Cica, Huevo y Kiste

En una de las desconchadas paredes exteriores de la estación de Museros, en la que da la sombra cuando espero el tren, pone CICA, HUEVO Y KISTE. Con rotulador rojo de punta gorda. Sin alardes. Letras pequeñas y trazos sencillos y rectilíneos, al estilo de los que quedarían si las palabras hubieran sido grabadas a punta de navaja. Son buenos motes para tres delincuentes juveniles de pueblo plano y feo como un ladrillo de obra, como un montón de polvo gris en medio de campos de lechugas. Nombres que hacen que las ancianas del lugar, simplemente con escucharlos, aprieten el bolso contra el costado. Carne de reformatorio: así los clasificó mi mente desde que los leyó en esa pared, las letras tan apretadas, señal de amistad, de mucha amistad, excesiva -si es que eso es posible-, amistad al cubo, amistad desbordando el límite superior e inferior de la cotidianeidad. Y muy poco de todo lo que queda en medio, escuela, familia y conocidos, comidas calientes, partidos de fútbol en el recreo y fiestas de cumpleaños. Nada de eso, para ser precisos. Demasiadas películas en mi cabeza, tal vez. No importa. El caso es que me los imaginaba a bordo de un Opel Kadett robado, inhalando disolvente y oyendo música trance mientras recorrían a toda velocidad las rosadas carreteras nocturnas de L’Horta o comoquiera que se llame la comarca de Museros, evitando y retando al tiempo a las sirenas policiales.

Ahora sé que mi figuración era errónea.

Porque Cica, Huevo y Kiste son tan adolescentes como mis imaginarios ladrones de coches, igual de jóvenes y errantes, sí, y con un poco de -mala- suerte serán cadáveres tersos y prematuros tan pronto como lo serían aquéllos si habitaran el mundo objetivo y ajeno a mi imaginación. Pero lo cierto es que Cica, Huevo y Kiste pertenecen al otro sexo. Al bonito. Y quizá por ese motivo las tres resultan dolorosamente reales para mis retinas y tímpanos. Las tres tienen voces chillonas que utilizan con ordinariez y que mitigan hasta el traqueteo de los vagones. Las tres son de carne y hueso y metal dorado; kilos y más kilos y metros y kilómetros de metal dorado por fuera y ceniciento por dentro colgando de sus cuellos y muñecas, atravesando sus orejas por mil puntos, enroscado entre sus dedos.

Se suben al metro que me trae de regreso a la tercera ciudad a esa hora en que unos quieren comer y otros ya tratan de digerir, esa hora en que los más afortunados van al trabajo o vienen de allí. A algunos de los viajeros se les nota en la cara si el trayecto es de ida o de vuelta. En general, sin embargo, no: nada más que caras inexpresivas a la luz cruel del sol de mediodía que se cuela por las ventanillas con esa nitidez quirúrgica que resalta los defectos físicos de todos los pasajeros y ayuda a intuir las tragedias que esconden al otro lado de la piel. Todos temblando al ritmo de las traviesas de la vía, o ésa es la excusa, todos y cada uno lanzando miradas huidizas, que a veces -y aunque sólo sea para sentir un poco más tenue el olor de su propia mierda de origen o de destino o de origen y de destino- se atreven a enfocar el extremo del último vagón y echar un vistazo fugaz pero reconfortante a las inefables Cica, Huevo y Kiste. Para consolarse imaginando el triste final que sin duda les espera a las tres chicas.

Cica, a la que sus dos amigas llaman Yeni.

Huevo, a la que sus dos amigas llaman Yesi.

Kiste, a la que sus dos amigas llaman Vane.

Nombres ideales para anunciarse en la sección de relax del periódico. Nombres apropiados para coger el autobús interprovincial un domingo al caer la tarde cárdena y viajar hasta un club de carretera de la provincia de No Retorno, y allí envejecer prematuramente hasta tener un par de días libres uno o dos meses más tarde. Nombres que pegan bien para inyectarse heroína en un apestoso lavabo mientras la música que llega desde la otra parte de la cortinilla de vidrios rojos, verdes y azules, la mayoría rojos, se diluye en tus oídos, y con ella tu propio nombre y tu pasado y las amigas con las que demasiado tiempo atrás cogías un metro en no sé dónde para ir a no sé qué sitio. Nombres perfectos para alguien que aparecerá una mañana, con los ojos desmesuradamente abiertos pero pareciendo muy pequeños por culpa del rimel corrido, acuchillada entre unos matorrales cercanos a cualquier carretera sin dirección, o reventada a golpes por un marido alcohólico, o con las venas cortadas gracias a un instante lúcido en medio de la cotidiana desesperación. Perfectos y tranquilizadores nombres para el mundo de todos los días y sus habitantes normales, mediocres, que jamás saldrán en las páginas de sucesos porque solamente viajan en los vagones de FGV, llevando los zapatos más o menos limpios, intentando pasar la jornada sin ser despedido, preocupándose de ganar dinero a costa de tragar y tragar y renunciar al derecho de réplica para no tener que acabar prostituyéndose en el sentido más gráfico de la palabra. Al modo en que muy pronto lo harán Cica, Huevo y Kiste.

Ésta y sólo ésta es la sucia razón de que la caravana metropolitana de trabajadores asqueados de su propia vulgaridad busque consuelo, consuelo rastrero, en el infausto futuro que aguarda a las tres chicas.

El objetivo del rebaño: la dignidad por contraste.

Espejismo de dignidad.

Y yo me reconozco entre ellos.

Yo también odio la precoz decadencia del trío de chavalitas. Su mala educación, su mal gusto, su mal aspecto. Hasta su mal olor, a pelo recién lavado pero ya oxigenado. Y, como los demás, las miro de reojo para sentirme un poco más conforme con la realidad que me ha tocado.

Mejor dicho: las miraba por ese motivo. Pero ya no me basta.

Ahora ya no discierno entre ellas y el resto. Todas las vidas son iguales a la luz del sol de siempre o a la luz mortecina de los halógenos de un vagón. Nadie es especial. En ocasiones, alguien puede parecerlo. Pero más pronto que tarde acabará volviéndose normal en el peor sentido de la palabra.

Supongo que por eso ya no puedo distinguir entre ellas y yo, que enseño sin querer los calcetines de ejecutivo al sentarme en un pequeño hueco libre en la fila de asientos. Su vulgaridad y la mía son tan distintas… pero jodidamente idénticas. Y envidio la suerte de los héroes por accidente que perdieron la cabeza o las piernas o las tripas en la oscuridad sucia de los túneles de Próxima estación: Jesús. Y suplico a las estrellas más potentes que mi tren descarrile y mi cuerpo se desmiembre atrapado en un amasijo de hierro, poniendo coherencia de una puta y definitiva vez entre mi mutilado interior y mi exterior tan, tan, tan frágil. Pero que ya hasta se ha olvidado de sangrar y llorar y dormir y gritar y reír. Y sentir.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Cica, Huevo y Kiste

  1. jano dijo:

    Releido.

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