El gran brindis

Aproximadamente medianoche.

Una bodega repleta de gente. Se agrupan en corros alrededor de las pequeñas mesas redondas. Muchos otros intentan hacerse un hueco en la superpoblada barra. De pie o sentados, todos tienen los mofletes encarnados y un alegre brillo etílico en los ojos. Todos ríen sonoramente, a carcajadas que expulsan bocanadas de humo. Todos ríen como si no fueran conscientes de lo mal que va el mundo. Una atmósfera festiva los envuelve y parece mantenerlos a salvo de cualquier peligro o dolor. Se diría que la bodega es un anticipo terrenal del paraíso.

Pero, de repente, alguien se levanta en uno de los corros y se sube a la mesa. Es un joven normal pero a la vez extraño, con cierta cara de ido, de saturación. Ese tipo de persona que parece guardar algo oscuro en su cerebro. Ese tipo de persona a la que nadie le apetece acercarse demasiado. Lleva una copa de líquido rojo en la mano izquierda. La alza por encima de su cabeza, y habla sonriente:

-Amigos míos -dice mirando a sus compañeros de mesa-, ¡amigos todos! -grita girando teatralmente trescientos sesenta grados en su púlpito circular-, permitidme brindar por todos vosotros.

La clientela reacciona con risas, voces, silbidos y aplausos. Los amigos del orador se miran entre sí. Se les nota que no entienden lo que está pasando. El chaval dice desde su púlpito cutre:

-¡Silencio, malditos! No he acabado. No he hecho más que empezar.

Dice esto ya sin sonreír, sin la menor amabilidad, en tono claramente amenazador. Aun así, las mofas no cesan, y algún que otro tapón de corcho cruza el aire del local y hace blanco en el chico, que continúa:

-¡Qué falta de respeto! ¡Qué atropello a la razón! No importa, seguid con vuestra genial hilaridad. También brindo por ello. Y por vuestra gran ignorancia. Por no ser como ninguno de vosotros. Por lo modernos que os creéis. Brindo incluso por el calvo de la mesa del fondo, que además es gordo. Brindo por él con la mayor devoción que me permite mi desencanto general, pues, a pesar de su evidente fealdad, se está riendo de mí como si yo fuera el raro y él el normal, como si creyera que tiene más probabilidades que yo de alcanzar un poco de felicidad doméstica. ¡Bravo! Perdón, rectifico: ya no ríe.

Sí, brindo por todo y por todos.

Brindo por este fantástico lugar y por su dueño y camarero, que nos arregla las noches y nos estropea el hígado con licores de mala calidad.

Dedico este vino a las niñas que están siendo emborrachadas por algunos de vosotros. A ver si tenéis suerte. Y al viejo de la tragaperras. A ver si tiene usted suerte.

Se lo dedico a los parados, a los alcohólicos y a los solitarios de todo tipo que veo por aquí, y a la mugre de sus ropas.

A ese negro de allí que vende llaveros y aguanta, por qué no decirlo, como un negro los excesos verbales y las tomaduras de pelo del primer mundo.

A los estudiantes extranjeros: a su gran poder adquisitivo y a su horrible albinismo.

A las chicas escotadas hasta el ombligo que se lo toman a mal si les miras las tetas más de medio segundo.

Sí, por supuesto, brindo por la igualdad sexual. Por el condón prehistórico que lleváis en el bolsillo. Por los comentarios soeces que he tenido que escuchar a estos críos de la mesa de al lado cada vez que una mujer pasaba por su lado para ir al servicio.

Ofrezco generosamente mi coma etílico a vuestra esplendorosa decadencia. A la falta de lectura que oscurece vuestro vocabulario, a lo mucho que me recordáis a los gorilas de la selva. A lo poco conscientes que soy de vuestra patética condición.

Brindo por lo simpáticos que pensáis ser después de esnifar polvo blanco en el servicio, y sobretodo por lo ridículos que se os ve desde aquí arriba. Tan ridículos que, a pesar de mi precaria economía, voy a invitaros a seguir bebiendo y hablando de vuestros coches y vuestros aumentos de sueldo. Sí, por favor, no dejéis nunca de deleitar mis oídos con tanta inteligencia.

Por eso brindo para que la salud os acompañe a todos eternamente y hagáis de este mundo un lugar mejor. ¡Camarero, una ronda para todos ellos! Que ninguno de estos grandes hombres tenga la garganta seca en mi presencia. Que se acuerden de este pobre chaval cuando triunfen en la vida.

Y ahora, con vuestro permiso, voy a rematar mi discurso saltando de cabeza contra el suelo.

Y lo hizo. Se oyó un fuerte crac y el joven quedó atontado a los pies de sus espectadores, entre suciedad y colillas, sangrando sobre charcos de aceite de berberechos y envoltorios de salchichón. En medio de un silencio total. Duró poco, sin embargo. La gente pronto empezó a murmurar con el tono que se utiliza en la iglesia o en el cine. Algunos se levantaron para asistir al herido. Entre ellos el gordo calvo, que aprovechó el desconcierto para darle con disimulo una patada en las costillas.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a El gran brindis

  1. Sulo Resmes dijo:

    ……..load up on guns, bring your friends It’s fun to lose and to pretend She’s over-bored, self-assured Oh no, I know a dirty word……… K.C.

  2. M el roquero enmascarado dijo:

    muy bueno don iván.

  3. John MacClane dijo:

    Como buen superviviente, alzo mi copa poe “el gran brindis”

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