Cazando lunas

Siempre quise ser astronauta… Pero nací en un pueblo muy pequeño. Eso es lo que escribí muchas veces en cualquier soporte, con la tinta invisible de las lágrimas o con la tinta roja de la matanza de los últimos cerdos. Y ni una sola vez olvidé poner en mis mensajes esos tres puntos suspensivos, muy grandes y de contornos difusos, como tres estrellas caídas sobre una sábana, o un muro, o una valla blanca… o más bien como tres faroles. Aunque después de pensar mucho he concluido, no sé si con razón, que a lo mejor es precisamente porque nací en un lugar muy pequeño que siempre quise ser astronauta.

Era un pueblo de tres faroles de bombillas pálidas.

Uno se erguía en el centro de la única plazoleta, orgulloso sobre su mástil al saberse el centro de las vidas de los que nos habíamos quedado atrás, abajo. Y los otros dos, más modestos, lejos de los eternos corrillos de viejos eternos (ya eran pocos, pero duraban mucho), luchaban por hacer visible el principio y/o el fin de aquel sitio inexistente incluso en los antiguos mapas comarcales.

El caso es que aquellas tres luces, a las que ahora recuerdo con cierto cariño porque ya no están (siempre ocurre así), fueron durante mucho tiempo los enemigos que me vieron crecer a falta de amigos con quienes hacerlo. Con la confianza de quien se sabe ganador, yo las retaba continuamente. Casi todas las noches. Apoyaba mi espalda en cualquiera de sus troncos metálicos y, con los nervios previos a cualquier batalla, levantaba mi cabeza queriendo concentrar toda la sangre en mis pupilas. Y siempre les ganaba. Nunca su resplandor consiguió cegarme, no pudo eclipsar la luminiscencia de las estrellas del cielo de mi pueblo.

Es cierto que aquello era sólo un juego, algo divertido para que los viejos hablaran de mí. Porque cuando además de mirar quería ver, y según fuera mi estado de ánimo, me iba a alguno de los dos sitios más oscuros de los alrededores. No muy lejos había una colina de piedra increíblemente negra. Casi en su cima se abría una grieta que podía decirse que había sido diseñada para que yo, el único habitante del lugar cuyos músculos eran todavía lo bastante fuertes para alcanzarla, me instalara sobre su frío e imaginara el del salpicado espacio azul eléctrico. A ella sí que la echo de menos de verdad. Era la cabina de mandos de mi nave espacial, lo más parecido a eso que por aquel entonces podía soñar. La atravesaba un río subterráneo y a veces su murmullo era tan fuerte que la piedra vibraba como los motores de un cohete. Entonces yo despegaba.

Pero tal vez era en el tejado de la casa de mis padres donde realmente me sentía cerca del cielo. Desde la calle se parecía a cualquier otra casa del pueblo. Pero arriba, tumbado sobre la pizarra pulida, me sentía flotar en el espacio. Allí no llegaba la medialuz de los faroles. Allí todo era negro contra negro, cielo negro contra mineral negro. Y las estrellas brillaban en lo alto y a mi lado, en el reflejo. Era todo lo opuesto a la vida del pueblo que se moría unos metros más abajo. Era una pequeña burbuja de inmensidad en la que no podía entrar el olor del decrépito ganado, ni sus mugidos ni sus balidos, donde no se filtraba el aire caliente que ascendía desde veinte sartenes viejas e iguales en las que se freían unas pocas patatas, sobre fuegos de otro tiempo pero que se resistían a apagarse y seguían ardiendo en las veinte cocinas idénticas de las veinte casas que oían una y otra vez las mismas conversaciones, palabras y silencios de viejos. Allí arriba no había tiempo ni distancia; todo era quietud en movimiento. E incluso la cometa que de pequeño había construido quedaba suspendida unos metros por encima de mi cabeza, como un transbordador maniobrando con cuidado en la frontera entre dos universos: uno grandísimo que no acababa de desplomarse sobre mí para engullirme, y otro comprimido en el pequeño cuadrado que cerraban los bordes de la pizarra en la que yo pintaba los mundos que los viejos me habían condenado a no ver jamás.

Porque cuando llegó el momento más importante de la historia de todos los pueblos de la Tierra ellos decidieron quedarse aquí. Entonces yo era aún un niño pero recuerdo que varias veces vino hasta nuestras casas un hombre distinto. Siempre se le veía aparecer por el camino polvoriento, vestido con un traje brillante sobre el que no se posaba ni un grano de arena. Parecía joven y fuerte, era alto y de rasgos amables, y sonreía incluso cuando sus palabras se tornaban duras al hablarnos de la necesidad de abandonar lo que ya habíamos agotado y vivir todos felices en alguno de los puntos que brillaban en el cielo de la noche. Nos prometía que veríamos cosas que ninguno de nosotros ni de nuestros hermanos más aventajados habían soñado con soñar. Y yo sabía que no estaba mintiendo, porque sus ojos eran del color de las galaxias y su pelo blanco olía a fuego y hielo, como imaginaba que olería la cabellera de un cometa de verdad. Pero mis padres y mis vecinos siempre le contestaban que, aunque no podían explicarle por qué, lo cierto era que no querían dejar aquella tierra reseca. Y lo mismo dijeron cuando aquel navegante estelar vino por última vez. Pulsó un botón en su antebrazo y una pantalla se desplegó sobre él. Nos dijo que las imágenes que se proyectaban en ella eran lugares del planeta en el que podríamos vivir el resto de nuestras vidas, que según dijo serían mucho más largas y placenteras que las que desperdiciaríamos en la Tierra. Los allí presentes vimos mares amarillos y árboles de colores que no sabíamos que existían. Vimos gente parecida a nuestro visitante que andaba por calles floreadas y limpias, y también personas como nosotros que iban junto a ellos, hablando o en silencio, y todos sonreían. Había niños suyos y niños nuestros que jugaban en jardines, y en las ventanas de las cocinas se enfriaban pasteles parecidos a tartas de manzana. Supongo que vimos muchas más cosas, pero ahora sólo me acuerdo de esto. Creo que era más que suficiente. Pero a mis paisanos no les bastó.

Me parece recordarme intentando hacer oír mi voz mientras los demás esperaban con los brazos cruzados a que aquel hombre se diera por vencido. Nadia me escuchó. Yo dije que quería ir allí. El hombre del traje brillante tenía el billete para hacer de mí un verdadero astronauta. Mientras gritaba con todas mis fuerzas, con los ojos húmedos y la cara enrojecida por la impotencia, dentro de mi mente veía un flamante cohete rojo y blanco y de relucientes motores plateados, todo él lleno de ventanillas desde la que podría ver pasar lunas, planetas y estrellas, y rebaños perdidos de asteroides, y adelantar rugientes cometas hasta ver aparecer en la oscuridad luminosa un punto amarillo que iría creciendo lentamente y cuya superficie pisaría poco después. Pero entonces el hombre de las estrellas se cansó de tanta estupidez y se alejó por el camino. Y yo me quedé allí plantado, sintiendo que mis pies se convertían en raíces muertas e imaginando la vibración de toda la nave cuando los motores entraran en ignición. Viendo tristemente cómo desde cada ventanilla la gente me decía adiós con la mano.

Ese día decidí convertirme en un cazador de lunas. Esperé pacientemente el momento adecuado para empezar la cacería. Los años pasaron y yo me hice más fuerte y ellos aún más viejos. Muchos murieron naturalmente. Yo lo sentí, porque eran presas que ya no podría cazar. Hace dos días cumplí veinte años y mi plan comenzó y acabó con éxito. Esperé a que los faroles se encendieran y a que la luna llena estuviera en lo más alto. Entonces rompí las tres bombillas. El ruido abrió puertas y ventanas. Algunos viejos salieron a la calle. Pero ninguno de ellos ni de los que se asomaban desde sus casas se detuvo a mirar el cielo. Todos prefirieron mirar extrañados los cristales. Me lo había temido durante todos estos años. Una anciana se me acercó agitando los brazos mientras decía algo. Fue la primera a la que le saqué los ojos. Hice lo mismo con todos los demás, antes o después de matarlos. No eran dignos de reflejar la luna. Cuando se apagaron los gritos incendié el pueblo y me fui corriendo. Ahora acabo de llegar a la gran ciudad. Todo está casi igual que siempre: algunos neones siguen parpadeando, hay escaparates iluminados, los cines conservan los rótulos de las últimas películas que proyectaron y los supermercados aún tienen en sus expositores latas y latas de comida enlatada. Pero no hay nadie. Desde la azotea del rascacielos más alto siento que soy el comandante de una nave espacial muy grande y muy bonita. Casi perfecta… Sólo un poco achatada por los polos.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Cazando lunas

  1. jano dijo:

    La muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor.

  2. ana dijo:

    Muy bien.

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