Norte y Sur

Salgo poco antes de las doce. Es martes. La mayoría decente de este suburbio, albañiles, mozos de carga y descarga, señoras de la limpieza, recarga pilas para el día siguiente durmiendo o viendo Operación Triunfo. Así que en la calle no hay mucho movimiento. Algún borracho que vuelve a su casa hablando en susurros consigo mismo, alguna puta que sale de su portal y avanza rápido pegada a las fachadas rumbo a su esquina del polígono. Gente asustada que cada cinco pasos mira hacia atrás por encima del hombro, gente atenta al menor cambio en las sombras. Con miedo de que cualquier delincuente habitual como yo los atraque, viole, muela a palos. En fin, les haga un poco más desgraciados de lo que son. Así es mi barrio: un mal sitio si tienes tendencia a padecer de estrés. Pero esta noche no acojonaré a ningún pringado. Las suelas de mis Kowalski son de goma o caucho o cualquier mierda sintética sigilosa y ni los gatos que rebuscan en un contenedor desbordado de basura levantan las orejas a mi paso. Botas con cierto aire militar. Qué coño, aire de guerrilla urbana. Jamás he visto a un militar en persona. No sé lo que calzan. Pero sé lo que se ponen en los pies los cabrones de Periferia Norte. Botas parecidas a las mías. Más pesadas, casi siempre. Kilos de metal para golpear más duro. Una vez me tocó vérmelas con un tío que se las había apañado para acoplar un par de puños americanos a sus punteras. A mí nunca me ha gustado lucir remaches, tacos de hierro, hebillas pesadas, alambre de espino a modo de cordones. Me va un look más discreto. Mis Kowalski. Simple piel marrón oscuro cuarteada hasta media tibia, medio peroné. Un único extra: un pequeño bolsillo de tela cosido a la cara interna de mi tobillo izquierdo. Ideal para esconder algún objeto delgado y alargado y sacarlo rápido con la mano derecha. Al acercarme al bloque de Mauri lo veo ya en la calle. Gesticula en dirección a su balcón. Un par de bombonas de butano, una bicicleta rota y una caja de herramientas con las que arreglarla, ya oxidadas. Unos cuantos canarios y periquitos, callados en el interior de sus pequeñas jaulas. Sábanas y ropas baratas tendidas en una cuerdecilla verde. Y la madre de Mauri en bata inclinada sobre los geranios mustios que coronan la barandilla de su 1º C. No estoy lo bastante cerca para oír la conversación, y tampoco me hace falta; me la conozco muy bien. Hasta hace un tiempo mi madre me habría soltado las mismas frases de amor y odio. Pero supongo que la mujer se cansó de repetirse en balde. De que su marido ya no fuera el único que le ponía el ojo morado. Ahora nunca me pregunta adónde voy ni de dónde vengo, si inhalo pegamento o prefiero ponerme hasta las cejas de pastillas. Y, la verdad, no se lo reprocho. Sé que Mauri intenta tranquilizar a su madre. Es un buen tipo, el Mauri. Le estará diciendo que no se preocupe, que no volverá tarde, que sólo va a tomar unas cervezas con nosotros en el parque. Y que sí, mañana se levantará temprano y se pateará la ciudad para dejar su currículum en todas las etetés que encuentre. Pero cuando se da cuenta de que estoy tan cerca que puedo oír lo que dice manda a su madre a tomar por culo, se pone de puntillas para rodearme los hombros con el brazo y echamos a andar hacia el polideportivo. Y yo pienso que puede que la mujer que nos ve alejarnos desde el balcón tenga razón: soy una mala influencia para su hijo-mi amigo, ¿mi amigo?, tan poca cosa, un metro sesenta, cincuenta kilos. Tan impresionable, con tantas ganas de agradarnos a mí y a Sebas. Con tantas ganas de obtener cierto respeto de la chusma que puebla Periferia Sur, aunque sea sólo por irradiación. El polideportivo es un rectángulo de cemento pintado de verde con una portería sin red en uno de sus lados cortos y dos montoncitos de piedras allí donde debería estar la portería opuesta. Tampoco hay torres de iluminación, por supuesto. El resplandor naranja de las farolas que rodean la pista es la luz con la que se disputan los torneos internacionales de fútbol nocturno de Periferia Sur. Hoy, como casi siempre, Ecuador contra Rumanía. Con el amor que siente esta gente por el deporte rey, es increíble que ninguno de estos países haya ganado nunca un Mundial. Hasta lucen camisetas de lycra del color de sus combinados nacionales. Lo malo es que ambas selecciones visten de amarillo y nadie está dispuesto a renunciar al color distintivo de sus lejanas patrias. Así que los partidos son un caos de sudacas canijos y gitanos con dientes de oro, todos corriendo como pollitos sin cabeza detrás de una pelota de mala calidad. Mauri y yo rodeamos el perímetro del campo de futbito en busca de Sebas. Además de las chillonas guarras oxigenadas que miran el partido de sus hombres, hay un grupo de negros de ojos rojos sentados en un banco. Su banco. Siempre están ahí, quemando piedra en sus palmas blancas mientras esperan que se les acerque el siguiente fumeta. Y vemos también a los putos skaters. Éstos sí son del barrio, blanquitos de toda la vida. Venían con nosotros al colegio y a los cursos de instituto que fuimos capaces de aguantar, pero en cierto momento decidieron que su vida giraría en torno a una tabla de madera con ruedas. Visten camisetas XL y actúan como si se hubieran criado en el extrarradio de Chicago. Todo el día bailando sobre cartones al ritmo de esa música de mierda. Se saludan diciendo Hey, man. Se creen el jodido Eminem y dan bastante pena. Son los mejores clientes de los camellos del banco. Que les den a todos. Puta basura ostentosa. Chulos de medio pelo. Unos y otros se creen los dueños de Periferia Sur y ninguno tiene la menor idea de lo que vamos a hacer esta noche ni por qué. Me pasa cada vez más a menudo, esta oleada de rabia. Los mataría a todos, pienso, pero no se lo digo a Mauri. Por ahí viene Sebas, envuelto en un tres cuartos demasiado abrigado para esta época del año. Él es la razón de nuestra excursión de esta noche. Bueno, en realidad la razón es su hermano pequeño. El pobre recibió un mal golpe de su padre cuando no era más que un crío. Cinco o seis años. Desde aquel día babea cuando habla, normalmente para decir cosas sin demasiado sentido. Sí, su madre puede mandarlo a la mercería a comprar hilos y dedales y demás utensilios de costurera. Pero tiene que darle el dinero exacto porque la hijaputa de la tienda podría timarle con el cambio. El chaval es, por qué no decirlo, el tonto del pueblo. El tonto del barrio. Aparentemente todo el mundo le tiene cierto cariño, pero en un lugar como éste no es extraño que el interés propio se imponga al respeto por los discapacitados. Total, que Sebas siempre está pendiente de él. Pero ayer el gilipollas de su hermanito salió de casa sin que nadie se enterara y acabó jugando entre los enormes cilindros de cemento que llevan años abandonados en el descampado de ahí detrás. Algún colector, alguna supertubería que nunca llegó a construirse y que quizá habría mitigado un poco el olor a cloaca que impregna día y noche nuestro aire. El caso es que ahí estaba el chaval jugando a sus chorradas cuando apareció El Gordo con sus esbirros de Periferia Norte. Suponemos que habrían venido a provocar un poco, disparar algún perdigonazo desde su Megane tuneado y poco más. Pero tuvieron la suerte de topar con una presa fácil en un lugar tranquilo, y decidieron aprovecharlo. Después de darle bastantes hostias le obligaron a chuparles sus cositas. Eso dijo el retrasado cuando volvió a casa con la cara chorreando sangre, lágrimas y semen. Según Sebas, los describió lo bastante bien como para no dejar lugar a dudas sobre quiénes eran los cabrones que le habían hecho eso. Y aquí estamos ahora nosotros tres, a punto de emprender un viajecito-relámpago al norte. No tenemos ningún plan. Simplemente vamos a plantarnos allí y cortarle los huevos al Gordo. Eso es lo que repite Sebas mientras el N-13 nos acerca a nuestro suburbio rival. Quiero al Gordo. Quiero cargarme al Gordo, dice palpándose los muchos bolsillos de su chaquetón. Quiero oírle chillar como un cerdo. Y la verdad es que nunca nos hemos visto en un asunto tan serio pero, joder, claro que sí. No merece otra cosa. Bajamos del bus unas cuantas paradas antes de llegar a las afueras de Periferia Norte. Es mejor recorrer a pie el último trecho, cambiándonos de acera si es necesario, buscando las calles menos iluminadas. Hay que llegar sin ser vistos. Cualquier mierdecilla podría reconocernos y correr a avisar al Gordo, que seguro que lleva todo el día presumiendo de lo que ayer le hizo a uno de los nuestros. Conseguimos adentrarnos sin incidentes en el núcleo duro de Periferia Norte. Es un clon de nuestro barrio. Esa decrepitud. Los mismos bloques sin ascensor, de ladrillo rojizo y yeso sucio, blanco mucho tiempo atrás. Idéntico mobiliario urbano. Papeleras de plástico, algunas formando montículos requemados en el suelo. Bancos despintados llenos de inscripciones hechas a punta de navaja. Farolas fundidas y otras que parpadean y emiten zumbidos eléctricos. Pasamos junto a la hermana gemela de nuestra pista de futbito. Está desierta; ya son las tres de la mañana. Y allí, justo en la puerta del edificio donde hace ya tiempo que sabemos que vive El Gordo, su horrible Renault Megane violeta. Con las cuatro puertas abiertas para que la música que escuchan a todo volumen se expanda sin problemas por todos los rincones. Agachados detrás de un contenedor vemos que dentro del coche se mueven tres ascuas de colilla. Tres siluetas. La que está al volante tiene la forma y dimensiones de nuestro principal objetivo. De vez en cuando, por encima de los acordes industriales, se oyen carcajadas y palabras sueltas. Alguien burlándose de un deficiente mental. A Sebas parece no afectarle demasiado. Sólo mira atentamente a su inminente víctima sin mostrar el menor síntoma de duda, rabia, miedo. Tiene un aspecto muy profesional, como si estuviera acostumbrado a acechar y matar. A mí me tiemblan las manos. Las escondo en los bolsillos. Echo un vistazo a Mauri; está increíblemente pálido y su mirada suplica ¿Por qué no nos vamos? Pero de su boca no sale palabra alguna. Un buen colega, el Mauri. Tendré que tratarle mejor de ahora en adelante. Entonces Sebas empieza a rebuscar en los recovecos de su abrigo y saca tres botellas de cristal taponadas con trapos. Las deja entre sus pies y nos tiende unos mecheros. Luego dice Seguidme y sale corriendo en dirección al coche. Lo hacemos, corremos tras nuestro amigo, cada uno con un cóctel molotov en la mano. Sebas es el primero en lanzarlo. La llamita naranja vuela por los aires y se estrella sobre el techo del coche. El Gordo y sus amigos salen prácticamente intactos. Sólo uno de sus colegas lleva el antebrazo envuelto en llamas. Lo agita de arriba a abajo. Hace un ruido raro, el fuego. Como de viento. Es lo que pienso con la bomba incendiaria todavía entre mis manos. Justo cuando me libro de ella no sé qué coño hace Mauri pero su cóctel le explota encima y empieza a arder a lo bonzo. Grita horriblemente, pero impresiona más el olor instantáneo a carne quemada. Su carne y la mía, porque intento apagarle el fuego a manotazos. Jirones de piel cocida resbalan de mis palmas y se retuercen y crepitan sobre la hoguera que es mi amigo. No sé dónde se ha metido Sebas, no lo veo ni lo oigo por ninguna parte. Quizá ya esté muerto. Tampoco me fijo en los hijos de puta a los que hemos venido a matar. Deben de estar a punto de caerme encima. Ellos o sus perros pitbull, a los que ya oigo ladrar. Pero de repente no me importa. Nada. Ni siquiera hago el ademán de sacarme la navaja de la bota. Tengo los ojos monopolizados por las llamaradas y el humo que desprende el pobre Mauri, que ya no se parece mucho a sí mismo. Más bien parece los restos de una venganza caliente. Fallida. Un fracaso más. Y, sinceramente, creo que ya lo he visto todo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Norte y Sur

  1. JOSE IGNACIO REUS HERRERO dijo:

    la verdad muy cachondo,pero t as liao un poco describiendo las botas ¿no?.toda critica es buena.

  2. Sulo Resmes dijo:

    Este me gusta mucho… el principio me recuerda al relato de D’Izzo, ya sabes cual te digo.

    Por cierto, ¿por que coño me has asignado el caleidoscopio azul gay’ …je je je

  3. ivanrojo dijo:

    Señor Resmes, yo no le he asignado nada. Estos putos signos tribales aparecieron un buen día junto a los comentarios. Ya ve usted, misterios de la informática… Pero no se queje; el suyo no es de los más feos.
    Siempre suyo,
    I.

  4. Sulo Resmes dijo:

    En eso tengo que darle la razón, he visto unos cuantos por aquí más chungos que el mio. Dicho todo lo cual, espero con ansia a quien se le asigna el caleidoscopio rosita bujarrón, dicho sea con todo el respeto del mundo para este honorable colectivo en el cual no me incluyo…

    A sus pies,
    Olus Semser

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