La vida salvaje

Estaba en el pasillo y un neón parpadeaba en el techo y no pudo evitar pensar que todo tendía a estropearse.

Miraba la tele que había anclada en la pared casi a la altura del techo. Un documental. Animales en su hábitat. Las técnicas de caza de las criaturas salvajes. Su procreación. Su crecimiento. Su muerte anunciada entre las zarpas de otros seres más fuertes. Cosas así. Y el hombre no podía evitar pensar que todo tendía a terminarse. Quizá no en el mundo entero, pero sí en el suyo. Aunque tal vez, por qué no, el mundo entero. La idea no le consoló.

Las últimas visitas salieron de la habitación. Hace un rato habían llegado igual que todos los demás, contentos. Sonriendo y cargados de regalos. Ahora, al salir de la 313, ponían la misma cara que el resto. Un gesto contenido, forzado para permanecer a medio camino entre la tragedia y la comedia. El último en salir de la habitación fue Marcos, su amigo de toda la vida. Fue el único que se le acercó y consiguió mirarle cara a cara, sinceramente, durante unos segundos. Luego le abrazó sin decir nada y se marchó.

El televisor seguía proyectando escenas de violencia animal. Violencia sexual o violencia alimenticia. Daba igual. Supervivencia primaria, al fin y al cabo.

Entonces se levantó y echó a andar hacia las escaleras. A las puertas del hospital se fumó un cigarro. Le habría gustado que estuviera lloviendo, por ejemplo. Que fuera de noche e hiciera frío, por ejemplo. Pero eran las cuatro de la tarde y un sol enorme ardía en el cielo, cegándolo todavía más. Con el cigarro aún entre sus dedos se dirigió de nuevo a la tercera planta. Al fin y al cabo, estaba seguro de que nadie tendría cojones de llamarle la atención. La recorrió varias veces de punta a punta del pasillo. Le sorprendió un poco que en la mayoría de las habitaciones hubiera gente feliz. A él le costaba reunir el valor para entrar en la suya. Cuando lo hizo, ella estaba dormida. Y muy plácidamente. No se agitaba, no sudaba. No había en su expresión el menor atisbo de preocupación. Un hilillo de baba tan transparente y pura como el agua se deslizaba desde la comisura izquierda de sus labios. Y el hombre se estremeció. De repente fue consciente de que nunca antes en su vida había visto nada tan aterrador.

Al poco ya estaba en la calle, llevando en la mano una bolsa de Toys R’ Us en la que alguno de los visitantes de su mujer había guardado un oso de peluche con ojos incomprensiblemente azules.

Una larga fila de alumnos de preescolar salía del zoo justo cuando él estaba sacándose la entrada. Veinte euros. Un poco caro. Pero es que según lo que ponía en el ticket y en los folletos de publicidad y en los mapas que le había dado el tipo de la taquilla aquello no era un zoo. Era un Bioparc, lo que fuera que significara. Así que a lo mejor lo caro de la entrada estaba justificado.

Tenía prisa por ver de cerca a los leones. Y a las hienas. Y a la pantera negra. Pero algo le obligaba a desviar su rumbo en cuanto veía un cartel que indicaba el camino hacia el sector Sabana. Así que pasó un par de horas vagando por el Amazonas, por la Polinesia y por el Acuario Antártico.

Estaban a punto de cerrar cuando al fin se sentó en un banco ante el foso de los leones. Con el sol poniente frente a él tiñéndolo todo de rojo reparó en el cartel. Los carteles. El mismo cartelito de plástico cada cinco de metros: Está prohibido alimentar a los animales. Y la misma idea en su cabeza cada cinco segundos: ojalá fuera una de esas bestias. Un guepardo, un perro salvaje. Algo así. Ojalá no supiera leer ni pensar más allá de la sangre y el instinto.

Por primera vez desde que había salido del hospital se atrevió a palpar la bolsa. Con cuidado. La sopesó. Allí sentado, oyendo rugidos, viendo comillos amarillentos y oliendo el tufo animal, intentó convencerse de que lo que había dentro del plástico no era más que tres kilos de carne fresca, tierna y caliente. Luego introdujo la mano en la bolsa y sacó al bebé. Volvió a comprobar que no se parecía en nada a él. Ni en los ojos, ni en la nariz, ni en la boca. Ni en el color. Era la cría de otro, dormida y venida de algún lugar lejano. Probablemente, de otro continente.

Mientras se acercaba al borde de la parcela con el niño en brazos rezó para que no se despertara. No tenía la menor idea de lo que pasaría por su mente si sus ojos se cruzaban.

Señor, vamos a cerrar, dijo una voz a su espalda. Y los pasos de quien había hablado se alejaron por un camino de grava.

Fue en ese instante cuando los párpados del bebé empezaron a despegarse.

Y el hombre se arrepintió, al menos un rato durante cada uno del resto de sus días, de su decisión.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a La vida salvaje

  1. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Intensidad en su máximo exponente.

    Odio los hospitales y a los niños.

    He dicho.

    Daemonicus Imprimatur.

  2. Sulo Resmes dijo:

    Hostia puta, en este me has sorprendido.
    Por cierto algún catedratico de los huevos podría aclararme de una puta vez si es Ostia, sin hache, u Hostia con hache,que nunca me queda claro y el corrector del Word me lleva loco

    Soy un inculto tío.

    … soy un loser, quiero mi Grande Punto…. je je je

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