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25
jul
11

Medicina alternativa

Algo al rojo vivo me atraviesa el pulmón izquierdo al respirar pero no pido cita por eso. Ni por el insomnio ni la ansiedad. Sencillamente busco una coartada. Un justificante que poder entregar al día siguiente. Porque llevo tiempo necesitando romper el ritmo. Escaparme en la medida de mis posibilidades. Aunque solo sea para librarme de unas horas de trabajo. Así que cuando llamo para concertar la consulta me aseguro de que me parta la mañana.

A las 11:30 de dos días después ando por mi barrio de toda la vida rumbo al ambulatorio. Con prudencia. Vigilando las esquinas, atento a quién entra o sale de los comercios, mirando de reojo a las bicicletas que circulan por el carril-bici que antes no existía. Incluso de vez en cuando me parece identificar la cadencia de los pasos que andan a mi espalda. Entonces mi corazón se pone a bombear angustia hasta que reúno el valor para girarme y comprobar que no hay fantasmas. Así que quizá sea más apropiado decir que ando con miedo, a quién pretendo engañar. Y, claro, me arrepiento de muchas cosas. Por ejemplo de ser un completo desastre y dejar siempre para más tarde cualquier trámite. Cualquier decisión. Porque en este momento podría estar paseando tranquilamente camino del consultorio de la zona en la que vivo ya desde hace mucho más tiempo del que cualquiera necesitaría para actualizar la tarjeta SIP, y en cambio me veo recorriendo asustado los lugares del pasado. El viejo campo de batalla. El escenario de la derrota, en definitiva, simplemente por no haber cambiado la dirección de mi tarjeta médica.

Pero lo cierto es que, pese al miedo y cierta dosis de rencor, encuentro algo reconfortante en moverme por las calles por las que anduve durante años y años, cuando los problemas eran muy grandes y muy pequeños a la vez. Cuando los problemas, sobre todo, acababan solucionándose de una forma u otra, y casi siempre de la mejor. No sé… El último remolino de un aroma como a inocencia perdida flotando a mi alrededor, invitándome a volver a creer en ella. Es una tentación agradable. Pero para bien o para mal he aprendido que caer en ella sería fatal. De manera que opto por evitar descender a profundidades de las que uno nunca sabe si podrá escapar y quedarme con la satisfacción inmediata: a fin de cuentas es media mañana y debería estar aguantando alguna de las locuras del jefe mientras el 99% de mi cerebro echa de menos cosas que nunca han existido ni existirán o existieron y murieron. Y, sin embargo, aquí estoy, andando despacio y fumando despacio bajo un sol solo unos años más viejo que el que empezó a alumbrarnos. Sintiéndome como un explorador clandestino. Como un furtivo. Como un viajero en el tiempo. Igual de intrépido que acojonado. O casi.

Supongo que por eso experimento cierto alivio cuando llego a la puerta del ambulatorio. Es un sitio seguro. Por alguna razón descarto que allí dentro, entre gente enferma y jubilados aburridos, se produzca un choque fatal entre mi abatimiento y su nueva vida, que inevitablemente me imagino llena de luz, salud, amor y toda esa mierda. Miro la hora en el móvil. Como siempre he llegado diez minutos antes. Tiro el cigarro, me aseguro de que me quedan chicles de menta y enciendo otro. Mi doctora es una fanática de la cruzada antitabaco. O lo era. Ya digo, hace años que no vengo por aquí. Supongo que hasta es posible que haya muerto. Quizá incluso de cáncer de pulmón, ella, que la última vez me dijo que no hay nada más absurdo que matarse a base de algo que no aporta el menor placer. En aquel momento me pareció una afirmación demasiado estúpida para ser contestada y me limité a coger la receta y largarme de allí. Ahora me lo parece aún más.

Como el sol calienta más de la cuenta si te quedas quieto camino hasta doblar la esquina. Pego la espalda a la pared para que el triángulo de sombra me cobije por completo. Y sigo pensando en lo de siempre. En ese momento dos personas surgen a mi izquierda por la acera que acabo de dejar para guarecerme de los rayos del verano. Ella y él siguen su camino calle arriba. Comentan algo sobre un viaje a Marrakech. No oigo los detalles. Puede que lo estén planificando. Puede que ya hayan regresado y estén haciendo otros planes. En cualquier caso reconozco que lo primero que me viene a la cabeza es que va a ser verdad eso que pasa en las películas malas: que si te aplastas lo suficiente contra la pared el enemigo pasará de largo sin verte. Por supuesto, enseguida empiezo a pensar en lo verdaderamente importante. En que ha ocurrido lo que temía que ocurriera. Verlos por ahí, andando, hablando, respirando… haciendo juntos cosas normales. Y no puedo evitar concluir, con una tranquilidad que tras asustarme al principio empieza a dejar paso a cierto orgullo, que hasta en la tragedia la ficción es más insoportable que la realidad. La verdad: había imaginado que esto pasaría de un modo muy diferente. Que sería mucho más triste, más duro. Que se me pondrían los pelos de punta y me empaparía un sudor frío. Pero no, ni rastro de eso. Todo lo contrario.

Mientras los veo alejarse, empequeñecer en dirección a sitios que ya conozco y ahora entiendo que no quiero volver a pisar, casi me hace reír observar lo mal que le quedan a él unos simples pantalones. Y que ella, cogida de su mano, me resulta tan vulgar como él. Sí, vale, aún brilla levemente al sol, tiene cierta luz propia. Pero antes era mucho más intensa. Quizá reflejaba la mía, me digo, a pesar de la tiniebla constante, y entonces sí creo que sonrío un poco. Sea como sea, tengo claro que está bien donde está, perdiéndose en el tiempo y el espacio a cada paso. Y yo también. La prueba es que respiro hondo y no siento el menor dolor.

31
ene
11

En potencia

Creedme: lo del coche no es ninguna tontería.

Verlo brillar justo ahí y no saber si irse en él a cualquier parte o quedarse contemplándolo. Transformarlo en realidad o limitarse a cuidarlo. Conservarlo intacto, perfecto. Acariciarlo como se acaricia la potencialidad de las posibilidades. Tal vez encerarlo los domingos por la mañana aquí mismo, en la gasolinera, mientras decenas de familias paran a repostar combustible para seguir con sus vidas con ciertas garantías de progreso.

Así que apuro el cigarrillo y me planteo todo esto mientras los rodillos arrastran poco a poco mi coche hacia el sol pálido del invierno. Un perro sin collar se acerca con desgana trotona al surtidor número 3. Olisquea algo en su base. Por un momento se diría que va a levantar la pata pero no lo hace. Lo que levanta es la cabeza para mirar en dirección a mí. Puede que un perro me viniera bien. Calor animal. Pero enseguida comprendo que incluso sus ojos estúpidos me traspasan, que en realidad solo observan algo a mi espalda. Tengo la tentación de girarme, pero me contengo. Aguanto la mirada del perro con la esperanza de que me dedique algún gesto de reconocimiento, aunque sea de simple curiosidad. Entonces sacude el lomo y prosigue su camino hacia la nada con la misma indolencia con la que llegó. Y yo no hago otra cosa que seguir su escualidez con la mirada mientras me hundo más y más en mis dudas.

Por eso es posible que no caiga en la cuenta de la existencia de ese tipo hasta su quinto o sexto bocinazo. Asomado por la ventanilla de un todoterreno rojo hace gestos apremiantes con su rechoncho brazo izquierdo desde el otro extremo del túnel de lavado. Tardo unos segundos en percatarme de que van dirigidos a mí. Los segundos necesarios para darle la última calada al cigarro y para que el hombre decida bajarse del coche, dar unos pasos hacia mí y soltarme ¿Qué cojones haces? Muévelo de una puta vez. Observar que lleva el botón de los vaqueros desabrochado me llena de una repentina desolación. Y el hecho de que el triángulo de carne que queda a la vista entre sus pantalones y el primer botón de la camisa me recuerde a la textura rugosa y peluda de las cortezas de cerdo no ayuda precisamente a que me sienta mejor. Acércate más, pienso. Atrévete, atrévete, atrévete, me repito, y muevo los dedos dentro de mi bolsillo en busca de la llave más afilada. Quiero que desaparezca de mi vista. Le deseo la muerte. Como si fuera lo más natural del mundo, tal vez lo sea, deseo matarlo o al menos que se desplome ahí mismo. Que todo el colesterol de su cuerpo porcino se vuelva de pronto más inteligente y decida acumularse en el mismo punto de su sistema arterial.

Pero como el ritmo y la gravedad y todo lo aprendido empujan y empujan, en lugar de prolongar el desafío a ver si hay suerte la lógica se impone como en un fogonazo del inconsciente y casi sin darme cuenta me subo a mi Ibiza y arranco procurando no pensar demasiado en lo difícil que es elegir, por no hablar de elegir y acertar. De modo que meto primera deseando que esta vez la prisa y la corriente me lleven por el buen camino. Al fin y al cabo, supongo que lo recordaréis, me he tomado el día libre y dispongo de unas cuantas horas más de lo normal para equivocarme, rectificar y volver a fallar.

 

Que trabajar es una mierda lo sabe todo el mundo. Está claro que de vez en cuando tienes que tratar con gente que te dice que trabajar es necesario para mantenerte dentro del perímetro aceptado como natural y seguro por eso que llaman sociedad. Incluso hay quien emplea palabras como positivo, enriquecedor, digno o ennoblecedor para referirse a la jodienda de trabajar. Normalmente se trata de personas que han conseguido ser ese uno entre un millón que por alguna razón incomprensible siempre ha tenido muy claro su plan vital, y que además han conseguido ser ese uno entre mil millones que han alcanzado lo que siempre han deseado alcanzar en el terreno laboral. En la vida, por resumirlo. Pero, bueno, esa selecta minoría me la trae bastante floja. Por lo general se trata de profesionales liberales sin remordimientos a la hora de dar codazos en los dientes a cualquiera que se atreva a rivalizar con ellos en su carrera profesional o bien ejemplares de esa especie hedionda autodenominada El/La Artista que consideran que pintar un cuadro puede cambiar el mundo, y encima esperan que la humanidad entera se lo agradezca. En fin, gente que no sabe lo que es la vida real.

 

Pero, bueno, esto de empezar un extraño día libre lavando el coche por primera vez en años me ha despertado imágenes casi olvidadas. También es posible que haya lavado el coche porque por las noches me sobrevienen determinadas visiones, pero eso sería asunto del loquero al que nunca volveré. Sea como sea, tengo un buen recuerdo relacionado con un túnel de lavado. Unos diez años. Mi padre, mi hermano y yo dentro de un Opel Corsa atravesando despacio el torbellino azul y amarillo. Los tres callados mirando a través del cristal más próximo. Cada uno dedicado a sí mismo y a la vez a los demás. Un instante de comunicación no verbal al cubo. Como dentro de una burbuja de jabón industrial, espuma y colores giratorios, lejos de la tensión y los gritos y cosas por el estilo, imaginad lo que os dé la gana. En fin, un lugar seguro y tranquilo. Un oasis momentáneo. Un minuto de serenidad. Hasta el ruido de las cerdas al golpear la chapa me viene a la mente como algo agradable, acogedor.

Y quizá por eso me pongo a pensar en mi padre.

 

Después de aquel túnel de lavado las cosas siguieron su curso habitual durante demasiados años y con muy pocas burbujas en las que esconderse. Quiero decir que el paso del tiempo fue acentuado hasta la ruina el deterioro de lo importante, y lo cierto es que cuando se dio la situación de que la empresa donde trabajaba mi padre se fue a pique no le dediqué la menor preocupación a la nueva realidad. Obra del distanciamiento, imagino. Pero el caso es que mi padre tuvo que buscar soluciones y desde hace un par de años trabaja de camarero en un hotel de lujo de lunes a viernes en un pueblo costero que hay doscientos kilómetros hacia el sur. Justo hacia donde me doy cuenta de que estoy dirigiéndome. Nunca he ido a verlo desde que está allí. Me limito a comer con él los sábados en eso que llaman “casa de mis padres”, aceptar sin excepción, por supuesto, el dinero que me ofrece cuando mi madre no ronda cerca, y luego sin siquiera tomar el café desaparezco del mapa hasta la semana siguiente. Y así las cosas van más o menos bien. Ni tan solo le llamo por teléfono. Y ahora, mientras conduzco hacia el sur, esa certeza empieza a hacerme sentir mal. Eso de preferir sin excepción gastar mis últimos céntimos de saldo en llamar a alguna de esas que no me importan para ver si tomamos unas cervezas y acabamos follando en lugar de marcar el número de mi padre y preguntarle cómo está. Joder… Creo que la explicación reside en el miedo a los silencios. Y en el miedo a las palabras. Él acabaría la conversación mandándome un beso, un abrazo, lo que fuera, y no sé si sabría devolvérselo.

 

Me pongo nervioso y paro en un área de servicio. La cafetería está llena de gente. Me resulta raro. Un lunes a media mañana y tanta gente en movimiento. Tomándose un descanso con café y bollos, sí, pero en movimiento. Me siento en un taburete y le digo a la camarera que me ponga un orujo de hierbas con la esperanza de que un control de carreteras e impida llegar a mi destino. La tipa no me oye o finge no oírme. Probablemente esto último porque está escribiendo un sms de espaldas a la ventanita en la pared por la que con una frecuencia tiránica se asoma el cocinero, también jefe a juzgar por el modo en el que mira el bar. Está bastante bien. Me refiero a la chica, claro. Así que decido tocarle un poco los cojones. Levanto la voz de manera considerable y repito mi pedido. Ella gira un poco el cuello y me dedica una cara de perdonavidas. Pero al instante se le ablanda el gesto y viene directa hacia mí con la que a lo mejor es la mejor de sus sonrisas. Me asusto un poco, me yergo en el taburete. Me dice:

-¿Nos conocemos de algo?

-Creo que no.

-Sí, sí… Yo a ti te conozco.

Otra loca, pienso. Digo:

-Seguro que no. El orujo, por favor.

-Tú eres amigo de Equis.

Sí, lo era. Le digo:

-No conozco a ningún Equis. El orujo.

-¡Claro que sí! Una noche hará cosa de un año en no sé dónde. Tu colega se lió con mi amiga Jeni y tú al final pasaste de mí.

Ya caigo. Le digo:

-Oye, por favor, ya te he dicho que no nos conocemos, y tengo prisa.

Entonces la chica se inclina un poco sobre la barra. Sujetador rojo. Más que previsible teniendo en cuenta su rubio de bote. Se acerca más y más, baja el tono y con una sonrisa que ya no es la mejor que tiene sino otra muy diferente me dice:

-Pues cuando quieras acabamos lo que empezamos.

Vale, no tengo explicación racional para lo que grito a continuación:

-Mi orujo, cojones. Mi orujo o te juro que monto tal follón que te echan a la puta calle ahora mismo, zorra.

 

Como supongo que es natural, soy yo el que está al sol del área de servicio diez segundos después. Pensando en todo lo que ocurre y se escapa de mi control a lo largo de cualquier día. A lo largo de mi vida. Y mientras contemplo los camiones estacionados y las colillas en el suelo y ese autobús escolar que vete a saber adónde lleva de excursión a niños que quizá no estén vivos mañana, comprendo que da igual. Que está bien que las cosas se compliquen, se frustren, que nunca lleguen a materializarse de modo tan perfecto como en la cabeza. Mejor salir de aquí con la idea de que podría haberme follado a la camarera en el almacén o en el lavabo o entre esos pinos grises de ahí, antes que haberlo hecho. Mejor pillar el cambio de sentido y conducir de vuelta a casa con la sensación de que mi padre seguirá haciendo gala de su mala hostia entre los ricachones a los que sirve que llegar al hotel y verlo de aquí para allá con una bandeja en la mano y dándole las gracias por nada a todo cristo. Pese a lo que diga Carlito Brigante, mejor seguir pensando que por mucho tiempo que pase, la gente no pierde fuerza. Y que vas a tener que quererla como es. Aunque nunca se lo digas.

05
ago
10

Viva el verano

No sé si es culpa del calor pero me cuesta dios y ayuda escribir en verano. Más exactamente en vacaciones. Me siento aquí y ni una de las ideas que anoche me parecían buenas o al menos aceptables consigue estirarse en la pantalla. Porque casi siempre vienen de noche, cuando estás a punto de dormirte. Supongo que es porque a esa hora, en la frontera entre los dos mundos, uno tiene la guardia baja y cualquier cosa parece superar los filtros de la lógica, la vis narrativa y hasta el talento más vulgar. Pero el caso es que al día siguiente me levanto, repaso mis historias bajo la lluvia helada de la ducha y me siento bien al comprobar que lo único que se ha escurrido por el desagüe es el sudor reseco. Que todo lo demás sigue ahí dentro, tan claro como anoche, dispuesto a que lo utilice. Entonces me hago un café y me lo traigo al ordenador, y empiezo a teclear. Pero al momento estoy borrándolo y enseguida reempiezo y vuelvo a borrar y así una y otra vez hasta que me cago en mi vida y elimino definitivamente el archivo y me voy a dar una vuelta a la manzana o me pongo una peli que ya he visto o me tiro en el sofá imaginando dónde me iría si pudiera permitirme un viaje de verdad.

A veces pienso que la razón de este estancamiento es que en vacaciones la parte de mí que me obliga a perder el tiempo escribiendo echa en falta su dosis diaria de mierda como si fuera una droga de la que se nutriera para mantenerse alerta frente a lo que se mueve alrededor. Y creo que mi suposición no va desencaminada. Con dosis de mierda me refiero a los horarios esclavizantes, las formalidades sociales, la capacidad para ensanchar las tragaderas ante el descomunal caudal de estupidez de mis jefes. La prisa. Sentirse solo. El silencio del móvil únicamente roto por los mensajes publicitarios de Vodafone. Sorprenderte a ti mismo yendo a última hora del día a comprarte unos pantalones para tener una novedad que estrenar por la mañana. La escasez de tiempo que invertir en uno mismo o malgastar en uno mismo. En fin, todo eso que de manera casi inconsciente te obliga a exprimir los pocos ratos en que puedes encontrarte contigo.

De manera que puede que esté mal, es verdad, que lo bueno, bonito e incluso barato fuera tener todo un arsenal de gilipolleces que contar y olvidar. Ir llenando el blog. Preocuparse por mantener un ritmo constante de visitas. No sé, escribir inofensivos cuentos infantiles o historias de amor inmortal o haikus pretenciosos. Centrarme en eso que llaman literatura juvenil o en la novela rosa y andar por ahí diciendo que soy escritor. Imagino que así todo sería mejor y más fácil. Pero por suerte o por desgracia no puedo.

Y empiezo a ir de mal en peor a medida que acumulo días en blanco. Se me genera una especie de estrés diferente al que me acompaña cuando la vida es la habitual que va creciendo y creciendo hasta que en el momento más insospechado, mientras me compro el desodorante o le doy cincuenta céntimos al mendigo de la esquina, ese agobio desaparece de golpe para dar lugar a algo parecido al desencanto. Un sentimiento de vacío que hace que los veinte días que me quedan de vacaciones parezcan una rutina tan narcoléptica como la de siempre. Una megadosis de mierda densa y apestosa de altísima calidad ideal para bucear en ella tan a gusto y a salvo como si flotaras en líquido amniótico y ver lo que se pesca a dentelladas.

 

Así que, no sé, pongamos que te sumerges en la vida virtual de los demás, que al fin y al cabo es el recurso más inmediato, discreto y seguro del que valerse. Amigos, conocidos, primos lejanos. También personas cuya vida o muerte te resulta indiferente. Y gente a la que te quieres follar sin esforzarte demasiado o gente que se te quiere follar sin esforzarse demasiado. Gente facebook, por resumir. Y lees que una chica ha escrito que anoche de madrugada recibió un sms desde una cabina. Explica que estaba escrito en inglés y que le dio mucho miedo porque decía: Hacer tesoros con lengua engañosa es vanidad fugitiva de quienes buscan la muerte (Proverbios 21:6 BJ2). Y le comentas que te parece genial, que eso es un mensaje y lo demás son tonterías. Y ni siquiera te preocupas de comprobar si ella te replica con un jaja porque apostarías tu mano y la conservarías a que ella va a replicarte con un jaja y alguna frase tan anodina como la tuya. Y ahí acaba la ficción de interacción, de comunicación. Alargarla sería indecoroso; las reglas que rigen el mundo internáutico son muy estrictas al respecto: frases cortas, nada de estirar la goma porque se romperá y te golpeará con fuerza en todo el ojo. Así que no puedes hacer nada más que olvidarte del asunto y dejar que el verano siga su curso hasta que una nueva chorrada te dé pie a intercambiar unas palabras muertas con algún otro de tus absurdos contactos. Pero si lo piensas un poco concluyes que hasta pagarías por recibir un sms de ese tipo en plena noche. Por que esa historia abandonara la pantalla y cobrara vida en tu teléfono a las cuatro de la mañana. Probablemente el mensaje de un bromista aún más aburrido que tú, pero que podrías convertir en la amenaza de un psicópata buscado por la Interpol que por alguna razón incomprensible te ha seleccionado como su siguiente víctima. Un motivo más que digno para apreciar un poco más tu pequeña existencia al recorrer la casa con miedo de que alguien salga de detrás de una puerta con un cuchillo de caza en la mano, anhelando la luz del nuevo día.

 

Pero acabas durmiéndote y despertándote sin recibir amenazas de muerte ni nada que te haga sentirte vivo en el sentido en que quieres sentirlo. El nuevo día es luminoso, sí, pero en la forma en que lo es el foco de quirófano que alumbra tumores y órganos enfermos: objetivo, analítico, quirúrgico. Cruel en la precisión con que te revela la precariedad de las cosas, las personas, los colores. Tu exterior y tu interior.

 

Por eso aún no son las nueve y ya estás conduciendo por la ciudad cuando ni siquiera te gusta conducir. Pero qué vas a hacer… hay pocas alternativas aparte de engañarte pensando que si quieres puedes alejarte, irte, desaparecer trazando círculos concéntricos alrededor de tu vórtice inevitable.

El sol está bajo pero ya quema y se refleja en las pantorrillas rojísimas de un grupo de extranjeros que cruzan por el paso de cebra. Pones el aire acondicionado y piensas cómo serán sus vidas en Noruega. Qué les parecerá lo que están viendo. Por qué consideran que esa fachada merece tres o cuatro fotos. Y no eres capaz de responderte nada tranquilizador, nada que te lleve a concluir que si vivieras en la otra punta del mundo la realidad sería mejor.

Por suerte unos golpecitos en la ventanilla te apartan por un momento de la espiral. Un hombre de rasgos asiáticos te ofrece un par de paquetes de kleenex luciendo una deslumbrante sonrisa. No, gracias. Un ambientador aroma pachuli. No, gracias. Un puñado de mecheros. Tampoco, gracias. Luego te pide un cigarro llevándose el índice y el corazón a los labios. En contraste con la mugre de sus uñas sus dientes adquieren una blancura casi imposible. Bajas la ventanilla, se lo das y la subes de nuevo. Y vuelves a cuestionarte cosas mientras lo observas alejarse por el retrovisor hacia los coches que ahí detrás del tuyo dispuesto estoicamente a recibir tres o cuatro negativas más. ¿Este tío no sería más feliz ordeñando cabras en alguna ladera del Himalaya? ¿Qué pasa por la mente de alguien para dejarlo todo y ganarse la vida derritiéndose como un chicle sobre el asfalto de una ciudad de la que seguramente nunca en su vida había oído hablar? Y sobre todo: ¿por qué coño sonríe constantemente?

Tampoco esta vez encuentras respuestas más o menos fiables a las preguntas, pero te hace sentir bien el hecho de experimentar un sentimiento parecido a la admiración mientras ves al inmigrante empequeñecer en el espejo. Al menos ese hombre, si un día alguien se molesta en preguntarle algo más que el precio del papel de fumar, tendrá algo interesante que contestar. Que contar.

 

De eso se trata, a fin de cuentas, de no quedarse callado. Hablar, actuar, moverse. No ser un sumidero sin fondo. Compartir, comunicarse. Ser más o menos humano.

Todas las mañanas a las siete un loro o algo por el estilo canta/grazna/grita en algún punto de los alrededores más inmediatos durante exactamente trece minutos. Un chillido rasposo de seis segundos de duración cada dieciocho. Entra nítido por la ventana, como una cuchilla sonora trepanándote el cerebro. Un despertador de cojones que además suena muy cerca. Y todos los días me levanto de la cama como un gilipollas, cojo de la mesita la pistola de aire comprimido que después de mucho rebuscar encontré en la caja del scalextric que hay en el armario del que fue mi cuarto en casa de mis padres, me asomo y busco el origen de los gritos. Llevo así dos meses y todavía no he dado con el bicho. Ni rastro. Estoy casi seguro de que viene del edificio de enfrente. Un barrio viejo, la fachada opuesta a no más de siete metros. Si conservo una mínima parte de la puntería que tenía cuando de pequeño me llevaban a la feria el pájaro tiene los días contados. Pero para eso tengo que localizar al hijoputa. Debe de quedar oculto tras alguna barandilla. He hecho guardia durante horas tras la persiana  a la espera de que alguien salga al balcón y se ponga a hablar con una especie de amigo imaginario. O levante una jaula para darle unos besitos en el pico a su maldita mascota. Pero de momento nada de nada. Así que todo este asunto sólo me ha servido para averiguar que la parejita del tercero B pasa droga de diez a dos y que recién levantada la del cuarto A no está tan buena como cuando la ves comprando el pan. Ni de coña.

 

Hablando de chicles y de semáforos, el otro día, puede que el mismo día que el del vendedor pakistaní, mi camino tropezó con el de una mujer-chicle. Estaba esperando que se pusiera en verde y se detuvo a mi lado una scooter pilotada por eso, una mujer-chicle. Probablemente mujer sea una palabra demasiado grandilocuente para definir al ser en cuestión. No sé, digamos que era una entidad de sexo femenino, por lo menos en apariencia, vestida de rosa desde las medias hasta los guantes de piel, que supongo usaba para no estropearse la manicura, me juego la vida a que también rosa. No creo que sea necesario decir de qué color eran el ciclomotor y el casco. Y supongo que a nadie le sorprenderá leer que su pelo era más amarillo que el que desarrollaba Goku al convertirse en superguerrero. Mascaba chicle, tenía la piel ultrabronceada, muy cercana a la tonalidad naranja ladrillo, y llevaba unas Ray-Ban rollo Harry El Sucio que le cubrían aproximadamente el noventa por cien de la superficie de la cara. Con todo, lo que más me sobrecogió, creo que hasta el punto de forzarme una mueca, fue la pegatina de una barbie que lucía en el carenado. Ella debió verme porque sin dejar de mascar me dedicó un insulto que pude leer claramente en sus labios. Creo que nunca antes había sentido tantas ganas de matar a alguien. Pensé seriamente qué pasaría si diera un volantazo y me la llevara por delante. Sé que no tiene mucho sentido, pero quería convertir su rosa en rojo. Por alguna razón estaba y estoy convencido de que aquel ser no tenía ninguna cualidad humana, y de que sin embargo su vida era y es mucho más digna que la mía.

 

Es muy peligroso entrar en determinados estados. Lo pensaba mientras ordenaba los frascos de especias por orden alfabético.

08
jun
10

John Paul Young tiene razón

Sábado, 17:30. Demasiado calor y casi dos semanas sin salir de casa. Es algo en lo que no conviene pensar más de la cuenta. Se traga una pastilla y se tira en la cama.

Abre los ojos boca arriba aferrado a un almohadón. Mira el reloj. 21:41. Más de dos semanas sin salir de casa. Algo en lo que no conviene pensar nada. Por otra parte, nadie le obliga. Ha sido una decisión personal y, en la medida de lo posible, bien meditada. Así quiere que sea, en definitiva. No puede arrepentirse tan pronto. No puede avergonzarse a sí mismo tan pronto, una vez más.

Tiene que aguantar.

Tres metros por encima de la penumbra que le aplasta contra el colchón el techo podría ser de un blanco deslumbrante o estar sucio por culpa del tabaco y sus respiraciones. Y ni lo uno ni lo otro modificaría en nada el transcurso de las cosas.

Todo le resulta tan gratuito que a veces, cuando se deja llevar y pierde el control y hace cosas horribles, intenta consolarse con la idea de que tampoco sus actos tienen la menor repercusión. Ni para él ni para nadie.

Se levanta, se pone las gafas y anda de aquí para allá por la casa sin encender las luces. Pero no es suficiente. El resplandor anaranjado de las farolas se cuela por todas partes definiendo las siluetas de los objetos junto a los que pasa y que está cansado de ver. Para solucionarlo se acerca a la ventana del salón dispuesto a bajar la persiana cuanto sea necesario. Desde la calle llegan risas. Risas jóvenes. Y no tan jóvenes. Pero todas comparten el tono alegre de una despreocupación que roza lo pueril. Y aunque está seguro de que ahí abajo no encontrará nada que le cause el menor bien no logra reprimirse y echa un vistazo.

Por suerte o por desgracia vive en una de las zonas de la ciudad que la juventud ha elegido como centro estratégico de sus operaciones de ocio nocturno. Decenas de personas en clara actitud lúdica se mueven por las aceras con aparente soltura. Como si éste fuera un buen lugar en que vivir. Cruzan la calzada distraídamente y los faros de los coches les iluminan en su alegría durante un segundo. Como si éste fuera un buen lugar en que morir. Lo que está claro es que de un modo u otro están en lo cierto. Lo apuestan casi todo al rojo y lo apuestan casi todo al negro, y siempre ganan.

El caso es que calle arriba y calle abajo entran y salen de los bares riendo y llenan el aire de ruido hablando en voz muy alta. Como si todo el mundo debiera oír y compartir los motivos de su felicidad de fin de semana. O pseudofelicidad. O simple expansión. Lo que sea. Tal vez nada más que una vía fácil de escape. Una forma de huida. Porque quizá no estén igual de contentos el lunes por la mañana, sin alcohol de por medio ni nadie al lado riéndoles las gracias. Nadie al lado, en general.

Quién sabe: puede que las vidas de los de ahí abajo sean todos los días tan plenas y dignas de ser vividas como parecen en este momento.

Porque ahora mismo la diversión callejera le resulta más evidente que otras noches. Más tangible y pesada. Casi la percibe elevarse desde el asfalto recalentado. Desprenderse de los chicles rosas pegados en las aceras y ascender burlona hacia él como un gas que sus pulmones no están preparados para respirar.

Puede que tenga que ver con la llegada del auténtico buen tiempo, se dice.

El calor se ha instalado definitivamente, y todo lo que ello implica para él desde hace unos cuantos veranos. De hecho cada año lo lleva peor. Esa sensación de aproximarse peligrosamente a algo parecido a un punto de cocción neuronal. El sentir que el mundo entero alrededor, con todas sus personas, animales y cosas, se calienta y derrite poco a poco, volviéndose todavía más extraño e intocable.

Justo como los seres que se mueven en la calle. Especialmente como ellas. Todas ellas. La temperatura sube unos cuantos grados y ellas multiplican hasta casi el infinito los centímetros de piel desnuda que lucen al salir a pasear o comprar el pan. Hombros, piernas y escotes inalcanzables que de forma misteriosa consiguen mantenerse limpios y secos y perfumados pese a la luz y el aire calientes que puedan envolverlos.

Él, en cambio, suda. Son casi las diez de la noche y no puede dejar de sudar como un cerdo. Por alguna razón tiene más calor ahí, medio asomado a la ventana, respirando el aire urbano, contemplando el falso millón de oportunidades que se supone ofrece el mundo exterior. Tras echarle un último vistazo obligado por una voz que a lo mejor es su conciencia busca refugio en la penumbra del interior de la casa. Se deja caer en el sofá y siente cierto asco de sí mismo al notar cómo la ropa resudada se le adhiere a la entrepierna y a las axilas. Sin incorporarse del todo se desnuda con torpeza. El eskay marrón chocolate del sofá resalta la palidez de su piel. Y la palidez de su piel resalta los pelos negros de su considerable barriga, apelmazados en grotescos mechones húmedos. Podría ser la tripa de un animal tonto y feo, piensa, de ésos que aguardan apacibles en la fila hasta que el matarife los deja secos con su pistola eléctrica. En un sentido vago, así es como se siente en relación a todo lo que se encuentra al otro lado de las paredes de su casa. Confuso, engañado. En un estado constante de desorientación hasta que la vida le propina un puñetazo con cualquiera de sus brazos-faceta y le hace tener un poco más claro que el único sitio que le ofrece una seguridad relativa es su piso. Y dentro de su piso, su dormitorio. Y dentro de su dormitorio, su cama.

Sí, está convencido. Hizo bien en comprar las provisiones. Latas de conservas y bebida embotellada para unos cuantos meses. Quizá años. Lo necesario para convertir su casa en un refugio, por fin.

Un lugar impenetrable para las miradas de asco y las voces desdeñosas que está harto de recibir. Un sitio donde poder disfrutar del amor.

 

Se levanta del sofá. Sus pies semiplanos hacen plap plap sobre el gres mientras recorre el pasillo en dirección a la cocina. Al pasar frente a la puerta de su cuarto se detiene. Duda un momento. Al final se decide a entrar. Aparta con una leve patada el montón de ropa sucia que hay en el suelo, se huele rápidamente los sobacos y se arrodilla para echar una mirada bajo la cama. Siempre siente una punzada de miedo en ese instante de comprobación. Si ella también le dejara no podría soportarlo. Pero no: todo está en orden: sigue ahí, envuelta en un plástico transparente y con esa pinta de cadáver, de momia. Los brazos aplastados, el pecho hundido, el pelo de cualquier manera. De no ser por esos enormes ojos azules tan abiertos, hasta su cara sería la de una muerta.

-Hola –dice la chica.

-Ho… Hola –responde él. No puede evitar ponerse nervioso cada vez que habla con ella. La quiere tanto.

-Pensaba que esta noche ya no vendrías.

-¿Por qué dices eso? Sabes que no nos hemos separado ni una noche desde que nos conocimos.

-Es verdad, perdona.

Silencio.

-Ni siquiera cuando mi madre tuvo que quedarse a dormir…

-Es que temía que te hubieras cansado de mí –confiesa al cabo ella, con encantadora timidez.

-Eso nunca pasará, puedes estar segura.

-Te quiero.

-Yo también te quiero.

Se miran unos segundos sin decir nada. Luego él se tiende en el suelo y se arrastra hasta introducir el torso bajo la cama. Huele a polvo y a plástico y a lápiz de labios rancio. Pero no se está mal. El suelo está frío Lo único que cuenta es que a medida que se acerca a ella aprecia cómo sus ojos son de un azul imposible, sobrehumano. Y se pregunta si no se habrá enamorado de una especie de diosa.

-¿Qué tal si te saco de ahí? –susurra al oído de la chica, apartándole de la cara unos cuantas greñas resecas.

-Sí, por favor.

La agarra de uno de sus escuálidos bíceps y tira de ella. Con cuidado. Con amor, para ser precisos. No pesa nada. Con una sola mano y sin el menor esfuerzo la tumba en la cama, boca arriba. No puede evitar sentir cierta tristeza al verla en ese estado cadavérico. Siempre le pasa. Y ella lo nota:

-Ya sabes que no me gusta que me veas así –habla como enfurruñada, con un deje casi infantil en la voz-.

-Lo siento.

-Anda, lléname cuanto antes.

Él, obediente, se levanta, abre el armario y saca una pequeña caja rectangular. Extrae de ella algo parecido a un hinchador de colchoneta de playa. Sí, seguramente también podría servir para inflar flotadores o ruedas de bicicleta, pero eso es para otra gente, y es mejor no planteárselo siquiera.

Se tumba de lado junto a la chica y le inserta la boca del bombín en la válvula que tiene en la nuca. Y empieza a bombear al mismo ritmo que ella va creciendo poco a poco. Sus extremidades ganan en consistencia y en el pecho se le levantan dos enormes montículos. Y él siente algo que se parece mucho al amor al verla llenarse de aire. De vida.

Cuando termina tapona la válvula con el doble cierre de seguridad. Sistema antiaplastamiento efectivo hasta 150kg, leyó en el folleto que encontró la primera vez que abrió la caja. Pero eso ya no importa. Sólo son datos, información fría.

Ahora lo que importa es que esa caja que llegó un día desde Taiwan trajo consigo un amor mucho más puro y correspondido del que jamás habría creído poder experimentar.

Y eso es lo que piensa mientras se tumba encima de ella y se hunde en sus azulísimos ojos sobreimpresos, poniendo años luz de distancia con todo lo que pueda estar pasando en el mundo de afuera.

Sólo sale de su trance cuando la chica dice:

-No me gusta hacerlo sin protección, ya lo sabes.

-Lo siento, tienes razón –y alarga el brazo hasta la mesilla de noche para sacar del cajón un par de parches de ésos con los que se reparan las colchonetas de playa, las ruedas de las bicis y un montón de cosas por el estilo, de las que se estropean a diario.

08
may
10

Nada al cubo (2)

Andaba pensando en los meses de alquiler que debo cuando vi una pintada. Decía ESTE MURO ES MÍO. Me pareció un buen microrrelato.
 
El hombre limpia la piscina. No es suya, es de los que viven en este edificio de una zona rica de la ciudad. Pero el hombre procura no pensar demasiado en ello. Se limita a hundir el recogehojas y distraerse observando los reflejos del sol en el agua azul caribe. En uno de los mete-saca rescata una mariquita. Aún mueve las patas. Lo más digno que he hecho en mi vida es salvar la tuya, le dice al insecto justo antes de comérselo.

-Buenos días.
-Y una mierda.

02
dic
09

Un montón de tiempo

Un montón de tiempo sin pasearme por ahí pero de repente se me viene todo encima y el cráneo empieza a palpitarme y a crujir como si estuviera sometido a la presión de diez o cien atmósferas y al poco me veo imprimiendo copias y más copias de mi currículum con la intención de entregarlas en cualquier negocio enorme o en cualquier negocio diminuto del centro de la ciudad y salgo a la calle con prisa y con la carpeta bajo el brazo y sin querer pensar demasiado en lo lógico u absurdo de mi decisión sino simplemente en llegar lo antes posible a mis destinos y poner mi futuro entero en manos de sus respectivos encargados, subencargados, responsables de personal o de cualquiera que sea el cargo que ostenten las caras que se parapetarán, seguro, tras el mostrador en cuestión. Caras idénticas, todas como alargados triángulos isósceles apuntando hacia abajo. No sé a vosotros, pero a mí casi todo el mundo me da la impresión de tener cara de triste triángulo isósceles, ya sea una joven resolutiva y con perfil comercial que tenga que decidir sobre mi idoneidad para ocupar un mierdoso puesto de trabajo, un viejo a quien vea dando de comer a los patos en algún estanque sucio o un niño que entra o sale del colegio cargando con una mochila más grande que él. Pero no nos desviemos del asunto. El caso es que por este barrio de mierda no pasa ningún bus en esa dirección así que me toca ponerme a patear kilómetros. Las cosas están como siempre. No es que hayan pasado años desde la última vez que anduve por las calles a media mañana pero debo reconocer que en el fondo soy un gilipollas porque nunca consigo matar del todo la esperanza de que en la próxima mirada que le eche al mundo lo vea un poco mejor. Pero qué va, ya digo, las cosas están como siempre. Lo único distinto es el frío. Ya ha llegado. Un frío de cojones pero casi mejor así porque sudar entre toda esta basura en movimiento me haría sentirme aún más sucio. Y mejor también no haber pillado el autobús. Por alguna razón siempre me toca sentarme junto a uno de esos especímenes de humanoide que no pueden mantener la boca cerrada. Aunque no te conozcan de nada, aunque por tu lenguaje no verbal intuyan que de no ser por la severa condena que castiga el asesinato ya les habrías cortado el cuello y arrancado las cuerdas vocales. Siempre hay alguien dispuesto a plantar su culo en el asiento de al lado e iluminar tu día con una cháchara infrahumana sobre lo caras que se han puesto las acelgas y que la culpa de todo la tiene el gobierno o que a su nuera le han detectado un cáncer de mama o a su hijo un cáncer de huevos o, en fin, cualquier otra cosa igual de fascinante. Y el charlatán o charlatana de turno –seamos políticamente correctos- no se contentará con ejercer ese incomprensible derecho social a derramar sobre tu cerebro hasta la última gota de su mierda vital. Ni de coña. De tanto en tanto hará una pausa y te mirará como intentando percibir en ti alguna reacción a su discurso, algo que le anime a proseguir su verborrea sin empezar a rumiar la idea de que quizá, sólo quizá, un quizá minúsculo y remotísimo pero un quizá al fin y al cabo, te trae sin cuidado su vida o su muerte y, obviamente, cualquiera de las palabras que pueda vomitar a través del megáfono que tiene por boca. De manera que mucho mejor no haber cogido el transporte público y poder así mantener la saludable distancia de seguridad con los peligros del mundo exterior. Lo malo es que no hay mecanismo de defensa capaz de borrar antes de que queden registradas en mi cerebro las imágenes que me entran por los ojos y recorren mis nervios ópticos en dirección a mi análisis y, lo que es peor, a mi memoria. No puedo hacer como que no veo a los yonkis que pululan por este barrio de mala muerte a la caza de cigarros, céntimos y, a veces, una simple interacción humana para la que no se sienten legitimados, a diferencia de los loros de autobús. La saliva que se les apelmaza en las comisuras de los labios se queda impregnada en mi cabeza, contaminándome un poco más. Me hace pensar en lo diferentes que pueden llegar a ser los objetivos vitales de seres que comparten el mismo mapa genético. Me hace imaginar el insuperable grado de felicidad que alcanzarían sus seres queridos simplemente si sus hijos o hermanos o padres politoxicómanos consiguieran vivir un día sin meterse nada en el cuerpo. Y por muy machacados física y psíquicamente que estén no puedo evitar envidiarles desde algún fondo tan siniestro como lúcido de mi entendimiento. Al fin y al cabo, ellos lo tienen fácil: les bastaría con desengancharse de un par de sustancias que en realidad ni siquiera necesitan para alcanzar el éxito a ojos de todo el mundo, de eso que llamamos Sociedad. Recuperarían su lugar en el mundo decente en tan sólo un momento. Podrían dar charlas en institutos o ser la estrella de la telebasura esa de Hermano Mayor que ponen en Cuatro. Serían modelos de dignidad, de superación, de humanidad, de toda esa mierda grandilocuente. Auténticos y deslumbrantes modelos de vida. Sí, ellos lo tienen fácil. Porque lo que de verdad es muy jodido es acabar recorriendo la ciudad para trabajar en cualquier cosa que podría desempeñar un chimpancé para tranquilizar tu mente, que cada cierto tiempo se te satura de miedos y convenciones y discursos paternalistas, y las mentes de aquéllos a quienes importas. Lo insondablemente jodido no es renunciar a lo que te inyectas en las venas sino a lo que corre por ellas generado por ti mismo. El asco que te produce el noventa y nueve por cien de lo que ves y escuchas cada día. El intenso dolor que puede suponer intentar jugar a un juego en el que de antemano sabes que no te van a tratar con justicia. Pero nadie apreciará el mérito de esa decisión. La gente que desea lo supuestamente mejor para ti considerará que el hecho de que ahora mismo estés andando triste y sin rumbo, totalmente perdido pero con diez currículums en una carpeta vieja, no merece ningún reconocimiento. Es lo que hay que hacer, y punto. Nada de quedarte en casa e intentar sacar adelante la novela, porque eso no se ve, eso nadie lo ve, ni lo mide, ni es capaz de decir cuántas horas al mes te lleva ni, por tanto, cuántos euros al mes tendría que reportarte. Qué tanto por cien de un coche nuevo. Qué tanto por mil de una hipoteca. Es lo que pienso mientras ando y ando y dejo atrás terrazas clónicas de bares de barrio clónicos plagadas de obreros de la construcción prejubilados aún más clónicos, que no pueden dejar de hablar de lo que hacían. Y me cruzo con comerciales encorbatados que nunca quisieron serlo que llaman a los porteros automáticos con la vergüenza y la angustia pintadas en sus caras afeitadas, y sigo pensando lo mismo. Igual que cuando veo a mujeres más viejas de lo que quisieran arrastrar acera arriba el carrito de la compra, esquivando las mierdas plantadas por perros más felices que todos nosotros juntos. Y casi puedo oír el sonido que emite nuestra belleza y nuestra vida entera al resquebrajarse. Creo que mejor me siento en este banco y tomo un poco el sol. Hace frío, sí, pero no hay ni una nube en el cielo y la luz cae tan limpia como lo haría si las cosas fueran un poco mejor aquí abajo; no puedo permitirme desperdiciar este regalo. Supongo que el drogata que aparece y se sienta a mi lado y mueve su boca desdentada para pedirme un cigarro y unos céntimos y menciona el frío que hace hoy piensa lo mismo que yo. Le doy lo que quiere, pero no me atrevo a pedirle un chute de lo suyo.

06
ago
09

Babas

La noche había sido una de ésas de mirar durante horas el techo oscuro y a ratos aferrarse a los bordes del colchón al notar que todo da vueltas y más vueltas, al notar que lo que eres, fuiste y serás se escurre por un retrete gigantesco. Así que cuando el cielo empezó a iluminarse salí de casa sin ducharme ni peinarme pero con unos cuantos sobres tamaño folio bajo el brazo. Otro intento de escapar del remolino de mierda que me hunde en cuanto me descuido e, incluso, cuando no me descuido. Era una mañana agradable. Todavía no hacía calor y las últimas ráfagas de la brisa nocturna no eran lo bastante frías como para erizarme el vello. Había cierto equilibro en el aire, cierta paz. Supongo que la podría haber apreciado más placenteramente si no fuera por la sensación de vacío o extravío o frustración o todo eso y más cosas que me había invadido la noche anterior y que aún jugaba a retorcerme las tripas mientras caminaba por la calle. De modo que aquella mañana mi predisposición a deleitarme con las maravillas de un nuevo día de primavera era más bien nula. Mi único propósito, incómodo, angustioso y casi enfermizo, era llegar a la oficina de correos sin perderme por el camino, en cualquier esquina, con cualquier excusa, como tantas veces antes. Andaba con la cabeza gacha o bien mirando al cielo, procurando que mis ojos no enfocaran lo que habitualmente se mueve por las calles del mundo. No quería reparar en los pormenores de la gente que se cruzaba conmigo y cuya vida o muerte me importaba menos que cero. Los atascos, las excavaciones de nariz de los conductores, los niños durmiendo en sus sillitas homologadas en los asientos traseros de los coches. Los carteles publicitarios. Los escaparates desplegando sus absurdos reclamos al levantarse con un estruendo sus persianas grasientas. Los jubilados dando ya su tercera vuelta a la manzana entre los pasos apresurados de miles de personas dispuestas a ganarse el pan en sitios deprimentes. Me estremecía la posibilidad de tropezarme con esa señora que vive por aquí y que de buena mañana baja a pasear a su asqueroso cerdo vietnamita. No quería contemplar caras de felicidad por motivos incomprensibles para mí ni caras de desgracia por motivos incomprensibles para mí. No me veía capaz de sentir una vez más que no comprendía nada ni que nadie me comprendía. En fin, sabía con absoluta certeza que si me fijaba demasiado en la podredumbre cotidiana de mi alrededor sentiría con brutalidad la mía propia, desecharía la idea de enviar dos o tres relatos a sendos concursos por si sonara la flauta y acabaría metiéndome en el primer bar que encontrara. Por eso me esforzaba en seguir con la mirada las líneas de las baldosas del suelo u observaba las nubes tratando de determinar hacia qué punto cardinal se desplazaban. En eso estaba cuando oí que me llamaban. A pesar de que al instante pensé que lo mejor sería hacer oídos sordos y seguir mi camino giré la cabeza por instinto y vi a un tipo más o menos de mi edad que me saludaba con una mano mientras con la otra pulsaba el botón de cierre del mano de un coche de aspecto señorial. No supe quién era hasta que se acercó a mí exclamando saludos y haciendo aspavientos efusivos. De su nombre no me acordé en el momento en que me dio un abrazo ni me he acordado nunca después, pero es cierto que su cara me sonaba. Sin ese ultrabronceado ni ese afeitado perfecto, sin esa gomina diseñándole aerodinámicamente el pelo, sin esa corbata de seda y esos zapatos relucientes, era el chaval que durante ocho años se sentó un par de pupitres a la izquierda del mío. Podría decirse que era un amigo perdido de la infancia, pero sería mentir. En realidad era mucho menos que eso: simplemente un compañero del colegio en el que jamás había vuelto a pensar. Alguien con el que lo único que había compartido era un aula o el patio de la escuela y que luego se perdió en la nada y que, sin embargo, ahora me ponía al día de su historial de triunfos en todas las facetas de la vida. Cuando hubo acabado me preguntó Bueno, ¿y tú qué? ¿Qué haces? ¿A qué te dedicas? ¿Qué eres? Y esa cuarta pregunta fue la que me hizo sentir extraño. Me dejó sin palabras. Estaba acostumbrado a responder con evasivas más o menos decorosas a las tres primeras, pero la cuarta sonó demasiado directa, demasiado franca. Imposible de esquivar. Sonó como cuando de pequeños el niño hecho hombre con el que ahora estaba hablando u otros como él y yo imaginábamos qué seríamos de mayores. Entonces todo eran grandes proyectos, sueños deslumbrantes, planes que siempre culminaban en éxitos. Pero supuse que una respuesta tan alejada de la realidad no era lo que mi antiguo compañero de escuela esperaba de mí en ese momento. Así que, ya digo, me quedé sin palabras. No supe qué decirle. O sí, lo supe, pero al mismo tiempo entendí que contárselo sólo serviría para que después, con otra gente, hablara de mí como de un perdedor gilipollas. Así que decidí ponérselo aún más fácil y le respondí preguntándole abruptamente si podía dejarme algo de pasta a cambio de haber escuchado su aburrida mierda durante un par de minutos. Lo único que le saqué fue un cigarro y el placer intenso de ver reflejada en su cara la incómoda sensación que él acababa de causarme a mí: la de no saber qué decir. Y seguí caminando hacia correos pese a que a esas alturas ya estaba seguro de que tampoco esta vez llegaría. No obstante, seguí andando como por inercia. Como si algo en mi interior supiera que el absurdo paseo me reportaría algo de cierta utilidad. Y desvelé el sentido de mi intuición cuando, sentadas en un banco de un parque, vi a una madre y una hija cogidas de la mano, irradiando una especie de amor triste pero inquebrantable. La cría debía de tener unos diez años y sin duda sufría alguna enfermedad mental. Sus ojos medio muertos me miraron sin verme cuando pasé junto a ella. El labio inferior le colgaba bañado en una saliva que centelleaba al sol mientras se derramada en espesos hilos sobre su vestido de niña tonta. Y entonces llegó a mí, demasiado tarde, como todo en mi vida, el puto Espíritu de la Escalera. Entonces supe lo que tendría que haberle contestado a mi compañero de clase cuando me había preguntado qué era yo. Babas, debí haberle respondido. Soy las babas de los subnormales, de los ancianos, de los rabiosos que no encuentran otra manera de liberar su ira que soltar espumarajos por la boca. Soy como babas. Espeso, transparente, casi invisible, vacío, inútil. Brillante. Y siempre cayendo.

18
jul
09

13 de julio (2)

Y mientras caminaba los pocos metros que me separaban de mi portal empecé a notar la boca seca muy seca y áspera y tan asquerosa como si tuviera dentro un puñado de tierra y supe que se debía a todo esto de no comer y beber demasiado y fue como si mi mente ordenara a mi cuerpo que dejara de hacer el idiota y le obedeciera de una puta vez o tal vez como si mi propio cuerpo hubiera convencido de algún modo a mi mente autodestructiva de que necesitaba con urgencia una dosis de vitaminas y demás nutrientes y puesto que me había tomado un litro de cerveza en menos de un cuarto de hora y había leído estudios sobre cómo combatir la oxidación decidí que lo que más me apetecía en el mundo era un tomate o dos y me vino a la cabeza la tiendecita que esos hermanos pakistaníes tienen en la calle de atrás así que por eso o puede que sencillamente por retrasar unos minutos mi vuelta a casa me vi andando hacia esa tienda tan llena de piezas de naturaleza redondas de todos los colores en la que los dependientes me recibirían con sus sonrisas superblancas y me entregarían ese deslumbrante tomate por el que babeaba mientras andaba por la acera entre gente que se movía con mucha más desenvoltura que yo bajo el sol calcinador que caía el 13 de julio en esta parte del mundo y se unía a las toxinas en su labor de secarme la boca y las entrañas y las ideas en plan Yunque del Sol pero sin héroe ni por supuesto heroína que viniera en camello a rescatarme procurando pensar sólo en el premio rojo y jugoso y no sé si dulce o salado que me esperaba si conseguía llegar a la frutería para continuar caminando como si en ello me fuera la vida entera de manera que el tomate en mis manos dientes lengua esófago y estómago y luego esparciéndose por mis venas y demás tejidos en forma de partículas diminutas pero muy muy rojas y llenas de energía y vida era la única imagen que en realidad visualizaba mientras mantenía la mirada fija en las puntas de mis pies y que me impulsaba para dar un paso y luego otro e ir acortando metros con la meta que estaba ahí al lado pero que me parecía estar a tomar por culo pero entonces noté que el sonido de la calle ya no sólo era el habitual de motores y cláxones y alguna conversación aislada de transeúntes cruzándose conmigo sino que por encima de todo eso se alzaba un discreto coro de voces amontonadas que se pisaban las unas y las otras todas hablando bajito como en murmullos o incluso cuchicheos así que levanté la vista y me di de bruces con un corro de gente que obstruía la acera frente a la puerta del gimnasio del barrio y todos miraban alternativamente hacia el interior de la puertas correderas automáticas de cristal del local y hacia una UVI móvil que estaba detenida con las sirenas centelleando pero en silencio justo a la altura del gimnasio y entonces me di cuenta de que el curioso que tenía a mi lado era un jubilado y le adjudiqué una vida aburrida de contemplación de obras públicas y de vez en cuando algún incidente en un gimnasio y supuse que era un buen candidato para contestarme con todo lujo de detalles a la pregunta Oiga buen hombre qué ha pasado aquí pero el viejo se limitó a contestarme Parece que ha muerto alguien ahí adentro y debió de parecerle que mi reacción o ausencia de reacción obedecía a la parquedad de la información que me había facilitado porque entonces añadió solemnemente que el muerto era joven y siguió escrutándome la cara en busca de algún gesto de solidaridad con la desgracia del cadáver desconocido o algo por el estilo y yo no me atreví a decirle que quizá mi rostro no reflejara sentimiento alguno pero que podía asegurarle que en mi interior la sangre corría con una fuerza desconocida como si acabara de pegarme el mejor de los chutes porque estaba imaginándome a un joven robusto de aspecto saludable al máximo y con el vello corporal depilado cayendo fulminado por el reventón de una vena en su cerebro mientras levantaba una pesa de cien kilos para mantener a tono sus bíceps y deltoides o a una joven siliconada y con el estómago lleno de pastillitas de homeopatía para adelgazar sorprendida por un golpe de calor en la sauna y que en cambio yo estaba ahí con el resto del mundo de mierda haciendo una especie de pasillo de morbo y algo parecido a secreto triunfo a la espera de que los sanitarios desfilaran ante nosotros transportando un joven y hermoso cadáver que ya jamás comería un tomate como el que yo estaba a punto de devorar y que ahora sí que seguro me iba a saber de muerte.

31
mar
09

Sentimientos de un matón

Desde aquí, de pie en medio de los escasos diez metros cuadrados de linóleo desgastado, compruebo que el despacho del jefe no se parece en nada a lo que había pensado. Imaginaba alfombras tupidas, un butacón de piel granate o de terciopelo verde pino y lujosos y oscuros muebles de nogal. Imaginaba gruesas cortinas recogidas a modo de telón y un retrato en blanco y negro de su padre, fundador del negocio, presidiéndolo todo. A lo mejor la estatua de porcelana esmaltada y a tamaño real de un doberman o un dogo argentino. Así suponía la habitación-cerebro de la Organización. Pero me encuentro con que en lugar de a humo de puro huele a ambipur lavanda. Y con una silla giratoria de plástico y un póster de las Bahamas o más bien de una chica en top-less en una playa de las Bahamas clavado con chinchetas en la pared, justo al lado de un calendario de Seur del año pasado. Y ni siquiera hay cortinas en la pequeña ventana; sólo una persiana de listones donde se acumula el polvo.

Supongo que es lógico que me invada cierta decepción. Siempre había pensado que trabajaba para alguien importante. Pero nadie lo diría a la vista de este cuartucho. Quién sabe, me digo, puede que todo obedezca a una estrategia muy bien pensada. Porque esta clase de gente es cualquier cosa menos tonta. Puede que se trate de simular austeridad. De no hacer ostentación. Está claro: la opulencia resultaría peligrosa en este mundillo. Cualquier listillo podría irse de la boca si aquí dentro hubiera plumines de oro, un supertelevisor de plasma de última generación y un par de cajas atiborradas de habanos. No, de ser así no habría que esperar mucho para que algún loco armado con un bate de béisbol o un lanzallamas derribara a patadas la puerta por la que acabo de entrar. Es mejor no generar envidias ni ningún otro de esos sentimientos de justicia rápida y sangrienta que pasan por la mente de la chusma cuando se saben en el lado débil de la comparación. Y, además, joder, claro, esto no es más que su lugar de trabajo… Me la juego a que su casa está forrada de oro y mármol. Si hasta el mismísimo Tony Soprano maneja su negocio desde una pequeña nave industrial…

Me digo todo eso mientras ratifico que el jefe no tiene la menor intención de ofrecerme asiento. Llevo ya un minuto aquí plantado y ni siquiera ha levantado un instante la vista del caos de papeles que desborda su mesa de conglomerado. Tiene la cabeza tan hundida en sus inminentes beneficios que puedo ver el descampado de su coronilla en medio de un pelo tintando de un negro tan antinaturalmente intenso que se torna rojizo por las puntas. Una calva pálida, y tirante y ajada al mismo tiempo, como el parche de un tambor viejo. Y me pregunto cómo sonaría si la aporreara bien. Porque tengo claro que el jefe es una de esas personas que me producen náuseas si se sientan a mi lado en el autobús o coinciden conmigo en la cola del híper. Ese desodorante seco que no consigue cubrir su olor corporal, que sólo se mezcla con el acre y se hace aún más irrespirable. La camisa desabrochada dejando ver un retal de piel y pelo que me recuerda mucho a la panza de los cerdos. Y anillos en todos los dedos salvo los pulgares y cadenas doradas tan gruesas como sogas colgando de su cerviz. Sin embargo, las cosas han ido de tal manera que ahora dependo de que un tipejo de tal calaña me dé un sobrecito con billetes a fin de mes poniendo cara de estar haciéndome un favor.

La gente, mi madre, el amigo recién casado y hasta el vecino, la gente dice que hay que ser prudente, respetar a tus superiores y todo eso. Especialmente en tiempos de crisis como los que corren. Pero, joder, ya he pasado mi peso corporal de una pierna a otra unas cuantas veces y he detenido mi vista en todos los objetos que pueblan mi campo visual. Incluso he contado los neones incrustados en el falso techo, cada cuántos segundos parpadea ése que falla, el número de paneles de escayola que separan una lámpara de otra tanto en el eje de abcisas como en el de ordenadas. Y empiezo a sentirme como un gilipollas. Además, los zapatos me aprietan. Tal vez Debería estrangular a este tipejo con el cordón de la persiana. Pero creo que eso está duramente sancionado legal y éticamente. Tal vez debería llamar su atención. Carraspear, igual que en las películas. Pero creo que eso sólo acentuaría la sensación de que este cabrón me está tomando el pelo. Mejor esperar. Mirar las pelusas de aquel rincón o las tetas del reclamo turístico bahameño, que curiosamente parecen aún más doradas a la luz del día nublado que se cuela por la ventana. Y atravesarla mentalmente. Saltar al vacío sin riesgo de muerte, como los cobardes. Pensar en los cientos o miles de personas que en este momento andan por la avenida unos cuantos metros más abajo. Escudarse en la estadística para conseguir que mi presente no se venga abajo. Porque la ley de probabilidades más burdamente enunciada me dice que acierto al imaginar que algunos de ellos se están muriendo por culpa de un cáncer aún no diagnosticado, que otros no duermen preocupados por sus hijos politoxicómanos, que un buen puñado está a punto de ver cómo su casa pasa a manos del banco y, por qué no, que unos pocos están relativamente felices con su vida. Pero que esta mañana todos ellos han salido de sus casas dispuestos a dejar un poco atrás su propia mierda. O al menos a mantenerse a flote en ella, a no acabar de hundirse y tragársela. Han sacado fuerzas de algún recurso interno o de lo que han encontrado en el armarito de los medicamentos y se han puesto la ropa de ir a ganarse la vida. Y ahora recorren el camino de ida o de vuelta como todos los días que no son domingo y festivo, procurando mantener sus pensamientos bastante lejos de sí mismos. Igual que yo.

Lo malo es que tengo que volver a pensar en lo mío porque un fuerte olor a coñac me devuelve a la realidad del despacho. Aparto la vista del cristal sucio de la ventana y veo que tengo la jeta del jefe demasiado cerca de la mía. Su aliento me calienta las mejillas y mientras él agita en el aire un papel que supongo refleja el resultado numérico de mis gestiones mensuales y reprocha mi rendimiento profesional con frases como ¡¿Para eso te he puesto en plantilla?! o Te aseguro que no te conviene tocarme los cojones así que mírame a los ojos, yo me planteo si el hedor que sale de su boca amarilla se impregnará en mi epidermis. Pienso en mi cabeza metida en un cubo de agua helada. En sumergir la cabeza en uno de esos agujeros que los esquimales practican en el hielo para cazar focas. Pienso en productos desinfectantes y en trajes anticontaminación bacteriológica mientras observo sus dientes amarillos como cera fosilizada, sus ojos de roedor, brillantes y tan pequeños que no dejan lugar al blanco, su papada tocinera. Y una nariz mucho más roja que el resto de piel de su cara que hipnotiza mi mirada. Casi granate, casi morada porque donde intuyo que hace años empezaron a aflorar los cabos de vena nasales que delatan a cualquier alcohólico ahora hay auténticas varices a punto de reventar. No puedo dejar de mirarla. Si la abstraes del resto de la cara ni siquiera parece un trozo de cuerpo humano. No puedo ni quiero apartar la vista. Es evidente que le pone nervioso que no le mire a los ojos, que me centre en lo que sabe más horrible de su cara de animal.

Quiero pensar que por eso da un paso atrás y rebaja la vehemencia de su discurso para decir A ver, chaval, tú sabes que tus resultados no son buenos, no me pongas las cosas más difíciles.

Yo no abro la boca y él dice:

Créeme, si fuera tan hijoputa como estás pensando hace dos meses que estarías en la puta calle.

Algo estúpido que se activa dentro de mí me provoca la tentación de darle las gracias por su confianza o su simple gracia. Pero logro contenerme.

Así que es él quien sigue hablando, con el tono que emplearía para decirle a un niño retrasado que debe esforzarse más para conseguir sumar dos y dos:

Llevas dos semanas detrás de ese tío del bar del polígono.

Yo asiento como un cordero baboso al tiempo que me escapo muy lejos de allí, a un lugar mucho más bonito, imaginando lo glorioso que sería si este hijoputa que me pone la mano derecha en el hombro y me dice Va, chaval, no pongas esa cara: te voy a dar una oportunidad tuviera un herpres genital galopante. Justo entonces, seguro que por simple casualidad, se lleva la izquierda a la bragueta y se estira la goma de los calzoncillos. Y sonrío un poco. Supongo que el gilipollas piensa que mi sonrisa es un gesto de gratitud, porque me dice:

Pero ésta será la última; más te vale aprovecharla.

Y entonces ya sí, entonces comprendo que la inmensa mayoría de los seres humanos no son nada del otro mundo, que en realidad nada importa demasiado más que comer y dormir bajo techo y que igual debo empezar a asumir que formo parte de esa masa rastrera. Así que lo digo. Digo:

Gracias, Jefe. Muchas gracias.

Y en cuanto obtiene mi sumisión matiza su gesto benevolente para conmigo señalando que no se fía de mí, y que por el bien de los dos va a decirle al Hiena que esté por la zona.

Por si vuelves a cagarla, más que nada, dice. Él sabrá cómo quitarte el marrón de encima, llegado el momento. Ahora va, largo de aquí.

Me plancha las solapas de la chaqueta con sus gordas manazas doradas. Y dice:

Y joder, cuida un poco tu ropa. La imagen es vital en este negocio.

En el bus de camino al puto bar no puedo quitarme de la cabeza al Hiena. Nunca lo he visto, pero he oído las suficientes barbaridades sobre él como para que mi cerebro le haya atribuido un amplio repertorio de cualidades aterradoras. Quizá debería pensar en el lado contrario de mi realidad laboral, en el tipo que me voy a encontrar tras la barra del bar. Pero a ése ya lo tengo muy visto, y no me preocupa lo más mínimo. Sólo es un pobre pringao que pidió un préstamo para instalar una nueva plancha en la cocina y no puede devolverlo. No creo que saque una recortada de debajo del mostrador. Esto no es América, por suerte para mí y mis colegas. Así que me inquieta mucho más que al puto Hiena se le vaya la pinza más de lo que me han contado y acabemos todos metidos en un lío de cojones. Noto que estoy sudando. Me apetece desabrocharme el cuello, pero no lo hago. Porque de repente caigo en la cuenta de que todo el pasaje del autobús me está mirando fijamente. No consigo acostumbrarme a ello, joder. Por eso le suelto Tú qué miras a un crío de unos seis años que me señala con el dedo. Pero el chaval sigue observándome de arriba a bajo con cara de no entender nada, de manera que tengo que aclararle un poco las cosas:

No, no soy un puto mago.

El bus se detiene a la entrada del polígono. Me quedan unos mil metros hasta el bar, justo en la otra punta. Supongo que el paseo que me espera es una de las razones que disparan mi mala hostia. Eso y la sensación adherida a mi traje de que todos esos cabrones del autobús ahora estarán hablando de mí o pensando en mí de muy mala manera. Me gustaría saber a qué se dedican ellos, a cambio de qué prostituyen su tiempo esos hipócritas que me han despellejado con la mirada. Seguro que ninguno de ellos es médico voluntario en una aldea de Mongolia. Serán mecánicos, empleados de la limpieza, pinches de cocina, abogados o contables, como lo que parece la gente con la que me cruzco durante la caminata. Pero está claro que creen que mi mierda huele peor que la que a ellos les da de comer. Hay que joderse… El lado bueno es que esto hace que apriete los nudillos y que tenga ganas de gritar y mandarlos a todos a tomar por culo. Así que esta vez el del bar se va a cagar. Esta vez me va a pagar por las buenas o por las malas. Le diré que deje de tocarme los huevos. Que elija: o me paga ahora mismo o tendré que hacer una visitita a su casa. O, mejor aún, me plantaré en la puerta del colegio donde cada tarde a las cinco recoge a su hijita, tan mona. Coño si se lo diré. Coño si lo haré si es necesario. No me expongo a diario a la humillación para que un hostelero de mala muerte se crea que puede torearme.

Y empujo la puerta oxidada del bar con las cosas así de claras. Pero aún no me he adentrado un paso en el local cuando, como siempre, todo se vuelve confuso. Mi plan, mi fingida convicción se deshace al ver al hombre llevando un plato combinado a un trabajador con grasa bajo las uñas que come solo

en la mesa del rincón. Me quedo paralizado. No puedo hacer nada más que observar cómo el moroso pone cara de miedo al verme y empieza a caminar hacia mí con pasos apresurados. Me fijo en las manchas de aceite reseco que salpican su delantal. Al final debe de haber tenido que despedir a la cocinera. Me dice bajito al oído que no tiene el dinero. Que, por favor, acepte una copa. Que me invita a comer. Pero que no puede pagarme porque no tiene el dinero. Y que, por lo que más quiera, no le monte un escándalo delante de los clientes.

Y un momento después, como en todas las ocasiones anteriores, me veo sentado en un taburete, en silencio, con una cerveza en la mano e intentando olvidar lo que soy. Estoy a punto de conseguirlo, la cerveza empieza a limpiarme el sabor de las náuseas cuando el Hiena entra por la puerta. Lleva un disfraz de pelo moteado y camina a cuatro patas en dirección a su presa. Da vueltas en torno al hombre, simula que le lanza algún mordisco, algún zarpazo. Hasta levanta una de sus patas traseras como si fuera a mear sobre los zapatos malos del camarero, que está paralizado. Definitivamente, es peor de lo que imaginaba. Mucho peor. En algún lugar de su disfraz debe esconder un dispositivo de voz que emite a altísimo volumen los gañidos de las hienas antes de un festín de carroña. Risas siniestras, las de la grabación y las de algún que otro cliente, que llenan el aire y hacen que me tiemblen las manos y se me derrame la cerveza. Y que me manche el frac.

28
feb
09

Mirador

Abrir el pequeño armario superior derecha de la cocina y comprobar que aún queda café en el bote de cristal. Salir al balcón en pijama con el calor negro humeando en la mano derecha. Calor insuficiente. Igual que el que irradia el sol blanco de febrero que se desparrama por el terrazo. Ni siquiera traspasa el algodón de los calcetines. Se limita a resaltar la negrura de los goterones resecos de vete a saber qué que motean las baldosas. Es media mañana y todo lo que se mueve en la calle debe de llevar varias horas a pleno rendimiento. Pero te acabas de levantar y la vida aún parece desenvolverse a cámara lenta. En realidad siempre te lo parece. El café y el cigarro te revuelven el estómago para darte los buenos días. Aunque es posible que la razón de las náuseas sea la música de mierda que te llega desde el piso de al lado. El vecino es un tipo de aspecto sórdido que roza la cuarentena y es fan de todas esas cantantes negras clónicas que salen en la MTV. No escucha otra cosa. Las melodías de esas afroamericanas venidas a más son lo único físico que se filtra hasta ti a través de las paredes que te protegen de él. Pero es mucho peor lo que te impregna si intentas imaginar cómo es su piso por dentro. Su vida por dentro. Porque sólo puedes visualizar cortinas color beige y una moqueta atestada de pelos y pelusas y lámparas con demasiadas bombillas fundidas y un olor desagradable saliendo de la nevera. Es esa clase de sordidez la que te transmite cuando coincides con él en el ascensor. Es lo que se desprende del ejemplar de Penthouse que suele llevar medio escondido dentro del periódico doblado. De las manchas en la bragueta. De las gafas con cristales amarillentos. Del modo en que le oyes respirar al otro lado de su mirilla cada vez que entras o sales de casa. Así que si lo piensas bien la música que le gusta es incluso demasiado buena. Y si lo piensas aún mejor concluyes que si tuvieras la pasta suficiente insonorizarías tu casa o contratarías a un sicario para que eliminara el problema. Probablemente lo del exterminador sea más barato. Eso te planteas por un instante. Pero desechas la idea de inmediato porque por muy barato que sea será más caro que lo que te puedes permitir y total llevas ya dos semanas consiguiendo no salir de casa así que ni de coña vas a hacerlo para ir a mirar cuánto te queda en la cuenta corriente. Además la solución fácil es la de otras veces. Por eso arrastras los pies hasta el baño dejando algo parecido a huellas humanas en el polvo que recubre el suelo y dejando algo parecido a suciedad pero tan consistente y pesado como auténticos escombros en tus calcetines. Lo malo es que en el baño ya no queda ni una de esas bolitas multicolor de algodón que usa para desmaquillarse. Cada día desaparece algún vestigio de otra época. Podría ser una reflexión triste pero estás tan asqueado que la piensas con la frialdad y distancia que emplearía un arqueólogo o algo por el estilo. Alguien acostumbrado a llegar demasiado tarde a los sitios. Cuando ya sólo puedes contemplar las ruinas de cosas que siempre imaginaste más bonitas o más puras y casi inmortales. En fin. No hay bolitas de algodón y tienes que taponarte los oídos con dos pedazos de simple papel higiénico. Anodinamente pálido cuando lo miras. Dolorosamente rugoso cuando te lo metes hasta el tímpano. Pero en realidad agradeces sentir algo intenso y además por lo menos amortigua un poco la música y las voces y al volver a hundir la vista en la soleada calle con el filtro aséptico en las orejas todo queda envuelto en un medio silencio irreal que aleja un poco más las cosas. En la esquina de enfrente una anciana en bata rosa y con una sola zapatilla intenta sin demasiado éxito recogerse las canas en una coletita grasienta mientras mira alrededor como buscando algo o a alguien pero con cara de no saber qué o a quién. Algunos de los que pasan andando a su lado la miran con cierta extrañeza pero ninguno se detiene a ver si necesita algo. Te preguntas si tú también la ignorarías y por suerte antes de que la respuesta se defina con claridad en tu mente un grito no del todo humano atraviesa tus barreras protectoras de celulosa y te hace mirar hacia la acera. Quince metros justo por debajo de ti los hijos de la portera de tu edificio juegan a pelearse o se pelean de verdad. Lo cual sería normal y hasta saludable si no fuera porque uno de ellos padece el síndrome X frágil. No necesitas ser médico para saberlo. Basta con observarle y luego poner en Google cosas como “retraso mental” “mandíbula inferior prominente” “cara larga y estrecha” “orejas grandes” “pies planos” “estrabismo” “lenguaje desordenado y repetitivo” “ecolalia” “aleteos con las manos” “morderse los dedos”. Y si después clicas en cualquier entrada del listado que se te ofrezca aprenderás un poco más sobre genética y neurología y el fabuloso mundo de las enfermedades raras. Y sobre todo obtendrás una información que te permitirá afirmar desde tu mirador que los dos hermanos de ahí abajo no están jugando. Que se están peleando de verdad. Porque el normal ya es lo bastante mayor como para comprender que si quiere ser un buen hermano antes o después tendrá que cargar con el tarado hasta que uno de los dos se muera. Pero de momento aún es un niño y nadie se va a enfadar demasiado con él si lo putea un poco. De momento nadie le acusará de maldad. Será simple travesura. Así que quizá haga bien en resarcirse por anticipado de toda la mierda que empezará a tragar dentro de no muchos años y de la que jamás podrá librarse so pena de ser acusado de mala persona. Además tampoco pasa nada por unas leves bofetadas y collejas mientras el otro gruñe y bracea torpemente. Puede que hasta sea poco. Pero sea como sea no te resulta un espectáculo agradable. Y haces lo primero que se te ocurre para volver a poner del mismo lado a los dos chavales. Te reclinas sobre la barandilla y calculas el ángulo de tiro. El niño raro está exactamente en tu perpendicular. Ves su cabeza puntiaguda como a través de una cámara cenital. Ves incluso cómo centellea al sol ese labio inferior sobresaliente y encharcado de babas perennes. Y entonces casi sin darte cuenta has escupido y estás observando el proyectil de saliva manchada de cafeína y mil cosas peores que cae y cae y cae tan a cámara lenta que piensas que sólo lo estás imaginando. Hasta que se estrella en el mismo centro del cráneo del retrasado emitiendo un sonido indudablemente real. Lo que pasa cuando los dos niños entienden la situación es que mientras uno llora y se da manotazos en la cabeza el otro te localiza en el balcón y te grita hijo de puta y amenaza con matarte. Y los ves tan unidos en su odio hacia ti que encuentras algo reconfortante en todo ello. Algo casi mesiánico. Supones que es lo que se siente al conseguir hacer algo bueno por alguien sin esperar nada a cambio. Y fugazmente piensas que no eres tan malo como solía echarte en cara. Que cuando quieres puedes ser tan altruista como un monje tibetano sólo que empleando técnicas un poco más agresivas. Aunque lo cierto es que sabes que es mentira. Que lo más probable es que hayas atentado contra el miembro más débil de la manada sin ningún motivo o simplemente por demostrarte que aún puedes hacer daño. Que todavía hay gente a la que puedes joder. Y no al revés. Así que te das por satisfecho momentáneamente y sigues oteando el horizonte de cemento y metal que te regala tu observatorio. Tres portales más para allá un hombre va y viene sobre sus pasos y mira a todos lados varias veces antes de llamar a un timbre. Es la casa de putas que abrieron hace poco. Los que la regentan son discretos. No son de ésos que ponen tarjetitas publicitarias en las ventanillas de los coches. Al menos no en los de por aquí. Pero sabes que ahí hay una casa de putas porque has visto ya a decenas de hombres feos y menos feos comportarse de igual modo ante ese portal. Además de por la colección de microtangas que las trabajadoras de la casa tienden los días que hace sol. Y sigues observando y ves al niño del tercer piso jugando en el balcón con un coche de juguete igual que tantas otras veces a estas horas. Debe de tener cinco años. Una mala edad para dejar a alguien tantos metros por encima del asfalto. Lo que pasa es que las cortinas de la casa no son lo bastante tupidas y sabes que cuando su padre decide amanecer se desayuna la media botella de ginebra que no se cenó anoche y empieza a apalizar a su madre. Y la mujer aún no ha encontrado un lugar mejor donde refugiar al niño. Está claro que la vida no es gran cosa. Tienes claro que es mejor limitarse a analizarla que participar de ella. Por eso apuras la taza y rezas para que mañana abras el pequeño armario superior derecha de la cocina y aún quede café en el bote de cristal.




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