Réquiem

Las ocho de la tarde. Vas por la calle y pasa una de esas cosas que pasan constantemente pero que nunca piensas que te pueden tocar a ti. Ni siquiera cerca de ti. Vas por la calle hablando con un amigo por el móvil, sí, te espero donde siempre, ¿no?, en la bodega, vale, jaja, sí, yo ya estoy a punto de llegar, no tardes, ok, y de repente oyes un golpe. Seco. No necesitas mirar, sabes lo que es: metales chocando a gran velocidad. Pero te giras instintivamente en dirección al ruido y, a escasos pasos de ti, ves una vespa resbalando por el suelo. Y un cuerpo humano volando por los aires un montón de metros. Demasiados metros para que la cosa pueda tener un final feliz. Además, el motorista cae en muy mala postura. En la peor: de cabeza. Rueda por el asfalto y se queda boca arriba. Mirando al cielo aún iluminado, aún muy azul. Hace tan sólo una semana esto habría ocurrido de noche, pero el reajuste horario de la primavera va a hacer que el hombre muera viendo con total nitidez el mundo que abandona. Los peatones más próximos nos acercamos al espectáculo. También los hay que recorren un buen trecho para contemplar el accidente con detalle. Salen de las tiendas y de los portales atraídos por el tufo de la tragedia. Entre todos vamos cerrando el círculo de la vida en torno al herido. Lo bastante como para poder observar que está muy mal herido. Lo bastante como para comprobar que la escena es aún más truculenta de lo previsto. Porque no se trata de un hombre moribundo; es un chaval moribundo. Veintipocos, pantalones de hiphop y sudadera Energie. Y no hace falta ser médico para saber que de ésta no sale; basta con mirar cómo tiene el cráneo. En realidad, menos que eso. Son sus ojos los que no dejan lugar a esperanza. Cada vez más abiertos, las pupilas dilatándose un milímetro más cada segundo, luchando por recuperar las imágenes que se van fundiendo en negro. Las nubes, y un poco más abajo el trazo etéreo de un avión en vuelo intercontinental, y más abajo unas cuantas gaviotas. Todo desapareciendo. Igual que las azoteas, el jubilado que lo mira impertérrito desde un balcón lleno de geranios, las caras de los curiosos que nos agolpamos a su alrededor. No sé… el universo entero empequeñeciendo ante sus ojos asustados, sencillamente borrándose. Y después… Nada. Eso es lo que pienso mientras lo observo. Pienso No está viendo un resplandor al final de un túnel; está viendo cómo la oscuridad lo devora a plena luz del día. Con todo, se esfuerza en incorporarse. Supongo que el dolor y el miedo y probablemente una dosis de ridículo hacen que concentre sus últimas fuerzas en un torpe movimiento, una simple contracción animal que no consigue más que flexionar un momento sus rodillas y codos. Luego todo su cuerpo se distiende sobre el alquitrán. Mentiría si dijera que lo oigo espirar. Pero tampoco importa demasiado que escuche o no su último sonido humano, porque lo tengo delante de mí, ahí tirado, y estoy seguro de que acabo de verlo morir. Sólo entonces, cuando mis sentidos dejan de estar concentrados en asimilar la muerte triunfando a un metro de mí, me doy cuenta de que hay una ambulancia muy cerca. Veo cómo intenta abrirse paso entre el atasco recién formado. Con las sirenas conectadas, derrochando color y ruido para deleite de los que hoy nos hemos librado de la quema. Pero sé que cuando lleguen ni siquiera se molestarán en bajar la camilla. Será demasiado tarde. Ya es demasiado tarde. Así que se limitarán a tapar el cuerpo joven con un pedazo de tela, seguramente blanca y plastificada, y llamarán a la policía. Y luego un poli o algún otro funcionario acostumbrado a trabajar con residuos orgánicos contactará con el juez, que se personará dentro de un par de horas y autorizará el levantamiento del cadáver caliente que tengo a mis pies. Entonces ya sólo quedará hacer la llamada fatal. Destrozarle la vida a alguien que, de ahora en adelante, atará cada semana un ramo de flores a la farola más cercana. Vamos, que ya no hay nada que ver aquí. Y echo a andar hacia la bodega donde he quedado con mi amigo. Me sorprende no sentir la menor tentación de volver la vista. Todo el mundo que me cruzo, la gente a cuyo lado piso mira en dirección al muerto. Algunos, de vez en cuando, como si les supusiera un gran esfuerzo apartar los ojos del cadáver, enfocan a la chica que lo ha matado. Ella también es joven. Hace un rato conducía un Ford K de segunda mano, probablemente oyendo música de mierda, a juzgar por la ropa que lleva y el color del tinte de su pelo, pero ahora está convulsionando dentro de su coche, presa de un ataque de nervios. Y nadie hace por ella otra cosa que mirarla, observarla, examinarla. Juzgarla, por decirlo claro. Yo tampoco le dedico otra conducta más amable. No me apetece y, quizá, no se lo merezca. Además, me parece justo que este momento de gloria triste sea monopolizado por el que ya no volverá a montar en moto, ni a salir despedido por el aire, ni a reventarse la cabeza contra un suelo manchado de grasa y marcas de neumáticos. Aunque puede que la verdadera razón de que no haga ni diga nada e intente simplemente alcanzar el bar sea que algo se ha roto dentro de mí. Alguna víscera desconocida que ha explotado y no deja de inundarme de asco, pena y desencanto. Y cansancio. Porque, joder, la bodega, mi bodega, nuestra bodega de siempre, donde lo pasamos bien e intentamos olvidarnos del resto del día está a menos de cincuenta metros, pero me siento agotado. Como si tuviera que recorrer un desierto entero hasta alcanzar mi destino. Que, me temo, hoy no va a resultarme un lugar tan agradable como de costumbre. Hay gente de pie en la entrada. Casi todos viejos, clientes habituales; los erasmus que noche tras noche abarrotan esta taberna typical spanish aún no han llegado. Los jubilados borrachines comentan, señalan con sus dedos temblorosos hacia la muerte. Ponen caras tristes con ojos rojos y brillantes. Sus dedos no palpitan y sus ojos no vibran de la impresión/pena.  Es que todos llevan un vaso de vino en la mano y no dejan de darle sorbos. Y, ¡qué coño! quizá sea una buena opción. Entro y pido una, la sirena aún zumbando ahí afuera. ¿Una qué? Una copa de vino, ¡qué va a ser! Tinto y denso y del barril más barato. Puede que no tenga pasta, pero estoy vivo. Así que ponme otra. Y otra. Llevo ya casi una botella a palo seco cuando llega mi amigo, pero no siento ganas de vomitar. El único efecto que me produce el alcohol es saber que estoy hablando pero no tener ni idea de lo que estoy diciendo. Y, la verdad, tampoco importa gran cosa; no creo que hoy vaya a ser el día en que suelte una frase ingeniosa. Lo que cuenta es que tengo a mi amigo enfrente, que estamos el uno al lado del otro, viéndonos, oyéndonos, tocándonos. Lo otro, lo que nos atrapará algún día, quizá aún tarde mucho en ocurrir. Y prefiero no pensar en ello. Por muchos conductores que vea morir sobre una calzada sucia. Sí, es mejor no pensar demasiado en ello. Lo consigo durante todo el rato en que bebo y bebo y miro a las chicas nórdicas que irradian su albinismo en el local y divago sobre cosas sin la menor trascendencia. Pero cuando llego a casa y me tumbo con la luz apagada oliendo mi propio olor a humo, un montón de ideas absurdas se me amontonan en las sienes, no me dejan dormir. Pienso en grandes factorías de motocicletas en Italia. Pienso en alquitrán y gravilla. En cuánto dolía cuando te despellejabas las rodillas en la calle jugando al fútbol. Ahora, a solas y a oscuras con el recuerdo todavía fresco del acto humano más digno que he visto en años, todo conduce a lo mismo. Al asfalto y a la nada. A intentar acertar lo que se debe de sentir cuando la piel lacerada es la que te recubre el cráneo. Y sé que no voy a poder dormir en toda la noche. Tal vez si vomitara…
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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Réquiem

  1. rubinhox dijo:

    Espero que este post sea neuro, y no bio…

  2. rubinhox dijo:

    Mierda, era bio…

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