Durante años

Mauro estuvo viniendo por aquí durante años. Todos los jueves por la noche durante años. Los jueves o cualquier otro día de la semana, en realidad. Recuerdo que una vez yo estaba mirando uno de esos calendarios de santos cuando mi amigo llamó a la puerta. ¿Se llaman almanaques? ¿Santorales? Ni puta idea. Supongo que algún cerrajero, algún electricista o cualquier otro chapuzas a domicilio lo echaría por debajo de la puerta para captar la predisposición de las beatas necesitadas de arreglos caseros. Creo que había un número de teléfono impreso en el cartón. Algo así como 666.666.666: fontanero de urgencia. Yo no tengo teléfono, por lo que aquella cartulina sólo me sirvió de posavasos. El caso es que gracias a ese calendario puedo decir que Mauro venía a mi casa cada noche que le daba la gana. Porque, aunque quizá lo natural sería que hubiera olvidado ese detalle, recuerdo perfectamente que el calendario aseguraba que aquel día era martes, San Antonio, y hacía frío. Lo que pasa es que era jueves la primera vez que Mauro me visitó, y nuestros encuentros siempre fueron iguales. Siempre en mi casa, siempre de noche, siempre que a él se le pasaba por los cojones hablar un rato conmigo y echar una ojeada a mis papeles. Así que qué más da decir si me visitaba los jueves o los martes. Fuera el día que fuese, venía y se sentaba en mi parte preferida del sofá. Yo aún no había cerrado la puerta, y él ya estaba repantigado en mi parte preferida del sofá. La preferida por cualquiera, pues el resto del tapizado estaba agujereado y los muelles acababan por taladrarte el culo si te quedabas sentado más de cinco minutos. Se sentaba en la parte acolchada, se sacaba la petaca del bolsillo y empezaba a hablar. Nunca compartió su bebida conmigo, pero cuando se le acababa acudía al armarito de debajo del fregadero de la cocina-office y se servía de la mía. Cada vez que rellenaba su petaca me decía Gracias por tu hospitalidad; algún día te recompensaré. Y luego se reía de esa manera asquerosa en la que él reía, sin saber si lo hacía de verdad o se estaba burlando de mí. Se reía y daba vueltas por la habitación hasta que se acercaba a la mesa del ordenador. Ahora caigo en la cuenta de que también debí sospechar de él por su modo de andar. Siempre estirado, manteniendo la cabeza lo más alejada posible del suelo. Como si mi terrazo sucio no fuera lo bastante bueno para sus zapatos de piel. Y por su modo de hablar. Hablaba y hablaba sin parar. De su poesía. De sus nuevos poemas. A veces, incluso, recitaba poemas que había escrito diez años antes. No lo hacía para mí; era evidente que se escuchaba a sí mismo mientras pronunciaba sus versos o cualquier cosa que se le pasaba por la mente. No exagero al decir que nuestras conversaciones eran monólogos de Mauro salpicados de algún asentimiento mío, alguna protesta tímida, alguna frase que él interrumpía a la segundo palabra. Se acercaba a la mesa del ordenador, cogía mis últimos folios y se ponía a leerlos retomando su paseo por la habitación. Mi habitación. Decía Humm o Ajá, y nada más. Nunca calificaba mis historias, ni las alababa ni las despreciaba. Lo habitual era que al cabo de unas semanas o meses, viéndolo andar en círculos por mi piso, le oyera declamar un poema muy parecido a alguno de mis relatos. Algunos cambios, poco más. Lo justo para transformar párrafos en estrofas. Unos cuantos retoques para conseguir la rima y un vocabulario menos frecuente. Sustituía Bonito por Hermoso. Feo por desagradable/áspero. Rojo por Púrpura y Muerte por Funesto tránsito. En fin, esa clase de tinta que fantasea con la podredumbre pero no quiere mancharse. Nunca le dije nada al respecto. Para qué… Mauro era exactamente igual que yo, un pobre pringao. Aunque supongo que él se habría definido como un romántico, un maldito, un ser humano sublimemente sensible. Creo que algo por el estilo fue lo que una noche dijo de sí mismo. No estoy seguro porque la borrachera empezaba a zancadillearle la lengua; puede que le entendiera mal. Pero lo más probable es que mis oídos funcionaran bien, porque he sabido que ahora da conferencias en universidades y firma libros de poemas en grandes superficies. Leí un artículo en el que se hablaba de él como el “resucitador del género”. Imagino que hay que tener confianza en uno mismo para conseguir eso. Aún no sé nada de la recompensa que me prometió a cambio de beber gratis en mi casa o de lo que fuera. Tampoco la espero, ni la quiero. Me conformaría con que viniera a verme un día de éstos y se sentara en mi parte preferida del sofá. Hace años que nadie se pasa por aquí.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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