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22
abr
12

Memes intr-antisistema

Media tarde.

El domingo pasado cambiaron la hora.

60 minutos más de luz al día.

Estaría bien aprovecharlos.

El sol baña las fachadas

Y las naranjas bordes

De los árboles

Y los hombros de las chicas

En tirantes.

Las alas de las moscas

Enjambradas

Alrededor de un contenedor

Sin recoger

Reflejan el sol.

Un cd-espantapájaros

Centellea en el balcón del quinto.

Un niño pasa comiendo

Un helado amarillo limón.

Todo está envuelto en un

Resplandor dorado.

Al menos eso

Me parece a mí.

¿Esperanza?

¿Fe?

¿Autoengaño?

También la terraza de la esquina

Y la que hay un poco más

Abajo.

Todas las mesas ocupadas.

Gente vieja y gente joven,

El pasado y el futuro

Bronceándose como lo que somos,

Criaturas casuales

Al amparo de una

Estrella benévola,

Por el momento.

Pero sin saberlo.

Algunos se remangan,

Otros se repantigan en su asiento.

Gafas de sol y cerveza.

Sí, el aire envuelto en una especie de

Espuma

Dorada.

Un chaval pasa a mi lado

Hablando por el móvil.

Dice que hace un día

Estupeeendo

para ir a la manifestación.

Después cenarán humus en casa de Lluvia.

Es posible que diga Luna.

Qué más da.

Sigue hablando por el iPhone.

La tertulia política de los jueves,

Ya sabes…

Apúntate, tío,

Cuantos más

Mejor.

Yo sigo

Andando

Deseando

Que la voz al otro lado de la línea

Le haya contestado

Vete a tomar por culo.

Deseando que un haz

De rayos gamma

Lo reduzca a

Fosfatina

A él,

A Luna/Lluvia,

A sus amigos y enemigos

-los mismos a fin de cuentas-…

En definitiva a todos esos

Que se creen

Legitimados

Para salvarme

La vida

A su modo.

Sigo

Andando

Pensando

Que eso de

Cuantos más

Mejor

Es

Sin duda

La mentira mejor implantada

De la historia de la Humanidad.

Si Larra levantara la cabeza

Volvería a volársela

A los cinco segundos.

Un día a la semana para

Debatir con amigos mientras bebes vino caro.

Y, claro, tienes que ir.

Un día al año para

Protestar contra quien lleva pisándote toda la vida.

Y, claro, tienes que hacerte oír.

Un día de tu vida para

Sentirte un revolucionario dentro de los márgenes delimitados para revolucionarte.

Y, claro, debes aprovecharlo.

Y más ahora que

Acaban de regalarte

Una hora de sol.

No llueve, no hace frío.

Es el día ideal.

Mañana ya ficharás

Y le lamerás el culo al jefe.

Mañana, igual que el que vota

Lo contrario que tú

-lo mismo a fin de cuentas-,

 Ya consultarás el saldo

De tu cuenta en el banco,

El verdadero culpable.

Pero no sacarás la pasta,

Eso seguro.

Seguirás

Haciendo girar

La rueda

Desde dentro,

Desde muy dentro,

Desde tan adentro como te dejen.

Y darás las gracias

Por ello.

Y no notarás el menor peso

Sobre tu conciencia

Porque no será

El Día

Señalado para notarlo.

16
abr
12

Del color de

La ciudad estaba casi tan vacía como nuestra nevera, así que tuvimos que dar unas cuantas vueltas hasta que encontramos un pequeño restaurante chino. Era idéntico a cualquier otro, desde la carta salpicada de manchas de salsa de soja y faltas de ortografía hasta el camarero detrás de la barra que miraba algún programa de la televisión china en el portátil, pasando por los peces que languidecían sin remedio en el acuario. Ya casi ni boqueaban; se limitaban a mirarnos fijamente desde dentro de su ataúd de cristal, como si se hubieran cansado de pedir auxilio. O tal vez era que Lucía y yo ofrecíamos una visión mortalmente anodina hasta para un pez tonto. El hecho de que únicamente un par de mesas estuvieran ocupadas contribuía a darle al lugar un aire de abatimiento. De derrota. Incluso la voz que cantaba algo indescifrable a través del hilo musical parecía apenada. Me pregunté si los ocupantes de las otras mesas también estarían planteándose poner el punto final a lo que fuera que los había llevado a comer en un oscuro chino de barrio mientras el sol de abril ardía en el centro del cielo. Les eché un vistazo rápido. En la mesa del rincón una pareja de adolescentes que se había decantado por el menú de 6,50 intercambiaba arrumacos y sus respectivos helados de vainilla y chocolate. Junto a nosotros un matrimonio de mediana edad se tomaba el café mientras su hija corría de un lado a otro alrededor de la mesa. Tendría unos cuatro años. Tropezaba una y otra vez. Caía al suelo, se reía a carcajadas y se levantaba limpiándose las manos en los faldones del mantel. En un momento dado sus ojos se cruzaron con los míos. Eran azules, muy azules. Del color que se intuye en el fondo de las grietas de los glaciares o como la piel de aquel hombre al que una Zodiac sacó del mar una tarde de agosto en una playa de Castellón cuando yo tenía diez años. Eran del color del frío y de las células muertas. La niña me miró un segundo sin verme y siguió con sus juegos y sus risas. De tanto en tanto sus padres le daban alguna indicación, tranquilamente, sin aparente preocupación. Cuidado a la derecha, nena, o Las manos por delante, cariño. La cría obedecía unas veces y otras no, como todos los niños, y seguía riéndose y hablando sola y de vez en cuando se acercaba a su madre, le buscaba la cara con las manos y le daba un beso en la mejilla o en la nariz o donde tocara. Supongo que Lucía se dio cuenta de que estaba mirando a la niña porque bajó la voz hasta convertirla en un susurro y dijo algo así como Pobrecita, que sea feliz ahora que aún no es consciente de lo que le ha tocado. Me habría gustado preguntarle si acaso ella lo era, si era feliz y si no estaría más ciega que la niña de la mesa de al lado. Pero no lo hice. Ni siquiera la miré. No valía la pena. Habría supuesto el detonante de una nueva discusión absurda. Y no estaba dispuesto a tener ni una sola más, la duda se había resuelto. Así que seguí mirando a la niña directamente a sus ojos azulísimos como el frío y como las células muertas pero también como los atolones de los mares del Sur y como el destello en el espacio de millones de supertierras templadas, acogedoras, habitables. Sí, lo bueno era posible para ella. Y para mí también.

31
mar
12

Partiendo de la base

Partiendo de la base de que

A diario

Tienes que vértelas con

Hoteles para mascotas,

Concursos de belleza infantil,

Un arco iris político monocromático,

Las fauces del pitbull de tu vecino

A un palmo de tu entrepierna

En el ascensor,

La cola del supermercado,

La cola del DNI,

La del paro,

La del parking

Y la del carné de conducir,

Organismos internacionales

Ordenándote cómo vivir,

En qué gastar o no tu dinero,

Cada vez menos cabinas y

Cada vez menos buzones y

Cada vez menos perros callejeros

Y más mendigos en cajeros,

La correspondencia del banco,

El canal de telequiromancia

Que sintoniza la Sra. X al

Otro

Lado del tabique,

Esa gotera que vuelve a aflorar

Sobre la enésima capa de pintura,

Historias de amor

Muertas antes de nacer,

La nostalgia del futuro,

El remordimiento del pasado…

Es obvio que el mundo

Reúne méritos de sobra

Para la declaración de ruina.

Pero si te elevas un poco,

Solo un poco sobre la base

Y agudizas la vista

Encontrarás

PEQUEÑOS detalles,

Auténticos milagros

sucediendo entre el estiércol.

Una flor luminosa

En el alcorque de un

Naranjo borde,

Una jarra escarchada

Atrapando cerveza y luz solar,

La feliz lentitud de la respiración

Del gato tumbado al sol

En la azotea,

El final infinito

De un cuento de Carver,

Hierba recién cortada,

Dos caballos recortados

En negro contra las nubes del Sur,

Luces sin motivo en el cielo,

El amor contra pronóstico

En medio del estruendo de

Una cadena de montaje,

La luna metalizando

El agua de un mar tan tranquilo

Que parece de plata fundida.

Y luego el sol

Y otra vez la luna

Y de nuevo el sol.

08
feb
12

Todo lo que sube

Estoy tranquilamente escuchando a los Band Of Horses y llaman a la puerta. De inmediato me acuerdo de los coreanos que vinieron el otro día. Debía de ser más o menos sobre esta hora. Dos mujeres y un hombre, los tres muy jóvenes y vestidos como de misa de domingo. Me dieron las buenas tardes con una reverencia casi medieval y empezaron a parlotear sobre algo llamado Dios Madre en un castellano mucho mejor de lo que jamás llegará a ser mi coreano. No dejaban de sonreír, me miraban sin pestañear. Y cada cinco segundos daban un pequeño paso adelante al tiempo que me pedían permiso para entrar y hablar con calma de las bondades de su fe. El chico llevaba un portátil en el que quería mostrarme un dvd explicativo de las razones por las que Dios Madre es el único dios verdadero. Claro, me asusté y les cerré la puerta en las narices. Por la mirilla los vi cuchichear. Luego deslizaron un folleto por debajo de la puerta. No pude evitar leerlo por encima. Aterrador, en efecto. En fin, que no abro ni de coña.

Aunque quizá sea el tipo ese que viene de vez en cuando a mirar el contador de no sé qué que hay debajo del fregadero. Que le den también a él. Total, después te ponen en la factura lo que les sale de los cojones.

Pero el timbre vuelve a sonar. Ring, ring y otra vez ring. Al final me levanto y abro dispuesto a afrontar lo que sea. Me encuentro con lo más parecido a Afrodita que me he echado a la cara. Una aparición angelical. Maldita sea, tal vez sea Dios Madre en carne y hueso que viene a pedirme cuentas por mi falta de fe. Casi me parece que levita sobre el sucio gres de mi rellano. El caso es que la chica está mirando con aire divertido el felpudo de Darth Vader que me regaló mi amigo Rubén cuando me vine a vivir aquí. Levanta la vista, sonríe y dice:

-Hola.

-Muy buenas –contesto.

-Las bragas… que se me han caído.

Le miro los tobillos: nada de particular. No comprendo. Alzo de nuevo la vista hasta sus deslumbrantes ojos negros.

-Vivo en el cuarto –añade.

Entonces caigo en la cuenta. Siempre se me olvida que vivo en un primero con terraza.

-Ah… Pues no he visto nada –le digo.

Ella sonríe un poco más y me dice:

-Creo que sé donde están.

Si se trata de un acertijo me siento incapaz de resolverlo, así que opto por callar y esperar nuevas pistas.

-¿Puedo echar un vistazo en la terraza? –me pregunta sabiendo que le voy a contestar que claro que sí.

-Por supuestísimo que sí.

Abro la puerta de par en par y digo:

-Adelante.

Entra y se para en el recibidor a la espera de que le indique el camino hacia la terraza. Está realmente encantadora ahí plantada, con su faldita de cuadrillé y esos labios tan rojos. Soy el primer sorprendido por el hecho de ser capaz de reaccionar de un modo aceptable; creía que todos mis sentidos y toda mi capacidad de socialización iban a quedar subyugados a causa del fascinante perfume que desprende.

-Por aquí.

La guío por la casa lo más rápido posible para que no repare en el desorden y en la precaria limpieza. Llegamos al ventanal, deslizo la hoja y salimos al exterior.

-Ya te digo que yo no he visto nada –insisto por decir algo, por miedo a que se instale el silencio.

Va directa al par de cuerdas de plástico verde que tengo para tender la ropa. Resulta que habían aterrizado allí. Las coge haciendo pinza con el índice y el pulgar y las agita con el brazo extendido hacia mí.

-¿Ves cómo sí? –y se ríe.

Yo me río también, qué cosas.

-Bueno, pues nada… –dice mientras balancea su peso un par de veces de los talones a las puntas de los pies-, muchas gracias.

-De nada, ya sabes donde estoy.

Y la acompaño hasta la puerta mientras ella me dice Muy bonita tu casa y Encantada de conocerte y Supongo que nos veremos por el barrio. En el último momento, sin ninguna necesidad de hacerlo, se detiene sobre la imperial efigie de Darth Vader, vuelve la vista hacia mí y me dice que le encantan los Band of Horses. Y se esfuma escaleras arriba igual de mágicamente que ha aparecido en mi vida.

En cuanto me quedo solo cojo el folleto de Dios Madre que había reconvertido en posavasos improvisado, recorto la figura de la deidad y con dos velas y un poco de incienso confecciono un humilde altar que coloco sobre la tele. Mi plegaria es solo una: que alguna prenda vuelva a caer desde ese cuarto piso. Cada noche la recito en plan mantra antes de irme a dormir. Pero nada milagroso ocurre en los días sucesivos y el martes por la tarde el icono sagrado acaba colocado en el centro de la diana que cuelga tras la puerta de mi habitación.

Un par de días después, mientras recojo la ropa del tendedero, se me ocurre algo genial: ¿por qué dejarlo todo en manos de los dioses si al fin y al cabo no soy manco? Así que descuelgo mis calzoncillos amarillo limón, los mejores, hago una especie de pelota con ellos valiéndome del elástico de su cintura y los lanzo fachada arriba. El proyectil sube y sube en el aire brillando como un segundo sol. Y contra todo pronóstico aterriza en el balcón del cuarto después de unos instantes de emoción e incertidumbre al botar dos veces sobre la barandilla. Primera fase superada.

Ya solo queda la parte fácil: subir, llamar al timbre y cuando abra decir Nada… Los calzoncillos… que se me han encalado. No puede salir mal; el factor sorpresa está de mi parte; es imposible que le hayan dicho algo así antes.

Pero incomprensiblemente mi actuación estelar se ve ninguneada con un portazo en plena cara. Me quedo allí plantado esperando que ella reflexione y vuelva a abrir la puerta. En las películas pasa. Pero parece que en mi edificio las cosas son diferentes. Tras cinco minutos empiezo a bajar las escaleras. En el tercero me doy de bruces con los predicadores coreanos a puerta fría. Me saludan como si me conocieran de toda la vida. Hasta se acuerdan de mi nombre. El chaval me da un abrazo y las dos chicas dan saltitos a mi alrededor mientras ríen y ríen tapándose los dientes con las manos en una especie de éxtasis recatado, oriental. Joder, por qué no habré nacido en Corea, del Norte o del Sur, me importa un carajo. Qué menos que invitarles a un café, me digo, o mejor un té.

Ya en mi salón, a punto de convertirme a la doctrina de Dios Madre después de tragarme los noventa y cinco minutos de duración del dvd, veo caer mis calzoncillos al otro lado del ventanal. Ruedan por el suelo rebozándose de polvo y pelusas. Parecen cualquier cosa menos un segundo sol. Joder, tenía que haber elegido cualquiera de los otros, los de mercadillo.

14
oct
11

Cuestión de fe

Había salido nublado pero se empeñó en mantener el plan.

El invierno está a punto de llegar, dijo, aprovechemos que aún hace buen tiempo.

Andaba feliz de un lado a otro de la casa, preparando el café, metiendo los tuppers y la fruta en la cesta. Desde el baño gritó que nunca había ido de picnic. Luego se oyó la cisterna y al poco añadió que le hacía ilusión. Yo tampoco. Pero resultaba evidente que para ella no era una pérdida de tiempo. Todavía era abiertamente joven. Lo ratificó diciendo Seguro que sale el sol con esa fe irreductible y desdeñosa para con la experiencia de la que solo se puede hacer gala hasta los veintipocos.

Yo llevaba meses deseando que el calor desapareciera, pero no puse demasiadas pegas.

Eran las diez de la mañana cuando salimos a la calle. Unos 25 grados ya. Sin concesiones.

Las nubes empezaban a deshacerse. Aquí y allá afloraban retales azules en expansión. La esperanza de que un aguacero nos hiciera volver a casa se esfumaba por momentos. Creo que me encogí de hombros con resignación y nos pusimos a recorrer el barrio, ella cogida a mi brazo mientras yo intentaba recordar dónde coño había aparcado.

El coche olía a manzanas. La cesta que había dejado en el asiento de atrás, supuse. Me vino a la cabeza algo que había leído una vez: Algunos científicos atribuyen al olor de la manzana un efecto relajante que ayuda a bajar la tensión. Falso. Fue en un libro de cocina, la temporada que me dio por hacer tartas. Recordaba con exactitud las palabras del recetario. Su lugar exacto en la estantería de aquella casa, otra casa, de la que ya hacía bastante que me habían desalojado sin demasiado preaviso.

Recordaba hasta las fotos de aquel libro en el que en cierto momento pensé que podría encontrar el secreto para resolver nuestros problemas, pero en lo demás aquel tiempo me parecía tan remoto como el sueño de una vida anterior dentro de una vida anterior. Algo que a mí mismo me costaba identificar con mi pasado real.

Así que arrinconé aquella evocación aromática en mi cerebro y di cabida al dato más reciente al respecto:

Cetoacidosis o complicación con olor a manzana. Carencia o deficiencia de insulina, o bien su incapacidad para actuar de forma adecuada. Inestabilidad en los niveles de glucosa, grasas y proteínas. Híperglucemia, cetosis, acidosis. Coma diabético caracterizado por un aliento y olor de la piel semejante al de la manzana o el vinagre.

Las reposiciones nocturnas de Discovery Channel tenían que ser a la fuerza más precisas y fiables que los apuntes científicos de cualquier recetario de postres y hojaldres. Eso me dije, y recuperé un poco el control.

Cogimos la avenida hacia la salida principal de la ciudad, la que conducía a todas partes, incluido el bosque sucio y moribundo que a ella le parecía un lugar perfecto para sentarse/tumbarse entre las malas hierbas y los desperdicios urbanos.

Ella iba hablando en tono cantarín de esa y otras cosas por el estilo. Deberíamos hacer cosas así más a menudo. Por aquí cerca hay muchos sitios bonitos. Pequeñas excursiones baratas, tranquilo. Además mis amigos tal y cual suelen hacer una barbacoa los domingos en su jardín. Estaría bien que nos pasáramos un día. Te caerían bien.

Me refugié en el tacómetro justo en el instante en que el chivato de la gasolina se encendía. Joder.

¿Tienes diez euros?, le pregunté abruptamente para acelerar el trago.

Los sacó del monedero sin dejar de hablar de lo que estaba hablando, como si mi pregunta no le importara en absoluto. Sentí un ligero alivio. Fugaz. Enseguida volví a instalarme en la realidad: tarde o temprano su fe se rompería.

Estuve a punto de decírselo. Lo sentía como una obligación. Pero cuando quise empezar a hablar me miró y me sonrió de tal modo que me hizo dudar sobre mi predicción. Así que decidí callarme. Olía a manzanas, el sol había salido, ella estaba a medio metro de mí y aún a unos años de los treinta. En realidad la cosa no estaba tan mal. Quién podía saberlo, igual duraba una temporada. Quizá hasta que acabara el día.

20
sep
11

Reflejos

Debe de estar bien.

El sol bautizando playas doradas y casas de madera con vallas blancas

al pie de los restos cristalinos de la marea nocturna.

Un poco más atrás praderas verdes de aromas flotantes.

Y luego, más adentro, mucho más, por encima de los árboles enrojecidos,

montañas tan perfectas como las que dibujaría un niño

y una carretera que discurre a lo largo de ellas,

oscurísima y reluciente por el rocío.

Supongo que es posible.

Yo lo veo llegar tumbado en una cama que no huele a nada,

los pliegues de las sábanas trazando mapas absurdos, falsos en mi piel.

Empieza como un tenue resplandor,

una luz cetrina que crece y crece

como una mancha líquida en el revés de la cortina.

Y enseguida una porción del disco se deja ver

durante dos o tres minutos

a través del hueco existente entre dos edificios lejanos.

En ese momento aproximadamente tres docenas de rayos

se cuelan por los respiraderos de la persiana llenando

la habitación de barrotes horizontales de fuego flotante,

y es entonces cuando en esta parte de esta parte del mundo

uno ya puede anunciar oficialmente que ha nacido un nuevo día.

Luego, a lo largo de la mañana y de la tarde, pasan algunas cosas.

Incluso aunque sea domingo.

Sony, por ejemplo. Parece estar enfermo. Lleva días

tirado

en la alfombra del salón.

Casi no come. No hay forma de sacarlo a la calle.

A eso de las 12:30 dice: Deberíamos llevarlo al veterinario.

Reprimo un bufido

y me agacho

junto al animal con verdadero interés

Por vez primera en todo el fin de semana.

Le levanto la cabeza. Me devuelve la mirada más triste del mundo.

Vale, le digo.

Conducimos en silencio por la ciudad semivacía, el perro

tendido

sobre la manta a cuadros que recubre el asiento de atrás.

Ni un ladrido,

ni un sonido. Quizá haya muerto.

Lo llevo en brazos cuando entramos en la clínica.

El hombre dice Buenos días y de pronto Sony resucita.

Levanta las orejas y salta al suelo agitando la cola.

Le lame la mano al doctor, si es que un veterinario lo es.

Aun así le pedimos que lo examine.

Todo está en orden. Este animal está fuerte como un roble, dice.

Nos cuesta un rato conseguir que el perro acceda a volver

Con nosotros.

Ladra y aúlla como un niño robado de los brazos de su madre,

o al revés.

En el coche vuelve a quedarse callado, abatido, medio muerto.

La cosa sigue igual en el ascensor, que sube lento y entre crujidos metálicos

hacia nuestro querido quinto piso.

No quiero hacerlo pero lo hago.

Miro los ojos del perro, miro los ojos de ella.

Cansancio, tedio, tristeza.

Y el espejo a mi izquierda, de cuerpo entero,

esperando el momento de devolverme la mirada.

25
jul
11

Medicina alternativa

Algo al rojo vivo me atraviesa el pulmón izquierdo al respirar pero no pido cita por eso. Ni por el insomnio ni la ansiedad. Sencillamente busco una coartada. Un justificante que poder entregar al día siguiente. Porque llevo tiempo necesitando romper el ritmo. Escaparme en la medida de mis posibilidades. Aunque solo sea para librarme de unas horas de trabajo. Así que cuando llamo para concertar la consulta me aseguro de que me parta la mañana.

A las 11:30 de dos días después ando por mi barrio de toda la vida rumbo al ambulatorio. Con prudencia. Vigilando las esquinas, atento a quién entra o sale de los comercios, mirando de reojo a las bicicletas que circulan por el carril-bici que antes no existía. Incluso de vez en cuando me parece identificar la cadencia de los pasos que andan a mi espalda. Entonces mi corazón se pone a bombear angustia hasta que reúno el valor para girarme y comprobar que no hay fantasmas. Así que quizá sea más apropiado decir que ando con miedo, a quién pretendo engañar. Y, claro, me arrepiento de muchas cosas. Por ejemplo de ser un completo desastre y dejar siempre para más tarde cualquier trámite. Cualquier decisión. Porque en este momento podría estar paseando tranquilamente camino del consultorio de la zona en la que vivo ya desde hace mucho más tiempo del que cualquiera necesitaría para actualizar la tarjeta SIP, y en cambio me veo recorriendo asustado los lugares del pasado. El viejo campo de batalla. El escenario de la derrota, en definitiva, simplemente por no haber cambiado la dirección de mi tarjeta médica.

Pero lo cierto es que, pese al miedo y cierta dosis de rencor, encuentro algo reconfortante en moverme por las calles por las que anduve durante años y años, cuando los problemas eran muy grandes y muy pequeños a la vez. Cuando los problemas, sobre todo, acababan solucionándose de una forma u otra, y casi siempre de la mejor. No sé… El último remolino de un aroma como a inocencia perdida flotando a mi alrededor, invitándome a volver a creer en ella. Es una tentación agradable. Pero para bien o para mal he aprendido que caer en ella sería fatal. De manera que opto por evitar descender a profundidades de las que uno nunca sabe si podrá escapar y quedarme con la satisfacción inmediata: a fin de cuentas es media mañana y debería estar aguantando alguna de las locuras del jefe mientras el 99% de mi cerebro echa de menos cosas que nunca han existido ni existirán o existieron y murieron. Y, sin embargo, aquí estoy, andando despacio y fumando despacio bajo un sol solo unos años más viejo que el que empezó a alumbrarnos. Sintiéndome como un explorador clandestino. Como un furtivo. Como un viajero en el tiempo. Igual de intrépido que acojonado. O casi.

Supongo que por eso experimento cierto alivio cuando llego a la puerta del ambulatorio. Es un sitio seguro. Por alguna razón descarto que allí dentro, entre gente enferma y jubilados aburridos, se produzca un choque fatal entre mi abatimiento y su nueva vida, que inevitablemente me imagino llena de luz, salud, amor y toda esa mierda. Miro la hora en el móvil. Como siempre he llegado diez minutos antes. Tiro el cigarro, me aseguro de que me quedan chicles de menta y enciendo otro. Mi doctora es una fanática de la cruzada antitabaco. O lo era. Ya digo, hace años que no vengo por aquí. Supongo que hasta es posible que haya muerto. Quizá incluso de cáncer de pulmón, ella, que la última vez me dijo que no hay nada más absurdo que matarse a base de algo que no aporta el menor placer. En aquel momento me pareció una afirmación demasiado estúpida para ser contestada y me limité a coger la receta y largarme de allí. Ahora me lo parece aún más.

Como el sol calienta más de la cuenta si te quedas quieto camino hasta doblar la esquina. Pego la espalda a la pared para que el triángulo de sombra me cobije por completo. Y sigo pensando en lo de siempre. En ese momento dos personas surgen a mi izquierda por la acera que acabo de dejar para guarecerme de los rayos del verano. Ella y él siguen su camino calle arriba. Comentan algo sobre un viaje a Marrakech. No oigo los detalles. Puede que lo estén planificando. Puede que ya hayan regresado y estén haciendo otros planes. En cualquier caso reconozco que lo primero que me viene a la cabeza es que va a ser verdad eso que pasa en las películas malas: que si te aplastas lo suficiente contra la pared el enemigo pasará de largo sin verte. Por supuesto, enseguida empiezo a pensar en lo verdaderamente importante. En que ha ocurrido lo que temía que ocurriera. Verlos por ahí, andando, hablando, respirando… haciendo juntos cosas normales. Y no puedo evitar concluir, con una tranquilidad que tras asustarme al principio empieza a dejar paso a cierto orgullo, que hasta en la tragedia la ficción es más insoportable que la realidad. La verdad: había imaginado que esto pasaría de un modo muy diferente. Que sería mucho más triste, más duro. Que se me pondrían los pelos de punta y me empaparía un sudor frío. Pero no, ni rastro de eso. Todo lo contrario.

Mientras los veo alejarse, empequeñecer en dirección a sitios que ya conozco y ahora entiendo que no quiero volver a pisar, casi me hace reír observar lo mal que le quedan a él unos simples pantalones. Y que ella, cogida de su mano, me resulta tan vulgar como él. Sí, vale, aún brilla levemente al sol, tiene cierta luz propia. Pero antes era mucho más intensa. Quizá reflejaba la mía, me digo, a pesar de la tiniebla constante, y entonces sí creo que sonrío un poco. Sea como sea, tengo claro que está bien donde está, perdiéndose en el tiempo y el espacio a cada paso. Y yo también. La prueba es que respiro hondo y no siento el menor dolor.

23
jun
11

Piraguas rojas y otras cosas flotantes

Cogimos la piragua, el kayak, como se llame, y nos metimos en el agua. Era de dos plazas, así que todo encajaba. Más o menos. Yo iba detrás y remaba con la vista puesta en su espalda. Por primera vez me pareció demasiado lisa, demasiado pálida. Demasiado “otra”. Y a pesar de saber que solo era una mala pasada de mi memoria y mi deseo, la sensación de echar algo de menos en su piel era tan absurda como real. Lo identifiqué de inmediato: buscaba los rayos de tinta que nunca habían brillado entre los hombros que se movían simétricamente delante de mí.

En fin, seguimos remando, intentando en vano sincronizarnos aunque solo fuera a nivel físico. Ella de vez en cuando se giraba y me miraba sonriente con sus inmensos ojos azules, su pelo rubio deshecho por el viento en todas direcciones. Se giraba y me decía cosas intrascendentes que me llegaban como desde muy lejos a través del aire salado. Hablaba por hablar, como se habla cuando se es feliz. O se está. Yo me esforzaba en aguantarle la mirada y le respondía lo mejor que podía.

Cuando la playa ya no era más que una fina línea dorada dejamos de dar paladas. Ella se dio la vuelta para sentarse cara a mí. Su bikini azul chirrió más de la cuenta contra el plástico rojo. Puede que fueran sus muslos demasiado perfectos, no lo sé. Lo que sé es que incluso mirándome a los ojos siguió sonriendo como si todo le resultara maravilloso, hablando de un montón de cosas que no soy capaz de recordar. Sus palabras se diluían en el rumor del agua y me alegré de que así fuera o me lo pareciera. Por un momento pensé que iba a poder recuperar el control de mis pensamientos y disfrutar del sol que ardía ahí arriba, del mar meciéndome desde abajo, del aire caliente en medio y sobre todo de la tierra, lo bastante lejos como para intentar olvidar lo que de verdad me gustaría hacer en cuanto volviera a pisarla. Olvidar lo que no podía contarle a ella ni a nadie. Lo imposible. Sí, durante una fracción de segundo pensé que iba a poder disfrutar de estar allí, flotando con ella. Pero entonces me di cuenta de que la deriva nos arrastraba lentamente hacia el horizonte y de repente sentí que una cápsula de algo viscoso a medio camino entre la pena y la impotencia se rompía y derramaba en mi interior. Quise disimularlo. Me levanté. Le dije Vamos a bañarnos y salté torpemente al agua. Estaba fría, pero no lo suficiente. No me hizo caso. También eso lo agradecí en secreto. Braceé hasta alejarme quince o veinte metros de la piragua. A cierta distancia, sin gafas, con el salitre quemándome los ojos y miles de añicos de sol reflejándose en la superficie, ella podía no ser ella. Ella podía ser Ella.

Quise conservar esa esperanza todo lo posible. No quería que mis ojos se acostumbraran al sol y la sal. No quería que la evidencia de su voz me alcanzara por encima del leve oleaje. Así que tomé aire e impulso y buceé hasta enterrar las manos en la arena helada del fondo. Me quedé allí cabeza abajo, entre algas, conchas, plancton y otras pequeñas criaturas más dotadas que yo para disfrutar de sus insignificantes vidas, hasta que mis pulmones hubieron consumido varias veces el último átomo de oxígeno. Concentrado en irrigar el deseo de que durante mi hundimiento pasaran el tiempo suficiente y las cosas necesarias y los milagros impensables para hacer del mundo seco un lugar mejor.

Escasos segundos más tarde emergí. Agotado, tosiendo. La corriente había alejado la piragua. La espera se me hizo eterna. Cuando por fin llegó a mi posición conseguí alzar un brazo y aferrarme con todas mis fuerzas al plástico muy rojo y muy duro y muy áspero pero también mucho más confortable que la inconsistencia de la nada. Ella me preguntó si estaba bien y me tendió la mano. Se pasará, le dije sin cogérsela, sin siquiera mirarla; todo pasa. Qué tonto estás, me respondió, y no pude evitar sonreír ante la nitidez con que por una vez me llegaron sus palabras. Se sentó y empezó a remar hacia la playa. Era agradable dejarse remolcar como un mamífero desorientado y harto de nadar y nadar para nada. Notar los músculos relajarse poco a poco al fin. Sentir esa tranquilidad resignada que da el saber que te diriges hacia un destino bueno o malo pero que no depende de ti. Sí, era agradable. Al menos más agradable que luchar contra la corriente, aunque solo fuera durante el tiempo necesario para volver a tierra firme. Para volver a perderme.

11
jun
11

Otra lección

Salí a pasear a mi perro y me encontré con él.

Resplandecía. Era una visión cegadora.

Las fachadas parecían aún más viejas a su lado. Casi a punto de derrumbarse.

Irradiaba una luz total que hacía palidecer

la pintura metalizada de los coches

y las manzanas verdes de esa frutería de ahí

y el mismísimo sol poniente

y el pelo teñido de las señoras que volvían de la compra

con el tedio hinchando sus ojeras.

Me dijo que todo le iba de maravilla. Que lo había conseguido.

Que había trabajado mucho y se lo merecía. Que si te esfuerzas acabas lográndolo.

Que soñaba con esto desde niño. Que los deseos se cumplen.

Que la gente que antes le negaba el saludo ahora le invitaba a copas carísimas.

Que al fin había triunfado y que solo

me lo iba a decir

una vez:

todo está

en tus manos.

Mi perro flexionó las patas traseras y se quedó ahí,

mirándolo hipnotizado.

Casi escuchando. Ni siquiera movía el rabo.

Yo le contesté Gracias, tío, lo tendré en cuenta.

Y desvié la vista hacia el hombre de la esquina

tumbado entre cartones y periódicos.

Incluso a veinte metros de distancia se podía percibir su olor

a vino barato

y calcetines apelmazados

y costras de roña y tristeza incrustadas en las ingles.

Un olor que me llegaba

con la misma potencia

que el resplandor dorado que emitía el éxito de mi amigo.

Un hedor que seguro no tenía nada que ver

con el perfume que una vez había envuelto sus sueños infantiles.

Y me pregunté por qué había de suponerse que aquel hombre no había luchado

lo bastante fuerte,

lo bastante duro,

lo bastante bien por ser feliz.

Noté cómo la pena empezaba a expandirse dentro de mí,

así que me despedí apresuradamente

de mi amigo

y de su radiación tóxica

y eché a andar hacia cualquier parte.

Cuando escuché a mi espalda las pisadas esponjosas de mi perro,

me sentí

un poco

mejor.

09
jul
10

Especies en extinción

Casi dos años después vuelvo a ver todos esos pájaros en el árbol de cerca de mi trabajo. No sé si alguien se acuerda. Yo sí. Recuerdo que entonces era invierno porque las ramas estaban peladas y eran de color ceniza. Esta vez me ha resultado más difícil verlos entre las hojas verdes. De hecho los he descubierto por pura casualidad. Al pasar debajo del árbol he pensado que no sería extraño que me cayera una cagada. Y claro, no he podido evitar mirar hacia arriba. Ahí estaban: treinta o cuarenta loros pequeños o periquitos enormes camuflados a la perfección en las entrañas de un modesto ejemplo de vegetación urbana, como boinas verdes en una operación secreta. Distribuidos en formación casi militar. En silencio absoluto. Con los ojos muy abiertos y muy redondos y muy negros, mirándome desde su trono vegetal. Había algo inquietante en su actitud. No en plan Hitchcock ni nada por el estilo. Quiero decir que en ningún momento he temido ser despellejado a picotazos. Más bien me ha parecido que la oscura liquidez de sus miradas escondía una sabiduría con la que me era imposible competir. En fin, no sé si es que los encargados del zoo les dejan darse una vuelta por la ciudad una vez al año si se portan bien y se comen todo el alpiste. O tal vez estuvieran de paso, en plena migración. Eso espero, pero no tengo muy claro si los loros, cotorras o lo que sea están capacitados para cruzar países enteros en busca de mejor clima. Lo más probable es que se hayan escapado del aviario privado de cualquier rico y estén escondiéndose de algún gato callejero, me he dicho. Le he preguntado su opinión a una anciana que se ha puesto a mirarlos conmigo pero desde el lado opuesto del árbol. O estaba sorda o no ha considerado necesario contestarme. Se ha quedado un rato ahí, con la cabeza levantada de forma que acentuaba la escasez de carne y músculo de su garganta. Todo era piel arrugada y tendones nudosos. Luego ha levantado los brazos en dirección a las ramas y los ha agitado de un modo grotesco. Me ha alegrado observar que ni uno de los pájaros agitaba una sola pluma. Aunque sólo sea por eso ha valido la pena ser amonestado por llegar dos minutos tarde a la oficina.

 

 

La décimo tercera llamada que atiendo ilumina mi jornada como si el mismísimo Dios se hubiera puesto en contacto conmigo. Al principio me parece tan vulgar como las demás: un hombre con voz apurada solicita hablar con mi jefe para ver si pueden llegar a un acuerdo. Igual que el resto, le debe pasta al banco para el que trabajamos. Por su acento deduzco que debe de ser de origen africano. Me imagino un amanecer azul y frío y a un negro transportando a otros negros a los campos de naranjas en una furgoneta Nissan Trade de segunda mano para cuya compra el hombre que ahora me llama se embarcó en un crédito. Seguramente un crédito más que asequible si no fuera por el hecho de que cada día le pagan un poco menos por cada kilo que recoge. Y si no fuera también por el hecho de que su mujer Fátima ya va por el tercer bombo.

He adquirido el hábito de crearle una biografía a todo el que llama para sobrellevar un poco mejor el tedio y el asco que me produce este sitio. Así consigo, además, empatizar ligeramente con mi interlocutor de turno, no colgarle el teléfono, tratarle casi como a un ser humano.

Siguiendo el protocolo de la empresa lo primero que hago es pedirle que me dé su número de teléfono. Nos lo explicaron muy bien en el curso de formación: se trata de tenerlos localizados por si se corta la llamada o por si en el último momento el tío se lo piensa mejor y decide que aún no ha llegado la hora de pagar a los cabrones del banco. El caso es que me lo da. Entonces le pregunto su nombre.

-Jackson Ojo Divine.

Eso es lo que entiendo, pero sin duda debe tratarse de un error.

-Perdón, ¿ha dicho Ojo Divine?

-Sí.

-Pero… ¿Ojo de ojo y Divine de… divine?

-Eso es.

Y empieza a deletreármelo como buenamente puede. Le dejo llegar hasta la e sin salir de mi asombro. Qué nombre más de puta madre. Luego le digo:

-Oiga, ¿sabe qué? No se preocupe demasiado por el préstamo. Voy a tocar un par de teclas del ordenador y los de recobros no le molestarán hasta dentro de unos seis meses.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Supongo que el hombre está tentado de colgar y quitarse por un tiempo el problema de la mente. Pero algo le hace desconfiar y me dice si puedo mandarle por escrito lo que acabo de comentarle.

-Naturalmente, Sr. Ojo Divine.

Me lo agradece varias veces y me da un número de fax. Es de un locutorio, me dice.

Cojo uno de los formularios, lo relleno con sus datos y escribo: “Conforme a la conversación telefónica mantenida con usted en el día de la fecha, su deuda queda aplazada por 6 meses, sin intereses a su cargo, debido a la concurrencia de las circunstancias previstas en el epígrafe J3 del Reglamento de Gestión Interna de esta entidad”. Y añado: “No se preocupe, Sr. Ojo, es lo menos que puedo hacer: con o sin razón ahora mismo en mi cerebro Dios es negro y tiene deudas con los bancos. Teniendo en cuenta que yo soy un simple mortal, no me va tan mal”.

 

 

Y es que a veces está bien dejarse arrastrar por un arrebato de fe en lo sobrenatural. Porque como dijo algún sabio menos sabio que el gran Giro, quien tiene esta frase como mandamiento vital en su facebook: “Hay dos maneras de ser feliz en este mundo: una es ser idiota y la otra es hacérselo”. Así que no tiene nada de malo entrar en trance místico, reprimir todo instinto violento y fingir normalidad, educación y hasta estúpida simpatía cuando el de todas las mañanas entra por la puerta del bar y se toma la libertad de saludarme con una palmada en la espalda mientras se sienta en el taburete de al lado. Podría optar por ponerme de mala leche. Al fin y al cabo este lapso entre las 8:45 y las 8:55 es el último del que voy a poder disfrutar a mis anchas desde que entre al trabajo hasta que salga. Me gustaría dedicarlo a leer la sección de sucesos del periódico o rebuscar entre las páginas a la caza de alguna columna políticamente incorrecta. Podría incluso contar los boquerones que hay en esa bandeja del expositor. Podría y seguramente debería hacer cualquier cosa que me sirviera para reunir las fuerzas con las que afrontar lo que me espera o incluso cualquier cosa que me sirviera para olvidarme de la necesidad de reunir esas fuerzas. Pedir un orujo de hierbas. Hablar del Mundial con el dueño del local. Ese Ozil es un fenómeno, qué malos son los árbitros, que la chupe Maradona. Debatir conmigo mismo si la camarera sigue en la treintena o está aún un poco más lejos de ese momento de su vida en que debió de ser una chica realmente guapa. Pero en lugar de eso dejo que mi vecino de banqueta sienta que monopoliza mi atención. Hace tiempo me dijo que es limpiador en el colegio de la esquina y que todos los días acaba con la cabeza “hecha un bombo por los chiquillos”. En realidad me lo dice todos los días, y hoy también. Quizá por eso me parece un dato indudable y atemporal que no me siento capaz de valorar positiva o negativamente. Porque aunque los chiquillos le abomben la cabeza es obvio que es feliz con su trabajo. Es más: es obvio que es una persona feliz. Con sus camisetas falsificadas de Mickey Mouse y sus pantalones cortos, con sus canas de cuarentón y su reloj de plástico del Valencia C.F., con sus constantes referencias a unos sobrinos que jamás conoceré, con su cociente borderline, con esos toquecitos que me da en el codo para que le haga caso cuando ya no puedo más y vuelvo la vista hacia la calle para saber que sigo vivo. Con todo eso, es feliz. Se nota en su espléndida sonrisa y en la manera sin complejos ni prejuicios en que saluda a la gente que no conoce de nada. Y aún lo es más si le miro a los ojos cuando me habla con pasión de la vomitona de bollycao que tuvo que limpiar ayer en los servicios de quinto de primaria. Y supongo que yo también.

 

 

Nada que ver con el otro día. Cogí la bici y me puse a pedalear. Acabé en ese parque enorme en el que desembocan todas las calles de esta ciudad. Más que un parque es una gran franja de gravilla y polvo con algún que otro árbol raquítico sobreviviendo a duras penas aquí y allá. Un paisaje ideal para morir de un golpe de calor y tener tu minuto de gloria en el telediario de las 3 de la tarde, el que ven los veraneantes mientras comen ensaladilla con los pies aún llenos de arena. Pero como estaba vegetando en casa haciéndome preguntas cuya respuesta no me apetecía confirmar, sudando como un cerdo por eso y por los 35 grados que marcaba el termómetro de la pared que algún inquilino anterior se dejó en casa y sopesando la posibilidad de cerrar las ventanas, abrir el gas y hacerlo de una puta vez, decidí coger la BH oxidada y darle cierto sentido a mi transpiración y a mis fantasías suicidas. Eran las cinco de la tarde y ahí estaba yo, inclinado sobre el manillar incandescente y dándole a los pedales como si no hubiera mañana. El sol me machacaba los riñones con golpes casi físicos, con toda la fuerza con la que caen las cosas desde ciento cincuenta millones de kilómetros de altura. Pero seguí y seguí pedaleando. El sudor cayéndome a chorros por la cara y por los brazos y la sal formando rodales crecientes en las sobaqueras de mi camiseta negra. Hubo un instante infinitesimal en que sentí que la sangre se obstruía en mi carótida como si dudara entre seguir oxigenándome el cerebro o hacerlo fosfatina con un coágulo justo y necesario. Elevé a los cielos una breve pero creo que bastante conmovedora plegaria para que la naturaleza y las teorías evolutivas y de adaptación al medio y hasta el mismísimo San Darwin decidieran con total libertad sobre mi supervivencia y enseguida volví a notar el flujo acelerado pero constante palpitando en mis sienes. Cosa que me desconcertó hasta tal punto que me costó unos cuantos segundos percatarme de la presencia junto a mí de otro ciclista que me miraba y sonreía enseñando unos dientes simiescos entre los que destacaba por méritos propios el colmillo izquierdo, anormalmente mayor que los demás y afilado como la uña de un guitarrista gitano.

-Te echo una carrera –dijo.

De repente me retrotraje en el tiempo unas dos décadas, lo necesario para ubicarme en la última ocasión en que alguien me había dicho esa frase. El retador de mi recuerdo era un conocido del barrio con el que durante mi infancia y adolescencia cultivé una animadversión sin sentido en la que no había vuelto a pensar hasta este momento. Ni siquiera el día que me enteré de que se había decapitado contra un guardarraíl en un accidente de moto le dediqué otro pensamiento que el indispensable para procesar esa información y olvidarla de inmediato. En cambio ahora el desafío del desconocido resucitaba con todo lujo de detalles la derrota que de niño me había infligido aquel muerto. No era poca cosa teniendo en cuenta que desde aquel día esa humillante sensación parecía haberse instalado cómodamente en mi vida.

-¿Hasta dónde, chulo? ¡¿Hasta dónde?! –le grité entre toses y jadeando al tipo de la dentadura espeluznante, cuya sonrisa desapareció sin dejar rastro tras vacilar brevemente ante mi agresividad. Con todo, se rehizo y dijo:

-No sé… ¿Hasta aquella fuente?

-¡Vale! –y arranqué a traición levantándome del sillín rajado y dejando caer todo mi peso sobre el pedal derecho.

Era asombroso sentir la sangre inflando mis olvidados cuádriceps. Había en ello algo épico. Algo digno de que el mejor de los poetas de suburbio compusiera en mi honor la más bella de las odas. En resumen: estaba seguro de que ganaría a aquel tipejo. Estaba pletórico. Me parecía volar sobre la gravilla. Casi lloro de emoción al imaginar la frenética polvareda que sin duda mi rueda trasera debía estar lanzando a la atmósfera a toda velocidad. Pero justo al tiempo de comprobar que el de la boca horrenda me daba alcance sin aparente esfuerzo comprendí que los lagrimones calientes que me resbalaban por las mejillas estaban compuestos a partes iguales de sudor y polvo. Una mezcla frustrante sobremanera y todavía más irritante. En definitiva, me estaba quedando ciego por momentos. Pero por mis huevos que el colmillitos no va a derrotarme tan fácilmente, me dije. Si piensa que voy a frenar sólo por que no veo ni la rueda delantera lo lleva claro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Teniendo en cuenta mi velocidad y peso sólo puedo atropellar mortalmente a un niño demasiado joven para tenerle aprecio a su vida o a un viejo demasiado viejo para lo mismo. ¡Así que a la mierda! Apreté los dientes y aceleré cuanto pude en dirección a una meta tan borrosa como todas las demás. No sé cuánto tiempo estuve corriendo a ciegas, pero en ninguno de esos segundos sentí el menor miedo. Mi integridad física me preocupaba mucho menos que ganarles la carrera a mis fantasmas. Por eso cuando noté que la rueda delantera se quedaba enganchada en algo y una agradable sensación de ingravidez en la boca del estómago me indicó que estaba volando por las aires sólo recé para que el accidente se estuviera produciendo una vez traspasada triunfalmente la línea de llegada.

Tras dar una vuelta de campana aterricé de espaldas sobre un montículo de arenilla que, como después observé, estaban utilizando unos obreros para construir unos urinarios públicos. Me quedé allí un buen rato, recuperando la visión y la respiración. También, lo confieso, temía afrontar la realidad, saber si había ganado o no. Cuando ya conseguía distinguir el azul descolorido del cielo, casi blanco por el calor, una voz me habló.

-Chico –una voz femenina-. Chico, ¿estás bien?

El sol quedaba eclipsado justo detrás de su cabeza, convirtiéndola a la vista en una maraña de pelos naranjas que ardían en llamas fluctuantes. Me pregunté si sería pelirroja o se trataba de un simple efecto óptico.

-Sí, creo que sí.

-Menuda hostia te has dado, colega.

Como el resplandor me abrasaba las retinas, ya bastante escocidas por la sal y la tierra, bajé la mirada. Fue entonces cuando vi que la mujer, chica o lo que fuera la voz que me estaba hablando tenía las rodillas juntas. De tijera, como suele decirse. Y, claro, sentí una punzada en la tripa o en las costillas, no sé. Lo que quiero decir es que me acordé de ella. Y hablé desde mi posición yacente:

-¿Sabes qué? Me gustan tus rodillas.

La silueta se quedó callada unos segundos. Luego dijo:

-No es verdad; son horribles.

Y yo le expliqué que no.

-No, no lo son. Tú crees que lo son. Siempre creéis que lo son. Pero no es verdad. Son muy bonitas, te lo digo yo.

La buena samaritana se fue sin decir adiós y yo me quedé allí tirado sobre la arena. Recordando. Imaginando. Pensando por dónde y con quién caminarían ahora aquellas rodillas juntas a cuyo lado caminé durante tantos años. Y, por supuesto, me olvidé por completo del asunto de la carrera, de mi probable nueva derrota, de la criatura dentuda y de lo mucho que me dolían los riñones.

Pese a todo el daño y por alguna razón que no pude explicarme, sonreí mirando hacia el azul requemado, que empezaba a vibrar, deshacerse y rodar licuado desde mis ojos.

 

 

En el fondo creo que es lo más inteligente que se puede hacer. Lo más decente. Intentar llevarlo bien. O al menos lo mejor posible. Sonreír sin llamar la atención. Sin hacer ruido. Sin que los músculos de la cara te castiguen con dolores y temblores por forzarlos a estirarse falsamente. Sonreír para ti mismo, como refugio y autodefensa. Como bálsamo y como coraza contra todo lo que te llueva. Como cuando vas por la calle y atraviesas un miserable jardín sembrado de bolsas de pipas y chicles fosilizados y pasas junto a un banco y te viene a la nariz una nube tóxica que huele a orín reseco y colonia a granel. Y te giras y ahí están los dos viejos sentados en el banco. Cogidos de la mano, arrugados y encogidos y como apunto de replegarse del todo sobre sí mismos y extinguirse definitivamente. Untándose de sol con esa cara de felicidad que sólo puede ponerse cuando se sabe que lo bueno va a durar muy poco. Intento meterme en sus cerebros. ¿Se querrán o sencillamente es que es mejor esperar el Armagedón agarrado a alguien? Qué más da es la única respuesta que me viene a la cabeza mientras una bandada de pájaros muy verdes y muy amarillos pasa volando cincuenta metros por encima de la humanidad entera.




new!!

Iván Rojo Tales

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