El jinete

Hacía mucho calor. Ray sudaba a chorros bajo su ajustado uniforme de tela de raso de colores chillones. Estaba muy nervioso. También su cabalgadura lo estaba, y Ray tenía que hacer grandes esfuerzos por controlar sus violentas acometidas. Tranquilo Rayo, haremos una buena carrera, susurró al oído de su caballo y percibió en la cara el calor de la cabeza rojiza. En realidad aquella frase no era para el animal, que poco podía entender salvo correr con todas sus fuerzas en cuanto se lo permitieran, sino para él mismo. Todo su futuro dependía de aquella carrera y eso, por suerte para él, no lo sabía Rayo. Ver la tensión en los rostros de los demás jockeys no le tranquilizaba. Le habría gustado ver una cara serena, algún gesto de ánimo, de confianza. Compañerismo. Pero mirase a quien mirase veía reflejada la angustia que había estado pellizcando su estómago desde que le comunicaron que correría “los ocho minutos” y que, ahora, le empezaba a hacer sentir náuseas.

Todos llevaban mucho tiempo trotando en círculos dentro del gran cercado, esperando su turno. Casi siempre giraban en sentido contrario al de las agujas de un reloj, pero a veces algo les impulsaba a virar ciento ochenta grados. Y lo hacían a la vez, sin ni siquiera un desfase centesimal, como guiados por una mente primaria, única y colectiva al mismo tiempo. El calor era insoportable. Sobre las cabezas de los jockeys un gran foco blanco lo calentaba todo de arriba a abajo. Ray se quitó la gorra y la tiró al suelo. Pero, además, el calor que generaban los poderosos músculos de los animales que quemaban energía sin parar fluía en sentido ascendente. Ray tenía la sensación de llevar encerrado en esa olla a presión miles de años. Miraba con impaciencia los portones que, separados entre sí por unos pocos metros, jalonaban la valla. Quería saber por cuál tendría que salir espoleando a su caballo. Pero sabía muy bien que podía ser cualquiera de ellos. Ahí radicaba la gracia del juego.

Por fin se abrió una compuerta. Al mismo tiempo, sobre ella se encendió un letrero de fuegos artificiales que decía ¡1 minuto!, y los elegidos para esa carrera salieron disparados por la abertura. Enseguida ¡2 minutos!; ¡3 minutos!; ¡4 minutos!; todos con sus correspondientes destellos. A medida que los competidores iban tomando la salida en sus categorías, el caballo de Ray se acercaba más al borde exterior del círculo. Destello, ¡5 minutos!; destello, ¡6 minutos!; y otros jinetes desaparecieron en tropel al otro lado de las compuertas, rebotando sobre los lomos de sus caballos. ¡7 minutos! Otra estampida. Pero esta vez Ray la oyó desde muy cerca, y el pelo se le erizó. El miedo y la excitación se mezclaron en su cabeza y en sus manos, que se aferraron a las crines del animal. Él y los que estaban a su lado eran los siguientes. Los animales chocaban entre sí aplastando las piernas de los jinetes. Ray pudo percibir el calor de sus rivales; casi ardían. Quiso tocar con la mano el cuello de Rayo, para ver si él también estaba tan caliente. Pero en ese momento una compuerta se abrió, unos metros a la izquierda de Ray: Fogonazo; ¡¡8 minutos!! Hundió los talones en las costillas del caballo y le pareció notar que sus botas se chamuscaban un poco. Después ruido, gritos, golpes y encontronazos hasta traspasar el hueco, demasiado pequeño para tantos. Por suerte, al otro lado la pista era ancha. Pero oscura.

 En cuanto atravesaron la compuerta los demás caballos y jinetes desaparecieron de la vista de Ray durante unos segundos. Acostumbrado a la luz cegadora bajo la que había estado trotando durante tanto tiempo, no veía otra cosa que oscuridad casi palpable. Sin embargo, sabía perfectamente que sus competidores estaban allí, junto a él, un poco delante o detrás, a su izquierda o a su derecha, arriba o abajo. Los oía galopar, zumbar. Poco a poco sus pupilas fueron adaptándose a la penumbra y vislumbraron los rastros humeantes que los demás caballos-rayos dejaban tras de sí. De vez en cuando también se escuchaba el grito de algún jockey estelar animando a su caballo, o maldiciendo, o pidiendo auxilio con una voz cada vez más lejana, más perdida en la oscuridad. Ray oía todo eso y muchas más cosas pero, salvo las líneas incandescentes que rasgaban el espacio negro a su alrededor, no veía nada más allá del vapor hirviente que manaba del hocico naranja de Rayo. Delante de él, todo era tenebroso. Y no se atrevía a mirar atrás. Todos sus sentidos e instintos estaban concentrados en la labor de fusionarse con el caballo. Quería acoplarse a él hasta formar un cuerpo perfectamente aerodinámico, un proyectil más rápido que ningún otro, un rayo que vulnerase las leyes físicas y que llegara el primero al objetivo. Aunque eso no era garantía de éxito. Hacía falta mucha suerte para no morir al final de los ocho minutos. Sus amigos se lo habían advertido: despídete de todo antes de empezar la carrera, porque lo más probable es que mueras de alguna forma horrible. Ray pensó que quizá lo mejor fuera chocar contra una diminuta molécula de polvo y salir rebotado, refractado hacia cualquier otra parte. Pero eso tampoco dependía de los jinetes. Varias veces pasaron Ray y su Rayo rozando alguna piedrecita flotante. Y cuando estaban a mitad de carrera, un asteroide grande y negro y rugoso se cruzó en su camino. Si hubieran chocado contra él probablemente habrían muerto en la oscuridad mate y fría del fondo de alguna de sus intrincadas grietas. Pero por suerte aquella roca tenía forma de anillo y a ellos les venía grande. Cuando lo traspasaron Ray miró hacia atrás y vio que, como ocurría con los demás corredores, una estela de chispas rojas, amarillas y naranjas salía de la cola de su caballo y atravesaba el asteroide, y luego se perdía en la negrura hasta no ser más que un finísimo hilo candente deshilachado del gran ovillo ardiente. Ray gritó lo más fuerte que pudo Vamos Rayo, ya falta menos; lo estás haciendo muy bien, pero iban muy deprisa y el viento volvía a meterle las palabras en la boca.

Siguieron corriendo, viajando otros cuatro minutos. Por fin apareció ante Ray y Rayo una bola muy añil que se agrandaba por momentos. Ya estaban llegando. Atravesaron la atmósfera del planeta maldito en una centésima de segundo y el calor se elevó mucho más. Las crines a las que se aferraba Ray se convirtieron en llamas alargadas que se retorcían entre sus manos sin dolor. Los ojos del animal se transformaron en dos ascuas muy rojas y Ray sintió lo mismo en los suyos. Y luego una llama densa, casi líquida, envolvió a montura y jinete y los fundió en una bola perfecta e incandescente.

A medida que había ido acercándose a él, a Ray aquel mundo azul no le había parecido un lugar tan horrible cómo le habían advertido. Pero ahora que estaban bajo la capa de maquillaje gaseoso que lo recubría podía ver que no todo allí abajo era tan azul. El aire no era transparente: millones de moléculas negras flotaban en él y explotaban si pasaban demasiado cerca del fuego de Ray y Rayo. Sobrevolaron a toda velocidad mares irisados por aceites y teñidos del marrón que los ríos vertían en ellos tras pasar cerca de las ciudades. Ciudades que desde allí arriba parecían conjuntos de gigantescos bloques de ceniza petrificada. Bajaron un poco más y rozaron la nieve derretida y sucia de las montañas. Y aún más cerca del suelo, sobrevolando las laderas, atravesaron campos de maíz que olían a química. Ningún sitio allí parecía un buen lugar para aterrizar e insuflar vida. Pero por suerte Ray y Rayo consiguieron sobrevivir a todos esos destinos y siguieron descendiendo hasta ver los árboles desde debajo de sus copas y poder oler la hierba recién cortada. Ray deseó que ocurriera algo que les hiciera aterrizar allí. Y entonces, casi sin darse cuenta, el jinete atravesó sin romperlo el cristal de una ventana de una pequeña granja en la que olía a tierra húmeda, mermelada y ganado, y fue el rayo de sol que iluminó el ojo de un niño que se abría, increíblemente azul, en ese preciso momento.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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