Algo bonito

Sábado por la tarde. Oscurece. Es lo que se ve desde el quinto piso de una finca. Una vivienda de clasemedia igual que todas las que se levantan alrededor. Es sábado por la tarde, oscurece y los últimos resplandores del cielo se escurren detrás de los edificios, de los semáforos y de la gente que pasea. Porque es sábado; la gente pasea. En familia, en grupo. De dos en dos. Padres, hijos, amigos y enamorados haciendo cosas el sábado. Entrando y saliendo del videoclub. Del supermercado. Dejando un rastro de cáscaras de pipas. Encargando un par de pizzas en Telepizza. Andando juntos. Porque lo que todos tienen en común es que hay contacto físico entre unos y otros y unos. Se cogen de la mano, se abrazan por los hombros. Se rodean la cintura y comparten su rumbo. Parecen no necesitar nada más. Ninguno de ellos sabe que al otro lado de la ventana del quinto hay alguien que les mira. Y también un ordenador que reproduce música en modo Random. Poniendo banda sonora a la película de su caminar, a cada uno de sus gestos y a las palabras que seguramente se dicen. Cuidado, que viene un coche. Elige tú los ingredientes. Mira qué buena está ésa. ¿Te gusta esta peli? Te quiero, cariño. Vistos desde veinte metros de altura y con buena música en los oídos, no parecen tan ridículos. Ni siquiera vulgares. Más bien al contrario: constituyen algo bonito. Unidades de amor o algo por el estilo vagando entre el caos, ajenas a ello, resistiendo, compartiendo. Cuidándose. Cada uno aferrado al de al lado como si fuera la piedra angular del sentido de su vida. Como si nada pudiera existir sin oír esa respiración a su costado. No resultan ridículos. Más bien al contrario: un motivo de envidia. Porque ha anochecido por completo y la estrella más cercana está jodidamente lejos. Tanto, que sus millones de megatones de energía llegan hasta el quinto con menos brillo que los ojos de un perro ciego abandonado. Tanto, tan distante está su fuego que lo único que esta noche se colará por esa ventana es la espesa oscuridad. Helada y subrepticia y silenciosa. Y tan larga y punzante como los filamentos de las medusas. Medusas a años luz pero que no dejan de escocer bajo la piel. Medusas muertas que conservan su veneno presto a dañar cuando son rozadas por algún pensamiento inoportuno. Por eso mirar al otro lado del cristal y escuchar música y ver a gente normal pero relativamente feliz es algo bonito. Algo que demuestra que el presente no es mentira. Algo que estremece y te hace dudar de ti mismo, como todas las cosas bonitas. Que quizá vale la pena levantarse con cierta fe en el mundo y en sus éxitos de cada día. Cuando pase la oscuridad y el cielo se tiña de amarillo, naranja y violeta, cuando la palabra insomnio torne absurda porque ya sea de mañana, no te duermas. Es posible, dicen, que las cosas mejoren. Tal vez no te encuentres tan mal como el día anterior. O sí, pero habrá que resistir, como los paseantes del sábado por la tarde. Agarrarse a algo y no soltarlo hasta que corra verdadero riesgo de hundirse contigo. Y soltarlo sólo cuando tu naufragio le haya obligado a tragar un poco de agua podrida, para que nunca se olvide del sabor del sitio en el que vives, veinte metros por encima o por debajo de la gente y su felicidad.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Algo bonito

  1. Sulo Resmes dijo:

    Ten en cuenta que en ocasiones eres tu el que pasea su felicidad a los ojos del que habita en un quinto piso. O incluso tus miserias pueden ser vistas como felicidad por el que te observa desde su habitación desde algún piso superior.

    Muy bueno…..

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