Trufas

La mujer hablaba muy alto y reía muy fuerte por el móvil mientras recorría arriba y abajo y arriba y abajo el larguísimo pasillo principal del lujoso ático, haciendo tactactac con sus zapatos de tacón, gesticulando ostensiblemente, ruido de joyas, atusándose a cada instante la espléndida melena con mechas de peluquería diaria, ruido de joyas, contemplándose a sí misma cada vez que su escandaloso y acelerado ir y venir le hacía pasar por delante de cualquier espejo. La chica, entretanto, limpiaba los cristales del amplísimo ventanal del salón subida a una escalera de aluminio, de espaldas al balcón y al sol otoñal que caía en picado tras los edificios de enfrente, haciendo que la gente que aún caminaba por el paseo marítimo empezara a sentir frío y regresara a sus casas. La chica tenía nombre, pero lo cierto es que este detalle no importa. La mujer siempre la llamaba la chica, por ejemplo ahora, en su frenética conversación telefónica probablemente con otra mujer igual que ella, cuando había dicho que mañana era el cumpleaños y mandaría a la chica a comprar trufas a ese sitio de la calle R…, ese sitio que es tan viejo y tan cutre pero, cariño, donde las hacen tan bien. Sí, mañana la chica iría a la pastelería y, en caso de que se lo ofrecieran, rehusaría educadamente comer el más minúsculo pastelillo, pues ella era ecuatoriana, de una raza muy diferente a la de la estilizada señora, más achaparrada, más culona, más rechoncha, y a menudo le preocupaba que todo ello pudiera llegar a ser la causa de su despido. Así que la chica últimamente comía muy poco e incluso habría ido al gimnasio, a un gimnasio normal, no como el selecto club de campo al que su señora acudía tres tardes por semana, si su sueldo y su tiempo libre hubieran sido un poco más abundantes, y por eso, a falta de preparadores personales y programas de ejercicio, quemaba calorías realizando con intensidad y concentración cada una de sus tareas domésticas, con o sin auriculares, con o sin música latina, en función de que la señora estuviera de buen o mal humor, en función de la atención que tuviera que prestar al teléfono, al interfono, a la voz de la señora, al bipbip de cualquier electrodoméstico. Ahora frotaba cristales y tal vez el hecho de estar más fuera que dentro del piso la había decidido a ponerse el discman, que reproducía una canción estilo merengue. Había rebajado el volumen para escuchar lo que la señora hablaba al teléfono. De este modo había sabido que al día siguiente, además de hacer lo de siempre, iría a comprar trufas, y, también gracias a ello, pudo oír con absoluta nitidez el ruido que se produjo en la calle, treinta metros más abajo, como si un saquito de algo blando se hubiera estrellado contra el suelo. También la mujer lo oyó. Se acercó por el pasillo con una extraño color en su cara, más bien ausencia de color, vacío, congelación, el móvil pegado a la oreja pero la boca paralizada por algún miedo instintivo, y los ojos que se dilataron, que se expandieron como dos agujeros negros cuando vieron en el balcón el taca-taca vacío en el que su bebé estaba aprendiendo a andar, el taca-taca cuyas ruedas aún se deslizaban despacio sobre el suelo, señal de que hasta hacía muy poco su habitual ocupante lo había estado utilizando. La mujer-madre quiso decir algo, gritar algo, pero sólo pudo aferrarse al marco de roble de la puerta y señalar temblando el andador, la barandilla, el vacío de aire que las separaba a ella y a la chica del impacto que acaban de oír. Todo sucedió en un segundo o dos, tiempo de sobra para que la chica bajara a toda prisa de la escalera y asomara su cara al mirador del pánico. Luego se llevó las manos a la cabeza y quizá chilló, quizá clamó a dios y a una virgen de su tierra natal, quizá los maldijo, o quizá fue la primera de las incontables ocasiones que se maldeciría a sí misma a lo largo de su vida, pero la madre ya no lo supo, porque ver a la chica tirarse de los pelos y correr escaleras abajo hacia la calle fue para ella todo uno, partiéndose los tobillos cada vez que los zapatos de tacón pisaban mal algún peldaño y le recordaban lo inapropiados que eran para tal situación. Arriba, recién despeñada a su infierno particular, agarrada a la reluciente barandilla metálica, la chica lloraba y veía en la acera imágenes líquidas, trémulas, de gente que miraba hacia el balcón, de gente que se arremolinaba en torno al pequeño, y también la silueta vibratoria de un anciano que se había desmayado ante el espectáculo, generando a su alrededor un círculo más discreto de transeúntes, y la chica no aguantó más y volvió la vista hacia el cielo en busca de cualquier escena diferente, cualquier escena que resultó ser el vuelo circular de unas cuantas gaviotas que su mente asoció por instinto con buitres asquerosos. Agarrada a la barandilla, mirando el cielo y los buitres, sin fuerzas ni consciencia para arrancar de sus orejas el merengue que hasta segundos antes le estaba haciendo compañía y que en un segundo se había transformado en la sórdida banda sonora de la muerte de un niño, de la mayor desgracia, oía de fondo los lamentos generales que ascendían hasta el ático como la polvareda invisible de la tragedia. Justo antes de que la madre hiciera su aparición en el tumulto callejero, la chica se introdujo en la vivienda y, sin pensar demasiado las palabras que diría, llamó al padre y le contó algo parecido a lo que acababa de suceder, vomitó frases sueltas, vomitó exclamaciones y blasfemias y, finalmente, colgó y vomitó el té de menta que había tomado como única merienda esa tarde, y se tendió en posición fetal sobre el mármol reluciente que media hora antes había fregado. La chica no quiso seguir presenciando lo que ya no tenía solución, no se asomó, no bajó a la calle, no vio cómo la madre se rompía las medias al arrodillarse junto a su bebé, con la boca envuelta en babas y mocos y las manos revoloteando histéricas en el aire muy cerca del cuerpecito pero sin atreverse a tocarlo: rondando a modo de rito ancestral las extremidades invertidas y en proceso de enfriamiento del hijo, que yacía boca abajo y de cuya cabeza rubia empezaba a resbalar un pequeño reguero rojo y brillante con salpicones grisáceos; y la madre espasmódica allí, tan cerca y sin osar tocarlo, rozarlo siquiera, concentrando todo el ansia de tacto, de acción, de remedio, de besos y de máquina del tiempo en su cuello hinchado y venoso, del que emergió un gruñido desgarrado, ronco, animal, una especie de aullido que enmudeció a todas las demás gargantas que observaban. La chica no vio tampoco la llegada furibunda del padre, con la mirada y los gestos y la voz en grito cargados de una retahíla de reproches hacia la madre y hacia ella que ya jamás tendría fin, el padre que llegó en dos minutos y descamisado porque no había estado trabajando en el despacho, sino follándose a una vecina del patio de al lado a la que conoció una tarde mejor paseando al perro, el padre que sí se atrevió, sí tuvo tripas y cogió el diminuto cadáver entre sus brazos lo justo para que los estómagos y las almas de todos los presentes se revolvieran al ver el amasijo carnoso y óseo en que se había convertido la cara del precioso bebé, como una mezcla de plastelina roja y blanca, como una horrible tarta de nata y fresa deshecha donde antes había habido ojos y nariz y dientes de leche. Después de quién sabe cuánto llegaron las sirenas y las luces médicas y policiales iluminaron quirúrgicamente la realidad de la noche en ciernes más triste del vecindario; una noche que, por muchos soles que subieran y bajaran en lo sucesivo, quedó condenada a ser eterna y oscurísima cuando la acera quedó despejada, cuando el hospital certificó la muerte y, por fin, cuando un obrero sin cara de pena tapió el hueco del nicho, porque la amiga que cotorreaba al teléfono, todos los teléfonos, todos los amigos, el disco de merengue del reproductor, la música, la vecina del perro, los perros, el sexo, las gaviotas, todas las aves, el mar, la playa, la playa opuesta del océano, América, Sudamérica, la plastelina, las tartas, las trufas y todo lo demás estarían para siempre contaminados por la sangre de un bebé de trescientos sesenta y cuatro días al que nadie quiso demasiado.
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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Trufas

  1. Estupenda dijo:

    Acabo de flipar ocn este relato. En fin, descansando de Marx y buscando entre tu pasado. Relato buenísimo que espero encontrar en esa deseada compilación. Muaks!

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