Lucinda (Lo que queda)

Soy lo que queda de mí, lo que queda de Lucinda Cavennaghi, que no es mucho. Ahora recuerdo que así me solían llamar. Pero el tiempo que alguien puede pasar sin oír su nombre es limitado, y durante muchos años, ya no sé cuántos, el mío nadie lo pronunció. Llegué a dudar si realmente me llamaba así pero, por suerte, desde hace un tiempo me lo recuerdan con cierta frecuencia. Tampoco sé cuánto tiempo llevo sentada en el porche. Al principio intenté no perder la cuenta de los días, los meses y los años. Pero no lo he logrado. Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera recuerdo hasta dónde pude contar.

Lo que sí tengo claro en la cabeza es que todo se complicó la mañana del 18 de octubre de 1960. Era uno de esos días tempranos de otoño en los que el Sol todavía puede llegar a ser molesto por aquí. Yo estaba trabajando un poco en el jardín. Más bien, en el pequeño parche de césped que había frente a la casa. La tierra húmeda me calaba las rodillas y el sudor me resbalaba por la nuca. Mis dos nietos corrían de un lado a otro rozando las delicadas rosas que yo estaba arreglando. Y, dentro, mi hija preparaba un aromático almuerzo al son de una de aquellas canciones que repetían sin descanso en la emisora local. “Abuela, abuela, mira cómo doy la voltereta”. Uno de los niños tocó por enésima vez las flores y fue como si, de repente, la anciana que yo evitaba ser se instalara dentro de mí. Me levanté con esfuerzo y sin decir nada, arrastré por el jardín el enorme peso -como arados- de mis tobillos y me senté en el balancín del porche. La vejez fea se aferró a mi cuello con sus manos huesudas y frías; y ya no me soltó.

Poco a poco, pero a la vez demasiado rápido, dejé de hablar con mi familia y ellos dejaron de hablar conmigo. Los niños crecieron y dejaron de disfrutar estropeando mis flores, tal vez porque mis manos ya no las protegían para evitar que se ajaran. Las canciones de la radio por fin cambiaron; fueron otras, y otras y otras nuevas las que se repitieron. Y un día la gran quietud lo invadió todo. Se fueron los movimientos, que se llevaron los olores y la música. Me di cuenta de que el oxidado buzón de la entrada estaba lleno de cartas. Y yo permanecí aquí sentada, donde estaba desde hacía mucho, donde estoy ahora, viendo como el papel se arrugaba y se volvía amarillo. El césped creció y creció hasta que ya no lo fue, y cambió de color con cada estación. En primavera estallaba en llamas altas y verdes; el calor de agosto lo bañaba en un tinte parduzco. Y después, cuando el viento empezaba a agitar la hierba más de lo normal, todo el parche se volvía de un gris ceniciento. También la casa se estropeó. Recuerdo que un día llovió mucho. Debía de ser un febrero; siempre diluvia por aquí en esa época del año. El ala del tejado que me resguardaba se agrietó sin hacer ruido y el techo se desplomó a ambos lados de mi asiento. Pero no moví ni un dedo, ni un músculo, ni un párpado. Diría que ni siquiera el polvo blanco se poso sobre mí. Y diría que la lluvia me tuvo que mojar, pero no sentí más frío que el de siempre, que el de ahora.

Ahora es de noche y los niños pasan frente a la casa. Algunos cantan, otros corren, otros cantan y corren. Y de sus manos penden calabazas con bocas melladas y llenas de luz naranja, que giran sobre sí mismas y cortan fugazmente la oscuridad. No sé por qué los contemplo con esa mezcla de esperanza y tristeza del náufrago que divisa a lo lejos un faro, en tierra firme. Ellos, los niños, me miran cuando pasan. Miran y ven el viejo y enmohecido balancín. Y el jardín descuidado, un pequeño trozo de la selva más inhóspita. Y las ventanas con todos los cristales rotos, partiendo la luna en pedazos cuadrados. Y el perfil negro y carcomido de la casa, que recorta el cielo eléctrico salpicado de estrellas. Miran, señalan y se ríen sin sonreír. Y me enfado un poco. Entonces, sobre sus pares de cabezas el viento se enreda silbando en las ramas de los árboles y los niños salen corriendo sin atreverse a gritar, con sus segundos cráneos luminosos balanceándose en sus manos, hasta que se pierden donde la oscuridad de la noche absorbe los resplandores. Creo que esta noche es la noche.

¡Sí! Creo que ya vienen… ¡ya vienen! Cuando ya no hay niños, ni música ni faroles vegetales, seis chicos jóvenes atraviesan los matorrales y se sientan en círculo a mi alrededor. Y no estoy segura, pero me parece que entre ellos no están mis nietos. Todas las veces me pasa lo mismo… no recuerdo bien sus caras. Los chavales ríen nerviosos y susurran. Miran alrededor y echan tragos rápidos de cerveza, o mistela o vino. No, no son mis nietos, ni mis hijos; ellos se fueron. Y ahora, de vez en cuando, me visitan estos chicos, aunque creo que antes vinieron otros. ¡Qué más da! Sean quienes sean, siempre hacen lo mismo. Cada uno de ellos enciende una vela roja y se cogen de las manos, y balbucean a la vez: Señora Cavennaghi… Señora Cavennaghi… Y se callan un rato. Pero, al poco, vuelven a reír y a beber y a hablar con voces palpitantes. Y vuelven a decir: Señora… Señora Cavennaghi… Lucinda, ¿estás ahí? Yo les digo que no está bien molestar a una pobre vieja, a una vieja sola y sin familia, y que les digan a los vecinos que no estoy loca y que dejen de señalarme cuando pasen frente a mi casa. Pero ellos ni siquiera me miran. Parecen no oírme. Siguen riendo y molestando. Lucinda, Lucinda, Lucinda. Y yo me enfado, y ellos no me hacen caso. Lucinda, Lucinda. Entonces se levanta un gran viento. Yo no lo siento; ni mi balancín ni mi pelo se agitan lo más mínimo. Pero los cabellos de los chicos se erizan, sus risas se ahogan y sus caras forman muecas a la luz de las velas, plana y potente como la de una linterna. Porque las llamas no oscilan en el vendaval; se alimentan de su oxígeno y crecen y crecen hasta que incluso yo puedo sentir su calor. Y luego el viento se retuerce sobre sí mismo en un remolino translúcido de 1,60 metros de altura que recorre el jardín y se detiene donde hace tiempo estuvo el rosal, como bailando a su alrededor. Unos dedos de aire se mueven cuidadosos sobre la planta invisible y seis pétalos rojos y perfumados aparecen en el aire y avanzan flotando hasta las velas, se posan sobre ellas y las apagan con su rocío.

Los chicos ya no están. En el suelo sólo hay botellas vacías y charcos. Todo está más tranquilo. Yo estoy más tranquila. Aún falta un rato hasta que salga el Sol y la gente vuelva a acelerar el paso al pasar por mi acera, girando la cabeza varias veces antes de doblar la esquina. Pero ahora no hay nadie al otro lado de la valla y la luna está baja y roja como un gran pétalo de rosa. Y el rosal ha florecido. El fuego les ha venido bien a mis huesos, los pies me pesan un poco menos. Tal vez mañana dedique unas horas a trabajar en el jardín… está horrible. Pienso durante un rato cómo distribuiré las nuevas flores. Pienso dónde demonios guardé mi rastrillo y mi pala. No me acuerdo. Suena el timbre de una bicicleta en el otro extremo de la calle. El Sol se asoma. El clinc-clinc vuelve a sonar a mitad de calle. Un niño ciclista pasa de largo silbando. Pero, de pronto, se detiene unos metros más adelante y mira hacia aquí sin bajarse de la bicicleta. Ya no silba. Mira un rato más, da media vuelta y, ruidosamente, deja caer su bici frente a mi valla. Duda sólo un poco. Al fin, entra y se queda de pie entre las malas hierbas mirando mi nuevo rosal. A mí, me ignora. Luego escruta a través del hueco de la puerta con los ojos entornados, como buscando a alguien dentro de la casa. Se rasca la cabeza, se encoge de hombros y de su mochila saca un periódico que revolotea por el aire del jardín y aterriza a mis pies, y el niño repartidor se va silbando otra vez. En el papel, una fecha: 1 de noviembre de 2020. ¿1 de noviembre de 2020? El día de todos los Santos… El Día de los Muertos del futuro… Y el aire se lleva el periódico. ¿1 de noviembre de…? No sé… no me acuerdo. Lo que sí tengo claro es que todo se complicó la mañana del 18 de octubre de 1960.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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