El fin de la torpeza

La pizza era la piedra angular de su dieta. La pizza cuatro quesos de Casa Tarradellas, concretamente. Ocho minutos dentro del horno a 220º, y cena preparada. Rápido, fácil.

Llevaba el verano entero solo en casa. Sus padres se habían marchado al pueblo un mes atrás y desde entonces Fabio se había dedicado a trasnochar viendo pelis y escuchando música. Ambas actividades a todo volumen, pues era necesario para sofocar los insultos de los vecinos protestones y el timbrazo esporádico, muy esporádico, de la puerta o el teléfono. Sólo cuando leía algo lo bastante bueno en su forma o en su contenido como para cambiar el sentido unidireccional, retrospectivo, de sus pensamientos sin necesidad de recurrir a voces grabadas, reinaba el silencio en el piso.

Para ser honestos, había muchos ratos en los que ni veía ni escuchaba ni leía. Se levantaba a mediodía y se tocaba las pelotas tirado en el sofá hasta bien entrada la tarde. Sus libros de estudio estaban abiertos por la misma página desde hacía semanas: la última vez que fui a su casa me di cuenta de que empezaban a acumular polvo. En el fregadero fermentaban restos de comida adheridos a todas y cada una de las piezas de la vajilla más surtida de la casa; hasta las copas de champán y los cuchillos para el pescado. El suelo estaba pegajoso, el váter objetivamente sucio y las sábanas de la cama olían justo igual que él. Todo olía igual de mal que él. Y no pasaba nada: no tenía ninguna visita prevista.

He oído que fue un jueves. La noche de un jueves. Mejor: la calurosa madrugada de un jueves a un viernes. Tirado frente a la luminiscencia blanquecina de una vieja película de ciencia-ficción, lleno de cerveza belga de alta graduación, su único lujo, con el apestoso cenicero rellenando el hueco de su pecho, atiborrado de colillas que vomitaban hacia el techo líneas rectísimas de humo espeso y azulado, sintió ganas de comerse la pizza que había dejado pasar unas horas antes, por apatía, por comodidad, por absurdidad. Harto de todo. Conociéndolo, creo que en el instante de encender el horno y rasgar el envoltorio de la cuatroquesos única y exclusivamente quería meterse en el cuerpo algo que no tuviera regusto a ceniza y alcohol y mierda. Pero a mí nadie me preguntó. Si lo hubieran hecho, les habría gritado que Fabio siempre actuaba y omitía por impulsos, sí, pero que no estaba enfermo.

Cuando lo encontraron, por supuesto, todos pensaron que se había vuelto loco. De hecho, la mayoría de los curiosos que asomaron la cabeza por la puerta que dejó entreabierta el último policía comentaban que ya estaba loco mucho antes, que algo así tenía que pasar y que, por suerte, no le había dado por volar la finca con la bombona de butano. Pobres imbéciles… El bueno de Fabio nunca habría hecho algo así. Además, tenía gas ciudad. En fin, que el bueno de Fabio era bueno. Un poco raro, tal vez, pero bueno. Incapaz de hacer daño consciente a una mosca, como suele decirse, pero insuperable en su don subrepticio para preocupar a todo el mundo, para hacerle sufrir, para mantenerlo en vilo. Y de lo que no me cabe duda es que nadie lo pasó tan mal por su culpa como él mismo. Su final lo demuestra. Así que, perros ignorantes, no manchéis su memoria. Yo lo conocí bien. Yo contaré lo que es probable que sucediera.

La pizza era la piedra angular de su dieta.

Cuatro quesos.

Ocho minutos.

220º.

Se acabó lo que le estaba distrayendo en el DVD hasta ese momento: según el acta del juzgado, El día en que paralizaron el mundo. Y él se quedó inmóvil, solo en medio de una madrugada silenciosa y ardiente, sin cine ni música. Sé que ya había leído cuantos libros había en su casa. Algunos, varias veces. Muchas veces. Y supongo que de pronto empezó a abrasarse. Como una pizza.

Quiso comer una pizza.

Al instante allí estaba Fabio, sentado en el pequeño taburete frente al horno, mirando la masa recién introducida en él, estéril, dura y artificial, a punto de iniciar su prodigiosa metamorfosis para convertirse en un manjar, en una obra de arte de deliciosos sabores.

De nuevo le asaltó ese fuego interno. Despegó el culo de su ridículo trono, dispuesto a beber un poco más. Apuró todos los botellines naranjas con los que había estado decorando la mesa del salón durante días. Cerveza desventada y recalentada. Aquello no se apagaba.

Sacó los cubitos de hielo del congelador. Esto también lo decía el atestado, pero en cualquier caso lo habría sabido. Mi amigo tenía esa puñetera manía: frotarse el cuerpo con hielos, en verano o en invierno, la frente, la nuca, las axilas, los genitales. De repente le invadían esas olas de calor insoportable. Se ponía a sudar de un modo extraño. Se quedaba pálido, con los ojos muy abiertos, como si hubiera visto un fantasma, y la humedad le calaba de pies a cabeza. En alguna ocasión, incluso, se desmayó y, al recobrar el conocimiento, aún aturdido, frotándose los ojos para limpiarse el exceso de salitre, lo primero que nos pedía a los que intentábamos reanimarle era que llenáramos la bañera con agua fría y que lo metiéramos en ella junto con lo más congelado que encontráramos a mano, hielo, latas de cerveza, carne picada, barritas de merluza, un cadáver… Cualquier cosa que encontráramos en el frigorífico más próximo. Era lo único que conseguía reanimarle.

Aquella noche, por desgracia para unos cuantos de nosotros, Fabio estaba solo.

Sí, se refrescó con cubitos y con magro de cerdo y con croquetas Pescanova, todos lo hemos leído, pero es obvio que no fue suficiente. Imagino que a esas alturas su cerebro estaba ya en plena ebullición. Había rebasado, por primera y última vez en su vida, el punto de cocción. Su punto de no retorno. Y decidió acabar con su brazo derecho.

Siempre maldecía su brazo derecho. Estaba harto de él. Decía que era su virtud y su condena. Con él, como la mayoría, se masturbaba. Se sacaba mocos y señalaba maleducadamente. Tocaba tetas y se mojaba los dedos de ese lado. Saludaba y se despedía. Sí, con él le hubiera gustado despedirse de todos ésos que ya no le dirigían la palabra. También le servía para escribir cosas dolorosas, duras pero justas, párrafos malos que a nadie le apetecía demasiado leer. Esa extremidad le recordaba a diario que le faltaban unas gotas de talento. A menudo se le veía extender el puto brazo, abrir la mano y quedarse embobado mirando las líneas de su palma, entrecortadas, sin camino definido, como un nudo de autopistas alrededor de una gran ciudad tercermundista, siempre circunvalando algo, siempre sin señales claras de salida.

No me extraña lo que hizo. Me sorprende, porque nunca se me pasó por la cabeza esa posibilidad concreta, pero no me extraña. Muchas noches pensé que antes o después Fabio aparecería tullido. Que nos contaría que había ido a las vías y el tren había hecho el resto. Que el día menos pensado, llevándolo a su casa tras una dosis de fiesta y alcohol, él sacaría el brazo por la ventanilla y lo destrozaría contra un autobús o una señal de tráfico. Cualquier cosa. Pero he de reconocer que el final que tenía reservado para su miembro perverso nos sorprendió a todos. Tenía imaginación.

Según dicen, Fabio se comió su propio brazo.

Supongo que contemplaba aquellos ingredientes congelados, horribles, muertos… Cómo iban cobrando color, calor, olor. Vida. Si lo conocí bien, seguro que antes de darse cuenta ya se había arremangado la camisa y los pelillos de su antebrazo y de sus falanges empezaban a crepitar y enroscarse. Un olor especial tuvo que ocupar la cocina. Y apuesto a que eso le animó a seguir. Por fin estaba sintiéndose a sí mismo. Cuando abusaba de las drogas, solía decirnos que lo que más le dolía era no poder sentir nada desde hacía tanto tiempo que ya ni era capaz de recordarlo. Por eso sé que a la vez que su piel se arrugaba, se rajaba y se prendía dejando a la vista grasa y músculos relucientes, Fabio sonreía con los dientes apretados, tan apretados que las encías le sangraron. Así lo encontraron después: precioso, encarnado y con un rictus risueño. Como nunca. Eso sí que me extraña.

Pero precisamente ésa es la razón por la que sobrevivo al dolor por la muerte de mi amigo. Todo se acaba. Fabio llegó a su final y lo afrontó asumiendo el riesgo que conlleva experimentar con humanos. Él, a pesar de que sus amigos y familiares intenten justificar su conducta con una supuesta alteración mental -para suavizar sus remordimientos, sus Pude hacer más, Le descuidé, Maldito cabrón, nos ha marcado para siempre-. él, en pleno uso de sus facultades, simplemente decidió intentar iniciar una nueva vida. Una existencia con miles de cosas por descubrir, por aprender, por hacer mejor que antes. Valiéndose de su zurda, pues la derecha le había dado mal resultado: los renglones de su historia se habían torcido. Su expediente vital indicaba que había fracasado. En todo. Yo le quería, por supuesto, pero no puedo negar que Fabio era un perdedor nato, un torpe sin remedio. Mi amigo lo sabía muy bien; tampoco él lo negó jamás.

El caso es que esa tórrida noche se sorprendió pensando que ya no le quedaba otra forma de intentar enderezar su rumbo: necesitaba un giro de ciento ochenta grados, y pensó que, quizá, si empezaba a hacer las cosas con su lado marginado, le saldrían mejor, que quizá sólo necesitara un cambio de orientación, moverse desde el lado bueno.

Ideas por el estilo debieron de cruzarle por la mente mientras resistía el calor. No quiero ni pensar lo que pudo durar aquello. ¿En cuánto tiempo se asa un brazo humano? ¿Cuántas veces pierdes la conciencia durante el proceso? Tampoco sé cómo se hace después para amputártelo a la altura del codo, trincharlo y comértelo hasta que sólo quedan dos huesos largos y limpios sobre la encimera, rematados en una mano tostada con la que ya no pudo hacer nada más que probar un poco del dedo pulgar.

Lo que tengo muy claro, eso sí, es que Fabio no pretendió suicidarse. Imagino que esperaba acabar su purificación y correr al hospital para que los médicos hicieran lo que correspondiera. Luego, supongo que supuso, le internarían en un psiquiátrico y al cabo de una temporada más o menos larga estaría de nuevo en su mundo de siempre, pero con su flamante estilo de vida, el opuesto al que le había marcado hasta antes de su banquete y que, desde luego, no podría ser peor. Estoy convencido de que ése era su plan. Renacer. Mejor, resucitar.

Pero perdió el control. Quizá se recreó demasiado. Por lo que sé, abrió el mejor champán que encontró en el mueble-bar y se lo bebió a morro y caliente. Las copas estaban sucias. Sólo dejó dos dedos de líquido en la botella. Preparó patatas y pimientos verdes como guarnición. Según parece, casi ni los probó. Debió de centrarse en la carne. Hasta sacó fotos de su particular auto-servicio. Con la misma polaroid que le servía para inmortalizar las pocas cosas que consideraba dignas de ello. Están en el juzgado, presumo, dentro de una carpeta de cartón marrón en la que alguna funcionaria antipática habrá escrito el nombre de mi amigo. Me gustaría contemplarlas. Me ayudaría mucho comprobar si en verdad se le veía sonriente. Pero me temo que nadie verá nunca esas fotografías. Tendremos que conformarnos con fabricar nuestra propia versión del suceso. La que salió en la prensa es absolutamente decepcionante. No cuenta nada de lo que yo os he contado. No acaba diciendo que si al final Fabio subió al cielo en el que no creía, estaría bien que los dioses le permitieran ser zurdo.

Y si descendió hasta el infierno, también.

Anuncios

Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s