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30
mar
12

Buena idea

Sabía que era mala idea. Había intentado decírselo. Incluso le había dado plantón en un par de ocasiones echándome atrás en el último momento. Pero, bueno, el momento tenía que llegar y llegó la otra noche. Una cena con motivo de la inauguración oficial de su nuevo piso. Por alguna razón le hacía ilusión que conociera a sus amigos. Será en petit comité, dijo, no te preocupes, dijo, los cuatro amigos fundamentales, dijo. En fin, sabía que era mala idea, quizá hasta ella lo sabía, pero bueno, venga, vale, acabé diciendo yo.

Llegué premeditadamente tarde y sin nada bajo el brazo, ni vino, ni champán, ni nada. Había tenido un día duro repartiendo currículums por el polígono norte, así que debía dosificar energías mentales y económicas. Ella me abrió y me dio un beso tan espontáneo que no pareció del todo espontáneo. Una luz dorada que parecía emanar del mismo aire iluminaba el recibidor. Había un mueble y un espejo en una de las paredes. Entre los dos no debían de pesar más de dos kilos. Le iba el minimalismo, por supuesto. Al final del pasillo de parqué una puerta abierta daba a un mundo de tenue luz blanca, rollo nave espacial. Supongo que notó que fijaba mi pensamiento en el tipo de aliens que podría encontrarme detrás de aquella puerta de la Nostromo, porque me dio otro beso y me apretó la mano al decir Pasa, están deseando conocerte. Se la veía radiante. Podría asegurarse que estaba feliz. Sin duda aquello era importante para ella. Así que volví en mí y le dije Oye, muy bonita la casa. Para mí también era la primera visita, no la había ayudado con la mudanza. Pero tampoco había hecho falta: su padre le había mandado para ello a un equipo de operarios de una de sus muchas empresas, tal vez el mismo que le había reformado el piso de arriba a abajo a coste cero.

En el salón había bastante más de cuatro amigos fundamentales. Serían unos diez o doce, algunos todavía sentados a la mesa y otros desperdigados por el enorme tresillo blanco (más exactamente color iceberg, según oí decir a alguien). Sonaba chill-out, new wave, ambient o como coño se le llame a la música de ascensor cuando se quiere sacar pasta por ella. Quise preguntarle al respecto -ella me había dicho que le gustaba el rock-, pero no tuve ocasión; ya estábamos enfrascados en las presentaciones.

Había un médico que pasaba quince días cada verano en El Chad, una abogada muy contenta de defender la justicia social, un par de diseñadores gráficos/creadores multimedia que parecían gemelos pero ni siquiera eran hermanos, una arquitecta compañera del despacho de mi novia, chica o lo que fuera, y una eslovaca que en sus ratos libres escribía poemas utilizando como vocal únicamente la a en señal de protesta contra la discriminación de la mujer en el entorno rural de su país natal y de paso en cualquier rincón del planeta. De los demás no me acuerdo, supongo que más de lo mismo.

Obviamente, pedí encarecidamente una copa de algo. Alguien puso en mi mano un chato de vino. Me lo bebí de un trago, localicé la botella y me serví otro. Los creadores multimedia me dijeron que aquel era un caldo moldavo que había que paladear al menos durante un minuto. Me excusé por mi ignorancia y busqué un rincón tranquilo. No existía. Todo el mundo quería saber cómo nos habíamos conocido, a qué me dedicaba, qué hacía en mi tiempo libre, cuál era mi playa favorita de Formentera. Me zafé como pude, dejé que hablara ella, a la que a partir de cierto momento empecé a notar preocupada por la creciente hostilidad de las respuestas que yo estaba dando. Por suerte, al cabo de una hora eterna dejaron de prestarme atención y empezaron a hablar de algo que llamaban su “proyecto político-artístico secreto”.

Según entendí, todos aquellos hijos de papá llamaban a la revolución popular mediante mensajes y dibujos trazados con permanente rojo en la parte trasera de las puertas de los restaurantes de lujo que frecuentaban con sus familias sanguíneas o políticas. Aseguraban que ya se hablaba de ellos entre los maitres más cualificados de la ciudad. Demasiado Proyecto Mayhem, pensé, y seguro que solo han visto la peli. Saqué un cigarro, no podía más. Al instante el pánico se extendió por la habitación. Ella vino corriendo y me lo arrancó con fuerza de la mano como si lo que estuviera a punto de usar fuera una granada o un AK-47. Luego se giró hacia sus amigos y, con cierto rubor, dijo Sí, fuma. Ellos menearon la cabeza y poco a poco, como si les costara salir por completo del shock que acababan de sufrir, reanudaron su conversación.

Ven, me dijo ella, y me llevó al balcón.

¿Estás bien?, me preguntó.

Di la primera calada y contesté Ahora mejor.

Sonrió y volvió dentro, a su mundo.

Cuatro pisos más abajo el camión de la basura recogía unos contenedores. Desde mi posición se apreciaba una nube de insectos merodeando en torno a la boca oscura del camión y a los dos hombres apostados a cada lado. Las alas de los bichos reflejaban la luz naranja de las farolas. Por momentos parecían ascuas agitadas por el aire de la noche, y deseé que la ciudad entera ardiera en llamas. Que no quedara más que cenizas sobre las que construir algo mejor, tan solo un poco mejor. Entonces caí en que eso era lo único medianamente digno que había pensado a lo largo de la velada. Tiré la colilla al vacío y entré. Nadie reparó en mi presencia. Ahora hablaban sobre energías renovables, me pareció. Fui al baño, meé en un retrete que parecía una puñetera obra de arte moderno y rebusqué en los cajones del lavabo. Di con algo parecido a un lápiz. Y me despedí de ella escribiendo una breve nota en la parte trasera de la puerta.

27
dic
11

Mentiras como puños

La colilla mal apagada en el cenicero.

Sobre la mesita.

Entre las dos camas.

La chispa languideciendo poco a poco,

Preñando de una mortecina luz naranja

El vientre de cristal del cenicero,

Resistiéndose a ser tragada por la oscuridad.

Deben de ser las cuatro de la mañana.

Y entonces ruido de sábanas en la cama de ella.

Su respiración ya no es profunda y serena.

Ya no es la de alguien ajeno a las circunstancias.

La de alguien felizmente inconsciente.

Un suspiro/bufido y

Desde el otro extremo de la tiniebla

Ella dice:

No estarás fumando…

No.

Y técnicamente no es mentira.

Pero él sabe que podría ser más sincero.

Que a ella le gustaría que fuera más sincero.

Aunque eso no es exactamente lo que ella desea,

Se dice.

Lo que a ella le gustaría es que

Nunca hubiera ocurrido

Lo que ocurrió hace un año.

La razón por la que duermen en camas separadas.

Y eso no tiene nada que ver con la mentira o la verdad.

No especialmente, al menos.

Conecta más bien con la dicotomía

Paz Vs. Guerra.

Igual que cuando, de tanto en tanto,

En los momentos más insospechados,

Cambiando el alpiste del canario

O en la sección de congelados del Carrefour,

Ella le pregunta si todavía la quiere

Él, claro, le contesta que sí.

Porque técnicamente no es mentira.

Pero sobre todo porque la otra respuesta,

De hecho cualquier mínima matización al sí,

Desataría la batalla.

Y ambos han pasado los cincuenta.

No sobreviviríamos, piensa

Mientras gira la cabeza en la oscuridad

Y observa cómo se apaga para siempre

La chispa entre los dos.

Sin drama, sin emoción, sin dolor.

Discretamente.

Como si nunca hubiera ardido.

En fin, de ese modo en que suele acabar todo.

25
dic
11

Nochebuena

El nuevo novio de mi hermana me dice que me vaya a la calle. He oído que se llama Juan Andrés pero por alguna razón se hace llamar Gianni. Allá él. Se conocieron en la India el verano pasado. Su obsesión compartida por salvar de la extinción al tigre de Bengala los reunió allí. Desgraciadamente me ha tocado sentarme frente a ellos en la mesa. Y el vino hace tiempo que se acabó. Adiós a la anestesia. Joder, toda la puta cena hablándome de la majestuosidad de aquel animal, de la inhumanidad de los furtivos, de la intolerable indiferencia de occidente ante semejante tragedia. Y me cuentan todo eso mirándome con un extraño recelo en sus ojos, como si pensaran que en cualquier momento voy a salir de la habitación decidido a volar hasta Bangladesh y esquilmar a escopetazos la población felina de los manglares. Es innegable: Gianni es todo un activista. Se emociona al recordar aquella preciosa cría al pie de un árbol, envenenada por los pesticidas. Mi hermana le ofrece una servilleta de papel. Él niega con la cabeza y balbucea algo parecido a Se me pasa, ya se me pasa, cariño. Aprovecho que tienen la guardia baja para escabullirme de la conversación, introducirme en la que mis tíos mantienen a mi derecha. Ni me escuchan cuando intento meter baza. Sus opiniones discrepantes sobre las próximas oscilaciones de la prima de riesgo y el papel dela ComisiónEuropeaen la crisis financiera parecen tenerlos en estado de trance. Por otra parte, llamar la atención del extremo opuesto de la mesa es imposible; mi hermano y algunos primos han empezado a jugar al póker. Estoy atrapado, joder. De fondo escucho los gritos de sus críos jugando en la habitación de al lado con sus flamantes juguetes. Siento la tentación de unirme a ellos; antes he visto que a uno le han regalado un pequeño helicóptero teledirigido que podría resultar bastante adecuado para pasar unos minutos entretenido. Pero salir del comedor no va ser misión fácil. La habitación es pequeña, nosotros somos muchos y para alcanzar la puerta sería necesario que los que me bloquean el paso tuvieran la amabilidad de levantarse o, al menos, dignarse a escuchar mi intención de levantarme y largarme de allí de una puta vez. Imposible. Lo mejor va a ser echarse un cigarro. Al menos el humo creará una tenue pantalla entre todos ellos y yo. Es sacar el tabaco y la cara de Gianni, que ha dejado de hipar, se transforma por completo. Ya no hay en ella rasgo alguno de mesianismo ecologista, ya no se esfuerza por ocultar su prepotencia buenista tras una sonrisa más o menos humana. Lo que hace ahora es fruncir el ceño y empujar el mentón hacia adelante mientras me mira fijamente y dice Oye, no pretenderás fumar aquí. Y lo dice como lo diría John Wayne en cualquiera de sus películas. Lo dice como quien está acostumbrado a tener siempre la razón, a saberlo todo, a distinguir sin titubeos entre el bien y el mal. O entre su bien y el mal de los demás. Todo tiene un límite. Este tipo ya me está tocando los cojones abusivamente. Pues la verdad es que sí, tío, es justo lo que pensaba hacer, le contesto. Pues olvídalo, chaval, a fumar a la puta calle; mis pulmones son sagrados. Y pienso en rebaños de vacas sagradas caminando a sus anchas por las calles de Calcuta. Pienso si también lloró de emoción mientras recorría el subcontinente indio con mi hermana de la mano, entre reses divinas y monos venerados en los templos y prostitutas de ocho años y montañas de basura. Pero no digo nada porque alrededor de la mesa se alzan otras voces que se unen a la cruzada de Gianni contra las maldades del tabaco. Así que lo que hago es deslizarme bajo la mesa como buenamente puedo y salir por el lado más cercano a la puerta. Me pongo la chaqueta y bajo a la calle. Doy la primera calada. Me satisface menos de lo que me gustaría. Jodido gilipollas, pienso, y levanto la vista hacia la ventana donde seguro que el tal Juan Andrés está jactándose de su victoria. Hay niebla. Una niebla extraña, como demasiado volátil y anaranjada, que en lugar de descender sobre el asfalto parece elevarse hacia el cielo azul marino. No, solo es humo. Toda la calle huele a gambas a la plancha. Del portal de al lado sale una familia. Los niños no parecen muy contentos a pesar de faltarles manos para llevar sus regalos. El padre va medio borracho. La mujer está enfadada; el ritmo e intensidad con que pisa sobre sus tacones lo deja muy claro. Pasa un coche. El conductor toca el claxon seis o siete veces, sonríe y saluda con la mano. Creo que a mí. No entiendo nada. En el cajero de enfrente hay dos siluetas tendidas bajo la luz límpida de los fluorescentes y sendos montones de mantas sucias. Si uno se fija bien, notará que aún respiran.

15
may
11

Absurda, sí

Me callo durante quince minutos, tal vez más. Puede que permanezca escuchando en silencio a mi amigo durante toda una hora, medio paralizado, mientras el mundo sigue girando. Porque es un silencio a medio camino entre el respeto y el terror. Es esa clase de vacío que flota en el aire cuando los operarios tapian el nicho y las miradas más despiertas reparan en lo absurdo de intentar sobrellevar el sufrimiento mientras el ritual te obliga a mirar la parte trasera de un mono azul manchado de cal y cemento. Es, en definitiva, el mutismo en el que se traduce la asunción de lo irreversible.

Solo que nosotros no estamos exactamente en un entierro. Ya he dicho que es de noche, y lo que contrasta grotescamente con nuestro estado no es la artesana habilidad del enterrador sino la alegría gritona a nuestra espalda. Montones de personas que se han peinado y arreglado para ir a tomar una copa entran y salen del bar más moderno de este barrio. Riendo, hablando, besándose. Cargados todos de energía. Supongo que esa era también nuestra intención inicial. Pero a veces basta una mirada o un gesto para saber que hoy tampoco vas a conseguirlo, así que hemos apurado las cervezas y salido a tomar un poco el aire. Poner distancia con la alegría circundante, evitar el ensañamiento del contraste.

Y ya en la calle veo que las farolas no brillan veinte metros por encima de nosotros. Han descendido como chispas en el aire frío para acabar temblando discretamente en los ojos de mi amigo, apoyado frente a mí en un coche cubierto de polvo. Manchándose el faldón de la camisa que se ha comprado unas horas antes sin que le importe en absoluto. Una camisa de cuadros chillones que palidece y enmudece un poco más con cada palabra de mi amigo. Igual que la música de baile que inunda la calle cada vez que algún desaprensivo entreabre la puerta del local. Igual que las pisadas del perro callejero que pasa a nuestro lado con la lengua fuera y la mirada en el suelo. Igual que yo.

Pienso. Pienso muchas cosas. Entre ellas que quizá es la primera vez en mi vida en que ni siquiera tengo fuerzas para decir eso de No sé qué decir. Y me limito a sentir la vergonzosa impotencia de no poder ayudarle. Me limito a sentirme mal y a lamentar no poder sentirme ni remotamente tan mal como él. Me gustaría que su espíritu superara la frontera de su voz rota y entrara en mi cuerpo. Poder observar desde cerca, desde dentro la profundidad abisal de la herida de su corazón. Y llenarme de su rabia.

Pero todo lo que puedo hacer es encenderme otro cigarro, maldecir la imposibilidad de que cualquier cosa se consuma con la misma intranscendencia que el tabaco y escuchar la historia una vez más, con algún detalle nuevo, igual de lamentable que los que me ha ido contando desde principios de enero.

Y esperar que decida que se va a dormir ya, que mañana nos vemos. Y verlo alejarse con un montón de planes rotos a rastras, increíblemente pesados a pesar de haber quedado huecos. Ver cómo le pega una patada al tercio de cerveza que alguien ha tirado en medio de la acera aún a sabiendas de que lo único que esos añicos conseguirán será recordarle demasiado su mundo resquebrajado. Y verlo doblar la esquina rumbo a una casa que le parece el doble de grande y fría desde que le faltan la mitad de las voces y los ruidos del día a día. La mitad de él.

Entonces echo a andar hacia mi piso. Y el camino se me hace muy largo a pesar de que son solo doscientos metros. No me duele ningún músculo pero un cansancio extremo ralentiza mis zancadas y hace que me asalte el deseo de dormir durante un año y despertar en un presente donde la gente que quiero se sienta feliz, feliz de verdad. Un deseo absurdo, irrealizable.

Por suerte la casualidad pone en mi camino mi propio botellín de cerveza. Un coche amarillo parado en un semáforo. El enorme alerón vibrando al ritmo del motor y una luz violeta que baña de mal gusto las dos cabezas que se mueven en su interior. Y por supuesto el nombre de él y el nombre de ella en ostentosos caracteres adheridos a la luna trasera. El de la chica es justo el que necesito. El palíndromo más simple del santoral. Las tres letras más letales que ahora mismo me vienen a la mente. Así que cojo un ladrillo providencial del suelo y un segundo después del crash estoy corriendo a una velocidad que jamás creí poder volver a desarrollar. Y aunque cada vez oigo más cerca los insultos y la respiración animalesca de un tipo seguro que más fuerte que yo, no miro ni una vez atrás. Quiero conservar la esperanza de haber acertado. Quiero que sea ella la que estaba en el asiento del acompañante. Quiero seguir sintiendo unos metros más que a lo mejor he colaborado a la venganza de mi amigo, absurda, sí, pero venganza al fin y al cabo. Y pensar que cuando mañana se lo cuente nos reiremos de verdad. Así que solo corro y corro y corro.

22
ago
10

Acabar con todo

Mirar por el ventanal del salón. Estrellar el humo del penúltimo cigarro contra el lado seco del cristal rociado y ver todo eso. Lo de ahí afuera. El jardín agazapado entre lo que parecen nubes bajas pero no son más que jirones de niebla sucia. Tal vez simple polución llegada de las chimeneas de la ciudad. O probablemente sólo proyecciones de lo que me pasa por la cabeza. Porque hace ya tiempo que las ausencias de voz, de movimiento y de sentidos que me cercan se me parecen mucho a la bruma, a la ceniza. A esas cosas escurridizas y molestas. Al final conseguí echar de casa el silencio que dejaste aquí, instalado al vacío en las habitaciones huecas que abandonaste a este lado del cristal. Pero ha decidido quedarse en el jardín y atormentarme al adoptar la forma de vapores engañosos. Se asientan afuera, a la espera de que caiga en la tentación de armarme de valor, salir e intentar levantarlos de un soplido o con un leve movimiento de muñeca. Pero es imposible. Ya lo he aprendido. Por eso me quedo en la parte seca del mundo y me lamento de ver la herrumbre devorando las sillas de metal lacado en blanco. Esa mesa de mimbre en la que un día dijimos que desayunaríamos todos los domingos y que ya sólo sirve de banquete para el verdín y los hongos y otros seres microscópicos de los que nadie se preocupa y que acabarán con todo.

03
may
10

Nada al cubo

Tenía once años cuando mi padre dijo que se iba a por tabaco. Yo ya había oído alguna vez lo que suele decirse al respecto. Así que me estremecí ante la perspectiva. Miré a mi madre. Pero ella esquivó mis pupilas girando un poco la cabeza. Aunque no lo bastante para impedirme ver en toda su crudeza el enorme moretón que le circundaba el ojo izquierdo. Otra vez. No te preocupes, dijo, todo irá bien. Pero no fue así: diez minutos después él volvía a estar en casa.

 

Despertador, pie, suelo, frío, ducha, cepillo, dientes, ropa, botones, café, microondas, trago, náusea, ascensor, calle, autobús, carrera, billete, masa, sudores, humanidad, calle, oficina, 8 horas de nada, calle, autobús, silencio, cansancio, ojeras, calle, ascensor, casa, facebook, nada, hotmail, nada, congelador, lasaña, microondas, bocado, náusea, botones, pijama, cama, insomnio, sueño, qué más da… Otras 8 horas de nada. Despertador, pie, suelo. Frío. Náusea.

 

La niña francesa jugaba con su perro en el parque. La Tête d’or. Árboles con troncos como columnas dóricas. Lagos, arroyos, un palmo de hojas caídas acolchando el mundo. Un auténtico bosque. Otro planeta, sereno y perfumado. Así que la niña era feliz saltando de un lado a otro con su perro. Hasta que tropezó al pie de un roble precioso. Su mocasín de charol rojo estaba enganchado en la boca entreabierta de una cabeza semienterrada. Era cualquier cosa menos dorada.

02
abr
10

El ciclo de la vida animal

Conduzco despacio, buscando sitio para aparcar. Es un domingo y voy a un concierto y me siento raro porque lo normal es que los domingos me limite a vegetar, intentar convencerme de que voy a cuidar un poco más mi cuerpo y hacer balance involuntario pero inevitable de un montón de cosas que se me escapan los demás días. Todo eso que se pierde cuando el ruido es constante y hay un destino obligatorio para cada movimiento y horarios que cumplir y tráfico pesado por las calzadas de la ciudad.

Pero ahora la calle está despejada. Algunos pasean a sus perros pero en general la gente empieza a abrir los snacks que se comerá viendo el partido de las nueve o hace cosas por el estilo al otro lado de las ventanas iluminadas. Supongo. Definitivamente, eso de adelantar una hora todos los relojes del hemisferio para disminuir el despilfarro de energía no funciona. Anoche mismo tuvo lugar el cambio de hora y la novedad de que sean las ocho y media y el sol todavía relampaguee en las antenas de los edificios más altos no consigue apagar más que un puñado de bombillas domésticas en la manzana, en el barrio, en la ciudad y en todo el continente. Las de unos pocos absolutamente concienciados de la gravedad del cambio climático. Fundamentalistas del ecologismo extremo que probablemente protegerán del frío a sus mascotas con mantas eléctricas. Supongo.

El caso es que la ciudad vertical se muestra tan iluminada como siempre. Pero aquí abajo las farolas no se han encendido y mi coche recorre la penumbra creciente de la calle a través de una nebulosa grisácea que gana en densidad a medida que el viento aumenta ahí afuera. El aire lleno de diminutas cosas de colores fríos en aparente suspensión. Hojas secas, palitos, pelusas desvaídas, cadáveres de insectos  y todo un universo de partículas flotantes que se desprenden de las acacias que la bordean y parecen explotar en mil colores cuando enciendo los faros.

Encender las luces del coche también contribuye a la muerte del planeta. Supongo. Seguro que causa un incremento de la emisión a la atmósfera de alguna sustancia invisible de nombre impronunciable. Pero en este momento eso me importa menos que cero. En realidad siempre me ha importado y me temo que siempre me importará menos que cero. De eso que se preocupen quienes no tengan nada más inmediatamente inquietante y doloroso atravesándoles el cerebro, impidiéndoles pensar con claridad, ver con claridad, bloqueando cada una de sus acciones como un puto virus informático. No voy a decir la causa de ese apuñalamiento mental. Menos unos privilegiados, cada cual tiene la suya o las suyas. Puede tratarse de un tumor inoperable en los mismos sesos, los propios o los de alguien que te importa más que el común de los mortales. Puede tratarse de un desahucio inminente. Puede tratarse de que violen a tu hija o de ver cómo el avión en el que acaba de despegar tu familia se convierte en una bola de fuego cuando aún estás diciéndoles adiós con la mano tras unos cristales sucios. O puede que se trate de cosas más mundanas. El paro, la soledad, la frustración. O coger el mismo autobús todas las mañanas, saber que en la siguiente parada va a subir una señora gorda con tres verrugas en el cuello y que en la otra se bajará el anciano del bastón para ir a cuidar a su nieto mientras sus padres trabajan. Puede ser algo tan simple y tan complejo a la vez como la sensación de sentirse perdido. Mil cosas. Por eso no voy a decir ninguna y por eso me siento un poco mejor teniendo como guía ficticio pero reconfortante el haz de luz que sale del morro del coche. No alumbra demasiado lejos, es cierto. Y, por supuesto, no alcanza a iluminar lo que me gustaría ver con nitidez de una vez. Al fin y al cabo, nadie es capaz de ver el futuro. Supongo. Pero mejor proyectar un resplandor sobre unos pocos metros que dejar que la oscuridad te invada por completo hasta físicamente. O no.

Sea como sea, quizá debería regular la altura de los faros. Lo que ocurre es que hasta este momento nunca he sentido la necesidad o simple deseo de hacerlo, por lo que es probable que si ahora empezara a manipular los botones y palancas del salpicadero acabara por tocar algo indebido y las cosas, como de costumbre, virarán un poco más a peor. Puede que hasta se apagaran las luces y nunca más se encendieran. Eso pienso. En fin, estupideces a las que uno se aferra para no arriesgar. Además, me acabo de encender un cigarrillo y tengo las manos ocupadas. Gilipolleces a las que uno se aferra para poder seguir echándole la culpa de todo a cualquier factor exógeno.

No hay ni un solo sitio donde aparcar en la calle del concierto ni en la paralela ni en la perpendicular ni en sus bocacalles. Voy alejándome de mi destino, expandiendo la espiral rodante de mi búsqueda. Y acabo en una zona a la que no tenía previsto llegar. Doblo una esquina y casi por sorpresa me encuentro en la calle del colegio del que salí hace casi veinte años. No es un buen sitio por el que pasar un domingo, un día tan propenso al análisis y la reflexión y la autocrítica. Pero no hay más remedio: la calzada es de un solo sentido y no hay ninguna travesía por la que pueda escapar. Así que, puesto que no hay solución, rebusco algún resto de dignidad en mi interior, me miento diciéndome que soy un poco más valiente de lo que soy y decido echarle un buen vistazo a esa fachada. En realidad, no siento miedo ni nada parecido ante la visión del lugar. No es que dentro de ese edificio que empieza a ensancharse a la derecha de mi campo de visión conforme avanzo hacia el punto de fuga de la calle ocurriera algo insoportable. Más bien es lo contrario: representa un tiempo en el que todo era posible todavía. Con lo cual, lo que siento es nostalgia. Supongo. Un eufemismo como otro cualquiera con el que referirse a la tristeza.

Paso por delante de la gran puerta de madera color marrón chocolate. Salvo por el hecho de que en la imagen mental que hasta ahora tenía de ella aparecía bañada por el sol y el chocolate era de una tonalidad más clara, está exactamente igual que cuando la atravesaba cinco días a la semana. El mismo aspecto basto, tosco. Y aunque no pueda tocarla me basta con la mirada para saber que tiene el tacto rasposo y polvoriento que notaba de pequeño al empujarla cada vez que llegaba tarde. El tacto de las ruinas, como si fuera el vestigio de una época de la que no debería quedar ninguno.

Hablando de restos arqueológicos, reduzco la velocidad todavía un poco más y me fijo en el escudo que corona la entrada del colegio. He oído decir que es el único de toda la provincia que aún conserva el emblema franquista. El águila, las flechas, el plus ultra y todo ese rollo en relieve de cemento armado, cubierto de huevazos y manchas de pintura de todos los colores. Igual la democracia no es el mejor sistema, pero desde luego es el más colorista. Y eso está bien. Supongo.

Acelero un poco pensando cuánto tiempo me durará la incómoda sensación que siempre me deja retrotraerme a cosas muertas. Unos metros más adelante tres palomas picotean el asfalto en busca de comida o basura. Como de costumbre, me pregunto si levantarán el vuelo a tiempo. Siempre lo hacen. Da igual que, como ahora, desaparezcan de tu vista bajo el morro del coche. Siempre se las apañan para salir volando. Pero esta vez noto cómo la rueda delantera izquierda coge un pequeño bache y a través del retrovisor sólo veo el aleteo de dos palomas.

Sin ninguna preocupación, sin necesidad de hacerlo, sino más bien por la simple curiosidad de saber si mi intuición es cierta, me echo a un lado y salgo del coche. El tercer pájaro está en medio de la calzada, con la mitad posterior de su cuerpo aplastada, casi fundida con el pavimento. No hay mucha sangre. La muerte es más bien negra y mugrienta. Plumas blancas cubiertas de alquitrán y un ala sucia que todavía se mueve espasmódicamente durante unos segundos. Un instante después es sólo el viento lo que agita el cadáver.

Me agacho y lo miro de cerca. Un pájaro feo. No siento asco ni pena. Un pájaro inútil destinado a cagarse en los hombros de la gente y transmitir enfermedades. Nada que ver con el símbolo de la paz y del amor que me enseñaron a ver en él en ese edificio de ahí. Como todo lo demás. De manera que, sí, está mejor muerto. El pasado, lo perdido y todo lo que jamás alcanzarás es mejor darlo por muerto. Y por un momento casi me siento orgulloso de haber aplastado a la paloma, de creerme capaz de mirar hacia adelante y seguir como si tal cosa con mi vida.

Pero cuando me levanto hay una chica a mi lado. Bastante guapa. Mira la paloma, me mira a mí. Mira la paloma y vuelve a mirarme a mí. Hay una expresión de dolor sincero en sus ojos. Me pregunta, como asustada:

-¿Has sido tú?

-No –le contesto-. Pobrecita…

Y pienso que pagaría por tener la habilidad de llorar a voluntad.

02
dic
09

Un montón de tiempo

Un montón de tiempo sin pasearme por ahí pero de repente se me viene todo encima y el cráneo empieza a palpitarme y a crujir como si estuviera sometido a la presión de diez o cien atmósferas y al poco me veo imprimiendo copias y más copias de mi currículum con la intención de entregarlas en cualquier negocio enorme o en cualquier negocio diminuto del centro de la ciudad y salgo a la calle con prisa y con la carpeta bajo el brazo y sin querer pensar demasiado en lo lógico u absurdo de mi decisión sino simplemente en llegar lo antes posible a mis destinos y poner mi futuro entero en manos de sus respectivos encargados, subencargados, responsables de personal o de cualquiera que sea el cargo que ostenten las caras que se parapetarán, seguro, tras el mostrador en cuestión. Caras idénticas, todas como alargados triángulos isósceles apuntando hacia abajo. No sé a vosotros, pero a mí casi todo el mundo me da la impresión de tener cara de triste triángulo isósceles, ya sea una joven resolutiva y con perfil comercial que tenga que decidir sobre mi idoneidad para ocupar un mierdoso puesto de trabajo, un viejo a quien vea dando de comer a los patos en algún estanque sucio o un niño que entra o sale del colegio cargando con una mochila más grande que él. Pero no nos desviemos del asunto. El caso es que por este barrio de mierda no pasa ningún bus en esa dirección así que me toca ponerme a patear kilómetros. Las cosas están como siempre. No es que hayan pasado años desde la última vez que anduve por las calles a media mañana pero debo reconocer que en el fondo soy un gilipollas porque nunca consigo matar del todo la esperanza de que en la próxima mirada que le eche al mundo lo vea un poco mejor. Pero qué va, ya digo, las cosas están como siempre. Lo único distinto es el frío. Ya ha llegado. Un frío de cojones pero casi mejor así porque sudar entre toda esta basura en movimiento me haría sentirme aún más sucio. Y mejor también no haber pillado el autobús. Por alguna razón siempre me toca sentarme junto a uno de esos especímenes de humanoide que no pueden mantener la boca cerrada. Aunque no te conozcan de nada, aunque por tu lenguaje no verbal intuyan que de no ser por la severa condena que castiga el asesinato ya les habrías cortado el cuello y arrancado las cuerdas vocales. Siempre hay alguien dispuesto a plantar su culo en el asiento de al lado e iluminar tu día con una cháchara infrahumana sobre lo caras que se han puesto las acelgas y que la culpa de todo la tiene el gobierno o que a su nuera le han detectado un cáncer de mama o a su hijo un cáncer de huevos o, en fin, cualquier otra cosa igual de fascinante. Y el charlatán o charlatana de turno –seamos políticamente correctos- no se contentará con ejercer ese incomprensible derecho social a derramar sobre tu cerebro hasta la última gota de su mierda vital. Ni de coña. De tanto en tanto hará una pausa y te mirará como intentando percibir en ti alguna reacción a su discurso, algo que le anime a proseguir su verborrea sin empezar a rumiar la idea de que quizá, sólo quizá, un quizá minúsculo y remotísimo pero un quizá al fin y al cabo, te trae sin cuidado su vida o su muerte y, obviamente, cualquiera de las palabras que pueda vomitar a través del megáfono que tiene por boca. De manera que mucho mejor no haber cogido el transporte público y poder así mantener la saludable distancia de seguridad con los peligros del mundo exterior. Lo malo es que no hay mecanismo de defensa capaz de borrar antes de que queden registradas en mi cerebro las imágenes que me entran por los ojos y recorren mis nervios ópticos en dirección a mi análisis y, lo que es peor, a mi memoria. No puedo hacer como que no veo a los yonkis que pululan por este barrio de mala muerte a la caza de cigarros, céntimos y, a veces, una simple interacción humana para la que no se sienten legitimados, a diferencia de los loros de autobús. La saliva que se les apelmaza en las comisuras de los labios se queda impregnada en mi cabeza, contaminándome un poco más. Me hace pensar en lo diferentes que pueden llegar a ser los objetivos vitales de seres que comparten el mismo mapa genético. Me hace imaginar el insuperable grado de felicidad que alcanzarían sus seres queridos simplemente si sus hijos o hermanos o padres politoxicómanos consiguieran vivir un día sin meterse nada en el cuerpo. Y por muy machacados física y psíquicamente que estén no puedo evitar envidiarles desde algún fondo tan siniestro como lúcido de mi entendimiento. Al fin y al cabo, ellos lo tienen fácil: les bastaría con desengancharse de un par de sustancias que en realidad ni siquiera necesitan para alcanzar el éxito a ojos de todo el mundo, de eso que llamamos Sociedad. Recuperarían su lugar en el mundo decente en tan sólo un momento. Podrían dar charlas en institutos o ser la estrella de la telebasura esa de Hermano Mayor que ponen en Cuatro. Serían modelos de dignidad, de superación, de humanidad, de toda esa mierda grandilocuente. Auténticos y deslumbrantes modelos de vida. Sí, ellos lo tienen fácil. Porque lo que de verdad es muy jodido es acabar recorriendo la ciudad para trabajar en cualquier cosa que podría desempeñar un chimpancé para tranquilizar tu mente, que cada cierto tiempo se te satura de miedos y convenciones y discursos paternalistas, y las mentes de aquéllos a quienes importas. Lo insondablemente jodido no es renunciar a lo que te inyectas en las venas sino a lo que corre por ellas generado por ti mismo. El asco que te produce el noventa y nueve por cien de lo que ves y escuchas cada día. El intenso dolor que puede suponer intentar jugar a un juego en el que de antemano sabes que no te van a tratar con justicia. Pero nadie apreciará el mérito de esa decisión. La gente que desea lo supuestamente mejor para ti considerará que el hecho de que ahora mismo estés andando triste y sin rumbo, totalmente perdido pero con diez currículums en una carpeta vieja, no merece ningún reconocimiento. Es lo que hay que hacer, y punto. Nada de quedarte en casa e intentar sacar adelante la novela, porque eso no se ve, eso nadie lo ve, ni lo mide, ni es capaz de decir cuántas horas al mes te lleva ni, por tanto, cuántos euros al mes tendría que reportarte. Qué tanto por cien de un coche nuevo. Qué tanto por mil de una hipoteca. Es lo que pienso mientras ando y ando y dejo atrás terrazas clónicas de bares de barrio clónicos plagadas de obreros de la construcción prejubilados aún más clónicos, que no pueden dejar de hablar de lo que hacían. Y me cruzo con comerciales encorbatados que nunca quisieron serlo que llaman a los porteros automáticos con la vergüenza y la angustia pintadas en sus caras afeitadas, y sigo pensando lo mismo. Igual que cuando veo a mujeres más viejas de lo que quisieran arrastrar acera arriba el carrito de la compra, esquivando las mierdas plantadas por perros más felices que todos nosotros juntos. Y casi puedo oír el sonido que emite nuestra belleza y nuestra vida entera al resquebrajarse. Creo que mejor me siento en este banco y tomo un poco el sol. Hace frío, sí, pero no hay ni una nube en el cielo y la luz cae tan limpia como lo haría si las cosas fueran un poco mejor aquí abajo; no puedo permitirme desperdiciar este regalo. Supongo que el drogata que aparece y se sienta a mi lado y mueve su boca desdentada para pedirme un cigarro y unos céntimos y menciona el frío que hace hoy piensa lo mismo que yo. Le doy lo que quiere, pero no me atrevo a pedirle un chute de lo suyo.

03
jul
09

Pequeños zafiros o pedazos de hielo

Esta humedad me va a matar. Es lo primero que oigo mientras viajo en el Saab de mi padre de vuelta a la urbanización, a la zona residencial, a casa. Carraspea y lo dice cuando ya hace un rato que hemos dejado atrás la estación de autobuses y los escaparates y los coches aparcados en zona azul. Sólo lo dice cuando lo que pasa al otro lado de las ventanillas ya no se puede llamar ciudad. Campos, descampados, naves industriales y otras cosas silenciosas que se extienden hacia el horizonte y que supongo le hacen oír demasiado lo que está pensando y le obligan a hablar de cualquier estupidez menos de lo que de verdad importa. Por ejemplo de que esta humedad le va a matar. Vale, es posible que al verme haya dicho Hola o haya emitido un gruñido parecido a un saludo. De hecho me ha parecido que me miraba a través del retrovisor y pronunciaba algo mientras yo metía mis cosas en el maletero. Pero lo cierto es que Esta humedad me va a matar es la primera frase de relativa complejidad que mi padre me dedica en mucho tiempo. Y yo no digo nada pero levanto la vista hacia el cielo nublado y no veo más que cielo nublado y luego la dejo caer pesadamente sobre las copas peladas de los árboles que bordean la carretera y zum-zum-zum-zumban al devolver rebotado el ruido del motor. Sus ramas están mojadas. Y la hierba y las señales de tráfico y los bancos del pequeño parque junto al que pasamos. Pero no hay gotas en el parabrisas y por un momento me pregunto si todo esto será cosa mía. Y en seguida pienso que qué más da, que el caso es que todo parece estar mojado y ser incómodo para sentarse a descansar o charlar o descansar y charlar. Todo, hasta o especialmente el asiento del copiloto/acompañante de este coche. Y es probable que la explicación sea que hoy vuelvo a casa después de seis años y tengo la impresión de que eso resulta mucho menos importante que el clima, las cotizaciones en bolsa o la nueva mesa de billar que encuentre en la sala de juegos en cuanto lleguemos.

Está empezando a oscurecer de verdad cuando nos detenemos en el puesto de control de acceso a la urbanización. Dentro ya no está el viejo de siempre. O el que para mí es el viejo de siempre. El que olía a tabaco, a alcohol y a sudor e iba mal afeitado pero resultaba agradable porque daba caramelos a los niños sin esperar nada a cambio. En vez de él, bajo el tubo fosforescente del techo de la garita hay un chaval casi imberbe que podría tener mi edad o quizá un par de años más y que tiene aspecto de no oler a nada en especial. Abre el ventanuco de la caseta y le da las buenas noches a mi padre y le sonríe de un modo que me parece sinceramente amistoso. Igual es porque tiene orejas de soplillo y en general una de esas caras feas pero que transmiten simpatía. Aunque a lo mejor, quién sabe, es un cabrón con algún interés oscuro. El infiltrado de una banda de atracadores albanokosovares o algo así. A mí me mira un segundo y me incomoda darme cuenta de que en realidad me siento incapaz de juzgarle. Sólo sé que si de ahora en adelante todo transcurre con normalidad veré a ese tipo casi todos los días. Y no me sorprende en absoluto que la barrera roja y blanca se levante y el coche arranque de nuevo sin que mi padre me presente al guardia de seguridad.

Nos adentramos en el entramado de calles de la urbanización y mi padre enciende la radio. Suena el último cd de Bruce Springsteen y es algo que no tiene nada de particular porque a mi padre siempre le ha encantado el Boss. Hubo una época en que yo también me aficioné. Por imitación, por estrechar lazos, no sé. Ráfaga de recuerdos mientras superamos badenes demasiado amarillos a la luz de los faros del coche. Debía de tener unos trece o catorce años. Menos de quince, eso seguro. Lo escuchábamos en el coche de camino al club náutico o a la clínica dental o a la fiesta en la casa de verano de algún amigo, vecino, conocido o colega. A veces incluso cantábamos discretamente los estribillos más reconocibles. En una ocasión mi padre me preguntó cuál era la canción que más me gustaba de todas las de Bruce. Por un momento me dio la impresión de que le interesaba realmente saberlo. No recuerdo con exactitud dónde íbamos pero sí que estábamos sentados en este mismo coche, en estos mismos asientos abatibles de diseño ergonómico, a un metro y poco de distancia el uno del otro, igual que ahora. Pero, en realidad, mucho más cerca que ahora. Porque también recuerdo que cuando me hizo esa pregunta sentí que nos aproximábamos el uno el otro. No físicamente, por supuesto. Lo que quiero decir es que noté que con un poco de suerte mi padre y yo podríamos llevarnos más o menos bien algún día. Fue un buen momento, aquél. Tengo la visión del perfil de mi padre recortado contra el trozo de cielo muy azul enmarcado en su ventanilla y el aire era tan agradable que por una vez no había conectado el climatizador. No sé qué le contesté ni si el me dijo la suya pero supongo que no importa gran cosa. Lo que cuenta es que aún pienso en aquel día como un día apacible, como uno de esos días en que sientes que quizá no estés en el sitio ideal ni con la gente perfecta pero al fin y al cabo tampoco estás tan mal. Nunca he vuelto a tener esa sensación. Y probablemente nunca vuelva a tenerla, pienso oyendo a Springsteen preguntarme si alguna vez he visto a un espantapájaros relleno de polvo y arena. Se me encoge el estómago y valiéndome de la vista intento dirigir mis pensamientos hacia cualquier otra parte. Pero afuera sólo hay enormes jardines negros y porches tenuemente iluminados y la tristeza es tan tangible que parece caer del cielo y arrastrarse por el pavimento. Así que me pongo a la defensiva conmigo mismo y me digo que la gilipollez de Bruce era uno de nuestros sucedáneos de comunicación, eso es todo. Mío y de mi padre, quiero decir, aunque en ocasiones también tenían cabida en él mi madre y mi hermano pequeño. Al fin y al cabo Springsteen es bueno, así que cualquiera puede utilizar su música para suplir carencias o llenar vacíos. Es lo que concluyo al tiempo que noto crecer a mi espalda, en los asientos traseros cuyo tapizado aún huele a nuevo, mis seis años de ausencia en viajes al extranjero, trayectos interurbanos e inclusos cortos y potencialmente peligrosos desplazamientos al centro comercial o al McDonald’s. E intento convencerme de que no había nada especial ni bonito en que nosotros también tuviéramos nuestros propios códigos para decir todas esas cosas que da vergüenza decir. Intento convencerme, en definitiva, de que no hay nada especial ni bonito en nada. Y apoyo la cabeza en el reposacabezas y me pongo a divagar un poco mientras mi padre conduce y yo intento controlar el ritmo de mi respiración sin que se me note demasiado el esfuerzo que ello me supone y ambos subimos y bajamos callados como muertos por las laderas de las colinas artificiales que hacen que este sitio se llame ridiculamente Beautiful Hills. Divago y me planteo cuántas personas en el mundo se encontrarán ahora mismo en el interior de un coche intentando encontrar cierto consuelo, fuerza, valor, ánimo, comprensión, esperanza, redención en la música de un artista endiosado al que jamás conocerán. Y me respondo que muchas, muchísimas, y cierro fuerte los ojos y quiero creer que empiezo a tranquilizarme un poco.

Llegamos al final de la amplia avenida de acceso a la urbanización y en la bifurcación mi padre toma el camino más largo para dirigirse a casa. No coge el que lleva directo a la zona de las villas más altas, donde se encuentra la nuestra, sino el que recorre las faldas de las colinas y luego, ya casi en la valla, gira y sube convertido en una pista de tierra llena de baches que sólo usa la patrulla de seguridad un par de veces cada noche para controlar que nadie intenta traspasar el perímetro. Sé que lo hace para no pasar por delante de la casa de mi amigo Jota. O del que fue mi amigo Jota. Mi familia le culpa a él y seguro que la suya a mí, no hace falta ser muy listo para suponerlo. Así que tomamos el camino más largo, absurdo y cobarde, pero no protesto. Porque me asusta la posibilidad de pasar ante su casa y que él esté recogiendo el correo del buzón o lanzándole una pelota a su perro o cualquiera de esas cosas que se hacen en sitios como éste y me vea y ni siquiera me dedique un gesto con la cabeza. Me da miedo que ya no seamos amigos después de toda esta gran mierda. Así que no protesto. Y cuando por fin salimos de la pista de tierra y el coche empieza a deslizarse suavemente por el asfalto que me conducirá a casa miro por el retrovisor y veo empequeñecer nubes de polvo de formas terribles y muy rojas al resplandor de las luces traseras. Y no puedo dejar de preguntarme si el infierno me perseguirá siempre o si algún día se cansará de mí.

Empezó hace algo más de seis años. Quizá pueda verse en Youtube. Empieza con Jota y conmigo un viernes por la noche en un cajero automático, dispuestos a llenarnos los bolsillos con el dinero de nuestros padres y pillar una de nuestras primeras borracheras sin sospechar que iba a ser la última en mucho tiempo. En la grabación de la cámara de seguridad se nos ve fumar torpemente y pasarnos entre risas sin audio una botella de Licor 43. En blanco y negro. También se ve un bulto al fondo. Un montón de mantas y trapos aplastado contra un rincón. Un vagabundo durmiendo o intentando dormir de espaldas al mundo. Huele a orines y a infección y a borracho, aunque eso no lo capta la cámara. Igual que tampoco capta que en cierto momento el tipo murmura que le demos un par de cigarros, por favor. Entonces yo desaparezco de la imagen y le dejo cuatro en un casillero de ésos que en horario de atención al público se utilizan para depositar las cosas metálicas cuando el arco detector se pone a pitar. Y tampoco se ve que me acabo el cigarrillo que estoy fumando pero como soy maravillosamente joven y quiero sentirme malo o algo por el estilo me llevo otro a los labios y le digo a Jota que me pase el mechero. Eso sí se ve en el vídeo: el Zippo Selection del padre de Jota centelleando en blanco saturado mientras cruza volando la pantalla. Y lo siguiente digno de mención que aparece en la grabación soy yo con mi nuevo cigarro ya encendido, jugueteando con el mechero y mirando a la cámara de frente y luego intentando verme de perfil como casi todo el mundo hace en esa situación. Jota se ríe y me dice que estoy gilipollas. Y probablemente tenga razón, porque sin ningún motivo me acerco al indigente y le digo Eh, tienes el tabaco en ese casillero pero el tipo no contesta y lo que también queda fuera de campo aunque esté ocurriendo justo en el centro de la imagen es que entonces me planteo darle un pequeño golpe con el pie para que reaccione pero al instante pienso que darle una patada a un pobre hombre es un gesto objetivamente despreciable así que, igualmente sin ningún motivo, me veo acuclillado junto a sus pies descalzos haciendo rodar la piedra del encendedor. Una estupidez. Algo absurdo que novecientas noventa y nueve de cada mil veces se habría quedado en nada.

Pero supongo que así ocurren las cosas en ocasiones, casi siempre: sin motivo, sin sentido. Las cosas buenas y las cosas malas. Puedes convertirte en un héroe si eres el primero en pasar por el lugar de un accidente de tráfico y tienes mínimos conocimientos sobre primeros auxilios. O tu amigo y tú podéis convertiros en los peores monstruos del país si por la tele emiten un vídeo en que se ve cómo él te lanza un mechero caro, tú te agachas junto a un montón de harapos y un segundo después un mendigo está rodando por el suelo envuelto en llamas, llenando el aire del cajero de humo rojo que en la grabación parece simplemente gris. Y da igual que no tuvierais la menor intención de quemar a un hombre a lo bonzo. Da igual que no tuvierais ni puta idea de que un rato antes el tipo había estado mendigando con calcetines pero sin zapatos por la gasolinera de al lado. Da igual que estuvierais borrachos. Lo que cuenta es que sois dos chavales de familia bien muy muy bien, con todo a vuestra disposición para ser felices y hacer felices a los demás o como mímimo estar estúpidamente agradecidos al mundo, y en cambio habéis carbonizado a un homeless en vuestro tiempo de ocio. Por pura diversión, dirán. Por no tener ningún respeto hacia el ser humano. Por fascismo, por xenofobia y por muchos otros motivos que suenan tan mal si no se comentan en privado. Cosas así dijeron durante semanas en los medios de comunicación y cosas así dirán mañana cuando se publique la noticia de que me han puesto en libertad. Las asociaciones pro derechos humanos pondrán el grito en el cielo y acapararán un poco de telediario. Y en ningún momento se plantearán que a lo mejor no saben una mierda de lo que están hablando. Pero no me importa.

Lo que de verdad me tiene acojonado es que ya entramos en el sendero de grava que recorre nuestra parcela desde la entrada hasta el garaje con capacidad para tres utilitarios y donde también hay un quad de aspecto flamante que supongo le han comprado a mi hermano como parte de su terapia psicológica para sobrellevar lo mejor posible el apestoso asunto de su hermano mayor. Alguna que otra vez he imaginado este momento desde el centro de menores. Casi siempre por la noche, cuando uno se permite más licencias para la nostalgia y la pena. Cómo sería mi regreso. Si mi familia estaría esperándome en el porche y correrían a abrazarme gritando de alegría. Pero mi padre y yo salimos del garaje y la gravilla hace scratch scratch machacada por nuestros pasos y eso es lo único que se oye y se ve alrededor. Entonces, mientras abre la puerta principal de la casa, mi padre me dice Sé… amable con tu madre; ya lo ha pasado bastante mal. Y me siento como si hubiera dicho Sé bueno con tu madre; procura no joderle/jodernos la vida más. Me siento como un problema, como una vergüenza para la gente a quien quiero. Y supongo que es normal que así sea.

Una vez dentro la primera persona a la que veo es la sirvienta, la chica. Me dice Buenas tardes, señor, mi nombre es Luci y se ofrece a subir mi equipaje a la habitación. Tanto por su aspecto como por su forma de hablar llego a la conclusión de que es peruana. Aunque luego pienso que también podría ser filipina. Y durante unos momentos siento la imperiosa necesidad de resolver esa duda. Quiero saber con quién hablo. Quiero saber dónde estoy. Quiero ir recuperando el control. Estoy a punto de preguntárselo cuando se abre la puerta corredera del salón y aparece mi madre. Luce un bronceado de solárium y parece bien de salud. Pero a medida que se me acerca reparo en sus ojos, rojos y vidriosos, y en las bolsas oscuras que cuelgan debajo de ellos, demasiado evidentes a pesar del excesivo maquillaje. Y cuando me abraza y me dice que me quiere y que no sé cuánto me ha echado de menos y que estoy pálido y flaco la noto temblar de pies a cabeza y tengo muy claro que no se debe a la emoción del momento sino a causas mucho más desagradables. Sé que no voy a tener que recurrir a la reserva de recetas que el psiquiatra del centro ha tenido a bien extenderme. Sé que cada vez que lo necesite podré acudir al botiquín de esta casa y coger una pastilla de Dumirox, Dobupal o Cipramil. Pero sobre todo tengo claro que cuando le contesto que yo también la he echado de menos estoy diciendo la verdad. Y eso me hace sentir raro. Mucho más raro que cuando mi hermano pequeño sale de algún sitio y me da un frío y blando apretón de manos en el que se percibe desdén y cierto odio. Rencor, al menos. Y supongo que es normal que así sea.

Suena el teléfono. Es probable que el motivo de la llamada sea yo. Quizá mi abuela quiera felicitarme por mi libertad. Es curioso, pienso: felicitarme por mi libertad… uno nunca se plantea que alguna vez vaya a recibir tal enhorabuena. En cualquier caso, aprovecho la distracción de la llamada para alejarme de ese pequeño centro de cariño y dolor en que por mi culpa se ha convertido mi familia y subir a mi cuarto. Está tal y como lo dejé, lo cual resulta bastante triste porque entonces era un crío de quince años y ahora soy un ex convicto. Pero lo peor es que huele demasiado a cristasol y a spray multiusos. Multiusos amoniacal, igual que el que hasta ayer me suministraba el centro para limpiar mi celda. Ellos la llamaban habitación. Pero era una celda. Esto que veo ahora sí es una habitación. Pero huele como una celda. Como mi celda. Y al cerrar la puerta y apoyar la espalda en ella me pregunto si algún día dejaré de sentirme un preso. El póster de Cobain no me va a contestar. Ni los cd’s que ya no me gustan. Ni los libros de cuando era niño. Así que me acerco a la ventana y miro directamente a la noche oscurísima sin estrellas y a las colinas y al valle atravesado por una carretera, y la sigo con la vista hasta donde ya no puedo distinguirla y todavía más allá y quiero creer que conduce a un sitio tranquilo. Y luego vuelvo a mi entorno inmediato, al sitio en el que tendré que intentar volver a vivir, a las grotescas Beautiful Hills. Vuelvo a esta noche de zona residencial, tan aparentemente fácil y cómoda. Tejados de pizarra más negros que el cielo, el resplandor de alguna barbacoa nocturna y piscinas decoradas con luces subacuáticas. Parecen pequeños zafiros o pedazos de hielo flotando en medio de la nada. Brillando. Me asombra ser capaz de establecer ese símil. Y también me reconforta un poco.

Mi madre llama a la puerta. Me pregunta si me encuentro bien. Le digo que sí y ella me dice Tranquilo, baja a cenar cuando quieras, no hay prisa. Pero no se va; noto su presencia al otro lado de la madera. Quizá quiera estar lo más cerca posible de mí, me digo. Y tengo la tentación de abrir la puerta y volver a abrazarla. Pero no lo hago. Simplemente sigo mirando por la ventana y entonces oigo que mi madre empieza a sollozar en el pasillo, muy bajito. Eso también me reconforta. Me gusta que llore. No he oído llorar a mi madre en seis años, no la he oído llorar por mí. Si yo me permitiera una lágrima no pararía hasta morirme. Así que me gusta que lo haga ella. Que llore por mí de una puta vez. Por tener veintiún años, el coche que me dé la gana y no saber conducir. Por tener veintiún años y como única experiencia sexual un intento de violación en el centro por parte de un joven psicópata. Por tener veintiún años y no poder alejar de mis fosas nasales aquel olor a carne humana quemada. A pesar de lo bien que la chica ha limpiado mi celda.

08
may
09

Más problemas de empatía

A veces tienes instantes de lucidez y por ejemplo te das cuenta de que eso de salir a la calle a caminar sin rumbo puede ser síntoma de que las cosas no van demasiado bien. Por eso decides aceptar por una vez la invitación que cada lunes te llega por email. El partidito semanal de tus amigos. No se cansan de incluirte en la convocatoria, aunque hace meses o años que dejaste de hacer el menor ejercicio. El simple acto de subir las escaleras del portal o agacharte a atarte los cordones te agota. Por las mañanas vomitas en el fregadero tu desayuno de café y cigarro y sales a toda prisa hacia el trabajo. Y en cuanto acabas vuelves a patear por las aceras. Fumas y escupes cosas rojas o marrones o verdes o de todos esos colores mezclados y ya que agachas la cabeza te fijas en los chicles resecos que motean el pavimento. Pegatinas de la grúa. Mierdas de perro y zapatos relucientes, camales ben planchados y medias finas pasando apresurados junto a ellas. O a lo mejor tus pies te hacen el favor de hacerte pasar junto a uno de esos frondosos jardines que los chinos montan a las puertas de sus comercios y dedicas unos segundos a contemplarlo, respirando su perfume de geranio urbano. En fin, andas y andas como cualquier otro ocioso prejubilado o desempleado o, como tú, con un curro de media jornada de lo más precario. Poco dinero, mucho tragar mierda. Hoy tienes que aguantar demasiadas gilipolleces sólo para poder pagarte el techo, los pantalones y las sopas de sobre. Y mañana será lo mismo. Quizá por pensamientos como ése al cabo siempre te cansas de andar y te metes en algún bar y luego en unos cuantos más hasta que la noche avanza y se convierte en madrugada y los camareros se tienen que llevar sus vidas de mierda a descansar. No es un espectáculo bonito de ver. Algunas noches puede resultarte reconfortante eso de sentir que empatizas con las ojeras negras del tipo que te sirve el alcohol. Con su mirada reptiliana, lenta y forrada de sangre fría que te observa como queriendo darte la oportunidad de parecer alguien más o menos agradable. Apreciar el mérito del sudor agrio del camarero y de las manchas grasientas de su camisa y del espasmo de dolor que le sube desde la espalda a la cara cuando coloca las sillas sobre las mesas. Y que él comprenda que tú eres otro pobre cabrón y a lo mejor te diga que a la última estás invitado. Pero lo normal es que no se dé tal feeling. Lo normal es que hasta alguien que probablemente está tan hasta los cojones como tú acabe pidiéntote que cierres la boca y liquides de una puta vez tu copa. Así que a lo mejor hoy te viene bien sudar un poco dándole al balón en lugar de pasar la tarde y la noche andando en espiral por el barrio. Sentándote de cuando en cuando en los bancos de los parques, en las paradas de autobús, en los tranquillos de los portales. En los taburetes de los bares más cutres junto a los viejos borrachines que se dejan caer en ellos y se quedan ahí como animales muertos o medio muertos, mirando de tanto en tanto el reloj de la pared. Y te plantas en el polideportivo a la hora convenida. Están todos. A unos cuantos los ves los fines de semana. Son los que dos días a la semana te acompañan cuando te emborrachas. O tú a ellos. Da igual. Son, en definitiva, los que todavía se parecen a ti, aunque sólo sea a grandes y difusos rasgos. Los otros han cambiado demasiado de un tiempo a esta parte. Desde que sólo hablan de ascensos, hipotecas e hijos hasta te cuesta recordar en qué momento se convirtieron en tus amigos. Por qué sigues considerándolos tus amigos. Pero, bueno, algo en tu interior te dice que aún los quieres. Además, si te muestras simpático quizá puedas sacarle un poco de pasta a alguno al acabar el partido, durante la confraternización del vestuario, cuando tengan cuerpo y mente atontados por el ejercicio. Por eso procuras poner buena cara cuando entras en la pista y alguien se ríe y te suelta que tires el cigarrillo de una puta vez y se ríe otra vez más fuerte y con más gente. Y comprendes en un momento menos doloroso de lo que habías temido que hace mucho tiempo que tu sitio está en otra parte o en ninguna, pero desde luego no en un pabellón deportivo con gente sana y decente y que, a fin de cuentas, ya está salvada. Pero aun así haces caso y apagas el cigarro y te quedas ahí en el medio del parqué con las manos incómodamente libres. Las manos y los pies y todo lo demás. Ahí en medio, en pantalones cortos, dando pequeños saltitos, fexionando las rodillas, desentumeciendo las caderas como si estuvieras bailando un hula-hop. Sintiéndote un gilipollas. Como cada mañana cuando llegas al trabajo de mierda que la última ETT haya tenido a bien proporcionarte. Como cuando tu madre te llama para preguntarte si has comido bien. O como cuando intentas hablar con una gafapasta en cualquier garito. Da igual lo cretina que sea toda esa gente, amigos, familia, amores o simples seres sexualmente atractivos. Al final siempre eres tú el que se siente un imbécil al interactuar con ellos.




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