Contadores

Trabajo en una asesoría-gestoría. Recurro multas para dilatar el procedimiento y ver si en el ayuntamiento se olvidan de reclamar el pago por enésima vez. También fotocopio documentos casi idénticos a los del día anterior. Y envío un fax cada cierto tiempo. Es un trabajo de mierda, pero no es mucho peor que el de la mayoría. La oficina está en el centro de la ciudad. Utilizo el transporte público para ir y venir, aunque podría hacerlo a pie. Es una ciudad pequeña. Un pañuelo plegado en cuatro movimientos. Eso dicen. Si prestas atención, puedes mantenerte al corriente de la vida de todo el mundo. Lo que pasa es que yo ya no presto atención a nada. Eso dicen. Supongo que por eso me sorprendió tanto encontrarme con David después de todos estos años. Fue al entrar en mi portal. Subí los cinco escalones que median entre la entrada y el zaguán, y lo vi. Al principio me costó reconocerlo. Estaba acuclillado en el minúsculo cuarto de los contadores, manipulando llaves de paso y anotando cifras en una especie de carpeta beige o llena de manchas de algo beige. Seguía siendo un tipo muy grande; parecía que el techo y las agrietadas paredes del cuartucho se apoyaban en el cuerpo de David para mantenerse en pie. No sucedió lo que sucede a veces, eso de volver al parque donde jugabas de niño y que te parecía enorme, y encontrarlo asfixiantemente pequeño. Nada impresionante. No había visto a David desde el último día de octavo de EGB. Probablemente ni siquiera me había venido a la mente por casualidad desde entonces. Pero en cuanto lo identifiqué me sentí tan insignificante y frágil como en aquellos días eternos. Me sentí pequeño. Sería absurdo negar que intenté que no me viera. Sin embargo, él debió de oír algo escabulléndose a su espalda. O se levantó sin más en ese momento.

-¿Víctor? -dijo mientras salía del cuartito de contadores como a cámara lenta, del modo en que un gigante mitológico saldría de su caverna.

Y yo quedé paralizado al ver que el gigante David se me acercaba.

-¡Claro que sí, joder! ¡Eres tú! Víctor… -dijo desde las alturas, meneando su gran mentón despacio y de arriba a abajo- Cuánto tiempo. ¿No te acuerdas de mí?

Supongo que respondí entrecortadamente con otro Claro que sí, un Qué sorpresa, Cuánto me alegro o algo por el estilo, pero mi verdadera atención se centraba en calcular cuántos centímetros y kilos me sacaba aquel fantasma del pasado. En realidad, demasiado consistente para ser un inofensivo fantasma. Demasiado perceptible. Olía a sudor y hasta me pareció que su respiración resonaba animalmente en cada rincón del zaguán. Medí de un tímido vistazo el diámetro de los bíceps que asomaban por la camisa azul arremangada, azul de técnico de mantenimiento, entre el marino y el azulón. En cada uno de ellos podría haberse tatuado un capítulo de El Quijote. Pero en lugar de eso llevaba un montón de imágenes mal perfiladas y bastante sórdidas. Le pegaban más. La cara de un cristo yonqui, un par de vírgenes llorosas. Una calavera en el brazo derecho y una sirena de enormes pechos en el izquierdo. Con los pezones afilados. Su sinuosa cola de pez se enroscaba en la parte interna del antebrazo de David; le llegaba casi hasta la muñeca. Amor de madre en horribles mayúsculas de trazo infantil. Un nombre compuesto de mujer escrito con la misma fealdad. María de Algo.

-Cuánto tiempo, coño -siguió en tono amable, ajeno a su aspecto de ex-presidiario. Y añadió-: Vamos a tomar algo. Ya he acabado aquí por hoy. Venga, por los viejos tiempos.

No necesitaba hacer un esfuerzo de memoria para saber que en los viejos tiempos a los que se refería David no existía nada por lo que yo quisiera brindar.

-No, gracias. Estoy cansado… Y además…

-Vamos -me interrumpió descargando el peso de su manaza sobre mi hombro. La idea absurda de que la sirena de su antebrazo me diera un coletazo, me paralizó-. Vamos, hombre, yo invito.

Mis ojos se entretenían en cualquier lugar que no fuera los suyos. Me fijé en que mi antiguo compañero de colegio tenía una nuez excesivamente prominente. Desde mi perspectiva en contrapicado daba la impresión de que David se hubiera tragado algo en forma de rombo. Subía y bajaba a lo largo de su cuello musculado. Pensé en el logotipo de Renault rasgándole la garganta sin provocarle el menor dolor.

-Te lo agradezco de verdad -respondí al tiempo que retrocedía un poco, torpemente-, pero mi mujer me está esperando en casa. Tenemos cosas que hacer.

-Ahh, ¡te has casado! Nunca te imaginé casado -y rió. Rió desde detrás de sus dientes de carnívoro mucho más rato del aceptable. Cuando se recompuso, se me acercó unos centímetros más y dijo-: En serio, me alegro por ti. Me gustaría conocerla. Una copa rápida en tu casa no puedes negármela.

Me dio un puñetazo en el brazo, más bien un empujón con el puño, como hacen los niños para demostrarse su amistad. Yo ya no sabía cómo solventar la situación. Estaba medio asustado, medio enfadado. Recuperando un instinto remoto, me metí la mano derecha en el bolsillo y la cerré con fuerza alrededor del metal, con el pulgar acariciando el resorte. Igual que cuando era pequeño. Lo único que tenía claro es que quería que acabara ese desagradable encuentro. Pero no encontraba el modo de hacerlo. O, simplemente, no me atrevía a hacerlo. Podía sentir el borde romo del filo haciendo presión contra el dorso de mis dedos apretados. Igual que cuando era pequeño. Nunca me atreví a extenderlos. Nunca salieron del bolsillo.

David miró el bulto de mi pantalón y debió de asociar el presente con el pasado, porque susurró con prepotencia:

-Veo que sigues igual -Ahora movía la cabeza en señal de desaprobación. Añadió-: No aprendes.

Proyectó hacia mí el muro de su cuerpo. Frunció el ceño, adelantó su mandíbula inferior. Noté cómo sus pectorales se hinchaban y se hinchaban hasta ceñirle la camisa. Todo él cargaba contra mí. Despacio. Me hizo retroceder hasta el borde de los cinco escalones.

Fue entonces cuando oí que se abría la puerta del portal. Me volví muy rápidamente, en busca de una salida milagrosa. En busca de cualquier cosa. Era Elvira. Las últimas luces de la tarde caían a su espalda; la hacían parecer más rubia de lo que en realidad era. O puede que me alegrara mucho de verla. De ver a alguien. Sólo puedo decir que me pareció más bonita que nunca. Una obra de arte enmarcada por el quicio de la puerta. Ella me sonrió y empezó a subir hacia donde estábamos. Parecía inocentemente sorprendida. Nos sonreía. Me miraba y miraba a David alternativamente, con evidente curiosidad. No se dio cuenta de mi sudor y mi leve temblor. Al llegar a mi lado, me dijo Hola y me dio el beso de siempre. Luego se orientó hacia David. Yo sólo podía pensar en el tramo de escaleras que caía en picado detrás de nosotros. De los dos. Me costó caer en la cuenta de que Elvira esperaba una presentación. Podría haberle dicho que era el de los contadores, que estábamos hablando sobre los contadores. Algo así.

-Éste es David, un amigo del colegio. David, ésta es Elvira, mi mujer.

-Encantada.

Se besaron como lo hacen dos occidentales cuando se conocen. Se me revolvió el estómago. Sentí verdaderas ganas de vomitar.

-Es un placer -respondió David-. ¿Sabes? Tu marido y yo no nos veíamos desde hace… yo qué sé, ¿veinte años?

Asentí.

-¡Lo que son las cosas! -le dijo David a Elvira-. Vengo a hacer una chapuza y me lo encuentro aquí, jaja.

-Ah, ¿estás trabajando aquí?

-Sí, ahí adentro -señaló la puerta del cuartito-. Parece que hay una fuga en alguna parte. Tendré que volver mañana. Uff, no sabéis el calor que se pasa ahí…

David volvió a reírse torpemente, casi con timidez, de esa manera tonta en que se ríe la gente normal cuando no sabe muy bien de lo que hablar.

-Me lo imagino. ¿Por qué no invitas a tu amigo a subir y tomar algo fresco?

No me salió ni una palabra. Querría haber gritado No con todas mis fuerzas. Explicarle que aquel tipo me había jodido como nadie en toda mi vida. Pero no dije nada, y pasaron unos cuantos segundos incómodos.

-No, gracias, Elvira -dijo David desde la cima de sus tatuajes-. Ya me iba -Un auténtico caballero-. Además, Víctor me ha comentado que hoy estáis ocupados.

Elvira calló prudentemente, pero me miró con insistencia. Yo apresuré el desenlace:

-Sí. Bueno, me alegro de haberte visto. Si mañana estás por aquí, ya hablamos.

Lo dije caminando rápido hacia el ascensor. No vi cómo mi mujer y mi viejo enemigo se despedían con un simple adiós. Solamente lo oí. Dos palabras simultáneas que llenaron el mundo a mi espalda. Me sentí mejor al oírlo. Me sentía mejor y mejor con cada centímetro que aumentaba la distancia con David. Y me tranquilizó el sonido de los tacones de Elvira siguiendo mis pasos. Aun así, tuve que girarme para comprobar que él no venía detrás. Lo vi meterse en su oscura cueva. Tuvo que agachar la cabeza para hacerlo. Supongo que tendría que recoger sus herramientas o algo así. Tal vez cambiarse, quitarse la camisa azul de operario para dejar aflorar su verdadera identidad, la que yo conocía tan bien. Sin dejar de controlar la puerta del cuarto de los contadores, me vino a la mente la imagen infantil de David. Su jersey desgastado, con coderas y grandes bolas de pelusa. Me vino ese asqueroso sabor, el de la lana vieja taponándome la boca cuando me atacaba por la espalda y me inmovilizaba con su brazo. Me estremecí y pulsé una y otra vez el botón del ascensor, que ya bajaba. Muy despacio. Sólo entonces Elvira me preguntó si estaba bien. Y otras cosas sobre David. Si era muy amigo mío, que parecía un buen tío, ¿no?

Y volvió a repetirlo todo en casa, mientras yo echaba el cerrojo con la mano izquierda. La otra todavía mojaba de sudor la pequeña navaja que me había comprado aquella tarde al salir del colegio. Pero de eso hacía mil años; habría sido difícil explicarle por qué me afectaba tanto ahora. Embarazoso, por lo menos. Sobre todo porque ni siquiera yo podía entenderlo del todo. Yo mismo era el primer sorprendido. Sorprendido para mal, avergonzado, decepcionado. Me sentía demasiado humillado como para intentar buscar comprensión en la única mujer que me quería. Probablemente, la única persona que me quería. Y lo único que yo deseaba y podía era fingir que no había pasado lo que había pasado, que estaba bien. Un poco cansado por el trabajo, nada más. Así que intenté cambiar de tema. Qué tal el día, qué te apetece cenar y demás convenciones para dos. Preguntas y atenciones que ya casi nunca nos prestábamos. Ella se extrañó ante mi interés. Puede que arqueara las cejas antes de decir que iba a darse una ducha. No lo recuerdo con seguridad. Estuvo en el baño mucho más rato del necesario para ducharse. Al salir no volvió a mencionar el asunto. Me fijé en que se había depilado las piernas. Su piel estaba ligeramente irritada. Luego cenamos y nos fuimos temprano a dormir. Y su respiración profunda, tranquila y segura de su cadencia, como la de alguien que viviera feliz a un millón de años luz de mi cerebro, me acompañó hasta que el cielo empezó a clarear.

El día siguiente fue también horriblemente largo. Ni por un momento pude quitarme de la cabeza el posible (seguro) encuentro con el hijoputa de David. Fue lo primero que pensé al salir de mi letargo. Maldito hijoputa. Si lo vería al salir de casa. Si ya estaría ahí, esperándome en su cuartito de maldad infinita, de buena mañana. Como todos los días, Elvira ya se había marchado. Habría querido que esa mañana se hubiera quedado dormida. Oírla andar a toda prisa por la casa, refunfuñando. No estar solo. Siempre he sido un egoísta, eso dicen. Me aseé con la navajita sujeta en la goma de los calzoncillos. En realidad, simplemente me lavé la cara de un par de manotazos rápidos, porque de pronto me invadió el terror de que David hubiera raptado a Elvira al verla salir del ascensor. Me la figuré amordazada en el acuoso cuartucho de contadores. Le envié un sms discreto en el que le preguntaba si sabía dónde estaban mis llaves. Y me alivió el bip-bip anunciador de su contestación. Yo q sé!! No tuve ganas de tomar el café tibio que ella siempre me dejaba en la cocina una hora antes, cuando aún estaba caliente y olía a café de verdad. Bajé por las escaleras. La mano en el bolsillo. Los pies sigilosos. Incluso pensé en quitarme los zapatos. La idea de que alguien encontrara mi cadáver descalzo me disuadió. En el primer piso me detuve e intenté percibir alguna señal de la presencia de David. Pero David aún no había llegado.

Las horas no pasaban en el trabajo. Utilicé la parte de atrás de cada folio para trazar un montón de planes. Estrategias valientes. La manera más rápida y eficaz de asestar una cuchillada mortal. Complicadas llaves maestras con las que neutralizarlo. Después metía los papeles y mis sueños en la trituradora de papel; se hacían trizas. Sin importarme lo más mínimo los expedientes que pudieran quedar mutilados. Sólo una cosa me preocupaba. Sentía una mezcla de miedo y de ganas de que acabara el miedo. Tenía prisa, estaba impaciente por acabar ese nuevo puto último día de colegio. Y olvidarme de David hasta que volviera a aparecer en mi vida veinte años más tarde. Deseaba encontrarme ya frente al cuarto de contadores y que sucediera lo previsto. No veía el momento de estar en casa, encorvado ante el espejo del recibidor, contando los huecos en mi dentadura. Me fascinaría la contemplación de mi ojo morado. Desde detrás de su oscura bolsa de sangre miraría la brecha en mi ceja. Algunos huesos rotos me inflamarían la carne. Pero me reconfortaba pensar que al final, tal vez, existiría cierto orgullo en la expresión de mi reflejo. El irreductible orgullo de la supervivencia, que mitiga un poco el dolor. Entonces entraría Elvira, y yo me acercaría hasta ella. Casi arrastrándome. Iría a abrazarla y a que me abrazara. Mancharía de rojo su ropa y le contaría lo que había pasado. La historia completa. Lloraría en cinco minutos lo acumulado en silencio durante toda una vida. Lágrimas pasadas de fecha, agua podrida. Y esperaría recibir el consuelo de su voz y su tacto cuidadoso.

Así, entre la resignación y el anhelo de redención, llegué al portal. Montones de frases daban vueltas en mi cabeza cuando giré la llave en la cerradura. No quería quedarme sin decirle a David lo que pensaba sobre él. La repugnancia que me producía. Necesitaba soltarle a la cara lo mucho que disfrutaría viéndole morir del modo más horrible. Arder a lo bonzo. Eso imaginaba mientras subía los escalones sin encender la luz y me iba poniendo al nivel de David. Que un escape de aguas fecales lo ahogara lentamente en cualquiera de los cuartos oscuros que visitaba a lo largo del día, herméticamente sellado. Quería provocarle y precipitar los acontecimientos. Que todo ocurriera lo más rápido posible. Pero, sobre todo, quería hacerme oír de una puta vez. Al fin y al cabo, eso era lo único que estaba a mi alcance: no dejar nada por decir. Hablar a pesar de lo inútil que iba a ser hacerlo. Lo demás, la violencia mágica y el triunfo heroico del bien sobre el mal, no eran más que sueños de niño de EGB. Por eso reprimí con esfuerzo el gesto mecánico de guardar mi mano en el bolsillo y empecé a recorrer los últimos metros. La portilla estaba entornada. Una estrecha rendija marcaba la frontera entre la penumbra del zaguán y la oscuridad del hábitat laboral de David. No sabría decir si durante esos segundos, acercándome tembloroso a la puerta tras la que tenía que enfrentar a mi monstruo, me alegró o me irritó la idea de que ya no estuviera allí. Abrí la puerta de golpe y busqué nerviosamente el interruptor de la luz. Temía que una llave inglesa o cualquier cosa sucia por el estilo, manchada de grasa y sudor brutal, surgiera de la negrura y se estrellara contra mi cabeza. Y se acabara mi momento de audacia antes de empezar. Mi momento de gloria. Pero nada impactó en mi cráneo ni en ninguna otra parte de mi cuerpo. Encontré el interruptor. Se encendió la pequeña bombilla que colgaba del extremo de un cable, justo en el centro del techo mohoso. La luz cayó sobre el mutismo del cuarto vacío. Iluminó las huellas que las enormes botas de David habían impreso en el polvo del suelo. El óxido acumulado en las ruedecillas de los aparatos. Parecía mierda reseca y negrísima. Y las manchas de humedad en las paredes, que dibujaban formas amenazantes, grotescas, abombadas por el agua filtrada y quebradas por cientos de grietas milimétricas. La bombillita cerúlea alumbró hasta el olor que flotaba en el aire encerrado, condensándolo. Fue como si el lánguido resplandor de aquellos escasos cincuenta vatios multiplicara el efecto desolador que el panorama de la diminuta habitación ofrecía. Potenció la profundidad de mis sentidos. Era un auténtico foco de quirófano lo que pendía a plomo del techo, haciendo evidente lo más insignificante. Como las oscuras borras de lana que rodaban por el suelo en busca de algún rincón en que hacerse fuertes. Me agaché y cogí una. La acerqué a mi nariz sin demasiado sentido. La chupé. Y sabía exactamente igual que aquella repugnante lana escolar. Me incorporé entre arcadas, y nuevos detalles se manifestaron delante de mis ojos, vitrificados por la náusea. Entre las pisadas de operario, sobre algunas de ellas, se dibujaban palmas de manos. Cuatro huellas diferentes. Dos izquierdas y dos derechas. Dos manos gigantescas, como las de un primate, y el otro par, de rasgos pequeños y estilizados. A medida que interpretaba el paisaje del cuartito, el olor a cerrado iba mutando en el aire caliente de mis fosas nasales. Se alteraba y me alteraba. Me acuclillé con cuidado de no alterar las pistas que se revelaban alrededor de mis pies. Con cuidado y con esfuerzo. El tufo extraño se volvía más y más irrespirable. Me mareaba. Intenté respirar por la boca, pero no sirvió de nada; aquel olor fue haciéndose más y más pesado hasta convertirse en la sombra de un olor muy familiar. El de la cama. El de nuestro suavizante. El aroma que inunda el cuarto de baño cuando se abre el armarito de los perfumes y los trastos cosméticos de Elvira. Pero no era exactamente el mismo. En realidad, era igual y totalmente contrario al mismo tiempo. Porque olía como si alguien hubiera derramado todos esos potingues femeninos sobre el lomo de un perro sucio. Desde mi posición, casi arrodillado bajo el inconmovible haz de luz de la bombilla, distinguí entonces el rastro reciente de otra genuflexión. Y el lugar donde se habían aplastado unas caderas de mujer, delimitado por una curva maravillosa, que formaba una elevación milimétrica en el polvillo ceniciento del piso.

Me incorporé muy despacio. Ridículamente. Con los brazos extendidos para mantener el equilibrio. Con la misma inseguridad que un equilibrista en el trapecio a mil metros de altura. Pero sólo ciento setenta centímetros separaban mis lagrimales de la superficie de la tierra. Oía con absoluta nitidez el ruido de mis lágrimas al estamparse contra la porquería que se extendía en torno a mis zapatos. Hacían chap-chap-chap, como un grifo abierto llenando una bañera. Fue entonces cuando me di cuenta de que el cajetín que marcaba el consumo de agua de nuestra casa goteaba. Goteaba cada vez más. Un charquito redondo y oscuro crecía bajo el contador. Supuse que ella estaría arriba, duchándose. Intentando lavarse.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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