Reencarnaciones

Reencarnación 1

En la cola del supermercado me encontré la otra mañana con un delincuente famoso.

Unos días antes había ido a la comisaría para renovar mi carné y, claro, igual que hace todo el mundo, mientras esperaba mi turno me había fijado en las fotos de los criminales peligrosos.

Como tengo memoria fotográfica, en cuanto lo vi en el super me vino a la cabeza toda su información.

Leovigildo Trapero.

31 años.

1’79m., cabello y tez morenos, complexión fuerte.

Delincuente muy peligroso (puede que vaya armado).

Leovigildo estaba haciendo la compra. En la cesta llevaba un bote de Aquarius, compresas y un helado de chocolate belga.

Lo del Aquarius me pareció lógico: cuando te tienen en busca y captura debes estar permanentemente hidratado y vitaminizado por si se da la situación de tener que echar a correr.

Sin embargo, los otros artículos me parecieron absurdos para alguien en sus circunstancias. Me planteé la posibilidad de que, tal vez, su compañera sentimental estuviera embarazada y de repente se le hubiera antojado un helado de chocolate. Pero, si estaba embarazada, ¿para qué las compresas?

Aquel misterio me cautivó hasta tal punto, que ni siquiera me alarmé cuando Trapero se sacó una pistola del calcetín y les gritó a todos los empleados y clientes del supermercado que se tiraran al suelo y no le miraran ni un instante, que aquello era un atraco.

Cuando quise darme cuenta, ya era tarde. Una bala me había reventado la cabeza y, de paso, también había desintegrado un bote de tomate frito que reposaba en la estantería situada detrás del lugar en el que me había detenido a reflexionar sobre el enigma de las compresas y el helado.

Sangre y tomate se confundieron en el suelo. Yo, reencarnado en compresa super-absorbente, contemplé mi cadáver mientras lamentaba mi mala suerte, mi fatídico destino: otra vez condenado a morir ensangrentado.

Reencarnación 2

La vida de mi yo compresa fue, tal y como había temido desde el principio, corta y con final previsible.

Tras el atraco y el asesinato de mi yo humano, la policía y el juez se presentaron en el super e hicieron lo que se suele hacer en esos casos. Un agente cogió entre sus manos con guantes de látex la cajita rosa en que me había transformado y me puso un post-it en el que estaba escrito ¿Huellas? Pero lo cierto es que nadie me analizó.

Yo, extrañado por el giro de los acontecimientos y, sobre todo, por mi nueva fisonomía, trataba de hacerme oír, lo cual, claro, resultó inviable, pues las cajas de compresas no tienen aparato de fonación.

Así que alguien volvió a colocarme en una estantería. Y allí pasé un tiempo, poco, hasta que una mujer gorda y sin ningún tipo de encanto físico me llevó a su casa, me metió en sus bragas y me… violó.

Al cabo de lo que me pareció una eternidad, volví a ver la luz. Pero sólo por un momento. Ya estaba herido de muerte, empapado en sangre viscosa.

La mujer se apiadó de mí, y me tiró por el retrete.

Unos pocos metros tubería adentro, perecí ahogado.

Reencarnación 3

Evidentemente, una rata.

Apestosa y bigotuda, como todas.

Me sorprendí royendo la goma de lo poco que quedaba de una bota. Sujetaba el pedazo de zapato con mis flamantes manitas y lo mordisqueaba con la misma avidez que un etíope famélico devoraría un suculento pastel. Es curioso: observadas de cerca, las garras de una rata se parecen muchísimo a las manos de una abuela artrítica.

El olor en aquella alcantarilla era objetivamente nauseabundo, pero mi nueva naturaleza me predisponía a sentirme cómodo/-a en medio de tanta inmundicia.

Tan cómoda, que, en cierto momento, salté a las aguas fecales movido por algún instinto. Emergí con algo parecido a un gran gusano atravesado en mis incisivos. Lo engullí al tiempo que de mi garganta brotaba un hii-hii-hii.

La silueta de un humano se recortó en la penumbra de las cloacas. Sentí una honda nostalgia. Recordé los buenos tiempos, cuando caminaba sobre dos piernas y las ratas me daban asco. Muy bien, me dije, acabemos cuanto antes. Correteé hacia el operario, salté a su alrededor, le provoqué mordiéndole las botas. Pero no me mató ni a mí ni a ninguna de mis congéneres. Supongo que estaba habituado a nosotras. Quizá, incluso, nos apreciaba. Al fin y al cabo, éramos su única compañía allí abajo.

En vista de que aquel tipo no iba a hacer nada por acabar con mi vida de roedor, decidí suicidarme: calculé la cadencia de sus pasos y, con total sangre fría de rata, me lancé bajo sus suelas. El pisotón me dejó media muerta al borde del río de mierda que fluía lento por el colector: los intestinos asomaban por un agujero abierto en mi abdomen, mi sangre resbalaba hasta el canal sin alterar lo más mínimo el color parduzco de su caudal. No podía moverme. Era una rata paralítica, y por un momento me estremecí al pensar cuánto tiempo sobreviviría. Todo el mundo sabe que las ratas son muy resistentes, y me aterró la idea de ser una rata parapléjica durante meses o años. Por suerte, fueron mis nuevas hermanas las que, en un ataque de compasión, me rodearon y me comieron hasta matarme.

Reencarnación 4

Desperté sin saber lo que era ahora. Y así pasé un tiempo indeterminado.

Todo a mi alrededor era cálido y confortable, aunque inquietantemente oscuro. De una oscuridad translúcida, para ser exactos.

Intenté escrutar mi cuerpo, pero no tenía extremidades ni nada por el estilo. De hecho, ni siquiera supe determinar mi sexo, pues no había en mi nueva forma ningún rasgo aclaratorio de este extremo (por eso voy a seguir tratándome en masculino… por costumbre). Todo mi yo era, sencillamente, como una gran cabeza dedicada únicamente a observar las paredes gelatinosas que me envolvían. Al cabo de un tiempo, sin embargo, mi masa empezó a extenderse. Cuatro pares de minúsculas patas serradas afloraron por mis costados. Y, poco después, dos grandes dientes, o mandíbulas, o mandíbulas-dientes, no sé, surgieron a ambos lados de mi gran cabeza originaria. El proceso se completó con el crecimiento de un vello duro y corto por toda la superficie corporal hasta que, en cierto momento, algo me impulsó a perforar mi habitáculo, para lo cual me valí de mis prodigiosos dientes.

Una vez fuera, pude comprobar que había nacido de un pequeño huevo. Aquello sí que era novedoso: tras dos vidas como mamífero y una como objeto plastificado, ahora me tocaba ser un insecto. ¿Qué hay de maravilloso en ello? Algo muy importante para cualquiera que una vez fue humano, el mayor sueño de los hombres: volar.

Me concentré en batir las alas y despegar para salir de aquella atmósfera pestilente, para planear bajo el sol y ser un poco más feliz. Pero no pude: no tenía alas. Desgraciadamente, me había tocado ser una araña. Lo supe cuando reparé en el brillante rastro de seda que mi culo iba dejando en el suelo.

Profundamente contrariado, y sin pensar demasiado en lo que hacía, me dirigí a los pocos restos que mis amigas las ratas habían dejado de mi anterior forma corpórea y devoré algunos de los microorganismos que estaban empezando a desarrollarse en él. Supongo que también dejé algunos.

Una vez realizada mi labor, trepé por la pared como si lo hubiera hecho ya un millón de veces y me detuve en el techo. Vista del revés, la cloaca era igual de repugnante. Tenía que salir de allí como fuera, y me vino al cabezón arácnido el humano cuyo pie había empezado a matarme cuando era una rata. Él podría llevarme al mundo exterior.

Lo busqué desde mi atalaya. Finalmente, lo vi. Sin duda había acabado su jornada laboral y se dirigía a la salida. Los dioses de las arañas quisieron que pasara justo debajo del lugar en que yo me encontraba, momento que aproveché para, con una agilidad envidiable, saltar sobre su espeso manto capilar.

Unos minutos después, el sol bañaba mis ocho patas y un aire fresco me hacía sentir la araña más afortunada del mundo.

Viajé cómodamente hasta su casa. Durante el trayecto le piqué varias veces en la cabeza. Por primera vez en mis vidas, me gustó el sabor de la sangre. Él se rascaba con ganas pero sin éxito: ni en una ocasión estuvo cerca de aplastarme: su pelo era para mí un espeso bosque, una selva húmeda y tropical que me protegía amortiguando las acometidas de sus manazas.

Ya en casa, el hombre, mi medio de transporte y mi cantimplora de RH, fue a darle un beso a su hijo.

El bebé dormía plácidamente en su cuna blanca y con olor a ropa limpia.

El bebé era una apetitosa bolita de grasa.

El bebé era sonrosado de pies a cabeza. Parecía que su finísima piel dejara vislumbrar la sangre dulce y pura que corría por sus venas.

Haciendo un uso magistral de mis hilos de seda, me dejé caer hasta la camita, y de nuevo volví a sentir aquella intensa melancolía, el regusto agridulce de los tiempos mejores, perdidos, cuando podría haber sido un humano sano y deportista, haber hecho verdadero rápel.

La frustración me invadió. Lo pagué con el crío: cosí su cuerpecito a dentelladas. Las picaduras pronto empezaron a dolerle. El niño lloraba mientras yo me asqueaba de mí mismo por no ser capaz de experimentar compasión humana. Seguí picándole. Su cuerpo estaba ya hinchado a nivel general. Me posé sobre su ojo y le mordí en el iris. El niño aumentó la intensidad de sus quejidos. Y ahí estaba yo, bailando la danza de guerra de las arañas sobre la preciosa carita de un bebé, con el abdomen repleto de sangre fresca, casi borracho, fuera de mí, enloquecido, dispuesto a masacrarle, a martirizarle, a cobrarme a su costa el precio de mi destino, cuando una lágrima como un tsunami rodó por su mejilla inflamada y me alcanzó de lleno, arrastrándome hacia las sábanas.

El padre y una mujer (la madre de mi víctima, a juzgar por el espanto que expresaron sus ojos al ver la carnicería operada en el niño) acudieron al fin. Después de atender a su hijo buscaron la causa del crimen. Y me encontraron paralizado en medio de lo que a ellos les pareció una diminuta mancha húmeda. Un enorme lago salado, para mí.

El hombre dijo Hija de puta, y me aplastó entre sus dedos pulgar e índice. Supongo que le manché las yemas.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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