A golpes

Sufro narcolepsia.

Eso es lo que han diagnosticado los médicos que me han visto: Sufre/Padece usted de narcolepsia. Y todos lo dicen con una voz neutra. Hablan de sufrir y padecer sin poner la cara y el tono apropiados. Hablan de ello como se habla del tiempo en un ascensor.

Yo, cuando tengo un día alegre, prefiero pensar que tengo el don de quedarme dormido en cualquier parte. A veces es un regalo desvanecerse, dejar de ver y pensar.

Cuando no estoy optimista, sencillamente asumo que soy un muerto viviente.

Y no está tan mal.

Cuando te desplomas en medio de la calle y tu cabeza choca contra el suelo, la gente se asusta. Hace un ruido bastante impresionante. Se asustan porque son, por ejemplo, las doce del mediodía de un día radiante de primavera y una persona se muere justo delante de sus narices. Se asustan porque piensan automáticamente en infartos, tumores y aneurismas. Y el día ya no es tan perfecto. Ni la primavera. Ni sus mejores planes para hoy. Les has jodido, les has contaminado, les has preocupado. Porque sus cerebros piensan Joder, podría haber sido yo. Y se vuelven responsables en un solo instante. No importa que el médico te diga que debes dejar de fumar, ni que los paquetes de tabaco hablen mal de sí mismos en llamativas letras negras sobre fondo blanco. No hay nada como presenciar la muerte en directo y a tu lado de un desconocido para empezar a cuestionarte tus hábitos de vida. Para hacer propósito de enmienda. Para reformarse.

Supongo que cuando oyes el crac de un cráneo contra el pavimento piensas lo horrible que sería que ese cráneo fuera el tuyo. O el de alguien de quienes te importan.

Así que no está tan mal esto de la narcolepsia. Cumple una función social. Soy algo así como un mesías. Pero no busco reconocimiento, ni agradecimiento, ni altares en mi honor: soy un mesías discreto. Seguiré cayéndome de cabeza en el asfalto, en la grava o en el mármol. Nuevas cicatrices cubrirán las antiguas. Quizá un nuevo golpe en la nariz vuelva a poner en su sitio mi tabique nasal.

Porque si una fractura abierta sirve para que algún testigo casual se convierta en una persona un poco mejor, habrá valido la pena.

Llevo una cámara colgada del cuello. Siempre.

La he forrado de una gruesa capa de goma-espuma. Lo de la goma-espuma lo aprendí de mi madre.

Cuando me despierto en cualquier parte lo primero que hago es comprobar si se ha roto con la caída. Me preocupo mucho por su integridad. Ella es mi único apóstol.

Los ataques de sueño son muy repentinos.

Empiezan con un cosquilleo en las plantas de los pies. Después sientes que las piernas y los brazos te pesan toneladas y tiran de ti hacia el centro de la tierra. Enseguida la vista se te nubla y los oídos te zumban. Y un instante después ya no estás en este mundo. Te has dormido solo en tu casa o te has muerto en plena calle ante decenas de testigos casuales.

Desde que notas el picor en los pies hasta que te duermes o te mueres no deben de pasar más de tres segundos.

Yo ya he aprendido a aprovechar ese tiempo al máximo. Antes de caerme me fijo en los privilegiados que van a tener la suerte de asistir a mi muerte y mi resurrección. Intento determinar cuál de ellos será especialmente iluminado por mi descenso a las tinieblas. Ya casi nunca fallo. Es intuición. Instinto.

Entonces, si aún te quedan fuerzas, es muy importante mirar a esa persona. Y es todavía más importante que esa persona te mire. Que cuando tú te desplomes tenga la certeza absoluta de que su imagen es lo último que has visto antes de morirte.

Se trata de crear un vínculo entre este mundo y el otro.

Para ser exactos, se trata de crear un vínculo entre tu mundo que aparentemente se acaba y el suyo, que tiene la oportunidad de continuar. Y de ser mejor.

Puede que todo sea mentira. Puede que en realidad no te hayas muerto mirándole, pero podría haber sido así. En todo caso, él o ella lo han percibido así. Y hay que aprovechar esa confusión.

Esa persona ve cómo te vas a otro lugar o a ningún sitio. Ve cómo te despides de esto a través de ella.

Y es necesario que sienta muy adentro el peso de esa responsabilidad. Tiene que sentir miedo y alegría al mismo tiempo. Podría haber sido él quien muriera hoy, pero está vivo.

Recuerdo bien el día en que me confirmaron que había sido elegido.

Que yo era el uno entre mil.

Supongo que decir que era una mañana radiante de primavera quedará bien… un contrapunto.

La verdad es que sí, que hacía un bonito día, luminoso, ni frío ni calor, jardines floreciendo, pájaros cantando, gente tomando la primera dosis de sol real después del invierno. Antes de entrar en la consulta me tomé un café en una terraza. Me sentía bien.

Dentro de la consulta, el doctor me dijo que efectivamente, que las pruebas habían confirmado lo que se deducía de los síntomas. Que yo era el uno entre mil.

Llevaba ya un tiempo sintiéndome cansado. Lo atribuía al cansancio rutinario, a que siempre he sido descuidado con mi salud. No me consideraba más enfermo que cualquier otra persona.

Pero el doctor dijo que era algo más serio que todo eso. Pronunció la palabra narcolepsia y automáticamente yo me sentí como un bicho raro. Un espécimen de laboratorio, un caso de documental. Un enfermo.

Y supongo que afuera la mañana siguió siendo objetivamente agradable, pero cuando salí de nuevo a la calle ya no me fijé en eso.

Desde que mi enfermedad fue designada con una palabra técnica, desde que el primero de una larga lista de médicos me entregó un folleto informativo en el que se me daban consejos para llevar una vida lo más normal posible, fue como si todo ese cansancio que llevaba soportando más o menos bien se elevara a la enésima potencia. Me hundí en la butaca de piel. Incluso una enfermera tuvo que acompañarme a la calle.

Los meses siguientes los pasé encerrado, durmiendo casi todo el tiempo, claro.

Existen muchos tipos de narcolepsia.

El mío se caracteriza por lo súbito de los ataques.

Otras personas, en cambio, viven en un estado constante de somnolencia. No llegan a perder por completo el control de su sistema nervioso. Pero tampoco están nunca absolutamente despiertos. No pueden concentrarse del todo pero nunca están del todo ausentes. Tengo entendido que es como vivir en una nube. Si existe un punto en el que conviven el sueño y la vigilia, ahí es donde estos tipos pasan su tiempo. Es como estar siempre colocado, escuché decir a alguien una vez. Y lo cierto es que ésa es la impresión que me daban esa clase de narcolépticos. Podías verlos en las reuniones de la Asociación, con sus ojos vacíos mirando un punto indeterminado de la sala, un punto que a veces era yo pero que igual podría ser un elefante asiático ejecutando un asombroso número circense: la expresión de su cara no habría cambiado lo más mínimo. Podías verlos con la boca medio abierta, agarrados siempre al familiar que los acompañaba. A veces hablaban como borrachos. A veces alguno de ellos conseguía articular alguna frase con su lengua de trapo en la que se deshacía la enésima pastilla que había ingerido aquel día.

Hace tiempo que dejé de asistir a las reuniones pero apuesto a que ellos siguen yendo allí arrastrados por la ciega fe en la medicina de alguno de sus familiares.

Atiborrados de pastillas que sólo les sirven para aumentar su producción salival. Empachados a base de píldoras de todos los colores del arco iris que les queman el cerebro. A pesar de no retener ni una de las palabras que puedan pronunciar los expertos asistentes a las conferencias trimestrales, ellos estarán sentados babeando en el hombro de papá o mamá.

Mi caso es distinto. Puedo pasar días sin ataques. He llegado a estar una semana sin sufrirlos. Durante esos períodos asintomáticos soy una persona normal. Una persona normal sin trabajo, sin amigos y sin facilidad para las relaciones interpersonales, claro. Mi enfermedad hace muy difícil la vida social.

Pero encontré la manera de solucionarlo.

Al principio, durante un tiempo, usé chichonera. Cuando salía a la calle me ponía uno de esos cascos que usan los ciclistas. En realidad, llevaba ese casco a todas horas. Cuando me levantaba del sofá para ir a mear, me lo ponía. Me lo dieron en la Asociación, junto con unas coderas y unas rodilleras. Complementos de skater para gente enferma. Era un casco de fibra de carbono o algo así, naranja y amarillo. La gente intenta colorear tu vida cuando supone que estás mal, deprimido, triste. Padeces narcolepsia, a partir de ahora vas a pasar buena parte de tu tiempo en el suelo, ya sea en una floreada pradera o en unos aseos públicos… Así que, ya sabes, ponte una chichonera chillona y quizá todo vaya mejor.

Vivía en casa de mis padres.

Mi madre forró los bordes de todos los muebles de goma-espuma. Yo me dormía en cualquier lado y ella no dormía obsesionada con la idea de enmoquetar todo el suelo de la casa. Pero no teníamos dinero para hacerlo. De todas formas, ahora entiendo que fue mejor que no lo hiciera. Fue en mi casa donde empecé a perder el miedo al dolor y el miedo a morirme.

No es la autoconservación lo que te hace fuerte.

Si tienes miedo, no va a desaparecer escondiéndote.

Si tienes miedo a desplomarte de repente sobre la mesita de cristal de tu salón, si te asusta pensar qué clase de heridas te produciría semejante impacto, no lo vas a superar envolviendo la mesa en goma-espuma.

No es la autoconservación lo que te hace fuerte.

Me dije: sé inteligente: cura tus heridas después de hacértelas, no antes. Cuantas más veces caigas, cuantas más veces te hieras, menos te dolerá. Menos te asustará.

Y todo fue más fácil a partir del día en que me abrí la cabeza por primera vez.

Comprendí mi poder.

Ahora mi vida social es gratificante.

A menudo, como ahora, me tumbo en la cama y contemplo el techo y las paredes de mi habitación. Ya no me molesta tanto estar tumbado. Todas esas caras allí arriba dan sentido a mi vida. Las doscientas trece fotografías clavadas en el yeso muestran doscientas trece caras que me sonríen desde el cielo de mi habitación. Todas y cada una de ellas sonríe, y se nota que lo hacen sinceramente. Es lo menos que pueden hacer. Es cierto, dan sentido a mi vida, pero primero yo di sentido a las suyas.

El día que me abrí la cabeza por primera vez, fue por accidente.

Hacía seis meses que me habían diagnosticado mi “mal”. Así se refería mi madre al asunto. Hoy lo pienso y me asombra haber sido capaz de mantener mi cuerpo intacto durante medio año. Me asombra y me irrita: todo esto, esta gran obra, podría haber empezado medio año antes, pero fui un cobarde.

Estaba tumbado en el sofá y decidí incorporarme. Es difícil para un narcoléptico estar tumbado. Es como hacer voluntariamente aquello a lo que estás condenado. Es como si alguien que por alguna extraña razón fuera paralítico sólo la mitad del día, decidiera pasar la otra mitad sentado.

El día que me abrí la cabeza por vez primera, estaba tumbado. A oscuras. Intentaba dormir, hacer aquello para lo que la naturaleza me había dotado. Pero no lo conseguía; quería dormirme y era imposible.

Me puse nervioso y me incorporé. Sentado en el sofá con la cabeza entre mis manos, entonces, sufrí un ataque. Y caí de cara contra el suelo.

Cuando volví en mí tenía un pedacito de diente clavado en el labio superior. Lo supe porque, todavía medio en sueños y obedeciendo al impulso natural de aplicar saliva en las heridas, la punta de mi lengua se deslizó por el recién creado agujero de mi dentadura y palpó el cortante trocito de marfil incrustado en la carne. Incluso antes de abrir los ojos ya podía percibir el sabor salado de la sangre y me parecía estar tumbado sobre algo cálido y húmedo. Me levanté y pude ver que la hemorragia era abundante. En el suelo había un charco perfectamente redondo en el que caían y caían nuevas gotas y chorretones. Escupí: el pedazo de diente también cayó y se hundió en la mancha roja.

Todo esto me pareció llamativo, muy digno de atención, así que no reparé en mi nariz rota hasta que pasaron unos minutos y el dolor empezó a aumentar. Me miré en el espejo del cuarto de baño, iluminado asépticamente por los halógenos blancos que lo enmarcaban, y me quedé fascinado:

Tenía el tabique nasal desviado bastantes grados hacia la izquierda y unas moraduras empezaban a extenderse alrededor de los ojos como relámpagos en cámara lenta.

La sangre me pintaba la cara y la ropa de un intenso color rojo que era mate y oscuro en las zonas secas, y brillante allí donde la sangre seguía siendo líquida y resbaladiza.

Mi aspecto era infinitamente más saludable que mi palidez habitual. El rojo, el violeta, el azul en mi cara… Los colores de la sangre en sus diferentes formas emergiendo de mis orificios o aflorando a mi cara. En cualquier caso, saliéndome de dentro. La prueba evidente de que yo, para bien o para mal, aún estaba vivo.

Por primera vez en medio año recordé que yo era una persona.

Sonreí ampliamente porque me sentí bien. El diente roto se reflejó en el espejo. El hueco oscuro hacía que el resto de mi dentadura pareciera más blanca, que las piezas aún intactas parecieran perfectas. Sonreí un poco más.

A mi madre, en cambio, no pareció agradarle mi nuevo aspecto. Yo debía de estar tan absorto ante mi flamante look, que no la oí entrar en casa. Ni siquiera escuché el grito ayayay que, sin duda, tuvo que soltar al ver la nueva tonalidad del suelo del salón. Pero cuando abrió la puerta del cuarto de baño sí que vi la expresión de su cara, la manera en la que se le desencajó la boca y el modo en que sus ojos se partieron como platos sin soltar una sola lágrima. El rostro de mi madre, por vez primera desde hacía mucho tiempo, transmitía algo diferente a pena, tristeza, dolor y resignación. En aquel momento no supe leer con exactitud el significado de lo que se intuía en sus arrugas, en sus pupilas y en sus canas, pero sí entendí que era algo mucho mejor que la pena, la tristeza, el dolor y la resignación.

Lo que vi en ella era algo que nunca imaginé que podría volver a despertar en nadie: una mezcla de admiración y miedo.

Algo parecido al respeto.

Decidí prescindir del casco y seguir investigando.

Así empezó todo esto.

Por ejemplo, mi ficha número 60 corresponde a una mujer de mediana edad.

Nuestro encuentro se produjo en la parada del autobús nocturno 5. Era muy de madrugada y no había nadie más que nosotros. Nadie pasaba cerca, y estoy convencido de que la mujer temió que yo fuera un atracador, un violador o algo peor. Aferraba el bolso de polipiel en su regazo. Me miraba de reojo cada cinco segundos. Creo que le asustaban mis por entonces escasas cicatrices. Si me viera hoy…

En realidad, lo que más llamaba la atención es que llevaba una bolsa de la que sobresalían un par de zuecos de limpiadora. Y, sobre todo, que se le notaba hasta los huevos de coger el bus de madrugada.

El caso es que aquella noche yo había salido de mi casa sin rumbo específico. Acabé en aquel barrio como podía haber acabado en cualquier otro. Recuerdo que me encontraba ligeramente abatido: durante horas había deambulado por calles concurridas, buscando adeptos, pero el sueño no me había derribado. Así que aquella mujer era mi última oportunidad de redención. Lo pensé, y automáticamente intente liberarme de aquella idea, pues la experiencia me había demostrado sobradamente que mis muertes no se eligen, que se producen sin norma ni criterio, y que si me obsesiono con el deseo de dormirme/morirme en un lugar y momento determinados, nunca lo consigo.

Sin embargo, en aquella ocasión, mientras me enfurecía más y más conmigo mismo y con la jornada perdida y la perspectiva de volver a casa sin una nueva instantánea, sentí el hormigueo, el peso y en un instante el golpe como a cámara lenta del sueño oscureció todavía un poco más la ciudad.

Desperté boca arriba sobre el suelo humedecido por el rocío, con las estrellas intentando hacerse ver por encima de las farolas y la mujer abofeteándome, cada vez más fuerte, al tiempo que pedía ayuda médica a través de su teléfono móvil. Su mano, la que me tocaba, estaba fría, pero había calor en sus ojos. Calor humano. Para ella, el momento en que yo me había puesto enfermo, en que yo había dejado de respirar y de ver, mi muerte, había servido para transformarme de un delincuente nocturno en una persona merecedora de socorro, cariño, atención desinteresada.

Y se había quedado allí a mi lado, lamentado mi sufrimiento. Y agradecida. Sobre todo agradecida. Su día ya no sería tan cotidiano. Ya no le preocupaba llegar tarde a su trabajo de mierda. Un suceso inesperado y como de otro mundo le había hecho ver la verdadera importancia de las cosas, la intrascendencia de unas y la insondable complejidad de otras.

Me incorporé, le hice una foto y me largué cojeando.

Así que, no sé, si no tienes nada mejor que hacer desencadena tu muerte, en público, como una antigua ceremonia.

Sírvete del miedo que inspira para difundir la vida en toda su intensidad.

Anticípate a la tragedia. No la esperes: ve en su busca y, si puedes, búrlala y regresa precioso de entre sus zarpas. Ensangrentado. Desdentado. Perfecto.

Sacrifícate por los demás. Sacrifícate en el sentido más puro de la palabra. Hazles ver la suerte que tienen ellos, los que no están hechos polvo.

No se trata de ser un mártir. Más bien, un animador social. Como uno de esos payasos que recorren los hospitales infantiles, pero más elegante.

Sí, es algo parecido a un voluntariado social. Pero más directo, más inmediato. Sin intermediarios. Sin cuotas mensuales ni cartas de agradecimiento en tu buzón. Tu único reconocimiento: cientos de polaroids clavadas en la pared.

Sonrisas suspendidas en el aire.

Largas noches acompañado de felices rostros extraños.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a A golpes

  1. Sulo Resmes dijo:

    Hay que ser positivo si señor… asumir como don lo que a los ojos de los demás es una tara.

  2. Ana dijo:

    bonita idea

  3. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Vísteis el documental de la dos sobre narcolepsia? Menudo documento.
    El ser positivo es un don que escasea en estos tiempos en el que aumentan notablemente las depresiones nerviosas de forma alarmante.

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