Rendición (o En caso de accidente)

El martes era un día como otro cualquiera. Algunos decían que Jesucristo había re-nacido por enésima vez la víspera, regándolo todo de luz. Pero a fecha 26/12/2007 el mundo seguía pareciéndome poca cosa. La misma ciénaga oscura de siempre. No había dinero ni amor, y el alcohol de las comilonas navideñas ya se había diluido en mi organismo, tan rápido como el espejismo de bienestar que me había producido. En fin, nada endógeno o exógeno me aportaba felicidad.

Pero habíamos quedado. Eran las ocho de la tarde y estaba esperándote en la puerta de un bar, apoyado en el morro de un coche. Y, al fin y al cabo, quién sabía lo que podía ocurrir entre nosotros al final de la noche. ¿Un milagro? Joder, habría estado bien. Durante un momento, hasta me pareció adecuado, justo, necesario que cuando llegaras me dijeras que me querías, que siempre me habías querido y que siempre me querrías. Me pareció casi indudable. Qué mejor contexto para lo divino que el que formaban el asfixiante espíritu fraternal, los comercios llenos de guirnaldas y un ejército de papanoeles escalando por todas las fachadas. Pero mi arranque de seguridad duró menos de un segundo. Lo cierto era que tenía poca fe y bastante miedo de lo que pudiera pasar cuando llegaras. El día anterior, o el otro, no sé, habíamos hablado y no se te notaba muy alegre de conocerme. Así que, en el fondo y como de costumbre, iba preparado para que no aparecieras o, si al final lo hacías, fuera para plantarte ante mí, mandarme a la mierda y largarte a un lugar mejor.

En eso, todo y nada al mismo tiempo, algo tan inabarcable y difuso como el amor de alguien, en eso pensaba cuando un calor intenso y repentino empezó a subirme desde el culo hasta la nuca. Toqué el capó del coche de manera instintiva, pues ya sabía que estaba frío. Me levanté y empecé a buscar alguna anomalía a mi alrededor. Creo que imaginé un cable eléctrico relampagueando entre mis pies. O algún fuego inexplicable en el suelo, en el coche o en mi ropa. Pero no di con ningún foco de calor cerca de mí. Nada fuera de lo normal. No sé por qué, lo único que atrajo mi atención fue una extraña pegatina redonda que había en la parte inferior izquierda del parabrisas delantero del vehículo. Quise verla de cerca. Y cuando vi lo que estaba grabado en ella, entendí el por qué de la irradiación térmica que me había hecho apartarme del coche. En grandes letras de imprenta a lo largo del perímetro del círculo podía leerse EN CASO DE ACCIDENTE, LLAME A UN SACERDOTE. En el centro del disco, un cristo crucificado, ensangrentado y escuálido -todo lo contrario a un bebé recién nacido- miraba al cielo con cara implorante. Y yo a él desde el más profundo desconcierto.

Porque me había perdido.

Porque fue como si el último átomo de esperanza que conservaba en la Humanidad se volatilizara ante tal visión. Pude notar que algo en mi interior se vaciaba, se agotaba, se hacía viejo de golpe. Y se moría. Sí, lo noté. Un crujido de huesos rotos recorriéndome de pies a cabeza. Y luego Nada más. Ni siquiera experimenté dolor por lo que me acababa de pasar; también esa sensibilidad se me acababa de quebrar. Simplemente, entendí que la espesa capa de la resignación había caído sobre mí como a cámara lenta pero en un segundo, aplastándome. Y no me importó saber a ciencia cierta que en adelante ya nada despertaría mi ilusión. Que jamás volvería a sentir nada digno de los receptores sensoriales con que la Naturaleza dotó a la especie humana milenios y milenios antes de que yo naciera.

Por eso de repente dejó de preocuparme gustarte cada día un poco más que el anterior. De pie frente al bar de tantas veces, esperándote entre frío y ciudadanos aparentemente adaptados a las reglas, asumí que las cosas entre tú y yo no iban a mejorar. Que, hasta que decidieras irte de mi mundo, lo que me esperaba era verte de vez en cuando y quererte siempre y tú a mí nunca. Porque este sitio en que vivimos, todo lo que nos rodea, la gente de la calle, los animales de los zoológicos, los amigos y las estrellas del cine, el hijoputa del jefe, el tráfico y la polución, los bosques y los polvorientos jardines urbanos sembrados de mierdas de perro, conformamos un panorama desolado, que tiende a la desgracia. Quiero decir que, en caso de accidente, al dueño del coche de la pegatina le preocupa más morir en paz con dios que ser asistido por un médico. Y supongo que, a ser posible, con sus partes impuras tapadas. Tal vez hasta le ponga pañales al niñito Jesús que, seguro, tiene postrado en un pesebre en el recibidor de su casa por estas fechas. Quiero decir que contra cosas así es imposible luchar. Igual que contra lo que te enseñan desde pequeño. Lo que sale de la tele, el modelo de ganador que arrasa en los negocios, en el amor y hasta en el arte. La música de moda que zumba en cada local al que entras para tomarte uno, dos o seis cubatas. Lo que tus padres quieren que seas. La manera en que tu pareja quiere que te comportes cuando estás en público. El dinero que has de tener en el bolsillo cuando alcanzas determinada edad. Ser guapo. Ser rico. Y hablar con la fluidez exacta para que nadie se plantee si tienes cerebro, pero tampoco que lo tengas perturbado en plan psico-killer. Ése es el camino del éxito: justo el del medio. Ni un grado de desviación. Y yo comprendí, interioricé y asumí que no era el mío en el preciso momento en que te vi doblar la esquina y venir hacia mí.

Como todo indicaba, estabas de mal humor. No me importó.

Mientras bebíamos algo en el bar, pensé que estabas guapa. Pero no me afectó demasiado. No me afectó nada. Ni siquiera te lo dije. Porque ya me había rendido, como me parece que llevabas tiempo esperando.

Acabamos y cada uno se fue por su lado. Literalmente. Tomamos la acera en direcciones contrarias, como cualquier otro día. Pero esta vez no me volví para ver si tú también girabas la cabeza. O sí. No me acuerdo. Lo que recuerdo es que pensé que, en caso de accidente, si te quedaras tetrapléjica, yo te querría igual. Pero juré no decírtelo nunca más.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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