La ciudad estaba casi tan vacía como nuestra nevera, así que tuvimos que dar unas cuantas vueltas hasta que encontramos un pequeño restaurante chino. Era idéntico a cualquier otro, desde la carta salpicada de manchas de salsa de soja y faltas de ortografía hasta el camarero detrás de la barra que miraba algún programa de la televisión china en el portátil, pasando por los peces que languidecían sin remedio en el acuario. Ya casi ni boqueaban; se limitaban a mirarnos fijamente desde dentro de su ataúd de cristal, como si se hubieran cansado de pedir auxilio. O tal vez era que Lucía y yo ofrecíamos una visión mortalmente anodina hasta para un pez tonto. El hecho de que únicamente un par de mesas estuvieran ocupadas contribuía a darle al lugar un aire de abatimiento. De derrota. Incluso la voz que cantaba algo indescifrable a través del hilo musical parecía apenada. Me pregunté si los ocupantes de las otras mesas también estarían planteándose poner el punto final a lo que fuera que los había llevado a comer en un oscuro chino de barrio mientras el sol de abril ardía en el centro del cielo. Les eché un vistazo rápido. En la mesa del rincón una pareja de adolescentes que se había decantado por el menú de 6,50 intercambiaba arrumacos y sus respectivos helados de vainilla y chocolate. Junto a nosotros un matrimonio de mediana edad se tomaba el café mientras su hija corría de un lado a otro alrededor de la mesa. Tendría unos cuatro años. Tropezaba una y otra vez. Caía al suelo, se reía a carcajadas y se levantaba limpiándose las manos en los faldones del mantel. En un momento dado sus ojos se cruzaron con los míos. Eran azules, muy azules. Del color que se intuye en el fondo de las grietas de los glaciares o como la piel de aquel hombre al que una Zodiac sacó del mar una tarde de agosto en una playa de Castellón cuando yo tenía diez años. Eran del color del frío y de las células muertas. La niña me miró un segundo sin verme y siguió con sus juegos y sus risas. De tanto en tanto sus padres le daban alguna indicación, tranquilamente, sin aparente preocupación. Cuidado a la derecha, nena, o Las manos por delante, cariño. La cría obedecía unas veces y otras no, como todos los niños, y seguía riéndose y hablando sola y de vez en cuando se acercaba a su madre, le buscaba la cara con las manos y le daba un beso en la mejilla o en la nariz o donde tocara. Supongo que Lucía se dio cuenta de que estaba mirando a la niña porque bajó la voz hasta convertirla en un susurro y dijo algo así como Pobrecita, que sea feliz ahora que aún no es consciente de lo que le ha tocado. Me habría gustado preguntarle si acaso ella lo era, si era feliz y si no estaría más ciega que la niña de la mesa de al lado. Pero no lo hice. Ni siquiera la miré. No valía la pena. Habría supuesto el detonante de una nueva discusión absurda. Y no estaba dispuesto a tener ni una sola más, la duda se había resuelto. Así que seguí mirando a la niña directamente a sus ojos azulísimos como el frío y como las células muertas pero también como los atolones de los mares del Sur y como el destello en el espacio de millones de supertierras templadas, acogedoras, habitables. Sí, lo bueno era posible para ella. Y para mí también.
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Del color de
Nadie piensa que acabará siendo técnico de antenas. Supongo.
Y supongo que pasa lo mismo con los carniceros, administradores de fincas, revisores de tren.
Pero un día te das cuenta de que eso es lo que eres: un antenista, por ejemplo. Y no te queda otra que llevarlo lo mejor posible.
Con todo, lo más raro es que, si lo piensas un poco, antenista o técnico de antenas no suena nada mal. Suena muy bien, de hecho. Demasiado bien para lo que realmente haces.
Incluso es posible que quede de lo más respetable cuando se lo digas a la chica de turno de la noche de turno. Te atribuirá un buen montón de conocimientos técnicos de esos que tanto asombran al común de los mortales. Saber qué cable va con cuál. Entender de circuitos eléctricos y electrónicos. Ser capaz de destripar el aire acondicionado y hacerlo funcionar de nuevo en una tarde incandescente de agosto.
Cosas que la gente valora mucho.
En fin, salvo que seas tú el que lo mencione nadie pensará que la parte principal de tu trabajo consiste en escalar antenas de televisión o repetidores de telefonía móvil y limpiar con un vulgar trapo las cagadas de las gaviotas. Y, por supuesto, nadie pensará que además de ser la parte fundamental de tu trabajo también es lo que hace que ser un antenista te parezca como mínimo tan bueno o tan malo como ser cualquier otra cosa. Tan irrelevante, en definitiva. Porque quien más quien menos se dedica a limpiar alguna clase de desperdicios. Y es más que probable que lo hagan en un entorno mucho menos exótico que el de tu trabajo.
De modo que se trata de mantener fuerte la idea de que no eres lo que haces, eres lo que te gusta. Y así consigues verlo todavía en algún que otro momento inspirado.
Y es que a lo mejor a todo el mundo le gustaría ser tú cuando estás ahí arriba, muy por encima de las azoteas y las copas de los árboles más altos y el más alto de los humanos, tan cerca de los círculos móviles que trazan los pájaros. Seguramente a cualquiera le gustaría tener esa perspectiva por un instante. Ese punto de vista que te ayuda a relativizarlo todo cuando sientes que el viento sopla incesante entre tu pelo y te enfría los pensamientos hasta en el día más tórrido del año. Llevándoselos a cualquier otra parte. Tan lejos que a veces, muy pocas pero algo es algo, no encuentran el camino de vuelta a tu cerebro.
Coyuntura (des-)
Un hombre a la orilla del mar.
En realidad no hay nada alrededor que permita asegurar que lo que tiene delante sea el mar, entendido en general, y mucho menos cierto mar en particular. La arena que pisa bien podría ser la de un lago o un estuario. Incluso podría ser la arena industrial de una de esas playas artificiales que llevan décadas funcionando durante los veranos de las ciudades de interior más calurosas del avanzado Japón. Porque no hay conchas vacías semiocultas en ella, ni envases de plástico corroídos, ni manojos de algas mojadas pero resecas, ni brillantes cadáveres de medusa. Y tampoco se ve un alma alrededor, cosa que descarta casi por completo que se trate de una de las mencionadas playas creadas por la tecnología nipona. Por otra parte, el agua está muy tranquila: las diminutas olas que acarician los tobillos del hombre ni siquiera generan espuma. Una balsa de aceite, como suele decirse. Lo cual, si el quid de la cuestión radicara en extraer una conclusión acerca de la naturaleza de la extensión acuática que el hombre tiene ante sí, probablemente haría que la mayor parte de expertos consultados al respecto se decantara por sostener que el hombre se encuentra a la orilla de un lago, laguna, puede que un pantano, incluso. Sin embargo, lo cierto es que el nombre que le demos a la masa de agua es irrelevante. Lo que cuenta es lo que pasa, ¿no?
Y lo que pasa es que hay un hombre en una playa. De pie. Protegiéndose los ojos con la mano izquierda. Mirando al horizonte. Nada más que agua. Azul y llena de reflejos blancos tan cegadores como el sol de verano que le quema la calva. Se le irrita la mirada. El calor, la luz, el sudor… Y otras cosas. El panorama vibra y se ondula en sus retinas y el miedo le recorre el espinazo. Puede que si tuviera pelo las cosas fueran diferentes, piensa. Tiene el impulso de pasarse la mano por el cuero cabelludo para acrecentar a sabiendas su nostalgia absurda, su autocompasión. Pero al instante se siente ridículo y se reprime. Antes lo tenía. Pelo. Bastante decente. Tanto que nunca pensó que acabaría calvo. Que acabaría así, a la orilla del… digamos mar. Ni siquiera cuando el lavabo empezó a llenarse de cabellos mañana tras mañana. O puede que lo pensara y no le importara lo más mínimo. Antes las cosas iban bien y nada parecía indicar que lo que le pasa a todo el mundo, el perder pelo, el envejecer, el notar flaquear las fuerzas pudiera llegar a suponer un problema. Y mucho menos la posibilidad de no poder pagar las letras del piso, de ser despedido, de levantarse todos los días y ducharse y ponerse la corbata y salir de casa como si todo siguiera siendo igual que siempre, igual que hace… ¿cuánto…? ¿Nueve meses ya?
Y lo peor es que ahora en la televisión hablan y hablan del rescate de los bancos, de las aseguradoras, de todo tipo de entidades financieras. Hablan sin cesar del rescate del país entero. Hasta su mujer se lo ha dicho hace un rato. Ha levantado la vista del periódico y le ha dicho que las autoridades económicas de la Unión Europea se han decidido a intervenir. Por fin nos van a rescatar, ha dicho, y luego ha doblado el periódico, se lo ha puesto bajo el cogote y se ha quedado dormida sobre la toalla, en medio del silencio, bajo el sol abrasador, roncando suavemente, como si lo que acabara de leer fuera algo tan inofensivo como un pasaje de una novela de ciencia-ficción. ¿Rescatar?, ¿a quién?, ¿a nosotros?, es un poco tarde para eso, se ha dicho el hombre. Y se ha quedando mirándola durante unos minutos, bastantes minutos, con atención, poniendo todo de su parte para ver en ella a la mujer con la que se casó hace diez años, como suele decirse en las películas. No lo ha conseguido. Incluso su hijo le ha resultado difícil de reconocer ahí acuclillado en la arena dándole la espalda. Esos hombros sonrosados a pesar de la crema protectora, esa torpeza con la que intentaba levantar un castillo de arena y esas cervicales frágiles, capaces de romperse con la más mínima presión podrían ser los de cualquier niño de seis años, ha pensado el hombre con una frialdad inquietante, como si una parte de su cerebro acabara de decidir poner distancia con todo, independizarse de la sangre y los recuerdos y otros vínculos en teoría inquebrantables. Y le ha invadido una sensación de desamparo absoluto que le ha hecho pensar en cosas repugnantes. Ha pretendido librarse de ella dándose un baño. Ha nadado rápido rápido hasta la boya naranja. Ha intentado varias veces agarrarse a ella y flotar un rato, solo un rato sin esforzar sus músculos, su cerebro. Pero el tacto resbaladizo del plástico ha acrecentado su ansiedad. De repente ha tomado la bocanada de aire más grande que haya tomado en su vida y se ha zambullido decidido a tocar el fondo con las manos, con la cara, a enterrarse ahí abajo y dejar marchar todo. Por un momento el descenso progresivo de la temperatura del agua y el zumbido de las atmósferas presionando en sus oídos le ha hecho sentir algo parecido a la calma. Y la serenidad se ha roto en cuanto ha caído en la cuenta del tiempo que hace que no está en paz. Así que ha emergido a la superficie, a lo de siempre, tan desorientado como se había hundido y con lo que ha creído identificar como un principio de ataque de pánico.
De vuelta en la orilla el hombre ha sentido la necesidad apremiante de jugar a las raquetas con su hijo. De jugar a cualquier cosa con él, en realidad. Pero el niño se ha cansado al cabo de pocos golpes y ahora ambos están plantados frente al mar cogidos de la mano, con las olitas masajeándoles los tobillos, protegiéndose los ojos con las manos ahuecadas, con demasiado tiempo y espacio y calor demencial para pensar. A su espalda los ronquidos de la mujer desafían y ganan a la brisa. Llegan demasiado nítidos a los oídos del hombre. Demasiado relajados y confiados, como el ronroneo de un gato amodorrado al calor de una chimenea. Demasiado egoístas. Y el hombre siente una fuerte punzada en el torso, en alguna parte difícil de concretar de su torso pero que desde luego está mucho más cerca de las tripas que del corazón. Y no encuentra otra posibilidad de mitigar el dolor que secarse los ojos húmedos con el pulgar y el índice y tirar suavemente de la mano de su hijo en dirección al agua mientras le dice Ya es hora de que aprendas a hacer el muerto.
[De camino a casa pincharon. Agachado en el arcén hurgando en el reventón en forma de estrella del neumático, el hombre supo que todo se arreglaría de un modo u otro. Tres gaviotas cruzaron el cielo amoratado del atardecer sin prestar la menor atención a la escena y continuaron su vuelo hacia el vertedero municipal]
2010
Desperté. Estaba tirado en el sofá de la salita. Por la luz que entraba por la ventana estaba claro que la mañana había terminado hacía ya rato. Me dolía la cabeza, me dolían los ojos y cada vez que tragaba saliva sentía una especie de arañazo en la garganta. Al incorporarme me entraron ganas de vomitar. Lo hice, pero poco. Llené de bilis los carrillos, apreté fuerte los labios y los puños y empujé todo aquel líquido agrio y recalentado hacia abajo, a su lugar de origen. Nunca me ha gustado vomitar. Es feo, nada elegante. Y sin siquiera tener que verme en el espejo sabía que un toque extra de deterioro era lo último necesitaba en ese momento. Me apetecía ducharme, eso sí. Me apetecía mucho. Era urgente quitarme de encima el olor y el sabor y hasta la textura que se habían apropiado de mi cuerpo. Pero el baño estaba y sigue estando al final del pasillo. A unos diez metros de donde yo pugnaba por despertar del todo, recuperarme, recuperar el control o creer que podía recuperarlo. Diez metros. Diez razones para que se impusiera la pereza. De modo que me quedé allí sentado, empezando a notar en mi espalda las consecuencias de haber pasado la noche en un sofá hecho trizas. Pensando como en sueños en alargar el brazo y coger el mando a distancia. Preguntándome como en sueños por qué cojones no había dormido en mi cama. Reconozco que algo intuía. Pero lo que pasaba por mi cabeza era como una sucesión rapidísima de fotos inconexas y movidas. Todo muy difuso, demasiado. Algo imposible de analizar de manera mínimamente objetiva, y menos aún hundido en plena resaca. Así que opté por decirme que las imágenes eran los últimos coletazos de un mal sueño de borrachera o, como mucho, recuerdos grotescamente deformados de cosas que había vivido o imaginado durante la noche anterior. En definitiva, decidí ser benévolo conmigo mismo. Al fin y al cabo, era 1 de enero. Año Nuevo. Y si no ¡Feliz!, al menos quería pasarlo tranquilo. Atontado, distraído. Por eso hice un esfuerzo y alcancé el mando a distancia. En La 1 reponían el programaespecialresumenmejoresmomentos del año pasado. En La 2 un hombre calvo y barbudo fumaba en pipa mientras ilustraba a los que habíamos sobrevivido al 2009 con sabios consejos, técnicas y hasta tácticas destinados a alcanzar la plenitud personal, superarse a sí mismo y ser mejor ser humano en el año recién nacido. Cambié. Cambié, cambié y cambié. En todos los demás canales, salvo en una televisión local en la que un predicador de aspecto caribeño aseguraba a voz en grito y con los ojos muy abiertos que según un calendario precolombino ya sólo quedaban dos años para el fin del mundo, también repetían los Especiales 2009 que habían emitido el día anterior. Dudé fugazmente. El hombre de La 2 parecía buen tipo además de sabio. Pero en seguida supuse que sería tan falso como el común de los mortales. Probablemente me resultaba afable por ser calvo y barbudo, padecer cierto sobrepeso y tener la extravagancia de fumar tabaco en pipa, y por nada más. Además, quién coño era él para indicarnos cómo teníamos que proceder. Lo más seguro era que no fuera más que un gestor de Recursos Humanos o un psicólogo de medio pelo. Nadie, en resumen. A la mierda. Prefería ver los High Lights de 2009. Con un poco de suerte pondrían alguna catástrofe aérea o el desnudo robado/posado de cualquier estrellita de cine. Cosas sencillas, sin pretensiones intelectuales. Simplemente miedo, deseo, morbo, violencia y demás instintos primarios. Pero después de regalarme por enésima vez la imagen de Puyol levantando la Champions la pantalla emitió la cara de Aminatu Haidar. Era de antes de que regresara a su casa, cuando comía, dormía y cagaba en un cuartito del aeropuerto de Tenerife y tenía a los buitres de comunicación pendientes de cada uno de sus precarios movimientos y aún más precarias palabras. Vamos, cuando su piel parecía de cera vieja y hablaba con un hilito de voz. El caso es que, quizá con un poco de retraso con respecto a cuando debí haberlo hecho, pensé: joder, qué puto asco me da esta tía. Ella y el resto de abanderados de grandes causas. Su reivindicación y todas las buenas intenciones tan “de moda” que determinan si eres un humano correcto o incorrecto. El problema del cambio climático, la libre determinación del Tíbet, las matanzas de focas en Canadá. Sí: qué asco, pensé. Un asco, en realidad, mezclado con envidia. Porque lo que se retorcía en algún hueco primario de mi cerebro luchando por escalar hasta estadios más conscientes de pensamiento, hasta el mecanismo de expresión verbal o ése que te hace coger lo primero que tienes a mano y lanzarlo contra el televisor, era sencillamente rencor. Un rencor puro y brillante y afilado contra todos esos estandartes de la grandeza y la bondad humanas, y contra todos sus seguidores. Un odio envidioso contra todos, azules o rojos, ricos o pobres o anodina y aplastantemente mayoritaria clase media. Contra todos los que son capaces de sentir sus vidas plenas con sólo ponerse un pin en la solaba o una pegatina en el cristal de su coche que demuestren lo comprometidos que están en la mejora del mundo de mierda en que les ha tocado vivir. De verdad: de repente, el 1 de enero de 2010, envidié profundamente a millones y millones de personas por el modo en apariencia natural en que se desenvolvían sobre La Tierra. Y durante uno o dos segundos deseé con todas mis fuerzas ser como ellos. Por suerte, la locura me duró poco. Como en un flash rescatador visualicé el par de latas de cerveza que suelo esconder de mí mismo, reservadas para ocasiones especiales, en el cajón de la nevera donde guardo las verduras. El remedio ideal para la resaca, dicen a menudo. El remedio más probable para mi resaca y para todo lo demás, me dije yo. Y un objetivo más o menos estimulante para levantarme del sofá. Así que con una mano me agarré el estómago revuelto y con la otra me impulsé para incorporarme. No logré estirar por completo la espalda; la noche anterior debía haberme despedido del 2009 por todo lo alto o, quizá, lo bajo. Medio encogido recorrí el pasillo contando las bolas de pelusa que se acumulaban en el rodapié hasta que frente a la puerta de mi habitación encontré una pierna ortopédica apoyada en la pared. Una imagen potente y, al menos para mí, poco habitual. Una imagen que, en principio, debía haber rellenado algunas de mis lagunas cerebrales acerca de la noche anterior. Pero no fue así. Necesité empujar la puerta entreabierta y asomar la cabeza para obtener más información. En mi cama dormía una chica completamente desnuda. O desnuda al 75%, como queráis. Me quedé un rato mirándola. Era guapa y roncaba tranquila y con la comisura izquierda de sus labios levemente estirada hacia arriba, como en un amago de sonrisa, a pesar de que supuse que la vida no le había tratado demasiado bien. Me quedé un rato más mirándola y decidí esperar a que se despertara para proponerle que se tomara conmigo una de mis cervezas especiales. Quise pensar que aceptaría ser partícipe de la pequeña causa que me había traído el 2010.
Era el año de La Supercrisis. Ahora en las facultades de economía la estudian con ese nombre para indicar que fue mucho más devastadora que la Gran Depresión. Pero entonces la gente la llamaba simplemente crisis. Era el 2009. Todo el mundo, en el sentido de “el mundo entero: continentes, estados, ciudades y barrios”, estaba sumido en una especie de paranoia económica. Yo tenía quince años y recuerdo que un viernes por la noche, mientras esperaba en el salón a que empezara la peli porno de Canal+ para hacerme una paja y así ahorrarme -a lo mejor- el mal trago de amanecer al día siguiente con las sábanas sucias, mi padre se levantó de la cama, resoplando. Dijo que había tenido una pesadilla. Sin mirarle oí cómo se sentaba en el sillón de eskai de al lado y empezaba a contar que en su sueño me había visto tendido inconsciente o muerto, no se atrevía a pronunciarse, en la orilla enfangada de un río que discurría casi en absoluto silencio a la luz de la luna. Entonces sí que giré la cabeza hacia él, y al azul pálido y fluctuante que brotaba de la pantalla me pareció mucho más viejo que la última vez que lo había visto, sólo un par de horas antes. Como si las canas hubieran colonizado hasta el último mechón de su pelo durante su fugaz sueño, como si sus arrugas le hubieran horadado la piel uno o dos milímetros en ese breve lapso de tiempo. Pero no dije nada. Él sí. Dijo que no identificaba el lugar. Nada. Ni el cielo, ni el río, ni los bosques que se extendían deshojados y entre telarañas de niebla, como víctimas de la onda expansiva de algún artefacto atómico, desde casi la misma orilla hasta donde su vista alcanzaba. Pero que eso era lo de menos porque lo que de verdad le había asustado lo bastante como para despertarle sudoroso era que al acercarse a mi cuerpo lo había descubierto esquelético y con una cara cadavérica que, sin dejar de ser la mía, al mismo tiempo se parecía antinaturalmente a la de nuestra madre. Y como siempre que escuchaba esa palabra, que la veía escrita en cualquier parte, que en clase nos explicaban los órganos humanos o que abría el armario donde el olor de su ropa aún se resistía a los efectos de la naftalina, pensé en ella. En cómo era. En su cara. Cada vez me costaba más recordar sus rasgos. Había noches que no pegaba ojo intentando darle forma a su rostro. Sí, era capaz de visualizar sus labios carnosos, su nariz de tabique un poco grueso pero bonita, sus enormes ojos marrones bajo esas cejas de curva perfecta. Pero cuando intentaba ubicar sus facciones en la masa informe de piel en que poco a poco pero sin solución el tiempo iba convirtiendo su cara, me sentía como un niño retrasado ante un Mister Potato. Un inútil incapaz de reproducir mentalmente lo guapa que había sido su madre. Un cabrón capaz de olvidarse tan pronto de algo tan bonito y tan importante. Así que maldije en silencio a mi padre y su estúpida historia por haber provocado que toda esa mierda se removiera en mi cabeza. Y por fastidiarme la película. Y también por no ser él quien hubiera muerto de cáncer de páncreas. Pero él no intuyó nada de lo que me estaba sacudiendo por dentro y lo único que hizo fue encenderse un cigarro y seguir hablando.
-Creo que la causa es que estoy preocupado por el trabajo -dijo después de dar unas cuantas caladas mirando al techo. El humo y el resplandor del televisor se mezclaban en el aire atribuyendo a los muebles, a los gestos, a mí, a mi padre y a sus palabras un contexto irreal. Al menos así lo recuerdo hoy: como una situación absurda, porque no podía dar crédito a lo que mi padre había empezado a decir y sabía que iba a seguir diciendo-. Ayer despidieron al tipo que he tenido al lado durante casi diez años.
Puede que esperara que le dijera algo, unas palabras de ánimo, un simple No te preocupes. Pero no lo hice. No dije ni hice nada en absoluto; no me apetecía consolar torpemente y sin atisbo de sinceridad a mi padre. Por mí, la fábrica de tractores en cuya cadena de montaje trabajaba podía volar por los aires con él dentro. Por mí le podía dar un infarto o una angina de pecho en ese mismo momento. Me resultaba inmoral hasta un punto nauseabundo que algo tan material, tan cuantificable y tan mesurable como sus apuros económicos fuera lo que le había despertado en plena noche. Quería oírle decir que en realidad todo aquello carecía de importancia en comparación con lo verdaderamente dramático, que seguro que eran simples artimañas de su subconsciente para intentar sepultar la muerte de su mujer. Mi madre. Quería que dijera que la echaba de menos, que ojalá la hubiera tratado mejor cuando tenía la oportunidad de hacerlo. Y que lo sentía mucho por mí. Pero lo cierto era que mis padres nunca se habían querido demasiado y me planteé la posibilidad de que, en efecto, a él no me doliera gran cosa lo que había sucedido. Me pregunté, incluso, si le había apenado más la muerte de aquel perro que según contaba cuando se emborrachaba había tenido de pequeño y que había sido atropellado por un tranvía. Y, justa o injustamente, me contesté que probablemente, que seguramente, que sin duda. De manera que pulsé el botón de on/off de la tele con la intención de irme a mi cuarto e intentar dormir un rato. Y si, como era de prever, no lo conseguía encendería la luz y me pondría a leer cómics o alguna novelita igual de fácil, de detectives, crímenes y agentes secretos. Y luego volvería a apagarla y escucharía durante horas la música de mi mp3. Y también ese programa de la radio al que llaman los insomnes para vomitar sus tragedias. Hasta que al amanecer por fin lograra dar una cabezada. Ésa era la rutina de las noches desde hacía un mes, y aquélla no tenía por qué ser una excepción. Lo malo es que nada más apagar la tele me arrepentí de haberlo hecho. Porque el silencio y la oscuridad en que se sumió la habitación debieron de hacerme bajar la guardia, soltarme, no sé, algo así. Y en lugar de irme a la cama me quedé sentado en el sofá notando cómo el zumbido iónico del tubo de imagen se iba desvaneciendo en mis oídos, viendo cómo la silueta de mi padre se definía poco a poco sobre la tenue fosforescencia anaranjada que el alumbrado público elevaba hasta nuestro quinto piso. Dándole, a fin de cuentas, la última oportunidad de decir algo digno sobre lo único verdaderamente bonito que habíamos tenido en la vida. No podía verle las arrugas, ni las canas, ni las ojeras, pero mientras esperaba el alivio de unas palabras que no llegó a pronunciar me invadió la certeza de que esa impresión de vejez que por primera vez me había transmitido mi padre hacía unos minutos había venido para quedarse. Que ya siempre sería así. Y que tampoco tenía mucho sentido enfadarse con un pobre viejo. Por eso no me dolió cuando dijo:
-¿Entiendes? El tipo era mi amigo. Sé que su mujer se llama Pilar. O puede que amparo. Da igual. Sé que tiene tres hijos y un perro. Y los jueves llevaba al trabajo arroz tres delicias en un tuper. A veces me ofrecía un poco. Y ahora me siento como en una de esas películas de campos de exterminio, cuando ponen a los judíos en formación y un oficial pasea entre ellos disparando en la sien a unos cuantos y dejando absurdamente vivos a los demás. Y culpables por haberse salvado.
Eso dijo.
Su cara permanecía invisible en la oscuridad. Lo único de él que alcanzaba a vislumbrar era su mano derecha iluminada por la chispa de la colilla, apoyada en el reposabrazos del sillón. Pero me pareció notar que desclavaba la vista del techo y me miraba a través de la negrura al añadir, con un susurro que estaba a la misma distancia de denotar tristeza que vergüenza o que resignación:
-Así me siento últimamente: bastante solo.
Y a fecha de hoy, quince años después, aún no tengo claro si ese diagnóstico, confesión o llamada de socorro que mi padre me reveló aquella noche tenía algo que ver con el hecho de que mi madre ya no estuviera. Pero quiero pensar que sí. Al fin y al cabo, de eso se trata: de confiar en quien quieres, aunque no haya motivo racional para hacerlo (ninguna de las dos cosas). Por eso, supongo, cuando las cosas se tuercen más de la cuenta en mi vida, cuando sobrevienen esas noches de hundimiento en las que otros lanzan sus gritos de auxilio a través de las ondas de una emisora de radio, yo llamo a mi padre. Vive solo y sigue pasándose con la bebida. No tardará mucho en desnucarse en la bañera. Así que sí, cada dos o tres meses le llamo y hablamos un rato. De tonterías. Nada serio. Mujeres, sexo, trabajo. Y a veces, muy pocas, de mi madre. Y, a diferencia de aquella noche tan lejana, al despedirme le deseo buenas noches.
Al lado
Sábado por la mañana y aún tengo legañas cuando algo me nubla el cerebro y el día recién nacido y no sé por qué me da por pensar en la cena de esa noche y decido que debería cocinar yo, así que me voy a la carnicería que hay dos calles más abajo intentando recordar alguna de las recetas de ese tío de la tele. Compro el periódico de camino. El viejo del quiosco me habla un rato. De lo de siempre, del tiempo y de la inminente jornada de fútbol. Y sí, puede que hoy por fin el cielo esté despejado pero dice que le duele la rodilla izquierda y apuesta su vida a que el temporal no tardará mucho en volver. Tampoco se juega gran cosa; roza los ochenta y la dentadura postiza le baila dentro de la boca cuando pronuncia las eses. Me deshago de su cháchara al tercer intento y sigo caminando bajo un sol agradablemente tibio que hace que me sienta un poco mejor a cada paso. Consigo disipar el mal recuerdo de anoche mucho antes de llegar a la carnicería. Cuatro niños juegan al fútbol en la puerta de un garaje, y me quedo mirándolos un momento. Recibo un pelotazo accidental en plena cara pero no me importa demasiado porque estoy convencido de que las cosas están a punto de mejorar. Así que les devuelvo el balón con un toque sutil que sin embargo me produce una microrrotura fibrilar en la parte posterior del muslo izquierdo, pese a lo cual reanudo mi trayecto sin apenas dolor ni cojera visible pero pensando que hacer un poco de ejercicio me/nos sentaría bien. Justo sobre el letrero de la carnicería una pareja de jubilados acodada en la repisa mira la mañana con caras tan cercanas a la diversión como al tedio más profundo, pero decido que, sin duda, debe de tratarse de lo primero, porque de lo contrario estarían dentro de casa haciendo calceta o buscando las gafas de cerca para leer el prospecto de cualquier medicamento contra la hipertensión. Una vez en la tienda ese olor condensado a sangre fría/carne fría que siempre me ha dado asco me resulta de pronto acogedor y ni siquiera la visión de los brazos inhumanamente peludos del tipo de detrás del mostrador altera mi flamante fe en la posibilidad de la felicidad. Hay cierta inconsciencia en ella, es cierto. La que conlleva el saber que es ahora o nunca, que quizá mañana mismo sólo queden las ruinas de lo que hoy aún resiste en pie. Por eso dejo de divagar y me concentro en ser muy preciso al pedirle al carnicero que me ponga dos filetes o bistecs o chuletones o como coño se llame su producto estrella. Lo mejor que tenga. Lo más fresco y jugoso. Sin asomo de vetas nervudas ni grasa fea para la vista. Un par de pedazos de pura carne pura, uniforme y tersa y apetitosa hasta para el más recalcitrante de los vegetarianos. Y lo más simétricos posible, que queden muy bien uno al lado del otro. Un segundo antes de que ocurra presiento que el tipo va a soltar una de esas frases que el secundario de turno dice en las películas en situaciones de este tipo. Intuyo que va a decir Ah, parece que tiene usted una cena romántica… Y casi acierto porque lo único que cambia es que, claro, me habla de tú y sustituye la palabra Romántica por Íntima. Y automáticamente pienso en esos amigos a los que les puedes contar cualquier cosa y en productos para la higiene de las partes más sensibles. Pero la mayor parte de mis conexiones neuronales se esfuerzan por saber por qué lo ha dicho con esa medio sonrisa. Dejando escapar un soplido a través de sus fosas nasales. Y con la vista clavada en el taco de carne que está a punto de rebanar. No le contesto. Me limito a mirarle ahí plantado al otro lado del expositor refrigerado, tan de blanco y tan manchado de rojo y manejando con habilidad un cuchillo gigantesco que centellea como una espada láser cuando refleja los tristes neones blancos incrustados en el techo. Pero no quiero que se me dispare la imaginación. Es lo que siempre me dice, que me invento cosas que no vienen a cuento. Eso, y que le jodo la vida. Lo mejor va a ser coger el paquete de papel de estraza que me tiende el carnicero con la misma mueca de antes y preocuparme sólo de si vuelvo a casa directamente o paro a tomarme una cerveza en el bar de la esquina. Lo primero que oigo cuando entro es su voz. Habla por teléfono desde la salita. Tiene puesta la tele. Yo digo Hola pero es evidente que no me oye porque se sorprende y deja de reír cuando vuelve la cabeza y me ve al final del pasillo, con la carne enfriándome las manos. Termina la conversación diciendo cualquier frase anodina y no me pregunta cuánto tiempo llevo ahí escuchando. En realidad unos pocos segundos, pero tal vez los más importantes. Por eso no guardo la carne en la nevera sino que abro un armario de la cocina y la meto absurdamente en la olla a presión que nunca utilizamos. Por eso ni le respondo cuando por la tarde me dice Hasta luego, he quedado con mi hermana y sale por la puerta envuelta en disimulo de gloria. Pero miro por la ventana y cuando veo que se sube al bus que conduce al centro de la ciudad corro a por un taxi y le pido que pise a fondo hasta el hotel que le he oído mencionar cuando hablaba por teléfono. Le doy su nombre al tío de recepción y no me contesta que esa información es confidencial ni ninguna excusa por el estilo. Me dice Sí, tiene reservada la 313, pero aún no ha llegado. No importa, deme cualquiera de las habitaciones contiguas. Y el tipo obedece y antes de darme la llave me dice que serán sesenta euros. Joder. El cuarto huele a resudor, tiene desgastada la moqueta y las paredes están forradas de un papel grueso y medio despegado a la altura del techo y con dibujos de floreros en tonos chillones rojos y verdes. No es el mejor sitio para esperar a comprobar si lo que he oído por teléfono es lo que imagino o todavía cabe una explicación amable para todo esto. Por suerte estamos en Europa y la tele no funciona a base de monedas y la cama no es de agua y no existe la opción de ponerle un filtro rojo a la lámpara del techo. Eso haría la situación demasiado sórdida. Con todo, no me quito los zapatos ni la chaqueta cuando me dejo caer sobre el colchón. Por si me entran ganas de salir a toda prisa de la habitación. Estoy palpándome la rotura muscular que me hice esta mañana cuando oigo voces dos voces avanzando alegremente por el pasillo. No necesito acercarme a la puerta para identificar una de ellas. La otra me suena, pero no siento la urgencia de saber si mis sospechas son acertadas. Ni de oír lo que va a pasar al otro lado de la pared. Eso son sólo detalles que podré improvisar cuando quede con algún amigo y le cuente lo que para él será la última historia que me habré inventado. En fin, oigo que se meten en la habitación y salgo de la mía sin la precipitación ni la rabia ni la fuerza que había pensado que me invadirían. Al contrario, con cierta tranquilidad. Sintiéndome un poco más listo. Y ya en casa saco los dos filetes de su escondite en la olla y los meto poco a poco en el triturador de basura. Hay algo solemne en mi manera de sostenerlos entre las manos por última vez. Algo así como ese cuidado y respeto con que se trata a los cadáveres. Y pienso en los viejos de esta mañana, los de la ventana. Y comprendo que, sin duda, estaban hartos el uno del otro. Y que lo único que pasa es que siempre es mejor mirar hacia otra parte. Y se pone a llover.
Niños Prodigio, S.O.S.
Lucas Colocolo fue un niño prodigio. Con sólo cinco años ya había recorrido los platós de todo el país. Los canales de televisión se lo rifaban; era justo lo que necesitaban para llenar la parrilla de la sobremesa durante una buena temporada. Hasta que surgiera algo aún más bizarro. Así, a fuerza de horas y horas en antena, se convirtió en un rostro muy popular para las amas de casa, los desempleados, los jubilados y los ociosos. Para todo el mundo, en realidad.
Hay que reconocer que el talento de Lucas era asombroso. De hecho, y para frustración de productores y representantes, no ha vuelto a verse nada semejante. Dejó el listón muy alto. El niño salía a escena y se comportaba como un auténtico profesional, como si llevara toda la vida haciendo aquello. Nunca se le vio llorar. Ni una pataleta infantil. Sí, tenía un don. Dicen que antes los niños prodigio componían sinfonías mientras rellenaban cuadernos de sumas y restas. Otros se convertían en maestros del ajedrez antes de aprender a atarse los zapatos. Supongo que eran otros tiempos… El caso en que en el 2025 no había nada más que tele. Y ya se había explotado hasta la extenuación cualquier formato de Reality. Pero entonces apareció Lucas y revolucionó el mercado. Marcó un antes y un después en la Historia de TV. Aún hoy los productores dicen que bastaba con hacerle una breve prueba para ver cómo daba en cámara para saber que el crío había nacido para ser la estrella más brillante de ese mundo del espectáculo. Su enclenque cuerpecito de ciento diez centímetros de estatura llenaba la pantalla. Hechizaba a los telespectadores más que el mejor showman del mejor late-night.
He oído que llegaba al estudio con su padre, que siempre le asía firmemente por el pescuezo, conduciéndolo, llevándolo de aquí para allá, de contrato en contrato, de maquillaje al escenario, guiándolo con mano de hierro con su gran mano de carne y hueso. Hay quien dice que el don de Lucas tenía bastante que ver con la manera en que su padre lo había tocado desde nada más nacer. Nunca pudo demostrarse. Además, entonces a nadie le interesaba que la habilidad de Lucas dejara de ser un misterio de la naturaleza. Por eso ningún espectador pensaba demasiado en las posibles explicaciones de lo que veían con sus ojos expectantes cuando el niño aparecía en su televisor dispuesto a hacerles pasar un rato entretenido. Simplemente se sentaban en sus sofás removiendo sus tazas de café sin siquiera mirarlas, ansiosos por contemplar un nuevo capítulo del Show de Lucas.
Era grandioso.
Según parece, no había ningún guión. Al menos, el crío no estaba al corriente de lo que iban a hacerle ese día. A veces el presentador de turno le pedía que se tumbara. En otras ocasiones dos esbeltas azafatas le ataban una cuerda alrededor de los tobillos y lo colgaban del techo, a modo de saco de boxeo. Daba igual lo que le ordenaran; Lucas lo aceptaba sin rechistar, sin cambiar ni un instante la expresión vacía de su cara pálida. Ni el más mínimo temblor recorría su cuerpo. Sus ojos negros se fijaban en un punto cualquiera del set y se cosían a él hasta que la función acababa, permaneciendo siempre secos y abismales. Resultaba imposible saber lo que pasaba por su cabecita de niño de cinco años con dientes de leche que nunca enseñaba porque tampoco sonreía jamás. Quizá era precisamente su naturaleza enigmática lo que constituía su principal encanto. Hasta el espíritu más cruel se habría conmovido si Lucas hubiera llorado como cualquier otro mocoso cuando le hacían lo que le hacían. Pero su silencio y su pasividad le otorgaban un toque especial, casi sobrenatural, algo casi celestial que tranquilizaba las conciencias de los que veían sus actuaciones. Era como un dios niño, perfecto y sufrido, venido desde quién sabe dónde para cargar sobre sus hombros las miserias de los que le veían por la tele. Para hacerles olvidar durante unos minutos todo lo que no les gustaba de sus vidas. Al menos, eso es lo que yo creo.
Lo conocí una tarde a eso de las cinco. La casualidad quiso que ese Show de Lucas fuera el primero y el último que contemplara. Debía de ser un miércoles o un jueves. Yo estaba de resaca; había salido la noche anterior. En fin, vegetaba en el sofá haciendo zapping cuando apareció Lucas en la pantalla. En aquel momento yo ni siquiera conocía su nombre. Supongo que era uno de los pocos en todo el país que jamás hasta entonces había visto el programa. De todos modos, ¿quién quería saber nada de aquel chaval? Daba igual cómo se llamara y de dónde viniera. Lo importante era lo que hacía allí, plantado en medio del enorme plató de una televisión privada. Resultaba grotescamente hipnótico. Mientras una orquestina tocaba música caribeña, un grupo de famosos de medio pelo, que se reían mucho e intentaban parecer muy graciosos, lo desnudaron. Lucas se quedó en calzoncillos, blancos, infantiles, con una abertura en la parte delantera. Se apagaron los focos. Un instante después un cañón de luz envolvió su figura en un círculo cegador. Pero el niño ni siquiera parpadeó. Miraba al frente, directamente a la luz, como esperando que pasara algo. Y lo que pasó fue que, tras un redoble de tambores, un enorme hombre vestido de cuero y blandiendo un látigo de ocho cintas emergió desde la oscuridad que rodeaba todo lo que no era el círculo luminoso y empezó a flagelar al chaval. Con todas sus fuerzas. El público del programa jaleaba cada golpe. Todos aplaudían y lanzaban exclamaciones de ánimo, unas para Lucas y otras para su torturador, que tenía su nombre artístico tatuado en el antebrazo derecho: El Hombre del Saco. Al cabo de un rato dejó el látigo y se lió a patadas con el niño. Llevaba botas de acero. Lucas rodaba de aquí para allá, pringándolo todo. De vez en cuando el experimentado realizador intercalaba una repetición a cámara lenta de los mejores momentos del espectáculo. El preciso instante en que se rompía este o aquel hueso. Fracturas abiertas. Un par de dientes de leche volando por los aires entre saliva y sangre. El cráneo semihundido. Fueron diez minutos intensos. Pero desde entonces sólo emiten cosas así por pay per view. Y una ley estatal prohibió utilizar durante más de dos realities al mismo niño, mujer maltratada o discapacitado mental.
También, como siempre, alguien fundó una oenegé a raíz de su muerte. Un poco de sangre es divertido, pero la muerte no mola nada. Ése es su lema. Los modernos se ponen en las solapas chapitas con el eslogan.

