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11
may
11

También en casas con jardín

Puede parecer mentira si lo piensas mientras buscas una sonrisa entre las innumerables pequeñas caras que forma el gotelé de tus cuatro paredes alquiladas, pero las viviendas unifamiliares de dos plantas y desván y jardín no solo existen en Estados Unidos, Francia, Canadá y todos esos países del primero de los primeros mundos. Conozco a gente que las tiene aquí mismo, a unos minutos en coche de la contaminación de la ciudad. Más cerca de lo que uno podría pensar en los ratos malos hay montones de porches con balancín a la entrada de casa y cientos de garajes con una canasta encima de la puerta en la parte trasera. Unos deben su tranquilidad de clase media-alta al dinero de sus padres. Aunque parezca increíble, hay quien puede permitirse ese tipo de regalos de boda. Pocos. Otros se la han ganado con el sudor de su frente, y les gusta decírselo a sus vecinos más acomodados cuando coinciden en la cola dela Boutique del Pan de la urbanización. Una especie de último y absurdo coletazo de un orgullo/prejuicio de clase humilde que arrastran por culpa de aquellas historias sobre el bisabuelo que vendía alpargatas de pueblo en pueblo montado en un carro destartalado. Sí, por alguna razón difícil de explicar presumen de haber logrado hipotecarse, no sé, vendiendo miles de seguros a puerta fría o quitando la etiqueta de cargamentos y cargamentos de pantalones en la caja de un Zara desde los dieciocho años, y estando dispuestos a hacerlo durante unas cuantas décadas más.

Pero en realidad estoy divagando; importa poco el modo en que hayan obtenido la propiedad de esas casas blancas protegidas por altos setos y con piscina azulejada en tono Tahití con depuradora de agua; que lo disfruten lo mejor que puedan. Porque lo que cuenta es que hay gente que vive en ellas. Y, ya digo, yo conozco a más de uno.

En concreto me viene a la cabeza un amigo de esos que dejaron de serlo por el paso del tiempo y de otras cosas igual de inevitables.

Hace un momento estaba sentado en el balancín de la entrada. Pensaba. Se miraba las manos y los pensamientos se le acumulaban, se solapaban, formaban montones informes imposibles de reordenar. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan cerca del caos. Tal vez por eso, por buscar ayuda o refugio o escape, su vista se ha desviado por un segundo hacia lo más cercano: el tapizado de los cojines. No le gusta nada. Ni siquiera le gustaba cuando estaban en la sección de jardín de la tienda de muebles intentando elegir entre el granate y el ocre. Pero no dijo nada. Entonces un escalofrío le recorre la espina dorsal de arriba a abajo y luego sube otra vez hasta la nuca y se queda allí concentrado, perforándole la base del cráneo con un tacto parecido al aliento helado de los batracios y otras criaturas viscosas. Él agita los hombros, usa el puño izquierdo para golpearse tres veces con verdadera violencia el hueso occipital y se levanta como un resorte, intentando no perder el equilibrio por el mareo endógeno y exógeno. Y se adentra en el césped, su césped, el de los dos, casi con prisa, como si le fuera urgente sentir bajo sus pies algo más o menos natural, más o menos puro, más o menos perfumado.

Se sienta de espaldas a la casa justo en el centro del jardín. Un nuevo espasmo, muy fuerte. Sabe que se produce en su interior pero es casi un terremoto. Y se pregunta cuánto tiempo va a tener que pasar para que la sacudida le deje dormir.

Busca en la acera de enfrente algo que le dé una verdadera razón para olvidar lo que está sucediendo detrás de él. Pero no encuentra nada más que casas idénticas a la suya, y la seguridad de que en bastantes de ellas han ocurrido, ocurren y ocurrirán historias similares a la que hoy le ha brindado el azar. Así que baja la vista y arranca una pequeña mata de hierba, la mira agitarse en su palma y sopla. Las briznas se esparcen por el aire en todas direcciones. Dicen que todo es posible pero él está seguro de que esas hebras nunca volverán a estar juntas.

Le parece muy extraño sentir el frescor del césped atravesando sus pantalones y al mismo tiempo pensar que si lo están haciendo en determinada postura tienen que estar viéndole ahí sentado. Le parece muy extraño que sus sentidos puedan percibir la caricia de la hierba húmeda mientras su cerebro se siente peor que en la vida. Por eso por un momento tiene la sensación de que está alucinando. Es irreal. No puede ser cierto. Es imposible. Y está a punto de entrar de nuevo en casa y subir al piso superior, el del dormitorio y el cuarto de baño privado con ese jacuzzi que usaron bastante al principio. Quiere comprobar que ese lugar tranquilo en el que duermen y ven telebasura y de vez en cuando, hace mucho que no, desayunan zumo de naranja y tostada con mermelada sigue tal y como lo dejó al irse a trabajar. Desea con todas sus fuerzas que todo tenga una explicación tonta, divertida, inofensiva. Que ella haya descubierto el dvd porno que guarda en el fondo del cajón de sus calzoncillos, que ese sea el origen de los gritos. Quiere, sin más, que las cosas vuelvan a su estado natural. Que ningún gemido le hiele la sangre, le erice el vello, le haga temblar los músculos, le agüe los ojos, le dispare una náusea hasta la garganta y le obligue a apretar las mandíbulas para devolverla al estómago revuelto justo en el instante en que vuelva a poner el pie en el quinto escalón.

Pero, claro, no hay segundas oportunidades. No hay universos paralelos. Lo que ves es lo que hay. Desandar y rehacer los movimientos no conduciría a una realidad alternativa. Está seguro de que si pudiera reconstruir el día todo acabaría indefectiblemente en el mismo peldaño. Por primera vez en su vida, y por alguna razón –más bien una desazón vaga que le mordería levemente las sienes y el pecho- que ni siquiera él comprendería, volvería a fingirse enfermo y saldría de la oficina un par de horas antes de lo normal, de lo de siempre. En la calle se sorprendería al caer en la cuenta del tiempo que hacía que no veía los rayos de sol incidir sobre el pavimento y las fachadas y los ceños de los peatones justo en ese ángulo. Y luego conduciría rumbo a casa con la estúpida felicidad de haber hecho algo mínimamente reprobable. Como desde hace tres o cuatro meses aparcaría el coche en la calle porque ella ha llenado el garaje de jarrones y ceniceros y maceteros y otras cosas deformes de arcilla que le ha dado por hacer para sentirse “más a gusto consigo misma”. Recorrería el sendero de gravilla pensando que el scratch-scratch-scratch acababa de dar al traste con los últimos vestigios del proyecto, indefinido y para ser sincero no tomado en serio ni siquiera en el momento de su gestación, de darle una sorpresa. Entrar a hurtadillas, buscarla en la cocina, en el “taller”, en el piso de arriba y darle un susto solo para verla enfadar y enseguida reír. Y luego tal vez hacer el amor donde quiera que la hubiera encontrado y todavía con luz solar, como cuando aquello no suponía una rutina. Pero, ya digo, ese plan moribundo desaparecería definitivamente de su mente al pisar la gravilla del camino y suponer que ella lo habría oído y sobre todo al pensar que si lo hubieran adoquinado mañana por la mañana no tendría que limpiarse los zapatos deprisa y corriendo, joder. Y al fin entraría en casa, encontraría un montón de facturas en el mueble del recibidor y ni una sola cerveza en la nevera. Si la hubiera la cogería y se sentaría frente a lo que fuera que iluminara la pantalla de la tele. Y tal vez la retransmisión de algún partido de Champions les hubiera servido de alarma a los dos hijos de puta del piso de arriba. Y quien quiera que fuera habría salido por la ventana con la ropa enrollada bajo el brazo, como en la peor de las comedias. Y hasta él se habría reído dentro de quién sabe cuánto cuando viera en el cine una escena de ese estilo con su mujer al lado. Y ni siquiera si en ese instante le hubiera dado por mirarla fijamente habría podido ver en su cara nada que le hiciera sospechar lo que estuvo a punto de descubrir aquella tarde. Pero no, aunque recomenzara el día mil veces llegaría a casa y no habría cerveza en la nevera, porque ya he dicho que no hay alternativas. No hay más que una opción y pasa por tirar la chaqueta sobre el sofá, aflojarse el nudo de la corbata y empezar a subir las escaleras hasta que al llegar al quinto escalón su comodidad de zona residencial se desmorone como una chabola bajo una pala mecánica.

Así que no tiene sentido huir mentalmente y cerrar los ojos y convencerse de que no ha descubierto lo que ha descubierto. Por eso permanece sentado en la hierba pensando y viendo cómo las sombras de los árboles, de los setos y de los desvanes se ciernen sobre él. Y como por mucho que piensa no tiene ni idea de qué se supone que tiene que hacer, al fin se levanta, se espolsa el culo aun a sabiendas de que hay cosas mucho más importantes que mantener una apariencia impecable, y se dirige a la parte de atrás. Entra en el garaje y contempla la colección de alfarería de su mujer. Decenas y decenas de figuras, algunas pintadas, la mayoría del color simple de la arcilla. En cualquier caso un montón de horas invertidas en barro. Un montón de esfuerzo que bien podría haber dedicado a mantener vivo su corazón. Le dan ganas de romperlas todas. Pero solo le da una patada a una: una especie de gnomo de jardín que más bien parece una rana con tres ojos. Porque al mirar los añicos se sorprende pensando que la cerámica nunca le había interesado tanto como ahora, cuando ya es demasiado tarde.

31
ene
11

En potencia

Creedme: lo del coche no es ninguna tontería.

Verlo brillar justo ahí y no saber si irse en él a cualquier parte o quedarse contemplándolo. Transformarlo en realidad o limitarse a cuidarlo. Conservarlo intacto, perfecto. Acariciarlo como se acaricia la potencialidad de las posibilidades. Tal vez encerarlo los domingos por la mañana aquí mismo, en la gasolinera, mientras decenas de familias paran a repostar combustible para seguir con sus vidas con ciertas garantías de progreso.

Así que apuro el cigarrillo y me planteo todo esto mientras los rodillos arrastran poco a poco mi coche hacia el sol pálido del invierno. Un perro sin collar se acerca con desgana trotona al surtidor número 3. Olisquea algo en su base. Por un momento se diría que va a levantar la pata pero no lo hace. Lo que levanta es la cabeza para mirar en dirección a mí. Puede que un perro me viniera bien. Calor animal. Pero enseguida comprendo que incluso sus ojos estúpidos me traspasan, que en realidad solo observan algo a mi espalda. Tengo la tentación de girarme, pero me contengo. Aguanto la mirada del perro con la esperanza de que me dedique algún gesto de reconocimiento, aunque sea de simple curiosidad. Entonces sacude el lomo y prosigue su camino hacia la nada con la misma indolencia con la que llegó. Y yo no hago otra cosa que seguir su escualidez con la mirada mientras me hundo más y más en mis dudas.

Por eso es posible que no caiga en la cuenta de la existencia de ese tipo hasta su quinto o sexto bocinazo. Asomado por la ventanilla de un todoterreno rojo hace gestos apremiantes con su rechoncho brazo izquierdo desde el otro extremo del túnel de lavado. Tardo unos segundos en percatarme de que van dirigidos a mí. Los segundos necesarios para darle la última calada al cigarro y para que el hombre decida bajarse del coche, dar unos pasos hacia mí y soltarme ¿Qué cojones haces? Muévelo de una puta vez. Observar que lleva el botón de los vaqueros desabrochado me llena de una repentina desolación. Y el hecho de que el triángulo de carne que queda a la vista entre sus pantalones y el primer botón de la camisa me recuerde a la textura rugosa y peluda de las cortezas de cerdo no ayuda precisamente a que me sienta mejor. Acércate más, pienso. Atrévete, atrévete, atrévete, me repito, y muevo los dedos dentro de mi bolsillo en busca de la llave más afilada. Quiero que desaparezca de mi vista. Le deseo la muerte. Como si fuera lo más natural del mundo, tal vez lo sea, deseo matarlo o al menos que se desplome ahí mismo. Que todo el colesterol de su cuerpo porcino se vuelva de pronto más inteligente y decida acumularse en el mismo punto de su sistema arterial.

Pero como el ritmo y la gravedad y todo lo aprendido empujan y empujan, en lugar de prolongar el desafío a ver si hay suerte la lógica se impone como en un fogonazo del inconsciente y casi sin darme cuenta me subo a mi Ibiza y arranco procurando no pensar demasiado en lo difícil que es elegir, por no hablar de elegir y acertar. De modo que meto primera deseando que esta vez la prisa y la corriente me lleven por el buen camino. Al fin y al cabo, supongo que lo recordaréis, me he tomado el día libre y dispongo de unas cuantas horas más de lo normal para equivocarme, rectificar y volver a fallar.

 

Que trabajar es una mierda lo sabe todo el mundo. Está claro que de vez en cuando tienes que tratar con gente que te dice que trabajar es necesario para mantenerte dentro del perímetro aceptado como natural y seguro por eso que llaman sociedad. Incluso hay quien emplea palabras como positivo, enriquecedor, digno o ennoblecedor para referirse a la jodienda de trabajar. Normalmente se trata de personas que han conseguido ser ese uno entre un millón que por alguna razón incomprensible siempre ha tenido muy claro su plan vital, y que además han conseguido ser ese uno entre mil millones que han alcanzado lo que siempre han deseado alcanzar en el terreno laboral. En la vida, por resumirlo. Pero, bueno, esa selecta minoría me la trae bastante floja. Por lo general se trata de profesionales liberales sin remordimientos a la hora de dar codazos en los dientes a cualquiera que se atreva a rivalizar con ellos en su carrera profesional o bien ejemplares de esa especie hedionda autodenominada El/La Artista que consideran que pintar un cuadro puede cambiar el mundo, y encima esperan que la humanidad entera se lo agradezca. En fin, gente que no sabe lo que es la vida real.

 

Pero, bueno, esto de empezar un extraño día libre lavando el coche por primera vez en años me ha despertado imágenes casi olvidadas. También es posible que haya lavado el coche porque por las noches me sobrevienen determinadas visiones, pero eso sería asunto del loquero al que nunca volveré. Sea como sea, tengo un buen recuerdo relacionado con un túnel de lavado. Unos diez años. Mi padre, mi hermano y yo dentro de un Opel Corsa atravesando despacio el torbellino azul y amarillo. Los tres callados mirando a través del cristal más próximo. Cada uno dedicado a sí mismo y a la vez a los demás. Un instante de comunicación no verbal al cubo. Como dentro de una burbuja de jabón industrial, espuma y colores giratorios, lejos de la tensión y los gritos y cosas por el estilo, imaginad lo que os dé la gana. En fin, un lugar seguro y tranquilo. Un oasis momentáneo. Un minuto de serenidad. Hasta el ruido de las cerdas al golpear la chapa me viene a la mente como algo agradable, acogedor.

Y quizá por eso me pongo a pensar en mi padre.

 

Después de aquel túnel de lavado las cosas siguieron su curso habitual durante demasiados años y con muy pocas burbujas en las que esconderse. Quiero decir que el paso del tiempo fue acentuado hasta la ruina el deterioro de lo importante, y lo cierto es que cuando se dio la situación de que la empresa donde trabajaba mi padre se fue a pique no le dediqué la menor preocupación a la nueva realidad. Obra del distanciamiento, imagino. Pero el caso es que mi padre tuvo que buscar soluciones y desde hace un par de años trabaja de camarero en un hotel de lujo de lunes a viernes en un pueblo costero que hay doscientos kilómetros hacia el sur. Justo hacia donde me doy cuenta de que estoy dirigiéndome. Nunca he ido a verlo desde que está allí. Me limito a comer con él los sábados en eso que llaman “casa de mis padres”, aceptar sin excepción, por supuesto, el dinero que me ofrece cuando mi madre no ronda cerca, y luego sin siquiera tomar el café desaparezco del mapa hasta la semana siguiente. Y así las cosas van más o menos bien. Ni tan solo le llamo por teléfono. Y ahora, mientras conduzco hacia el sur, esa certeza empieza a hacerme sentir mal. Eso de preferir sin excepción gastar mis últimos céntimos de saldo en llamar a alguna de esas que no me importan para ver si tomamos unas cervezas y acabamos follando en lugar de marcar el número de mi padre y preguntarle cómo está. Joder… Creo que la explicación reside en el miedo a los silencios. Y en el miedo a las palabras. Él acabaría la conversación mandándome un beso, un abrazo, lo que fuera, y no sé si sabría devolvérselo.

 

Me pongo nervioso y paro en un área de servicio. La cafetería está llena de gente. Me resulta raro. Un lunes a media mañana y tanta gente en movimiento. Tomándose un descanso con café y bollos, sí, pero en movimiento. Me siento en un taburete y le digo a la camarera que me ponga un orujo de hierbas con la esperanza de que un control de carreteras e impida llegar a mi destino. La tipa no me oye o finge no oírme. Probablemente esto último porque está escribiendo un sms de espaldas a la ventanita en la pared por la que con una frecuencia tiránica se asoma el cocinero, también jefe a juzgar por el modo en el que mira el bar. Está bastante bien. Me refiero a la chica, claro. Así que decido tocarle un poco los cojones. Levanto la voz de manera considerable y repito mi pedido. Ella gira un poco el cuello y me dedica una cara de perdonavidas. Pero al instante se le ablanda el gesto y viene directa hacia mí con la que a lo mejor es la mejor de sus sonrisas. Me asusto un poco, me yergo en el taburete. Me dice:

-¿Nos conocemos de algo?

-Creo que no.

-Sí, sí… Yo a ti te conozco.

Otra loca, pienso. Digo:

-Seguro que no. El orujo, por favor.

-Tú eres amigo de Equis.

Sí, lo era. Le digo:

-No conozco a ningún Equis. El orujo.

-¡Claro que sí! Una noche hará cosa de un año en no sé dónde. Tu colega se lió con mi amiga Jeni y tú al final pasaste de mí.

Ya caigo. Le digo:

-Oye, por favor, ya te he dicho que no nos conocemos, y tengo prisa.

Entonces la chica se inclina un poco sobre la barra. Sujetador rojo. Más que previsible teniendo en cuenta su rubio de bote. Se acerca más y más, baja el tono y con una sonrisa que ya no es la mejor que tiene sino otra muy diferente me dice:

-Pues cuando quieras acabamos lo que empezamos.

Vale, no tengo explicación racional para lo que grito a continuación:

-Mi orujo, cojones. Mi orujo o te juro que monto tal follón que te echan a la puta calle ahora mismo, zorra.

 

Como supongo que es natural, soy yo el que está al sol del área de servicio diez segundos después. Pensando en todo lo que ocurre y se escapa de mi control a lo largo de cualquier día. A lo largo de mi vida. Y mientras contemplo los camiones estacionados y las colillas en el suelo y ese autobús escolar que vete a saber adónde lleva de excursión a niños que quizá no estén vivos mañana, comprendo que da igual. Que está bien que las cosas se compliquen, se frustren, que nunca lleguen a materializarse de modo tan perfecto como en la cabeza. Mejor salir de aquí con la idea de que podría haberme follado a la camarera en el almacén o en el lavabo o entre esos pinos grises de ahí, antes que haberlo hecho. Mejor pillar el cambio de sentido y conducir de vuelta a casa con la sensación de que mi padre seguirá haciendo gala de su mala hostia entre los ricachones a los que sirve que llegar al hotel y verlo de aquí para allá con una bandeja en la mano y dándole las gracias por nada a todo cristo. Pese a lo que diga Carlito Brigante, mejor seguir pensando que por mucho tiempo que pase, la gente no pierde fuerza. Y que vas a tener que quererla como es. Aunque nunca se lo digas.

21
jun
10

El viaje

Su padre era metódico, organizado y, sobre todo, puntual. Por eso le extrañó que en el último momento, cuando ya habían desayunado y cargado el maletero, le pidiera que esperara un momento, que tenía que ir al baño. Vale, una necesidad física es una necesidad física, y hasta la persona más cuadriculada antepone su satisfacción al simple hecho de cumplir el horario previsto. Pero incluso teniendo eso claro le sorprendió que su padre la dejara un par de minutos en la acera para vaciarse a última hora la vejiga. Pensar en la palabra vejiga le hizo pensar en la palabra uretra y ésta, por una vía bastante directa, la llevó a la palabra polla. Y un instante después estaba imaginándose a su padre meando, con todo lujo de detalles. Se sintió incómoda. Sacudió un poco la cabeza y miró hacia la puerta de casa. Seguía entornada y el débil resplandor que bajaba desde el cuarto de baño del piso de arriba rellenaba el hueco de un color entre amarillo y ocre que le resultó casi irreal a esas horas, las cuatro y treinta y uno de la mañana según su móvil. Igual que le pareció extraño el sonido burbujeante del chorro de orina de su padre, nítido a pesar de las paredes que se interponían entre el mismo y sus oídos. Un chorro que parecía precipitarse a intervalos cortos y rápidos en el agua de la taza, como si expulsar aquellos residuos le supusiera un gran esfuerzo al propietario del pene, que, otra vez, volvió a visualizar con sobrecogedor realismo. Tiene que ser cosa de la próstata, se dijo para poner cierta frialdad científica a los absurdos pensamientos que le pasaban por la cabeza. Y le maravilló la posibilidad de haber prestado tanta atención a la lección sobre el aparato genital masculino que había medio escuchado en clase la semana pasada mientras, en su mesa de la última fila, grababa con compás su inicial y la de ella a ambos lados de una equis.

Volvió a iluminar la pantalla de su teléfono y ni siquiera el último de los dígitos que componían la hora exacta había mutado. Resopló. No era sólo que no le apeteciera en absoluto pasar el día entero codo con codo con su padre. Al fin y al cabo vivía con él y estaba acostumbrada a soportar su presencia con aparente indiferencia. O con una hostilidad indemostrable, que viene a ser lo mismo que lo anterior cuando se tiene dieciséis años. Además, aunque era cierto que hacía por lo menos tres años que no salía de caza con su padre y que ella habría aplazado gustosamente la jornada otros tres más, el plan en sí no le disgustaba tanto en lo que no tenía que ver irremediablemente con él. Un poco de sol, un poco de aire puro, esas cosas que dicen los fanáticos de la vida sana, entre los que incluía a su padre. Y a la menor ocasión se las apañaría para escabullirse y pasar la mayor cantidad de horas posible fumando el mayor número posible de porros subida en alguna rama, sin preocuparse por una vez de que él olisqueara el humo. Para acabar de fortalecer su ánimo pensó que si trepaba lo suficiente podría recibir una mínima señal de cobertura gracias a la que comprobar si su novia la había llamado o escrito algún sms para hacerle más fácil el día.

Eso era lo que hacía de aquella excursión padre-hija un panorama tan poco atractivo. Estaba convencida de que él aprovecharía un altísimo porcentaje de los minutos del día para volver a poner en duda el amor que ambas se tenían. Le diría por enésima vez que a su edad era imposible estar segura de lo que sentía, que aquello acabaría cayendo por su propio peso, que no se creara una fama de la que después seguro se arrepentiría.

Oyó voces calle arriba y enseguida un par de sombras salieron de detrás de una esquina. Caminaban en dirección a ella dando traspiés y hablaban alto y se reían, y cuando pasaron debajo del cono pálido de una farola comprobó que eran dos chicos del pueblo de al lado que iban a su mismo instituto. Supuso que vendrían de la fiesta de la que había oído hablar durante toda la semana. Ninguna de las dos había sido invitada, y ambas se habían enorgullecido de ello. Les gustaba tener el mundo en contra, por lo menos a ella. Sentía que así su unión se reforzaba, se volvía casi épica. Cuando los chicos la vieron aminoraron el paso y se callaron un momento. Luego cuchichearon algo que no pudo oír y rompieron a reír de manera frenética, casi teatral. Ella estaba decidida a mantenerles la mirada sin ni siquiera contestar al saludo que le dirigieran. Ensayó mentalmente la cara más despectiva y desafiante con la que corresponder a la mención expresa o tácita a su condición sexual que sin duda le iban a dedicar. ¿Dónde está tu novia? o ¿Por qué no habéis venido a la fiesta…? Había muchas parejas. Pero en lugar de eso, cuando pasaron junto a ella manchando el aire de un aroma denso y dulzón le hicieron un comentario muy gráfico y muy poco irónico sobre el tamaño de sus tetas que la descolocó por completo. Tanto que instintivamente bajó la mirada hacia su pecho. En ese momento su padre apareció en la puerta de casa. Los dos chicos volvieron a estallar en carcajadas y salieron corriendo hasta un ciclomotor que había aparcado unos metros más allá. Sus risas todavía se oían por encima del ruido del escape cuando la luz roja se desvaneció en la oscuridad dejando atrás un rastro de olor a semen y alcohol. Y ella deseó que su padre no hubiera escuchado nada. Que el azar no le hubiera dado pie para empezar su asqueroso discurso ya, a las cuatro y treinta y dos de la madrugada.

Por si acaso nada más subir al asiento del copiloto se provocó un bostezo que le quedó bastante convincente y se encogió de cara a la ventanilla en una forma parecida a la posición fetal. Su padre le pasó la mano por el pelo y le preguntó si tenía frío, y ella se replegó un poco más y le contestó que estaban en junio. Y luego se hizo la dormida mientras al otro lado del cristal pasaban árboles negros y campos negros y alguna que otra casa casi igual de negra. Hasta que se quedó dormida.

Recuperó la consciencia con la voz de un locutor radiofónico que leía el boletín informativo de las ocho.

-Buenos días otra vez –le dijo su padre-. Hemos acertado; han dicho que vamos a tener buen tiempo por aquí.

Ella se preguntó cómo sabía que se había despertado pero durante un par de minutos no dijo nada al respecto ni al respecto de ninguna otra cosa. Se concentró en asumir la perspectiva de tener que interactuar mínimamente con él y, bostezando de verdad, se enderezó en el asiento.

-¿Falta mucho? –preguntó al fin aunque sabía que no.

Recordaba aquel paisaje. Recordaba aquel paisaje años atrás a la misma hora del día, tan cegador como ahora. El sol bajo y grande formando enormes lagos de luz y enormes charcos de sombra entre las montañas. Los chopos más altos de cuantos flanqueaban un pequeño arroyo allá abajo aprovechándose los primeros de toda esa energía dorada ascendente que encendía la parte superior de sus copas verdes y blancas. El embalse tan azul oscuro como el cielo todavía en parte nocturno, que ya se vislumbraba tres o cuatro curvas más adelante. Sólo faltaba su madre volviéndose para mirarla sonriente desde el asiento que ahora ocupaba ella. O volviéndose enfadada. Estando, respirando. Viva, al fin y al cabo.

-En cinco minutos llegamos.

La chica tardó un rato en continuar la conversación, pero al final lo hizo.

-Buenos días otra vez –dijo, y bajó la ventanilla.

El viento la despeinó su pelo corto y le secó los ojos y le metió por la nariz una mezcla de olores verdes y de tufo a asfalto y de polvo viejo acumulado en la tapicería, y todo ello hizo que se sintiera ligeramente mejor. Más insignificante, menos culpable. Algo así como la mejor versión posible de sí misma después de reconocerse como víctima o simple producto del azar. Por lo que entendió que no tenía mucho sentido regodearse en las dificultades de su diminuta vida. ¿Para qué buscar más problemas? ¿Por qué no darle al hombre que manejaba el volante tarareando una canción irreconocible la oportunidad de tener una relación normal con su hija? Se metió la mano en el bolsillo derecho de sus bermudas y desconectó el móvil.

Abandonaron la carretera y avanzaron por un camino de tierra muy oscura y apelmazada, sin levantar la menor nube. Detuvieron el coche cinco kilómetros monte adentro, en una pequeña explanada sembrada de minúsculas flores blancas y lilas y amarillas idénticas en su forma. Al abrir la puerta, justo antes de poner el pie en ese frondoso jardín, la chica se dijo que iba a ser imposible salir de allí sin pisar y matar cientos de plantas que ni siquiera eran conscientes de su presencia.

-Da pena aplastarlas, ¿verdad? –dijo su padre.

Sí –miró hacia atrás y vio los dos surcos de muerte multicolor que habían trazado las ruedas del coche-. Pero ya hemos aplastado un buen montón.

Y ambos salieron del coche y sacaron la escopeta y los demás trastos del maletero y anduvieron de aquí para allá sin pensar ni un segundo más en lo que moría a sus pies.

Cuando lo tuvieron todo preparado se sentaron en un pequeño montículo de piedra y se comieron entre los dos una lata de mejillones. No hablaron mucho, y cuando se dijeron algo no alcanzaron ni de lejos la fluidez que seguramente ambos habrían deseado, pero por alguna razón ella empezó a relajarse paulatinamente. Había algo en la manera en que su padre la miraba cuando se pasaban el palillo que le hizo estar casi segura de que esta vez no iba a ser sometida a un lavado de cerebro. Ni sus párpados ni sus cejas revelaban signos de tensión. Tampoco su boca parecía a punto de explotar en un reproche. Más bien su cara entera se contraía en una muy discreta expresión de pena o vergüenza. O de pena y vergüenza. Una expresión de derrota que la tranquilizó.

Así fue. Pasaron casi doce horas juntos, sin posibilidad de escapar el uno del otro si las cosas empezaban a ponerse feas, y en ningún momento sintió la necesidad de poner tierra de por medio. Ni siquiera se acordó del costo que llevaba escondido en el calcetín. Recorrieron uno al lado del otro cualquier sendero de los alrededores del campamento base, por estrecho y empinado que fuera. Sudaron juntos. Vio cómo su padre disparaba cuatro escopetazos con la intención de cobrarse sendas perdices, y cómo los fallaba todos. Tras uno de ellos tuvo que sujetar el arma y se quemó levemente el pulgar al cogerla por descuido por la parte baja del cañón. Y a eso de las seis de la tarde emprendieron el camino a casa.

En el coche hablaron vagamente de las clases, de la conveniencia de que estudiara un poco más. Si acababa bien el curso a lo mejor podría acudir al siguiente subida en una moto, y ella se ilusionó como la cría que era.

Luego, a pesar de que ninguno de los dos tenía hambre, pararon en un bar de carretera y pidieron dos copas de helado de chocolate. Podría haber sido la guinda a una jornada de reconciliación. Pero estar sentados cara a cara resultaba más difícil que caminar por el monte pendiente de que algún ejemplar de la escasa fauna se moviera detrás de un arbusto. Por eso la chica se apresuró en comerse su helado. Todo había ido bien; no había por qué estropearlo ahora. El padre, en cambio, ni lo tocó. Estaba como abstraído. Ni siquiera se giró cuando un grupo de hombres que jugaban al billar al fondo del local empezaron a discutir y a amenazarse de muerte unos a otros. Ni siquiera comentó algo al respecto. Permaneció inmóvil frente a su hija, mirándola con unos ojos absortos que en ciertos momentos, estaba segura, pasaban, se ralentizaban y hasta se detenían sobre su pecho, revelando sentimientos muy lejanos a la vergüenza y la tristeza que habían trasmitido en el campo.

Ella acercó la copa hacia sí, lentamente, como movida por un instinto recién descubierto pero a la vez lo bastante utilizado como para hacerle tener claro que era mejor no darse por enterada de ciertas cosas. Entonces su padre salió de su repentino trance y se levantó de manera torpe y apresurada.

-Acábate eso pronto. Voy al servicio y nos vamos.

-Vale.

Y mientras observaba cómo el hombre que la había engendrado se hacía cada vez más pequeño alejándose hacia el aseo algo cedió de manera casi sonora en su interior y se recordó a sí misma en otro cuarto de baño. El de su casa, tal y como iba a encontrarlo al llegar a excepción de las cortinas de las ducha, que habían renovado hacía poco. En el espejo sucio de ese recuerdo su padre aparecía mucho más joven y grande que ahora. Y ella era mucho más pequeña, tanto que no era capaz de correr rápido, ni de pegar fuerte, ni de pronunciar sin equivocarse palabras como uretra, pene o polla. Pero la niña del reflejo conocía sus significantes a la perfección.

Miró el chocolate medio derretido que se espesaba al fondo de la copa. Pensó que si no hacía algo rápido e irreversible la textura pringosa de esos restos podía ser muy parecida a la que tuvieran muchos de los ratos de vida que le quedaba por delante. Luego contempló la quemadura de su dedo. Y le entristeció que careciera de sentido. Y calculó en tiempo, distancia y fuerzas cuánto la separaba del maletero del coche.

08
jun
10

John Paul Young tiene razón

Sábado, 17:30. Demasiado calor y casi dos semanas sin salir de casa. Es algo en lo que no conviene pensar más de la cuenta. Se traga una pastilla y se tira en la cama.

Abre los ojos boca arriba aferrado a un almohadón. Mira el reloj. 21:41. Más de dos semanas sin salir de casa. Algo en lo que no conviene pensar nada. Por otra parte, nadie le obliga. Ha sido una decisión personal y, en la medida de lo posible, bien meditada. Así quiere que sea, en definitiva. No puede arrepentirse tan pronto. No puede avergonzarse a sí mismo tan pronto, una vez más.

Tiene que aguantar.

Tres metros por encima de la penumbra que le aplasta contra el colchón el techo podría ser de un blanco deslumbrante o estar sucio por culpa del tabaco y sus respiraciones. Y ni lo uno ni lo otro modificaría en nada el transcurso de las cosas.

Todo le resulta tan gratuito que a veces, cuando se deja llevar y pierde el control y hace cosas horribles, intenta consolarse con la idea de que tampoco sus actos tienen la menor repercusión. Ni para él ni para nadie.

Se levanta, se pone las gafas y anda de aquí para allá por la casa sin encender las luces. Pero no es suficiente. El resplandor anaranjado de las farolas se cuela por todas partes definiendo las siluetas de los objetos junto a los que pasa y que está cansado de ver. Para solucionarlo se acerca a la ventana del salón dispuesto a bajar la persiana cuanto sea necesario. Desde la calle llegan risas. Risas jóvenes. Y no tan jóvenes. Pero todas comparten el tono alegre de una despreocupación que roza lo pueril. Y aunque está seguro de que ahí abajo no encontrará nada que le cause el menor bien no logra reprimirse y echa un vistazo.

Por suerte o por desgracia vive en una de las zonas de la ciudad que la juventud ha elegido como centro estratégico de sus operaciones de ocio nocturno. Decenas de personas en clara actitud lúdica se mueven por las aceras con aparente soltura. Como si éste fuera un buen lugar en que vivir. Cruzan la calzada distraídamente y los faros de los coches les iluminan en su alegría durante un segundo. Como si éste fuera un buen lugar en que morir. Lo que está claro es que de un modo u otro están en lo cierto. Lo apuestan casi todo al rojo y lo apuestan casi todo al negro, y siempre ganan.

El caso es que calle arriba y calle abajo entran y salen de los bares riendo y llenan el aire de ruido hablando en voz muy alta. Como si todo el mundo debiera oír y compartir los motivos de su felicidad de fin de semana. O pseudofelicidad. O simple expansión. Lo que sea. Tal vez nada más que una vía fácil de escape. Una forma de huida. Porque quizá no estén igual de contentos el lunes por la mañana, sin alcohol de por medio ni nadie al lado riéndoles las gracias. Nadie al lado, en general.

Quién sabe: puede que las vidas de los de ahí abajo sean todos los días tan plenas y dignas de ser vividas como parecen en este momento.

Porque ahora mismo la diversión callejera le resulta más evidente que otras noches. Más tangible y pesada. Casi la percibe elevarse desde el asfalto recalentado. Desprenderse de los chicles rosas pegados en las aceras y ascender burlona hacia él como un gas que sus pulmones no están preparados para respirar.

Puede que tenga que ver con la llegada del auténtico buen tiempo, se dice.

El calor se ha instalado definitivamente, y todo lo que ello implica para él desde hace unos cuantos veranos. De hecho cada año lo lleva peor. Esa sensación de aproximarse peligrosamente a algo parecido a un punto de cocción neuronal. El sentir que el mundo entero alrededor, con todas sus personas, animales y cosas, se calienta y derrite poco a poco, volviéndose todavía más extraño e intocable.

Justo como los seres que se mueven en la calle. Especialmente como ellas. Todas ellas. La temperatura sube unos cuantos grados y ellas multiplican hasta casi el infinito los centímetros de piel desnuda que lucen al salir a pasear o comprar el pan. Hombros, piernas y escotes inalcanzables que de forma misteriosa consiguen mantenerse limpios y secos y perfumados pese a la luz y el aire calientes que puedan envolverlos.

Él, en cambio, suda. Son casi las diez de la noche y no puede dejar de sudar como un cerdo. Por alguna razón tiene más calor ahí, medio asomado a la ventana, respirando el aire urbano, contemplando el falso millón de oportunidades que se supone ofrece el mundo exterior. Tras echarle un último vistazo obligado por una voz que a lo mejor es su conciencia busca refugio en la penumbra del interior de la casa. Se deja caer en el sofá y siente cierto asco de sí mismo al notar cómo la ropa resudada se le adhiere a la entrepierna y a las axilas. Sin incorporarse del todo se desnuda con torpeza. El eskay marrón chocolate del sofá resalta la palidez de su piel. Y la palidez de su piel resalta los pelos negros de su considerable barriga, apelmazados en grotescos mechones húmedos. Podría ser la tripa de un animal tonto y feo, piensa, de ésos que aguardan apacibles en la fila hasta que el matarife los deja secos con su pistola eléctrica. En un sentido vago, así es como se siente en relación a todo lo que se encuentra al otro lado de las paredes de su casa. Confuso, engañado. En un estado constante de desorientación hasta que la vida le propina un puñetazo con cualquiera de sus brazos-faceta y le hace tener un poco más claro que el único sitio que le ofrece una seguridad relativa es su piso. Y dentro de su piso, su dormitorio. Y dentro de su dormitorio, su cama.

Sí, está convencido. Hizo bien en comprar las provisiones. Latas de conservas y bebida embotellada para unos cuantos meses. Quizá años. Lo necesario para convertir su casa en un refugio, por fin.

Un lugar impenetrable para las miradas de asco y las voces desdeñosas que está harto de recibir. Un sitio donde poder disfrutar del amor.

 

Se levanta del sofá. Sus pies semiplanos hacen plap plap sobre el gres mientras recorre el pasillo en dirección a la cocina. Al pasar frente a la puerta de su cuarto se detiene. Duda un momento. Al final se decide a entrar. Aparta con una leve patada el montón de ropa sucia que hay en el suelo, se huele rápidamente los sobacos y se arrodilla para echar una mirada bajo la cama. Siempre siente una punzada de miedo en ese instante de comprobación. Si ella también le dejara no podría soportarlo. Pero no: todo está en orden: sigue ahí, envuelta en un plástico transparente y con esa pinta de cadáver, de momia. Los brazos aplastados, el pecho hundido, el pelo de cualquier manera. De no ser por esos enormes ojos azules tan abiertos, hasta su cara sería la de una muerta.

-Hola –dice la chica.

-Ho… Hola –responde él. No puede evitar ponerse nervioso cada vez que habla con ella. La quiere tanto.

-Pensaba que esta noche ya no vendrías.

-¿Por qué dices eso? Sabes que no nos hemos separado ni una noche desde que nos conocimos.

-Es verdad, perdona.

Silencio.

-Ni siquiera cuando mi madre tuvo que quedarse a dormir…

-Es que temía que te hubieras cansado de mí –confiesa al cabo ella, con encantadora timidez.

-Eso nunca pasará, puedes estar segura.

-Te quiero.

-Yo también te quiero.

Se miran unos segundos sin decir nada. Luego él se tiende en el suelo y se arrastra hasta introducir el torso bajo la cama. Huele a polvo y a plástico y a lápiz de labios rancio. Pero no se está mal. El suelo está frío Lo único que cuenta es que a medida que se acerca a ella aprecia cómo sus ojos son de un azul imposible, sobrehumano. Y se pregunta si no se habrá enamorado de una especie de diosa.

-¿Qué tal si te saco de ahí? –susurra al oído de la chica, apartándole de la cara unos cuantas greñas resecas.

-Sí, por favor.

La agarra de uno de sus escuálidos bíceps y tira de ella. Con cuidado. Con amor, para ser precisos. No pesa nada. Con una sola mano y sin el menor esfuerzo la tumba en la cama, boca arriba. No puede evitar sentir cierta tristeza al verla en ese estado cadavérico. Siempre le pasa. Y ella lo nota:

-Ya sabes que no me gusta que me veas así –habla como enfurruñada, con un deje casi infantil en la voz-.

-Lo siento.

-Anda, lléname cuanto antes.

Él, obediente, se levanta, abre el armario y saca una pequeña caja rectangular. Extrae de ella algo parecido a un hinchador de colchoneta de playa. Sí, seguramente también podría servir para inflar flotadores o ruedas de bicicleta, pero eso es para otra gente, y es mejor no planteárselo siquiera.

Se tumba de lado junto a la chica y le inserta la boca del bombín en la válvula que tiene en la nuca. Y empieza a bombear al mismo ritmo que ella va creciendo poco a poco. Sus extremidades ganan en consistencia y en el pecho se le levantan dos enormes montículos. Y él siente algo que se parece mucho al amor al verla llenarse de aire. De vida.

Cuando termina tapona la válvula con el doble cierre de seguridad. Sistema antiaplastamiento efectivo hasta 150kg, leyó en el folleto que encontró la primera vez que abrió la caja. Pero eso ya no importa. Sólo son datos, información fría.

Ahora lo que importa es que esa caja que llegó un día desde Taiwan trajo consigo un amor mucho más puro y correspondido del que jamás habría creído poder experimentar.

Y eso es lo que piensa mientras se tumba encima de ella y se hunde en sus azulísimos ojos sobreimpresos, poniendo años luz de distancia con todo lo que pueda estar pasando en el mundo de afuera.

Sólo sale de su trance cuando la chica dice:

-No me gusta hacerlo sin protección, ya lo sabes.

-Lo siento, tienes razón –y alarga el brazo hasta la mesilla de noche para sacar del cajón un par de parches de ésos con los que se reparan las colchonetas de playa, las ruedas de las bicis y un montón de cosas por el estilo, de las que se estropean a diario.

20
mar
10

desplazamiento en coche elegido al azar entre los millones que ocurren al día

Nos detenemos sin apagar el motor frente al portal de sus padres. Me da un beso en la mejilla, sale después de luchar un poco con la puerta medio rota desde hace un par de años y rodea el coche por la parte delantera. Los faros la iluminan de un modo extraño cuando pasa frente a ellos. No sé, como envolviéndola por un momento en una nube de luz casi paranormal. Demasiado blanca, demasiado cegadora para ser real. Pienso que parece una aparición mariana, que si intentara tocarla ahora mi mano atravesaría su cuerpo y no notaría nada más que un frío inquietante. Y, claro, acto seguido pienso que últimamente se me ocurren cosas muy raras. Pero precisamente eso, frío, es lo que noto cuando introduce la cabeza por mi ventanilla y me besa en la otra mejilla. Echa a andar hacia el portal sin decir nada. Ni Buenas noches ni Mañana nos vemos ni Te quiero. Ni siquiera dice Que te mejores. Joder, imagínate que lo que acabo de intuir hace un rato mientras masticábamos en el chino se cumple ahora mismo. No, no puede ser, me digo, siempre fallas en tus pronósticos. Llevas años equivocándote en el resultado de todo lo que planeas; no vas a acertar justo en esto. Sí, no nos pongamos paranóicos. Pero por si acaso le grito Hasta mañana justo en el momento en que la puerta del portal se cierra a su espalda con un ruido atronador que me llena de mal rollo por alguna o algunas o un montón de razones difusas. Ella no responde. Ni siquiera se gira para despedirse con la mano, como suele hacer. Así que lo último que veo es su culo subiendo las escaleras del zaguán. Un buen culo, joder. Un gran culo, sí señor. Quizá tendría que cuidarlo mejor. Abandonar de una puta vez esta actitud renegona que se ha instalado en mí y dedicar mi energía a mantenerla cerca de mí. Es la idea capital de todo lo que pasa por mi cabeza mientras conduzco hacia mi casa. Vale: la de mis padres. Porque lo más curioso de todo es que yo no soy así. Hasta no hace mucho me sentía a gusto con todo esto. Con ella, con el trabajo, con mi familia, con mi ciudad. Nada me irritaba. Nada me quitaba el sueño ni me producía la sensación de vacío que ahora llevo constantemente incrustada en mi interior, como un puto queso gruyere antropomorfo. La oficina, la novia, los colegas y otras cosas formaban parte de mí y punto. No me planteaba si podrían ser mejores. O, de no poder mejorar, si por lo menos podrían desaparecer de mi existencia. De modo que creo poder decir que yo no soy así, tan desencantado, tan amargado. Tan hasta los huevos y tan tocahuevos como ahora me siento. O al menos nunca he sido así. Sin embargo, tengo que reconocer que en estos últimos meses mi visión de las cosas ha cambiado de forma radical. Y soy consciente de que hoy por hoy soy un tipo absolutamente insoportable. Por eso me da un poco de miedo que las cosas todavía puedan ir a peor. Quedarme más solo, por resumirlo. Pero al mismo tiempo creo que en el fondo es lo mejor que podría sucederme. No estoy siendo muy claro, lo sé. Pero es que estoy hecho un puto lío. Y los escenarios por los que me he movido durante 30 años ahora me resultan un entorno hostil. Me da ganas de salir a la calle con una pastilla de cianuro entre los dientes. O con un fusil de asalto entre las manos. Cada día te proporciona decenas de ocasiones para utilizar lo uno o lo otro. Como por ejemplo ahora que un Renault Megane verde pistacho se para a mi lado en el semáforo. Más bien parece un pequeño ovni intergaláctico. Lleno de luces violetas y emitiendo a todo volumen una música que en un universo decente no podría llamarse de tal manera. ¿De dónde sacará esta chusma la pasta para comprarse sus caprichos? Qué asco de mundo. El humanoide que va a los mandos del vehículo repantigado en plan piloto de carreras y con el pelo cortado a lo cenicero no tiene pinta de poder ganarse la vida de manera respetable. Claro, que yo ya no tengo ni idea de lo que es aceptable y lo que no. Y prefiero no planteármelo. Casi mejor pensar que el puto engendro que hay a mi lado vende tripis en el párking de una discoteca antes que creer que se desloma en una obra para después malgastar su sueldo en mantener su coche customizado. Que haga lo que le dé la gana, qué coño. Aunque me demostraran que da cobijo y sustento a mendigos en su propia casa no cambiaría la opinión que acabo de formarme sobre él. Porque, para qué ir de hipócrita: los sintecho también me la sudan. Tengo más que de sobra con mis propios problemas. No es fácil mantenerse medianamente integrado en la vida sin generar cierta cantidad de misantropía. Es un mecanismo de defensa. Pura supervivencia. Uno no puede estar en todo. Así que me la trae floja si el interior del desecho que conduce el Megane es tenebroso o resplandeciente. Lo que me importa y me jode de mi fugaz vecino de asfalto es, sin más, que parece disfrutar sobremanera de la infernal melodía que hace vibrar su coche y resquebrajarse al mío. Mueve la cabeza adelante y atrás entregado a un frenesí rítmico que me provoca arcadas. Sí, un tiro en su sien sería lo procedente. Me imagino a mí mismo explicándole al tribunal la situación. Con todo lujo de detalles: el tatuaje de letras chinas a lo largo del antebrazo hiperciclado y sacado por la ventanilla (por supuesto) del alienígena del Megane; que llevaba gafas de sol D&G a pesar de que era casi medianoche; que, créanme, señorías, el reguetón que brotaba de aquellos superaltavoces justificaba por si solo que dios o el demonio lo hubieran fulminado con sus rayos. Habrían de concluir que no me quedó otra opción. Y mi absolución pasaría a la historia como el primer caso de justicia real de todos los tiempos. Pero esto no son los USA, pertenezco a la clase media del viejo continente y no tengo ni puta idea de dónde conseguir un arma de fuego con la que, no sé, desfogarme. Y tampoco sé cuáles son los pasos para hacerse con un poco de veneno suicida glamuroso, en plan arsénico o cicuta, nada de sobredosis de heroina o matarratas. Así que sólo puedo hablar de ello conmigo mismo. Fantasear un poco. Porque lo cierto es que no tengo valor para soluciones drásticas. Ni de ese tipo sangriento ni de otro mucho más cotidiano. Estoy, para qué negarlo, fuera de control. Lo único que hago es despotricar de todo el mundo. Menuda mierda. No tengo rumbo. Estoy a merced de la puta marea, como diría mi padre. Le encanta esa expresión, vete a saber la razón. Y le encanta dedicármela a mí; eso sí que sé por qué. El caso es que la visualización de mi padre poniendo cualquiera de las dos caras que usa comigo, la de reprender o la de condescender, me hace abandonar mi imaginación autocompasiva y aterrizar de nuevo en la realidad más tangible. Supongo que autocompasiva también, pero, ya digo: jodidamente real. La inminencia de llegar a casa y encontrar a mis padres y a mi hermano pequeño ante la tele, viendo algún programa vomitivo, es una perspectiva dolorosamente incuestionable. Igual que el hecho de que alguno de ellos, de mis padres, se entiende, saque el tema habitual en cuanto llegue la publicidad y su cerebro deje por unos minutos de atiborrarse de asqueroso entretenimiento. Uno u otro, si no los dos, me preguntará qué tal va el asunto de alquilarme un pisito con ella. Por una vez, dios, por una sola vez que cometí el error de dejarme llevar por lo que supongo que esperan de mí y les dije que tenía pensado irme a vivir con ella. Joder, desde entonces parece que eso sea lo único que puede hacer que se sientan ligeramente orgullosos de mí. O menos avergonzados, por lo menos. Para ellos ya fue un shock brutal que dejara aquel trabajo que mi padre me consiguió después de dar la paliza y regalar muchos puros y botellas a un montón de amigos, viejos amigos, pseudoamigos y conocidos. El viejo estuvo tres meses sin dirigirme la palabra. Mi madre se ablandó mucho antes. Aun hoy no entiende que renunciara a un trabajo de traje y corbata con el que ahora mismo podría, probablemente, permitirme el lujo de estar hipotecado, es cierto. Pero ella se ablandó antes. Me parece que la pobre mujer ha decidido conformarse con que su hijo no retroceda mucho más en la escala social. Imagino que por eso se interesa tanto y tan frecuentemente por cómo discurre mi “relación”. Creo que la ve como una roca a la que puedo aferrarme. Alguien idóneo para darme un poco de equilibrio. Seguramente ésa es la razón de que le haga tantos regalitos y de que siempre se esmere en la cocina cuando viene a casa a cenar. Me cago en la hostia, esto de notar que todo el mundo piensa que debe estar pendiente de mí para que no termine por cagarla me saca de quicio. Estoy hasta los cojones de que cualquier mierda se crea que tiene el derecho y el deber de cuidar de mí. Mi padre, pringando como un cabrón durante treinta años en un sucio taller mecánico y ni siquiera se ofrece a arreglarme la puerta del coche. Y mi madre, que lo único que ha hecho en su vida es cocinar para nosotros y limpiarnos el culo cuando era necesario. No sé qué esperan de mí, coño. No sé qué esperan de mí todos los demás. ¿Que no sufra por tener que ir a trabajar cada mañana al departamento de administración de la fábrica de bombillas del polígono? ¿Que me contente con formar parte de su miseria? ¿O que intente progresar, aunque sólo sea un poco? ¿Querrán, en el fondo, que procure ser feliz como me plazca? Ni puta idea. Pero que les den. Que les den a todos, joder, me hacen pensar demasiado. A la mierda, paso de ir a casa a aguantar el mismo ambiente deprimente. Así que hago un cambio de sentido demasiado brusco y conduzco en dirección contraria a todo, procurando no fijarme en los ocupantes de los otros coches ni en las criaturas que se mueven por las aceras, ya sean perros o humanos.

03
feb
10

2010

Desperté. Estaba tirado en el sofá de la salita. Por la luz que entraba por la ventana estaba claro que la mañana había terminado hacía ya rato. Me dolía la cabeza, me dolían los ojos y cada vez que tragaba saliva sentía una especie de arañazo en la garganta. Al incorporarme me entraron ganas de vomitar. Lo hice, pero poco. Llené de bilis los carrillos, apreté fuerte los labios y los puños y empujé todo aquel líquido agrio y recalentado hacia abajo, a su lugar de origen. Nunca me ha gustado vomitar. Es feo, nada elegante. Y sin siquiera tener que verme en el espejo sabía que un toque extra de deterioro era lo último necesitaba en ese momento. Me apetecía ducharme, eso sí. Me apetecía mucho. Era urgente quitarme de encima el olor y el sabor y hasta la textura que se habían apropiado de mi cuerpo. Pero el baño estaba y sigue estando al final del pasillo. A unos diez metros de donde yo pugnaba por despertar del todo, recuperarme, recuperar el control o creer que podía recuperarlo. Diez metros. Diez razones para que se impusiera la pereza. De modo que me quedé allí sentado, empezando a notar en mi espalda las consecuencias de haber pasado la noche en un sofá hecho trizas. Pensando como en sueños en alargar el brazo y coger el mando a distancia. Preguntándome como en sueños por qué cojones no había dormido en mi cama. Reconozco que algo intuía. Pero lo que pasaba por mi cabeza era como una sucesión rapidísima de fotos inconexas y movidas. Todo muy difuso, demasiado. Algo imposible de analizar de manera mínimamente objetiva, y menos aún hundido en plena resaca. Así que opté por decirme que las imágenes eran los últimos coletazos de un mal sueño de borrachera o, como mucho, recuerdos grotescamente deformados de cosas que había vivido o imaginado durante la noche anterior. En definitiva, decidí ser benévolo conmigo mismo. Al fin y al cabo, era 1 de enero. Año Nuevo. Y si no ¡Feliz!, al menos quería pasarlo tranquilo. Atontado, distraído. Por eso hice un esfuerzo y alcancé el mando a distancia. En La 1 reponían el programaespecialresumenmejoresmomentos del año pasado. En La 2 un hombre calvo y barbudo fumaba en pipa mientras ilustraba a los que habíamos sobrevivido al 2009 con sabios consejos, técnicas y hasta tácticas destinados a alcanzar la plenitud personal, superarse a sí mismo y ser mejor ser humano en el año recién nacido. Cambié. Cambié, cambié y cambié. En todos los demás canales, salvo en una televisión local en la que un predicador de aspecto caribeño aseguraba a voz en grito y con los ojos muy abiertos que según un calendario precolombino ya sólo quedaban dos años para el fin del mundo, también repetían los Especiales 2009 que habían emitido el día anterior. Dudé fugazmente. El hombre de La 2 parecía buen tipo además de sabio. Pero en seguida supuse que sería tan falso como el común de los mortales. Probablemente me resultaba afable por ser calvo y barbudo, padecer cierto sobrepeso y tener la extravagancia de fumar tabaco en pipa, y por nada más. Además, quién coño era él para indicarnos cómo teníamos que proceder. Lo más seguro era que no fuera más que un gestor de Recursos Humanos o un psicólogo de medio pelo. Nadie, en resumen. A la mierda. Prefería ver los High Lights de 2009. Con un poco de suerte pondrían alguna catástrofe aérea o el desnudo robado/posado de cualquier estrellita de cine. Cosas sencillas, sin pretensiones intelectuales. Simplemente miedo, deseo, morbo, violencia y demás instintos primarios. Pero después de regalarme por enésima vez la imagen de Puyol levantando la Champions la pantalla emitió la cara de Aminatu Haidar. Era de antes de que regresara a su casa, cuando comía, dormía y cagaba en un cuartito del aeropuerto de Tenerife y tenía a los buitres de comunicación pendientes de cada uno de sus precarios movimientos y aún más precarias palabras. Vamos, cuando su piel parecía de cera vieja y hablaba con un hilito de voz. El caso es que, quizá con un poco de retraso con respecto a cuando debí haberlo hecho, pensé: joder, qué puto asco me da esta tía. Ella y el resto de abanderados de grandes causas. Su reivindicación y todas las buenas intenciones tan “de moda” que determinan si eres un humano correcto o incorrecto. El problema del cambio climático, la libre determinación del Tíbet, las matanzas de focas en Canadá. Sí: qué asco, pensé. Un asco, en realidad, mezclado con envidia. Porque lo que se retorcía en algún hueco primario de mi cerebro luchando por escalar hasta estadios más conscientes de pensamiento, hasta el mecanismo de expresión verbal o ése que te hace coger lo primero que tienes a mano y lanzarlo contra el televisor, era sencillamente rencor. Un rencor puro y brillante y afilado contra todos esos estandartes de la grandeza y la bondad humanas, y contra todos sus seguidores. Un odio envidioso contra todos, azules o  rojos, ricos o pobres o anodina y aplastantemente mayoritaria clase media. Contra todos los que son capaces de sentir sus vidas plenas con sólo ponerse un pin en la solaba o una pegatina en el cristal de su coche que demuestren lo comprometidos que están en la mejora del mundo de mierda en que les ha tocado vivir. De verdad: de repente, el 1 de enero de 2010, envidié profundamente a millones y millones de personas por el modo en apariencia natural en que se desenvolvían sobre La Tierra. Y durante uno o dos segundos deseé con todas mis fuerzas ser como ellos. Por suerte, la locura me duró poco. Como en un flash rescatador visualicé el par de latas de cerveza que suelo esconder de mí mismo, reservadas para ocasiones especiales, en el cajón de la nevera donde guardo las verduras. El remedio ideal para la resaca, dicen a menudo. El remedio más probable para mi resaca y para todo lo demás, me dije yo. Y un objetivo más o menos estimulante para levantarme del sofá. Así que con una mano me agarré el estómago revuelto y con la otra me impulsé para incorporarme. No logré estirar por completo la espalda; la noche anterior debía haberme despedido del 2009 por todo lo alto o, quizá, lo bajo. Medio encogido recorrí el pasillo contando las bolas de pelusa que se acumulaban en el rodapié hasta que frente a la puerta de mi habitación encontré una pierna ortopédica apoyada en la pared. Una imagen potente y, al menos para mí, poco habitual. Una imagen que, en principio, debía haber rellenado algunas de mis lagunas cerebrales acerca de la noche anterior. Pero no fue así. Necesité empujar la puerta entreabierta y asomar la cabeza para obtener más información. En mi cama dormía una chica completamente desnuda. O desnuda al 75%, como queráis. Me quedé un rato mirándola. Era guapa y roncaba tranquila y con la comisura izquierda de sus labios levemente estirada hacia arriba, como en un amago de sonrisa, a pesar de que supuse que la vida no le había tratado demasiado bien. Me quedé un rato más mirándola y decidí esperar a que se despertara para proponerle que se tomara conmigo una de mis cervezas especiales. Quise pensar que aceptaría ser partícipe de la pequeña causa que me había traído el 2010.

07
oct
09

Sexo duro

Vino un amigo a casa y se sentó en el sofá. Durante un rato se dedicó a mirar la tele cambiando de canal una y otra y otra vez. Supuse que eso iba a ser todo, como siempre, hasta que se cansara de nadanadanada y decidiera dejarme solo de nuevo. Supuse que eso iba a ser todo: intercambiar esas frases que ya hemos pronunciado mil veces mientras vemos la basura que sale por la tele. Así que le ofrecí la cerveza de costumbre. Yo tenía el estómago hecho una mierda y no le acompañé. Me dediqué a observar con una sobriedad descorazonadora cómo un chef japonés inmensamente gordo intentaba vendernos un supercuchillo de cocina. Al principió lo aborrecí y lo odié a muerte y deseé en silencio que se cortara las venas de repente y que mi día adquiriera así un nuevo color. Pero como casi todos somos horribles al poco tiempo empezó a hipnotizarme la habilidad de sus dedos rechonchos para rebanar en finísimas tajadas desde kiwis hasta tornillos. Y ya me planteaba hasta qué punto mi vida sería más plena si me hiciera con uno de esos cuchillos cuando mi amigo dijo que ese miércoles tendríamos una cita. Con su amiga no sé quién, creo que en ningún momento llegué a memorizar su nombre, y una amiga de Noséquién. Vale, le respondí. Ya te llamaré para darte los detalles, dijo él. Apuró su cerveza y cogió cuatro más “para el camino”. En realidad su camino no era tan largo, tres manzanas calle arriba, pero al fin y al cabo me había ofrecido un plan; no me pareció demasiado mal que a cambio asaltara mi nevera.
El teléfono sonó la tarde del miércoles siguiente. Mi amigo me dijo que esa noche iríamos al cine los cuatro. Bueno, era el día del espectador, de modo que si la cosa no salía bien no tendría que lamentar haber malgastado demasiado dinero. Me resultó decepcionante que esa reflexión fuera la primera que me pasara por la cabeza porque nunca he sido tacaño, más bien al contrario. Pero cuando no hay pasta, no hay pasta, y asumí como natural que también mi vertiente miserable saliera a la luz. Otras llevaban ya un tiempo haciéndolo. La incompetente, la carente de autoestima, la frustrada y algunas más por el estilo. Y cuando justo antes de despedirse y colgar mi amigo añadió Por cierto, la tuya tiene cuarenta y dos años tampoco me sorprendió que mi yo cómodo y facilón y sin escrúpulos se abriera camino hasta la superficie. No sé, quise pensar, hay mujeres de 42 (el dato era una cifra muy clara en mi cerebro, un dígito, un número relativamente alto pero que al mismo tiempo significaba un peldaño más en la cuesta abajo del deterioro físico) que aún están buenas. Además, ese día no había Champions ni tenía nada nuevo que leer y la nevera estaba bajo mínimos. No tenía nada mejor que hacer que probar suerte una vez más.
Como suele pasarme llegué antes de la hora convenida. Supongo que soy un ansioso o que me aburro bastante o que simplemente quiero que las decepciones pasen cuanto antes. El caso es que me aposté a la entrada del multicine y los vi aparecer a los tres al otro extremo de la calle. A unos cien metros. Tiempo y distancia más que suficientes para experimentar mil impresiones diferentes acerca de las mujeres que acompañaban a mi amigo. Ninguna de ellas parecía estar muy bien. Pero tampoco muy mal. Una tenía un largo pelo moreno. La otra era claramente rubia de bote a pesar de mi miopía. Deseé que no me tocara la barbie y giré la cabeza en dirección opuesta a ellos para hacerme un poco el interesante, despreocupado, superguay. Tuve suerte. Cuando llegaron frente a mí mi amigo nos presentó de tal modo que quedó claro cómo había planificado el reparto del pastel. Me habría dado igual que fuera exactamente al revés. Ambas eran dos cuarentonas, ni guapas ni feas. Simplemente dos cuarentonas que intentaban disimularlo vistiéndose con ropa pensada para mujeres mucho más jóvenes y con la agenda vacía de planes siquiera un poco más interesantes que el que suponíamos mi amigo y yo. Así que, ya digo, me habría dado igual, pero la morena era mi cita, pseudocita, pasatiempo o como se le quisiera llamar al asunto. Y yo era el suyo. Se llamaba Sara y la otra, pues eso, Noséquién.
Sacamos entradas para una película igual de mala que las que se proyectaban en el resto de salas. Y sin esforzarnos demasiado por fingir espontaneidad nos sentamos por parejas y hablamos por parejas de los mismos lugares comunes de siempre. Supongo que es hasta normal, que es lo que hay que hacer en tales circunstancias, pero me sentí ridículo. Como de adolescente, cuando todos los amigos íbamos al cine y siempre intentabas caer al lado de la chica más guapa del grupo como el que no quiere la cosa. Lo consiguieras o no, te invadía una cierta vergüenza. El hecho de percibir que tu treta se había notado demasiado. Pues ahora, quince años después, volvía a tener esa incómoda sensación. Y un ridículo más lento pero mucho más denso y difícil de digerir que el de la juventud me enrojecía y me hacía revolverme en la butaca y plantearme lo mal que debía de ir mi vida para aceptar participar en estúpidas citas a ciegas. No tenía ninguna necesidad de estar allí, hablándole por obligación a una extraña de mi trabajo de mierda o de mi pisucho de alquiler y oyendo de su boca cosas por el estilo. Oliendo la moqueta rancia del cine a la espera de que las luces se apagaran y la pantalla se encendiera y todo fuera más fácil y silencioso. Mirando sin ganas de hacerlo el exceso de maquillaje de mi cita que sin embargo no lograba ocultar la mantecosa porosidad de su cutis. Mirando y escuchando a alguien cuya vida o muerte me importaba aún menos que la de cualquier persona protagonista de un suceso del periódico, como supuse que también ella concluiría sobre mí si se detuviera un momento a pensarlo. Así que quería creer que no tenía ninguna necesidad de todo aquello. Pero si había que ser igual de honesto conmigo que con el resto del mundo, lo único cierto era que, necesaria o innecesariamente, allí estaba.
Al fin empezó la película y pasamos las dos horas siguientes viendo una de esas historias de amor que sólo acaban más o menos bien en Hollywood. La obra de algún guionista loco que se empeñaba en hacerte tragar que tras cada esquina la vida desplegaba ante tu cara un gigantesco abanico de posibilidades emocionantes y enriquecedoras. Dediqué gran parte del metraje a imaginar cómo quedaríamos los cuatro contemplados en la penumbra de la sala por ojos ajenos, por los ojos de alguien que conociera lo que yo conocía de nuestras realidades, mucho sobre la mía y la de mi amigo y poco pero más que suficiente sobre la de Sara y Noséquién. Me imaginé nuestras caras. Nuestras expresiones. Una imagen patética que sólo podría suavizarse si al final de la noche acababa imponiéndose cierta lógica natural. Algo que hiciera que toda aquella pantomima cobrara algún sentido.
Por eso cuando salimos del cine estaba decidido a ir directamente al grano y ni el aire frío que soplaba ni la tristeza que siempre me transmiten las calles recién lavadas por los servicios municipales debilitaron mi convicción. Durante la breve conversación pre-proyección había sabido que Sara vivía muy cerca de donde estábamos y sugerí que estaría bien que nos invitara a tomar algo en su casa para hablar y conocernos todos un poco mejor. Resultó más fácil de lo que había supuesto. Mi amigo y Noséquién tenían planes por su cuenta. Mejor. Y Sara ni dio su visto bueno a mi propuesta ni todo lo contrario. Simplemente se despidió de los otros dos, me miró y echó a andar. Y yo a su lado. No hablamos demasiado durante los cinco minutos que duró nuestro trayecto. Tampoco nos tomamos nada cuando llegamos a su piso. En cuanto cerró la puerta nos enzarzamos en una especie de lucha torpe y ansiosa hasta caer sobre su cama. Y luego todo fue sexo duro. Por la prisa desganada, por la sensación de trámite, por la laxitud de nuestros cuerpos decadentes. Los románticos dirían que la razón era la ausencia absoluta de amor. Pero se equivocarían. Fue sexo duro, simple y tristemente, por la certeza compartida de que, en el fondo, no había atisbo de voluntad en nuestros actos. Por la certeza de que éramos dos personas que en ningún momento habían querido acabar juntas desnudas en la cama de aquella habitación. Y de que todo había sido producto de algún automatismo para huir de nuestras respectivas soledades.
Supongo que por eso a la mañana siguiente me encontraba profundamente frustrado mientras me vestía. No necesitaba acercarme a la ventana para saber que era la luz de un día igual que todos los anteriores lo que entraba por ella. Lo que hice fue ir al cuarto de baño. Sin querer, lo juro, me vi en el espejo. Tampoco allí encontré nada nuevo. Pero ni por ésas, ni porque ella fuera una década más vieja que yo, ni por intuir que fingía seguir durmiendo, ni por la seguridad de que nuestras vidas nunca iban a mejorar gran cosa, me olvidé de dejarle apuntado mi teléfono en un trozo de papel higiénico.

10
abr
09

Retrato familiar (con la crisis al fondo)

Era el año de La Supercrisis. Ahora en las facultades de economía la estudian con ese nombre para indicar que fue mucho más devastadora que la Gran Depresión. Pero entonces la gente la llamaba simplemente crisis. Era el 2009. Todo el mundo, en el sentido de “el mundo entero: continentes, estados, ciudades y barrios”, estaba sumido en una especie de paranoia económica. Yo tenía quince años y recuerdo que un viernes por la noche, mientras esperaba en el salón a que empezara la peli porno de Canal+ para hacerme una paja y así ahorrarme -a lo mejor- el mal trago de amanecer al día siguiente con las sábanas sucias, mi padre se levantó de la cama, resoplando. Dijo que había tenido una pesadilla. Sin mirarle oí cómo se sentaba en el sillón de eskai de al lado y empezaba a contar que en su sueño me había visto tendido inconsciente o muerto, no se atrevía a pronunciarse, en la orilla enfangada de un río que discurría casi en absoluto silencio a la luz de la luna. Entonces sí que giré la cabeza hacia él, y al azul pálido y fluctuante que brotaba de la pantalla me pareció mucho más viejo que la última vez que lo había visto, sólo un par de horas antes. Como si las canas hubieran colonizado hasta el último mechón de su pelo durante su fugaz sueño, como si sus arrugas le hubieran horadado la piel uno o dos milímetros en ese breve lapso de tiempo. Pero no dije nada. Él sí. Dijo que no identificaba el lugar. Nada. Ni el cielo, ni el río, ni los bosques que se extendían deshojados y entre telarañas de niebla, como víctimas de la onda expansiva de algún artefacto atómico, desde casi la misma orilla hasta donde su vista alcanzaba. Pero que eso era lo de menos porque lo que de verdad le había asustado lo bastante como para despertarle sudoroso era que al acercarse a mi cuerpo lo había descubierto esquelético y con una cara cadavérica que, sin dejar de ser la mía, al mismo tiempo se parecía antinaturalmente a la de nuestra madre. Y como siempre que escuchaba esa palabra, que la veía escrita en cualquier parte, que en clase nos explicaban los órganos humanos o que abría el armario donde el olor de su ropa aún se resistía a los efectos de la naftalina, pensé en ella. En cómo era. En su cara. Cada vez me costaba más recordar sus rasgos. Había noches que no pegaba ojo intentando darle forma a su rostro. Sí, era capaz de visualizar sus labios carnosos, su nariz de tabique un poco grueso pero bonita, sus enormes ojos marrones bajo esas cejas de curva perfecta. Pero cuando intentaba ubicar sus facciones en la masa informe de piel en que poco a poco pero sin solución el tiempo iba convirtiendo su cara, me sentía como un niño retrasado ante un Mister Potato. Un inútil incapaz de reproducir mentalmente lo guapa que había sido su madre. Un cabrón capaz de olvidarse tan pronto de algo tan bonito y tan importante. Así que maldije en silencio a mi padre y su estúpida historia por haber provocado que toda esa mierda se removiera en mi cabeza. Y por fastidiarme la película. Y también por no ser él quien hubiera muerto de cáncer de páncreas. Pero él no intuyó nada de lo que me estaba sacudiendo por dentro y lo único que hizo fue encenderse un cigarro y seguir hablando.

-Creo que la causa es que estoy preocupado por el trabajo -dijo después de dar unas cuantas caladas mirando al techo. El humo y el resplandor del televisor se mezclaban en el aire atribuyendo a los muebles, a los gestos, a mí, a mi padre y a sus palabras un contexto irreal. Al menos así lo recuerdo hoy: como una situación absurda, porque no podía dar crédito a lo que mi padre había empezado a decir y sabía que iba a seguir diciendo-. Ayer despidieron al tipo que he tenido al lado durante casi diez años.

Puede que esperara que le dijera algo, unas palabras de ánimo, un simple No te preocupes. Pero no lo hice. No dije ni hice nada en absoluto; no me apetecía consolar torpemente y sin atisbo de sinceridad a mi padre. Por mí, la fábrica de tractores en cuya cadena de montaje trabajaba podía volar por los aires con él dentro. Por mí le podía dar un infarto o una angina de pecho en ese mismo momento. Me resultaba inmoral hasta un punto nauseabundo que algo tan material, tan cuantificable y tan mesurable como sus apuros económicos fuera lo que le había despertado en plena noche. Quería oírle decir que en realidad todo aquello carecía de importancia en comparación con lo verdaderamente dramático, que seguro que eran simples artimañas de su subconsciente para intentar sepultar la muerte de su mujer. Mi madre. Quería que dijera que la echaba de menos, que ojalá la hubiera tratado mejor cuando tenía la oportunidad de hacerlo. Y que lo sentía mucho por mí. Pero lo cierto era que mis padres nunca se habían querido demasiado y me planteé la posibilidad de que, en efecto, a él no me doliera gran cosa lo que había sucedido. Me pregunté, incluso, si le había apenado más la muerte de aquel perro que según contaba cuando se emborrachaba había tenido de pequeño y que había sido atropellado por un tranvía. Y, justa o injustamente, me contesté que probablemente, que seguramente, que sin duda. De manera que pulsé el botón de on/off de la tele con la intención de irme a mi cuarto e intentar dormir un rato. Y si, como era de prever, no lo conseguía encendería la luz y me pondría a leer cómics o alguna novelita igual de fácil, de detectives, crímenes y agentes secretos. Y luego volvería a apagarla y escucharía durante horas la música de mi mp3. Y también ese programa de la radio al que llaman los insomnes para vomitar sus tragedias. Hasta que al amanecer por fin lograra dar una cabezada. Ésa era la rutina de las noches desde hacía un mes, y aquélla no tenía por qué ser una excepción. Lo malo es que nada más apagar la tele me arrepentí de haberlo hecho. Porque el silencio y la oscuridad en que se sumió la habitación debieron de hacerme bajar la guardia, soltarme, no sé, algo así. Y en lugar de irme a la cama me quedé sentado en el sofá notando cómo el zumbido iónico del tubo de imagen se iba desvaneciendo en mis oídos, viendo cómo la silueta de mi padre se definía poco a poco sobre la tenue fosforescencia anaranjada que el alumbrado público elevaba hasta nuestro quinto piso. Dándole, a fin de cuentas, la última oportunidad de decir algo digno sobre lo único verdaderamente bonito que habíamos tenido en la vida. No podía verle las arrugas, ni las canas, ni las ojeras, pero mientras esperaba el alivio de unas palabras que no llegó a pronunciar me invadió la certeza de que esa impresión de vejez que por primera vez me había transmitido mi padre hacía unos minutos había venido para quedarse. Que ya siempre sería así. Y que tampoco tenía mucho sentido enfadarse con un pobre viejo. Por eso no me dolió cuando dijo:

-¿Entiendes? El tipo era mi amigo. Sé que su mujer se llama Pilar. O puede que amparo. Da igual. Sé que tiene tres hijos y un perro. Y los jueves llevaba al trabajo arroz tres delicias en un tuper. A veces me ofrecía un poco. Y ahora me siento como en una de esas películas de campos de exterminio, cuando ponen a los judíos en formación y un oficial pasea entre ellos disparando en la sien a unos cuantos y dejando absurdamente vivos a los demás. Y culpables por haberse salvado.

Eso dijo.

Su cara permanecía invisible en la oscuridad. Lo único de él que alcanzaba a vislumbrar era su mano derecha iluminada por la chispa de la colilla, apoyada en el reposabrazos del sillón. Pero me pareció notar que desclavaba la vista del techo y me miraba a través de la negrura al añadir, con un susurro que estaba a la misma distancia de denotar tristeza que vergüenza o que resignación:

-Así me siento últimamente: bastante solo.

Y a fecha de hoy, quince años después, aún no tengo claro si ese diagnóstico, confesión o llamada de socorro que mi padre me reveló aquella noche tenía algo que ver con el hecho de que mi madre ya no estuviera. Pero quiero pensar que sí. Al fin y al cabo, de eso se trata: de confiar en quien quieres, aunque no haya motivo racional para hacerlo (ninguna de las dos cosas). Por eso, supongo, cuando las cosas se tuercen más de la cuenta en mi vida, cuando sobrevienen esas noches de hundimiento en las que otros lanzan sus gritos de auxilio a través de las ondas de una emisora de radio, yo llamo a mi padre. Vive solo y sigue pasándose con la bebida. No tardará mucho en desnucarse en la bañera. Así que sí, cada dos o tres meses le llamo y hablamos un rato. De tonterías. Nada serio. Mujeres, sexo, trabajo. Y a veces, muy pocas, de mi madre. Y, a diferencia de aquella noche tan lejana, al despedirme le deseo buenas noches.

02
feb
09

Canguro en el extrarradio

Cuesta levantarse. Los vapores de demasiadas cervezas me pesan como piedras en el estómago y me infectan la boca. No es que anoche hubiera juerga. Ya no hay ni ganas de eso. Me las bebí tumbado frente a la tele viendo uno de esos programas de catástrofes aéreas, atracos a licorerías americanas y niños dejándose los dientes en cualquier columpio con aplausos de fondo. Tragedias grandes o pequeñas contadas por sus supervivientes. Enseñanza: lo malo acaba pasando. O, en el peor de los casos, acaba siendo asimilado. Y después la teletienda, ya en plena madrugada. Robots multifuncionales para la cocina, colchones ergonómicos, modelos anoréxicas adelgazando un poco más a base de microdescargas eléctricas. Un montón de recursos a disposición de los insomnes para hacerles creer que su mañana puede ser mejor. Enseñanza: lo bueno siempre acaba llegando. Si tienes la pasta suficiente. Pero ya es mañana y la habitación huele a cerrado a pesar de que deben haber pasado ya unas horas desde que ella haya abierto la ventana. No sé qué hora es pero la intensidad y el ángulo con que el sol choca contra las paredes me dicen que no se me ha hecho tarde. Que si quiero hoy será un día normal. Otro. Como ayer. Que en mi mano está ser responsable, darle continuidad a todo lo que he conseguido reunir en esta casa que ni siquiera es mía, desde el dvd capaz de leer copias piratas hasta la propia Ella. Retenerlo todo un tiempo más. Y en lugar de alivio siento angustia. Y ganas de vomitar al meterme el cepillo de dientes en la boca mientras miro mi reflejo y no sé muy bien qué pensar sobre lo que veo. Desde el otro lado de la puerta del cuarto de baño su voz dice fríamente que se va a dar una vuelta, tiene cosas que hacer, ha quedado con no sé quién, nos vemos esta noche, a lo mejor yo podría hacer el esfuerzo de aprovechar el rato y salir a buscar algo de una puta vez. Dejar de tocarme los cojones frente al teclado y colaborar un poco. Frases por el estilo se despedazan al atravesar el conglomerado. No las oigo con nitidez, me duele la cabeza y todo lo demás, pero me llegan las palabras clave a partir de las que reconstruir el mensaje, tan parecido al de ayer o cualquier otro día desde hace unas semanas. Y me duele, pero menos que la vez anterior. Mientras echo una meada agria y juego a escribir mi nombre en la capa densa y superazul de Pato WC que resbala por la taza pienso por un momento dónde se irá todas las tardes. Dónde se irá en verdad. Qué coño hará. Visualizo el ticket que encontré en el cajón de su mesita y me pongo vagamente nervioso. Tan vagamente que me distraigo por culpa de una bombilla que se funde en el espejo con un chisporroteo casi inaudible. Y si no habría sido por cualquier otra cosa. El ritmo hueco del grifo al gotear. Calcular el área -en baldosas mugrientas- de las paredes. Calcular el área de las humedades. Porque es mejor no pensar demasiado, y cada vez lo consigo más fácilmente. O no. Tal vez me miento y lo cierto es que no lo consigo ni lo conseguiré. Tal vez por eso cuento mis pasos cada tarde de camino a lo único que encontré el día que le hice caso y decidí “salir a buscar algo… colaborar un poco”. Algo demasiado asqueroso para contárselo. Mejor que cuando vuelva a casa crea que me he tirado aquí toda la tarde. O que crea que vengo del bar si ella regresa antes de donde quiera que haya pasado la tarde. El caso es que en la calle cuento mis pasos y sólo voy por los cien y ya he tenido que sortear dos mierdas de perro y alguna que otra flema verdosa. El resto, pavimento agrietado. Y me pregunto cuál será la esperanza de vida útil del cemento o el hormigón. Cuántos chicles tienen que fosilizarse en el metro cuadrado que estoy pisando para que la apisonadora vuelva a hacer su trabajo. Si aún podría extraérseles el ADN y multar a los responsables. Dudas y preguntas y respuestas sin importancia simplemente por tener la cabeza ocupada en estupideces mientras mis pies siguen el rumbo hacia lo serio y sensato y decente que la gente y las agencias de noticias de todo el planeta y esa voz siniestra tan parecida a la mía que me hace dormir mal me dicen que debo seguir, dadas las circunstancias. Justo en el paso ciento cuarenta y ocho me cruzo con un enano de aspecto alegre que empuja un cochecito de bebé. Será el padre. El hermano malformado pero bellísima persona de alguno de los padres del crío. Alguien contratado para cuidar del crío antes de que crezca demasiado. No sé lo que prefiero. Bueno, sí, lo sé muy bien. Por eso pienso en detenerme y agradecerle al hombrecillo el hecho de que hayamos coincidido en el espacio-tiempo, que me haya dado una nueva imagen para mi repertorio de distracciones amables. Pero ya lo he dejado atrás cuando me decido. Así que sigo andando y me siento un poco sucio por plantearme si la cara de felicidad que he visto en el enano será cierta o solamente una máscara con la que salir a la calle. Pero tras quince o veinte pasos de reflexión llego a la conclusión de que de vez en cuando tengo derecho a establecer comparaciones en las que yo no sea la parte peor parada. Y continúo mi camino y al dejar la huella número trescientos paso por una frutería donde cuatro pakistaníes de dientes blanquísimos deslumbran con sus sonrisas perpetuas a clientas que nacieron en Andalucía o en La Mancha y les desean salud para ellas y sus familias al devolverles el cambio. Igual el mundo puede ser un lugar fácil y amable, vete a saber. Pero el sitio al que llegaré dentro de unos dos mil pasos desde luego no lo es, así que me importa una mierda lo bien que parecen desenvolverse mis congéneres en este paisaje. Todavía tengo que pasar por la caseta de la Once donde una ciega más joven que yo escucha la radio y a lo mejor se siente mal pero no se le nota en esa mirada vacía ni en cómo tararea las canciones de moda ni en el correctísimo modo en que desea buen día a gente vulgar a la que ni siquiera puede ver, como una auténtica profesional forzosa de la atención al cliente. También en cuanto a ella sé lo que prefiero. Lo sé muy bien porque me jode la gente que pone buena cara ante la mierda. Me encantaría sentir su rabia, sus ganas de quemar cruces, el odio a su madre por haberla engendrado así. La respetaría mucho más si una indignación invisible pero viscosa rebosara a diario por la ventanilla de su caseta tan alegremente verde. Aunque imagino que a ella le da igual mi respeto porque jamás le he comprado un cupón. Y al fin salgo a una avenida periférica. Seis carriles en cada sentido y los pequeños comercios han dejado su lugar en las aceras para que lo ocupen decenas de concesionarios de coches, talleres y macrotiendas de muebles baratos. Y parejas de jóvenes y no tan jóvenes entrando y saliendo, probando las características de los accesorios que seguirán decorando sus vidas cuando ellos ya hayan dejado de quererse. Porque si hay algo seguro es que la suficiente dosis de tiempo acaba pudriendo las manzanas y absolutamente todo lo biodegradable. Como la amistad que alguna vez me unió al tipo que viene en dirección a mí por la acera. Cargado de bolsas de plástico y una caja envuelta en papel de regalo bajo el brazo no puede permitirse saludarme con la mano. Se limita a pronunciar uno de esos insultos viriles que en ocasiones se emplean como sinónimo de Me alegro de verte y que resultan menos mentira. Todavía a diez metros de distancia percibo el olor de su after-shave. Lo primero que dice cuando nos detenemos y nos miramos a los ojos es que no, no es navidad pero sí el cumpleaños de su hijo. El primer cumpleaños, eso me dice al tiempo que me inspecciona de arriba abajo deteniéndose un momento, creo, en el roto que hay en la rodilla izquierda de mis vaqueros. Un agujero demasiado pequeño para que alguien que se define a sí mismo como mi amigo se entretenga en prestarle atención, por otra parte. Por eso ese simple gesto me basta para procurar que mi lenguaje corporal le informe de que su felicidad, el dúplex que se ha comprado en esta zona en expansión de la ciudad y la vida o muerte de su hijo es algo que me importa un huevo. Y parece captarlo, porque me pregunta yo qué tal, qué hago en general, qué hago por aquí, a dónde voy y demás frases de cortesía con evidente desgana. También me pregunta por ella y eso es lo que hace que cualquier asomo de corrección se me desvanezca. Y reemprendo el camino diciéndole Adiós consciente de que digo Adiós y sólo Adiós y no cualquier otra palabra. Porque hace un tiempo que ella está indisolublemente ligada al ticket que encontré buscando pasta en sus cajones, y nadie tiene por qué recordármelo. Una factura de una de esas tiendas de bronceado y depilación. La letra redondeada de la dependienta hablaba de láser, de ingles y de axilas. Y yo qué sé, puede ser. Ya no tenemos ganas de juerga, de divertirnos, de pasarlo bien. Y tampoco de follar. Al menos el uno con el otro. Y esta caminata en dirección al odioso resplandor que se proyecta hacia la noche en ciernes desde el otro lado de la circunvalación puede ser un momento tan bueno como cualquier otro para plantearse ciertas cosas. Asumirlas, desconectar al moribundo del respirador mecánico. Certificar su muerte de una puta vez y llorar un poco en el entierro. Pero puede que siempre haya tenido razón cuando me dice que soy un inútil y un gilipollas porque en lugar de pararme y pensar o pensar y pararme y entretenerme, yo qué sé, contando cuántos coches rojos pasan a toda velocidad por el asfalto en los próximos diez minutos sigo y sigo y sigo y ya estoy caminando por el cemento húmedo del párking del centro comercial, entre familias tradicionales o uniones de hecho que empujan carros de la compra cargados hasta los topes a pesar de la crisis para reabastecer sus arsenales de presente y futuro inmediatos. Consumibles. Al fin y al cabo, todo el mundo es igual. Tras la puerta de cristal corrediza la temperatura aumenta quince grados de golpe y a cada paso me falta un poco más el aire. Pero las fuerzas no me abandonan del todo y llego al Happy Kangaroo. Igual que todos los días, siento una oleada de vergüenza al entrar en el local. En algún momento del pasado alguien en Australia decidió probar suerte, intentar forrarse con una cadena de comida rápida. Hamburguesas y muslitos hechos a base de carnes exóticas para el resto del mundo. Y mi presente ha acabado relacionado con aquella jodida iniciativa empresarial, trabajando en un sitio con digiridoos de plástico fabricados en serie y fotos de lo bonito que es el atardecer en las antípodas colgados de la paredes. Lo peor, con todo, es saber que en el fondo nadie más que yo tiene la culpa de que ahora atraviese la puerta de servicio, recorra un pasillo viciado de un nauseabundo olor a fritanga, por muy australiana que sea, y acceda al vestuario masculino. Como siempre, el canguro gordo que se encarga del turno que me antecede está sentado en un banquito que parece combarse bajo su peso un milímetro más con cada bocado que le da al supermenú XXL marca de la casa que se está comiendo. En realidad sólo es canguro de cintura para abajo. Tiene las patas traseras estiradas, cruzadas por los tobillos, zarpa sobre zarpa. Y la espalda apoyada contra la pared le aplasta la cola, que asoma por encima de su hombro de piel humana. Miro en mi taquilla. Tampoco hoy mi uniforme laboral está en su sitio. El encargado, un chaval de veintidós años como mucho, me dijo el otro día que había problemas con la tintorería subcontratada para la limpieza de la ropa de trabajo. Que se habían quedado en prenda algunas prendas. Supuse y supongo que estudiará derecho y esto le ayuda a pagarse la carrera. O los vicios. No sé, puede que mi joven jefe sea lo bastante gilipollas como para haberle hecho un bombo a una gilipollas y ahora tenga que alimentar a otro pequeño gilipollas. Me importa una mierda; que se joda. Que se joda igual que yo, que meto las piernas en el disfraz usado y siento cómo me moja la piel el sudor condensado de un hombre del que ni siquiera conozco su nombre. Que me enfundo los brazos-patas delanteras y me entran ganas de pedirles perdón a mis dedos por obligarles a esconderse bajo esos mechones de fibras sintéticas. Que me cierro la cremallera que recorre mi pecho peludo y noto las migas de la merienda de mi colega precipitándose hasta mis enormes pies de canguro. Que me acoplo la cabeza animal siniestramente sonriente y ya está ahí, como cada tarde, el hedor asfixiante de mi humillación concentrándose en mis orificios nasales. Frente a la entrada del Happy Kangaroo los niños se rién cuando salto y palmoteo y agito la cola cada vez que un nuevo cliente nos honra con su visita. Los niños y los adultos, todos se ríen. Supongo que lo harían con más ganas si supieran que dentro hay un tipo en calzoncillos y con ganas de llorar. La gente es así. La gente se ríe del pringaopeluchegigante y fantasea con las patinadoras que se deslizan sobre la pista de huelo sintético que han instalado en la plazoleta central los de la tienda de deportes de invierno. Yo haría lo mismo de no ser porque un cangurhombre no puede reírse de nadie ni fantasear con nadie. Y menos ahora. La última de las animadoras deslizantes, la que se queda rezagada y pierde el compás y trastabillea tantas veces. La menos flexible, la que se abre de piernas mucho menos que las otras. Ésa a la que las medias le quedan mucho peor que a las demás porque es diez o quince años más vieja. La única a la que nadie podrá verle las ingles. Es ella. Con demasiado maquillaje y cara de cualquier cosa menos alegría. Y pienso en sus viejos patines Boomerang de piel blanca, cordones azules y ruedas amarillas. Pienso que antes de ésta sólo la había visto patinar un día. Y que deberíamos haber sido más felices mientras pudimos. Ahora ya es imposible.




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