Parecido a lo de siempre

No había luna.

Estrellas. Lo único que veía era miles de estrellas temblando ahí arriba, a millones de apagados años luz. Todo lo demás era oscuridad impenetrable. Invasora, incluso. Algo parecido a una gigantesca pero intocable bestia que parecía querer tragársela.

En medio de ese negro infinito, Graziella Riviera, sobrecargo o asistenta de vuelo de Aerolíneas Argentinas (azafata, en una palabra), ni siquiera alcanzaba a distinguir sus manos, sus codos, sus hombros. Aunque se los pusiera a un milímetro de las pupilas. Y tampoco podía apreciar la inmensidad del océano que la rodeaba. Mejor. Si sabía que flotaba en el mar era porque el aire helado olía a sal, estaba calada hasta los huesos y el murmullo del agua, incomprensiblemente tranquilo, como el de un estanque de ciudad, la acompañaba en su deriva.

Acababa de recuperar la consciencia. Se había desmayado justo antes del impacto. “Brutal impacto”, dirían en todos los canales de televisión del mundo. Así que no tuvo ocasión de contemplar el espectáculo. “Espectáculo dantesco”. El fuel ardiendo sobre la superficie del mar. “Un pavoroso incendio”. Ni los chispazos eléctricos y el ensordecedor zumbido de los motores al hundirse. Hasta se había librado de la peor imagen: las enormes turbinas resistiéndose a apagarse, formando remolinos de agua, gasolina y sangre que succionaban y trituraban a pasajeros y tripulantes. Muertos o todavía medio vivos. (No hay frases hechas para describir lo que se vivió/murió en aquel punto del océano; “amasijo de carne”, tal vez). Sencillamente, acababa de despertarse entre tinieblas, frío, mar, cielo y silencio aterrador. Todavía sentada, como por arte de magia, sobre el revestimiento acolchado de su asiento reconvertido en balsa.

Le parecía estar ciega y sorda casi por completo. Constelaciones y ese rumor de aguas demasiado serenas para tal situación, nada más percibían sus sentidos. Pero estaba viva. Lo sabía porque le dolía la cabeza. El hilillo de sangre que le caía de la frente calentaba cada centímetro de su aterida piel por el que discurría. Sí, estaba viva; de eso no había duda. Y perdida en el Atlántico, también este extremo estaba claro. Por eso, Graziella tuvo miedo. Mucho. Algo insignificante, sin embargo, comparado con la inconsolable vergüenza que, en cuanto puedo pensar con cierto orden, empezó a crecerle dentro.

Hacía sólo unos minutos, a doce mil pies sobre el mundo, se había sorprendido a sí misma deseando con todas sus fuerzas que el avión se estrellara. Una mala racha… Que coño mala racha; esto dura ya demasiado, y tiene visos de eternidad. Eso había pensado tan sólo un rato antes, mientras limpiaba con lejíaaromapino la mezcla de somníferos, güisqui y sándwich vegetal que un aviofóbico había vomitado en la taza, el suelo y las paredes de pvc del aseo.

Lo cierto es que aquélla había sido la primera vez en su vida que pensaba seriamente en la muerte. En la conveniencia de la muerte. Por su letargo, por su quietud, su silencio y su frío acogedores. Y por su asepsia. Y es que el avión aterrizaría dentro de unas pocas horas en otra ciudad, en otro país, en un continente distinto. En otra puñetera franja horaria. Pero cuando llegara a una habitación de hotel muy parecida a cualquier otra y se tumbara en la cama, las cosas empezarían de nuevo a girar en su mente. Y tendría que concluir que su vida siempre sería igual.

Su vida de verdad, la que ocurría fuera del fuselaje de los aviones, siempre sería la misma mierda.

Y tal revelación la sacudió por dentro en la estratosfera.

Viajando de punta a punta del planeta en vuelo transoceánico.

Sobrevolando a mil kilómetros por hora humanidad que dormía, humanidad que trabajaba, que se alegraba o se entristecía de lo que le pasaba al cabo del día.

Humanidad que delinquía, que era desahuciada por un médico impasible, que hacía el amor o hacía footing o macarrones a la palermitana.

Tal revelación, en la estratosfera, le pareció de una dureza imposible de encajar.

Allí abajo había personas con verdaderas razones para querer vivir o para querer morir. Graziella, en cambio, sólo podía argumentar la ausencia de lo uno y de lo otro para desear que aquello terminara. Aquello, que era su vida. Una película aburrida, de las que te hacen apagar la tele. En fin, le resultó demasiado cruel disponer de un punto de vista privilegiado desde el que mesurar la verdadera importancia de las frustraciones que la atormentaban y no poder sino reconocer que, aunque no supiera exactamente por qué, estaba segura de que jamás conseguiría ser feliz. Y con el hedor de vómitos ajenos envenenando aún más su cerebro dolorido, pidió que el aparato cayera en picado y se enterrara para siempre en el mar nocturno.

Su deseo se había cumplido a medias.

La corriente la arrastraba ahora hacia cualquiera de los puntos cardinales. Habían pasado unas horas y el asiento seguía soportando el peso de Graziella, manteniendo a flote su vergüenza y su miedo. Un terror que a cada segundo colonizaba otra de esas neuronas donde antes, sólo un rato antes, había anidado el sentimiento de culpa más triste que nadie hubiera experimentado. La negrura total es un buen lugar para que la imaginación se dispare, para que te preocupes única y exclusivamente por conservar tus cuatro extremidades. Sobre todo porque, en realidad, ni siquiera tenía que fantasear con monstruos marinos que la devoraban. Le bastaba con recordar los documentales de National Geographic. Tiburones con tres filas de dientes en las mandíbulas. Medusas de metro y medio de diámetro. Calamares gigantes; los científicos lo aseguraban: el kraken existe y es híperagresivo. Mal momento para dar crédito a la criptozoología. Todas esas criaturas acechando bajo las aguas negras, rozando sus pies congelados. Letales peces araña, enormes pulpos viscosos, cangrejos de tenazas más potentes que cualquier alicates industrial. Y mil especies más dispuestas a mutilar y comer carne humana.

Pero nada había mordido sus piernas cuando el sol salió.

El sol, que borró de un soplo las estrellas.

El sol, que tiñó primero el agua de naranja. Luego, sólo durante un momento, reinó el amarillo, un amarillo como el del trigo. Y pocos minutos después todo lo que existía entre los cuatro horizontes era de un resplandeciente azul marino. Quizá en otras circunstancias aquello fuera un bonito paisaje, un paisaje de postal, pero a Graziella no se lo pareció.

Ni siquiera cuando ese sol empezó a secar y calentar su uniforme de azafata hecho jirones, su entumecido cuerpo de azafata formado a base de productos light. Seguramente, en términos objetivos esa calidez también fuera una sensación agradable. Lo malo es que iba unida a la evidencia de lo inabarcable del sitio en el que iba a morir. Allí ella era igual de insignificante y efímera que cualquiera de los retales de espuma que surgían a su alrededor, tan rápido como desaparecían. Era una superviviente a una “catástrofe aérea” (y acuática) a la que nadie podía haber sobrevivido. Nadie se molestaría en buscarla. Igual que nadie buscaría la botella de champán llena de agua atlántica que absurdamente acababa de cruzarse con ella en alta mar y que, aún más absurdamente, ella había rescatado simplemente porque el cine y algún libro le habían enseñado que así intentaban comunicarse los náufragos. Lo que pretendía era tener la compañía de un elemento de origen humano. Algo a lo que abrazarse, nada más. ¿Qué importaba que no tuviera lápiz ni papel para escribir un mensaje y lanzarlo hacia la nada dentro de la botella? ¿Qué importaba la lógica sobre la fosa abisal que con toda seguridad iba a tragársela? ¿Qué coño importaba nada bajo el sol asesino que pronto le haría caer en la tentación de beber agua de mar?

Un sol que, en cuanto se hubo elevado lo suficiente sobre la línea de agua y cielo y se volvió blanco y más y más ardiente, confirió a Graziella aspecto de estatua de sal. Una infinidad de cristales de salitre rebozaban su cuerpo. No podía escrutarse la piel en busca de hematomas y heridas aún no descubiertas, ni calcular cuánto le quedaba mirando la hora en su reloj parado a las tres de la madrugada hora ######; los rayos solares se reflejaban en cada uno de aquellos minidiamantes salados, cegándola. Pero eso carecía de importancia comparado con el otro efecto que la combinación sol-sal producía en su cuerpo. El efecto lupa: los pegotes de salitre multiplicando por X la velocidad e intensidad de las quemaduras que empezaban a desollarla viva. El dolor era creciente y pronto llegaría a Nivel Insoportable. Cualquier persona habría implorado a los dioses que el final llegara lo antes posible. Y sin embargo fue precisamente entonces, en el primer trance de sufrimiento extremo de su vida, cuando la azafata se dio cuenta de que quería sobrevivir a toda costa. Le daba igual quedar marcada para siempre por el sol, o que una bestia marina le amputara una pierna. Lo único que deseaba es que un pesquero, un helicóptero de rescate o cualquier otra nave tripulada por humanos apareciera antes de que fuera demasiado tarde y la llevara a un lugar seguro desde el que poder recomenzar su vida con más acierto. Y formuló su deseo con toda su alma pero con la voz reducida a un susurro rasposo en la boca de la botella de champán: empezar a aprovechar todo lo que suponía estar viva. Luego lanzó al mar el recipiente de sus esperanzas, y se puso a llorar.

Fue en ese momento cuando un gigantesco carguero coreano dibujó su contorno en el horizonte. Naturalmente, la moribunda azafata no lo vio. Pero un marinero que jugueteaba en cubierta con un viejo catalejo creyó distinguir algo extraño un par de millas al oeste.

No voy a extenderme en lo que sucedió desde que aquellos orientales la subieron a bordo hasta el momento en que Graziella, mirando por la ventana de su habitación, estaba a punto de abandonar el hospital en el que había estado recuperándose durante una semana. El hospital de una ciudad de primer mundo casi idéntica a la suya. No voy a extenderme en ello porque es irrelevante y presumible: periodistas y curiosos agolpados a las puertas de la clínica para ver la cara de la mujer más afortunada del mundo. También algún que otro iluminado que suplicaba a celadores y médicos que le permitieran acercarse a la superviviente para “ver su luz divina”. De hecho, Graziella había sabido que tres sectas religiosas norteamericanas y otras tantas japonesas la habían proclamado su nueva Mesías. Se lo había dicho el Director General de su compañía aérea durante la visita de tres minutos que le había dicho unos días atrás. Se lo había dicho alegremente, en un desmedido tono bromista, como si con el hecho de que ella hubiera sobrevivido todo lo demás fuera fácilmente solucionable.

Graziella no estaba de acuerdo.

Cuando la enfermera vino empujando una silla de ruedas para llevarla a la puerta del hospital, la azafata tardó en reaccionar ante su presencia. Siguió un rato mirando ensimismada la ciudad que anochecía al otro lado de la ventana. Como hipnotizada por algo terrible. Por las farolas naranjas que empezaban a encenderse, tan frías como las estrellas del otro confín del Universo. Y por la oscuridad que colonizaba todo lo que quedaba fuera de los círculos de luz de las bombillas. Como aterrada por las tinieblas que notaba volvían a instalarse en su cerebro. Como acosada por algo parecido a una gigantesca pero intocable bestia que parecía querer tragársela.

La enfermera cogió por el codo a Graziella y la sentó en la silla de ruedas. De camino a la salida, recorrieron pasillos llenos de habitaciones llenas de niños, hombres, mujeres y ancianos que no querían morirse. Y luego cogieron el ascensor, que también estaba ocupado por el mismo tipo de gente. Ya en la planta baja la azafata la empujó hacia la puerta principal. Era de cristal y se abría gracias a un sensor de movimiento que había sobre ella. Funcionó a la perfección cuando ella y su remolcadora estuvieron lo bastante cerca. Cegada por el resplandor de los flashes, supo con más certeza que nunca que lo que había pensado mientras limpiaba vómitos en el aseo del avión era la pura y dura verdad. Nunca iba a ser feliz.

Añorando el fondo del Atlántico, que seguramente no llegaría a conocer, se abrió paso entre la multitud.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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