Necronomicón

Entré en aquella librería sin ningún motivo en especial. Había pasado por allí casi a diario durante años, pero jamás había reparado en la pequeña tienda. Era un bajo sin reclamo alguno. Ni un cartel luminoso, ni un simple toldo. Nada en la fachada anunciaba lo que se vendía dentro. Y en el modesto escaparate, sólo un par de libros sobre una tela de terciopelo rojo. Dos libros grandes y antiguos, y con sus títulos escritos en latín. Eso era todo. Pero, ya digo, entré. Probablemente habría entrado en cualquier establecimiento en el que hubiera podido curiosear un rato, distraerme. Una ferretería, un centro comercial, un concesionario de coches. Por qué no una librería… No tenía nada mejor que hacer. Me habían echado del trabajo tan sólo media hora antes, y me negaba a meterme en un bar y gastar en alcohol mi poco dinero. Era probable que cayera en esa tentación más pronto que tarde. Pero, por el momento, aún me sentía más indignado que abatido. Tampoco me apetecía volver al hostal en el que vivía desde que Eva me dejara, tres semanas antes. Así que, tras fumarme unos cuantos cigarros a la puerta del edificio donde había estado mi empleo, me puse a andar sin dirección determinada. Pensando. Intentando recomponer mi propio caos. Hasta que me detuve frente al escaparate de la librería y me acerqué al cristal, atraído por su sobriedad, por la tranquilidad que desprendía. Permanecí un rato allí plantado, viendo caer la noche en el reflejo del cristal, viendo pasar la ciudad a mi espalda, con sus miles de luces eléctricas y sus miles de vidas, todas rumbo a algún lugar. Mirando mi propio reflejo paralizado, más del revés que nunca. Y entré en la tienducha. Sin ningún motivo en especial. Supongo que porque no tenía nada mejor que hacer.

Algo, una campanilla o un atrapasueños, qué más da lo que fuera, tintineó sobre mi cabeza en cuanto empujé la puerta. No levanté la mirada para ver lo que era exactamente. Todos mis sentidos se concentraron en respirar hondo y absorber la mayor cantidad posible de la atmósfera que me daba la bienvenida a la tienda. Era agradable, como una caricia aérea y silenciosa cargada de olor a cuero, papel rancio y dulzones pegamentos naturales. Era, al menos, muy diferente al ambiente de la calle, del trabajo, de la habitación de la pensión. Al asqueroso ambiente que se estaba instalando en mi vida progresivamente. Quizá por eso me sentí mejor nada más inhalar aquella mezcla de aromas, rodeado de tanta quietud, y empecé a avanzar por el pequeño local. Tenía planta rectangular. A excepción de la del fondo, donde vi un mostrador de madera oscura y una portilla, que supuse daría a un almacén, las paredes estaban revestidas de estantes llenos de libros. Desde el suelo hasta el techo. De mil colores y tamaños, pero todos ellos de otra época. Otra estantería, quizá medio metro más baja que las demás pero igualmente repleta de volúmenes con cubiertas de piel, se extendía a lo largo de la tienda desde la entrada hasta el mostrador, partiendo la estancia en dos.

Nunca he sido un gran lector, pero me costó unos diez minutos recorrer los escasos cinco metros que mediría la parte larga de la sala. Aquellos libros tenían algo que conseguía que me olvidara de la decadencia en que estaba cayendo de un tiempo a esta parte. Los miraba con detenimiento, y cogía y hojeaba aquéllos que me llamaban especialmente la atención por la razón que fuera. Por un momento me sorprendí a mí mismo reprendiéndome por perder el tiempo examinando un viejo tratado sobre anatomía escrito en un idioma del que no entendía una palabra. Joder, me dije, debería estar ahí fuera intentando poner solución a toda esta mierda. Pero la sensatez se esfumó tan rápido como había venido. Y continué con mi lento paseo entre esas paredes de papel.

Llegué al extremo opuesto de la tienda. Vi de cerca el mostrador y confirmé que no había nadie tras él. Tampoco se oía ningún ruido procedente del probable almacén que hubiera al otro lado de la pequeña portezuela. Supuse que el librero habría salido un momento a hacer cualquier cosa y, contento de no tener que hablar siquiera con el dependiente, doblé el armario central para proseguir la inspección de aquel ordenado universo, aquel reducto de serenidad y silencio aparentemente tan lejano, tan a salvo de la basura que me acechaba en el mundo exterior.

Recuerdo que sostenía un grueso volumen sobre la Paranoia, fechado en 1858, cuando oí sonar la campanilla de la entrada. Eché un vistazo por el estrecho hueco que quedaba sobre los libros del anaquel que se extendía justo delante de mi cara, pero no podía ver la puerta desde donde me encontraba. Y volví a mi insospechada lectura, escrita probablemente en alemán u holandés y llena de radiantes ilustraciones del cerebro y la espina dorsal. Sin embargo, los cadenciosos pasos de quien acababa de entrar en la librería no me permitían concentrarme. Ahora me doy cuenta de que, sin ningún motivo objetivo para ello, aquellas pisadas me inquietaron desde la primera vez que resonaron en la tienda. Como si, de algún modo, estuviera seguro de que quien había entrado no era el librero. Ni un cliente normal. Ni alguien como yo, que sólo pretendía esconderse un rato. Como si hubiera en aquel lento zapateo un eco demasiado sigiloso, una dosis de traición latente que debió haberme puesto en guardia. Aunque puede ser que todas estas conclusiones sean fruto única y exclusivamente de mi imaginación podrida. De las mil vueltas que le he dado a lo que hace ya casi medio año pasó en aquella maldita librería sin nombre ni propietario. Puede ser que nada en los pasos del tipo que acabó apareciendo por el recodo de la estantería resultara especialmente sospechoso. No sé qué me inquieta más.

Era un hombre joven. De hecho, más bien era un chico. Vestido de traje oscuro y con unos zapatos negros relucientes. Recorrió el trecho de pasillo que le separaba de mí, mirando los estantes sin demasiada atención, hasta que se detuvo a mi lado. Entonces me di cuenta de su extrema delgadez. El traje le quedaba grande por todas partes, sus pómulos sobresalían desagradablemente de su cara, de una palidez cetrina. Y un ligero temblor lo sacudía de pies a cabeza. Con todo, me miró con ojos firmes. Firmes y oscurísimos. Y me habló con la misma seguridad. Dijo que estaba buscando el Necronomicón. Que si podía hacer el favor de ayudarle a localizarlo. Tal vez debí contestarle que yo no era el dependiente. Decirle, simplemente, que no sabía indicarle dónde encontrar ese libro. Pero no fue eso lo que salió de mi boca. Y le respondí lo que hasta alguien como yo sabía: que el Necronomicón no existía, que era un texto imaginario citado recurrente por Lovecraft en su producción, a modo de supuesta génesis de sus mitos y leyendas. El chico extraño se mostró repentinamente molesto. Dijo que no estaba de acuerdo conmigo, que sabía a ciencia cierta que la obra en cuestión existía realmente porque él mismo la había tenido incontables veces en sus manos en esa misma tienda y en muchas otras. Y se alejó por el pasillo, temblando a cada paso y mirándome más a mí que a los estantes donde se suponía que iba a encontrar el Libro de los Muertos. Sin dejar de mirarme de reojo, asió una escalerilla de pared que caía desde la cima de una de las estanterías y subió casi hasta arriba.

Tal vez debería haber salido del local. Alejarme de aquel loco, cuya hostilidad era creciente; podía oír cómo me maldecía bajito desde lo alto de la escalera, dos o tres metros por encima de mi cabeza, mientras rebuscaba ruidosamente entre una fila de libros pequeños y de tapas negras. Sin embargo, no quería reintegrarme al mundo gris sin llevarme conmigo alguna de las preciosas antigüedades de tinta, piel y papel que me tanta calma me habían proporcionado. Concreta y absurdamente, estaba empeñado en comprar el compendio sobre la Paranoia que había estado mirando hasta la interrupción de aquel idiota. Así que saqué la cartera del bolsillo y me acerqué al mostrador, como si con ese gesto fuera a anticipar el regreso del librero, que ya estaba tardando demasiado.

Al cabo de un par de minutos, el chico exclamó algo así como Lo he encontrado, aquí está, y se echó a reír de la manera más siniestra que jamás había escuchado. Que jamás escucharé, estoy seguro. Se rió mientras bajaba de la escalera, mientras avanzaba despacio hacia mí por el pasillo y mientras me enseñaba el libro. En efecto, eso decía el título que había impreso en letras rojas en la cubierta: Necronomicón (El Libro de Los Muertos). ¿Lo ve?, me soltó, acercando su cara demacrada hasta casi rozarme la nariz, Éste es el libro del que le hablaba. No me preocupé de comprobar si aquel volumen era lo que yo suponía, nada más que un texto explicatorio de la obra de Lovecraft o alguna novela barata inspirada en ese libro irreal. Estaba realmente asustado y, ahora sí, quería salir de allí con o sin el libro que había decidido comprar. Me daba miedo que aquel demente me sacudiera con su maldito Necronomicón, o me apuñalara, o me robara el poco dinero que tenía en la cartera. Supongo que por eso la aferré con fuerza. Y el chico percibió mi gesto. Sin separarse un centímetro de mí, esbozó una media sonrisa y me dijo Tranquilo, no voy a robarle su dinero. Y luego dijo Me basta con que me diga cómo se llama su hijo. Y luego añadió Y no me diga que no tiene hijos; lleva una foto de su niño en la cartera. Claro que me estremecí al preguntarme cómo podía saber eso, pero un nombre me pareció un precio razonable que pagarle a un tipo que me estaba aterrorizando más y más a cada segundo. Así que lo dije. Dije Guillermo. Y él abrió el pequeño librito imposible y, tras sacar una vieja pluma del bolsillo interior de su chaqueta, escribió el nombre de mi hijo en una de sus páginas, al final de una columna en la que podían leerse otros nombres comunes. Lo escribió con lentitud, con la misma lentitud con la que se movía para andar. Lo vi escribir cada una de las nuevas letras que componían el nombre de mi hijo, y lo vi rematarlo con un punto final oscuro y redondo y denso. Y estoy casi seguro de que en ese preciso instante, una oleada de calor y color invadió su interior. Dejó de temblar y, como si todos sus vasos capilares se hubieran abierto bajo su piel, un rubor le pinto los labios y borró sus ojeras. Y, sin decir adiós, dio media vuelta, llegó hasta la escalerilla, la subió con más agilidad que la primera vez, dejó el librito, desanduvo los peldaños y, dirigiéndose hacia la puerta, la estantería lo ocultó a mi vista. No me atreví a moverme hasta el clinc-clinc que oí inmediatamente después.

Cuando calculé que ya no había riesgo de tropezarme con él en las inmediaciones, dejé el tratado de Paranoia sobre el mostrador y salí de la librería.

Y eso y sólo eso es lo que sucedió en la tienda. Casualidad, maldición… no lo sé. Lo único que sé es que no puedo contárselo a nadie. Porque cinco minutos después, caminando aún inquieto hacia la pensión, recibí una llamada en mi móvil. Era Eva, y decía Ven ya, ven, ven ya… a Guille le pasa algo… Dios, creo que no respira. Decía algo así, el tono es fácil de imaginar.

Y, claro, no puedo contárselo a nadie.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Necronomicón

  1. jano dijo:

    La curiosidad mató al gato.

  2. mariló dijo:

    Me ha gustado 😀

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