No volver esta noche

A Susi no le gustaba que él ya no trabajara establemente, formalmente, de continuo, que Quique ya no tuviera un jefe cabrón al que maldecir durante las sobremesas. Sobre todo desde que ella se había puesto de cajera en Carrefour. Durante mucho tiempo se abstuvo de decírselo con palabras. Pero ahora ya no era tan sutil, ya no se reprimía. No le importaba soltárselo a solas con él o en medio de la gente, entre amigos, en familia. Ese comentario se había convertido en su arma favorita cuando las discusiones se ponían serias. Igual que un golpe en el hígado, dejaba sin aire a Quique, sin nada que replicar. Al fin y al cabo, él no podía negarlo. Normalmente se limitaba a meterse en la cocina y preparar la comida o la cena o el café. Meterse en el baño. Esconderse en cualquier parte. Sólo a veces tenía el valor de encerrarse en el cuarto del ordenador. Entonces, echaba el pestillo y se ponía a escribir deprisa, como si fuera la última vez que lo haría.

Sin embargo, aquella tarde Quique reaccionó de otra manera.

Cogió la chaqueta del perchero azul que ella había comprado hacía poco en Ikea y se sorprendió ligeramente al oír retumbar a su espalda el portazo que él mismo acababa de dar. Se apoyó en la puerta y se pasó la mano por la cara. Susi estará descolgando el teléfono para contárselo a cualquiera de sus amigas, amigos, compañeros de trabajo, pensó, intentando oír algo al otro lado. Pegó una oreja a la madera, luego la otra, y no escuchó nada.

En la calle anochecía, pero aún quedaba al menos una hora de actividad comercial, de escaparates y tráfico intenso. Aún tenía un rato para perderse entre la gente e imaginar que él sólo era uno más, normal, con virtudes modestas y defectos tolerables. Alguien tan bueno o tan malo como cualquiera. Echó a andar por la avenida. Recorrió cuatro manzanas de bloques idénticos. Bajo resplandores eléctricos, vio niños que salían de dar clases de inglés. Y algún quinceañero con el dinero suficiente como para esperar, montado en su flamante ciclomotor, a que su novia saliera del portal. Vio trabajadores empapados en sudor reseco refrescándose con cerveza dentro de cada uno de los bares ante los que pasó. Parejas que entraban en casa cargadas con bolsas llenas de comida para ellos y de comida para perros. En unos años, quizá sólo meses, cargarían comida para bebés. En fin, vio gente que se perfeccionaba. O que, al menos, resistía. Niños, adultos y viejos haciendo cosas para que la nada no se los tragara. Y deseó estar en el cuarto del ordenador, pero lo único que hizo fue girar a la izquierda por la cuarta bocacalle. A medida que se adentraba en ella, el ruido y la luz disminuían. Menos tiendas, menos coches y menos luz. Y muy poca gente; unas cuantas siluetas oscuras andando deprisa hacia sus refugios. Nada más. Y en el fondo no quería que eso ocurriera. Le habría gustado tener un claxon estridente dentro de su oído interno, no oírse a sí mismo, pero sabía que tarde o temprano tendría que volver a casa. Por eso había decidido cortar ya su paseo-huída y meterse en esa calle, para después girar de nuevo a la izquierda y dirigirse hacia su piso, ver aparecer el edificio a lo lejos, y luego, habiendo avanzado un poco más, vislumbrar la luz encendida en la ventana del pequeño pero funcional salón, y quizá la hermosa silueta de Susi yendo de un lado a otro.

Le supo mal que todo viniera a su cabeza tan maquinalmente. Le supo peor saber que parte de la culpa le correspondía a él. A lo mejor sería conveniente que no volviera esta noche, se dijo. Puede que un imprevisto, algo sorprendente aunque sea para mal, nos haga recapacitar. No obstante, sus pies seguían caminando hacia el lugar de siempre cuando una chica joven, casi adolescente, le salió al paso en la acera. A pesar de que ya había oscurecido por completo, llevaba una gorra. Y una camiseta roja lo bastante ceñida como para que él no pudiera evitar fijarse en sus tetas. La chica le entregó un folleto. Bronceado, depilación, manicura, pedicura, limpieza de cutis, baños de barro caliente, todo tipo de tratamientos de belleza. Unisex. Algo así se leía en el papel. Acabamos de abrir, dijo ella sin dejar de sonreír con sus dientes blanquísimos de persona sana y relativamente feliz, señalando la tienda, excesivamente iluminada y con la fachada acristalada desde el suelo hasta el techo. Mucha gente guapa esperaba su turno en las sillas de diseño, leyendo revistas. Si quiere pasar, una de nuestras chicas le hará una demostración de nuestros servicios. Sin ningún compromiso y totalmente gratis. Él vaciló. Tengo prisa, se excusó. Pero la joven le dijo que no tendría que esperar, que le había caído bien y ella misma le atendería porque, total, la verdad es que ya he acabado mi turno como relaciones públicas.

Un minuto después ambos estaban en una especie de cubículo cerrado por mamparas de plástico de poco más de metro y medio de altura. Quique se sentó en una camilla que aún olía a piel nueva. Ella le pidió que se reclinara boca arriba. Entre obediente y resignado, se quitó la chaqueta y siguió sus instrucciones mientras se preguntaba qué estaba haciendo allí. Intentar no volver esta noche, hubo de concluir.

Relájese y déjeme hacer a mí, dijo ella a su espalda. Se oía ruido de frascos y él percibió que un olor cosmético invadía el aire. Dos manos surgieron de pronto a cada lado de su cara. Dos manos frías y pringosas que se posaron sobre sus mejillas y empezaron a masajearlas. Y luego siguieron con la frente y la barbilla y los pómulos. Cerró los ojos y trató de no pensar en nada. Pero el frío le trajo la imagen de Susi, su nueva imagen, la que mostraba desde un tiempo atrás, congelada, la imagen en la distancia. Y también oyó lejana la voz de la chica.

-Tiene usted la piel muy descuidada. Pero no se preocupe, hoy saldrá de aquí un poco más terso. Le estoy aplicando una crema muy buena. La mejor. De algas del Mar Rojo. Mi jefa dice que es nuestro producto estrella y que no debemos utilizarlo en las promociones. Pero ya le digo: me ha caído usted bien.

-Tú también me caes bien -contestó él desde detrás de sus párpados.

Ella prosiguió:

-Día tras día, nuestra epidermis está expuesta al clima, al sol y al aire frío. A la contaminación. Se nos ensucia. Enferma y se muere. Miles de partículas de piel muerta se nos desprenden de la cara al cabo del día. No pasa nada; ése no es el problema: mientras somos jóvenes, nuevas células las sustituyen. Lo malo es que, como dice mi jefa, parte de esa piel muerta se resiste a caer. Se queda adherida, como colgando, supongo, no recuerdo qué palabra usa ella exactamente. En fin, se queda ahí, infectando la nueva capa. Y nos salen espinillas, granos, puntos negros. Por eso es fundamental usar a diario una buena crema exfoliante. ¿Le he dicho ya que ésta es nuestra mejor crema? En realidad no es una crema; es un gel. ¿Nota esa textura tan suave, tan blandita?

-Sólo noto que está fría. Pero sigue hablando -le replicó y le pidió con cierta dureza.

La chica obedeció sin molestarse lo más mínimo. Le contó muchas cosas. Todas igual de banales o trascendentales. Le habló de lo que había estudiado en el instituto, sólo un par de cursos porque hincar los codos no era lo suyo. Lo suyo era trabajar y ganar dinero lo antes posible para poder irse a vivir con su chico. Su padre es fontanero y de momento él es su ayudante, pero no tardará mucho en ocupar el puesto de su padre. Un fontanero gana mucho dinero, ¿sabe? Y además ya tiene una clientela fiel… Tenemos grandes planes. Supongo que acabaremos casándonos porque nos queremos mucho, tanto que a veces me asusto. Pero, bueno… aún es pronto para pensar en eso. Dentro de un rato vendrá a recogerme en la moto y nos iremos a dar una vuelta.

Le contó más cosas, todas parecidas a éstas. Habló del trabajo y de su pueblo. De dónde iba a pasar el próximo puente. Le confesó que lo que más le preocupaba era que hiciera buen tiempo esos días. Eso la obsesionaba, quería que todo saliera perfecto, no explicó por qué. Dijo cientos de cosas triviales o serias en función de la mierda que uno haya tenido que tragar en su vida.

En cierto momento, cuando la voz de la chica ya no era para él más que una cascada viscosa en la que no podían distinguirse significantes ni significados, se atrevió a abrir los ojos. Por un resquicio de las falsas paredes vio pasar a un hombre mayor muy bronceado y con los músculos deltoides hiperdesarrollados pero descolgados. Llevaba una toalla blanca en la cintura y chanclas de marca.

Quique le dijo a la chica que le hiciera algo más, lo que fuera, que pagaría lo que hiciera falta. Quería quedarse allí, escondido de la decadencia entre cuatro paneles de plástico. Sí, le habría gustado quedarse allí para siempre oyendo a una cría balbucear sobre sus preciosos proyectos, oyendo el sonido de dos manos jóvenes al frotarle la piel. Ella le descalzó, le colocó unas pequeñas almohadillas entre los dedos de los pies y se puso a hacer algo con una lima y un frasquito de contenido traslúcido.

Eran ya las diez de la noche cuando tuvo que levantarse de la camilla. La chica le ofreció un espejo y él vio su nueva cara, más limpia, reluciente y ligeramente abultada y enrojecida de tanto masaje. En unos minutos la inflamación bajará, no se preocupe, le dijo ella. Él asintió y se miró los pies, con las uñas brillantes y perfectamente igualadas. Y luego, al despedirse de su esteticién particular, se fijó otra vez en sus tetas sin importarle demasiado que ella lo notara. Sólo entonces volvió a pensar en Susi. En las tetas de Susi y en todo lo demás.

Tenía ganas de verla. Los dos se reirían de lo que le acababa de ocurrir. Hablarían de ello y así evitarían, sin reconocerlo ni por un instante, hablar de lo de siempre. Pasarían una noche distinta, mejor. Mejor por distinta. Por eso anduvo rápido, casi corrió hacia su casa sobre sus elegantes pies, con el viento frío escociéndole en cada microscópica grieta de su pulido cutis. Vislumbró a lo lejos la luz en la ventana y se alegró de que cada fase de su regreso a casa no le resultara ahora tan predeterminada como hacía sólo un rato. Porque la luz parecía más tenue de lo normal allí arriba, más íntima y acogedora, como si una bombilla cómplice se hubiera fundido en la lámpara.

Con ese ánimo absurdo recorrió los últimos metros, abrió la puerta del portal, subió los cuatro escalones y cogió el ascensor. Casi contento. Durante el breve trayecto se contempló en el espejo de cuerpo entero y se encontró gracioso. Incluso rió una vez. Y cuando el aparato se detuvo, salió de él con las llaves prestas en la mano. Por muy poco no tropezó con un par de maletas que descansaban frente a la que había sido su puerta. Un par de maletas viejas, unos cuantos paquetes envueltos en papel de estraza y muchas carpetas llenas de folios escritos por él quién sabe cuándo.

Mientras bajaba en el ascensor, que chirriaba más de la cuenta y parecía ligeramente acelerado por el peso de su vida empaquetada, pensó fugazmente que a lo mejor habría sido conveniente no volver a casa esa noche. Pero lo dejó estar; era tarde para darle demasiadas vueltas. Ya en la calle, de camino a algún sitio nunca pisado, empezó a reptar como una serpiente de piel muerta o renovada. Volvió la cabeza por un instante y vio que iba dejando un rastro de pellejos tras de si. Que levantaba pequeñas nubes de cutículas. No supo determinar si era buena o mala señal.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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