Mi Jeepers Creepers

Habíamos ido a pasar el fin de semana al chaletito de sus padres. Zona residencial. Dúplex unifamiliar con jardín, piscina tamaño medio y una canasta atornillada a una de las paredes laterales de la casa. Nada del otro mundo. Lujo cutre para gente mediocre. En fin, el típico chalet de una de esas urbanizaciones cuadriculadas que proliferan a cinco kilómetros de cualquier ciudad, donde todavía llega la polución urbana de la que los propietarios de esas segundas residencias tanto alardean de verse a salvo. Así que dos días y dos noches allí metido. Trazando mil ángulos rectos cada vez que decidían que había que dar un paseo. Hablando de pseudo-política durante sobremesas tan largas que casi empalmaban con la siguiente comilona. Su padre era el encargado de preparar comidas y cenas en la barbacoa de obra que había en un rincón de la parcela. A los mandos de su cocinilla descubierta de domingos y festivos parecía ser el tío más feliz del mundo. Como si simbolizara el premio final por toda una vida trabajando duro. Creo que algo así solía comentar. Era funcionario de hacienda. Y contaba chistes malos y gastaba bromas burdas que yo le reía como un gilipollas. Pero le cambiaba la cara si te acercabas a menos de dos metros de su parrilla. Ése era su reino. Un fanático de las hamburguesas, las salchichas y cualquier cosa grasienta que diera al ambiente un toque de peli americana de familia bien. La madre se ocupaba de los postres. Pasteles, tartas, pastas. Es que mi mujercita es muy dulce, decía el padre guiñándole un ojo. Puede que con él. A mí me trataba con evidente condescendencia. Condescendencia en el peor sentido; como si yo fuera un niño, un tonto o un loco. Alguien de quien no puedes esperar nada serio. La buena mujer sabía muy bien cómo tocarme los huevos. Sabía muy bien cuáles eran los temas que mencionar para que yo tuviera que elegir entre defenderme y generar una situación de tensión o callarme y otorgar. Y durante aquel fin de semana opté por reservarme todas las frases potencialmente explosivas que me habría gustado pronunciar en un tono perfectamente audible. Quizá por esa sensación de represión el domingo al anochecer me apetecía hablar. Conducíamos de regreso a casa. Ella al volante. Sólo unos pocos kilómetros, sí, pero espacio y tiempo más que suficiente para complicar las cosas. Sabía que ella temía que aprovechara la intimidad del coche a oscuras para soltarle un montón de mierda sobre sus queridos padres. La verdad, no habría sido la primera vez. Pero en esta ocasión no tenía intención ni ganas de prolongar un solo minuto más el agobio de las últimas cuarenta y ocho horas. Así que me puse a hablar de cualquier cosa. No recuerdo de qué exactamente. Gilipolleces, supongo. Sólo retengo con nitidez que al principio del trayecto le dije algo sobre su vestido. Que era bonito o que no estaba del todo mal. Algo por el estilo. No contestó nada. Seguí hablando mientras ella guardaba silencio y buscaba sin suerte lo que quisiera sintonizar en la radio. Finalmente dejó puesta una emisora en la que sólo sonaba música chill-out. Un rato después, cuando las luces de la ciudad ya se veían con nitidez y yo tenía la boca seca por culpa de mi monólogo, la dj comentó algo acerca del sonido de las ballenas y empezó a sonar una canción muy parecida a la que se había terminado. Muy relajante, aseguró. Justo antes de que ella decidiera subir el volumen diez o doce puntos, me dijo Si es que ni siquiera te gusta conducir. Nada especialmente importante. Sólo una verdad más. Una verdad-arma arrojadiza tan irrefutable como las que en realidad le molestaban de mí. Entonces, no sé aún por qué, le hablé de esa película. Jeepers Creepers. A gritos para imponerme a la irritante música tranquila le dije que lo mejor que nos podría pasar sería que un hombre polilla aterrizara sobre el techo del coche con la intención de desmembrarnos, eviscerarnos y hacer grotescas máscaras con nuestras caras desolladas. Que sus enormes garras atravesaran la chapa y nos arañaran y nos arrancaran unos cuantos mechones de pelo. Luego nos las apañaríamos para salir corriendo cogidos muy fuerte de la mano. Como si fuéramos una unidad indivisible. El mothman nos perseguiría batiendo ruidosamente sus terroríficas alas de murciélago, de polilla monstruosa o lo que sea. Pero nos esconderíamos en una casa en ruinas y de algún modo rocambolesco cambiaríamos el final del guión de la película. Lo mataríamos y viviríamos felices para siempre porque después de sobrevivir juntos a lo sobrenatural ya nada nos parecería lo bastante relevante como para hacer que nos odiáramos. Supongo que no elegí el mejor discurso. Esa noche dormimos juntos pero alejados. A una distancia mucho más insalvable que la que separa la basura de la ciudad de las floreadas zonas residenciales. Ninguno de los dos intentó lo de siempre, solucionar los problemas follando. Y el lunes al volver a casa después del trabajo el aire huele distinto. Un impulso horrible me lleva directo a su mitad del armario. Un vientre vacío. Una cavidad destripada. Ni una gota de sangre pero el aire huele distinto. Huele a muerto. Su cadáver invisible pero perfectamente tangible en forma de ausencia. Su cadáver. El mío. Puede que los dos. Ni idea. Lo que está claro es que no hace falta ser muy listo para concluir que mi Jeepers Creepers particular ha pasado por aquí. Era previsible. Supongo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Mi Jeepers Creepers

  1. Música relajante a toda hostia y un discurso a voces. ¡Bravo!

  2. ana dijo:

    moraleja: no visites a los suegros hasta que no la quieras mucho.

  3. Sulo Resmes dijo:

    Definitivamente el simbolito de Esteban es peor que el mío…. ya estoy tranquilo.

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