dice que los módulos están hechos de un material térmica y acústicamente aislante, pero es mentira –al menos al cincuenta por cien-: si la chica del cubículo de al lado se suena la nariz lo oigo tan nítidamente que puedo imaginarme la textura de sus secreciones. Y en cuanto al aislamiento térmico que puedan proporcionarme mis paredes móviles, la verdad es que me importa poco que tal propiedad sea cierta o falsa. El aire acondicionado lleva dándome problemas desde hace más de dos semanas. La rejilla empotrada en la única pared de verdad, justo detrás de mi mesa, justo detrás de mí, no deja de emitir un chorro de aire helado. Día y noche. Cuando cada mañana descorro el tabique, como ahora, penetro en un ambiente diez grados más frío que el mundo exterior. Y durante ocho horas soporto el impacto directo de la perpetua ráfaga gélida contra mi cogote, mi nuca y mi espalda. El de mantenimiento se pasó a echar un vistazo cinco días después de que le llamara por primera vez y dos horas después de que lo hiciera por última. En esa llamada final me permití ser un poco más contundente con él. Nada fuera de lo normal, el típico tono de voz hastiada que uno pone cuando habla con un niño desobediente. Pero cuando vino me dijo que no le volviera a hablar “así”, que el mundo no giraba a mi alrededor y que yo no tenía ni puta idea del trabajo que supone mantener en buen funcionamiento todo un edificio. Y que no le tocara los cojones con gilipolleces, añadió apoyando sus manazas sobre mi mesa e inclinándose hacia mí lo justo para que el gesto quedara en esa tierra de nadie que se extiende entre la sugerencia y la amenaza. Así que de momento la bufanda me protege un poco. Pero me han salido sabañones en unos cuantos dedos y me sobrevienen ataques de tos seca repentinos, por lo que María cree que he vuelto a fumar a pesar de las innumerables veces que he intentado hacerle creer el verdadero motivo de mi bronquitis o lo que sea.

Pero hoy lo verá con sus propios ojos y tendrá que pedirme disculpas por su desconfianza.

Dentro de un rato se pasará por aquí con la cría. Tiene que llevarla al oculista aquí al lado, y ha decidido que ya es hora de que la conozca. Tendré que decirle Hola a la niña en una habitación congelada y con paredes de pega. Creo que tiene ocho o nueve años. Lo bastante mayor para darse cuenta de que el novio de su madre y quién sabe si futuro padre postizo es un pringado. Luego iremos los tres juntos a la cafetería de la planta 7 y nos comeremos unos bollos mientras cada cual calibra por su cuenta las posibilidades de que nuestra fusión resulte exitosa. No sé si me apetece hacerlo, pero tengo claro que ahora no puedo decir que no me apetece. He tenido ocasiones para hablar, y en todas opté por el silencio y la inercia; hoy me toca afrontar otra de esas situaciones a las que ni siquiera sé muy bien cómo y por qué he llegado.

Miro los expedientes que mi jefe inmediato me dejó anoche encima de la mesa. Hay dos o tres más que ayer. Su número crece cada día, a medida que aumenta mi velocidad para redactar los correspondientes informes de solvencia. Éste tiene dinero; merece que le prestemos más. Éste no lo tiene; que se busque la vida en otra parte. Después mi superior fingirá supervisarlos para justificar en cierto modo la considerable diferencia entre su sueldo y el mío. Y el ciclo habrá nacido y muerto un día más, a la espera de resucitar mañana por la mañana. Todo es cuestión de rutina, me digo, de costumbre. Dentro de unos meses estaré tan habituado a esto que podré hacer mi trabajo sin ni siquiera entender lo que lea. Sin ni siquiera pensar. Y probablemente con María y su hija pueda alcanzar el mismo nivel de anestesia. Supongo que todo es cuestión de tiempo.

Aun así, en este momento me pone nervioso su visita. Ahora mismo María debe de estar recogiendo a la niña de casa de su ex marido. Uno de cada dos fines de semana con el padre. Régimen de visitas estándar. Supongo que estoy en esa edad en que se amplía el mercado. Entre los 20 y los 35, casi cualquiera puede valer. O yo puedo valerle a casi cualquiera. Qué más da. El resultado es el mismo: un salto generacional únicamente superable si no piensas demasiado en ello. O si simulas que no piensas demasiado en ello. Supongo que por eso se me está dando bien adaptarme. Supongo que por eso, aunque ella ni siquiera lo sepa, María ha decidido presentarme a su hija. La indolencia a menudo se confunde con la serenidad, la tolerancia, la sintonía. No decir que no te gusta que se le note tanto la raya en el pelo teñido de rubio cutre puede llevar a alguien a creer que le quieres tanto que todo lo demás no te importa en absoluto.

De manera que ahora estoy aquí, medio sepultado bajo una montaña de papeles, pensando que tengo que empezar a hacer las cosas bien. Posicionarme. Mostrarme. Asumir ciertos riesgos para alcanzar ciertos logros. Hacer mis propias elecciones en lugar de permitir que otros las hagan por mí. Sin embargo, cuando se abre la puerta (sin siquiera un par de golpecitos previos) y entra mi jefe para ver cómo van esos informes no soy capaz de replicarle que no hace ni media hora que he llegado y que, obviamente, aún no están listos. Me limito a decir, no sé muy bien por qué, que antes de dos horas los habré terminado. Él me mira un momento con aire desconcertado. Ni siquiera él entiende la situación, imagino. Luego me dice Si puede ser antes, mejor. Y le contesto Muy bien cuando lo que de verdad me gustaría es estamparle la grapadora entre ceja y ceja o, al menos, pedirle un aumento de sueldo. Pero no: su sola presencia ha conseguido que me imponga a mí mismo una orden innecesaria. Que me siga dejando llevar por la corriente.

En fin, lo de siempre: va a ser mejor no pensar demasiado. Ahora sólo tengo un máximo de dos horas para despachar toda esta basura. Un poco menos, incluso; tendré que perder unos minutos actuando ante una niña a la que se supone que tengo que conquistar. Hacerme el simpático, interesarme por sus clases, bromear al preguntarle si tiene algún novio en el cole.

Tengo un golpe de tos. Me ajusto la bufanda y me pongo a trabajar. A buen ritmo, como el mejor de los borregos. Consigo aislarme de todo lo que se filtra a través de las rendijas de las pseudoparedes. No resulta difícil: es lógico suponer que la mierda de mis vecinos de cubículo es muy similar a la mía. O no. Pero, bueno, lo dicho: lo de siempre: mejor no pensar demasiado. Sigo tecleando.

Al poco me parece escuchar música. Sólo un momento y desaparece la ilusión. Dejo estar el asunto pero enseguida vuelve la melodía. Esta vez oigo con claridad una voz cantando en inglés. Juraría que es Lady Gaga. Instintivamente miro hacia el techo, como si la atmósfera gélida del despacho tuviera la explicación para la posible aparición paranormal de la diva más fea del pop. El chorro de aire acondicionado me enfría la nariz, pero aparte de eso no sucede nada digno de mención. Entonces oigo un toc-toc-toc a mi espalda. Me doy la vuelta en mi silla NO giratoria. Al otro lado de la estrecha ventana de mi cuartucho hay un hombre muy moreno como colgado de una cuerda golpeando el cristal con los nudillos. Debe de tener más o menos mi edad. Me sonríe y me hace gestos para que abra la ventana. Es de ésas típicas de los edificios de oficinas, de ésas que tienen el eje en el centro y que se abren en oblicuo a la fachada. Hacia fuera o hacia dentro, según se mire. Abro. Me dice Buenos días, soy el limpiaventanas. Ah, bien, le digo yo. Observo que está sentado en una especie de sillín de lona del que cuelgan una radio y un cubo con agua grisácea del que sobresale un trasto similar a los que usan los indigentes o casi indigentes para limpiarte el parabrisas en los semáforos. Todo podría ser aún peor, me digo, y vuelvo a mi trabajo.

Pero entonces, por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta con completa nitidez de que no es eso lo que debo hacer. Junto a mí hay un hombre suspendido en el vacío cincuenta metros por encima de una muerte segura. Comprendo que darle la espalda y seguir a la mía habiéndole dedicado un simple balbuceo por todo saludo supondría un punto sin retorno en el deterioro de mi condición humana. Tengo que empezar a hacer las cosas bien. Y ha de ser ahora. De modo que me acerco de nuevo a la ventana y le pregunto qué tal, si le apetece que le traiga un café de la máquina. Él contesta que bien, gracias y que no, gracias. Una conversación mínima pero que consigue que ambos nos sintamos más cómodos que hace un momento. ¿Mucho trabajo?, me pregunta para que el silencio no vuelva a instalarse mientras desliza con habilidad la lengüetilla o como se llame por el cristal recién mojado, emitiendo un chirrido gomoso. Le respondo con un bufido y, señalando la cuerda con la barbilla, añado Bueno, supongo que podría ser peor. Se ríe y me da la razón. Pienso que igual es verdad eso de que la forma de decir/hacer las cosas es tan importante como las cosas en sí. Así que me siento confiado para añadir Pero, bueno, tú no necesitas ir a un solarium ni pollas de ésas y, ya ves, yo aquí con bufanda. Y volvemos a reírnos.

De pronto me siento extraño. Me siento casi de buen humor. Ni siquiera me importa que este momento de reconciliación con el mundo se vea viciado por la música de mierda que sale de la radio del limpiaventanas. Ni siquiera me inquieto cuando suena mi móvil y veo que es María. Disculpa, le digo a mi flamante dosis colgante de trato humano agradable e inofensivo. Pulso el botón verde del teléfono y María me dice que acaban de bajar del taxi y que dentro de nada están aquí. Muy bien, le contesto a ella también, pero esta vez de verdad. Y no suele hacerlo pero hoy, por alguna razón, quizá por instinto, quizá por haber intuido en mi voz algo más puro de lo habitual, María me dice Te quiero antes de colgar. Y vuelvo a acercarme a la ventana pensando con algo parecido a ilusión que a lo mejor yo a ella también. Dentro de cinco minutos voy a conocer a la hija de mi novia, le cuento al limpia. Ahora el que resopla es él. Y me reconforta la complicidad con que lo hace. Esa solidaridad que tan pocas veces se encuentra en un perfecto desconocido. Empatía, creo que lo llaman. Sí, me reconforta.

Y así me encuentro, bien, confiado, cómodo y en camino hacia sitios mejores que los que hasta ahora he conocido, cuando sin motivo aparente la hoja del cristal se desprende de sus junturas y se precipita al vacío silenciosamente y como a cámara lenta sin que el limpiaventanas y yo podamos hacer otra cosa que seguir su caída con la mirada. Un viaje descendente hasta mucho más abajo de la planta 13. En dirección a la raya oscura en la cabeza rubia que anda por la acera llevando de la mano a otra cabeza rubia pero natural, más pequeña y con coletas. Una cabecita que pocos segundos después se convierte en un cuerpo tendido sobre el pavimento. Partido en dos desde la clavícula derecha hasta la ingle izquierda.

Quizá sea una suerte que los berridos que Lady Gaga lanza desde dentro de la radio nos impidan poner una banda sonora más apropiada a la situación.

Quizá sea una suerte estar seguro de que nunca más volveré a intentar hacer las cosas bien. Para qué…

02
abr
10

El ciclo de la vida animal

Conduzco despacio, buscando sitio para aparcar. Es un domingo y voy a un concierto y me siento raro porque lo normal es que los domingos me limite a vegetar, intentar convencerme de que voy a cuidar un poco más mi cuerpo y hacer balance involuntario pero inevitable de un montón de cosas que se me escapan los demás días. Todo eso que se pierde cuando el ruido es constante y hay un destino obligatorio para cada movimiento y horarios que cumplir y tráfico pesado por las calzadas de la ciudad.

Pero ahora la calle está despejada. Algunos pasean a sus perros pero en general la gente empieza a abrir los snacks que se comerá viendo el partido de las nueve o hace cosas por el estilo al otro lado de las ventanas iluminadas. Supongo. Definitivamente, eso de adelantar una hora todos los relojes del hemisferio para disminuir el despilfarro de energía no funciona. Anoche mismo tuvo lugar el cambio de hora y la novedad de que sean las ocho y media y el sol todavía relampaguee en las antenas de los edificios más altos no consigue apagar más que un puñado de bombillas domésticas en la manzana, en el barrio, en la ciudad y en todo el continente. Las de unos pocos absolutamente concienciados de la gravedad del cambio climático. Fundamentalistas del ecologismo extremo que probablemente protegerán del frío a sus mascotas con mantas eléctricas. Supongo.

El caso es que la ciudad vertical se muestra tan iluminada como siempre. Pero aquí abajo las farolas no se han encendido y mi coche recorre la penumbra creciente de la calle a través de una nebulosa grisácea que gana en densidad a medida que el viento aumenta ahí afuera. El aire lleno de diminutas cosas de colores fríos en aparente suspensión. Hojas secas, palitos, pelusas desvaídas, cadáveres de insectos  y todo un universo de partículas flotantes que se desprenden de las acacias que la bordean y parecen explotar en mil colores cuando enciendo los faros.

Encender las luces del coche también contribuye a la muerte del planeta. Supongo. Seguro que causa un incremento de la emisión a la atmósfera de alguna sustancia invisible de nombre impronunciable. Pero en este momento eso me importa menos que cero. En realidad siempre me ha importado y me temo que siempre me importará menos que cero. De eso que se preocupen quienes no tengan nada más inmediatamente inquietante y doloroso atravesándoles el cerebro, impidiéndoles pensar con claridad, ver con claridad, bloqueando cada una de sus acciones como un puto virus informático. No voy a decir la causa de ese apuñalamiento mental. Menos unos privilegiados, cada cual tiene la suya o las suyas. Puede tratarse de un tumor inoperable en los mismos sesos, los propios o los de alguien que te importa más que el común de los mortales. Puede tratarse de un desahucio inminente. Puede tratarse de que violen a tu hija o de ver cómo el avión en el que acaba de despegar tu familia se convierte en una bola de fuego cuando aún estás diciéndoles adiós con la mano tras unos cristales sucios. O puede que se trate de cosas más mundanas. El paro, la soledad, la frustración. O coger el mismo autobús todas las mañanas, saber que en la siguiente parada va a subir una señora gorda con tres verrugas en el cuello y que en la otra se bajará el anciano del bastón para ir a cuidar a su nieto mientras sus padres trabajan. Puede ser algo tan simple y tan complejo a la vez como la sensación de sentirse perdido. Mil cosas. Por eso no voy a decir ninguna y por eso me siento un poco mejor teniendo como guía ficticio pero reconfortante el haz de luz que sale del morro del coche. No alumbra demasiado lejos, es cierto. Y, por supuesto, no alcanza a iluminar lo que me gustaría ver con nitidez de una vez. Al fin y al cabo, nadie es capaz de ver el futuro. Supongo. Pero mejor proyectar un resplandor sobre unos pocos metros que dejar que la oscuridad te invada por completo hasta físicamente. O no.

Sea como sea, quizá debería regular la altura de los faros. Lo que ocurre es que hasta este momento nunca he sentido la necesidad o simple deseo de hacerlo, por lo que es probable que si ahora empezara a manipular los botones y palancas del salpicadero acabara por tocar algo indebido y las cosas, como de costumbre, virarán un poco más a peor. Puede que hasta se apagaran las luces y nunca más se encendieran. Eso pienso. En fin, estupideces a las que uno se aferra para no arriesgar. Además, me acabo de encender un cigarrillo y tengo las manos ocupadas. Gilipolleces a las que uno se aferra para poder seguir echándole la culpa de todo a cualquier factor exógeno.

No hay ni un solo sitio donde aparcar en la calle del concierto ni en la paralela ni en la perpendicular ni en sus bocacalles. Voy alejándome de mi destino, expandiendo la espiral rodante de mi búsqueda. Y acabo en una zona a la que no tenía previsto llegar. Doblo una esquina y casi por sorpresa me encuentro en la calle del colegio del que salí hace casi veinte años. No es un buen sitio por el que pasar un domingo, un día tan propenso al análisis y la reflexión y la autocrítica. Pero no hay más remedio: la calzada es de un solo sentido y no hay ninguna travesía por la que pueda escapar. Así que, puesto que no hay solución, rebusco algún resto de dignidad en mi interior, me miento diciéndome que soy un poco más valiente de lo que soy y decido echarle un buen vistazo a esa fachada. En realidad, no siento miedo ni nada parecido ante la visión del lugar. No es que dentro de ese edificio que empieza a ensancharse a la derecha de mi campo de visión conforme avanzo hacia el punto de fuga de la calle ocurriera algo insoportable. Más bien es lo contrario: representa un tiempo en el que todo era posible todavía. Con lo cual, lo que siento es nostalgia. Supongo. Un eufemismo como otro cualquiera con el que referirse a la tristeza.

Paso por delante de la gran puerta de madera color marrón chocolate. Salvo por el hecho de que en la imagen mental que hasta ahora tenía de ella aparecía bañada por el sol y el chocolate era de una tonalidad más clara, está exactamente igual que cuando la atravesaba cinco días a la semana. El mismo aspecto basto, tosco. Y aunque no pueda tocarla me basta con la mirada para saber que tiene el tacto rasposo y polvoriento que notaba de pequeño al empujarla cada vez que llegaba tarde. El tacto de las ruinas, como si fuera el vestigio de una época de la que no debería quedar ninguno.

Hablando de restos arqueológicos, reduzco la velocidad todavía un poco más y me fijo en el escudo que corona la entrada del colegio. He oído decir que es el único de toda la provincia que aún conserva el emblema franquista. El águila, las flechas, el plus ultra y todo ese rollo en relieve de cemento armado, cubierto de huevazos y manchas de pintura de todos los colores. Igual la democracia no es el mejor sistema, pero desde luego es el más colorista. Y eso está bien. Supongo.

Acelero un poco pensando cuánto tiempo me durará la incómoda sensación que siempre me deja retrotraerme a cosas muertas. Unos metros más adelante tres palomas picotean el asfalto en busca de comida o basura. Como de costumbre, me pregunto si levantarán el vuelo a tiempo. Siempre lo hacen. Da igual que, como ahora, desaparezcan de tu vista bajo el morro del coche. Siempre se las apañan para salir volando. Pero esta vez noto cómo la rueda delantera izquierda coge un pequeño bache y a través del retrovisor sólo veo el aleteo de dos palomas.

Sin ninguna preocupación, sin necesidad de hacerlo, sino más bien por la simple curiosidad de saber si mi intuición es cierta, me echo a un lado y salgo del coche. El tercer pájaro está en medio de la calzada, con la mitad posterior de su cuerpo aplastada, casi fundida con el pavimento. No hay mucha sangre. La muerte es más bien negra y mugrienta. Plumas blancas cubiertas de alquitrán y un ala sucia que todavía se mueve espasmódicamente durante unos segundos. Un instante después es sólo el viento lo que agita el cadáver.

Me agacho y lo miro de cerca. Un pájaro feo. No siento asco ni pena. Un pájaro inútil destinado a cagarse en los hombros de la gente y transmitir enfermedades. Nada que ver con el símbolo de la paz y del amor que me enseñaron a ver en él en ese edificio de ahí. Como todo lo demás. De manera que, sí, está mejor muerto. El pasado, lo perdido y todo lo que jamás alcanzarás es mejor darlo por muerto. Y por un momento casi me siento orgulloso de haber aplastado a la paloma, de creerme capaz de mirar hacia adelante y seguir como si tal cosa con mi vida.

Pero cuando me levanto hay una chica a mi lado. Bastante guapa. Mira la paloma, me mira a mí. Mira la paloma y vuelve a mirarme a mí. Hay una expresión de dolor sincero en sus ojos. Me pregunta, como asustada:

-¿Has sido tú?

-No –le contesto-. Pobrecita…

Y pienso que pagaría por tener la habilidad de llorar a voluntad.




new!!

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