Ni una posibilidad

El radio-despertador me ha devuelto al mundo con la voz clónica de una locutora dando el parte meteorológico. Se prevé que el sol brille sobre la meseta. Aquí, en cambio, es probable que llueva. Eso ha dicho la voz. Y supongo que habrá que creerla. Aunque, en realidad, qué más da: también es posible que un meteorito gigante, un Gran Destructor, caiga del cielo a cuarenta mil kilómetros por hora y nos volatilice a todos. Y nadie parece pre-ocuparse de poner su vida en orden para que el Final no le pille siendo mierda humana. Así que me parece que da igual si cojo o no cojo el paraguas al salir de casa. Total, también podría ser que el Instituto Nacional de Meteorología fallara en su predicción. Todo es tan dulcemente relativo... Hasta la ciencia se equivoca a veces. Como cuando aquel medicucho le diagnosticó un tumor cerebral a mi amigo Sergio. El pobre casi se muere del susto, aún más prematuramente de lo que le acababan de decir. Salió de la consulta repitiendo Ya no podré viajar a Alaska, no veré la primera pisada sobre Marte, no tendré hijos... ¡Mierda!, me voy a morir sin haber hecho nada digno de incluirse en el concepto Vivir. Esa misma noche el doctor llamó a mi amigo y le dijo que lo sentía, bueno, no, ya me entiende usted, me alegro de comunicarle que el escáner estaba averiado, que no hay nada enfermo en su cerebro. Sergio y yo salimos a celebrarlo. Los dos estábamos ultracontentos, ligeros como plumas. Íbamos de bar en bar bebiendo cervezas de importación. Derrochando nuestro dinero y los últimos restos de nuestra juventud. Recorríamos la ciudad sin mirar las caras de la gente con que nos cruzábamos. ¿Para qué? Seguro que ellos no tenían un motivo de alegría como el nuestro. Recorríamos la ciudad y nos reíamos a carcajadas y hacíamos planes para aprovechar mejor nuestro tiempo. Eso que llaman FUTURO, al fin y al cabo. Y de repente mi eufórico amigo echó a correr sin motivo aparente. Un segundo más tarde era un amasijo de carne roja bajo las ruedas de un autobús. Sin futuro. Ni presente. Todo es tan jodidamente relativo. No hay más que un miserable milímetro de distancia entre lo bueno y lo malo. Las cosas se nos arreglan o se nos estropean de golpe, sin opción de control. Sí, las situaciones se vuelven del revés en el momento menos pensado. Oscilamos entre el bienestar y el malestar casi aleatoriamente. Nada es indudable. Pero anoche ella me espetó que no hay ninguna posibilidad de que llegue a quererme como yo la quiero. Eso no va a ocurrir. Ni una posibilidad entre un millón. Entérate. Olvídalo. Despierta. Y lo pronunció con la misma rotundidad que un fanático religioso emplea para hablar de su dios. O con la misma convicción con que Einstein formuló su teoría de la Relatividad. Ahí sentada delante de mí, sin ningún gesto de dolor en la cara, hurgó en su mente y en su corazón, me dijo lo que acabo de contar y me desintegró sin necesidad de recurrir a un asteroide. Supongo que tendré que creérmelo. Aunque, en realidad, qué más da si llueve o no: quizás mañana me atropelle un autobús.
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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Ni una posibilidad

  1. M "el roquero enmascarado" dijo:

    Iván, me gusta mucho el giro final, soberbio. ¿alguna perrez que desconozca o es una de nuestro amplio fondo de armario?
    siempre a los pies de sus letras
    M

  2. JOSE IGNACIO REUS HERRERO dijo:

    Q RAZON TIENES LA VIDA CAMBIA EN UN PUTO SEGUNDO Y NO NOS DA A OPORTUNIDAD DE CAMBIR NADA,PERO POR SI ACAO COGE PARAGUAS

  3. Sulo Resmes dijo:

    Con la misma rotundidad que un fanático religioso empieza a hablar de Dios le digo que la persona que le espete a usted “ni una posibilidad entre un millón” carece de corazón. Y probablemente de cerebro.

    Sí ya lo se, es Neuro, pero me da igual. Ahí queda eso.

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