Grandes males, grandes remedios

Aquel tipo tenía un serio problema: quería tocar el cielo. O así intentaban explicárselo algunas de las pocas personas con las que se atrevía a sincerarse. Otras volvían del revés tal afirmación y le aconsejaban que tuviera los pies en el suelo. Y había quienes le agarraban por el cuello y le gritaban que dejara de una puta vez de soñar despierto. Sí, sus seres más cercanos le hablaban con cariño y comprensión. Se preocupan por él. Con todo, el chaval no podía dejar de pensar en su objetivo. Se pasaba el día en las nubes y por la noche no pegaba ojo; en su mente ya no quedaba ni el más mínimo hueco de inconsciente desde el que poder fantasear. En una palabra: estaba obsesionado. Anhelaba el cadáver del pasado y añoraba un futuro que permanecía inmóvil, siempre a la misma distancia de él. Insalvable. No comprendes que ésas no son las reglas del tiempo, le decían sus asesores. No puedes desear el pasado y sentir nostalgia de un futuro que nunca alcanzarás. Te estás volviendo loco, puto contranatura… Era cierto. Y se le notaba a la legua. La preocupación que sus pocos amigos sentían por él no tardó en tornarse miedo. Y es que su aspecto era inquietante. Había perdido todos los kilos que uno puede perder sin morirse de hambre. Su silueta era la de un altísimo chupachup, cabeza y nada más. El peso de su superidea le hacía andar encorvado. Tenía un tic en los párpados y otro en las ojeras, delgadas pero larguísimas, como dibujadas a rotulador. También perdió el control de su lengua. A menudo se la mordía hasta volverlo todo muy rojo. Salpicaba a los pocos que seguían hablando con él, que daban uno o dos pasos atrás. Pasó cierto tiempo y acabó hablando y callando sólo consigo mismo; nadie quería oír la enésima narración de su único deseo. Su voz y su silencio monopolizaron el aire encerrado en su habitación. Se vio obligado a escuchar con demasiada claridad las ideas viscosas que le agujeraban la cima del cráneo de dentro a fuera y resbalaban despacio por su pelo, transformadas en sudor frío, hasta volver a internarse por sus oídos. Pero el tipejo aún fue lo bastante consciente como para hacerse con una Visa y comprar determinadas sustancias químicas por Internet. Durante las semanas siguientes trabajó con las manos por primera vez en su vida. Manipuló cloruros y nitratos. Amontonó, amasó, comprimió y embaló. Con la satisfacción del trabajo bien hecho, descansó hasta la noche del día grande de las fiestas de su pueblo. Iban a disparar un castillo de fuegos artificiales en la plaza mayor. El arsenal pirotécnico esperaba entre casas viejas, palomas a punto de salir espantadas y todos los vecinos agolpándose contra las vallas que delimitaban el perímetro de seguridad. Nadie reparó en que el chico, al que todos sus paisanos hacía ya tiempo que llamaban El loco, saltaba el cercado y avanzaba hasta el centro de la plaza. Una vez allí, se palpó los explosivos que escondía bajo la cazadora y, sin más ceremonias, apretó el botón. Un fogonazo naranja y sordo lanzó al aire algún que otro pedazo de carne lo bastante grande como para preparar un buen cocido. Pero, en su mayor parte, aquel cuerpo se transformó en una nube se sangre, neuronas y demás células, que descargó una lluvia finísima sobre los presentes. Sus cuerdos conciudadanos le respiraron. Ése era el plan: asegurarse de que algo de él entrara por todas y cada una de esas narices. Y casi lo logra. Porque una, la única que realmente importaba, el origen de todo, reaccionó a tiempo y estornudó… . . . . . . alejando de ella cualquier riesgo de contagio e infección.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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