El gigante más pequeño del mundo

Buscas en todas partes. Querrías ser una hormiga o un gigante. Tener un punto de vista nuevo. Observarlo todo con ojos diferentes, descubrir sorprendentes dimensiones en la realidad. Ser tan pequeño que pudieras colarte sin peligro entre las cuchillas de la trituradora de papel, o ser tan grande que pudieras usarlas como cepillo de dientes eléctrico.

Pero la máquina de triturar papel tiene el tamaño exacto para joderte la vida. El tamaño, la forma y la función idóneas para que esté en tu lugar de trabajo y un jefe aburrido la vea allí, quieta y silenciosa, intolerablemente más ociosa que él, y cada dos días te mande llegarte hasta el almacén, coger una caja de facturas antiguas, ejercicio 2000, ejercicio 1999… y triturarlas.

Seguramente no hay el más mínimo asomo de verdad en ello, pero no puedes evitar imaginarte al jefe al otro lado de tres o cuatro paredes, tan cerca pero tan lejos allí sentado en su sillón de cuero, viendo su reflejo triunfante en las puntas de sus brillantísimos zapatos apoyados sobre la mesa. Viendo su propio reflejo sonriente que se ríe de ti.

Hace tiempo que ni siquiera te planteas la posibilidad de decir que no a la autoridad. Te limitas a hacer las cosas mal. A hacer mal. Llegas cinco minutos tarde y te vas cinco minutos antes de la hora. Eres desagradable cuando te toca atender el teléfono. Entras en cualquier página de Internet sólo por si así se cuela algún virus en el ordenador. Mata al enemigo desde dentro, piensas, como hacen los virus. Por eso un minuto después estás sentado en una silla coja ante el aparato, mirando su perenne lucecita verde de Todo Va Bien Aquí Dentro mientras le introduces puñados muy arrugados y gordos, de medio kilo o más, por su boca de ortodoncia. Pero la eficaz trituradora de tecnología alemana no tose ni una sola vez, ni un carraspeo que augure el soñado colapso. Entonces le das un tímido puntapié y te sientes un poco mejor al ver cómo sus portezuelas y resortes tiemblan ligeramente y sus tripas hacen croc-croc un momento antes de volver al zumbido característico de la correcta digestión. Te sientes solamente un poco mejor, un poco más grande, que ya es bastante.

Aunque lo cierto es que pronto tendrás que reconocer que no es suficiente, ni de coña, porque casi sin darte cuenta vuelves a golpear la máquina. Y luego otra patada y en seguida otra más. Cada vez más fuerte, más ruidosamente. Algunos de tus compañeros despegan la mirada de su trabajo y no vuelven a coserla a él cuando te ven pateando la trituradora de papel, insultándola, escupiendo dentro de su boca. Ya incorporados de sus asientos, todos murmuran entre sí y no saben dónde poner las manos para fingir que tienen mejores cosas que hacer que ponerse al alcance del loco que está haciendo papilla a la pobre trituradora de papel. Pero a ti te da igual. Lo único que piensas es que tendrías que haberte puesto las botas de bola de acero. Las uñas de tu pie derecho sangran y puedes sentir cómo se inflaman dentro de tu zapato. Sí, sangras, y los goterones forman charquitos informes, que se mezclan con el refrigerante azulado que se le escapa a la máquina volcada por cada boquete. Sólo cuando empieza a oler a humo viene alguien blandiendo un extintor y gritando que cuidado, que la trituradora se está incendiando, fuego, fuego, ¡FUEGO!

No te apetece explicarle que eres tú el que se ha quemado.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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