Mi vecina favorita

La vecina de enfrente es mi vecina favorita. Me alegra la vida. Se llama Alba pero mis amigos y yo la llamamos lavecinitajeje desde hace muchos años, cuando empezamos a mirarla de manera sexual. Debe de tener unos veinticinco años y está obsesionada con la imagen. De su buzón siempre sobresalen revistas de moda. Muchas de ellas deben de llegarle desde ultramar pues están envueltas en sobres de correo aéreo. Algunas adjuntan muestras de cremas con colágeno o píldoras rellenas de polen de no squé planta adelgazante. A veces coincido con su madre en el ascensor. Si viene de hacer la compra un bosque muerto verde mate asoma de las bolsas del Lidl. Hierbajos de todo tipo que sólo tienen en común ese color triste. Supongo que, más que con la imagen, su hija está obsesionada con su imagen. Desde mi ventana, a cinco metros de deslunado, la veo hacer aerobic o algo por el estilo. Oigo el reguetón, me asomo y ahí está. A cualquier hora del día o de la noche. Dando saltitos, braceando en el aire y subiendo miles de veces el mismo step. Lo cual no tiene demasiado sentido porque, ya digo, siempre ha estado buena. Desde que no era más que una cría y yo, que le sacaba cinco años, empezaba a fijarme en formas, tamaños y colores. Aunque he de reconocer que últimamente, con tanto ejercicio, tanta dieta y tantas arcadas resonando al otro lado de las paredes, está mucho más guapa. Me encanta. Paso horas agazapado tras la cortina, esperando verla. Me sirvo café o cerveza o las dos cosas y espero. Pero cada vez aparece menos a menudo. Hace un tiempo que ha dejado el aerobic. Ya sólo le da para tumbarse en el suelo y matarse a larguísimas series de abdominales. Creo que de doscientos. Luego, se levanta y se aplana ante el espejo la cavidad de su vientre. Permanece quieta un buen rato resollando, mirando su reflejo de escoba con pechos consumidos. Se da la vuelta y se agarra las pequeñas nalgas macilentas. Se pone de perfil metiendo tripa, sacando costillas. No sé cómo se las apaña pero siempre pellizca más carne de la cuenta porque en seguida vuelve a tumbarse y a flexionarse. Se pasa las manos por la piel en busca de sudor. Los días buenos vomita sobre la alfombra que hay a los pies de su cama. Me encanta. Me encanta verla morir. Me sienta bien tener una preciosa vecina que tira su vida por el sumidero. Un día de éstos su madre llorará en un reality-show. Será un gran momento. La tele hablando de lo que yo veo cuando quiero. Me sentiré más listo que el resto. Todos en el plató pondrán cara de pena y luego el realizador pinchará al siguiente invitado. Un obeso mórbido o un alcohólico maltratador pero buena persona. Un hombre con el síndrome de Touret al que los ciudadanos honrados agraden a diario por considerarlo simplemente un provocador. Contarán su historia con los ojos encharcados y la barbilla temblona. Y un cuarto de hora más tarde los televidentes apagarán la tele sintiéndose un poco más conformes con su propia mierda. Hace meses que yo no necesito distraerme con películas o telebasura. Me duermo como un bebé respirando el aire acre que sale de su ventana. Olor a náusea y a piel resudada, consumida hasta el hueso. Sí, cualquier día de éstos su madre llamará a la puerta pidiéndome ayuda. Llorando, claro. Y yo pondré cara de circunstancias al entrar en su casa y encontrar las ruinas de lavecinitajeje, no sé, extendidas a lo largo de la bañera. Como un cable o un alambre o la muda reseca de una serpiente. Blanca y azul, sangre fría. Rígida. Dura como un trozo de marfil. Me llamará la atención lo grande de su cabeza en comparación con la estrechez del resto de su cuerpo. Y más cosas que no me apetece escribir. Sólo espero que tenga los ojos abiertos cuando la coja por las axilas y finja que intento resucitarla gracias a mis conocimientos de primeros auxilios. Que un hilo de sangre riegue todavía sus pupilas cuando yo le haga un masaje de reanimación y que sus vértebras afiladas suenen crac-crac-crac y le duelan al chocar contra el gres del cuarto de baño. Ojalá se dé cuenta de que en realidad estaré deseando fracasar en mi simulacro de rescate. Por idiota.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Mi vecina favorita

  1. JOSE IGNACIO REUS HERRERO dijo:

    ivan he decidido leerme este cuento por el titulo,pero q sentimientos tienes,podias haberle sacado mucho mas jugo,tant en desribir a la vecina cmo n haberte ido por otros derroteros en el cuento,tambien t digo q se me hacen cortos,lo cual es por q me gustan.

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