Puede parecer mentira si lo piensas mientras buscas una sonrisa entre las innumerables pequeñas caras que forma el gotelé de tus cuatro paredes alquiladas, pero las viviendas unifamiliares de dos plantas y desván y jardín no solo existen en Estados Unidos, Francia, Canadá y todos esos países del primero de los primeros mundos. Conozco a gente que las tiene aquí mismo, a unos minutos en coche de la contaminación de la ciudad. Más cerca de lo que uno podría pensar en los ratos malos hay montones de porches con balancín a la entrada de casa y cientos de garajes con una canasta encima de la puerta en la parte trasera. Unos deben su tranquilidad de clase media-alta al dinero de sus padres. Aunque parezca increíble, hay quien puede permitirse ese tipo de regalos de boda. Pocos. Otros se la han ganado con el sudor de su frente, y les gusta decírselo a sus vecinos más acomodados cuando coinciden en la cola dela Boutique del Pan de la urbanización. Una especie de último y absurdo coletazo de un orgullo/prejuicio de clase humilde que arrastran por culpa de aquellas historias sobre el bisabuelo que vendía alpargatas de pueblo en pueblo montado en un carro destartalado. Sí, por alguna razón difícil de explicar presumen de haber logrado hipotecarse, no sé, vendiendo miles de seguros a puerta fría o quitando la etiqueta de cargamentos y cargamentos de pantalones en la caja de un Zara desde los dieciocho años, y estando dispuestos a hacerlo durante unas cuantas décadas más.
Pero en realidad estoy divagando; importa poco el modo en que hayan obtenido la propiedad de esas casas blancas protegidas por altos setos y con piscina azulejada en tono Tahití con depuradora de agua; que lo disfruten lo mejor que puedan. Porque lo que cuenta es que hay gente que vive en ellas. Y, ya digo, yo conozco a más de uno.
En concreto me viene a la cabeza un amigo de esos que dejaron de serlo por el paso del tiempo y de otras cosas igual de inevitables.
Hace un momento estaba sentado en el balancín de la entrada. Pensaba. Se miraba las manos y los pensamientos se le acumulaban, se solapaban, formaban montones informes imposibles de reordenar. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan cerca del caos. Tal vez por eso, por buscar ayuda o refugio o escape, su vista se ha desviado por un segundo hacia lo más cercano: el tapizado de los cojines. No le gusta nada. Ni siquiera le gustaba cuando estaban en la sección de jardín de la tienda de muebles intentando elegir entre el granate y el ocre. Pero no dijo nada. Entonces un escalofrío le recorre la espina dorsal de arriba a abajo y luego sube otra vez hasta la nuca y se queda allí concentrado, perforándole la base del cráneo con un tacto parecido al aliento helado de los batracios y otras criaturas viscosas. Él agita los hombros, usa el puño izquierdo para golpearse tres veces con verdadera violencia el hueso occipital y se levanta como un resorte, intentando no perder el equilibrio por el mareo endógeno y exógeno. Y se adentra en el césped, su césped, el de los dos, casi con prisa, como si le fuera urgente sentir bajo sus pies algo más o menos natural, más o menos puro, más o menos perfumado.
Se sienta de espaldas a la casa justo en el centro del jardín. Un nuevo espasmo, muy fuerte. Sabe que se produce en su interior pero es casi un terremoto. Y se pregunta cuánto tiempo va a tener que pasar para que la sacudida le deje dormir.
Busca en la acera de enfrente algo que le dé una verdadera razón para olvidar lo que está sucediendo detrás de él. Pero no encuentra nada más que casas idénticas a la suya, y la seguridad de que en bastantes de ellas han ocurrido, ocurren y ocurrirán historias similares a la que hoy le ha brindado el azar. Así que baja la vista y arranca una pequeña mata de hierba, la mira agitarse en su palma y sopla. Las briznas se esparcen por el aire en todas direcciones. Dicen que todo es posible pero él está seguro de que esas hebras nunca volverán a estar juntas.
Le parece muy extraño sentir el frescor del césped atravesando sus pantalones y al mismo tiempo pensar que si lo están haciendo en determinada postura tienen que estar viéndole ahí sentado. Le parece muy extraño que sus sentidos puedan percibir la caricia de la hierba húmeda mientras su cerebro se siente peor que en la vida. Por eso por un momento tiene la sensación de que está alucinando. Es irreal. No puede ser cierto. Es imposible. Y está a punto de entrar de nuevo en casa y subir al piso superior, el del dormitorio y el cuarto de baño privado con ese jacuzzi que usaron bastante al principio. Quiere comprobar que ese lugar tranquilo en el que duermen y ven telebasura y de vez en cuando, hace mucho que no, desayunan zumo de naranja y tostada con mermelada sigue tal y como lo dejó al irse a trabajar. Desea con todas sus fuerzas que todo tenga una explicación tonta, divertida, inofensiva. Que ella haya descubierto el dvd porno que guarda en el fondo del cajón de sus calzoncillos, que ese sea el origen de los gritos. Quiere, sin más, que las cosas vuelvan a su estado natural. Que ningún gemido le hiele la sangre, le erice el vello, le haga temblar los músculos, le agüe los ojos, le dispare una náusea hasta la garganta y le obligue a apretar las mandíbulas para devolverla al estómago revuelto justo en el instante en que vuelva a poner el pie en el quinto escalón.
Pero, claro, no hay segundas oportunidades. No hay universos paralelos. Lo que ves es lo que hay. Desandar y rehacer los movimientos no conduciría a una realidad alternativa. Está seguro de que si pudiera reconstruir el día todo acabaría indefectiblemente en el mismo peldaño. Por primera vez en su vida, y por alguna razón –más bien una desazón vaga que le mordería levemente las sienes y el pecho- que ni siquiera él comprendería, volvería a fingirse enfermo y saldría de la oficina un par de horas antes de lo normal, de lo de siempre. En la calle se sorprendería al caer en la cuenta del tiempo que hacía que no veía los rayos de sol incidir sobre el pavimento y las fachadas y los ceños de los peatones justo en ese ángulo. Y luego conduciría rumbo a casa con la estúpida felicidad de haber hecho algo mínimamente reprobable. Como desde hace tres o cuatro meses aparcaría el coche en la calle porque ella ha llenado el garaje de jarrones y ceniceros y maceteros y otras cosas deformes de arcilla que le ha dado por hacer para sentirse “más a gusto consigo misma”. Recorrería el sendero de gravilla pensando que el scratch-scratch-scratch acababa de dar al traste con los últimos vestigios del proyecto, indefinido y para ser sincero no tomado en serio ni siquiera en el momento de su gestación, de darle una sorpresa. Entrar a hurtadillas, buscarla en la cocina, en el “taller”, en el piso de arriba y darle un susto solo para verla enfadar y enseguida reír. Y luego tal vez hacer el amor donde quiera que la hubiera encontrado y todavía con luz solar, como cuando aquello no suponía una rutina. Pero, ya digo, ese plan moribundo desaparecería definitivamente de su mente al pisar la gravilla del camino y suponer que ella lo habría oído y sobre todo al pensar que si lo hubieran adoquinado mañana por la mañana no tendría que limpiarse los zapatos deprisa y corriendo, joder. Y al fin entraría en casa, encontraría un montón de facturas en el mueble del recibidor y ni una sola cerveza en la nevera. Si la hubiera la cogería y se sentaría frente a lo que fuera que iluminara la pantalla de la tele. Y tal vez la retransmisión de algún partido de Champions les hubiera servido de alarma a los dos hijos de puta del piso de arriba. Y quien quiera que fuera habría salido por la ventana con la ropa enrollada bajo el brazo, como en la peor de las comedias. Y hasta él se habría reído dentro de quién sabe cuánto cuando viera en el cine una escena de ese estilo con su mujer al lado. Y ni siquiera si en ese instante le hubiera dado por mirarla fijamente habría podido ver en su cara nada que le hiciera sospechar lo que estuvo a punto de descubrir aquella tarde. Pero no, aunque recomenzara el día mil veces llegaría a casa y no habría cerveza en la nevera, porque ya he dicho que no hay alternativas. No hay más que una opción y pasa por tirar la chaqueta sobre el sofá, aflojarse el nudo de la corbata y empezar a subir las escaleras hasta que al llegar al quinto escalón su comodidad de zona residencial se desmorone como una chabola bajo una pala mecánica.
Así que no tiene sentido huir mentalmente y cerrar los ojos y convencerse de que no ha descubierto lo que ha descubierto. Por eso permanece sentado en la hierba pensando y viendo cómo las sombras de los árboles, de los setos y de los desvanes se ciernen sobre él. Y como por mucho que piensa no tiene ni idea de qué se supone que tiene que hacer, al fin se levanta, se espolsa el culo aun a sabiendas de que hay cosas mucho más importantes que mantener una apariencia impecable, y se dirige a la parte de atrás. Entra en el garaje y contempla la colección de alfarería de su mujer. Decenas y decenas de figuras, algunas pintadas, la mayoría del color simple de la arcilla. En cualquier caso un montón de horas invertidas en barro. Un montón de esfuerzo que bien podría haber dedicado a mantener vivo su corazón. Le dan ganas de romperlas todas. Pero solo le da una patada a una: una especie de gnomo de jardín que más bien parece una rana con tres ojos. Porque al mirar los añicos se sorprende pensando que la cerámica nunca le había interesado tanto como ahora, cuando ya es demasiado tarde.

