El sol

Era un tipo perfectamente normal. Alguien imperfecto. Normal.

Lo conocí en un bar, a esa hora de los días de invierno en que el sol ya está bajo y alarga las sombras y confiere a todas las cosas dos caras, una muy dorada y otra absolutamente negra.

Teniendo en cuenta nuestra disposición en el local y la ubicación del sol en el paisaje, podía ver con total claridad la cara reluciente de aquel chaval. Los rayos le daban de lleno, como si un gran foco estelar quisiera destacarlo en mi campo de visión por alguna extraña razón. Extraña porque, en realidad, no era más que eso: un chico joven, entre los veinticinco y los treinta, que tosía a menudo. Un chico corriente que, absurdamente, me hizo estremecer. Y es que a pesar de su juventud y de que la líquida luz naranja del atardecer se reflejaba en sus ojos y en su pelo de tal modo que casi podría decirse que aquella cabeza iluminaba por sí sola el bar como si de un sol humano se tratara, supe a ciencia cierta que lo que en realidad estaba viendo allí, sentado al otro extremo de la barra, fumando un cigarro tras otro, era el lado más tenebroso de una persona tan cotidiana como yo. Su expresión me lo dijo. La manera en que hundía la mirada ojerosa en el fondo de su vaso, abismal, como si contemplara el principio o el fin del universo, a miles de millones de años luz de sí mismo. Su aparente distancia con cuanto le rodeaba en aquel sitio cutre con olor a tapas rancias y váter descuidado y licores derramados. El despego hacia su propia ropa, piel, pringadas de ceniza y también del alcohol que el anterior inquilino de su taburete había volcado sobre la madera. En fin, era un fantasma. Estaba allí, pero no estaba. Podía verlo perfectamente, aunque tenía la incómoda sensación de que lo lógico, quizá incluso lo prudente, habría sido que no me hubiera percatado de su presencia. Que hubiera ignorado la inquietud que su persona me transmitía. Que hubiera obviado su existencia al igual que casi nadie se fija en el sol ni en la luna ni en el punto cardinal desde donde sopla el viento ni, en general, en esa clase de fuerzas, apacibles o malignas, que son indescifrables para el hombre.

Sin embargo, permanecí en mi asiento durante horas, la luz reducida ya a tenue lámpara ahumada, atrapado por el siniestro hechizo de aquel chaval, que me erizaba el pelo de la nuca cada cierto rato y sin motivo concreto.

Los clientes se fueron marchando, el último camarero nos pidió a los rezagados que apuráramos nuestras copas y ya de madrugada salí al aire húmedo unos cuantos pasos detrás del chico. Entonces, bajo las indiscretas estrellas, en medio del silencio zumbante de las farolas y los faros de los coches desvelados, tras la estela de un completo desconocido, me imaginé a mí mismo enfocado por un enorme reflector policial. Y empecé a sentirme como un mirón, un merodeador, un acosador, un perturbado, un psicópata. Estoy seguro de que muchos de los que bebían en el bar aquella noche, viendo la fija mirada que clavaba en el joven, del escudriñamiento al que le sometía, me catalogaron de cosas por el estilo, cosas perversas. Cosas pervertidas. Pero no fue hasta que el frío de la calle me despertó un poco, que comprendí que mi actitud sería difícil de explicar y de entender por cualquiera.

No tuve ocasión de preocuparme por ello. Mientras a mi espalda el encargado bajaba ruidosamente la persiana, el chaval se sentó en el bordillo de la acera de enfrente, dedicándome desde detrás de una nube de humo azulado una mirada tan impertinente como la que yo le había lanzado durante toda la noche. Hasta que me hizo un gesto con la cabeza. Un gesto que decía Acércate.

Tendría que haber hecho caso a mis instintos, haberme marchado. Pero crucé la calzada, supongo que visiblemente avergonzado, y me senté a su lado. El rocío me heló el culo, pero no me importó. Estaba como a la espera de algo importante, aún no sabía bien el qué, una especie de revelación. Pasaron unos minutos de silencio pero, curiosamente, no me sentía incómodo. Al contrario, cada vez me encontraba más relajado. Por fin, el chico dijo Qué quieres. Lo dijo sin dejar de mirar al frente, a algún punto indeterminado del asfalto que reflejaba la noche urbana igual que un zapato de charol. Lo dijo sin que su tono denotara atisbo alguno de curiosidad, como si mi respuesta no le importara lo más mínimo. Y yo no le supe contestar; mi actitud era difícil de explicar. Por suerte, él la entendió sin necesidad de escuchar las palabras inconexas que cruzaban mi mente en aquel instante. Y empezó a contarme, despacio, tranquilo, en voz baja, codo con codo pero desde el fondo de un pozo excavado en algún lugar horrible y muy lejano, empezó a contarme cosas, su historia, la mía, lo que de algún modo yo había intuido en su figura. Lo que, aunque aún sin contornos concretos, no dejaba de rondarme la cabeza.

Me llamo Héctor, el Artista, fue lo primero que dijo. Y con cinco palabras como cinco hachazos mi inquietud adquirió forma. Comprendí lo que me había resistido a admitir. Y quizá palidecí, o las manos me temblaron, o los pelos se me pusieron de punta, o dejé escapar algún grito ridículo, o me meé en los pantalones. O todo eso y mucho más. Algo, no sé qué, pero algo tuvo que cambiar en mí al oír su confesión, porque él lo notó y me dijo que no me preocupara, que no iba a hacerme nada.

Sí, soy el Héctor de los graffiti; veo que conoces mi carrera, prosiguió con el mismo tono neutro que había empleado para presentarse.

Las había visto en los periódicos, en el telediario, en blanco y negro o a todo color a la hora de comer. En Internet. Cientos y cientos de fotos de las obras de Héctor, el Artista. Así lo habían bautizado los medios de comunicación, sus marchantes particulares, que exponían el arte de su genio más productivo en primera plana, con titulares gigantescos presentados por la cara recién afeitada del mejor de sus presentadores de informativos. Exponían en prime-time los colores de los crímenes de Héctor. Rojo sobre blanco. Sangre sobre carne pálida, aún blanda, aún fresca e infantil, sin vello. Y en el suelo o en la pared de la escena del crimen, o incluso sobre un retal de piel intacta, en cualquier rincón limpio de la escena, la firma, Héctor, en goteantes mayúsculas y con el acento muy vertical y afilado encima de la e.

Mato niños, es cierto, me explicó. Mejor dicho, he matado algunos niños. No sé si es del todo justo que eso sea lo único que la gente tenga en cuenta de mí. También hago otras cosas… cosas buenas, incluso. No le pedí que me las contara. Y él no se tomó esa licencia. Encendió otro cigarrillo, pausadamente, con el mismo cuidado que si estuviera manipulando una bomba, y continuó. Hay gente que piensa que soy buena persona. Algunas personas siempre me han querido, por obligación sanguínea o razones igual de arbitrarias. Pero últimamente son muchos los que me llaman y me animan y me dicen cosas amables por teléfono y llenan mi mail de imágenes preciosas, lagos cristalinos o frondosos bosques, y me aprietan afectuosamente los hombros cuando me ven por la calle, sin dejar de sonreír ni un momento pero evitando mirarme a los ojos. Sí, así es de un tiempo a esta parte, desde que los médicos me dijeron que me queda muy poco tiempo de vida. Y eso es lo que me corroe: no saber si me quieren por mí o por mi cáncer terminal. La enfermedad nos vuelve a todos más decentes. Nos dignifica y embellece. Casi siempre injustamente. Esa duda me impulsó a empezar con esta mierda. Porque no quiero irme de aquí despertando misericordia en quienes nunca me trataron demasiado bien cuando podían elegir entre eso y lo contrario. Ya sabes, lo que me jode son las malditas pompas fúnebres, las palabras bonitas cuando ya no las puedes oír, los agasajos para disfrute exclusivo de mis bacterias enterradas, el lavadero de conciencias gracias a mi muerte. Quiero filtrar todas esas patrañas y dejar solamente la verdad, para bien o para mal. Por eso, cuando todo esto se destape, creo que me quedaré bastante solo. Esa es la pura verdad, y nadie va a engañarme al final. No al final.

Se hizo de nuevo el silencio. El cielo se había cubierto. Empezó a lloviznar. Héctor guardó en el arrugado paquete el cigarrillo que se iba a encender, y nos quedamos allí, oyendo las gotas, oliendo el asfalto mojado, pensando, supongo. Al menos, yo sí. A toda velocidad pero ya sin miedo, sólo con básica curiosidad, con ansia de saber, con prisa. Como si aquel fuera mi último minuto.

Es difícil matar a un niño, le pregunté cuando recuperé el habla, sin reconocer del todo mi voz. Él dijo Físicamente, es sencillo. Hasta alguien como yo, con los pulmones destrozados, puede hacerlo sin cansarse. Lo difícil es rebasar el punto de no retorno, rasgar la frontera de la piel. La primera vez tardé casi una hora. Le daba pequeños pinchazos con la punta del cuchillo, muy leves, casi ni sangraban. Vomité mucho. Y lloré mucho. Ella se revolvía entre mis piernas, me pegaba en la tripa con sus manitas sin hacerme ningún daño. Se había quedado ronca de tanto gritar, su boca mojada ya no emitía más que un gruñido lastimero. Pero el temblor frenético de sus pupilas no me dejaba pensar con claridad. No podía visualizar a toda esa gente que me había mostrado su pena, su apoyo al enterarse de la noticia. Ésos que me habían dado la espalda en algún momento, que me habían dicho que no querían saber nada de mí, que no me soportaban, que me fuera a la mierda, que nunca conseguiría ser nadie ni nada, esos hipócritas que se habían desentendido de mí cuando mi cuerpo estaba sano y en teoría podía apañármelas por mí mismo para sobrevivir perdido entre la basura de todos los días, y que ahora me mimaban como si nunca hubieran dejado de preocuparse por mí y me trataban como a un niño desvalido o a un santo, igual que se compadecerían de la criatura que se retorcía bajo mi peso. Y cuando por fin logré fijar en mi mente las caras de todos ellos, mi mano golpeó como un resorte y atravesé el cuello de la niña desde la garganta hasta la nuca y giré el mango del cuchillo. Luego firmé con sangre mi supuesto nombre y me convertí en Héctor, el artista más temido del país.

Más silencio.

Un buen rato más tarde me atreví a pedirle que me contara más historias, más crímenes. Pronuncié esa palabra, lo admito, y de inmediato me sentí un completo estúpido. No quedaba bien. Pero a Héctor le daba igual lo que yo pensara de él. Al fin y al cabo, yo no era uno de los que le conocieron y abandonaron en tiempos mejores. Así que me habló de sus asesinatos al filo de la muerte, me describió la tibieza de las vísceras infantiles, el olor y el sabor de las entrañas, y me advirtió que no hay nada más allá de los cinco sentidos. Por suerte para el descanso de todos, los que se van y los que se quedan, añadió muy bajito. Terminó diciéndome que a la mañana siguiente mataría a otro niño, el último, no sabía, quizá dependiera de mí. Porque quería crear el dios perfecto. Un dios joven, imberbe, terso, que jamás hubo de afeitarse o depilarse porque no tuvo tiempo de contaminarse con nada, y que sufrió el peor calvario imaginable sin haber llegado a conocer el significado de la palabra predicar. En mi escalera, añadió Héctor como quien narra una anécdota tragicómica, vivía un chaval. Tendría unos veinte años. Hace poco se mató con su flamante coche. Ahora los vecinos lo consideran una especie de mártir, un dios que volvió a su reino celestial antes de hora. Todo el mundo, hasta quienes decían la verdad, que era un poco chusma, habla maravillas de él. La desgracia prematura nos limpia a los remordidos ojos de los que nos sobreviven. No quiero que a mí me pase lo mismo. No quiero lavarme ni que nadie utilice mi debilidad para apaciguar su conciencia. Quiero que, a pesar de esta locura, me lloren los que me quisieron hasta el final. Y que quienes renegaron de mí me detesten todavía más, y me olviden sin dolor, creyendo que acertaron al repudiarme. De este modo, las cosas seguirán su curso más o menos felizmente. Supongo que he elegido la mejor manera para alcanzarlo.

Se levantó. Estiró la espalda pero en seguida se contrajo sobre el costado izquierdo; creo que se le escapó una fugaz mueca de dolor.

Había dejado de llover. Nubes deshechas pasaban deprisa y dejaban ver algunas estrellas, pocas y apagadas. Empezaba a clarear. Desde mi trozo de bordillo, viendo a Héctor a contrapicado, con la luz de un nuevo sol encendiéndose sobre él, no me parecía tan escuálido, tan pálido, tan enfermo. Pero tosió de nuevo, y diminutas gotas de sangre, casi invisibles, rociaron mis manos. Estoy seguro de que noté cómo se ruborizaba. Por primera vez lo vi como a un ser humano y no como un morboso sujeto de manual de criminología. Supe que era cierto: que además de un asesino, era otras cosas. Algunas, buenas. O las había sido. Lo percibí en el modo en que se limpió el rojo de sus labios con la manga, mirando al suelo.

Repitió:

Si todo sale como hasta ahora, a las nueve de la mañana mataré a otro niño en el descampado que hay detrás del viejo polideportivo.

Y echó a andar calle arriba o abajo, no sé. Yo no me moví. Sencillamente, no podía.

Un rato después pasó un joven policía por la acera de enfrente. Me vio y se acercó, y, no sé por qué, me fijé en sus ojeras. Parecía haber dormido mal. O no haber dormido. Me cayó simpático. Era un tipo curioso: no paraba de mover los labios al mirarme.

Le pregunto si se encuentra bien, oí por fin al agente.

Y tardé aún unos segundos en responderle. Asentí con la cabeza. Perfectamente, le ratifiqué un momento después. Y el hombre desapareció de mi vista por donde sólo un rato antes lo había hecho la detención que le habría proporcionado el ascenso que de otro modo iba a tardar décadas en obtener. Entonces me puse en pie de un salto y corrí en su busca. Corrí un poco, sólo unos metros. En la primera esquina me paré a vomitar. Y en la siguiente también. Anduve un poco más y devolví dentro de una papelera y sobre mis zapatos. Y cuando faltaban cinco minutos para las nueve yo esperaba agazapado, de cuclillas, entre los matorrales más altos del descampado, que todo terminara. Desde allí vi llegar a Héctor con un niño de la mano. Se metieron en el hueco que quedaba entre dos camiones abandonados. Vi todo lo que le hizo allí, en el suelo, entre las grandes ruedas. Y esta vez no vomité. Cuando hubo acabado, Héctor miró alrededor, y juraría que lloraba cuando dirigió sus ojos hacia el lugar donde yo me escondía. Se cortó el cuello con un gesto rapidísimo, como de película muda, y al caer su cuerpo tapó por completo el del niño.

No sé cuál de los dos cadáveres me dio más pena.

Unos minutos más tarde, tan sólo a unos centenares de metros del fin del mundo que yo acababa de contemplar, la ciudad se movía al mismo ritmo que cualquier otra mañana. La gente iba y venía, las tiendas abrían sus puertas, los coches hacían sonar el claxon en medio del atasco. Era como si nadie se diera cuenta de que el sol se había detenido en su ascenso. Incluso, si te fijabas bien, podías verlo caer lentamente, muy lentamente, apagándose. Pero nadie parecía preocuparse por ello.

A mí me daba igual.

Todo se me había derrumbado.

Anuncios

Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s