El hielo

Se llamaba Braulio y era uno de los vecinos de mi bloque. Un chaval. Debía de tener mi edad, año arriba o abajo. La verdad es que por aquel entonces, cuando las cosas eran relativamente normales, no podía decir mucho más de él. Era un vecino, punto. Y yo, supongo que como cualquier persona corriente, nunca me he preocupado por conocer a mis vecinos. Pero si queréis saber con mayor detalle cómo era el pobre Braulio, os diré que tenía un aspecto fuerte y saludable. Noventa kilos de energía y sangre joven. Mis huesos, músculos, estatura y peso multiplicados por dos. De su cerebro, de su manera de pensar y sentir, su opción política, su cociente intelectual, su bondad o maldad, sencillamente, no disponía de datos para emitir un juicio fiable. Os repito que no lo conocía. Nuestras costumbres sólo nos cruzaban algunos domingos a primera hora de la mañana en la puerta de casa. Yo volvía de fiesta y él salía del portal con su bici (y su culotte y su maillot dorado y sus zapatillitas de diseño ergonómico para adaptarse perfectamente a la forma del pedal), dispuesto a devorar, no sé, ochenta kilómetros de arcén antes de permitirse parar a almorzar. Supongo que él me catalogaba como un bicho raro. De ser así, el sentimiento era recíproco. En fin, que a pesar de que ambos habíamos pasado nuestros primeros veintiséis, veintisiete, veintiocho años en el mismo edificio, ése era el único trato que manteníamos: un hola y adiós demasiado temprano para uno y demasiado tarde para otro. Y reconozco que me habría gustado verle aún menos a menudo, en seguida os explicaré por qué. Entenderlo es cosa vuestra.

El domingo en que todo empezó a cambiar era igual que tantos otros. Sólo que la prensa y la televisión habían puesto de moda el tema de los aerolitos, que si era realidad o un simple bulo para ociosos. Los conspiranoicos decían esto y los científicos, lo otro. Pero yo no pensaba en esas historias. Para mí todo era igual que cualquier otro domingo de resaca a punto de empezar. Un coche con el radio-cd a máximo volumen dio un frenazo frente a mi patio y me descargó sobre la escarcha del asfalto justo cuando Braulio Garmendia (hasta tenía nombre de ciclista) sacaba por la puerta la rueda delantera de su reluciente bici, cuidando de no rascar la pintura de la puerta. O la pintura de su propia bici. O, seguramente, ambas pinturas; se me había olvidado comentaros que los vecinos decían que Braulio era un joven muy atento. A mí me toleraban los ruidos, los golpes, la música, o la tele, o la música y la tele atronando a las cinco de cualquier madrugada porque mi familia había muerto dos años antes en un accidente de tráfico. Pero cualquier imbécil se habría percatado de que lo hacían más por ser políticamente correctos que por sincera humanidad.

Con todo, esa diferencia de trato no tenía nada de raro ni de hiriente; es cierto que Braulio era mucho más deportista, educado y formal que yo. Y a mí no me importaba que los que se fijan en esas cosas se dieran cuenta de ello. Mejor para él. Mejor para ellos. Lo que me jodía era la coincidencia de los domingos. Si yo volvía muy borracho, no me afectaba. Pero si ese sábado la mierda de mi cabeza se había mostrado inquebrantable, obstinada en su negativa a ser medio borrada con alcohol, entonces me repateaba tropezarme con el tipo de la bici y su exultante derroche de vida. Y aquel gélido amanecer de domingo era el triste final de una de esas noches de sábado de tolerancia extrema a la bebida: no había conseguido olvidarme de mi casa, ni del vacío y el silencio, ni de mí mismo en toda la noche. Por eso me cagué en la puta que parió a Braulio en cuanto lo vi salir a la calle, tan despejado y tan recién duchado. Sintiendo crecer en mí el odio hacia aquel extraño, empecé a recorrer los escasos diez metros que me separaban del portal. De él. También Braulio avanzó hacia mí. En realidad, hacia el bordillo de la acera, con pasitos torpes por culpa de sus ridículas zapatillas de ciclista y, supongo, del frío que debía de tener con sus mallas cortas. Dos segundos después estábamos a punto de cruzarnos y saludarnos con una sonrisa falsa, como de costumbre. Y así habrían sido las cosas si los aerolitos no hubieran elegido ese preciso momento para dejar de ser una leyenda urbana. Porque un sonido atronador, algo así como la estratosférica tos de un dios, rompió de repente el cielo azul pálido escupiendo una piedra de hielo del tamaño de un balón de fútbol, que se estampó contra la cabeza de mi vecino a la velocidad de la luz. El impacto, en cambio, produjo un ruido leve, sordo, parecido al reventón de una sandía. Recordando la situación ahora, con perspectiva, creo que ese ruido fue lo que más me llamó la atención. Lo que me hizo entrar en estado de shock. De hecho, tardé unos instantes en horrorizarme al entender que ya no había más que silencio y aire y Vacío sobre el cuello mutilado de Braulio. Ni notar en mi cara el frío-calor de mil salpicaduras de cráneo, sangre, sesos y hielo me desbloqueó lo suficiente como para gritar. Pero dio igual; no me hizo falta sacar el móvil para llamar a emergencias e intentar explicarle a un teleoperador somnoliento y sin ganas de guasa lo que acababa de suceder. Ni siquiera tuve que correr a transmitir la noticia a los principales afectados. Quizá la madre de Braulio se asomó al balcón debido al sonido amortiguado que acompañó a la tragedia. A lo mejor fue una convulsión instintiva lo que la sacó de la cama. O puede que cada domingo madrugara para ver desde la ventana cómo su único hijo -su única familia- se alejaba en la bicicleta. No lo sé, y no creo que importe en absoluto. El caso es que unos chillidos me hicieron apartar la vista de lo que quedaba de Braulio. Allí arriba, en el quinto, estaba la pobre mujer. Volviéndose loca. En bata.

El suceso fue imagen de portada en todos los medios de comunicación. Se generó una especie de histeria colectiva. La gente quería saber qué riesgo corría al salir a la calle. Un comité de expertos lo estableció en 1/1.000.000. Aun así, durante aquellos días de locura cada tienda, almacén o fábrica del país agotó sus stocks de cascos.

El caos, sin embargo y como siempre, no duró mucho. A todos nos gusta vivir más o menos tranquilos, y hay quien tiene la gran Suerte de olvidar pronto. Muy pronto. Al cabo de una semana, sólo la madre de Braulio seguía traumatizada por lo ocurrido. La psicosis se había instalado en su interior. Pude comprobarlo poco tiempo después, durante un trayecto vertical y hacia arriba de veinte segundos que compartí con ella en el ascensor de nuestro edificio. Llevaba en la mano un gran frasco de somníferos. Normal. Y supongo que también era normal que hubiera niebla en sus ojos, algo así como un filtro sombrío que parecía mantenerla alejada de cuanto pasaba fuera de su cerebro. Así que no me extrañé demasiado cuando me preguntó por qué me había ido de casa.

-El domingo pasado no fuimos al cine -dijo, a punto de echarse de llorar-. Sabes que es nuestro mejor momento de la semana: ver una película y luego comentarla dando una vuelta por el centro. Además, te tocaba a ti elegir… No entiendo por qué no fuimos. Al menos, podías haberme avisado.

La puerta automática se abrió en el quinto y la mujer salió sin despedirse. Yo tampoco me atreví a pronunciar palabra.

-…

Proseguí en solitario los tres pisos que aún quedaban hasta llegar a mi rellano. Mientras subía, me miré en el espejo del ascensor de pies a cabeza. La buena señora se había vuelto loca; Braulio y yo no nos parecíamos en nada, de eso no había duda. Pero me preocupé un poco al darme cuenta de que me costaba reconocer la figura que me escrutaba desde el espejo. Aunque, naturalmente, en cuanto me encerré en mi solitario piso, rodeado de recuerdos y de nada, me esforcé en dejar de darle vueltas a lo que acababa de ocurrir. No quería implicarme en una locura ajena. Tampoco podía; ya tenía suficiente con convivir conmigo mismo y La tristeza.

El sábado siguiente volví a hacer lo de siempre. Y en esa ocasión logré emborracharme de verdad. Así que me sentía bien. Enfermo pero bien, no sé si me explico. Ausente y difuminado. Dulcemente desmemoriado. Tanto que cuando algún amigo sin cara ni nombre me dejó frente al portal, tenía la cabeza tan intoxicada que ni las resistentes manchas de sangre que había dejado Braulio como prueba de que una vez había estado vivo consiguieron que pensara en él, o en los fenómenos meteorológicos casi paranormales, o en las muertes absurdas que se producían a mi alrededor. En nada. Pero el mundo no estaba dispuesto a darme tregua tan fácilmente. Una voz crispada salió del telefonillo cuando yo trataba de acertar a meter la llave en la cerradura:

-Braulio, ¡Braulio! Ten cuidado en la carretera. ¡Ponte el casco, por el amor de Dios!

Me parece recordar que puse una mueca cínica. Bueno… Para ser sincero, no lo recuerdo. Pero lo imagino. Me lo temo. Y no iba a hacer ni decir nada más. Quería abrir la puerta, subir y dormir dos o tres meses seguidos. Pero la madre del muerto volvió a chillar desde el otro lado del interfono. El tono acalambrado de su voz me molestaba, se parecía demasiado al que salía de mis cuerdas vocales durante aquellos primeros meses, años. Incluso todavía ahora, algunas veces. En fin, me hizo daño. Despertó en mi mente borracha demonios que nadie más que yo tenía derecho a invocar. Supongo que eso explica que quisiera sacudirla con contundencia:

-Señora -le corregí, procurando pronunciar de manera inteligible-, su hijo no es más que un cadáver decapitado dentro de un ataúd, con una bolsita de terciopelo verde llena de astillas de lo que fue su cráneo entre las manos.

-¡Nooogrriiiiiiichhhk!

Os prometo que eso es lo que me contestó la madre del Chico del Aerolito, que era como habían bautizado a Braulio las páginas de Internet que, por votación popular, determinaron que mi vecino era el humano muerto de forma más desgraciada y ridícula a lo largo de toda la Historia Universal. Sí, eso, un graznido-negación, un alarido animal fue lo único que la mujer pudo encontrar dentro de sí para reaccionar contra mi diagnóstico-blasfemia desde la soledad matinal de su casa. Un graznido demencial y larguísimo que me estremeció hasta el punto de que dejé de intentar abrir la puerta y me alejé corriendo de allí. Dos manzanas más abajo, vomité en una papelera. Y lo amargo no era la bilis, sino la conciencia de haber interrumpido a la madre de Braulio en su desesperado intento de comunicarse con su hijo a través del portero automático. Me sentía asqueroso por haberme burlado de la angustia de aquella mujer. Vale, no la conocía en realidad, ni la quería, ni le tenía un afecto mínimo siquiera. Pero, joder, la había visto hacerse vieja durante más de un cuarto de siglo, en viajes de ascensor, en la cola del súper, en encuentros de un instante subiendo o bajando escaleras, con o sin bolsas de compra, llena de alegría o preocupación. La había visto moverse y hablar como una persona normal. Y ahora sufría como yo, y la pena la envejecía más rápido, mucho más rápido. Como a mí. Y le destruía millones de neuronas cada día. Y ahora sólo eran somníferos y calmantes con receta pero no tardaría mucho en echarse a la bebida, igual que yo. O a las vías del tren. Como yo haría algún día, probablemente. Así que comprenderéis que de pronto no me parecía justo exorcizarme cebándome en la recién estrenada debilidad de mi vecina. Yo sabía que el aerolito la acompañaría hasta el fin de su vida, que jamás podría ver El Tiempo del telediario sin ponerse a temblar. Que ya siempre sería la desgraciada madre del joven del aerolito, el joven entre un millón, el que murió vestido de ciclista al ser alcanzado de lleno por un bloque de hielo caído desde el rincón más siniestro del cielo. Y también tenía muy claro que, a sus ojos, yo era el que debía haber muerto aquel día. Tal vez tuviera razón. Llevaba pensando en ello, aunque fuera de modo inconsciente, desde el mismo instante del impacto. ¿Qué queréis que os diga…? No me habría importado gran cosa que el cubito gigante de hielo me hubiera fulminado a mí. Es una puta mierda ser el eterno superviviente. Que en un segundo los protagonistas de tu vida desaparezcan. Hablar con ellos en tu imaginación, sin darte cuenta, y luego recuperar la noción de las cosas en una realidad que huele a muerte. Quedarte solo. Solamente tú y tus heridas, los trastos viejos que no te atreves a tirar. Y tu maldita memoria, inmune a los favores del alzheimer. Así que allí, aferrado al metal helado de una papelera llena de vómitos y vidas condenadas al dolor, lo vi claro: ni ella ni yo sanaríamos jamás, pero quizá pudiera hacer algo para aliviar un poco su dolor. Se me ocurrían dos alternativas. La primera que pasó por mi mente consistía en matarme para transmitirle el mensaje de que sí, comprendía lo injusto de aquel fenómeno meteorológico, que asumía que el azar, o el destino, o el viento, o dios, o la rotación del planeta habían cometido un grave error eligiendo a Braulio en lugar de a mí como blanco de su ira. Dejar, incluso, una nota de suicidio detallando mis razones. Pero tal solución implicaba dolor físico, y ya tenía y tengo bastante con el sufrimiento hondo y sin sangre con el que vivo desde que me despierto hasta que me duermo. Por eso, puse en práctica mi segunda y definitiva idea.

Anduve hasta el centro de ciudad y, a pesar de ser domingo, no me resultó difícil dar con una tienda de bicicletas. Me compré una bici de carreras y un equipo completo semiprofesional, con guantes y gafas de sol contra la radiación ultravioleta. Fui fiel a lo que recordaba de la vestimenta de Braulio. Hasta pedí que xerografiaran en la espalda del maillot el nombre de mi vecino. Luego me puse la ropa deportiva en los lavabos de un parque y me dirigí a casa. A casa de Braulio y su madre. A ella no pareció sorprenderle el regreso de su querido hijo.

-Me tenías preocupada -dijo, intentando disimular su enfado.

-Lo siento, mamá.

Ésas y sólo ésas fueron las palabras mágicas que pronunciamos para reordenar nuestra realidad. Hay momentos en que creo que esto está bien, que ambos nos sentimos mejor ahora. Pero de vez en cuando alguno de los dos se despista y sintoniza los últimos minutos del telediario o de un boletín informativo de la radio. El saldo mortal de la carretera cualquier fin de semana. El pronóstico de algún temporal. Y volvemos a sentir el frío. El hielo clavado dentro.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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