mundo interior

 Zuco Carpintieri siempre fue un niño raro. Eso le decían todos.

Sólo hubo en su vida una persona a la que llamó amigo. Lo fueron cuando ambos tenían unos trece años.

Antes, a los diez, Zuco ya se había iniciado en el arte de la vivisección con su perro Fiel. El animal demostró el por qué de su nombre incluso en esos últimos y rojos momentos. Se limitó a mirarlo con ojos un poco atontados por la ginebra que su joven amo le había obligado a tragar, gimiendo bajito, se diría que más por decepción que por dolor.

Zuco no confesó a nadie lo ocurrido con su perro. En su casa dijo que se le había escapado mientras lo paseaba.

No le contó a nadie lo que vio dentro de Fiel. Nunca. Pero ya no pudo dejar de pensar en ello.

Le fascinó profundamente toda aquella maraña de cosas blandas y brillantes que se ocultaba dentro de un cuerpo animal feo y viejo y peludo, todas esas piezas tan limpias bajo un envoltorio sucio y maloliente como el que conforma un perro. El viscoso mecanismo interior continuó funcionando todavía unos minutos después de que la luz lo bañara por primera y última vez. El corazón bombeaba, contracción-expansión-contracción-expansión, y los pulmones se hinchaban; penosamente, pero se hinchaban. El estómago vibraba como si se tratara de la piel de un tambor.

Y Zuco quedó maravillado para siempre por la perfección y la belleza de todo aquello.

Desde entonces se consideró un gran amante del mundo interior de los seres vivos. No de todos, por supuesto; sólo de los que le hacían intuir de forma clara su hermosura íntima. Fiel fue un gran perro, el mejor y más entregado a su amo, y su precioso interior lo corroboró. También Cantante, su esbelto canario, sacó un buen día a la luz la ingente bondad que encerraba su diminuto corazón. Se escapó, eso explicó Zuco. Y la vieja tortuga Pancha, cuyo abdomen sorprendió muy gratamente a su amo, acostumbrado a contemplar nada más que el interior de los mamíferos. Incomprensiblemente, se escurrió por la taza del váter.

Así pasaron los días, los meses. Así pasaron tres años en la vida del extraño Zuco Carpintieri: raptando los caniches de señoras viejas para luego adorar la belleza de sus entrañas en cualquier rincón de la ciudad, rajando tripas de animales callejeros a la luz de las farolas. Sólo aquellos perros, gatos o ratas que le resultaban atractivos por lo que fuera, claro está.

Solamente los que le gustaban de un modo similar al que le gustaba su amigo Mario.

En cierta ocasión la madre de Zuco se fue al centro de la ciudad a comprar cosas inútiles. El chico le pidió un hámster, un pececillo, cualquier mascota. Ella contestó que no, que ya había tenido muchos y siempre sucedía algo desagradable, que no era lo bastante responsable como para cuidar de un animalito. Y mientras cerraba la puerta añadió que no volvería hasta la noche y que se portara bien.

Así que Zuco llamó a su amigo y poco después estaban los dos solos, jugando a la Play.

Mario jugaba.

Zuco estaba inquieto. Jugueteaba con un bisturí que había cogido tiempo atrás en la clínica veterinaria, le daba vueltas entre los dedos. Dentro de su cabeza también giraban ideas. Miraba a su amigo y todo le daba vueltas. Cada vez más deprisa. Hasta que, al fin, un impulso imposible de explicar le obligó a terminar lo que su mente llevaba ya demasiado tiempo gestando.

Dejó a su compañero frente al televisor. Cogió una de las ampollas de anestésico veterinario que guardaba en el fondo de su último cajón y se encerró en el cuarto de baño. Se clavó la jeringuilla en la boca del estómago, y presionó.

Al cabo de un rato Mario empezó a buscar a su amigo.

Lo encontró dentro de la bañera, separado en dos montones. Uno tenía la cara y las extremidades de Zuco, igual que siempre. El otro montón, más pequeño pero también mucho más llamativo, era un amasijo rojo resplandeciente que reposaba todavía tibio, humeante, entre las piernas medio abiertas del chico.

En las baldosas de la pared de la ducha había unas letras escritas con sangre: Necesitaba saber que soy bueno.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a mundo interior

  1. jano dijo:

    wau….impactante.

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