Recambios

Odio la puerta de mi portal. Perdón, odio sus bisagras. Las odio porque al moverse chirrían exactamente igual que las de la puerta del banco donde trabajo. No exagero, el sonido es antinaturalmente idéntico. He comprobado que las bisagras de una y otra no son del mismo modelo, ni siquiera han sido fabricadas por la misma empresa: las de mi portal son producto nacional mientras que las del banco se hicieron en Alemania, igual que el resto de mobiliario y utensilios que cotidianamente empleo en mi quehacer laboral. Tampoco las puertas que sujetan son parecidas en su peso y dimensiones. Así que debe de haber alguna excepción aún por descubrir de las leyes físicas que hace que su movimiento produzca, por desgracia para mi estabilidad mental, el mismo ruido. Una i muy estridente y muy larga como la que dibuja una uña al rasgar una pizarra, pero aún peor. Mucho peor, porque el sonido que a mí me persigue, el que sale de esos putos goznes, es como el de un iracundo abrelatas corroído tratando inútilmente de abrir la lata en la que está incomprensiblemente encerrado. Pero eso no tiene sentido, me digo. Me digo Los abrelatas son sólo cosas, no tienen voluntad dolosa, no pueden disfrutar haciéndome daño. Ahí, dentro de esas pequeñas piezas metálicas, tiene que haber algo vivo. Algo así como un montón de grillos de patas metálicas que creen violines infernales. Algo que me ve entrar y salir y se ríe de mí de un modo asqueroso. Y eso me asusta.

Hasta tal punto ha llegado a atormentarme esta cuestión que a diario, cuando salgo de mi casa, baño abundantemente con cualquier producto lubricante las bisagras de la puerta del portal. Y si no hago lo mismo con las de la puerta del banco es sólo porque sería difícil explicarle mi conducta a mi director. Y aunque noto que cada día me importa menos todo lo que no sea mi verdadera pesadilla sonora, lo cierto es que por el momento aún conservo cierta conciencia acerca de lo que me conviene para no convertirme definitivamente en un loco de ésos que hacen gestos raros con la cara, la mirada y las manos, de ésos que sudan y se rascan la cabeza con gesto de extrañeza ante una puerta cerrada. De ésos que no se encuentran tras el mostrador de un banco. He utilizado aceites de todo tipo, incluido de girasol. Grasas industriales y animales. Tres en uno y sus competidores en el mercado. Y también gel de baño. Y creo que un día unté el mecanismo con margarina light. Es más, dejándome persuadir por la hipótesis de los grillos-músicos, ayer les apliqué una buena dosis de Raid. Pero todo fracasa. A la hora de abrir la puerta nunca hay silencio. Siempre chirridos y risas. Y lo único que he conseguido es que las bisagras, además de reírse de mí, me enseñen sus dentaduras de plata cada día más reluciente porque se las limpio yo para más inri. Sí, ahora su sonrisa es más bonita pero su carcajada, lejos de suavizarse, se vuelve más horripilante cada mañana al irme o cada noche al volver. Cuando llego a casa después de la jornada tengo que soportar esa risa que es ya puro óxido y que no responde al tratamiento que le aplico, esa risa de bruja vieja que se burla de mí y disfruta recordándome dónde he pasado las últimas ocho horas y dónde las pasaré mañana y el otro y el otro. A veces, si durante el camino de regreso me ha distraído algún incidente o accidente callejero, si me ha deleitado la elegancia innata de un gato callejero rebuscando en un montón de basura o me ha divertido el modo de andar de alguien, es decir, si mi cerebro ha tenido la suerte de encontrar alguno de esos insospechados recovecos por los que a veces tenemos la suerte de escapar del pensar rutinario, llego a mi portal con la guardia baja y la risa estridente estalla de repente a mi lado haciendo que mis pelos se ericen, mi sangre se hiele y las llaves se me caigan de las manos.

Pero hoy (aunque tal vez fue ayer, ya no me acuerdo), me digo mientras dobló la esquina de mi calle, no es uno de esos días. Hoy (convengamos que es hoy, qué más da), me grito cada vez más fuerte a medida que me acerco al portal y el brillo de las bisagras se intensifica bajo los últimos y oblicuos rayos de sol, las horas se me han pasado rápido en la oficina y me encuentro con fuerzas para abrir la maldita puerta. Sin embargo, como siempre me ocurre, ya hace un minuto que he introducido la llave en la cerradura y todavía no la he girado hacia la izquierda. Una izquierda tan siniestra que me obliga a mantener la cabeza baja y clavar los ojos en la cerradura, en la llave o en mis dedos húmedos y temblorosos. Porque sé que allí acechan ellas, esas dos piezas de metal como dos horrendas mariposas plateadas y seguras de sí mismas y ansiosas por desplegar sus alas bajo las que esconden miles de larvas de íes estridentes que cantarán a coro a mi lado y herirán mis tímpanos y mi cabeza. Y como eso no me apetece nada en absoluto decido esperar un poco más. Tengo la esperanza de que alguien entre o salga y me ayude a superar el trance. Quizá, pienso siempre en esta situación, las bisagras o lo que quiera que se esconda en su interior sólo disfruten maltratándome a mí y cedan silenciosas cuando otro inquilino empuje la puerta. Pero nunca coincido con nadie. Es lógico, en el edificio sólo hay tres pisos habitados. Dos si no incluimos en tal categoría el minúsculo desván en el que mi sueldo me permite vivir. Todavía con la llave clavada en la cerradura escruto a través del cristal el interior del patio. Todo está oscuro y nada se mueve en la negrura. Nada salvo mi reflejo rascándose la cabeza con la mano que no sostiene la llave. Con la angustia mojándome la cara y peteándome el estómago miro a un lado y a otro de la calle. Nadie se acerca. Casi sin darme cuenta tengo las llaves en el bolsillo y la primera calada de un cigarrillo ahumándome los pulmones. Y un momento después estoy andando por la acera sin pensar adónde, simplemente me alejo de casa. Pero antes de abandonar mi calle oigo el chirrido igual de cerca que siempre, y me giro tan extrañado como asustado pero no veo a nadie en las inmediaciones. Ya me ha pasado otras veces, de hecho me ocurre varias, muchas veces cada día. De nuevo, ya es algo demasiado frecuente, me pregunto si no será mi cerebro lo que chirría, lo que debería engrasar.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Recambios

  1. jano dijo:

    Consigues mantener la tensión con cualquier acto cotidiano. Cambiaté el nombre por Ivan Hitchcock.

  2. Las bisagras de mi cuarto de baño han empezado a chirriar hace cosa de unas semanas. Tengo que comentárselo a mi padre para que las engrase, porque me da rabia que, si intento hacer poco ruido al ir al lavabo de noche, la puerta me delate. Yo esforzándome porque el ruido sea mínimo y la puerta metiendo baza.

    Gracias a Dios no es un tema que me quite el sueño y me obligue a descubrir nuevos usos para el envase de margarina que hay en mi nevera…

    ¡Saludos! Un placer leer tus relatos.

  3. Nojaman dijo:

    Qué gran verdad la de las puñeteras visagras! Aparecen en el momento menos oportuno. Son pequeños mecanismos del diablo que se introducen en nuestras vidas. Supongo que son una metáfora de la vida, todo gira cíclicamente, todo va y vuelve…

    Un auténtico placer leer sus escritos al llegar a casa después de trabajar, o al levantarme junto a un café. Un abrazo don Iván

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