Mirones

Un nuevo y potencialmente rentable sector de mercado-

Uno dice:

– Bueno, te escucho.

Otro dice:

– Vale, tío, esto tiene que interesarte, así que presta atención. Supongo que habrás oído algo. La verdad es que no sé exactamente cómo, dónde y cuándo empezó todo… he oído que está a la orden del día en las grandes ciudades de todo el continente… y seguro que en América ocurre lo mismo. De hecho, yo apostaría que fue algún norteamericano loco el que tuvo la idea. Es difícil saberlo… ya sabes… los polinternautas rastrean la red y borran cualquier atisbo de “delito”. No hay información oficial sobre todo esto. O, mejor dicho: oficialmente esto no existe. Pero existe. ¿Recuerdas cuándo el gobierno decidió poner en práctica su política de pisos de treinta metros cuadrados? Bueno, tú y yo ni siquiera habíamos nacido pero, tío, ya sabes el revuelo que se generó con aquello. La gente se quejaba: que si no eran viviendas dignas, que si ni siquiera los jóvenes solteros podían vivir en tan poco espacio… Tío, la gente se quejaba de aquellos palacios en los que podría vivir una familia numerosa. ¿Te das cuenta? Un poco de ese inconformismo es lo que nos hace falta ahora. Por suerte, parece que hay grupos por todo el mundo que están poniéndose en acción. La putada es que no podemos ponernos en contacto unos con otros. La radio, la televisión, internet, el servicio de correos… ellos lo controlan todo… es ilegal, sí, pero lo hacen. Sería genial organizar una red mundial, una resistencia organizada que actuara en la misma línea. Pero, bueno, no perdamos el tiempo teorizando: lo único claro es que aquí y ahora hay personas que se mueven… yo me estoy moviendo… y tú puedes contribuir. Si te parece bien, claro. Te cuento todo esto porque eres mi amigo y sé que, te interese o no, serás discreto. Lo que quiero decir es que debes considerarte un privilegiado por el hecho de recibir esta información. Espero que no se te olvide nunca: me la estoy jugando al confiar en ti, tío. Me la juego con la poli y me la juego con los míos. Pero me da igual: he pensado que podría interesarte y, ¡qué coño!, somos amigos. En fin, vamos al grano: ¿Tú dónde vives?

Uno dice:

– Pues…

Otro interrumpe:

– No, no me lo digas, a ver si lo adivino… ¿tal vez en un cubículo de diez metros cuadrados? Sí, ¿verdad? Igual que yo. Igual que toda nuestra generación. Tienes un sofá-cama flanqueado por una minúscula cocina y por el retrete. Tu piso huele a comida y a mierda; tu ropa huele a comida y a mierda. Estás hipotecado de por vida sólo para poder comer y cagar resguardado del calor, del frío o de las miradas de la gente. Y probablemente crees que merece la pena, que algunos viven entre cartones debajo de los puentes, o en los túneles, o en el metro. Tienes tele, seguro. Y quizá un ordenador sobre la mesa en miniatura que usas para ponerlo todo. Y eso puede hacerte pensar que tu vida es decente. Ellos se encargan de eso: intentan venderte por la pantalla millones de cosas pequeñas, al alcance del bolsillo medio, para que tu nivel de frustración no llegue a ser preocupante. Pero la triste verdad es que vives en una caja con paredes de plástico y sin ventanas. Porque no creo que tu dinero alcance para pagar uno de esos microapartamentos exteriores. Y esto se repite a lo largo y ancho del mundo. Gente que oye a través de las paredes los programas de televisión que sintonizan sus vecinos. Gente que oye cómo sus vecinos follan de vez en cuando. Gente que oye cómo sus vecinos lloran cuando llaman a la línea de emergencias psiquiátricas y dicen que ya no lo soportan, que no aguantan más solos. Que sus vidas no tienen sentido y que van a acabar con toda esa mierda atiborrándose de pastillas. Tienes que oír todo eso porque las paredes de ladrillo ocuparían mucho espacio… quizá solamente un muro firme no sea gran cosa, pero piensa: los diez centímetros de yeso que te aislarían de la porquería cotidiana de tus vecinos, unidos a los diez centímetros que les aislarían a ellos de la tuya y la de los demás. Diez más diez más diez más diez suman un espacio muy valioso: otro cubículo. Así que económicamente es mucho más eficiente sustituir las paredes por láminas de plástico y colocar en los rellanos y en los ascensores carteles en los que se sugiera a los habitantes del edificio no levantar la voz… maldecir bajito. Tío, ni siquiera podemos relajarnos en nuestra propia “casita”. Porque no es una casa. Es sólo un rincón a salvo de la intemperie en el que pasar el tiempo que no estás trabajando. Joder, se supone que una casa tiene que ser la base para formar algo más grande… un proyecto de vida… ya me entiendes, un sitio en el que vivir con quien tú elijas… o un sitio en el que vivir tú solo si te da la gana, pero donde puedas meter cosas, animales o/y personas cuando te apetezca. En cambio, tú y yo y millones vivimos en cubos de materiales plásticos probablemente cancerígenos. Y lo peor es que el tiempo va pasando y la gente lo ve cada día más normal. Lo cual sería más o menos aceptable si ocurriera así con todo el mundo. Es lo que hay; te jodes y punto. Pero el problema es que sólo ocurre así con casi todo el mundo. Mira, tú y yo tenemos trabajos normales. Todos los días nos levantamos y usamos el transporte público para ir a la oficina. Allí pasamos un mínimo de diez horas diarias, no sé… haciendo las declaraciones impositivas de gente como nosotros, rellenando formularios, atendiendo el teléfono, o incluso otorgando o denegando créditos bancarios para trabajadores como nosotros que sueñan con tener un cubículo propio y poder dejar de vivir alquilados en cuartuchos aún más pequeños. Al salir de la oficina ya es de noche y no puedes ni siquiera ir a tomar algo como hacían nuestros padres, porque en cualquier esquina se te puede aparecer un yonki y mandarte al otro barrio sin cartera ni pantalones. Así que optas por encerrarte en tu apartamento y ver la tele. Totalmente solo un día más, claro. Pero, tío, los dos sabemos que hay gente que no pasa así sus días: hay gente que tiene una valla blanca enmarcando su vivienda y una casa para el perro casi tan grande como la tuya o la mía. Y eso es lo que no es justo. Eso es lo que te ofrezco la posibilidad de conseguir: ser como todos esos tipos de la periferia que viven en viviendas de tres o cuatro habitaciones, trastero y jardín. ¡Formar parte de su selecto club de triunfadores! ¿Te interesa?

Uno:

– Bueno, en realidad…

Otro:

– ¡Claro que te interesa! Tú eres listo, lo sé, de lo contrario no estaría perdiendo el tiempo contigo. Tú eres listo, y mereces mucho más de lo que esta mierda de mundo te ofrece. Probablemente muchas veces hayas estado a punto de tirar la toalla y resignarte ante un futuro monótono y solitario y vacío. Pero, como te digo, hay gente que ha empezado a moverse. Ya sabes, yo trabajo en el departamento de recogida de residuos urbanos. Afortunadamente, lo mío es el trabajo burocrático: cumplimentar impresos y albaranes y avisar a la poli cuando encontramos en algún contenedor cosas que no deberían estar allí… tarjetas de identificación o extremidades humanas. ¡Ja! El otro día, uno de los chicos del camión 555, uno de los que trabajan en la urbanización Cumbres Periféricas, sacó de un cubo de basura la cabeza de un ricachón de la zona. Se ve que el tipo estaba haciendo footing cuando le atacaron… Aún llevaba en la frente una de esas cintas para evitar que el sudor se te meta en los ojos. Que, por cierto, le habían arrancado. Pero, bueno, me estoy desviando del tema, perdona. El caso es que, por mi trabajo, oigo muchas historias. No hace mucho me enteré de lo que se traen entre manos algunos de los empleados del servicio de recogida. Naturalmente, los chicos me conocen bien y en seguida me ofrecieron formar parte de la idea. Uno de ellos había estado en Inglaterra poco tiempo atrás, y parece que fue allí donde conoció el negocio. Perdona que utilice esta palabra… supongo que suena a dinero y todo eso, y la verdad es que algo de eso hay, pero no pienses que estoy intentando venderte nada; más bien estoy ofreciéndote la posibilidad de ser un poco más libre, una forma de alcanzar tus sueños, un camino hacia la tierra prometida. Y eso, amigo, no tiene precio. Lo cierto es que sería más apropiado llamar “insurgencia” a esto que hacemos, pero es más discreto hablar de negocios que de resistencias… Ya sabes, últimamente las paredes oyen…jeje. Sí, el humor viene bien para soportar nuestras vidas de mierda, pero no basta. Hay que luchar. Crecimos en casas de treinta metros cuadrados. Formamos parte de una camada de hijos únicos y supongo que debemos dar gracias por ello, porque esa autosuficiencia que tuvimos que desarrollar seguramente nos ayuda a sobrellevar los días en nuestro cubículo. En realidad, no lo sé… quiero pensar que esto no forma parte de un plan nacional o supranacional… quiero pensar que no somos la segunda fase de un experimento destinado a controlar el índice de natalidad. Fase Uno: Matrimonios de clase media que se ven obligados a tener un único hijo; Fase Dos: Esos hijos únicos ya crecidos viven solos en recintos de diez metros cuadrados, claramente individuales, y no tienen ni espacio ni ganas para traer a nadie a este mundo. Esta idea pueden resultar conspiranoica pero, si lo piensas bien, tiene una lógica aplastante: mientras el crecimiento demográfico de la mayoría de la población alcanza números rojos, se pueden preservar ciertos reductos de tierra: las urbanizaciones. Para que una minoría, un puñado de ricos, pueda disfrutar del calor de una familia y ver crecer tres, cuatro o cinco hijos a los que les espera una vida cómoda y espaciosa. Así se perpetúa el sistema, la estructura social que hace que tú y yo y casi todos los demás, ciudadanos respetables sobre el papel, tengamos que habitar en jaulas de plástico con el aire justo para poder respirar, mientras unos cuantos viven en parcelas sembradas de árboles. Y no es justo. Por eso es tan fantástico el plan que estamos poniendo en práctica. Hay que luchar. Hay que infiltrarse en esas mansiones, hay que ocuparlas. Tenemos derecho a tomar el sol al borde de sus piscinas, a utilizar sus jacuzzis y a participar de sus conversaciones a la hora de la cena. Te cuento: estamos poniendo cámaras en muchos de esos chalés. Nos viene muy bien la oleada de robos y asesinatos que se está produciendo en la periferia. Supongo que estarás al corriente. La poli dice que todo es obra del mismo loco. En fin, da igual. Sea como sea, nos viene muy bien. Hemos montado una pequeña empresa de seguridad. Los peces gordos nos llaman para que les instalemos todo tipo de alarmas y sistemas anti-asalto, detectores de calor y movimiento. A veces hasta nos piden que les facilitemos algún perro guardián. Y, por supuesto, siempre nos encargan un amplio sistema de videocámaras. Total, que les ponemos todo lo que nos piden, y de paso escondemos alguna que otra camarita en la alcachofa de la ducha, en una hamaca del jardín o en una lámpara del salón. Muchas cámaras clandestinas, tío, con altísima calidad de imagen y sonido. La señal nos llega a los receptores que hemos montado por ahí, por los alrededores. No importan los detalles. Lo grabamos todo, las veinticuatro horas. En un principio los cedés eran para nuestro propio consumo. Joder, no te imaginas lo bonito que es llegar a casa y ver por televisión la vida de tu familia adoptiva. Después de dos o tres grabaciones te encariñas con todos ellos. Un amor sincero, tío. Aprendes sus nombres, te familiarizas con sus voces. Te enteras de sus problemas, de sus secretos. Te alegras de sus alegrías y te entristeces con sus penas. En serio, después de unos cuantos cedés ni siquiera te haces pajas cuando la señora de la casa o su hija adolescente se duchan ante tus ojos. Antes de que te des cuenta se han convertido en esa familia que siempre has añorado. Ya te digo, al principio quisimos que todo ese material fuera exclusivamente para nuestro propio disfrute, pero a alguien se le ocurrió que tenía que haber mucha gente deseando tener su propia familia. Así que estamos empezando a contactar con posibles clientes, con personas de confianza que no merecen pasar el resto de sus días oyendo el silencio de su cubículo. Personas como tú. ¿A que te interesa?

– Bueno, tal vez deberías saber que…

– No te preocupes por el dinero; por ser tú, voy a hacerte un precio muy asequible. Te saldrá mucho más barato de lo que seguramente gastas en teletienda a lo largo del año. Y, por supuesto, puedes elegir la familia que desees. Mira esto: es un catálogo de familias adoptivas. Como puedes ver, están organizadas por edades, raza y hasta número de hijos. Sólo tienes que decirme una, y la semana que viene empezarás a integrarte en ella. Te sentirás mejor, más realizado, más humano. Créeme: si adquieres este servicio tu vida cambiará por completo: sentirás el placer de pertenecer a un grupo, a un verdadero hogar. Y, a la vez, estarás contribuyendo a hacer de este mundo un lugar un poco más justo. Bueno, ¿qué me dices?

Uno dice:

– Lo que trataba de decirte es que quizá deberías saber que yo ya tengo mi propia forma de resistencia. Ya he encontrado el modo de hacer que mi vida sea más llevadera. Tiene gracia… yo también grabo cedés. Y, sí, mis películas también tienen como escenario esos lujosos y amplísimos chalés. Sus propietarios son los protagonistas. Pero yo no hago negocio con esto; me parecería inmoral sacar un beneficio económico de algo que ya me aporta un bienestar interno absoluto. Por eso mi función social es mucho más altruista que la tuya. Dejo los cedés aquí y allá, por toda la ciudad, en papeleras, en buzones, en el asiento del autobús, para que alguien los recoja y se los lleve a su casa. Luego esa persona, sentada frente al televisor, disfrutará como nunca lo ha hecho. En fin, es evidente que a mí no se me da tan bien como a ti esto de vender cosas… será que no tengo perfil comercial. Pero bueno, precisamente llevo en el bolsillo una de mis últimas grabaciones. No sé… quizá sientas curiosidad por saber lo que ocurrió con los ojos del tipo ése que hacía footing. Toma, te lo doy.

Otro dice:

– ¿Gratis?

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Mirones

  1. rubinhox dijo:

    Me encantan los clásicos…

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