Pleamar

Su verdadero nombre no importa.

La gran marea le llegó lenta pero inexorable en mitad de la noche.

Él miraba el océano desde la orilla de una pequeña cala del norte, entre acantilados de carbón y tenues jirones de niebla, bajo la fosforescencia azul oscurísima del cielo, de pie sobre el último palmo de la arena en que estaban sepultados todos sus años jóvenes. Y presintió la crecida. No hubo avisos de lo que estaba a punto de suceder. El mar no encogió la lengua poco antes de escupir sobre la playa una ola gigantesca. Ningún movimiento extraño en el oleaje advirtió de la inminencia del desbordamiento. Ni el marino más viejo habría percibido la más mínima señal de peligro. Por eso, lo que le recorrió la espalda fue tan solo un presentimiento que le hizo mirarse las botas. Las olas morían justo ante sus puntas, sin apenas salpicarlas. Se descalzó y lanzó las botas al mar. Se hundieron en la noche líquida como un peso muerto. Apoyó los pies sobre las profundas huellas que habían impreso sus suelas y permaneció un rato con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente ladeada. Escuchando con atención los sonidos del mar. Olfateando la brisa. Relamiendo el salitre impregnado en sus labios. Era como un animal alerta. Pensó algo durante un momento fugaz. Algo siniestro sobre el pasado y sobre el futuro que ni él mismo fue capaz de comprender del todo. Era, de nuevo, un augurio indefinible susurrado por el mar en idiomas perdidos en el tiempo, idiomas sin palabras. Una antigua profecía que se descifraba con cruel ambigüedad dentro de sus párpados apretados. Era un anuncio que sabía y olía a sal y a piélago y a toneladas de plancton y al fondo del abismo más insondable. Entreabrió los ojos con el miedo y la tristeza anidados en sus pupilas y volvió a mirar hacia abajo. No le sorprendió comprobar que la espuma ya le cubría por encima de los tobillos. No había notado frío ni humedad. Ahora, mientras observaba cómo el agua se arremolinaba suavemente en torno a sus pies, acariciándolos con incontables burbujas blanquísimas, tampoco lo percibía. Al contrario: había algo cálido en el tacto del mar invernal. Pero nada de eso le sorprendió. Movido por una profunda decisión, se desnudó por completo. La resaca arrastró sus ropas un segundo pero en seguida se hundieron como si estuvieran hechas de cemento. En cambio, él se sentía ingrávido, liberado de una gran carga, ilusionado ante la proximidad de un nuevo lugar que no podía ser peor que el que había habitado durante toda su vida. La débil luz de las estrellas proyectaba sobre la superficie temblorosa la decrepitud de su figura. Lívido y escuálido, parecía un esqueleto fuera de lugar. Pero eso, por suerte, pronto tendría solución. El mar había seguido hablándole y de pronto entendía el mensaje claramente. El oleaje y el viento arreciaron de repente. Un agradable calor le subió por el torso: era el agua, que ya le rozaba el cuello. En cuestión de minutos la marea había subido con una velocidad que nunca antes había visto. Tanto que incluso se planteó, en un momento de imaginación, si no sería él quien estaría avanzando mar adentro, hacia las profundidades, voluntariamente. Si no sería él mismo quien estaría perpetrando su propio asesinato. Esta estúpida idea pronto se desvaneció en su mente. Lo cierto, lo que estaba muy claro era que el océano, transformado en arrolladora pleamar, había resuelto poner fin a sus culpas, lavándolas para siempre, tragándoselas. Y no podía sino sentirse agradecido. Recordó una vez más lo que hizo aquel día. Vio las manchas de su pasado con una nitidez que destacaba brutalmente entre la oscuridad que le envolvía. Vio el vacío de su futuro con igual claridad. Y si alguna duda todavía resistía en su cerebro se disipó por completo. Apretó los brazos contra el pecho, y se hundió. Justo antes de que la inmensidad le anegara, pidió perdón.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Pleamar

  1. jano dijo:

    Era noche de san Juan,no?? Menudo pelotazo llevaba el tio…
    Renueva la gramola…

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