Una historia real

Mientras el bus me lleva al trabajo, me doy cuenta de que hoy voy a llegar antes de hora. No me da la gana regalarle minutos de mi tiempo a nadie, así que me bajo tres paradas antes de la habitual y echo a andar.  El suelo está mojado. Anoche hizo frío. O puede que una patrulla de recogida de residuos acabe de dar un manguerazo por aquí. A quién le importa. Lo que sé es que los pantalones me vienen grandes y los bajos se pringan de agua sucia. Camino sin prisa, mirando los escaparates de los comercios aún cerrados y la gente que bebe café en los bares. Me apetece uno. En realidad, no sé si me apetece o lo necesito, pero viene a dar igual. Toco con la punta de los dedos las dos monedas que entrechocan en mi bolsillo. En total, 1,05 euros. No cobro hasta dentro de cuarenta y ocho horas, pero eso no me parece tan importante como resolver el aquí y ahora. Una taza caliente y hojear gratis la prensa deportiva. Es lo que quiero, aquí y ahora; ya irá avanzando el día, con demasiadas horas para pensar en anhelos más importantes. Eso, estimulantes y cosas fáciles, es lo que quiero para afrontar un poco más vivo la puta jornada que me espera. Pero me faltan cinco céntimos para poder pagarme un cortado. Supongo que el camarero de cualquiera de los bares que voy dejando atrás sería capaz de hacerme el favor de sacar la pequeña moneda de su cartera y prepararme cafeína. Y al instante siguiente acierto al sopesar la humanidad y supongo que no, que el tipo llevará tras la barra desde las seis de la mañana y no estará por la labor de prestarle cinco céntimos al primero que decida tocarle los huevos. No, al menos, sin poner cara de perdonavidas. Y eso sí que no estoy dispuesto a aguantarlo. Ya ando bastante jodido como para que otro proletario se tome la licencia de juzgarme de buena mañana. Sigo caminando. Despacio. Cruzo semáforos, esquivo mierdas de perro, doblo esquinas. Callejeo sin necesidad para posponer el día en ciernes. Falta un minuto para que mi sueldo de mierda me obligue a sentarme delante de un ordenador y teclear números, cuando por fin me adentro en la calle donde se encuentra mi oficina. Oigo ruidos extraños unos metros por encima de mí. Habría sido más prudente seguir con la cabeza gacha, pero, joder, miro. Hay un montón de loros graznando en las ramas de un árbol canijo y pelado. Verdes y con la cabeza roja. Diecinueve loros, ni uno más ni uno menos, que se resguardan del caos del tráfico y los viandantes y la polución en un arbolito urbano muy diferente a los de la selva en la que quiero pensar que nacieron. Y, claro, me quedo observánolos. Puede que la palabra sea Contemplar. Sí, creo que es ésa. Porque estoy profunda y tristemente seguro de que la docena y media más uno de pájaros tropicales que aletea ahí arriba es lo más exótico que veré en mi vida. Por eso, pienso, vale la pena demorar unos minutos la llegada al trabajo y aguantar la bronca del jefe. Porque mañana esos pájaros no estarán aquí. Con un poco de suerte, el instinto los guiará hacia un lugar mejor. O puede que acaben enjaulados en el zoológico de esta ciudad, donde todo se construye para ser lo más grande del mundo en su categoría. La verdad es que ésa es la opción más probable: el zoo, al que ahora llaman bioparc, los acogerá entre sus rejas, poniendo así algo de coherencia entre las diecinueve aves y el resto de animales parlantes que pagarán treinta euros para mirarlas desde el otro lado la jaula. Contemplo su plumaje, tan llamativo entre cemento, asfalto y humo, y lamento su inminente destino de animal. De cualquier animal. No tendrán lo que desean, igual que yo, que daría mi 1,05 por poder quedarme bajo el árbol un rato más a pesar de que las cervícales duelan y el cerebro se encamine sin remedio hacia una extraña melancolía. El paréntesis termina cuando un niño que pasa por la calle se suelta de la mano de su madre y lanza un piedra contra la raquítica copa del árbol-selva. Y me quedo viendo y oyendo cómo la pequeña bandada de loros emprende el vuelo de manera sincronizada, y se aleja, y se pierde en el cielo azul pálido de una mañana como cualquier otra. Volved, volved y sacadle los ojos a picotazos a este enano cabrón. Es lo que gritaría si no supiera que me traería problemas asustar a un niño en plena calle. Además, tal cosa sólo pasaría en una peli. Así que vuelvo a coser la mirada al pavimento sucio, a andar pegado a la tierra, a sentirme un pájaro mutilado. Rumbo a la oficina. A la nada.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Una historia real

  1. Realmente es una muy linda anécdota de un día por la mañana. No sé en que cuidad vives tu, pero acá en Buenos Aires, Argentina, si veo a un enano cabrón (como vos lo llamás) lo primero que hago es rajarle una buena puteada. A el borrego y a la madre por permitir algo así.
    A veces, y este es un caso particular mío, es jodido poder decirle a otro laburante (proletario para ustedes) si me presta unos céntimos para poder tomar una taza da café caliente, antes de seguir con el día. Acá la taza de café sale, masomenos, 1 euro (4,60 pesos), lo cual, para nosotros, es un número.

    Lo que me pareció muy bueno, también, es que hayas logrado, con tan particular espectáculo emplumado, romper de cierta forma con la cotidianeidad. Una persona que gusta de Chuck Palahniuk, sabrá que lograr un momento así es una bendición 😉

    No te molesto más con mi perorata sin sentido y te deseo un buen día y una buen fin de semana.

    Saludos desde Argentina.
    Iñaki Aragón

    PD: Ya mismo te enlazo desde mi blog. Te espero por allá cuando quieras, yo trataré de pasar por acá seguido.

  2. Sulo Resmes dijo:

    Pues sí, como dijo Ignatius T. Reilly a esos enanos cabrones habría que gasearlos…. lástima que sólo ocurra en pelis (y libros).

  3. ¿Solo a los enanos cabrones? Y a los dueños de perros que permiten que estos siembren las aceras de mierda, a los bakalas que nos muestran sus dulces tonadas musicales con las ventanillas bajadas de sus coches aunque les entre un frío polar, a los los jefes que te interrumpen cuando les hablas porque no les interesa lo que dices creyendo que a tí sí que te interesa lo que dicen ellos, a los policias perdona vidas que te dicen “circule, ya le llegará la denuncia a casa” y te encabronan por un largo rato, a las vecinas hijas de puta de arriba que no paran de dar voces y andar con sus tacones de pija PePera, a los…

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