Testigos

La plaza antes fue un gran descampado. Crecían altísimos matorrales urticantes que siempre estaban cubiertos de arenilla grisácea. Con todo, se jugaba al fútbol entre esos matorrales y entre los camiones y los montones de escombros. Y cuando la pelota caía en medio de las malas hierbas, siempre había alguno que se adentraba en ellas para que se pudiera continuar el partido.

Ahora casi todo el terreno está edificado, al menos urbanizado, y el descampado ha mutado en plaza. Una plaza pobre, de suburbio, sin fuentes ni árboles. Ni siquiera tiene una forma definida. Lo más característico de ella es que una calzada de doble sentido la parte en dos y de día o de noche el paisaje está lleno de coches aparcados. Correctamente o en doble fila. Cuando oscurece y la gente vuelve a casa desde algún sitio, hasta en triple fila.

En un extremo hay un pequeño jardín cercado por setos pinchosos. Conserva algunos bancos de madera. Siempre están ocupados por los mismos. Grupos de jóvenes se instalan allí después de la hora de cenar y hablan muy alto, cada minuto más alto a medida que beben otra cerveza y fuman otro porro. A veces suben uno de sus coches-naves espaciales a la acera, hasta pisar la misma gravilla del jardín, y ponen el radio-cd al máximo volumen. Y lo inundan todo, conquistan cada casa de los alrededores con su música de mierda. Pueden estar allí hasta bien entrada la madrugada, cualquier día, también entre semana. Son de esa clase de jóvenes que siempre visten chándal y gorra y zapatillas deportivas. Ellos y ellas. Ellos y ellas lucen anillos y cadenas y pulseras, muy gruesos, dorados. Ellos, a poco que su naturaleza se lo permita, suelen estar desmesuradamente musculados. Se les intuye prestos a demostrar sus horas de entrenamiento. Ellas llevan a gala parecer auténticas zorras.

Están ahí cuando pasa el camión de la basura. A menudo insultan a los trabajadores. Se burlan de ellos. Lo dejan todo hecho una porquería. Escupen a cada segundo, tiran bolsas de plástico al suelo, rompen las botellas. Respiran.

Se meten con los que bajan a pasear a sus perros. Los retienen a empujones mientras les obligan a ver cómo dan de beber alcohol a sus mascotas.

Dentro de poco cobrarán un impuesto por pasar a menos de cincuenta metros de ellos. Por pasar por su territorio.

Yo no tengo dinero, así que me he hecho con una escopeta.

Mi tío cazaba. Hace poco murió de Alzheimer y se dejó olvidada la escopeta en un armario empotrado de su habitación. Fui a ver a mi tía. Le di un cariñoso pésame y me llevé el arma en una bolsa para guardar la caña de pescar. También era pescador.

Últimamente paso las noches sentado en el balcón. La barandilla es de hierro forjado, con muchos recovecos, muy cómoda para apoyar la escopeta y encañonar a quien yo quiera.

Me he dado cuenta de que cada noche son más los vecinos que salen a sus balcones. Hombres y mujeres que fuman en pijama a las dos de la mañana. O que no fuman, que simplemente no pueden dormir con tanto jaleo y alimentan a disgusto sus ojeras. Todos ellos me miran de reojo cada cierto rato. Algunos asienten con la cabeza al mirarme, al mirarme o al mirar mi escopeta. Unos pocos se atreven a sonreírme como testigos cómplices. Mis mejores fans se frotan las manos, más por lo que imaginan que por el frío que hace ya en esta época del año.

Yo sólo imagino el feliz tiempo en que todo esto era un descampado y no había nada especialmente condenable en matar ratas a perdigonazos.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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