Novedades de mi Registro Civil (¡Suscríbete!)

Ahora sería fácil ponerse en plan tremendista y decir que el tufo a putada y a cosas podridas flotaba en el ambiente. Fácil y falso. Porque lo único cierto es que simplemente era esa hora del lunes en que empiezo mi semana laboral pero con eso bastaba para tener la tripa revuelta y desear soltar una gloriosa y vengativa vomitona allí mismo sobre el mármol parduzco del portal de la oficina y después espetarle a la portera ¿Qué miras…? ¿Es que tú no tienes ganas?

Así que eran las nueve del lunes y el ascensor me está subiendo hacia la oficina y ya sé que mezclo los tiempos verbales pero en realidad no importa gran cosa. El profesional laboral que diseñara ese artilugio tuvo que haber vivido durante la guerra fría. Por alguna razón el ascensor es una especie de cápsula blindada, con paredes metálicas más gruesas que cualquier tabique estándar y pálidas luces futuristas en el techo y un botiquín empotrado y un interfono de fácil manejo por si se da el caso de tener que hablar con la central de alarmas. Los móviles nunca tienen cobertura en su interior pero esa mañana debe de tener algo de excepcional porque recibo un mensaje a mitad de trayecto. El pitido de aviso aún rebota contra las seis caras pulimentadas del cubo cuando lo leo: Dani falleció anoche. Antes de sumirme en el shock verdadero, lo de Falleció fue lo primero que me extrañó. La gente querida no fallece; se muere. Fallecen las personalidades, la gente ilustre. Premios Nobel, actores del star system y demás eminencias. Los demás nos morimos y nos entierran o incineran sin que el presentador del telediario ponga cara de pena al pronunciar nuestros nombres de cadáver. De hecho, cuando le toque dar el balance de víctimas del próximo puente del uno de mayo hablará de muertos y no de fallecidos ni expirados ni dirá Hoy nos ha dejado… Total, que el mensaje que me mandó un amigo debía haber dicho Dani murió anoche. Aunque, en realidad, el significado tampoco habría cambiado gran cosa. Habría seguido siendo una penosa fila de tres palabras cuyo orden podrías alterar a tu gusto porque siempre transmitiría la misma noticia. En fin, una esquela electrónica brevísima, acorde con la persona que la motivaba.

Y es que hasta el domingo pasado Dani tenía veinticinco años y medía un metro diez. Cuando venía a cuento en cualquier conversación no dudaba en calificarse a sí mismo como enano. La primera vez me chocó; tenía entendido que a ellos no les gustaba tal término. Que en los letreros y folletos de sus convenciones preferían autodenominarse personas bajitas o alguna pijotada técnica en latín. Igual es lógico que sea así, no tengo ni idea. Pero Dani te decía Soy un enano desde el día en que nací y de repente te parecía un poco más alto. Me caía bien.

Dos días antes de que se muera estoy hablando con él en el bar de un amigo. Como siempre, Dani no para de beber. Es increíble la cantidad de alcohol que es capaz de meterse en el cuerpo. Sólo es media tarde y a juzgar por los restos que hay sobre la mesa ya lleva cuatro cervezas y un número incalculable de chupitos de algo que huele dulzón y fuerte. Pero su dicción y coherencia son perfectas. La conversación se alarga durante horas y hablamos de muchas cosas. Bebemos y comemos almendras forradas de sal gorda. A él le cuesta cogerlas con sus dedos demasiado gordos. O puede que sean del grosor corriente y parezcan tan rechonchos por su corta longitud. Hablamos de muchas cosas. La basura insignificante de la que hablan dos amigos que no tienen nada especialmente relevante que contarse. Hasta que en cierto momento y sin venir a qué me coge la mano y me la pone sobre la corva de su codo izquierdo. Hay algo moviéndose bajo la manga del jersey talla xs que lleva mi amigo. Algo que zumba o vibra o se expande y se contrae a ritmo uniforme. Que late. Le pregunto Qué coño es eso y se arremanga y me enseña un bulto cilíndrico que le ocupa buena parte del tejido subcutáneo de su brazo.

Me dice:

Es un catéter.

Y yo le creo porque he oído muchas veces esa palabra y sé que designa un objeto real y hasta asquerosamente cotidiano para algunas personas. Pero en el fondo la imagen de la brevísima extremidad de mi amigo palpitando casi sonoramente sobre el conglomerado de una mesa de bar por culpa de ese implante invisible pero palpable me parece sacada de algún cómic de mutantes o extraterrestres. Algo muy, muy bizarro. Intuyo que lo que pasa por mi cabeza no sería un comentario apropiado, y me quedo callado durante una porción de tiempo que parece una eternidad. Así que es él quien decide echarme una mano al explicarme que va a diálisis dos o tres veces por semana y que está esperando que alguien compatible se muera para que le transplanten su riñón. Dice todo esto con cara sonriente y luego se calla.

Joder, tío, no sé qué decir.

Y su voz sale de nuevo desde detrás de sus dientes demasiado grandes:

Tranquilo, yo estoy bien. Ya me ves, ¿no?

Sí. Me alegro.

Claro que te alegras. Es que si no lo hicieras serías un cabrón.

Ninguno de éstos lo sabe. Preferiría que no se lo contaras a nadie que pueda hacerme preguntas que no sé si me apetecerá responder.

Vale.

Luego Dani se levanta y se acerca a la barra. Pide otro par de cervezas con esa voz potente con la que intenta resolver el problema de no aparecer en el campo de visión de la camarera. Bebemos un rato más y me despido de él con un apretón de manos. Una convención social muy absurda aplicada a alguien al que jamás volverás a ver.

Porque después de que aquel mensaje fúnebre me hiciera sentir un poco más triste y un poco más vivo y después de hablar con algún amigo mejor informado que supo decirme que Dani se sintió cansado el domingo, lo llevaron al hospital y se quedo dormido en la misma camilla de dos metros en la que poco más tarde murió, tampoco quise ir a visitarlo al tanatorio. Preferí pensar en él durante horas y durante días y después durante muchos ratos extraños e impredeciblemente desperdigados a lo largo del tiempo.

Anuncios

Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Novedades de mi Registro Civil (¡Suscríbete!)

  1. jano dijo:

    A MI TAMBIEN ME PASA, ME VIENE A LA MENTE MUY A MENUDO, PERO VERÁS COMO POCO A POCO SE ESFUMA.
    LA VIDA ES ASÍ DE CERDA.

  2. asteroide* dijo:

    Me ha parecido de una sensibilidad extraordinaria, casi me pongo a llorar.
    Comprendo el impacto que le produjo ese mensaje ¿por qué la gente te da una noticia así mediante un mensaje electrónico?, no les salen las palabras, y sus ratos extraños… ¿Qué hacer cuando alguien que te importa se va? recordarlo y no dejar de recordarlo para que la vida o la muerte, al menos tengan algún sentido.

    Sinceramente, me ha gustado mucho su relato.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s