Tarjetas

De repente, me recordó a Patrick Bateman.

Estábamos cenando en un bar. Una cena de amigos de toda la vida, con bocatas, tapas y mucha sangría, así que no había ninguna trascendencia en los temas ni seriedad en las formas.

Hasta que, en cierto momento, nos pidió que le atendiéramos, para lo cual se ayudó de golpear su copa con el tenedor. Cuando se aseguró de que era el centro de nuestras miradas y de nuestros oídos, nos comunicó que le habían ascendido en su empresa. No recuerdo qué cargo nos dijo que ocuparía a partir de entonces, ni siquiera recuerdo si lo hizo. Ahora supongo que no, que seguramente prefería que lo viéramos por escrito, pero la verdad es que no podría asegurar si nos lo dijo o no. Y da igual porque lo fundamental, al menos para mí, lo que llamó poderosamente mi atención, fue que, después de darnos la noticia, se sacara del bolsillo un estuchito plateado, lo abriera y empezara a repartir de mano en mano un ejemplar de su flamante tarjeta personal.

Mientras lo hacía nos contaba los muchos motivos que habían determinado su ascenso, y también los porqués que harían que no tardara mucho en ocupar el puesto de su jefe. Y luego nos habló con gran placer y entusiasmo de tipos de cartón, de tipos de tinta, de tipos de relieve. De dimensiones, de formatos y de precios. Mencionó las tiendas de ésta y otras ciudades especializadas en la materia. Y, claro, me recordó a Patrick… Por eso y por la gomina en su pelo repeinado hacia atrás, el afeitado perfecto que enmarcaba su sonrisa resplandeciente, y la pulcritud de su ropa y sus zapatos. Sus uñas.

Estaba claro que era un producto. Todo en su aspecto estaba estudiado para contribuir a su éxito social. Creo que desde el momento en que decidió hacerse un taco de tarjetas, incluso su nombre era su nombre porque estaba impreso en papel de alta calidad. Su imagen constituía su identidad. Y sí, ya sé que eso está a la orden del día en nuestros tiempos, pero el modo rimbombante en que reclamó nuestra atención, la manera en que hablaba de lo importante que su trabajo era para su empresa y el cuidado con que manejaba aquella cajita entre sus dedos, dedos de oficinista, al fin y al cabo… todo eso me sobrecogió.

Me pregunté cómo se vería toda esa parafernalia recubierta de sangre. Porque no me cupo duda de que tarde o temprano cualquier motivo sería bueno para iniciar la carnicería. Que su mujer ganara más pasta que él, que no acabara de llegar el momento en que su jefe se jubilara. Que dentro de unos años, cuando su hijo/-a fuera a un colegio de pago, alguno de sus amigos llevara unas zapatillas más caras. Así que pensé sin querer en un montón de cosas. Un oso de peluche, ensangrentado, deshilachado, con los ojos vidriosos y saltones mirando sin ver. Y en corbatas de trescientos euros manchadas de rojo y escondidas en bolsas con precinto.

Sí, era evidente que aquel tipo mataría por conservar su estatus. Y, seguramente, por elevarlo. Aparté de mi mente toda esa mierda y me centré en beber más y más.

En resumidas cuentas, era un motivo tan bueno como cualquier otro.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Tarjetas

  1. jano dijo:

    Dentro de poco tendrás tarjetas con el cargo de “bestsellerista”. Pero tu no cambiarás.

  2. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Tipos como éste son los que pudren la sociedad hasta los límites de lo tolerable.

  3. Insomnia Delirata dijo:

    Deja salir el Patrick Bateman que llevas dentro y cárgatelo tú mismo 😀
    Literariamente por supuesto 😉

  4. Jorge dijo:

    Seguro que sus tarjetas no eran accesibles…

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