Rock duro

Vivo en un quinto piso. En esta época del año el sol entra por la ventana desde las tres de la tarde hasta que las llamas se escurren aún con furia tras los edificios de enfrente, a cincuenta metros o ciento cincuenta millones de kilómetros, no lo sé. Qué más da. Justo en esa última explosión naranja-violeta-amarilla, cuando parece que el sol quiere agarrarse a todos los salientes en su caída sin control, las antenas de televisión o de lo que sea resplandecen como larguísimos filamentos incandescentes. Las azoteas de este barrio se convierten en bosques de metal licuado que se mantienen en pie de manera antinatural. Casi sobrenatural. Entonces, si uno se esfuerza puede imaginar cosas bonitas. Transbordadores espaciales reflejando la luz de las estrellas, barreras de arrecifes de coral, chicas deslumbrantes, doradas o plateadas. Cosas remotas y frescas. Pero hasta que llega ese fugaz momento transcurren demasiadas horas de recalentamiento. Este cuarto en el que estudio, en el que escribo… este escondite es un horno crematorio. El viejo ventilador color café con leche no logra remover demasiado el oxígeno. En realidad, observando el traqueteo de su aspa hay que concluir que el trasto ya constituye más un riesgo de decapitación que algo útil para hacer más soportable la vida. Pero la hélice cortacuellos nunca se decide a salir volando hacia mí. En fin, no salgo muy a menudo. Me proveo de tabaco y un par de litros de agua del grifo y me encierro aquí. Sudo y adelgazo, me deshago derramando gotas saladas sobre el libro, dejando sonar aleatoriamente las doscientas horas de música que hay almacenadas en el disco duro del ordenador. Cuando por curiosidad, aburrimiento o simple condición humana siento el impulso de ver algo moverse, algo más o menos vivo, me pongo las gafas de sol y me asomo a la ventana. Abajo está lo de siempre. Los mecánicos de los numerosos talleres de esta zona, que meten y sacan coches de ellos. A veces se cuelan debajo de alguno y pasan ahí tirados un buen rato. Las mujeres modernas con trajes de chaqueta que regresan del trabajo y aprietan el paso porque todavía tienen que hacer las compras necesarias para preparar dos, tres, cinco cenas rápidas. Niños torpes saliendo de la academia de inglés de la esquina. Parejas que andan pegadas, cosidas por un costado, siameses del amor exhibiendo hasta qué punto han perfeccionado la sincronización de sus movimientos, pie izquierdo-pie derecho, beso sin detenerse y unas palabras al oído cada cierto número de metros. Gente con vida y por todas partes coches, colillas, manchas de grasa en el asfalto, perros y sábanas secándose en los balcones sin hacer caso de las ordenanzas municipales. Y millones de partículas de polvo en suspensión entre el sol y la transpiración que humedece mi frente. Lo de siempre. También él es parte del paisaje. Qué coño, parte del mobiliario suburbano. Si miro en línea recta hacia abajo, en picado, puedo verlo. El eterno sedente. Y no es el nombre de la obra de un escultor de prestigio. Probablemente tampoco ningún artista desconocido ha bautizado nunca así a una de sus esculturas. Y da igual si es así o no. Lo importante es que el eterno sedente está vivo. Es el chico tetrapléjico que pasa todas las tardes del año en la terraza del bar que hay veinte metros por debajo de esta puta cornisa (mirador-observatorio-búnker) manchada de ceniza y mierdas de pájaro. Vestido por completo de negro sobre su silla de ruedas de hierro mate, cuero negro y tapacubos negros. Porque le gusta el rock duro. Lo dicen sus camisetas y sudaderas y las pegatinas que recubren las llantas de su medio de locomoción. No es una silla eléctrica, pero no importa. Me he cruzado con él mil veces, y sé que no necesita utilizar sus manos agarrotadas para desplazarse. Siempre le empuja un amigo gordo, gordísimo, con look hiphopero. Sólo le falta ser negro para ser un perfecto habitante del extrarradio de Chicago. Lo lleva de aquí para allá y por el camino paran en el bar y se pasan allí un montón de horas. Mires cuando mires, ahí están, uno al lado del otro: un palillo enroscado y una inmensa bola de grasa. Orientados hacia el sol o hacia donde debería estar el sol. Bebiendo cerveza. Supongo que hacen buena pareja. El gordinflón se sentirá valorado, quizá incluso querido, y el eterno sedente tiene alguien con el que recorrer el mundo inmediato y hacer cosas tan fundamentales como emborracharse y no pensar demasiado. Y, además, supongo que la gente se siente bien al ver esa simbiosis. La gente ve al inválido y piensa Mira ese pobre chaval, qué desgracia… menos mal que tiene un amigo. Y luego miran al gordo y piensan Mira ese chico… tiene que ser muy bueno… saca a pasear a su amigo tullido. Porque parece que todos los obesos mórbidos y todos los minusválidos son buenísimas personas. Yo no lo sé. Lo único que puedo decir es que cuando el sol se esconde, salgo de esta habitación y bajo a dar una vuelta por el barrio. Y al pasar por la terracita de ese bar de mala muerte los veo a los dos. Sólo los veo, porque jamás les he oído pronunciar una palabra; puede que ya se lo hayan contado todo. Los veo ahí sentados, defectuosos, tristes, y aun así me parecen más felices que yo, que camino sin rumbo ni ganas sobre dos piernas más o menos bien formadas.

Anuncios

Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Rock duro

  1. jano dijo:

    HAY DOS MANERAS DE CONSEGUIR LA FELICIDAD, UNA HACERSE EL IDIOTA, OTRA SERLO.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s