Hace semanas que me despierto a las 05:27. Con despertarme no quiero decir que me ponga en pie a la espera de la hora de ir al trabajo de mierda. Lo que pasa es que abro los ojos, miro el despertador para ver cuánto tiempo de oscuridad falta para tener que reintegrarme en la nada luminosa y ruidosa del día siguiente, y veo que son exactamente las 05:27. Entonces me quedo observando los dígitos rojos hasta que llega el ocho. Porque siempre aparece, es cierto. Por lo menos hasta la fecha. Pero también es verdad que durante esos segundos de espera me invade invariablemente una angustia creciente. El miedo a que el mundo haya dejado de existir. A que el giro monótono de los días se haya detenido mientras dormía. Quedar atrapado en las tripas estreñidas de una noche eterna, entre sábanas sucias demasiado grandes y peste a colillas, obligado a ver cómo me descompongo hasta que mis pupilas se conviertan en tumores secos. Y empiezo a pensar en las cuentas pendientes, en las cosas que ya nunca diré ni haré. Y el corazón se me acelera y la cama se humedece y me juro a mí mismo que si se me regala otro ocho, otro minuto, otro día lo aprovecharé de verdad. Y cuando al fin el número cambia me relajo de golpe. Es agradable al principio, como una bocanada de aire. Pero el alivio es fugaz. Enseguida da paso a un vacío similar a la tristeza post-coitum. Como si una vez retirada de los ojos la nube de la tensión y el miedo el presente se revelara un clon con defectos genéticos del de ayer y el futuro un lugar tan lejano que nunca estará aquí. Y sólo quiero volver a dormirme y olvidarme de mis promesas de mejora y de toda esa mierda. Fantaseo un poco con el suicidio o con ser víctima de una tragedia que merezca la comprensión sin cortapisas del común de los mortales y adopto la posición fetal cuando noto cómo voy hundiéndome de nuevo en sueños negros. Despacio y sin aspavientos. Con cierta dignidad. Con algo parecido al placer. Remotamente, vale, pero parecido. En cualquier caso mucho más amable que la forzosa resurrección con la alarma de las 07:30, que suena como la campana de un puto cuadrilátero de boxeo.
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05:27
Gran nevada
[Nunca nevaba en esa ciudad. Estaba demasiado cerca del mar y sus aires templados.
Un día de aguanieve cada diez o quince años, como mucho. Pero los viejos decían que una noche de febrero de 1946 sí que había caído de verdad. Que a primera hora de la mañana siguiente había al menos dos dedos de nieve cubriendo las calles y los tejados. Y que, claro, el paisaje se fundió mucho antes de que el sol llegara a lo más alto.
En fin, nunca nevaba en La Ciudad.
Fragmento del libro La Toxicología (La Toxicologie), de René Fabre. Editorial Oikos-tau, 1971 (en adelante, La Toxicología):
Estadística general de suicidios (Departamento del Sena, 1927-51)
Total Hombres Mujeres Asfixia Veneno
1927 1.628 1.069 559 170 69
1937 2.533 1.461 1.072 397 442
1947 1.473 663 840 983 116
1951 3.297 1.559 1.738 1.174 692
[Por eso a Prisco no dejaba de sorprenderle el tiempo que hacía últimamente. Al despertarse por la mañana, después de hacer una esfuerzo cada día mayor para salir de la cama, subía la persiana y se quedaba hipnotizado un buen rato mirando el irresoluble misterio que ocurría al otro lado de la ventana, en su barrio, en Periferia Sur. El tiempo pasando ante sus ojos. Los dos tiempos. Uno caía del cielo lenta pero incesantemente. El otro simplemente transcurría al ritmo habitual, el que alguien había establecido siglos atrás al inventar los segundos y su tic tac tic tac. Y se perdía para siempre con cada latido o respiración.
Última anotación en el diario personal de Prisco (Sin fecha. Por contraste de datos, se calcula que corresponde, aproximadamente, a mediados de abril del año en curso):
Lo más extraño de todo es que nadie parece preocupado por lo que está ocurriendo. Eso es lo que no me quito de la cabeza. La gente sigue andando, respirando, viviendo como si nada. Si ahora mismo me asomara a la ventana vería decenas y decenas de personas yendo o viniendo con total normalidad bajo este absurdo diluvio. Algunas en manga corta, muchas con gafas de sol…
Eso es… lo que de verdad me da miedo: que no sientan el frío.
[No llegaba a ser nieve. Lo que bajaba desde el cielo no eran copos. Ni siquiera diminutos cristales hexagonales de hielo. Era más bien como una continua llovizna translúcida que no mojaba, ni pesaba, ni se acumulaba sobre las cosas. Era aún menos que caspa, algo insignificante que desaparecía nada más tocar cualquier superficie. Pero hacía días que aquello no dejaba de llover. Miles y miles de briznas de algo indefinido atravesaban de arriba a abajo el campo de visión de Prisco cada vez que se asomaba a la ventana o salía de casa por el motivo que fuera.
Fragmento de La Toxicología:
Agentes tóxicos desencadenantes de enfermedades profesionales que dan derecho a indemnización, declaradas en Dinamarca (1952)
Plomo y sus sales 302
Mercurio y sus sales 9
Benceno 173
Fósforo 2
Cemento 1.256
Derivados clorados del etileno 118
Rayos X 13
Cromo y derivados 167
Aminas aromáticas 106
Brea 46
Estreptomicina y derivados 23
TOTAL 3.267
Declaración de Dolores Calurana, estanquera del barrio de Periferia Sur, al inspector de policía Juan García.
La verdad es que al principio no percibí en él nada fuera de lo normal. Venía casi todas las tardes. Compraba un paquete de Fortuna, y se iba. Pero de un par de meses a esta parte empezó a hacer cosas raras. La primera vez que fui consciente de que aquel chaval me ponía los pelos de punta sería a finales de enero o principios de febrero. Disculpe, pero no sabría decírselo con mayor precisión. Como de costumbre, me compró un paquete y se fue. Pero antes de medio minuto volvió a entrar en mi estanco para comprar otro. Le pregunté si quería otro Fortuna y se quedó en silencio un buen rato, mirándome como sin verme. Muchos segundos, demasiados, ya me entiende, todo muy raro. Al final me contestó que le daba igual la marca, que le bastaba con que los cigarrillos estuvieran bien cargados de nicotina y alquitrán y monóxido de carbono y benzinonosequé. Bien, le dije, y me giré hacia la estantería para coger rápidamente cualquier american blend, vendérselo y que el chaval se largara cuanto antes. Se lo aseguro: el tal Prisco, así dice usted que se llamaba, ¿no?, me estaba inquietando bastante. Pues eso, mientras cogía el paquete del estante el chico añadió que mejor le diera tres más, de la marca que yo quisiera. Le dejé sobre el mostrador dos paquetes de Marlboro y uno de Lucky, me acuerdo perfectamente. Aceptó los Marlboro pero, no sé por qué, rechazó el Lucky farfullando algo que no entendí. Se lo cambié por un Camel. Pagó y se largó sin decir adiós. Ése fue el día en que el chaval empezó a ponerme nerviosa. Siguió viniendo por aquí casi a diario. Compraba un montón de cajetillas, cuando digo un montón quiero decir cinco o seis o diez, y al cabo de un par de días volvía a por otra remesa. Cuando me entregaba el dinero me fijaba en sus dedos: eran cada vez más amarillos. Igual que el borde de su labio superior.
[Aquella lluvia absurda ganaba poco a poco en intensidad. Los filamentos eran cada día más tangibles que los que habían caído el anterior. Seguían siendo diminutos pero ya no parecían entidades microscópicas casi totalmente transparentes y sólo visibles por un loco o un aparato de laboratorio. Ahora tenían corporeidad. Y cuando Prisco se veía obligado a salir de casa -para arreglar unos asuntos en el banco, por ejemplo-, podía percibir el levísimo pero gélido roce de incontables partículas extrañas sobre la piel. Igual que cualquiera nota en su piel la oleada de arenilla que lo forra todo cuando un coche pasa por un camino polvoriento. Igual que un fumador empedernido, como Prisco, se da cuenta al instante de que una pizca de ceniza le ha caído sobre el dorso de la mano. Por minúscula que sea. Con esa precisión notaba Prisco cómo, en cuanto se encontraba a la intemperie, se enredaban en su vello corporal miles de átomos de aquella rara sustancia. Pero eso, el simple contacto con su epidermis, era todo lo que podía analizar al respecto. Los corpúsculos carecían de cualquier otra cualidad física más allá de su ligerísimo peso helado y el tenue telón descendente con que difuminaban la visión de Prisco.
Anotación en el diario personal de Prisco. 12 de marzo:
A pesar de los riesgos laborales de cualquier empleo… o quizá gracias a ellos… todo sería más fácil si trabajara. Todo. Me refiero a trabajar en sentido tradicional, con un jefe asqueroso y una incómoda silla giratoria y un bote lleno de bolis mordisqueados. Rodeado de tóners nocivos y con conjuntivitis por culpa del ordenador. Por ejemplo. Me refiero a saturar de alquitrán tus bronquios asfaltando autopistas, por poner otro ejemplo, y no tener que dejarse un montón de pasta comprándola en estancos o máquinas de bar. O contraer rinitis crónica por inhalar cada día gasolina al llenarles el depósito a otros en una estación de servicio. Quiero decir que aguantar ese tipo de mierda tiene que simplificar las cosas. Acabar el día cansado de tragar basura ajena en vez de harto de revolverte en la propia. Diversificar la inquina. Irte a dormir odiando algo que está más allá de lo que tienes dentro. Tener un motivo distinto a tu propio ser para lo bueno y para lo malo. Disponer cotidianamente de un referente exógeno perjudicial para, fundamentalmente, estar seguro de quién eres y dónde estás. Y de quién quieres ser y dónde te gustaría estar.
Parte meteorológico publicado en la página-web meteortoday.com. 17 de marzo:
El anticiclón continúa instalado frente a la vertiente oriental del país. Hoy de nuevo brillará el sol sobre La Ciudad y sus alrededores. Además, el viento de poniente elevará las temperaturas hasta los 24º desde mediada la mañana. Ligero descenso térmico al caer la noche. Riesgo de precipitaciones: 0%.
Último sms recibido en el móvil de Prisco. Emisor: 0034698765432. Fecha: 25 de marzo, 09:01 horas (Transcripción litera del texto):
¡¡Felicidades, Don Prisco!! Desde El Banco del Este le deseamos lo mejor en el día de su 30º cumpleaños. Quedamos a su entera disposición para cualquier cosa que necesite. Recuerde que nuestra sucursal más próxima a su domicilio está ubicada en La Ciudad, C/ Mayor, s/n. ; )
[Puede que su adicción se acentuara con el inicio de lo que él llamaba "lluvias". Pero que esto sea o no así carece de relevancia. Quizá la explicación sea todavía más irracional. O perfectamente lógica, por el contrario. El caso es que más allá de la ciencia, en el mundo real, llega un momento en que es imposible atribuir un efecto a una sola causa. Lo que cuenta aquí es que Prisco llevaba semanas, tal vez meses, fumando mucho más de lo habitual. Tal vez la llovizna de la que habla en su cuaderno fuera ceniza en suspensión -aunque el informe policial no menciona esta posibilidad-. Fumaba un cigarrillo detrás de otro desde que se despertaba hasta que el sueño por fin lo atrapaba, siempre de madrugada. Es normal que sus viajes al estanco fueran el principal motivo por el que salía a la calle. Al regresar a casa después de uno de tantos, llevaba dos libros en la mano. Escogió uno de ellos porque su lomo era de color negro, y empezó a leerlo.
Anotación en el diario personal de Prisco. 25 de marzo:
Esta mañana he cancelado mi cuenta bancaria. Tenía unos céntimos de saldo a mi favor. Restos de una vida anterior que ya ni siquiera puedo recordar como propia. Me he negado a que me los devolvieran. Me resultaba humillante extender la mano para que ese cajero anodino depositara en ella un par de monedas de cobre. Luego lo he lamentado; me han faltado diez céntimos para poder comprarme la dosis. Y creo que he tocado fondo.
[Y no hay más datos con los que explicar que Prisco no se levantara un día, que lo encontraran sucio y frío en su habitación. Un libro viejo, un diario difícil de entender y los testimonios de algunas personas que ni siquiera lo conocieron. Nada más que confusión y desorientación. Pero bueno, así es la vida.
Días felices
Mis vecinos hablan en la escalera de la entrada. En el zaguán. Pero especialmente los oigo bisbisear en los rellanos superiores. A todas horas. Y me imagino saliva rancia apelmazada en las comisuras de todos esos labios finos y translúcidos como papel de fumar. Y a veces el asco me supera y salgo de mi planta baja con la intención de pegarles un grito o una patada en la sien. Pero entonces miro hacia arriba y aseguraría que sus voces caen por el hueco de la escalera en forma de catarata de mierda y babas y vómito y otras cosas viejas y usadas, y corro a encerrarme en casa sin llegar a decir nada. En fin, os lo juro: una incesante diarrea de palabras perfectamente visible y audible y todo lo demás precipitándose de piso en piso hasta la misma puerta de mi casa. Aunque supongo que habrá quien diga que eso es imposible, que debe de ser cosa mía. El caso es que como la mayoría de ellos hace tiempo que entró en la tercera edad, sería más acertado decir que son mis ancianas vecinas super-supervivientes de otro mundo las que regurgitan palabras desgastadas en la escalera, día tras día. Porque me parece que sólo quedan dos viejos, obstinados en poner en entredicho lo que la estadística determina sobre la esperanza de vida media de los varones de este país. Y también ellos suelen unirse al coro de momias que se mueve por ahí arriba. Así que todos, ellos y ellas, pululando tan cerca de mí, igual que artríticas cucarachas enlutadas, agazapadas en cada rincón de este edificio. Con el mismo corte de pelo, el mismo tinte de pelo. Y las mismas zapatillas de felpa negra y suela amarilla que hacen ñiiie ñiiie sobre la imitación de mármol que el constructor de todo esto instaló hace cincuenta, sesenta o más años. Todos menos la del cuarto. Una tipa de unos cuarenta. A veces pienso que está bastante buena, pero otras creo que no es más que puro contraste con los muertos vivientes de este edificio. No sé, qué importa. Lo que para mí cuenta es que parece que va a la suya, que no participa en los cotilleos intervecinales de mi bloque. Pasa de largo de los corrillos casi sin saludar o despedirse. Eso he sabido gracias a la indiscreción del viejete del 2ºA. Sólo conserva un diente, entre marrón y amarillo y que se ve demasiado grande y obsceno en el agujero negro de su boca, pero resulta evidente que aún le sirve para pronunciar perfectamente las fricativas y todos los demás fonemas de nuestro idioma. Un día vuelvo del trabajo y el abuelo está esperando el ascensor y en los pocos segundos que tardo en abrir mi puerta me dice que tenga cuidado con la del cuarto. Que es mala gente. Que cree que fuma hierbas prohibidas, que él no es tonto y sabe muy bien qué es ese olor que a veces sale de su piso. Y yo me imagino al viejo arrodillado clandestinamente sobre el felpudo de la tía del cuarto, arrimando su enorme nariz aguileña a la rendija inferior y aspirando profundo humo de porro y bolitas de pelusa. Así que me entra el miedo y de nuevo me encierro en casa, sin insultarle ni empujarle para que caiga y se rompa la cadera. Sin hacer nada. Un par de semanas o meses después me encuentro a una anciana diminuta a la que juraría no haber visto antes. Pasa un paño húmedo por los barrotes del primer tramo de barandilla con máxima concentración, como si no fuera consciente de que la vida en La Tierra es un puta mierda. Y sin apartar la vista del metal bruñido me suelta que la “joven” de ahí arriba es una fresca y que por algo su marido la dejó. ¿No ha notado usted los colores que luce en las mejillas? No sé qué me sorprende más de su discurso, si la palabra joven, o la palabra fresca, o la palabra lucir, o que me haya hablado de usted o enterarme de que antes había un marido. Aunque, en realidad y seguramente por suerte, nunca me entero de nada del mundo real, por lo que decido no pensar demasiado en mi nula capacidad de observación, paso de largo de la vieja y me hago el firme propósito de pisar una mierda antes de volver a casa y luego restregar la suela a lo largo de la reluciente barandilla. En sucesivos encuentros similares con los cotillas de esta finca confirmo que la mujer del cuarto se ha quedado embarazada sin que se conozca quién es el padre de la criatura. Eso dicen, pobre criaturita y cosas por el estilo. Dicen que a la zorra se le está pasando el arroz pero que tendría que haber sido menos egoísta y haber reprimido sus instintos maternales, que es inmoral traer un niño a este mundo si no vas a poder darle un ambiente familiar como dios manda. Esa clase de basura es la que reverbera en el hueco de la escalera durante meses. Hasta que un día como cualquiera me dicen que el niño ha nacido y pocos días más tarde oigo un vocerío demasiado cordial en el zaguán y pego al ojo a mi mirilla y ahí están todos los vejestorios haciendo cola ante el carrito para tocar las mejillas del bebé con sus manos huesudas y llenas de manchas cutáneas. Le dan la enhorabuena a la madre y en cuanto se alejan unos pasos de ella se cogen del brazo de dos en dos o forman pequeños enjambres y empiezan a despellejarla. Lo bueno es que a ella parecía no importarle en absoluto y puede que hasta disfrutara bastante obteniendo reacciones políticamente correctas de todas esas brujas. Sí, creo que fueron días felices para ella. Una tarde coincidimos en el portal. Ella entraba, yo salía. Empujaba su carrito y me miró y yo la miré y creo que esperó que le sostuviera la puerta. O creo que esperó que me inclinara sobre el cochecito y le dijera algo a su hijo y luego a ella. Algo amable, básicamente. Pero no hice nada de eso porque simplemente no se me pasó por la cabeza ni por un instante. Lo lamenté levemente cosa de una semana después, cuando a través de los cauces habituales fui informado de que el crío había muerto mientras dormía. Seguro que el forense dijo Muerte súbita, pero los vecinos de este edificio dicen que a saber, porque es evidente que no era buena madre y que estaba claramente desequilibrada. Lo lamenté levemente entonces porque a un niño de semanas que a lo mejor ni siquiera es tuyo no se le coge demasiado cariño. Y lo lamento sólo un poco más intensamente ahora que, mientras me calentaba una pizza precocinada, la del cuarto acaba de atravesar el techo de uralita de mi galería.
Otoño
Empieza el otoño. Los científicos presumen, intentan hacerte creer que hay que realizar un montón de cálculos astronómicos para averiguar que la hora exacta en cuestión es 11:21 del domingo 20-S. Una verdad inopinable. Si vives en el hemisferio Norte, claro. Una verdad científica; no la discutas. Limítate a agradecer a esos grandes sabios que hayan consagrado su vida a estudiar para poder determinar el segundo exacto en el que comienza cada estación. Sí, que ellos se lleven el mérito de la erudición. Y nunca les digas que, en realidad, si tú y yo -y bastantes científicos- sabemos que estamos en otoño es sólo porque así lo indica el logotipo de Google. Y a esa fuente de información sí que no se te ocurra ponerla en entredicho. No te preguntes si el google boliviano estará celebrando la llegada de la primavera. Porque a nadie le importa una mierda lo que ocurra en el altiplano andino. Y a mí menos. Ya tengo bastante con moverme entre las montañas de basura que pueblan mi ciudad natal-mortal. ¿Que estamos en otoño? Pues felicidades a los árboles de hoja perenne, y a los diseñadores de la nueva temporada otoño-invierno de El Corte Inglés, y a los recolectores de setas. Para el resto, para los millones de individuos-animales que andamos por las calles, la nueva estación supone lo mismo que la anterior: la misma mediocridad. Mierda idéntica. Tal vez en, no sé, Centroeuropa haya alguien que salga a pasear con una cesta para rescatar del suelo preciosos trozos de naturaleza agonizante por el cambio del tiempo, frutas y hojas y flores pequeñas y suaves y aún aromáticas caídas de las copas de los árboles para ser rematadas por pisadas humanos, con prisa o despreocupadas. Puede que en algún sitio haya quien cuide de esas cosas y haga algo bonito con ellas. Pero para los demás el primer martes de otoño será como el último de verano, y quedaremos con los colegas para ver la Champions League. Así que no te preocupes demasiado por equinoccios ni solsticios. Hazme caso; ve a la esquina a por más cervezas y procura que el tiempo vaya pasando sin que seas muy consciente de lo que ocurre a tu alrededor. No hay mejor camino hacia los sucedáneos de felicidad que no fijarse demasiado en las cosas. Por eso, lee sólo los titulares de las noticias. Y, ya puestos, no te salgas de la sección deportiva. Cuando decidas ir a ver una peli elige siempre unos multicines. Y si te compras un cd que sea de alguien cuyo talento haya sido previamente demostrado ganando un concurso de televisión. Lobotomízate. Que ni por un momento te pase por la cabeza que la portada del periódico del otro día era un insulto a la inteligencia, un escupitajo en plena cara. Grandes letras de imprenta rezaban que algún desalmado había matado a unos gatos sepultándolos en cemento. Y una foto elegida por su poder para despertar el morbo colectivo mostraba un mazacote de hormigón apelmazado en el que se distinguían las siluetas petrificadas de lo que podrían ser, en efecto, un puñado de gatos, conejos o perros pequeños. Una salvajada importante, sin duda. Aunque, tal y como funciona el cerebro humano, estoy seguro de que el director del periódico habría preferido que los cuerpos enterrados vivos hubieran sido de niños recién nacidos. Por aquello de aumentar la tirada. En fin, pura mierda que, sin embargo y créeme, a estas alturas de decadencia estás preparado para digerir sin vomitar, por la fuerza de la costumbre. Además, lo realmente malo, lo que te habría privado para siempre de tu último átomo de fe en la humanidad, sólo lo habrías descubierto si hubieras seguido leyendo hasta tropezar sin querer con una escuálida columna en la página 63. allí habrías leído que en la madrugada del 12 de septiembre un don nadie llamado David Foster Wallace se había ahorcado en su casa de Claremont, California. Habrías leido “46 años y pulsión suicida diagnosticada desde hacía tiempo”. Y reuniendo tus últimas fuerzas para avanzar un poco más en el raquítico artículo podrías haberte enterado de que el desgraciado escribía como un dios. Que escribía cuentos sobre el declive de este mundo cada vez más sucio, sobre lo sórdido y triste que es contemplar a diario gente que degenera hasta prescindir de su moral por alcanzar el éxito material, en forma de empleo mejor o de popularidad en el instituto. Escribía sobre gente vacía, como nosotros. Gente cobarde, como nosotros. Gente que pasa la vida entera en este planeta, con un futuro asombroso esperando que mueva ficha, y acaba mueriendo sin haber hecho nada merecedor de llamarse humano. Gente que nunca llega a reaccionar. Y gente que, curiosamente, nunca se atreve a suicidarse. En fin, para concluir la historia con los datos que no daba el periódico, voy a suponer que la otra noche él se dio cuenta de que ya había hecho algo digno con su vida. La putada es que probablemente comprendió también que si en ese momento saliera al jardín con una áspera cuerda entre la manos, la atara a una rama y se la pusiera alrededor del cuello, se subiera a una silla de mimbre y dijera ¡Que os jodan a todos, putos ciegos! justo antes de hacerla volcar, justo antes del intesísimo dolor de la traquea al partirse y de la tibieza de su meado bajándole por las piernas, los periódicos del mundo no le harían mucho caso al día siguiente. Igual intuyó que en España habría uno que pondría en su portada la foto de una camada de gatos sacrificados. Y decidió que no merecíamos más de su arte. Que este otoño tendríamos que buscarnos otros refugios. O seguir siendo muertos vivientes.
A veces pasa
Ya sabes, a veces pasa. Recibiste un sms que nunca debería haberte llegado. No ponía Isa, te seguiré escribiendo poemas por siempre. Ponía Eva, te seguiré escribiendo poemas por siempre. Y sólo cambian dos letras, pero según la nota que dejaste esos dos putos fonemas cambiaron tu vida por completo y de golpe. Yo me di cuenta de la cagada al instante. Y decidí ir a verte. Pero no contestabas al telefonillo. Quería poner mi mejor cara de niño bueno y explicártelo, mentírtelo. Hablarte de la otra utilizando la expresión “la otra” para que te creyeras que tú eras “la única” y me perdonaras. Pero supongo que mientras yo llamaba al timbre tú estabas despidiéndote de mí a través del rollo de cocina, lo primero que encontraste a mano, seguro. Ahora es lo más valioso que me queda de ti: tu letra pequeña y puntiaguda deformada por las rugosidades absorbentes de un papel creado para limpiar suciedad. Ahora es lo más valioso que me queda de ti: la guardo en un sobre de plástico para que el tiempo no pase por ella. Por ti. Mis amigos me dicen que reaccione, que ya ha pasado mucho tiempo y que yo no tuve la culpe de nada. Que siempre estuviste loca. Pero aquella mañana ellos no estaban en tu portal llamando a tu puerta 5 cuando empezaron a llover papelitos. Cientos de pedazos de papel trazando lentas espirales verticales y hacia abajo. Cogí uno y leí la palabra Pequeña y leí la palabra Enganchados. Y luego leí la palabra Follar. Y aunque no era un manuscrito supe que era un trozo de algo que te escribí algún día porque la palabra Sudor estaba escrita en rojo. Antes de que pudiera mirar hacia tu balcón oxidado te reventaste contra el pavimento, justo a mi lado. La nube de celulosa aún descargaba. Algunas letras cayeron sobre el enorme charco que se formó alrededor de tu cabeza, y se deshicieron sin remedio. Pero yo me fijé más en que llevabas puesta tu camiseta de dormir, con la que solías despedirte de mí cuando dormía en tu casa. Me jodías la vida. Me gustaba que me jodieras la vida. Pero no tanto. Ahora sólo espero que aquella Eva de la que ni siquiera recuerdo su cara sufra una tragedia extrema, algo que la obligue a abrirse las venas en la bañera o alguna cosa por el estilo. Es la única redención que se me ocurre.
Ocio Nocturno (II)
El gordinfón del bar llega a su casa. Introduce un dvd en el aparato Siemens y se deja caer en el sofá, que chirría o gruñe como un objeto-animal viejo, igual de oxidado que harto de soportar ciento veinte kilos de manteca pastosa, resudada. Frente a él, el televisor con la pantalla en blanco del canal AV a la espera de que pulse el play. Encima de la tele, a duras penas visible entre la penumbra tenue que emite la tele pero reproducible a la perfección por su mente de mirarla un millón de veces, hay una fotografía muy similar a las que le acompañan noche tras noche en su negocio. Una fotografía ampliada en la que aparece en su hábitat natural: la barra de su local de copas, la trinchera desde la que tiene cierto protagonismo en su propia vida. Se le ve rodeado de cuatro chicas que sostienen vasos de alcohol mientras con sus manos libres se abrazan al corpachón cilíndrico de su gigantesco y tontorrón osito de peluche. De su particular suministrador de diversión. Una fotografía dedicada en la que se lee “A Damián, el mejor barman de todo el mundo”. En los bordes de la imagen hay estampados labios de carmín. Diversas tonalidades palidecidas de rojo. A veces Damián los besa. Luego se pasa la lengua por los suyos, una lengua extremadamente corta, e impregna su boca de un sabor a polvo y saliva propia que a él le resulta delicioso. Hoy, sin embargo, no le apetece besar a ninguna de sus chicas. Hoy ninguna le ha hablado demasiado en el bar, hola y adiós y ya está, ya no están, están riéndose en la mesa más alejada, hablando con chicos de su misma edad en la mesa más alejada, a muchos años luz de él. Piensa en ello con la mirada perdida en algún punto del techo y el dedo índice indeciso sobre el botón del mando a distancia. Piensa que tampoco ningún chaval se ha sentado en un taburete y ha intentado caerle en gracia alabando la música que pincha en el local. Una vez se tiró a un tío. Y disfrutó. Tenía el culo duro y rasurado. Un culo perfecto, asexuado si te lo follabas como él lo hizo, poniéndolo a cuatro patas y manteniéndole la cabeza gacha para no ver la los rasgos masculinos de aquella cara. Tuvo que pagar. Quería probarlo. En el fondo sabe que lo hizo porque creía que le sería más fácil tener sexo estable si fuera gay. Pero las mujeres le gustan mucho más. Desclava del techo los ojos y los fuerza a atravesar la penumbra de la habitación en busca de su fotografía preferida, lo único remotamente similar a un recuerdo amoroso o simplemente sentimental que decora su casa. El resto, a excepción de su equipo de música e imagen de última generación, son cosas pasadas de moda. Paredes revestidas de papel floreado. Un par de figurillas de porcelana gris y rosa que, por mucho que Damián se empeñe en distanciar, aunque las obligue a darse la espalda, conforman el núcleo indivisible de un joven decimonónico retratando a su amada. Un armario de conglomerado color crema con polvo en los estantes, unas sillas de escai beige, el tapizado cuarteado, las patas apolilladas y cojas. Y él se siente un mueble viejo y ridículo. Un gran baúl vacío. Inútil. Sus ojos no le han obedecido. Tras recorrer la desolación de la estancia, se posan sobre la rotunda realidad de su cuerpo esférico. Y de modo casi inconsciente, como quien enciende el enésimo cigarro, o bebe otra copa jurando que será la última o arroja por la ranura de una tragaperras el sueldo de todo el mes, intenta escapar de sí mismo poniendo en marcha la cinta. Nunca deja de sorprenderse al ver los baños de su pub desde esa perspectiva en contrapicado. Los azulejos de las paredes están relucientes, el espejo perfectamente iluminado, ni una de las bombillas halógenas que lo enmarcan está fundida o parpadea. Una confortable sensación de limpieza, incluso asepsia, caracteriza la atmósfera de los servicios femeninos de su bar. Lo friega y lo perfuma de arriba a bajo cada día antes de abrir las puertas al público, a las once de cada noche. Es importante que las chicas se sientan absolutamente cómodas allí. De pie o sentadas, ni rastro de gérmenes. Sólo así se relajan, se toman su tiempo para retocarse el maquillaje o para quitarse las prendas superiores y colocarse correctamente las tetas, desafiando la ley de la gravedad. Para cambiarse el tampón o, de vez en cuando, alguna, hacerse un dedo mirando la papelera metálica de diseño pop-art atornillada al suelo detrás de la puerta, justo frente a la taza del váter, sin sospechar que tiene un doble fondo en el que se camufla una mini-cámara con micrófono incorporado. En la pantalla aparece la primera chica de la peli de esta noche. Ahora todas sus grabaciones duran ciento veinte minutos; filmados en tiempo real: de doce y media a dos y media de la madrugada. Hace ya bastante que descubrió que ése es el intervalo de mayor movimiento en los servicios. Apenas una hora después de empezar a beber, las vejigas femeninas se saturan. La primera protagonista de la película de hoy es una pelirroja de aspecto a la vez frágil y atlético. Alta y delgada como un junco. Sus ojos verde oscuro contribuyen a ello, a hacerle parecer un junco, un vegetal sano y flexible, una zanahoria, una acelga. También su casi absoluta carencia de glándulas mamarias. Insecto palo, mantis religiosa de ojos inmensos, la chica verde y naranja sale del plano sin haber hecho otra cosa que lavarse las manos y refrescarse la nuca. Damián imagina la fragancia que habrá quedado flotando en el ambiente, hierba recién cortada, algo así, y de pronto se siente más sucio, más pringoso de lo normal. Se despega del sofá humedecido y en la cocina, a la luz ambarina de la nevera entreabierta, se sirve un gran vaso de leche, azúcar, colacao y cereales chocolateados. Con el vaso en la mano se acerca de nuevo al televisor, despacio, retraído, mirándolo con cierto temor o vergüenza, de reojo. El escenario está desierto. Igual que su cuarto de baño doméstico, al que dirige sus pasos tras dejar la bebida hipercalórica en la mesilla que media entre la tele y el sofá. Como en cualquier váter occidental, hay un armarito-botiquín blanco anclado a la pared. Lo abre y empieza a escarbar en sus tripas. Sus dedos tiemblan ligeramente. Caen cajas y prospectos sueltos. Damián se sorprende a sí mismo alarmado. Piensa que está haciendo demasiado ruido, crujidos de cartón y de papel, frascos rodando por el suelo, piensa que alguien va a llamar a la policía por el escándalo. Que una pareja de agentes se presentará en su casa y le joderá le velada; confiscarán su videoteca y se lo llevarán esposado entre inquisidoras miradas y comentarios de mal gusto. Pero ya sostiene en las manos una docena de tabletas, pastillas redondas, píldoras de todos los colores, cápsulas rellenas de medio miligramo de yin-yang, de salud y enfermedad, de vida y muerte comprimidas. Sólo quiere sentirse bien. Vuelve a la sala de estar, que en realidad nunca ha sido más que el cuarto en el que se sienta a ver la tele y engordar. La pantalla sólo muestra la deslumbrante pulcritud de los servicios de El Último Mono. Se sienta en el sofá, justo sobre la gigantesca huella de su culo, excavada sin esfuerzo pero con cierto dolor durante años y años. Con bastante dolor, ahora lo descubre sin lugar a dudas. Un dolor lento y sordo, sin heridas ni hemorragias externas, pero que no se detiene jamás, que corre igual que una toxina por sus venas gordas como túneles oscuros que amenazan con colapsarse. Un malestar que a veces, sólo algunas pocas veces, por ejemplo durante un instante de normalidad en su bar o escuchando un cedé de Nacho Vegas en la seguridad de su casa, consigue reducir a mera molestia, a peculiaridad de su persona. A aire de malditismo. A algo que le jode pero que también le hace ser quién es, para bien o para mal. Sin embargo, lo habitual es que el dolor sea sufrimiento puro, suplicio que Damián aguanta día tras día del modo discreto en que cualquier mártir aguanta su martirio, en privado, en silencio, en la cruel intimidad. Como esta noche, en la que se encuentra agotado, tanto que ni siquiera se siente triste, abandonado o perdido. Nota su cerebro hinchado como una bolsa repleta de basura. Obsceno, corrompido. Quiere descansar, sentirse bien. O creer que se siente bien, simplemente eso. Con un movimiento pausado, inapropiado para una mano que más bien recuerda –por la grasa, por los pelos- a la pezuña de un cerdo, ciento veinte analgésicos suaves y brillantes o rugosos y mates o translúcidos o como recubiertos de polvillo, de todas las texturas imaginables, caen y se hunden en el edulcorado brebaje marrón. Y un momento después, el revoltijo de leche, chocolate y drogas cae y se hunde en el estómago sin fondo de Damián. Le sabe igual que todas las noches. Se limpia la boca con los bajos de la camiseta. Igual que todas las noches. No percibe cambio alguno en sus capacidades. Se recuesta en el sofá, que deja escapar otro gruñido oxidado, a la espera de que suceda algo distinto. Agazapado animalmente en la tiniebla añil, mira la pantalla, la foto de la pared, la pantalla, la foto… todo está quieto, callado. Y así sigue un rato. Hasta que, de pronto, se hace el sonido. El micrófono de la mini-cámara capta el subidón de ruido de fondo al abrirse la puerta del baño, voces y música y tintineo de cubitos de hielo luchando por imponerse. Una joven entra en escena. Se apoya en la pila, resopla, se estira y ordena su pelo apresuradamente, peinándolo/despeinándolo con las manos, agitando la cabeza de lado a lado, girando el cuello cada cinco segundos en dirección a la puerta. Parece un poco más bajita, menos estilizada en la pantalla, pero no hay duda de que es ella, la chica más guapa de la noche, la única que hoy ha hecho que Damián se sintiera alguien-algo visible durante un par de minutos. Es la chica más guapa y no tiene motivo alguno para repasarse el contorno de los labios como ahora está haciendo, evidentemente nerviosa. Un escalofrío recorre a Damián de pies a cabeza hasta materializarse en una punzada de sudor frío en su nuca. Tal vez sea el primer ataque de los medicamentos, piensa. Pero lo cierto es que tiene más que ver con la triste premonición que late en el centro de su cerebro desde que ella ha aparecido en la película con su despliegue de gestos excitados y su afán de mejorar aún más la imagen perfecta que le devuelve el espejo. Y ya no necesita presentir cuando un chico alto, afeitado y engominado se incorpora al plano-secuencia haciendo gala de ese saber estar que tienen las estrellas de cine. Ya no necesita presentir porque ahora todo es concreto y duro como una ostia en la cara. Como otra ostia. Damián, viendo en High Definition los dos cuerpos modélicos unidos un poco por debajo de sus respectivos centros de gravedad, oyendo en High Fidelity los gemidos, ya sólo siente una mezcla de pena y rabia que le da ganas de prepararse otro batido de calmantes. Damián, eterno espectador… siempre detrás de la barra o al otro lado de la pantalla, el lado malo, el lado del mundo en el que las cosas no suceden, simple y llanamente se suceden, se observan suceder, sin posibilidad alguna de alterarlas… adquiere la certeza de que ha hecho bien engullendo el bebedizo. Lo único que le inquieta es la posibilidad de haber calculado mal la dosis, de haberse quedado corto, de tener que quedarse aquí un tiempo más. No, eso no, se dice, no sé cuánto tiempo necesitaría para volver a experimentar un verdadero impulso suicida, porque si no me muero esta noche, mañana despertaré y la inercia me atrapará de nuevo, la parte sana de mi cerebro me dirá que lo de hoy no puede repetirse, que es una locura, que en realidad no tengo razones para hacer esto, y luego llamará mi madre como todas las mañanas, para desearme un buen día y decirme si iré a comer a su casa, y yo le diré que sí y a mediodía me presentaré allí y me comeré siete u ocho morcillas ante su satisfecha mirada maternal, de madre de niño un poco inútil del que hay que estar siempre pendiente, aunque tenga cuarenta y cuatro años… No, eso no, ya no más… Tiene que ocurrir ahora. Damián intenta incorporarse para hacerse otro vaso de drogas y descubre que sus músculos no le responden. Están fofos, dormidos. Una arcada profundísima, como nacida en el mismo centro de su alma, le dobla por la mitad. Le saca de dudas, le reconforta. Incluso le hace querer sonreír, pero sus labios están aflojados y sólo logran conformar una mueca torcida desde la que se escurre una babilla densa y espumosa, como la de las vacas. Queda postrado en posición fetal sobre el sofá. Su campo de visión ya es sólo un túnel, un círculo del negro más puro y una lejana luz de treinta y ocho pulgadas centelleando en el centro, una luz blanca como los azulejos del wc de su pub y como las tetas de la última chica que verá en su vida. La sabiduría o la tozudez de la naturaleza hacen que las entrañas de Damián se contorsionen intentando expulsar el veneno que las ha invadido. Pero esta vez está decidido a ganar: se tapona la boca mordiendo un almohadón polvoriento y, con un gran esfuerzo, carga todo su peso sobre su mordaza. Una oleada de vómito, sangre y última despedida le desborda por la nariz, encharcando sus ojos. La trémula chica de la pantalla se está poniendo las bragas cuando el corazón de Damián se para.
Un día de sol
Desde aquí se ven toneladas de flores. Expuestas en esplendor vertical, cuidadosamente clasificadas por especie o color en las estanterías. Sobre cartelitos con sus nombres, a veces incluso sus nombres científicos. O esparcidas sin remordimiento por el suelo. Pisadas mil veces hasta formar una especie de papilla viscosa y multicolor que recubre el pavimento y hace peligrar las caderas de los ancianos. En realidad, casi siempre ancianas; las grandes supervivientes. Las que suelen tener una larga lista de recuerdos que visitar ahí enfrente.
Desde aquí se ven decenas de floristerías. Aunque no sé si ésa es la palabra más adecuada para referirse a los puestecillos que se desparraman a ambos lados de la entrada principal del cementerio. Algunos son casetas de metacrilato y cristales limpios, pero en su mayoría no pasan de un simple carromato repintado. Parece mentira que estemos en el siglo XXI. Pero, bueno, supongo que todo esto sería muy parecido hace diez, cien, doscientos años. Alguien como yo tomando algo en este bar o en el que existiera antes justo aquí. Lo que es seguro es que el camarero que hay detrás de la barra, igual que su antecesor y el antecesor de su antecesor, se ha pasado la vida sirviendo cafés y licores más o menos fuertes. Cosas sólidas, las justas. El café y el alcohol son lo único apropiado para tomar antes o después de un funeral.
Hoy el sol arde con fuerza y enciende los colores de las flores. Más de lo debido. La miscelánea de cadáveres de plantas me daña los ojos. Sobre todo porque nadie diría que ya no están vivas. Y noto cómo la tristeza se agudiza de pronto y se me revuelve por dentro por culpa de un pensamiento así de idiota. Y lagrimeo y todo tiembla, a punto de derrumbarse. No estoy seguro de si por ese orden. Lo que sé es que este cielo, el que enmarca la tierra del mármol, el silencio y los crucifijos, debería estar nublado todos los días. Las cosas serían más fáciles de ese modo. Uno se sentiría un poco mejor; más acompañado por las circunstancias. Menos avergonzado de seguir fuera del ataúd, bebiendo algo en el bar de la otra acera. Respirando el aroma dulzón de los pétalos muertos. Viendo pulular a las gitanas enlutadas que venden flores a mitad de precio. Extrañas siluetas, oscurísimas pero no lo suficiente porque las suelas de sus zapatillas de estar por casa centellean a cada paso, iluminadas por el pigmento-sangre de las hojillas caídas y pisoteadas. El color resulta indecente aquí. Todo resulta indecente aquí y ahora y probablemente en cualquier lugar y momento a partir de hoy. De ayer. Indecente la gente que vive de los muertos. Indecente el camarero y el clinc de su caja registradora. Y las diminutas vendedoras de flores, negras y redondas como aceitunas, con sus caretas de aflicción. Los dos obreros sudorosos que tapiarán el cuadrado del nicho tranquilamente, como creyéndose a salvo por permanecer en el lado iluminado un día más. El gorrita ilegal que te pide un euro por señalarte con el índice un hueco libre entre dos coches cuando vas al entierro de tu hermano. Todos ellos deberían hacer gratis sus miserables trabajos. Al menos, ofrecértelo gratis a ti. Por ser hoy. Sencillamente por ser hoy, un soleado día de verano. Un día de mierda. El peor que recuerdas. Esta chusma tendría que invitarte a una copa de güisqui del bueno. Y aparcarte el coche para evitar que caigas en la tentación de llevarte por delante a alguien mucho peor que el que los gusanos están empezando a devorar muros adentro. Alguno de esos floristas debería regalarte la corona más fastuosa de toda la historia. Sin embargo, nadie hace nada distinto a lo habitual. El vulgar camarero sigue al otro lado de la barra, leyendo el Marca y deseando que su quipo gane este domingo. De tanto en tanto, levanta la cabeza y ve lo de cada día: gente triste cagándose en él y en su insoportable simpleza, comparándole con el que ya no está, pensando lo injusto que es el mundo. Matándolo en silencio, telepáticamente. Él lo sabe pero no le importa; en el fondo de sus ojos impertérritos se advierte un vago destello de burla. Ese triunfo desganado propio de quien conquista el final de la jornada mirando a la cara de gente a la que le ha tocado perder. Le pido que me ponga otro gintonic. Tarda unos segundos en plegar el periódico. Tarda aún más segundos en levantarse de su taburete de piel cuarteada. No es un viejo, podría hacerlo con más rapidez. La rapidez que necesita alguien que está a punto de enterrar a su hermano pequeño. Todo lo que está ocurriendo en este puto bar tendría que haber acabado ya. Leo debería llevar días enterrado. Años. Pagaría lo que fuera por parpadear y que hubieran transcurrido diez años. Que en el ataúd de roble con acolchamientos recubiertos en seda azul Tahití no quedara ni el polvo de los huesos de Leo. Y tampoco en mi memoria.
Ayer el tipo del seguro nos garantiza que era un ataúd de primera calidad. Se presenta en la sala 2 del tanatorio y empieza a enumerar los servicios incluidos en la póliza que tenemos contratada. Habla del coche fúnebre y de las dimensiones de la corona que se nos regala. Suelta el rollo en el tono que utiliza el presentador de cualquier concurso de la tele para entregarle al ganador un flamante deportivo. Luego, además del enésimo pésame, nos da una tarjeta en la que figura, en letras góticas, su nombre y el de su empresa funeraria. Hemos cambiado de número de teléfono; aquí lo tienen, para lo que necesiten. Se despide, da media vuelta y echa a andar hacia la salida del tanatorio. Es un tío bastante joven. Veinte o veintiuno, como Leo. Nada más que un chaval que preferiría trabajar en cualquier otra cosa pero ha de pagar el alquiler de un pisucho compartido o los plazos del Ibiza. No debe de ser fácil estar intentado ligarte a una chica y tener que decirle que tu trabajo consiste en recitar las calidades de un féretro o una urna funeraria ante un montón de gente desconsolada. Pero ni quiero ni puedo sentir la menor consideración hacia él. Lleva el pelo largo. Resulta evidente que sólo en horas de trabajo se lo recoge en esa coleta grasienta. No la lleva cuidada. Algunos mechones son más largos que otros. Unos cuantos ni siquiera quedan dentro de la asquerosa goma fucsia que utiliza para dar el aspecto de ir peinado hacia atrás. Me dan ganas de correr tras él, agarrarle por los pelos y darle de ostias. Arrancarle la goma y hacérsela tragar delante de todos los presentes. ¿Ves algún otro trozo de tela fucsia en este sitio? Cuando se trata de la muerte de mi hermano, se guardan las formas, hijoputa. Visualizo la escena con todo detalle. Me siento levemente mejor por un momento. Pienso en cosas distintas a las que dan vueltas en mi cabeza desde el día anterior. Pero el chaval del seguro desaparece por la puerta y se esfuma la ilusión.
La realidad vuelve a imponerse. Mis padres están sentados frente a la cámara acristalada que preserva y exhibe el cadáver de Leo. El ataúd está sobre un carrito de metal dorado. Aún se aprecian en la moqueta los surcos que dejó cuando algún empleado lo llevó hasta allí. Cuando todavía no se habían descorrido las cortinas del escaparate para que empezara el desfile de besos, lágrimas y condolencias. Me da la impresión de estar viendo una performance, una de esas instalaciones de arte moderno. Creo que mi madre ha tomado algún calmante. Ni siquiera pestañea. Tiene la cabeza ladeada y mira inexpresiva a los ojos cerrados de mi hermano. Babea un poco por la comisura izquierda. Hay cuadros en las paredes. Luminosos paisajes marinos. Pero ella está como hipnotizada y proyecta su vista sobre la línea del horizonte que forman las cejas de Leo. La entiendo. Cada cierto rato suelta un largo suspiro que más bien parece el último resoplido de un animal malherido. Sin cambiar el gesto, sin mover los labios. Mi padre tiene un cigarro apagado en la boca y hace bolas de pelusa con las fibras del sillón. Eso es todo. Mucha gente entra y sale de la sala. Gente a la que hacía años que no veía. No recuerdo los nombres de la mayoría. Algunas personas se han apoderado de las sillas, dispuestas a acompañarnos el tiempo que sea necesario. Hasta que amanezca y nos digan que lo trasladan al cementerio. Son señoras mayores. Rezan el rosario, el Padre Nuestro o lo que quiera que se rece en estos casos. Seguro que ellas lo saben bien. Sus bisbiseos forman parte de la escena. Sé que tienen que estar ahí, en discreto segundo plano, para que todo esto sea como tiene que ser. Para que tiempo después, cuando recuerde por enésima vez este jodido día, lo que se dibuje en mi mente me resulte verosímil. Sus plegarias cumplen una función importantísima: certifican que el cadáver del escaparate es el de mi hermano pequeño. Impiden que esto me parezca una pesadilla de la que pronto despertaré. No dejan lugar al milagro. Pero me molestan y me duelen y me dan ganas de vomitar. Por suerte, tras unas cuantas horas oyendo su runrún empieza a diluirse en el aire y hay que hacer un esfuerzo consciente para percibirlo. Es como el traqueteo de la máquina de snacks que hay al final del pasillo. Tan difuso como el zumbido del aire acondicionado que refresca el ambiente cuando llego a casa esa terrible tarde.
Leo y yo estamos solos desde que nuestros padres se fueron a pasar el verano en el pueblo. No paro mucho en casa; yo también estoy de vacaciones. Además, desde hace unas semanas salgo con una chica. Es una chica moderna. Lleva un piercing en el ombligo y vive alquilada en un minúsculo ático en el centro de la ciudad. Antes debió de ser la casa de la portera. Eso o un desván destinado a que los inquilinos del edificio dejaran allí lo que ya no les sirviera. Hay un montón de trastos viejos que ni la casera sabe de dónde han salido. El otro día encontramos un fajo de cartas antiguas en el fondo de un armario. Hasta en la letra se nota que fueron escritas medio siglo atrás. Las leemos en la cama. Me dan la impresión de ser obra de un autista o un cincuentón virgen. Son cartas de amor, más o menos románticas, pero no me extraña que hayan acabado apolillándose en el cajón de un armario perdido. En realidad, son poemas malos dedicados a las estrellas o a las copas de los árboles. Lo inalcanzable reducido a metáforas fáciles, de ésas que todavía hoy en día surten efecto con algunas personas. Leemos las cartas, escuchamos jazz mientras nos amodorramos después de comer. Fumamos marihuana dos o tres veces al día. Hacemos cosas así. Y pasan las horas. A veces Susana nota algo y me pregunta qué me pasa. Pero no insiste demasiado. Así que casi siempre es agradable estar en este ático. Con ella. Es un lugar que invita a contemplar cosas ajenas más que a pensar en las propias. Tenemos unas vistas fantásticas y a Susana le gusta andar desnuda por casa. Así que suelo pasar aquí mucho tiempo. Los días especialmente buenos me quedo a dormir. A la mañana siguiente desayunamos en la terraza, entre cúpulas de porcelana azul y rojizas tejas viejas. Madrugamos mucho porque a primera hora, cuando el sol aún es grande y naranja, hay un momento en que las antenas se convierten en estructuras de fuego. Los rayos iluminan el metal de tal modo que las azoteas del casco antiguo resplandecen como un bosque en llamas. Un bosque del futuro, extraño y silencioso. La imagen sólo dura un par de minutos, pero vale la pena. O eso nos parece a nosotros, que somos jóvenes y acabamos de despertarnos en las alturas del barrio más bonito de la ciudad después de follar durante buena parte de la noche. Bañados en sudor por el sexo y el calor pegajoso. Pero aquí no importa que no haya aire acondicionado. En casa, en la de toda la vida, sí.
Por eso me alegra encontrar el aparato conectado al entrar. Todo está hecho un desastre. Mis zapatillas se adhieren al pringue del suelo y chirrían. En la mesa del comedor hay platos con restos de comida. Llevamos días sin fregar. Voy directo a mi habitación. Cojo ropa y la meto en una bolsa. También unos cuantos libros y discos y los condones que me quedan en la mesita de noche. Llamo a Leo. Parece que no está. Y se ha dejado puesto el aire acondicionado, como siempre. Antes de que se me olvide le escribo una nota. Voy a quedarme una temporada en casa de Susana. Vendré de vez en cuando a ver cómo estás. Para lo que quieras, el móvil. Cómprate comida con esto. Le dejo cincuenta euros junto al papel y entro en el cuarto de baño para darme una ducha rápida. La luz está encendida y el espejo aún empañado. Descorro la cortina y creo que no me sorprende encontrar a Leo medio hundido en la bañera, desde cuyo fondo algo emite brillos metálicos. Medio hundido en agua levemente rojiza. No, no es sorpresa. No tiene nada que ver con cuando te dan un gran susto. No grito. Creo que no grito, no lloro, ni se me ponen los pelos de punta. Ni siquiera me llevo la mano a la boca. Me invade otra sensación. Algo indescriptible. Algo más lento, más duradero. Uno de esos sentimientos opacos que nada más contaminar tu interior ya sabes con certeza que jamás desaparecerá. No podrás limpiarlo con nada. No existe una palabra para explicarlo. Es una mezcla de emociones. Rabia, miedo, asco, estupidez. Pura frustración. Un insoportable estremecimiento de culpa. Un regusto a derrota que nunca borrarás de tu lengua. Haberte ausentado al momento más importante de tu vida. Reconocer que le has fallado a tu hermano, que no has estado atento porque no eres más que un puto egoísta. Vergüenza. Tomar conciencia de que cualquier cosa que suceda de ahora en adelante va a estar atenuada por la idea de Leo desangrándose a unos metros de ti mientras tú le escribes que te instalas en casa de una tía para follar más a gusto. Absolutamente cualquier cosa que toque tu mundo, buena o mala, nunca será todo lo buena o todo lo mala que debería ser. Es saber que estás roto, malherido, que tú también estás muerto. Que acabas de morirte pero tu corazón sigue latiendo absurdamente y tu cerebro se empeña en mirar y mirar a Leo. No me muevo. No intento sacarlo del agua. Su nariz y su boca están por debajo de la superficie, tan lisa y estática como la de un cristal. De sus muñecas ya no brota sangre. Los cinco litros se han mezclado con agua del grifo y se irán por el desagüe cuando alguien tenga cojones para quitar el tapón y limpiar la bañera con lejía. Yo no puedo hacerlo. Ni quiero. Lo único que deseo es quedarme aquí de pie, notando a través de la piel cómo el agua y su cuerpo se enfrían poco a poco. Y mirar a mi hermano durante el resto de mis días. Eso es todo lo que quiero. No separarme de él ni un instante. Seguir viéndolo. Decirle algo. Que le quiero, por ejemplo. Preguntarle por qué lo ha hecho. En qué coño estaba pensando. Y pedirle perdón. Y, sobre todo, no quiero vivir nada de lo que sucede en estas situaciones. Lo que he visto en mil películas. La visita del juez con su equipo de funcionarios. Los vecinos arremolinándose en el rellano. Oír la voz aséptica del médico al comentar la hora aproximada de la muerte. La cara de mi hermano desapareciendo tras la cremallera de una bolsa de plástico. No quiero pasar por ninguno de los horribles trámites que certifican la defunción. No puedo hacer esas llamadas. No puedo llamar a mi madre y contarle que ha pasado algo que acabará matándola. Cuando sea capaz de hablar, ella me preguntará dónde estaba yo mientras la tragedia se gestaba. Y tendré que decirle la vergonzosa verdad. Una historia real pero sin sentido. Una tontería. Un capricho. Y tendré que decirle la vergonzosa verdad: le escupiré en la cara un ¿Y tú qué? No puedo. Pero, sin darme cuenta, tengo en móvil en la mano y estoy llamando por teléfono. A mi primo. No sé por qué, pero marco el número de mi primo Andrés. Igual se debe a que es veterinario y a veces me enseña los animales muertos que guarda en la cámara frigorífica de su clínica. Le digo que venga en seguida, que a Leo le ha pasado algo. Creo que no le doy detalles. Y me quedo donde estoy, apoyado contra los azulejos marrones de la pared. Todavía están tibiamente húmedos. Veinte minutos más tarde suena el timbre de la puerta. Es Andrés. Entra sin decir ni una palabra. Atraviesa corriendo el recibidor, el salón y el pasillo. Debo de haberle dado algún dato concreto por teléfono porque va directo al cuarto de baño. Antes de que yo cierre la puerta le oigo gritar. Y golpear cosas. Ruido de cristales. Cuando vuelvo a mi sitio el espejo está hecho añicos y hay un boquete en la puerta. Mi primo llora. Se aprieta las sienes con el pulgar y el índice. No sabe muy bien qué hacer. Da vueltas por el cuarto de baño aproximadamente durante un minuto, evitando mirar la bañera. Hay poco espacio y tropieza conmigo cada dos pasos. Un minuto que a mí se me hace eterno. Quiero que haga lo que haya que hacer. Que telefonee a la policía, al hospital o a donde sea. Que llame a mis padres. Quiero que se encargue de la parte racional y me deje a solas con Leo. Pero él se limita a deambular por el aseo y balbucear cosas. Las que diría cualquiera. Niega muchas veces. Dice No, no, no. No es posible. El ruido de sus suelas al pisar los vidrios rotos lo llena todo. Y ahí sigue, dando vueltas y más vueltas, maldiciendo y cagándose en dios. Lo típico. Lo que no quiero oír. Dice Tranquilo, tranquilo, y no sé si se dirige a Leo, a mí o a sí mismo. Estoy a punto de ponerme a gritar cuando Andrés se calma de golpe, como si algo lo hubiera helado por dentro por completo. Se poya en el lavabo y respira hondo un par de veces, con la barbilla hundida en el pecho. Sale y se pone a revolver la casa entera. Dice que tiene que haber una nota, pero no encuentra nada. Luego escucho los pitidos de las teclas de su móvil y su voz en el salón. Distingo algunas frases, las que sé que va a pronunciar. Cierro la puerta del cuarto de baño pero sigo oyendo lo que dice. Palabras malditas que viajarán conmigo donde quiera que vaya. Jamás podré escapar de ellas. Sé con quién habla por el tono que emplea. Con la policía, con mis padres, con los suyos. Lo sé todo. Estoy seguro de lo que está pasando al otro lado de la línea telefónica. Veo claramente cómo van vestidos, lo que están haciendo en ese momento los receptores de esas llamadas. Lo que va a quedar interrumpido para siempre. Sé a ciencia cierta lo que dice y cómo lo dice cada uno de ellos. Hasta me parece oír el sonido metálico de todas esas gargantas crispadas brotando por el auricular del teléfono de mi primo. Cubro el agujero de la puerta con la espalda. Con todas mis fuerzas. Noto cómo las astillas se me clavan en la piel. Pero no sirve de nada; la realidad es perfectamente audible, visible y tangible. Se cuela en mi cerebro. Sé que sería inútil pegarme cabezazos contra la pared. Es como si yo mismo estuviera manteniendo esa serie de conversaciones; es imposible paliar el sufrimiento que me producen. Aun así, intento librarme de distracciones ajenas a lo importante, mi hermano muerto, y tiro de la cadena. Conecto el secador. Abro todos los grifos. Y me acerco de nuevo a Leo sintiéndome sucio por haberme despegado de él un momento. La culpa se afila al encontrarlo más pálido que un minuto antes, extrañamente pálido a pesar del rubor que tiñe el líquido. Joder, también me he perdido algo de nuestro último rato juntos. Sus labios entreabiertos son ahora del mismo color que su piel, del mismo color que la porcelana de la bañera. Me recuerdan a la boca de un pescado. Y unas manchas azuladas le han crecido bajo los ojos. El nivel del agua sube poco a poco y mece suavemente a mi hermano. Lo veo moverse como lo haría un muñeco o un inválido al ahogarse, y me pongo a llorar o sigo llorando, ya no lo sé. Hay demasiada agua aquí para saberlo. El nivel sigue subiendo pero Leo no hace otra cosa que balancearse despacio de un lado a otro del fondo de la bañera. No flota, no se acerca a mí. Está hundido, como un tesoro antiguo, de un tiempo mucho más bonito. Aquí mismo, delante de mí, la erosión del tiempo está empezando a deshacerlo. Eso pienso. Un ejército de invisibles bacterias acuáticas se lo está comiendo por dentro y por fuera. Y luego otro tipo de bichos continuarán el trabajo en el tanatorio, por muchos potingues que le pongan esos tétricos especialistas para que dé la apariencia de estar dormido y la gente no se desmaye cuando vaya a verlo por última vez. Tengo que sacarlo de ese charco de muerte. Necesito abrazarlo y decirle algo al oído. Sumerjo los brazos. El agua se ha enfriado. Su cuerpo aún más. Dudo por dónde agarrarlo. Entonces mi primo me retiene, me retira de mi sitio. Éste es mi sitio, coño, tengo que estar aquí. Grito. Pero él me empuja con fuerza fuera del aseo. Y cierra los grifos. Lo cierra todo. Me sujeta firmemente cuando quiero volver a entrar, y yo no tengo fuerzas para resistirme. En realidad, no sé si intento resistirme. No tengo claro si quiero abrazar a mi hermano o salir de aquí a toda prisa. Eso es lo que acabo haciendo. Ni siquiera espero a que lleguen los que hasta hace media hora eran mis padres. Ya no; ya solamente son los padres de Leo. A mis ojos y a los de la gente, a los suyos propios, desde ahora y para siempre son los padres de un hijo muerto. Exclusivamente. Y yo el hermano mayor de un chaval muerto.
En la calle hace un día espléndido. La bilis me sube a la garganta nada más pisar el pavimento. Pero echo a andar. Nada más que andar, sin rumbo. Lo único que percibo es el sol bañándolo todo. Haciéndome sudar, proyectando mi sombra sobre el pavimento. Cosas que hace cualquiera, cosas que Leo ya no hará nunca. Ojalá se nuble contra pronóstico. Que oscurezca de pronto y ya no exista más que una noche negra y fría, eterna. Pero no hay ni una nube en el cielo. Y el anochecer aún queda muy lejos. Ahora mismo, en esta sórdida tarde de verano que nunca acabará, la gente, las máquinas, los elementos que componen el mundo siguen moviéndose bajo la luz y el calor. Hasta un escuálido perro callejero zancajea de puntillas sobre el asfalto, gruñendo bajito para no malgastar energía. La lengua le cuelga. Chorrea una baba espumosa que centellea al sol. La espuma que no perfuma el último baño de Leo. Cualquier cosa parece relacionada con mi hermano. El chucho jadea; se queja de las altas temperaturas o de lo escaso de las basuras que los que no se han ido de vacaciones tiran al contenedor. Sí, se queja. Porque respira y late. Porque siente. Sigue siendo un conjunto de acciones y reacciones que funciona a la perfección y le incita a buscar cobijo en la raquítica sombra de los árboles pelones que flanquean esta calle de siempre, tan extraña ahora. Si te quedas un rato mirando sus copas, puedes ver cómo algunas hojas amarillentas, requemadas por sus bordes, se desprenden de las ramas y caen lentas a través del aire abrasador. Pero más pronto que tarde un pequeño brote verdeará en su lugar. Crecerá y crecerá. Todo sigue y seguirá. Todo avanza. Menos Leo, que ha naufragado y se pudre antes de hora en una bañera no muy limpia porque llevamos semanas sin pasarle el estropajo. Las hojas caen y brotan y el perro tonto se rasca detrás de la oreja frente a la puerta de una academia de inglés, de la que sale un grupo de adolescentes tan ruidosos como los coches que recorren la calzada. Intento huir del dolor que me produce la evidencia de la vida. Me meto en un bar. Por suerte, está prácticamente vacío. Aparte del camarero, sólo hay metal, vidrio y licor. Cosas frías. Nada que se mueva demasiado. Nada con voz, ni sangre, ni sudor. Empiezo a beber. Y a pensar de verdad. Y no consigo intuir el porqué de esta gran desgracia. Tuvo que haber algún indicio. Y, probablemente, muy evidente. A uno tiene que notársele que está pensando en cortarse las venas o dejar fluir el gas. Algo en la mirada, en las palabras. O no. Yo qué coño sé. Siento que me va a estallar la cabeza. La obsesión por explicar lo que ha pasado infecta todas mis neuronas. Pero no se me ocurre por dónde empezar a buscar. El cabrón no ha dejado ni una carta dando una serie de razones con las que saciar un poco mi necesidad de limpieza interior. Pistas que me parecerían absurdas, inadmisibles, seguro, pero que quizá podrían ayudarme a sobrellevar esta condena sin fin que sólo acaba de empezar: bucear en su vida, en la mía, a la caza de cosas lo bastante terribles como para hacer que Leo coja una cuchilla de afeitar sin aprensión por cortarse las yemas porque su verdadero objetivo está justo un palmo más arriba. Algún trauma oculto, diría el psiquiatra al que mi hermano nunca ha ido. El vaso de tubo se contagia del temblor de mis manos y su contenido se derrama en parte. Sin dejar de pensar en lo único que puedo, quiero y debo pensar, me quedo mirando las gotas que se escurren desde el borde de la barra al vacío obsceno del suelo del bar. Mirando mi futuro. Descender, caer, hacerme viejo demasiado pronto. Y hundirme demasiado tarde en el cerebro de Leo. En su cerebro muerto. Escarbar como un perro sarnoso en las toneladas de basura que una persona normal y de apariencia inofensiva, dos personas así, o mil, una familia, un montón de amigos, compañeros de clase o de trabajo, una pareja, un hermano pueden verter en lo más insondable de alguien por el solo hecho de ser humanos. Joder, Leo se mata sin dejar un sobre bajo su almohada ni escribir Adiós en un puto post-it, y este tipo del bar ahí plantado, como si tal cosa, con los brazos cruzados y mirando hacia la calle. Me vienen a la mente las cutres cartas de amor olvidadas en casa de Susana, y me resultan bonitas. Serían increíblemente preciosas si Leo las escribiera dentro de, no sé, un año. O mañana, sin ir más lejos. Pero ya no hay mañana; se ha desintegrado. En mí ya no hay otra cosa que pasado. Un pasado irresoluto, dejado a medias, como una bobina que se quema en el proyector. El último fotograma visible se te graba en la memoria. Media vida después, si alguien menciona el título de esa película, sólo puedes recordar la imagen inmediatamente anterior a la del celuloide en llamas. Pero la recuerdas con todo detalle y hasta tu último día. Eso es Leo ahora: su cara perfecta bajo el mar rojo. Y un futuro quemado a plena luz, en pleno verano. Nada más.
Salgo del bar. De nuevo, el sol radiante. Ha descendido unos grados en el cielo. Ahora es anaranjado, más grande y difuso, pero sigue iluminando con potencia todo lo que no quiero ver. Es el maldito foco de un quirófano; alumbra la vida, las vidas. Todas esas vidas que me importan una mierda. Ando un trecho y entro en otro bar, el que me parece más tranquilo de los que me rodean. Y después en otro y en otro. En realidad, busco vertederos. Me meto en locales sin rótulo y con la fachada mal pintada, donde intuyo que percibiré el tufo tóxico de alcoholes derramados, tapas rancias y un váter abandonado. Donde se esconden los acabados por cualquier motivo. Por ningún motivo. Pero es difícil dar con esos refugios. Entro y salgo de bares, cafeterías y establecimientos 24 horas en los que se niegan a venderme ginebra. Me encierro en esas trincheras inútiles albergando una especie de esperanza absurda, un deseo de paz. Que los segundos se vayan desgranando y el de dolor y la angustia se relajen aunque sólo sea un poco. Y cuando salgo compruebo que la Tierra no ha cesado de girar, es verdad. Es verdad: el tiempo pasa. Llega la noche, las estrellas giran ahí arriba y al final la mañana se impone prometiendo un nuevo puto día de sol. Pero me siento igual o peor. Sé que esto no remitirá jamás. Quizá llegue el momento en que puedan transcurrir dos horas sin que piense en mi hermano. Pero cuando él regrese a mi mente, lo hará con cruel nitidez. Su piel será de un azul eterno. Tendrá el pelo mojado y los labios macilentos. Vaya donde vaya, Leo me despertará a mitad de noche con un escalofrío; el que cualquiera sentiría al despertar en una bañera notando bajo su cuerpo la presencia rígida de un muerto. Trabajará conmigo; se colará en mi oficina y conseguirá que me despidan. Compartiremos todas las comidas y las cenas. Sopas frías. Si vuelvo a follarme a Susana mi hermano estará en la terraza esperando pacientemente a que acabemos. No necesitará darse prisa ni interrumpirme; dispondrá de todo mi tiempo para colarse en mi cerebro y lastimarme. Luego me preguntará qué tal ha estado el polvo. Y luego agriará su tono para preguntarme cómo pude no enterarme de que se iba a matar. Y no podré contestarle. Él, sus dedos arrugados y su sangre aguada me acompañarán siempre. Por mucho que bebo no consigo estar lo bastante borracho como para desmayarme en cualquier parte y despertar cuando lo peor ya haya pasado. Así que de vez en cuando, entre barra y barra, me sorprendo merodeando alrededor del tanatorio. Y llego con paso inestable hasta la sala de los horrores que acoge los restos de Leo. Aguanto allí un par de horas. Veo lo que queda de mis padres, hundidos en butacones concebidos para ser el asiento de personas rotas. Veo decenas de caras sin forma, todas idénticas, nada más que labios con las comisuras descolgadas hacia el suelo. Me besan mil veces en las mejillas. Y enfermo con el aroma de sus colonias y sus maquillajes. Me indigna que en sus casas, mientras hacían tiempo para venir a contemplar la tragedia de otros, hayan tenido la indecencia de dedicar unos minutos a acicalarse. Por eso me voy. Y vuelvo y me voy. Y acabo esperando el fin de la despedida pidiéndole el enésimo gintonic al camarero de este bar de mierda, enfrente del cementerio. Fuera hormiguean amigos y familiares de los que mañana saldrán en el obituario del periódico. Cuerpos vestidos de oscuro van y vienen sobre el pavimento caliente, en medio del aire ondulante. O permanecen de pie, fumando o sin fumar, formando corrillos tejidos por la tristeza o el compromiso. Las viejas floristas les asaltan de cuando en cuando. Algún que otro hombre con ojeras y la cara roja se deja caer por aquí y pide algo similar a lo que yo estoy tomando. También mujeres, por supuesto. No necesito hablar con ellos. Ni ellos conmigo. Guardamos silencio para oír mejor nuestras propias voces y miramos a través de la cristalera no muy limpia. A través del vidrio del vaso. A través de los cubitos de hielo. Hace calor y sudamos. Pero estamos tan helados como nuestro muerto particular.

