El mejor día para esto

Domingo a media mañana. El mejor día y la mejor hora para esto. Hace unos minutos que han llegado en coche a los alrededores del parque. Tras dar varias vueltas al mismo se detienen en doble fila frente a la entrada principal. Es mejor que vaya yo, ha dicho ella justo antes de apearse. El hombre no se opone –además, la frase es innecesaria; siempre es ella la que va- y se queda esperándola con el motor en marcha, el aire acondicionado al máximo. Chorros de sudor le empapan el cuello de la camisa, aunque en realidad todavía no hace demasiado calor. Mientras intenta secarse con uno, dos, tres pañuelos de papel la ve dirigirse hacia la plazoleta central del parque. Ya es casi una vieja, piensa al ver cómo, a cada paso, la grasa fofa de su mujer se bambolea desagradablemente bajo la blusa, junto a familias perfectas que pasean y niños perfectos que juegan. Y no se trata sólo del montón de kilos de más. Es que antes ella no andaba así, con esos gestos descoordinados que, aun sin ser demasiado llamativos, hacen que algunos se queden mirándola. Sin dejar de observarla el hombre piensa Esto no tiene sentido; cada día está más enferma. Pero al instante se siente mal por lo que ha pensado y su conciencia le obliga a atacarse un poco a sí mismo, así que sigue pensando y piensa Pero, bueno… Yo ya soy un viejo y un enfermo, eso está claro. Y no necesita ratificar su pensamiento escrutando en el retrovisor su decrepitud. Sabe muy bien que es demasiado tarde para conseguir ciertas cosas por las buenas. Lo sabe tan bien que decide cortar la cadena de ideas negativas y se refugia en la observación de su mujer hasta que ya no puede distinguirla entre el gentío feliz. Pero al encontrarse solo dentro de un coche al ralentí, sin nada familiar en su campo de visión más que una foto vieja, inútil y dolorosa en el salpicadero, un pinchazo de tristeza le sorprende al mismo tiempo que otro, de rabia, le hace crispar los dedos sobre el volante. Ésta es la última vez, se dice, se grita mentalmente. En el fondo, sin embargo, es plenamente consciente de que siempre hará lo que ella quiera. Nunca será capaz de negarle nada. Porque, a pesar de todo, la quiere mucho más que aquel primer día de hace más de treinta años. La quiere mucho más que cuando eran tres y no había nada por lo que sentirse desconsolado. La quiere y se lo debe. Y lo demás no importa gran cosa. De eso está intentando convencerse cuando la ve salir del parque con Pedro de la mano, que anda tranquilo junto a la mujer, sonriendo y hablando de algo. No debe de tener más de seis años y parece feliz. Aunque no tanto como ella. Es como si el simple hecho de estar en contacto con la piel del niño la rejuveneciera. Ya no se tambalea, y hasta su obesidad mórbida parece menos acusada. Así que ahí viene, con paso firme y con algo parecido a la alegría iluminándole la cara. Ambos suben al asiento trasero y el hombre arranca sin siquiera decir hola. Y a pesar de que decenas o tal vez cientos de personas ven circular el coche por las calles y avenidas de la ciudad, y a pesar de que muchos conductores se detienen junto a ellos en cualquier semáforo o los adelantan ya en plena carretera, nadie será capaz de declarar nada útil cuando llegue el momento de hacerlo. Al fin y al cabo, no son más que un matrimonio y un niño en un turismo. Todo normal. Lo que pasa es que dentro del coche la mujer le dice al niño Pedro, ¿quieres comer algo? He preparado unos sándwiches. Y el niño contesta que no se llama así, que su nombre es… otro. Y pregunta cuánto falta para llegar a Disneylandia. No empieces, Pe-dro, ya te he dicho en el parque que el viaje iba a ser largo. No me llamo Pedro. Con una rápida mirada hacia atrás, el hombre observa las primeras señales de lo que se avecina. La pierna de su mujer empieza a temblar y el ojo izquierdo le parpadea frenéticamente. Sí te llamas Pedro. No. Un segundo después la mujer está tumbada sobre el pequeño cuerpo, aplastándolo literalmente mientras aprieta con sus manos gordas el cuello del niño. Y el hombre pone rumbo a cualquier polígono industrial, cualquier vertedero, cualquier zona boscosa donde uno pueda deshacerse de cosas inútiles sin ser visto.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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7 respuestas a El mejor día para esto

  1. jano dijo:

    PIEL DE GALLINA!!!!!!!!!!!!!!!!!

  2. Sulo Resmes dijo:

    mooola la gramooola!!!

    Agur

  3. Hola!

    Mi profesora de latín (sustituta) me habló de tu blog y me he pasado por aquí para ver tu estilo. Sinceramente, este relato breve me ha gustado mucho; el toque inesperado y macabro del final tiene un toque de locura, pero es una locura bien encarrilada dentro del desarrollo del texto.

    Te seguiré. ¡Saludos!

  4. Respecto a tu post en mi blog… Vale, la llamaré Vero.

    ¡Saludos! Y me alegro de que te gustara mi microrrelato.

  5. Vero dijo:

    Sin duda: desarrollo bien estructurado con un desenlace cruel pero fascinante. Gracias Iván por estos momentos.

  6. Annie L. dijo:

    Por primera vez desde que leo tu blog me manifiesto aquí: genial, chico, vaya mente….te prometo que siento escalofríos con algunos de tus relatos……sabes que te sigo….

    Besets

  7. Con el estruendo de la conciencia escrupulosa, nos llevas al «vertedero» de la locura humana. Saludos. 😀

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