Buenas acciones

El cubo de la basura está siempre lleno. No tenemos triturador de desperdicios y el sumidero de la pila se atasca con mucha facilidad. Por eso, a veces tiramos los restos de comida por el váter. En realidad, lo hemos hecho cada vez más a menudo desde hace ya algún tiempo. Y ya no sólo restos; también pucheros enteros, cuando no finalizamos con éxito el proceso de elaboración de una fabada o cuando, tras hervir arroz, nos damos cuenta de que en el agua flotan decenas de cadáveres de bichos diminutos.

Entonces cogemos el recipiente y vertemos su humeante contenido en el retrete. Con un chop chop chop espeso, el cuarto de baño se impregna de un suculento olor que jamás había flotado entre sus paredes. Un chapoteo nutritivo, muy diferente al que se suele escuchar en tal lugar. El caso es que tiene que haber ratas gordas y lustrosas como gatos domésticos ahí abajo, aferradas con sus zarpas a lo largo de la bajante. Luchando por hacerse con los puestos de privilegio para morder la comida en su caída en picado. Joder, seguro que las cucarachas con el esmalte más brillante de toda la ciudad corretean tras nuestros azulejos. Bien nutridas, enormes y listísimas. Para esos seres debemos de ser dioses omnipotentes: igual les condenamos a un fétido diluvio universal que les rociamos de maná. Si esto fuera Nueva York, la cabeza de un magnífico cocodrilo asomaría por la taza a la hora de comer.

Ésta es nuestra forma de practicar el ecologismo y la justicia social, las obligaciones del siglo XXI. Unos aportan una cuota anual para que el Rainbow Warrior dé la vuelta al mundo con los gastos pagados; otros financian manifestaciones inútiles o acciones propagandísticas para la integración de los inmigrantes. Nosotros alimentamos a la menospreciada fauna del subsuelo urbano con una dieta equilibrada.

Y reconozco que me siento bien desde que hacemos esto. Antes perdíamos tiempo y energía buscando fórmulas excelsas mediante las que influir en nuestro entorno y hacerlo mejor. Les dábamos medio euro a los mendigos y a los gorrillas. Nos poníamos lacitos contra el SIDA o la guerra de Irak. Hasta votábamos. Actitudes light, fáciles y tranquilas. Ahora intervenimos en los márgenes más sucios de la vida. Ni Teresa de Calcuta hizo más que nosotros por la verdadera igualdad.

Además, hay algo casi catártico en arrojar kilos de comida caliente a las alcantarillas. Algo que te inmuniza -un poco- contra las hambrunas negras con que el telediario adereza tu sobremesa o contra los entierros de tus seres queridos. Fundamentalmente, contra el constante desaparecer de lo que creías que era tuyo. El desaparecer de todas las cosas, en (jodida) realidad. Con nuestra técnica/táctica, escupimos a la cara del predecible futuro; alteramos su orden lógico. Ni siquiera lo alteramos; más bien, se trata de acelerarlo. Llegar al puto punto final sin pasar por cada uno de los penosos pasos que te llevan a él. A falta de poder resucitar a la gente o solucionar problemas verdaderamente graves, a falta de poder hacer algo para que tu vida no se vaya a la mierda, te cagas en todo echando lentejas, huevos fritos, canelones, garbanzos con carne… nutrientes aún no digeridos por el váter. Y te quedas absorto viendo cómo giran y naufragan en el remolino de desinfectante azul. Y Hasta nunca.

Sí, está bien encontrar cierto hueco para la irreverencia. Pero es un hueco demasiado pequeño; porque por la tubería que se hunde en las cloacas no caben todas las cosas que, en pro de tu salud, deberías olvidar, filtrar, depurar. Por muy flaco que llegues a estar, tu cuerpo no pasará por el agujero.

Así que, desde hoy, nuestra Acción Ecológica va a ser más directa, mucho más cercana al problema. Vamos a implicarnos de verdad. Supongo que mis compañeros no pondrán pegas. En fin… Hace un rato, cuando empezaba a anochecer y las paredes de esta casa me han revelado su auténtico color, he colocado pedacitos de comida en el centro de cada habitación. Mi idea era utilizar pescado (nunca me ha gustado) y carne pasada de fecha. Pero en algún momento debe de habérseme ido la mano: el frigorífico está vacío y ahora, mientras recorro la casa, veo imponentes montones de alimentos crudos apilados en el suelo de la cocina, del salón, de cualquier estancia. Y en las repisas de las ventanas. Montañitas de un pringue multisabor y multitextura. Nuestra despensa entera reposa sobre gres, formando charcos de agua, grasa y sangre animal. Y yo ya siento el latir de miles de pequeños corazones al otro lado de los muros, del suelo y del techo. Pongo la mano sobre el gotéele y noto que la temperatura en la casa no deja de aumentar. El ejército del inframundo ya no tardará en invadir el mundo que siempre se les ha prohibido, el que se extiende bajo la luz de las bombillas. Sus rastreros integrantes se colarán por cualquier rendija. Por las ranuras milimétricas que separan los ladrillos de los zócalos. Por la holgura que queda entre el lavabo y la pared. Espero que les guste el festín que les he preparado y disfruten de su conquista del lado luminoso. Que sepan utilizarlo mejor.

Pienso esto y me tumbo junto a un montículo de tocino y pechugas de pollo. Sintiéndome el tipo más solidario del planeta.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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