Ocio nocturno

Es roja y brillante.

Boris mira con ojos medio ausentes-medio irreverentes al tipo que se mueve con torpeza detrás de la barra. Con sus pupilas de borracho, apunta directamente a la cabeza del camarero. Mira y mira y mira. Y también oye. O no oye. Porque la música suena muy fuerte en el local. Llega a sus oídos como salida de todas partes. De las paredes, del suelo. Hasta del techo. De todas partes. Hay ruido explotando en el mismísimo aire que se retuerce en sus pabellones auditivos. Pero le basta con captar algunas sílabas sueltas para (re)construir las palabras y saber lo que están diciendo Lucas y Marc. Sus amigos. Es fácil componer la conversación; es la misma de siempre. Todo es lo mismo de siempre: los tres sentados bebiendo cerveza y hablando de… eso: lo mismo. Lo de siempre. Hace años que las cosas son así, idénticas a las del día anterior. Todo envuelto en una monótona nube de frustración. En realidad, menos que eso: no puede haber frustración si no hay talento para alcanzar ciertas cosas. Basta con decir que se están acostumbrando a ser mediocres. Degeneran cada día un poco más. Se alejan de todo y todo se aleja de ellos. Y tienen el cerebro suficiente para darse cuenta de ello y estar jodidos. Total, que Boris oye sin querer oírlo lo que dicen sus amigos y mira al tío gordo que regenta el pub o disco-pub o lo que sea. Es el típico hombre maduro que trabaja rodeado de juventud y acaba sintiéndose tan joven como sus clientes. Un espantajo que se cree sus propias mentiras piadosas. Sus últimos pelos forman un simulacro de coleta recogido con una goma rosa fosforescente. Probablemente se la habrá regalado una teenager popera con ánimo de recibir a cambio un cubata gratis. Y seguro que lo ha recibido, piensa Boris. Seguro que la señorita tiene asegurada una consumición gratuita cada vez que se deje caer por allí y bromee un minuto con el engendro de la coleta. Siguiendo la moda impuesta por la tele y los 40 principales, el sitio está lleno de popis. Está bien. En cuanto a lo fundamental, a número y calidad de mujeres, les da mil patadas a los antros que suelen frecuentar. Y con eso basta para quedarse un rato más. Piden otra ronda. Con eso y otra cerveza bien fría basta para quedarse un poco más, viéndolas pasar en su mundo de poder femenino recién descubierto, de nos habéis machacado durante milenios pero ahora mandamos nosotras y conseguiremos lo que queramos porque nos hemos liberado y jugaremos sucio y te joderemos cuando nos dé la gana, piltrafilla. Con o sin razón, nunca se sabe, eso lee Boris en las mentes de las preciosidades que le devuelven por un segundo la mirada. O puede que sea Marc o Lucas o los dos quienes divaguen en esa dirección. Los tres, probablemente. Demasiados años juntos en los mismos lugares. Oscuros lugares comunes. Sólo el gordo parece ser admitido con cordialidad en la diversión nocturna de las chicas. El gordo, una masa de grasa sin piernas visibles que encarama a la barra su escaso uno sesenta de estatura, mostrando su camiseta de los Ramones tres o cuatro tallas más pequeña de lo que sería necesario para ocultar por completo su barrigón peludo. El puto gordo viejo con su coletita esmirriada y su calva muy roja y muy brillante, cubierta de millones de gotitas de sudor y algún que otro grano blanquecino que destaca bajo las luces giratorias de local de ocio nocturno. De su local de ocio nocturno, donde aún puede sentirse dentro de las reglas del juego más bonito gracias al miserable as que guarda en la maga: la potestad de cobrarte o no cobrarte cuando le pides algo de beber. Y, claro, eso le hace muy popular entre el público de su negocio, un pub de barrio, el único pub del barrio. La erótica del poder. El monopolio. En la pared, clavadas con chinchetas entre botellas de todos los colores, múltiples fotos dan fe de ello. Unas cuantas representan paisajes pseudos-exóticos, el predesierto marroquí y otros parajes por el estilo, de postal; supongo que para que la gente vea que el gordo es un hombre con mundo. Pero la mayoría de las imágenes muestran al gordinflón posando alegre con chicas muy jóvenes, mucho más jóvenes que él, y muy escotadas y con los labios demasiado tensos como para creer en la sinceridad de sus sonrisas. Sus hermosos cuerpos inclinados a izquierda o derecha, en gesto de huida, de intentar escapar de la fotografía en la que una noche quedaron atrapados. Y el gordo allí en las fotos, tan contento, sin saber el por qué de las cosas. O sin querer saberlo. De repente Boris se lo imagina bajando la persiana del local y corriendo a su casa, a su cuarto de baño de baldosines mohosos, donde se masturbará recordando el momento en que ha puesto su mano rechoncha y sudorosa en la cintura suavísima de la chica más guapa del bar, o la segunda más guapa, o la más fea pero chica al fin y al cabo. Y desea que los granos purulentos de la calva de aquel tipo entren en erupción precisamente ahora que el gordo se hace el interesante con ella, precisamente con ella, ésta sí, la chica más guapa de la noche, invitándole a chupitos, hablándole y hablándole cada vez más al oído, recortando centímetros de separación apoyándose sobre la barra como si quisiera derribar esa última frontera con el peso de su tripa-apisonadora. Mirándole el culo cuando ella se gira y le da la espalda por cualquier motivo. Qué asco de bola de sebo, dice Lucas, Boris lo oye nítidamente, y Marc dice Míralo ahí, babeándole encima a esa diosa. Y el odio que gira silencioso en los pensamientos de Boris sigue haciéndose oír mediante las palabras de sus amigos, más y más insultantes a cada frase. Se da cuenta de que son las mismas que él pronunciaría de no ser porque hoy está muy, muy borracho o cansado, no sabe, y el solo hecho de pensar le supone un esfuerzo demasiado grande. Ya están los tres en perfecta armonía. Empieza a encontrarse verdaderamente mal. Ni siquiera apartar los ojos de la cabeza del gordo le sirve para reponerse de la náusea. Así que sale a la calle y vomita a los pies de un árbol litros y más litros de un potingue indescriptible que huele a cerveza podrida. Se queda absorto viendo como los restos de lo que era una perfecta columna de hormigas huyen en estampida del diluvio fétido. Huyen sin volverse a mirar los pequeños cadáveres negros de sus hermanas, que han quedado flotando en el charco-mar, girando con las patas extendidas como lejanísimas estrellas negras, muertas en una agriada vía láctea de bilis y rabia y desengaño y sordidez. Unos segundos después escucha a su espalda las voces de Lucas y Marc. Ninguno de ellos le sostiene la frente. Siguen cagándose en el gordo, diciendo lo fácil que lo tiene el hijoputa, que seguro que folla más que ellos tres juntos, que deben hacerse magnates del alcohol, montar un disco-bar, un karaoke o algo por el estilo.

Y todo eso. Lo de siempre.

Boris se dobla de nuevo para vaciarse unos cuantos centímetros cúbicos más. Aparte de lo demás, sale vaho de su boca. Hace frío, pero él no lo nota.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Ocio nocturno

  1. e.spaceman dijo:

    Si alguien es capaz de atrapar durante mas de media hora a un vago como yo(que no consigue leer mas de diez minutos seguidos sin cansarse), ese individuo debe ver sus textos impresos en papel de la mas alta calidad.Pues eso, que usted lo sepa!!!!

  2. ivanrojo dijo:

    No eres un vago. Y lo sabes.

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