Un tipo corriente

Érase una vez un tipo corriente, muy corriente. De hecho, era tan corriente que si se descuidaba podía llegar a escurrirse por el desagüe de la ducha, lo cual convertía en un deporte de riesgo su higiene personal diaria. Cuando se levantaba por la mañana y se dirigía hacia el baño para adecentarse un poco, lo hacía entre espasmos de miedo, cada vez más violentos a medida que se acercaba al pequeño cuarto de aseo. Y cuando abría la puerta con una mano temblorosa y veía ante sí aquella bañera Roca, blanca y brillante, como un potro de torturas cóncavo e insultantemente limpio, no podía evitar que caudalosos chorros de sudor brotaran como ríos desbordados de sus axilas, de sus sienes y de su nuca y descendieran por su cuerpo hasta mojarle las plantas de los pies. Como he dicho, era un tipo muy corriente. Su madre, mujer prudente, le decía que era un exagerado y que las personas que se habían colado por el desagüe de una bañera se podían contar con los dedos de una mano y que, incluso, había gente de reconocido prestigio que decía que tal cosa era físicamente imposible. Pero estos argumentos lógicos no calmaban en lo más mínimo los temores de Ray. Al contrario, con el tiempo su manía se fue acentuando hasta llegar al punto de no pisar jamás el cuarto de baño. Sencillamente, dejó de lavarse. Ni siquiera podía soportar el simple gesto de acercar las manos y la cara al grifo para lavarlas, pues al ver de cerca el agujero negro que se tragaba el agua que resbalaba de su piel sentía un pánico total a ser absorbido él también por aquel remolino, y se le ponían los pelos de punta y sudaba como un cerdo. Y eso es bastante desagradable cuando no te puedes lavar. Al fin y al cabo, somos un ochenta por ciento de agua, solía decir, no sería extraño que me colase por el sumidero. Su aversión llegó hasta tal punto que todos sus hábitos de limpieza se redujeron a frotarse las axilas una vez al mes con un pequeño cepillo de dientes. Y no necesito explicaros el menoscabo que tal cosa supuso para la calidad medioambiental del hogar de Ray, que, dicho sea de paso, vivía aún con su madre pues no tenía más que cuarenta y tres años.

Por eso un día, harta de las chiquilladas de su hijo y también, por qué no decirlo, de sus intensos efluvios corporales, la buena señora decidió pasar a la acción. Una mañana se puso la mascarilla y los guantes de látex y entró muy temprano, antes del amanecer, en la habitación de su hijo. Sin hacer ningún ruido se acercó a Ray y le puso en la cara un trapo impregnado de algo parecido al cloroformo. Cuando Ray despertó sintió un ligero cosquilleo en el pecho y en el abdomen que, a medida que se iban atenuando los efectos sedantes del potingue elaborado por su madre, se fue transformando en un dolor cada vez más intenso. También le dolían los muslos y las rodillas. No sabía exactamente dónde estaba. No podía mantener más de un instante los ojos abiertos, que no paraban de llorarle a causa de la química; y cuando conseguía abrirlos no veía nada: todo estaba a oscuras. Mamá, ¿qué pasa? ¿Has sido tú, mamá?, preguntó lloriqueando como un niño. Silencio. Me duele mucho, mamá. Más silencio. De repente oyó un ruido como el de algo deslizándose por unos carriles metálicos, o más bien el chirriar de una polea al girar, y Ray empezó a bajar lentamente. Hasta entonces no se había dado cuenta de que estaba suspendido en el aire, ni de que tenía las muñecas y los tobillos atados, pero cuando el descenso se detuvo bruscamente la acentuación del dolor le hizo empezar a comprender. Y a sudar de terror. En su torso y en sus piernas, los ganchos desgarraron piel, grasa y algún músculo, y Ray notó que la sangre resbalaba por sus costados con un cosquilleo cálido, y oyó cómo las primeras gotas se estampaban haciendo tap debajo de él. Y era el mismo sonido que la perpetua gotita de agua que caía del grifo de la bañera. Presa del pánico, Ray agitó con violencia su cuerpo, que sin perder su posición de cúbito prono, se balanceó adelante y atrás, hacia la izquierda y hacia la derecha, chocando contra los fríos y húmedos baldosines que recubrían las paredes de su baño. Ray gritó con todas sus fuerzas. Entonces el cuarto de baño se iluminó y su madre apareció ante él con una sonrisa de dureza compasiva en la cara. Ray le insultó durante minutos y más minutos, en el transcurso de los cuales el semblante de la mujer no dejó ni un instante de reflejar aquella extraña expresión. Mientras, el torrencial sudor causado por el miedo y por la rabia y por las ganas de matar a su madre se colaba por sus heridas aumentando su escozor. Ray se sacudía con violentos espasmos, desgarrándose aún más. Pero, poco a poco, sus fuerzas se fueron agotando y su voz se fue apagando hasta convertirse en un ronquido afónico. Y dejó de insultar. Ahora sólo suplicaba una y otra vez: ¡quítamelo! Pero él sabía muy bien que había llegado el momento. Su madre se lo decía a veces: un día despertarás dentro de la bañera. No sé cómo, pero te lavaré como cuando eras pequeño. Y Ray no se explicaba cómo. No sabía qué clase de fuerza o de ciencia había utilizado, pero lo había conseguido. De repente, la anciana se acercó y Ray escucho el zumbido del grifo tras su cabeza. Las gotas saltarinas del agua chocando contra la superficie de la bañera, aún vacía, le mojaron la espalda. Ray quiso moverse pero estaba demasiado débil y dolorido. Y sólo pudo decir en tono patético: está fría. La pila se llenaba lentamente, y el agua cubría poco a poco la piel de Ray. Estaba resignado a su suerte. Pero de momento no se deshacía. Su cuerpo, su textura, su estructura parecía conservarse exactamente igual que fuera de la bañera. Y el nivel siguió subiendo, y Ray sintió cómo el agua, ya cálida, masajeaba sus brazos y sus pies, entumecidos por la inmovilidad. También se sintió aliviado cuando el agua empezó a deslizarse por sus costados, calentándolos y relajándolos. Y sobre todo se alegró de estar dándose un baño cuando aquel maravilloso líquido tibio y transparente rebasó el nivel de su pecho y limpió las heridas que su buena madre se había visto obligada a causarle.

Gracias mamá, dijo, y ella comprendió que ya no eran necesarios los garfios y las ataduras, y le liberó, sonriente. El cuerpo de Ray se sumergió del todo en la bañera, y se quedó allí un buen rato, con todos los poros abiertos, y pensando que desde entonces se bañaría tres, cuatro o cinco veces al día. Su madre le dejó solo. Él ni siquiera oyó cerrase la puerta, abstraído por el placer. Se sentía flotar, ni siquiera notaba el tacto de las paredes de la bañera. Entonces, miró hacia el agua y vio que ninguna parte de su cuerpo tocaba esas paredes, porque no había nada por debajo de sus clavículas. Sólo un hilillo casi transparente que descosía lo poco que quedaba de él y se escurría por el desagüe. Su cerebro ordenó a sus manos que sujetaran aquel hilo. Por supuesto, ni el menor chapoteo alteró la calma del agua. El hilo siguió estirando y deshizo su cuello, y su barbilla, y su boca y su nariz, pero Ray no se asfixió. Poco después se quedó ciego, y lo último que sintió es que aquel hilillo desconectaba su última neurona.

Al cabo de unos minutos entró su madre. Adiós, hijo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Un tipo corriente

  1. jano dijo:

    Me gusta.

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